Sanclemente, Marroquin, El Liberalismo y Panamá
Otto Morales Benitez
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CAPITULO XIX
( 3 Parte )

 

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Nicolás Esguerra

       En ese momento se pensó que podría ser el sucesor de Reyes en la Presidencia de Colombia. Fue vicepresidente de la Dirección del Liberalismo y siempre se le consideró como consejero natural de la colectividad. Más tarde, fue uno de los liberales que hizo parte del Partido Republicano.

Uno de sus más resonados actos en el final de su vida, fue haber escrito su memorial a Reyes, criticando el Tratado Cortés-Root, que es el primer convenio de Colombia con Estados Unidos, después de la pérdida de Panamá. El argumento era de meridiana claridad. El alegó que su estudio y aprobación no lo podía hacer una corporación elegida directamente por el Ejecutivo. Por lo tanto, no hay representación de la voluntad popular. Esa advertencia de carácter político y acerca de la función democrática, desató las jornadas del 13 de marzo. Así se consagró que en el estudio de las relaciones internacionales, es indispensable la autoridad pública. Esa es una fecha gloriosa en los anales de reacción comunitaria en Colombia.

Dos cargos amó en forma de pasión intelectual y de deber ciudadano: la Comisión Asesora de Relaciones Exteriores, a la cual nunca faltó, y la presidencia de la Academia Colombiana de Jurisprudencia.

Eduardo Santos, el humanista y periodista, escribió 232 palabras de exaltación de virtudes del doctor Esguerra:

«Pero si nos fuera preciso escoger entre tantos aspectos los que a nuestro juicio son más reveladores de su íntima personalidad, escogeríamos su valor civil y su comprensión del ideal liberal. Valor civil que en él fue supremo, y es cualidad tan rara en estos trópicos en donde todos más o menos saben jugarse la vida en una hora de exaltación, y tan pocos son capaces de enfrentarse pacíficamente a los fuertes, de decir la verdad como la sienten cuando prima la mentira, de cumplir un deber cuando ello es peligroso, de arrostrar las iras y las injurias por ser fíeles a una honrada convicción.

«Cuando vinieron las violencias de la Regeneración, él, hombre civil, las desafió una y otra vez, levantando su voz acusadora de varón inerme, armado sólo de ideas, y lo aceptó todo, antes que claudicar; todo, la ruina, la prisión, el destierro, cuanto hubiera podido evitar guardando el silencio que tantos otros guardaron.

«Cuando en 1906 el Gobierno del Quinquenio hizo juzgar por una Corte Marcial y bajo una atmósfera de terror a los acusados de la conspiración del 19 de diciembre, el doctor Esguerra ocupó sin trepidar su puesto en el banco de los ilustres defensores, y habló con claridad valerosa, no con eufemismos ni medias tintas, sino de manera franca y neta, en alegato que es una de las más bellas piezas jurídicas y políticas de nuestra historia.

«Más tarde, cuando todo parecía dominado en el país y ante una Asamblea fabricada ad-hoc se discutían unos tratados perjudiciales para el país, y se aprobaban ya, a espaldas de este, el doctor Esguerra alzó su voz de protesta, y esa voz de quien ya pasaba de los sesenta años conmovió a la República y derribó un régimen de fuerza que parecía granítico. Fue en ese momento la conciencia nacional, y por serlo, no midió ni el peligro, ni la magnitud del adversario, ni la atonía en que parecían hallarse los ciudadanos. Su deber lo obligaba a hablar y habló y fue su Memorial histórico como aquella piedrecita desprendida de la altura de que nos habla la parábola bíblica, que destruyó al coloso imponente en quien nadie antes osaba poner los ojos.

«Y después de ochenta y cinco años de vida y de cerca de setenta de intenso trabajar, después de haber ocupado puestos altísimos y de haber gozado de influencias incontrastables, murió pobre, porque nunca supo de codicias ni sintió el acicate de la sed de oro, y como herencia sólo leg ó a los suyos el tesoro inmaterial e invaluable de su ejemplo y de su nombre inmaculado, que el país entero pronuncia hoy con la cabeza descubierta».

