Sanclemente, Marroquin, El Liberalismo y Panamá
Otto Morales Benitez
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CAPITULO XXII
(3 parte)

El liberalismo y el istmo de Panamá

Ya hemos señalado las varias oportunidades en las cuales el liberalismo ofreció su consenso para la paz. Ni en el gobierno de Sanclemente ni en el de Marroquín, escucharon esas voces. Se debatían en otras miras que confluían a exterminar al liberalismo. Al menos, esa era la creencia de los gobernantes.

Cuando Uribe Uribe se encuentra con Martínez Silva en Nueva York, a comienzos de 1901, se llega a un avance tan significativo en el proceso de sosiego político, que aquel lanza su manifiesto. El segundo le escribe a su esposa Elena Santamaría de Martínez el 26-11-1901:

«En Nueva York me vi con Rafael Uribe Uribe, tuvimos un lunch juntos y hablamos con mucha cordialidad y franqueza. No creo que pueda conseguir recursos para continuar la guerra, pero sí podrá mantener la agitación interior y en las fronteras, haciendo al país y al Gobierno un daño inmenso. Todo esto se podría conjurar si nuestros amigos de Bogotá tuvieran un poco más de previsión y un poco menos de intransigencia, y si midieran la magnitud de los problemas que tenemos por acá».

Recalca el ministro que ojalá se tuviera conciencia de la «magnitud» de lo del canal, de lo que acontece por Washington y el alcance dramático para la vida nacional.

Hay dos textos de Uribe Uribe que es necesario destacar. El primero, es su carta a Martínez Silva del 23-III-1901 en la cual señala los errores que ha cometido la dictadura de Marroquín frente a la paz:

«Sólo ayer vino a informarme el señor Caro de la respuesta negativa que dio el Gobierno a Bogotá a la transacción en beneficio de la paz, que de común acuerdo se le transmitió por cable hace más de un mes. Pese sobre quien pesare la culpa del origen de la guerra, queda establecido que la responsabilidad de su continuación no es imputable al partido liberal. La guerra pudo cesar al otro día de llegado al poder el señor Marroquín, si teniendo en cuenta lo que había de común en las reivindicaciones del partido liberal y del conservador y la similitud de procedimientos revolucionarios empleados por uno y por otro para suprimir el régimen nacionalista, hubiesen sido ofrecidas bases aceptables de convenio a los jefes liberales. Pero al prometérseles sólo salvoconductos que le diesen seguridad únicamente como a individuos, y eso en cambio del desarme, sumisión incondicional y protestas humillantes, se desconoció que el conjunto de los liberales forma un partido político con derecho a ser reconocido como fuerza social y a que se le otorgue la representación correspondiente.

«El Gobierno esperó reducir la revolución por el simple empleo de los medios de fuerza, o porque consideró depresivo dirigir a las revolucionarias proposiciones que se mirasen como indicativas de debilidad, o porque no quiso atarse las manos de vencedor con compromisos que limitasen el uso y el abuso de la victoria. Ninguno de los dos móviles es patriótico ni republicano, ni concuerda con las anteriores declaraciones del partido conservador. Parece que no entiende haber ganado el poder (a favor de la revolución liberal) sino para ejercer al modo nacionalista, esto es, en provecho exclusivo del círculo gobernante, y sin participación administrativa y política de los otros partidos, se lisonjea y siguen lisonjeándose cada día con la idea de aplastar la revolución por fuerza de las armas, en vez de terminarla con promesa de garantías. Ya van corridos ocho meses de la nueva administración, y, sin embargo, no ha satisfecho la primera de las exigencias nacionales: el restablecimiento de la paz y el orden».

Ya, en ese momento, se había modificado el Tratado Clayton-Bulwer que garantizaba la neutralidad del canal, por el Hay-Pauncefote. Esto le permite al caudillo liberal formular observaciones de la mayor importancia frente a la construcción del canal. Le dice al representante colombiano:

«Para hombres de espíritu tan amplio y bien informado como el de usted y de un patriotismo hispanoamericano tan bien probado, no cabe tampoco suponer que se engañe en el aspecto político que tiene la negociación con los Estados Unidos. Adueñados de Panamá, su predominio sobre todo el continente queda asegurado, y sería de preguntar con qué derecho Colombia, por su solo interés particular, compromete la independencia y porvenir de las demás repúblicas hispanoamericanas, favoreciendo el desmesurado desarrollo del imperialismo yanqui.

«Hoy es un hecho evidente que si los Estados Unidos construyen para sí el canal de Nicaragua, las potencias europeas se apresurarán a construir el de Panamá para el uso del resto de mundo, pero la recíproca no es cierta: si los Estados Unidos construyen el canal de Panamá, las potencias no construirán probablemente el de Nicaragua. De donde se deduce que debe dejarse a los Estados Unidos que abran por su cuenta esta última ruta.

