Riohacha y los Indios
Hanri Candelier

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CAPITULO VIII
( 1 Parte)

   Matrimonio - Duelo Guajiro - La Ceremonia -Cacería - Exorcismo del Piaché.

 

Iba a vivir en mi rancho, en el cual durante algunos meses, un año tal vez, quería vivir como un perfecto gentil-hombre indio.   

Era el único medio para poder estudiar a gusto y en el sitio, las costumbres de estos salvajes.

Un día, al finalizar enero de 1890, recibí la visita de un jóven hombre de Riohacha.

Venía para solicitarme un gran favor, me dijo como preámbulo.   

¿De qué podía tratarse? Le pedí contarme su historia.

Ese buen muchacho se enamoró de una joven india extremadamente bonita, insistió mucho sobre esa palabra, y quería a cualquier precio tenerla como mujer y pedirla en matrimonio.

Me pareció realmente muy enamorado, temblaba al hablarme.

A los detalles que me dio con el énfasis castellano, reconocí inmediatamente, coincidencia curiosa, mi bella chica de Chororsiru. No podía tener la menor duda, era ella. Y, en realidad, a pesar de su entusiasmo de enamorado, él no exageraba su belleza.

Me rogaba intervenir y hablar con los padres de esa joven, asegurándome que podía, sólo, en mi calidad de extranjero, decidirlos a dar su consentimiento. Me informó que el padre había muerto.

Amante de las situaciones muy claras, no disimulé a mi joven amigo, la poca alentadora acogida que ella me reservó, cuando no se trataba sino solamente de fotografiarla. Le expresé mi temor de que mi intervención la pondría de mal genio y por consiguiente pudiera ser contraproducente.

En lugar de prestarle un servicio, podía al contrario ocasionarle un fracaso, y que me parecía preferible y prudente encargar a Kuta de esa misión. No es que quisiera negarle mi apoyo, puesto que él pensaba que podía serle útil, pero debía quedarme entre bastidores para tratar de conseguir la confianza de la madre y de los tíos matemos. Con algunos cigarros, algunas buenas botellas de ron, ese engatusador de la Guajira, pensaba poder lograrlo.

Mi amigo, incrédulo aceptó sin embargo mi opinión y convinimos que al día siguiente, muy de mañana, Kuta con otro compañero irían sin perder tiempo a la ranchería de la joven. Un matrimonio en ese país no es, como uno puede pensarlo, tan fácil. Ante todo, el indio se informa si el futuro esposo podrá pagar la dote que será exigida y si representará una renta para el porvenir.

El monto de esa dote será fijada por los tíos matemos. Consiste en cabezas de ganado, cuyo número varía según la casta y la fortuna de la futura esposa; generalmente será el equivalente de la dote que fue pagada por la madre. He visto dar por la hija de un indio rico, llamada “Elyseo”, hasta cincuenta animales, 35 vacas o bueyes, diez caballos y cinco mulas, sin contar los collares de coral, de tunas, etc.

Me olvidaba decirle que según la ley guajira, el verdadero parentesco no existe sino del lado materno, el lado de la sangre; así el hijo o la hija, por ejemplo, pertenecen a la casta materna y no a la del padre.

Para el matrimonio, el padre no puede disponer de su hija; ese derecho corresponde a los hermanos de la madre, a los tíos matemos ellos son considerados por la ley guajira como los verdaderos protectores naturales, los verdaderos padres de la niña. Ellos aceptan o rechazan un proyecto de unión para su sobrina, fijan el precio de la chica, o si se quiera de la dote que se considera; en caso de aceptación. serán los recaudadores, los depositarios de esa dote. Igualmente, la hija no hereda de su padre, sino de sus tíos maternos y de su madre.

Aquella ley sobre el parentesco materno puede parecer singular para nosotros y sin embargo, según mi opinión, contiene algo de sabiduría, teniendo en cuenta que con la poligamia, tal como se admite en estas tribus, es decir sin mas límites que el capricho y el placer, el número de hijos se vuelve grande. Evidentemente, en estas condiciones, lo que llamamos la familia no existe, el padre no puede tener para con toda su prole, un igual y suficiente afecto. Por lo tanto, era prudente confiar la guardia y dirección de estos hijos a la familia particular de cada una de las mujeres.

Además, si como dice “Brid’oison”, uno es siempre "hijo de alguien", nada prueba que el marido, padre supuesto, sea el padre verdadero y nuestro principio de derecho francés: “Pater is est quem nuptiae...” no tiene donde los guajiros ningún crédito. Del lado de la madre no hay las mismas dudas.

No hay excepción sino para las mestizas, hijas de riohachero u otros civilizados. En este caso, es el padre quien  tiene todos los derechos, pero sin embargo debe consultar a los tíos matemos.

No hay una ceremonia para el matrimonio: la dote en ganado se entrega a los tíos matemos, los collares de coral o de tumas a la madre.

Hecho esto, esta última trae a la esposa al rancho del esposo y la costumbre quiere que para la primera noche de nupcias, ella les ofrezca una hamana, un “chinchorro” como se llama en Riohacha, “sori” en guajiro.

Como recuerdo de esa primera noche de nupcias, el marido debe también ofrecer a la suegra, una o dos cabezas de ganado, según el caso. Eso se llama en Riohacha, el “regalo del Chinchorro”.

