Sanclemente, Marroquin, El Liberalismo y Panamá Otto Morales Benitez © Derechos Reservados de Autor CAPITULO II (2 parte) Foción Soto y su actividad liberal Como vicepresidente fue escogido Foción Soto. Estudió abogacía y parte de su existencia la vivió en Cúcuta; otra extensión de esta en la guerra en funciones públicas y, como castigo regenerador, en el exilio. Fue hombre de acerado carácter. Siempre se le consideró un apóstol en la defensa de la libertad, en la lucha por el imperio de las formas civiles, en el afán de que los actos se sujetaran a la honradez, a la lealtad. Estos dones en él estaban asistidos, además, de un «talento juicioso y certero», que amparaba una severa y rica ilustración. Luchó siempre contra las injusticias, defendiendo las orientaciones republicanas. Por eso uno de sus apologistas sostenía que «el nombre del austero patricio no representa una entidad sino una idea». Obedece siempre a sus convicciones. No jugaba con estas: «La historia del partido liberal desde 1850 es la historia de la vida de este partido». Apenas terminados sus estudios de jurisprudencia, en 1854, combate contra la dictadura de Melo. En 1860, después de un desastre donde sucumbieron muchos de sus compañeros, él toma la bandera y conduce, unos ejércitos deshechos, a la victoria. Ya queda incorporado a las grandes hazañas del futuro. San Agustín, en 1862, le tiene como combatiente. En La Humareda y en el incendio del vapor Once de Noviembre, donde se encontraban los elementos de guerra de la revolución, se encuentra en su puesto, sin discutir los riesgos. En la cima de Las Rosas se le halla triunfante contra Antonio B. Cuervo. Lo mismo en Santander que en el Oriente de Cundinamarca. En el combate de leyenda de La Concepción, donde desaparecieron los jefes de ambos bandos, Soto supervivió y tomó la orientación de las nuevas batallas.  | | Fonción Soto | Cuando Núñez abrogó, «por sí y ante sí», la Constitución, Soto tuvo que abandonar el país porque su voz se levantó en protesta. Cuando vino 1899, él vivía en El Lago, en Venezuela. Había podido hacerse el indiferente. De inmediato toma su puesto de jefe del Estado Mayor General del ejército Liberal del Norte. No eludía sus obligaciones por dramatismo que conllevaran. Sufrió la vigilancia carcelaria de Aristides Fernández y fue uno de los que huyó del Panóptico en 1901. Lo hizo para asumir en el Oriente de Cundinamarca el puesto de subdirector de la Guerra, «teniendo e secretario al entusiasta joven, abogado, tribuno ardoroso y arrogante escritor Ricardo Tirado Macías», como lo cuenta El Sol de Medellín. Luego, el destierro, que era el signo para los jefes liberales en la Regeneración. Vivió en Venezuela. El periódico El Avisador de Maracaibo registraba la muerte con estas palabras de reconocimiento: 27 «Anoche falleció súbitamente este honorable anciano, de nacionalidad colombiana, patriota de altas virtudes cívicas, notable por sus servicios a su causa y dotado de un gran carácter que dio a su figura de hombre público delineamiento magníficos y casi gigantescos». En Ecos del Zulia escribieron: Foción Soto fue «ciudadano eximio, honor de Colombia su patria, donde luchó como liberal de principios con la pluma y con la espada, vino hasta nosotros desde que la adversidad azotó la preponderancia de su causa y Maracaibo le tenía ha muchos años por un huésped querido, que pasaba por entre todas nuestras clases sociales, aureolado por el respeto y las simpatías de los hijos de esta tierra». Probidad, decisión, altruismo, fueron algunas de las altas cualidades que lo distinguieron. Por ello el liberalismo le tributó el reconocimiento, en calidad de candidato a la Vicepresidencia, en 1897. Al morir, sin distinción de colores políticos, se le tributó un homenaje de respeto al curso de su existencia: 28 «El Senado de la República lamenta profundamente la muerte del eximio patriota, probo y digno ciudadano, señor doctor Foción Soto, ocurrida el día de ayer en la ciudad de Maracaibo, Estados Unidos de Venezuela, y se une al duelo de la República con motivo de este doloroso acontecimiento. Copia de esta proposición se enviará con nota de estilo a la familia del finado. «Bogotá, 13 de noviembre de 