Sanclemente, Marroquin, El Liberalismo y Panamá
Otto Morales Benitez
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CAPITULO XXIII
(3 parte)

Vaguedades

Martínez Silva en su epístola a Miguel Camacho Roldán, a Nueva York —10-III-1901—, sintetiza la política, desinterés y actitud absurda de la dictadura de Marroquín: «En Bogotá no se han preocupado absolutamente con la cuestión del canal; y basta decir a usted que en respuesta a todos mis despachos e informes minuciosos, sólo he recibido una nota del Ministerio de Relaciones durante todo un año, y ella con insípidas vaguedades».

 Se precipitó la ida de Panamá.   Los atributos de Carlos A. Mendoza

La familia Mendoza, asentada en Panamá, mantuvo —y hoy conserva en los renuevos— el fervor y la adhesión a Colombia. Sus adhesiones no se han menguado. El tronco inicial, Juan Mendoza, fue un luchador popular. Ha sido este otro signo de sus integrantes: al pie del pueblo, combatiendo. Pues bien; él fue escalando peldaños en cuanto arreciaba en su contienda: de cabildante, en larga palestra, llegó a la Presidencia del Estado Soberano de Panamá. Había sido magistrado de la Corte Superior. Tuvo acción en la guerra de 1860 al combatir así al centralismo y la ley de elecciones, que prácticamente eliminaba la expresión popular. Como buen liberal, tuvo que pagar su fidelidad a las ideas con el exilio. Murió haciendo parte del Congreso colombiano. Por ley, en el Panteón Nacional la inscripción que se leyera en su tumba diría con elocuente intensidad: «El Estado de Panamá al ciudadano Juan Mendoza defensor de los fueros populares».

De allí desciende Carlos Antonio Mendoza, quien nace en 1856. En 1869, estudiaba en Bogotá. De las aulas universitarias, tomó las orlas para ennoblecerlas en el ejercicio profesional. Fue abogado de pleitos de largo alcance, que demandaban densos estudios jurídicos. En el derecho penal, ganó fama, la conservó y le permitió triunfos en tribunales y academias.

Pero, desde su época universitaria, andaba en la vibrante y apasionada función política. En Panamá, sus orientadores fueron Buenaventura Correoso y Rafael Aizpuru, quienes estaban impulsando las reformas. Eran hombres de inquietudes abiertas hacia la transformación social. Pablo Arosemena escribió que le ayudó a su aguda y persistente acción política el «haber escuchado la palabra sincera de Murillo, las lecciones de Santiago Pérez y el verbo luminoso de Rojas». Su inteligencia comprendió y se ató, ideológicamente, a los propósitos del radicalismo liberal. Le tocó, en suerte, asistir a los procesos que estimulaba y a la clara formación ideológica que repartía con sus enseñanzas, desde el Gobierno. El primer signo revelador de su acción, fue el despertar el sentido de la nacionalidad. Que esta se volviera fuerza y fulgor de cada ciudadano. Su política anticolonial —en lo económico, en las instituciones republicanas que fortalecía, en lo cultural— le dio a la patria su propio perfil civilista y abierto a las más disímiles beligerancias en el pensamiento. Ello se complementaba con el acento popular que debían tener sus acciones de gobierno. Este, no lo concibió en servicio de las élites sino en relación con el afán de imponer y consagrar, en actos administrativos, la justicia social. SÍ el liberalismo no cumple esta tarea, entonces está al margen de su verdadero destino doctrinario. Uno de los empeños mayores fue consolidar la libertad, como principio cardinal del gobierno. Para ello acentuó la creencia de que este debería manejarse por civiles, pedagogía que venía desde Francisco de Paula Santander. Para mantener la unidad de la patria, se demandaba modernizar el Estado. Para que este se gobernara democráticamente, fortaleció el sufragio. El radicalismo diseña y crea las instituciones que serán las que definitivamente le darán el carácter republicano a la nación: en lo político, en lo económico, en lo cultural, en lo social. Para que ello se cumpla, se demanda que aquél tenga una política intervencionista para regular muchos procesos colectivos e impedir que los privilegios se organicen. A la vez, se vuelve empeño la defensa de las libertades: las de pensamiento, las económicas y políticas.