Noticias sobre Carlos Arturo Torres

Carlos Arturo Torres es otro boyacense que le da lustre a su tierra y a la patria. Nació en Santa Rosa de Viterbo en 1867. Fue político, educador, periodista. Hombre que se comprometía en sus campañas con ardor y empecinamiento. Uno de sus analistas lo encuentra dogmático, contradiciendo, por cierto, algunas de las tesis capitales. En su pueblo y, luego, en el colegio de Boyacá, que dirigía otro hombre de singulares dones intelectuales y políticos, Diego Mendoza Pérez, recibió orientaciones que más tarde, completó en la Universidad Externado de Colombia, de la cual en el proceso de su actividad de pedagogo, ayudó a dirigir como vicerrector. Estaba, pues, predestinado para el estudio y la meditación.

Una actividad a la cual dedicó largo tiempo de reflexión y de lucha, fue el periodismo. Como la gente de su tiempo, en este fue dejando huellas de su pensamiento. Y este, lo fue integrando. Porque no prevalecía la tendencia de que se informara sin reflexión crítica. En Bucaramanga fundó El Impulso con el escritor y poeta Ismael Enrique Arciniegas. Con José Camacho Carrizosa puso en circulación El Nuevo Tiempo. Más tarde, dirigió La Civilización, en 1910. En el segundo, libró una batalla contra los jefes liberales que participaban en la guerra de los Mil Días. Considerabay así lo aconsejaba que se rindieran sin condiciones. Era partidario de una paz, aun cuando el liberalismo saliera en malas condiciones de ese hecho histórico. No tuvo en cuenta que el partido, y sus jefes combatientes, varias veces propusieron un entendimiento con el Gobierno, que no le produjera desdoro a su función pública, pues no se les escuchó ni por Sanclemente, ni por Marroquín. Fue actitud poco generosa y comprensible, de estos dos gobernantes. Realmente censurable, porque en su obstinación, prolongaron males para Colombia. Cuando nuestra colectividad lo que reclamaba era un tratamiento en el cual funcionaran reglas legales que le dieran la certeza de poder actuar en la vida pública colombiana. Realmente, algo inexplicable.

El compañero de dirección de El Nuevo Tiempo, Camacho Carrizosa, terminó declarando su adhesión al conservatismo. Quizás la cercanía de este, haya influido en su actitud tan recalcitrante contra los combatientes. Con el hombre de pensamiento, Rafael Uribe Uribe mantuvo varios debates que, luego, Torres prolongó, desde luego que con réplicas de su contrincante, en el campo literario y científico. Su empecinamiento era de tendencia a mantener encendida la fuerza de sus afirmaciones y por ello lo encuentran empecinado intelectual y políticamente.

Su actividad política lo llevó a ocupar varias posiciones. Fue nombrado en la Comisión para el asunto de Panamá en París, para fungir de secretario de don Nicolás Esguerra, misión que no aprobó el partido. Ministro del Tesoro del dictador Marroquín, quien tan indiferente y apasionadamente trató a los jefes liberales que combatían. Más tarde ministro de Hacienda, en otra dictadura, la de Rafael Reyes. Cónsul en Liverpool, murió en Caracas en su calidad de plenipotenciario.

En las academias de la Lengua y Jurisprudencia, sobresalió con sus naturales dones. Lo primordial y por lo que se le recuerda, es por su función de escritor. Su obra tiene un calificado lugar en el pensamiento indo-americano. Es el sitio que le corresponde por su densidad y por la cercanía a la exposición doctrinaria de quienes estaban organizando las guías del pensamiento en el continente. Entre las obras que editó, sobresalen: Idola Fori, Estudios varios, Literatura de ideas. Estudios ingleses. Imaginación y poesía en Colombia, Discursos, Poemas filosóficos. Poemas simbólicos.