1909. B. Herrera, J. M. Lombana Barreneche, N. G. Insignares, Manuel G. Salazar, Clímaco Calderón, Rozo Cala, Carmelo Arango, F de P. Manotas, Francisco Groot, Alejandro García, Francisco Montaña, Hernando Holguín y Caro, Belisario Zamorano, Antonio José Uribe, Rafael del Corral, Manuel A. Mercado, Jesús M. Lugo, José M. Bucheli, Guillermo Valencia, Jorge Molina Cabal, A. Dulcey, D. E. De Angulo, Luis Alejandro Márquez, Alfredo Garcés». En MCMXIII 29 se publican sus dos tomos de Memorias sobre el movimiento de resistencia a la dictadura de Rafael Nuñez: 1884-1885 donde proclama con honestidad que escribe para que otros, más tarde, logren consagrar en perfiles lo que fue la gran hazaña colombiana: «Pero si alguno tuviere algún día la suficiente paciencia para recorrerlas, hallará en ellas la explicación de muchos hechos que sin su lectura parecerían incomprensibles. Todos debemos ayudar con el contingente de nuestro testimonio a esclarecer los acontecimientos en que hemos sido actores, a fin de que más tarde pueda escribirse la historia de nuestra patria por quien lo pretenda y sea competente para ello. «Por mi parte, no es mi ánimo, al estampar estas líneas, escribir historia. Carezco en este retiro, a donde la lealtad y la generosidad de los vencedores me ha confinado, de muchísimos documentos de la mayor importancia, y, además, están aún palpitantes las heridas; no se ha secado siquiera la preciosa sangre colombiana venida en los campos de batalla, ni cesado la persecución de los vencedores, para que mi relación pueda tener la imparcialidad que la historia exige de sus adeptos». Hay algo que impresiona y es la manera como juzga sus actos. No tiene ninguna benignidad con sus propias acciones. El timbre de severa lealtad con la gloria que le correspondió al actuar, la va dejando consagrada en sus palabras. Es un ejemplo de rigor ético inclusive para juzgarse a sí mismo. Es impresionante esta visión de lo acontecido, en lo cual él fue actor, y que le permite dejar un cuadro de gran claridad, en donde el apóstrofe a sus debilidades no se escatima: «Pero sí narraré los sucesos tal cual los he juzgado, tal cual los he comprendido, y si mis juicios parecieren severos cerca de los demás, téngase que no me escatimaré la propia responsabilidad cuando crea merecerla. En prueba de ello, reconozco desde ahora que erré al trabajar, como lo hice sin vacilación, por el asalto a Cartagena, de lo cual me confieso arrepentido, y que ni allí ni del El Hobo (a. Humareda) quedé satisfecho de mí mismo, pues creo no afronté, como debió haber sido, el riesgo personal que me correspondiera, y que el mío fue ninguno delante del de mis abnegados compañeros, y diré también que si la suerte que favoreció tocándome mandar en jefe el combate victorioso del Arrayanal, bien poca parte tuve en tan brillante triunfo, pues en verdad no di al ataque a nuestras fuerzas la importancia que en sí tuvo, y mis disposiciones fueron por lo tanto muy inferiores a lo que las circunstancias exigían, que de otro modo ese combate habría alcanzado proporciones mucho mayores de resultados imprevistos». La primera parte de sus dos volúmenes, se refiere a «La reivindicación del sufragio», que fue causa de muchos de los males y tormentos que cruzaron por la patria. El liberalismo no hubiera asistido a la guerra, si le abren perspectivas de corregir tan dañinos y aberrantes procedimientos. Los gobiernos dilataron esta solución. Cuando estos la proponían, era porque tenían la certeza de que no serían escuchados en el Parlamento. Nunca existió el propósito deliberado de corregir estas desviaciones. El primer tropiezo, causa de los desafueros que se desataron en la Regeneración, corresponde a «la política, acaso sincera, pero de todos modos lamentable del general Trujillo como presidente de Colombia, que hizo desvanecer la ilusión que muchos buenos ciudadanos se forjaron, de que vencida en 1876 la rebelión conservadora a esfuerzos de todo el partido liberal, este permanecería unido y corrigiéndose de los vicios que estaban minando su existencia». Poción Soto enumera, sin agotar la materia, cómo era el proceso leccionario: «1o) Dificultades sin precedentes puestas a los ciudadanos para hacerse inscribir como