Estas fueron las cátedras que ayudaron a formar la inteligencia combativa de Carlos Antonio Mendoza.

Este, en cuanto avanzaba en su acción pública, iba dejando explícitos sus dones: abogado de acentuado afán por la justicia; periodista y orador popular. La plaza de Santa Ana, en Panamá, que era el escenario del pueblo, fue el sitio donde alcanzó mayores consagraciones. Improvisaba con ímpetu de convicción. Tenía las fuerzas espirituales para triunfar: era activo, entusiasta y mantenía encendida la alegría del combatiente. En la controversia, obedece las leyes del ímpetu razonador. Siempre mantuvo solidaridad con los despojados de todo poder. Para combatir, apelaba a lo sarcástico. En el Congreso fue parlamentario de activa acción en el estudio, discusión y análisis de las iniciativas legislativas.

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Carlos Antonio Mendoza

 

Como periodista, escribía permanentemente. Creó y dirigió muchos periódicos. Si repasamos el libro Periódicos panameños de oposición 1892-1899, allí veremos su pluma de hombre de combate reflexivo. Es hombre que arremete, pero afianzado en serios argumentos. Las cifras, cuando es necesario, las toma y las analiza. Sus páginas van dirigidas al examen de las materias que, esencialmente, interesan a la comunidad. El periódico para él es, a la vez, trinchera y aula, pues debe convencer, comprometer y enseñar. Publica los periódicos La Idea, El Deber, El Ciudadano, El Criterio, El Lápiz. 261 Cuando no los dirige él directamente, es el orientador en la cercanía mental y colaborador. Es un medio que utiliza para dejar el testimonio suyo sobre lo que necesita reexaminar la nación; o vigilar el liberalismo. O lo que merece su condena o desaprobación. Es centro de sus preocupaciones. Es lugar para su combate político, de hombre atento al destino de Panamá, de persona que siente su compromiso con su gente.

En uno de sus artículos, «Colombia y el istmo», señala nuestras ataduras políticas, geográficas, sociales. Pero a la vez, se querella de que, en nuestro medio, no se aprecian esas querencias:

«El istmo ha dado su sangre y su dinero para las revoluciones que en el país (Colombia) han tenido lugar: ora en el sentido liberal, ora en el conservador. El istmo ha dado su territorio para que se extienda sobre él el primer ferrocarril colombiano; da su territorio para que se excave el canal interoceánico; no son istmeños los que dijeron que si Colombia es conocida en el exterior, a Panamá, más que a otra cosa, se lo debe. Al ingresar en la asociación colombiana, y cuando formando parte de la Nueva Granada, el istmo aceptó la responsabilidad proporcional en una deuda que no había contribuido a formar ha prestado sus caudales para el Tesoro general; ha sido, y es aún, en su condición de hijo menor, el que más esperanzas encierra para el porvenir. No se tome a vanagloria, pero la prenda más preciosa, el joyel más valioso de las riquezas colombianas, es este istmo, tan... poco apreciado por sus hermanos del resto de la República».

La vida de los periódicos era muy corta. La Regeneración no los toleraba. Rafael Núñez le había escrito a Jorge Holguín, en 1888, «la imprenta es incompatible con la obra necesariamente larga, que tenemos entre manos».

Su juicio acerca de la Regeneración es el mismo de muchos de sus contemporáneos y de sus coterráneos. En sus columnas periodísticas aparecen sus juicios: es una manera despótica de manejar el gobierno, con ribetes de tiranía y su signo es la corrupción. Al restringir la libertad desaparece el derecho y no hay pensamiento que pueda expresarse. Además, con su sistema de apoyo en el clero, crea dificultades religiosas. Para el istmo se han dictado providencias administrativas en lo referente a las aduanas, que garantizan las pillerías. Por ello insiste en «que se llame ajuicio a los empleados de esta época, que entraron pobres a servir su destino, apenas modestamente remunerados, y hoy están poderosos». 262 En contraste, señala el empobrecimiento del peso de baja ley que circula y la enorme cantidad de papel moneda. Y para su estado, demanda escuelas y colegios, pues no es justo mantener en la ignorancia a la totalidad de una población.