«Habrá venido usted advirtiendo los síntomas de una poderosa reacción comercial y política contra este país. La alarma difundida en los mercados europeos por la competencia americana ha hecho concebir la idea de una liga de hombres de Estado como Rosebery y Sir Charles Dilke, y el recelo que por doquier suscita la soberanía americana, aguijoneada por su fácil triunfo sobre España, que parece haberles hecho perder la cabeza, está previniendo todas las voluntades para impedir su temible expansión. Ayer leería usted, en prueba de ello, cómo la enérgica respuesta del gabinete inglés al rechazo que el Senado americano dio a las enmiendas que el Convenio Hay-Pauncefote introducía al Tratado Clayton-Bulwer, fue inspirada por Alemania. La coalición naciente sería un hecho en cuanto los Estados Unidos obtuviesen la concesión del canal de Nicaragua para su propio uso. El punto está entonces en inquirir qué favorece más la independencia e intereses de Colombia y de las demás repúblicas hispanoamericanas, si la construcción del canal de Panamá por los Estados Unidos o su construcción por las potencias europeas. La pregunta se absuelve por sí misma: la unidad nos mata, la pluralidad nos salvará».

Agrega: «Lo que mueve al actual Gobierno colombiano a entrar en una miserable puja de almoneda... no es otro que la penuria de dinero».

Son advertencias muy elocuentes de cómo móviles secundarios hacen perder claridad en el manejo del asunto más capital para el destino de la patria en esa época. Pero el estadista Uribe Uribe fue más enfático en señalar los desniveles que se le avecinan a la República. El advirtió, sin una sola duda, por dónde veía precipitarse la tragedia nacional. En esa misma carta dice:

«Usted no es un sectario a quien ciegue el interés de partido o de facción, a usted puede hablársele de patria, en lenguaje elevado, seguro de que lo entenderá. Por eso me atrevo a conjurarle para que no precipite la negociación de que está encargado; que se abogue con los ministros extranjeros para descubrir su pensamiento y comunicarles el suyo; y que, si es preciso, vaya, en su calidad de ministro de Relaciones Exteriores, a visitar las cortes europeas y saber qué se puede esperar de ellas, antes de atarnos con lazo irremediable y por todo un inmenso porvenir a la roca de la vergüenza. Y para que directa ni indirectamente pueda jamás atribuirse al partido liberal la más remota culpa en los sacrificios de soberanía que se está dispuesto a hacer con respecto al istmo, hago saber a usted que estoy listo a lanzar un manifiesto en favor de la paz, reduciendo todavía las exigencias propuestas en nuestra conferencia de esta ciudad. De ese modo no tendrán ustedes necesidad de comprometer la independencia nacional en cambio de dinero para la guerra; y en cuanto al necesario para la redención del papel moneda, seguro está que se hallaría en los recursos propios del país cuando ya restablecido el orden pudiésemos entrar todos a trabajar de acuerdo para libramos de la común plaga».

Son cinco admoniciones de Uribe Uribe: 1° Que se consulte a los gobiernos europeos; 2° tratar de no atar a Colombia a «la roca de la vergüenza»; 3° que ni «directa ni indirectamente pueda jamás atribuirse al partido liberal la más remota culpa»; 4° que no se comprometa la independencia nacional, por «necesidad», como lo está haciendo el conservatismo, para obtener «dinero para la guerra»; 5° y redimir el papel moneda con los «recursos propios del país».

Resplandece el amor patrio. El caudillo entendía que ese era su deber con la República, con la democracia y con su porvenir. Busca así garantizar la acción pública de su partido.

Uribe Uribe, a pesar de que no eran claras y eficaces las reacciones del usurpador Marroquín, lanzó un manifiesto a los liberales de Colombia con fecha 12-IV-1901. Una de las razones principales en su preocupación por la integridad territorial, es su angustia primordial y la que lo impulsa a la generosidad política. En ese documento trascendental en la historia colombiana, le manifiesta a nuestros copartidarios y a la nación:

«La prensa de los Estados Unidos ha publicado que se piensa en ceder a este país el dominio territorial sobre la faja del istmo de Panamá por donde se construye el canal, y como debemos suponer que ese sacrificio de soberanía se hace en cambio de compensaciones de dinero destinado principalmente a debelar la revolución y exterminar al partido liberal, este debe dar una muestra suprema de amor a la patria, renunciando sus esperanzas en esta hora sombría, a trueque de que ni directa ni indirectamente pueda atribuirse culpa o suministrado ocasión o pretexto para mutilaciones a la nacionalidad».

Las acotaciones que se leen de Martínez Silva, son explícitas: «.. .Ni este esfuerzo, ni el anterior, llevado a cabo con el doctor Aquileo Parra, merecieron la aprobación del vicepresidente de la República».

Uribe Uribe no descansa en sus empeños. Desde Curazao —1-VI-1901— le escribe a Marroquín 260 diciéndole que con una acción de su Gobierno, y aceptando las palabras de su manifiesto, se habría logrado la paz. Lo único que el liberalismo exigió invariablemente a la dictadura, fue que se le abriera «la esperanza de la igualdad ante la ley». Al proponer la paz, lo único a que aspiraba el jefe liberal, era evitar la mutilación de la patria.

Repetimos: no se escuchaba, no se entendía, no se atendía. Eran los síntomas capitales de la dictadura.

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260. Otto Morales Benitez. Antología y prólogo. La Regeneración conservadora de Núñez y Caro; obra citada.(Regresar)

 

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