electores; 2o) Imposibilidad de obtener una copia auténtica de la lista de estos y así nunca se podía comprobar si se había adulterado el resultado o no; 3o) Renuncias de los jurados para ser reemplazados, lo que se obtenía cuando no garantizaban el fraude. Para obtenerla, se apelaba hasta a la amenaza; 4o) Mutilación y adulteración de las listas de sufragantes. Se suprimían nombres conocidísimos y de quienes habían reclamado; 5º) Coacción de las autoridades sobre la población votante.» Escribe lo irregular que era el sistema: «Es verdad que la ley de elecciones se había hecho expresamente para que el presidente no pudiera perderlas jamás; es verdad que los agentes ejecutivos eran, en la generalidad, hombres sin precedentes honorables y dispuestos a atropellarlo todo, antes de perder los puestos o los sueldos, y, sobre todo, los provechos de esos destinos; es verdad que el reclutamiento principiaba, que la fuerza pública se iba distribuyendo dondequiera que el presidente tenía seguridad de perder las elecciones; que los comités eleccionarios compuestos de los empleados de más categoría en el Estado, distribuían circulares a sus agentes y amenazaban con la persecución a los que se les oponían, halagando a sus adeptos con mayores recompensas de las ya obtenidas». Acerca de esta materia, hay que repasar el capítulo respectivo «Elecciones regenerativas» del escritor Rafael Uribe Uribe en el libro ya mencionado, La Regeneración conservadora de Nuñez y Caro, en el cual se puntualiza, en detalle, cada uno de los sistemas que se emplearon para impedir la expresión electoral y política del liberalismo. Esas páginas están escritas con sentido didáctico para entender un sistema absurdo contra la libertad electoral. Es lo mismo que hace Foción Soto en sus páginas aleccionadoras. De suerte que el levantamiento, está atado a estos sistemas de desconocimiento de la voluntad popular. En esas Memorias se reivindican muchos nombres de la vida heroica del liberalismo, como Daniel Hernández, que es un medallón del valor mítico de los colombianos. Desde luego , Foción Soto venía de una tradición que ennoblecía la historia colombiana. El doctor Francisco Soto, su padre, sobresalió como jurista y como gran defensor de la independencia de nuestra patria. Rememoremos algunos pocos hechos de su existencia. Cuando el 4 de julio de 1810 se organiza en Pamplona la primera junta para pelear contra el impe ri o español, él es su secretario. En Cúcuta, se unió al coronel Bolívar, quien lo designa su secretario. Lo comisiona para que viaje ante el Congreso de Tunja para pedir permiso para llevar tropas colombianas a Venezuela. En 1815, el asedio hispano es tan contundente, que tiene que aislarse después del fracaso que se sufre en Málaga. Viaja luego a Casanare a ponerse a ó rdenes de Francisco de Paula Santander, quien organiza los ejércitos que van a garantizar la independencia de la Nueva Granada y abren las posibilidades de movilizarse, a los ejércitos libertadores, por el continente. Este es, por cierto, uno de los mayores actos de grandeza y previsión del creador de la República. Es un episodio histórico que aún no se ha analizado con profundidad. Después de la batalla de Boyacá, es nombrado gobernador de Pamplona. Luego elegido a la Asamblea Constituyente de Cúcuta. Allí fungió de secretario. De allí pasó a la Fiscalía del Tribunal de Cundinamarca, hasta cuando fue elegido miembro de la Alta Corte de Justicia. Es congresista de 1823 a 1826. Aprovechó su vinculación a la universidad para fundar la cátedra de economía política. En 1826, la Cámara lo elige director de Crédito Público. En 1828, en la convención de Ocaña, presidió la Junta Preparatoria y, luego, alguno de sus períodos. Después del 25 de septiembre, se ve sometido a la persecución de la dictadura que se instala. Más tarde, vuelve a ser gobernador de Pamplona. Y asiste a la Convención de 1832. Fue secretario de Hacienda en el Gobierno de Santander hasta 1837. Márquez le insiste para que continúe y le contesta que no podía hacerlo «porque ni el señor Márquez tendría confianza en Soto, ni Soto en el señor Márquez». De esa estirpe venía Foción Soto. Siguiendo la conducta de su padre, podría hacer evidentes los dones