Panamá, históricamente, no le ha fallado a Colombia, es su tesis cardinal. Participó en las tres guerras internas: la del 60, para eliminar «una inicua ley de elecciones», que eliminó la posibilidad de expresarse el ciudadano y combatir el exceso de centralismo; en la del 76, cuando la reacción pretendió, con ella, crear las condiciones para devolver las tierras, cuyo régimen se había cambiado con la revolución económica 263 de 1850 y que se instalara, otra vez, el monopolio clerical sobre la educación que rompió la reforma pedagógica de 1870. 264 Y la de 1885, cuya consecuencia fue la ruina de las familias istmeñas. Esta comenzó por la disolución de la Constituyente de Santander, la autorización a los gobiernos extranjeros para detener a los opositores a la Regeneración, sufriendo estos prisión y la confinación a territorios inhóspitos.

Como consecuencia de la primera —1860— se reunió la Constituyente de Rionegro, tan denigrada. Carlos Restrepo Piedrahita 265 recuerda que, después de la de 1886 —esta con setenta y cuatro reformas— aquella, es la de más larga duración: «La de 1821, 6 años, 10 meses. 1830, 1 año, 10 meses. 1832, 11 años, 1 mes.1843, 10 años, I mes. 1853, 5 años. 1858, 4 años, 11 meses. 1863, 22 años, 4 meses».

Desde luego, los gobernantes y autores en su totalidad no la rechazan. El presidente del Estado Soberano de Antioquia, doctor Pedro Justo Berrío, jefe conservador de alta jerarquía en su partido, decía:

«En esta sección de la República no sería fácil suplantar el sistema federativo por otro, porque desde el tiempo de la Colonia, el pueblo antioqueño adquirió hábitos de verdadera federación; y cuando ha estado sujeto por necesidad al régimen central, siempre se le ha visto conservar su tipo original y anhelar la forma federal. Por esto aceptó de buena fe y defiende con entusiasmo la Constitución de Rionegro; porque, ya lo he dicho otras veces y vuelvo a repetirlo ahora, esta Constitución es buena en lo general, y hablando con sinceridad, no se le puede rechazar más que por las tiránicas disposiciones que contiene sobre materias eclesiásticas».

Y más adelante agrega:

«Las buenas relaciones de Antioquia con todos los Estados de la Unión, y principalmente con los de Cauca y del Tolima, nos obligan más y más a procurar que la Constitución de Rionegro no sea hollada impunemente; que se respete la soberanía de los Estados y que el sufragio popular, sobre el cual descansa el sistema republicano, no sea burlado por la fuerza pública ni por las juntas escrutadoras. Aunque pasemos por imprudentes y belicosos para con muchos, es necesario levantar la voz de protesta contra esas intervenciones ilegales en los asuntos domésticos de Panamá y Tolima, que amenazan de muerte la paz pública y destruyen el sistema federativo que la nación se ha dado».

El liberalismo reúne su Convención en 1897. Asisten las personalidades más destacadas cultural, política y socialmente. Se formularon varios puntos con los cuales sus integrantes dejarían de sufrir los rigores de la tiranía regeneradora. La presiden hombres eminentes: Sergio Camargo y Fidel Cano y nombran secretario a Carlos A. Mendoza. Es el reconocimiento a este de su alta jerarquía política e intelectual. Es una exaltación muy honrosa. En carta suya a Belisario Porras registra el hecho y el continuo homenaje de sus compañeros.

La Regeneración no tomó ninguna medida para corregir las aberraciones denunciadas en el documento de 1897. Vino la guerra de los Mil Días. Mendoza con Porras y Eusebio A. Morales asumen el mando. Lo hacen con exceso de responsabilidad en el respeto a la ciudadanía no comprometida y luchan desde el primer día, porque las embarcaciones no prestaran colaboración a las fuerzas que estaban enfrentadas. Obraron como estrategas. Es una bella historia la de ese heroísmo de jefes y de pueblos.

Se produce el Tratado del Wisconsin, a pesar de que la revolución domina en Panamá. Pero Benjamín Herrera frente a la inminente invasión del ejército de Estados Unidos —solicitado por la dictadura de Marroquín— prefiere renunciar al combate. Es cuando declara: «La patria por encima de los partidos». El, además, ha leído los textos de Uribe Uribe en los cuales él plantea la pérdida de la soberanía en Panamá, si continúa la guerra y el manejo irregular del Gobierno, pues el liberalismo no quiere estar atado a esa desgracia nacional.