Su generación brilla a comienzos del siglo XX, a pesar de que viene actuando desde fines del anterior. En el caso de Torres, ya era una personalidad en los últimos años. Estuvo activo en el periodismo y en la política. Está en el centro de los acontecimientos. Participa en ellos, los comenta y señala su posición. Tiene una tendencia a manejar fuerzas idealistas. Muchos se inspiraron en las enseñanzas de José Enrique Rodó. Este levantó banderas que contagiaron con una iluminada tendencia al optimismo.

De allí viene Carlos Arturo Torres y, en esa zona, se situaron las gentes que se vincularon a los afanes de la cultura. Su influjo nació en el modernismo. Es un momento excepcional de la inteligencia indoamericana. Cuando se presentaba una pobreza muy aguda en la irradiación que había querido mantener España sobre nuestro continente, apareció Rubén Darío y sus compañeros de acción mental y crearon una escuela que le dio aliento a la escritura en español. Es una verdadera revolución. Implicó que, una vez más, las gentes de Indoamérica, señalaban rumbos. Era incómodo, para usar una frase amable, que los españoles tuvieran que admitir que las orientaciones venían de seres que seguían recibiendo tantos desdenes. Era el mestizaje cultural que se imponía abiertamente.

Pero hay un fenómeno contradictorio. Cuando Indoamérica impone sus enseñanzas, y se le obedece en la creación estética, es cuando esa generación hace explícito su «escepticismo intelectual» dejando primar sus dudas sobre la cultura nacional. La influencia de los nórdicos, de los ingleses y de los franceses, y el complejo que activa o subconscientemente asomaba deteniendo el reconocimiento de nuestra identidad.

El libro que ha tenido mayor crítica y atención en el análisis de su pensamiento, que, además, ha proyectado continentalmente su nombre, es Idola Fori. El positivismo que fue el signo de esa época, se manifestaba en los volúmenes de Renán, Guyau, Carlyle, Herbert Spencer, Renouvier, Bergson, Boutroux, Tolstoi, Nietzsche.

Se leía a estos autores con devociones intelectuales. Su proyección se prolongaba. La influencia de este pensamiento, es evidente en Carlos Arturo Torres. En su libro se pueden señalar algunas directrices. Al hablar de las «supersticiones políticas», enciende su prédica contra el caudillismo que primó, en el área, como omnipotente en el siglo XIX. Y, desde luego, como una consecuencia, examina la psicología de las multitudes. A estas, se le juzga atendiendo a su poder y a sus simbolismos.

Es evidente en Torres su compromiso intelectual y político por la libertad y la tolerancia. La fórmula es muy simple: renunciar a los hombres providenciales y a la anarquía que ellos propician y que, a veces, la quieren hacer aparecer como signo de nuestras gentes. Dentro de este ambiente, es necesario combatir el fanatismo. Este no puede dejarse que domine ni en la exposición de las tesis, ni en la adhesión a los hombres irracionalmente. Así mismo, este signo de sus afanes, lo complementa arremetiendo contra la demagogia.

En el capítulo de Idola Fori que enfrenta las «supersticiones aristocráticas» aclara que no hay que persistir en la teoría de los superhombres, como los únicos que han logrado señalar los caminos históricos. El cree que esa tesis, desconoce otras fuerzas, especialmente las de los grupos sociales que rodeaban a aquellos, que fácilmente fueron quienes dirigieron la triunfante acción comunitaria. El profesor Javier Ocampo López, 233 tan agudo en el análisis de las ideas de los orientadores nacionales, escribió un juicio que puntualiza la irradiación del pensamiento de Torres:

«Por ello, Carlos Arturo Torres consideró que lo más importante para la paz y el progreso de los pueblos es la tolerancia y la comprensión. En su obra Idola Fori considera que el culto de las ideologías y a los hombres con verdadero fanatismo, es un error, por cuanto lleva a la insolación de los hombres que filantrópicamente luchan con fanatismo político en contra de sus adversarios, llevando a un aniquilamiento colectivo de la nación. Idola Fori es un ensayo de sociología e historia de las ideas, el cual presenta en síntesis, los siguientes temas: los ídolos del foro; evolución y unidad mental; la rotación de las ideas; las supersticiones democráticas; las supersticiones aristocráticas; las corrientes políticas en la América española y hacia el futuro.