que lo ungían, severamente, para la acción pública. El liberalismo, en 1897, le entregaba el reconocimiento que merecía por sus cualidades en el ejercicio de sus funciones ciudadanas y de adhesión a la colectividad. Motivos de disidencia En este escrito, dicen sus firmantes que fueron colaboradores en la obra política que se ha llamado la Regeneración. Su texto, al leerlo, establece que el liberalismo, en sus prédicas de la Convención de 1897, no está escribiendo líneas que exageren la dolorosa, primitiva y cruel situación que se vive en el país. Al contrario, se comprueba que se tenían razones valederas para levantar las banderas de indignación que llevaron a la guerra. Pero aún más: que sus palabras coinciden con las que los conservadores expresan para buscar una nueva expresión de los afanes de la patria. Trataremos de reproducir en sus términos textuales lo que denuncian los copartidarios de Núñez y de Caro, de Sanclemente y Marroquín. Dicen que hay una «lucha sorda, más que de ideas, de intereses». Que los constituyentes de 1886 «organizaron un sistema autoritario sin contrapeso ni correctivos bastantes, que amenaza ya seriamente... ponerse en pugna con las tradiciones republicanas de la nación... las cortapisas o contrapesos que la Constitución de 1886 opuso al principio autoritario dominante en ella, han resultado en la práctica ineficaces y baldíos...» ...Al mismo tiempo, se rechazaba y condenaba también, por los colombianos, sin exclusiones, el riguroso centralismo, «tan contrario a la naturaleza de nuestro suelo, como a nuestras costumbres y tradiciones desde la época colonial». Quiso «poner enfrente de la Nación el departamento y el municipio como entidades administrativas... y hoy tenemos confundidas y arbitraria o caprichosamente amalgamadas las funciones de las distintas entidades. La nación ha tomado sobre sí no pocas de las obras que corresponden a los departamentos, a los municipios y aún a los particulares... Las autoridades superiores seccionales en los departamentos, no gozan de la independencia correlativa a sus responsabilidades... que el Gobierno se ha creído autorizado para nombrar y remover libremente los miembros de los consejos municipales...». En cuanto al ejército que en esta época regenerativa se le reconoce máxima importancia, como «elemento de orden y gobierno, lleva a tener en muy poco la fuerza de la opinión pública...». Diez años cuenta ya la Regeneración... «y todavía no se ha visto, ni hay esperanza de verse, una obra grande llevada a término o iniciada siquiera por el esfuerzo común de la nación». «Deseando los constituyentes de 1886 hacer fácil y efectiva la responsabilidad de los altos empleados administrativos, resolvieron... hacer responsables a los ministros... los encargados del Poder Ejecutivo han hecho a menudo caso omiso del precepto constitucional, dictando graves providencias sin el concurso del ministro del ramo... la responsabilidad del gobierno viene a ser imposible, quedando con ello falseada la base moral primordial de toda organización humana. Dedúcese de aquí la necesidad de un cambio en la disposición constitucional». «La Constitución de 1886 estableció el sistema de pequeñas circunscripciones electorales con representación unitaria y directa... «Muy otra, sin embargo, ha sido la consecuencia del sistema, ya por la manera artera, y mañosa como la ley formó los círculos electorales, ya —lo que es más seguro y eficaz— por la presión ejercida por las autoridades (altas y bajas) en todos los actos conexionados con la emisión del sufragio popular. El hecho indiscutible y de bulto es que, después de diez años de vigencia de la Constitución de 1886, el partido liberal, cuya fuerza tan innegable en la República, no ha podido llevar al Congreso Nacional sino un solo diputado, y que su representación ha sido absolutamente nula en las asambleas departamentales, que, como cuerpos meramente administrativos, requerían más amplia participación de la gran masa de contribuyentes, sin distinción de colores políticos. «...El sistema republicano está socavado en su base. El predominio absoluto de un partido sobre otro es monstruosa iniquidad... Y la exclusión sistemática y permanente del partido liberal