Al producirse la paz, Mendoza regresa a su bufete, a la labor periodística y a la lucha popular. Uribe Uribe asume la jefatura nacional del partido. Es tal respeto que merece el nombre de aquel, tal su jerarquía que este líder le ofrece la dirección del partido en Panamá, en carta del 15 de febrero de 1903. El la rehusa, alegando diversas razones. Uribe Uribe nombra un triunvirato que él encabeza con Pablo Arosemena y Eusebio A. Morales. Se le reconoce su jerarquía. El juicio crítico dice: «Político revolucionario, producto es de su pluma y de su espada».

En este libro hay referencias de altísima importancia en relación con el problema del canal. Colombia tuvo, en la época del radicalismo liberal, la decisión de que sería siempre neutral. No quería que en esa tierra nuestra, tuviera alguna otra nación, primacía. Para los panameños esta obra era de máxima importancia. Por ello, cuando establecían tanto desdén, descuido, y a veces total abandono por parte de la Regeneración, se levantaban voces separatistas. Era gravísimo ese comportamiento.

La neutralidad era eje central de la política nacional frente al canal. En 1857, el Gobierno hace aprobar una ley que así lo consagra. El Interés del liberalismo consistía en que no primaría ninguna potencia en el istmo y que el canal estuviera abierto a la humanidad. Las diferencias y las luchas entre Inglaterra y Estados Unidos, favorecen que esta tesis colombiana sea acogida. En el Tratado Clayton-Bulwer de 1850, se estableció que ninguno de los dos imperios tendría control sobre él. Rafael Uribe Uribe 266 en su libro Por la América del Sur, establece su alcance:

«Mientras Inglaterra y Estados Unidos fueron rivales, mantuvieron el Tratado Clayton-Bulwer de 1850, en que se comprometieron a no ejercer ni conservar jamás un control exclusivo sobre el canal. No obstante este compromiso, los Estados Unidos pretendieron en 1856 hacemos firmar un tratado sobre excavación del canal, que les asegurase influencia preponderante, pero nuestro país rehusó. Varias ocasiones más tarde, en 1860 y en 1870, los Estados Unidos volvieron a la carga, pero se estrellaron contra una inflexible negativa, porque considerábamos de nuestro deber seguir ateniéndonos a los dos elementos esenciales: soberanía en el istmo y neutralidad en el canal. Como se ve, la improbación del Tratado Herrán-Hay, lejos de carecer de antecedentes, estaba en la lógica de nuestra conducta; pensábamos que la Providencia, que forjó los hemisferios y los continentes, y con anterioridad eterna les dio destino para una eterna posteridad, señaló la singular garganta de Panamá para el uso inocente del género humano, no para el provecho exclusivo de Colombia o de los Estados Unidos. Mirándonos como meros depositarios del istmo, nos considerábamos en especial responsables para con las naciones de América, hermanas nuestras y más inmediatamente llamadas a beneficiar el canal, y no nos creímos libres para traerles sin su anuencia un vecino peligroso».

Esta política, la entendían los panameños. Sentían que se defendía su integridad. Luego, se acumulan una serie de disposiciones y de hechos que no trata de atenuar la Regeneración. El más grave, la disposición de la Constitución de 1886, artículo 201 que dispone: «El departamento de Panamá está sometido a la autoridad directa del Gobierno, y será administrado con arreglo a leyes especiales». José María Samper, en su obra Derecho público interno de Colombia, manifiesta que «contiene este artículo una excepción que a primera vista es odiosa». Agregando: «Así todas las leyes de la República son íntegramente aplicables a los departamentos, por lo tocante a la administración de justicia, a las relaciones exteriores, a las elecciones, y a todo lo que no es propiamente administrativo; pero en cuanto al modo de ejercer el Gobierno y a lo propiamente administrativo, el departamento de Panamá está fuera de la ley común; o en otros términos: las leyes comunes, que rigen en los ocho departamentos restantes, no rigen en el de Panamá. Este departamento ha quedado sometido a la autoridad directa del Gobierno, bien que necesariamente esta autoridad ha de ser ejercida por medio de gentes, y será administrado con arreglo a leyes especiales, esto es, a leyes que no tendrán aplicación en los demás departamentos».