 

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Carlos Arturo Torres

«En su estudio sobre 'Las supersticiones democráticas' planteó el mito de la democracia y con ella, la decisión de las mayorías. Opina Torres que las mayorías parlamentarias, por su especial psicología, por las circunstancias que presiden a su elección y por la casi irresponsabilidad individual de quienes las componen, están particularmente expuestas a los extravíos de la ceguedad y de la pasión».

En su Idola Fori insiste en su condena de los dictadores. Es una defensa vigorosa de nuestros pueblos, que no pueden unir sus vidas a las aventuras tragicómicas del arbitrario manejo del Estado. La independencia la realizamos para evitar que el capricho y el desconocimiento de nuestra realidad se impusiera y como una necesidad de ennoblecer la vida comunitaria. Además, desde el primer momento, se proclamó la democracia como el signo que regiría el proceso político de Indoamérica. Pone algunos ejemplos de esos seres elementales que asaltan el poder.

Como contraposición a ellos, busca unos pocos espíritus que hayan destellado como luchadores públicos que no contrariaron a sus conciudadanos. Que, al contrario, los convocaron para el destino social colectivo, a través de la escritura, en libros y en la prensa. De exposiciones doctrinarias cuando se dirigían oralmente a sus masas. Ellos levantaban el mundo a planos espirituales de creación. Dieron doctrinariamente, las bases de lo que son, en parte principalísima, nuestras naciones. Torres menciona en ese rango a Juárez en México; a Domingo Faustino Sarmiento, en la Argentina, y a Manuel Murillo Toro, en Colombia. De este escribió 234 en su libro Estudios ingleses. Estudios varios, juicios certeros que nos van acercando a su múltiple personalidad:

«Murillo aparece ante todo como genial exponente de un fenómeno del más alto interés: la germinación y florescencia en nuestro país de eso que ya está consagrado en la historia con este nombre: 'el espíritu de 1848'. En efecto, su vida intelectual principió justamente en 1847 con la Gaceta Mercantil que publica en Santa Marta, y su verdadero papel político en 1849 con los portafolios de Relaciones Exteriores y Hacienda, de la administración López: entre esas dos fechas prendió el grande incendio. Las lenguas de fuego del espíritu nuevo descienden sobre el mundo y como el ascua roja en los labios de Isaías, hacen brotar de los labios de los nuevos apóstoles revelaciones inquietantes y atrevidas teorías. El germen alado va a todas partes y encuentra en las almas entusiastas de la juventud liberal granadina abierto surco y propicio; la de Murillo, en pleno juvenil ardor, vibra como la que más ante los hálitos que vienen de Francia, y es admirable vehículo a las nuevas ideas. Las innovaciones que se hicieron en nuestro sistema rentístico durante el tiempo en que dirigió la Hacienda Nacional, revelan bien que la revolución atacaba de lleno, en ese campo, el viejo régimen colonial; el ataque había de generalizarse pronto con creciente vigor, y extenderse a todos los campos de la administración y de la política: Murillo es, a la vez, el hombre del pensamiento y el hombre de la acción, el teórico y el político. La revolución civil de la Nueva Granada tiene también su Ledru Rollin».

Las calidades de Carlos Arturo Torres como escritor han sido saludadas con encomio por escritores de altas preseas mentales. Manuel Antonio Bonilla 235 en el prólogo destaca:

«Idola Fori, entre todos, fue destinado a llevar mensajes de sinceridad, justicia y patriotismo a los presentes y a los futuros habitadores de estos países desorganizados, supersticiosos y abúlicos; y obra tan cuajada de ideas y de nobles propósitos, libro americano, hijo de las entrañas de la democracia, no podrá menos de hacer viaje triunfante por las rutas intelectuales del mundo de Colón».

