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Riohacha y los Indios
Hanri Candelier
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EPILOGO
Hoy, después de una ausencia de tres años, estoy
de regreso en Francia y paso revista a los diversos
acontecimientos
que se produjeron durante ese lapso de tiempo y doy las gracias a mi amigo X..., por
haberme impulsado a hacer ese viaje. Será uno de los más bellos recuerdos de mi vida.
En efecto, él tenía razón: me agradecerás un
día, me había dicho.
La península de la Guajira no es, exceptuando la
región del Macuira un bonito y pintoresco país. Tampoco es un país bien seguro para los
extranjeros a causa de la famosa ley inicua y bárbara: el civilizado lo hizo, el
civilizado la pagará, pero no puedo, sin embargo impedirme recordar algunas horas
tranquilas, felices, sin preocupaciones, pasadas con estos indios. Admiré sus costumbres
primitivas, tan sencillas, patriarcales, la unión, la solidaridad tan grande y estrecha
entre todos los miembros de una misma familia, de una misma casta, ¡sus maneras tan
cordiales y nobles de practicar la hospitalidad! El espíritu siente un real descanso, un
verdadero alivio lejos de nuestras obligaciones, de nuestras convenciones sociales, de
nuestras mezquinas rivalidades, de nuestras tontas ambiciones, de nuestros perjuicios y
¡de todos nuestros defectos intelectuales!
Que tan bueno es poder pensar a su antojo,
desprendido de todas las trabas, de todo ese bagaje de ideas preconcebidas sobre nuestra
actual educación, y como, al contacto con estos indígenas, quienes en todo siguen la ley
natural, se les aprecia y juzga más serena y ampliamente.
Como el corazón se encuentra a gusto, le encanta
vivir en todo lo que es sincero y verdadero. Con la naturaleza en una sola palabra.
Como las ideas se amplifican en la escala de los
vastos horizontes. El mundo es un gran libro, dijo un filósofo: el que no ha viajado no
lo ha leído sino en la primera página. ¡Y ese filósofo tiene razón!
Ese pueblo especialmente bajo mi punto de vista me
parece interesante. Realmente y no lo puedo disimular, los encuentro muy valentones, estos
salvajes que nunca pasaron en número de 50.000 almas y quienes desde hacía varios siglos
resistían a todas las tentativas hechas para dominarlos.
Lucharon con energía y perseverancia en contra de
la civilización que se les quiso imponer por la fuerza o
la persuasión.
Expediciones mortíferas o
predicaciones
religiosas no lo
lograron; siguieron amos de sus casas, conservando intactas, a las
puertas mismas de una nación civilizada de la cual dependen, sus leyes y costumbres
primitivas.
No
se les puede negar su valor. Hay algo
grande en esa orgullosa independencia que conservaron celosamente y que defienden hasta la
última gota de su sangre.
Y creo poder afirmar sin miedo a equivocarme: no
se civilizará al indio guajiro, se le destruirá.
Diciembre 6 de 1892.
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