Panamá no elegía sus mandatarios, ni sus jueces. Muchos piensan, y me cuento entre estos, que este artículo agresivamente discriminatorio, precipitó el sentimiento de separación de Colombia. Es otro de los servicios que le debemos a la «unidad nacional» que tanto exaltan los panegiristas de aquel régimen.

Después viene el Tratado Herrán-Hay. Los liberales panameños lo rechazan. Carlos A. Mendoza escribe y sostiene que «ese acto del negociador de Colombia, es una verdadera traición a la República» (3-1-1902) en carta al director del periódico El Duende. Regresamos a Uribe Uribe en su capítulo «La separación de Panamá» en donde escribe con claridad:

«Para 1881, Mister Blaine, secretario de Estado, se expresó así: 'En 1846 un memorable e importante tratado se negoció entre los Estados Unidos y la República de Colombia. Por el artículo 35 de ese tratado, en cambio de ciertas concesiones hechas a los Estados Unidos, garantizamos positiva y eficazmente la perfecta neutralidad del istmo, y también los derechos de soberanía y propiedad de Colombia sobre ese territorio'».

John y Mavis Biesanz 267 destacan la singular importancia del canal para los hijos del istmo:

«Panamá existe por y para el canal». Con esta frase el presidente Belisario Porras inició un enardecido debate hace algunas décadas. Todavía hoy sigue siendo utilizada. Aquellos panameños que admiten que la frase tiene mucho de verdad, también añaden: «Es triste decirlo... No debía ser así».

Aunque la República de Panamá existe porque sus fundadores querían el canal, en la actualidad sus hijos hablan acerca de éste como fuente principal de sus problemas y sus fallas.

«El canal, dicen, ha distorsionado su economía. Panamá no es una nación autosuficiente, ni agrícola, ni industrialmente; los panameños sostienen que lo sería si no fuera por el canal».

La intervención de Estados Unidos en Colombia para la aprobación del tratado, no tuvo límites en la desvergüenza. Se apeló a innobles medios de presión 268 que dejan la sensación, al conocerlos, de tratamiento a un país invadido. Por ese entonces, espiritual y políticamente.

El germen separatista volvió a aparecer. El Gobierno Central colombiano, ayudaba, con su mala política administrativa hacia Panamá, a crear una atmósfera que se enardecía contra la unidad. Ya hemos señalado varios. Mencionemos algunos más. El Cronista, periódico amigo de la administración, aconseja que no se formulen críticas, ni se analicen los asuntos públicos, porque estos se decantan y llegan, a la larga, a tener soluciones. Mendoza, como buen polemista, arremete para contradecir, sosteniendo que la oposición a lo irracional o lo dañino debe formularse invariablemente.

El istmeño sostenía la tesis de un deslinde con Colombia. El nacionalismo de Caro mantenía un dominio sobre las posiciones administrativas. Se pidió durante mucho tiempo que se escogieran autoridades de la comarca. Llegaban «lanudos» de Bogotá que no conocían el medio, sin comunicación política con la inmensa población que era liberal —a la cual trataban como parias— sin entender su mentalidad caribe. Era, entonces, el desastre total. Aristides Arjona escribe a Marroquín diciéndole que «nada alcanzará (su gobierno y Colombia) en esta lucha con el militarismo corruptor, con la práctica de su sistema político que de tiempo atrás viene minando la República». Los panameños que eran enemigos del Tratado Herrán-Hay, lo consideraban como otro atentado contra su destino.

Mientras tanto, círculos de Estados Unidos, estimulan estos brotes. Y el Gobierno, solícito, hace declaraciones que garantizan su solidaridad.

Ernesto Castillero Reyes 269 dice que «esa idea —la separación— no se incubó en el cerebro de ningún jefe de la agrupación partidista que mayor provecho ha obtenido posteriormente». Y agrega: «Ese pensamiento, en cambio, iluminaba la mente de los conservadores: Arango, Amador, Obaldía, etc., etc., quienes se constituyeron en los fomentadores de la revolución secesionista».