Baldomero Sanín Cano 236 en su libro Letras colombianas, nos indica cómo juzga la calidad de su prosa:

«El estilo de prosa de Torres no se recomienda por las cualidades de la gracia o de la elegancia. No carece de precisión y es castizo y severo, pero no cautiva con el esplendor, o la riqueza verbal o la novedad y sutileza de la forma. Expone con sobriedad científica, de acuerdo con los temas en que expande su pensamiento.

«En verso la forma es correcta, escasa de sonoridades que cautiven, aunque el ritmo se ajusta a las exigencias de la prosodia. Tiene alto vuelo de pensamiento, si bien no le acompaña siempre una vivaz imaginación. Murió joven. Su talento, su vasta erudición, su anhelo creciente de saber, han podido hacer de él con el tiempo una de las grandes figuras literarias sudamericanas».

José Enrique Rodó, 237 uno de los orientadores de la inteligencia en Indoamérica, despertador de su conciencia cultural, escribió una extensa página en 1910 para la aparición del libro de Torres de la cual tomamos una breve referencia:

«Cuestiones sociales y políticas se consideran por su incentivo y a su luz; y así en reciente y notable libro, La restauración nacionalista, Ricardo Rojas, argentino, refiere el problema de la educación a la necesidad de mantener los vínculos tradicionales, y lo estudia en la particularidad de la enseñanza de la historia, medio eficacísimo de simpatía y comunión en el culto de la patria.

«Pues bien: Idola Fori se relaciona, en mi sentir, por su más íntima tendencia, con ese movimiento de 'restauración', si usamos la palabra del autor argentino; y es como la expresión generosa del sentido político que debe adquirir tal movimiento, manifestándose en el espíritu y la obra de los partidos liberales. Porque el mensaje que sus páginas llevan es mensaje de conciliación, de armonía, de evolución racional y orgánica, tan ajena de yertas inmovilidades como de vanos desasosiegos; de serenidad encumbrada sobre «los fanatismos de la tradición y los fanatismos de la revolución»; y quien quisiera reducir estas fórmulas a una, la hallaría en el mandamiento de enlazar los impulsos de reforma que modelan lo porvenir, con el respeto del pasado, en su persistente unidad característica. Conjuremos los ídolos del Foro y logremos, según las palabras de Torres, el «equilibrio hermoso y estable que resulta de las mutuas concesiones de los asociados», si cuidamos de adecuar las cosas nuevas que proponemos y adquirimos, a la realidad de nuestra vida y nuestra historia, edificando sobre el propio solar y sembrando en el propio terrón. Y así lo entiende y declara, en no pocos pasajes de su libro, el escritor colombiano».

En Torres, como en una serie de escritores de su generación, en su libro resplandece una fuerza orientadora para nuestros pueblos.

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232. Eduardo Santos: «Nicolás Esguerra». Revista del Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario. Volumen XXXIII. Números 325-326. Bogotá, 1938. (Regresar)

233. Javier Ocampo López: Los hombres y las I deas en Boyacá. Editorial de la Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia, Tunja, agosto de 1989. (Regresar)

234. Carlos Arturo Torres. Estudios ingleses. Estudios varios. Librería de Angel San Martín. Madrid, sin fecha. (Regresar)

235. Manuel Antonio Bonilla: Idola Fori. Selección Samper Ortega de la Literatura Colombiana. Prosa Literaria No 9. Tercera edición. Editorial Minerva, Bogotá, 1935. (Regresar)

236. Baldomero Sanín Cano: Letras colombianas. Fondo de Cultura Económica. México, sin fecha. (Regresar)

237. José Enrique Rodó: Idola Fori; obra citada.(Regresar)

 

 

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