La ley guajira exige también que la demanda de matrimonio se haga, no por el pretendiente mismo, sino por dos mensajeros de su elección.

Por esa razón escogimos a Kuta y a su compañero.

Partieron al amanecer, llevando nuestras recomendaciones y todo lo necesario para que las voluntades se tornaran favorables, tales como cigarros, ron, maíz, etc. No volverán sino hasta por la tarde; Chororsiru está situada a tres leguas, y las negociaciones son siempre largas.

¿Qué hacer hasta este momento? El Riohachero fue a una ranchería vecina a saludar a un indio amigo “Patricio”.

Una vez solo, pensé en qué usar mi tiempo!

La víspera me había señalado un paso de patos en las lagunas, y resolví por primera vez ir a dar una vuelta. Así el día pasaría más ligero, y tal vez podría cobrar unas piezas para mi almuerzo o mi cena.

Estas lagunas están circundadas por bosques espinosos en los cuales el cazador puede esconderse.

Me aposté en un sitio que me pareció el mejor y esperé.

Después de un cuarto de hora apenas, una bandada de estos pájaros se dirigió hacia mí; cuando estuvo a unos treinta metros, disparé en el montón, al azar.

Unos cuatro o cinco cayeron y en mi felicidad no pensé en disparar el segundo tiro sobre los otros que se volaban.

Sin tener un perro a mi disposición tuve que echarme al agua a recoger a mis víctimas.

Después de desvestirme rápidamente y haber dejado mis  vestidos con mi fusil sobre la ribera, me eche resueltamente en la ciénaga. Sentí inmediatamente que no era profunda y por lo tanto me puse a caminar o mejor a correr.

Pensaba en cobrar mis piezas sin dificultad, pero dos ellos solamente estaban muertos, otros tres no estaban sino heridos.

Para los primeros ninguna dificultad; y no tuve que hacer más que agacharme; pero los otros, ¡ah! los perseguí, pues no le gusta nunca a un cazador perder sus presas; las mías tenían la vida dura y me hicieron voltear en todos los sentidos.

Cada vez que iba a alcanzar con la mano a uno, se hundía para reaparecer unos cincuenta metros más lejos o se  escondía en las altas hierbas en las cuales no podía penetrar fácilmente.

Los tres patos parecían burlarse de mí, lo que me puso literalmente rabioso. Pero merced a mí perseverancia logré capturar dos. Estuve bastante lejos de la orilla, cuando me pareció ver, a poca distancia el lomo sucio y rocalloso de un animal muy conocido. Consideré prudente, sin arma, emprender la retirada: ¡tenía frente a mi un cocodrilo de gran tamaño!

Pero después de haber corrido en todos los sentidos en esa inmensa laguna, no recordaba mi punto de salida; la orilla con sus pequeños árboles espinosos era en todas partes uniforme, no sabía por que lado orientarme.

Sin embargo debía salir, no podía dejar a ese animal acercarse a mí. Tuve un momento de inquietud, lo confieso humildemente; imposible orientarme y ese animal me perseguía.

Tuve sin embargo de repente, una buena inspiración. Evidentemente mi paso a través de esa ciénaga lodosa dejó una huella, un surco amarillento en la superficie y debía ser fácil encontrar mi camino. ¡Y así fue!

Después de unas vueltas inútiles, encontré el buen camino y llegué a la orilla. Lo que había dejado estaba intacto.

Hacia las cuatro de la tarde, nos marchamos al encuentro de nuestros mensajeros hasta el rancho del hermano de Kuta; el joven enamorado colombiano estaba impaciente.

Al fin, un indio a caballo nos anunció la llegada de nuestros emisarios y de la familia de la joven. Pronto vimos desfilar una verdadera cabalgata, los caballos con arreos a la moda del país. A la cabeza avanzaban nuestros dos mensajeros, seguidos de los tíos y en último lugar, sobre el mismo caballo la madre y la joven india, las dos a horcajadas.

Todos se desmontaron con gravedad. Los hombres se sentaron en una hamaca de cuerda y las mujeres en el suelo, sin abrir la boca a nadie. ¡Ese ceremonial es de una frialdad!

Después de quedarse así un buen rato, mirándonos, sin pronunciar una sola palabra, la situación se volvía irritante.

Pregunté a Kuta lo que esto significaba y qué quería decir la actitud muda de toda esta gente. Deseaba conocer su decisión, por un si o un nó. El me hizo saber que los tíos darían su contestación, al atardecer, mostrando el horizonte con la mano.

En efecto, al crepúsculo, vi toda la misma caravana salir en el mismo orden, y con la misma gravedad, hacia el rancho de Kuta, donde todo debía terminarse.

No se porqué, pero tuve un mal presentimiento. Mientras tanto llegó la noche.

Según su promesa, los parientes reunidos en una asamblea hicieron llamar a mi amigo, para notificarle que aceptaban en principio sus proposiciones, que se sentían halagados, pero... había un pero, su sobrina parecía indecisa, irresoluta por el momento, para casarse. Se ofrecía a mi amigo asegurarse por sí mismo de su consentimiento y tener enseguida una entrevista con ella.

Inmediatamente la llamaron, pero no contestó.

Mi pobre camarada intranquilo, y apenado, corrió en todas las cercanías: ¡nadie!

 

Continuar

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