Se van acumulando errores y desgracias que ayudan a consolidar este anhelo. Cuando se firmó el tratado de paz del Wisconsin, se estableció que los delitos militares serían juzgados por militares. Víctor Manuel Salazar, y Alfredo Vásquez Cobo, quienes lo firmaron y eran sus garantes, se habían retirado de Panamá. Entonces toman preso a Victoriano Lorenzo —jefe de indígenas y liberal, de preeminencia en la región— y se ordena su fusilamiento. Se apela ante el ministro José Joaquín Casas, quien contesta que es un delincuente común. La reacción por su fusilamiento, es general. Lo mismo que por la muerte de León A. Soto y siete ejecuciones más. La prisión de Rodolfo Aguilera aglutina a la gente.

El 25 de julio de 1903, el general Restrepo Briceño y el coronel Fajardo arremeten contra la imprenta de Pacífico Vega donde se editaba El Lápiz. El hermano de Alfredo Vásquez Cobo, José, que comandaba el ejército en Panamá, los respalda. El gobernador Mutis, los censura. Se divide la acción de la administración. Para que no haya dudas, al director del periódico —que era pariente de Mendoza y este inspiraba—, José Sacrovir Mendoza, le dan de bastonazos y planazos.

Se van sucediendo más hechos, que exasperan a la ciudadanía: el cable —sistema masivo de transporte— deja de operar y culpan al Gobierno de Bogotá, pues este debería hacer arreglos económicos con los operarios. Retrasan la solución y el pueblo se aglutina para protestar. Los congresistas de la región, hacen debates en el Parlamento, pues la situación es tensa.

A la vez, el representante Luis de Roux declara en el Congreso: «en Panamá, honorables representantes, obispos, gobernadores, magistrados, secretarios, jefes militares y subalternos, han sido y son extraños, al departamento... Parece que, a semejanza de una infección, el Gobierno se ha propuesto excluir a los hijos del istmo de toda participación en los asuntos públicos con una tenacidad que asombra...».

Ya hemos establecido cómo Uribe Uribe previo la pérdida de soberanía en Panamá y para evitarla propuso la paz a Marroquín. Este consideró que el jefe no tenía prestigio y debería tratarse como delincuente común.

Finalmente, vino la secesión. Carlos A. Mendoza fue quien redactó el Acta de Independencia. El, quien había sido el más colombianista de los panameños; que tenía el origen de su sangre en nuestra costa. El manejo de la situación por el Gobierno colombiano, logró aglutinar la opinión del istmo y, muchos de sus representantes, fallaron en sus deberes y en su dignidad.

Mendoza, ya lo hemos dicho, gozaba de prestigio popular. Además de jurista, tenía experiencia administrativa: tesorero del Estado, subsecretario de Hacienda, diputado, edil municipal, secretario de Gobierno, gobernador.

Hace parte del gabinete de la naciente república. Se le nombra ministro de Justicia. En el informe final de sus labores, cuenta cómo se crearon los tribunales de justicia y el Ministerio Público; cómo nombró la Corte Suprema de Justicia y qué alcances tenían los proyectos que propuso de Códigos Civil y Comercial, Judicial, Penal y de Minas.

Políticamente, cumplió muchas misiones. Su vocación del deber lo mantenía en vilo. Después de la separación de Panamá, tuvo demasiada influencia en determinar el destino de su patria. En Washington, en la prensa, lo señalaban como el «hacedor de presidentes». El, con su acción, sus directrices, sus consejos, indicaba quién debía gobernar. Pablo Arosemena advertía que esas tareas las cumplía con sus modales, que eran de un duque de ley auténtica.

Aún nos duele Panamá. Todavía sentimos la angustia de tanto error acumulado desde la Constitución de 1886, hasta el apaleamiento a los periodistas y la falta de criterio para manejar las reacciones populares. Rodrigo Miró en su libro de tan altas calidades de escritor y atisbador de su patria. Sentido y misión de la historia en Panamá 270 cuenta parte del proceso de separación.

«El 12 de agosto de 1903 el Senado de Colombia rechazó por unanimidad, en primer debate, el tratado suscrito en Washington el 2 de enero de ese año por el representante colombiano, Tomás Herrán, y el secretario de Estado norteamericano, John Hay. Este convenio, laboriosamente negociado por Carlos Martínez Silva y José Vicente Concha, representaba los esfuerzos de Colombia para asegurar se continuara la obra del canal de Panamá, que los franceses demostraron no poder concluir y en cuyo remate se fincaban las mejores esperanzas del pueblo panameño. En efecto, para los hijos del istmo el canal representaba la satisfacción de un anhelo varias veces secular y el concretarse de su destino histórico.