de los cuerpos de elección popular, sobre ser inicua, obedece a la política más torpe y desacertada... De la exclusión de los contrarios en ideas, se pasa fácilmente a la exclusión de los propios... nacen de allí las oligarquías republicanas... Cuando se cierran las puertas del sufragio, se abren de par en par las de la revolución...» Se ha ido jugando a «la violación de la Constitución... las facultades extraordinarias se han convertido en ordinarias... se erige el estado de guerra en norma de gobierno, y a voluntad del jefe del Estado, que, a su vez, es árbitro de las voluntades y de las entidades que debieran servir de contrapeso a sus actos. «Ninguna prueba más elocuente de ello, que el hecho de haber subsistido la República entera en estado de sitio por muchos meses después de haberse extinguido las últimas chispas del incendio revolucionario. Y aún hoy todavía, en vísperas de elecciones generales, la ciudad capital y algunas otras porciones del territorio nacional, están en la misma anormal situación, sin que nadie pueda descubrir o comprobar el menor síntoma o conato de trastorno del orden público. «Tal estado de cosas puede prolongarse indefinidamente, sin que haya recurso alguno legal para compeler al gobierno a entrar de nuevo en el canil constitucional. Del jefe del Ejecutivo —y sólo de él— depende, pues, que los derechos individuales se suspendan o se reconozcan a los colombianos. En cuanto a la prensa, los comentarios son de condena a lo que se está realizando... «corridos diez años desde que se promulgó la Constitución... sin que se haya expedido la ley de prensa... El hecho es que hoy no existe, en materia tan grave, otra regla que la voluntad o capricho del jefe de Gobierno, que unas veces muestra cierta tolerancia engañosa, y va en otras hasta perseguir con el destierro, el confinamiento, el reclutamiento de los escritores y la clausura material de las imprentas... en esta materia solo priva la caprichosa voluntad del mandatario... «Está sentado, pues, el precedente de que la firma de un ministro puede abrogar un decreto ejecutivo, y de que cualquier censura, hasta contra un presunto empleado, puede considerarse por las autoridades como causa directa o indirecta de trastorno del orden público. De esta suerte quedan cubiertos con manto de impunidad todos los desmanes y aun delitos que los funcionarios y empleados puedan cometer o hayan cometido. «Bajo semejante régimen, la imprenta no puede ser libre, como lo quiere la Constitución». Principian a «degenerar en círculos personales» los partidos. Y a primar «la delación y el espionaje» para llegar a un «periodismo bastardo». «Los altos estudios universitarios no corresponden tampoco a las necesidades de la época... hasta el profesorado ha llegado el espíritu de exclusión... no se buscan ni la competencia científica ni el amor a la enseñanza, sino tan sólo la adhesión personal al Jefe de Gobierno...». «Perdida está ya toda esperanza de que Colombia salga del régimen d el papel moneda inconvertible...» que se llama «la moneda evangélica». En el ejército los ascensos y grados se confieren de «manera caprichosa...». No hay que olvidar —insisten los firmantes del manifiesto de los 21—, que «la opinión abandona un régimen político, cuando la corrupción interna lo carcome y devora». Y señalan que no se puede imponer una disciplina muda, inconsciente y pasiva... «que ha autorizado con el silencio muchos abusos, que ha cubierto con el manto de la complicidad mucha corrupción, y que ha permitido que se hagan en nombre del partido muchas cosas que su índole rechaza y condena». «El partido nacional... es un ente de razón, que nada significa ni nada representa hoy...». El independentismo... se ha convertido «en una mera compañía industrial». Esta síntesis de un texto conservador, señala que no hay una sola exageración en los juicios y reclamos que formulaba el liberalismo. _____________ 27. La Fusión. 15-XI-1909. Director: Ricardo Tirado Macías.(Regresar) 28. Gaceta Republicana. 13-XI-1909.(Regresar) 29. Foción Soto: Memorias sobre el movimiento de resistencia a la dictadura de Rafel Núñez: 1884-1885. Editorial Arboleda & Valencia. Bogotá, MCMXIII.(Regresar) CONTINUAR REGRESAR AL ÍNDICE |