«Ahora bien: claro está que la sustitución de una empresa privada como la Compañía Nueva del Canal por el Gobierno de la mayor potencia del continente implicaba riesgos y suponía para Colombia la aceptación de términos acaso onerosos, seguramente desusados en la práctica internacional, aunque tolerables a la moral de la época. La negativa del Senado estaba, así, dentro de lo probable.

«Pero representó un duro golpe para los intereses istmeños. El desaliento cundió en Panamá. Y la idea de independencia, manifestada una y otra vez en el pasado, volvió a encontrar partidarios. Se organizó una junta revolucionaria y se puso en marcha la acción separatista. El clima de desasosiego que empezó a vivirse en el istmo fue hábilmente estimulado por gentes para quienes el abandono de la ruta de Panamá significaba la catástrofe: los accionistas de la Compañía Nueva del Canal. Phillipe Bunau-Varilla, su representante oficioso, hasta entonces activo agente propulsor del canal colombiano, íntimamente ligado a las interioridades del asunto, decidió sumar su esfuerzo al de los panameños. Su cooperación devino decisiva para la junta revolucionaria. Seguro de que tanto Roosevelt como su secretario Hay miraban con agrado el movimiento separatista hizo ver a los miembros de la Junta que ese sentimiento se transformaría en ayuda. De ahí que al proclamar Panamá su independencia, no le fuera difícil conseguir se le designara ministro extraordinario y plenipotenciario de la nueva entidad internacional. Fue un proceder explicable pero funesto en consecuencias, como no tardó en manifestarse. La naturaleza misma de los fenómenos en marcha exigían la rápida conclusión del tratado del canal. Parecía lógico, puestos en el trance, la adaptación del pacto Herrán-Hay a la nueva coyuntura. No ocurrió así, sin embargo. Phillipe Bunau-Varilla, a quien la junta provisional del gobierno armó de poderes más allá de lo que la prudencia aconsejaba, notificado en Washington de la presencia en Nueva York, camino de la capital, de los representantes panameños doctor Manuel Amador Guerrero y Federico Boyd, enviados para concertar el tratado, precipitó los acontecimientos. Urgido por dar fin a la misión que convertía el fracaso de la empresa gala en pingüe negocio, movido por su enfermiza vanidad, que lo conducía a vincularse a una obra de resonancia universal, y ayudado por la complicidad del secretario Hay, le ofreció una versión del convenio muy alejada del texto anterior, tan gravosa para Panamá como favorable a los Estados Unidos de América. En la residencia particular de Hay, comenzando la noche del 18 de noviembre de 1903 —aniversario de la firma del Tratado Hay-Pauncefote— y en las condiciones que quedan expresadas, se firmó la Convención del Canal Istmico».

Carlos Alberto Mendoza —nieto de Carlos Antonio— en el prólogo del libro de Armand Reclus 271 cuenta cómo fue el proceso:

«Al Estado reaccionario y rabiosamente clerical que le impusieron a Colombia y a Panamá Rafael Núñez y Miguel Antonio Caro, ambos enemigos declarados del istmo, siguió inexorablemente la guerra de los Mil Días encabezada en Panamá por Porras, Mendoza y Morales, con el apoyo preponderante en su momento del indio Lorenzo. De esta guerra ha dicho Alfredo Figueroa Navarro en líneas recientes que 'podría considerársele como la conflagración de la independencia que no tuvimos en 1821, al menos en territorio panameño'».

«Del Panamá republicano se apoderan con presteza Mendoza, Porras y Morales, porque tenían garra y una masa mestiza detrás que los estadounidenses veían con repugnancia, desprecio y pavor. Lo cierto es que el binomio Porras-Mendoza, del que escribiera con acierto Hernán Porras, junto con Eusebio A. Morales y Guillermo Andreve, le dieron a la nueva República fisonomía constitucional, y sobre todo, democrática».

Carlos A. Mendoza continúa, al retirarse del Ministerio, su acción política. Es el jefe y ayuda a escoger presidente. Cuando postulan a José Domingo de Obaldía, a él lo proponen como designado. Muere el primero y le toca ejercer la Presidencia. En el capítulo referente del libro Mensajes presidenciales 272 correspondiente al año de 1910, aparece lo que realizó como gobernante.

A él se le reconoce como uno de los formadores de la nacionalidad panameña. Ese título de creador de ella, cada día se le señala como su mayor atributo. Y ya es la más alta consagración. Eusebio A. Morales, respetable en su condición de varón de clarísimas ejecutorias, de escritor y de conductor político del liberalismo, señala las calidades de su administración: «Llamado a ejercer la Presidencia de la República por el inesperado fallecimiento del señor Obaldía, Mendoza ocupó y desempeñó el puesto con dignidad y con tino. El corto período de su gobierno fue objeto de los más indignos e injustos ataques por parte de aspirantes a empleos, chasqueados en sus esperanzas y descubiertos en sus intrigas; pero, cuando llegue la hora de hacer comparaciones, se verá que aquella efímera administración tuvo más orden, más honradez, más seriedad y más respeto por la Constitución y las leyes, que la que desde el 5 de octubre de 1910 para acá ha pretendido tener el monopolio de la pureza, de la honradez y de la legalidad».

Carlos A. Mendoza, sale de la Presidencia a continuar su batalla democrática. No abandona sus deberes populares. Su prestancia crecía. Cuando el presidente Pablo Arosemena busca reanudar un diálogo fraternal de Panamá con Colombia, envía, como único delegado, a Carlos A. Mendoza. Es el reconocimiento a sus ataduras con nuestra República; a sus amistades de influjo; a su señorío y a su tacto diplomático. Era momento, aún, de muchos dolores colectivos en nuestra nación. Enrique Olaya Herrera, como canciller, cuenta la fina e inteligente actuación de aquél.

Ayuda a elegir nuevo presidente de su país. Libra muchos combates. Anuncia su retiro de la vida política. Las manifestaciones se suceden pidiendo que continúe en la beligerancia. Los estudiantes le ofrecen homenaje de respaldo. Continúa en sus afanes. Cuando preparaba la convención liberal de 1916, muere. Era el conductor, orientador y vigilante. El pueblo, emocionado, conturbado, acompaña su féretro. Le fue fiel hasta el último momento. Era una solidaridad entrañable.

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261. Carlos Alberto Mendoza y Vicente Stamato: Periódicos panameños...; obra citada. (Regresar)

262. El pensamiento de Carlos A. Mendoza. Documentos, escritos, discursos. Biblioteca Cultural Shell. Panamá, 1995. (Regresar)

263. Otto Morales Benitez. Revolución y caudillos. (Aparición del mestizo y del barroco en América. La revolución económica de 1850). Tercera edición. Círculo de Lectores. Bogotá, 1983. (Regresar)

264. Antonio Pérez Aguirre: Los radicales y la Regeneración (primera parte). Editorial Cromos. Bogotá, 1941. (Regresar)

265. Carlos Restrepo Piedrahíta: Constituciones de la primera República liberal 1855-1885; obra citada. (Regresar)

266. Rafael Uribe Uribe: Por la América del Sur. Dos tomos. Biblioteca de la Presidencia de la República. Editorial Kelly, Bogotá, 1955. (Regresar)

267. John y Mavis Biesanz: Panamá y sus gentes. Prólogo y notas a la segunda edición en español de Alfredo Figueroa Navarro. Traducción de la profesora María Josefa de Meléndez. Editorial Universitaria. Panamá, 1993. (Regresar)

268. Rafael Uribe Uribe: Por la Amé rica...-, obra citada. (Regresar)

269. Ernesto J. Castillero R.: Episodios de la independencia de Panamá. Ministerio de Educación. Panamá, 1958. (Regresar)

270. Rodrigo Miró: Sentido y misión de la historia en Panamá. Biblioteca Cultural Shell. Panamá, 1995. (Regresar)

271. Armand Reclus: Exploraciones a los istmos de Panamá y el Dañen: 1876, 1877, 1878. Editor Vicente Stamato. Biblioteca Cultural Shell, Panamá, 1997. (Regresar)

272. República de Panamá. Mensajes presidenciales. 1903-1912. Compilador Manuel de J. Quijano. Biblioteca Cultural Shell, Panamá, 1993.(Regresar)

    

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