Sanclemente, Marroquin, El Liberalismo y Panamá
Otto Morales Benitez
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CAPITULO VIII

Circular de Martínez Silva explicando el golpe.  Un mensaje de Marroquín.  Discursos cautelosos.  El presidente señala a Marroquín comoperjuro.  Soy el presidente y ejerzo.  Sanclemente arremete con dignidad.  La protesta de Suaréz.  Le habla, otra vez, a la nación.  Las insignias presidenciales.

 

Circular de Martínez Silva ex plicando el golpe  

Carlos Martínez Silva tuvo mucha significación en esa etapa histórica. Aguerrido luchador contra la Regeneración en sus diferentes modalidades. Combatió a sus jefes más epigonales y los mareó con su repudio intelectual y político. Comandó a los «históricos» o conservadores. Escritor de prosa de claridades y de resplandores culturales. Su Repertorio Histórico recoge  parte del material que refleja más agudamente lo que acontecía. Sus juicios morales son de una precisión en los enunciados éticos, que someten a su mala condición a quieres se refieren. Viene de una estirpe de luchadores que presidía su padre abogado. Periodista de varias dimensiones para mirar la realidad colombiana. Tuvo obsesiones y, una de ellas, devolverle a su partido el carácter que tenía tradicionalmente. Que no se llamase nacionalista, ni se manejara por los independientes, ni tampoco convertido en partido confesional. Luchador contra lo que entrañaba, representaba y quería mantener en vigencia don Miguel Antonio Caro. No tuvo ninguna merma para decir con energía espiritual y humana, los defectos que circulan la vida intima del nacionalismo. Consideraba que no tenía por qué estar emparentado con los vicios, negocios, negociados, enriquecimientos ilícitos de esa etapa. Luchó con franco ademán contra los defectos de la constitución de 1836. Tuvo sido alto entre los luchadores de su tiempo. Ocupó ministerios: y cumplió funciones diplomáticas. Armó y constituyó su trinchera, el periódico y la revista política. Esta, con ese carácter, ha desaparecido. En cambio, él editó una colección donde se encuentran registrados muchos de los sucesos y de los personajes que cruzaron su tiempo. Su riqueza verbal le permitía emplear el idioma con marcada precisión, con abundancia de calificativos. Era un ser de carácter Sus cartas a sus jefes, a sus amigos. resplandecen en verdades. Se puede estar lejos de sus juicios, pero su entereza crítica les da una entidad y una dimensión que no pueden desconocerse. Dirigió muchos movimientos: buscó identidad con disímiles condiciones, siempre que tuvieran identificaciones con sus propósitos políticos en servicio de Colombia. El sentido de la racionalidad, lo tenía resplandeciente con firmeza.

 

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Carlos Martínez Silva

 

       Pues bien: siguiendo su constante política, luchó porque regresan don José Manuel Marroquín a la Presidencia. Lo hizo, como siempre que actuaba, sin  vacilaciones. Se jugó en el empeño con ardentía. Se le ve maquinando, dirigiendo, atando acuerdos y tejiendo combinaciones. Era tenaz en sus afanes. Un santandereano, diríamos mejor, un «sangileño», que no desperdicia ocasión para hallar soluciones concordes con su visión del mundo político. Actué con actividad y sagacidad para imponer el golpe de Estado contra Sanclemente. En ello, no tuvo vacilaciones. Marroquín lo nombró ministro de Relaciones Exteriores. En agosto 6 de 1900, 116 dirige una circular al cuerpo diplomático colombiano en el extranjero, explicando las razones del golpe de Estado. Intentaremos una síntesis de sus tesis primordiales. El comienza por decir que aprovecha para «... hacer... una exposición detallada» de lo que ha acontecido.

       Sanclemente, por enfermedad, va a vivir a Anapoima «donde encontró alivio a la dolencia, aunque no la apetecida curación». Por esto pidió licencia al Senado para separarse del cargo. Se iba, pero se Lo impidió «un círculo político. empeñado de tiempo atrás en explotar el poder político». Vivió en Anapoima, Tena y Villeta.

        «Dislocado el gobierno, rota a unidad administrativa y política... los ministros... careciendo de la fuerza directiva que comunica la presencia del presidente... obraban con independencia y sin responsabilidad efectiva. Esto era ya la anarquía y el más perturbador desconcierto en la administración publica».

        «A la sombra..., creció y se desarrolló un sistema de corrupción y de abusos... La sola ausencia del presidente de la capital, bastaba para producir la desorganización y estimular el fraude y el abuso».

        «En un régimen presidencial como el que impera en Colombia, la  presencia del jefe del Estado en la capital, centro obligado de todos los negocios públicos, es indispensable; y jamás se había visto entre nosotros, ni creo que en país alguno regido por instituciones republicanas, el hecho que el conductor supremo residiese de un modo permanente lejos de la ciudad capital, separado de sus ministros, del cuerpo diplomático, de los jefes de los servicios administrativos, de la comandancia del ejército, de los empleados subalternos, de los amigos, de los adversarios, de todo lo que, en una palabra, implica concurso, colaboración luz, queja y correctivo».

Se dice que se iba a eliminar la Vicepresidencia y a elevar al poder supremo al ministro del Interior, «ministro que manejaba la maquinación».

Acepta que la ley permite ejercer el poder en cualquier lugar de Cundinamarca, pero remarca que debe ser algo muy transitorio. Pone como ejemplo que Miguel Antonio Caro, cuando quiso prolongar su estancia en Sopó, hizo llamar al general Guillermo Quintero Calderón para reemplazarlo.

Aquí podríamos anotar, nosotros, que las razones fueron otras: no inhabilitarse Caro para una posible elección. Es otro tema y ya hicimos referencia a él.

«La conocida debilidad mental del señor Sanclemente hubiera autorizado un procedimiento judicial para declarar la interdicción e incapacidad de manejar sus negocios privados..

«Firma con facsímile... La Presidencia de la República había venido a degenerar en un instrumento manual, portátil y absolutamente Inseguro. El cuerpo diplomático gozaba de dificultades para adelantar aquí sus gestiones’».

«Tal era la situación en que se encontraba el Gobierno cuando estalló la revolución que actualmente aflige a la República... Esta debilidad y esta anarquía han sido, sin duda, causa de la prolongación de la guerra y de las innúmeras calamidades que han caído sobre la República..., en el país hay una queja honda pidiendo un cambio fundamental en el personal del Gobierno para dar término a la guerra y salvar la patria de irreparable catástrofe>.

Defiende a Casabianca, el ministro de Guerra de Sanclemente, por su participación en el golpe, traicionándolo. Manifiesta más adelante que Marroquín «se resistió al principio a encargarse del Gobierno...».

        « Puede, por lo mismo, asegurarse que los ciudadanos todos, sin distinción de colores políticos, apoyaron o aceptaron de buen grado el cambio que me refiero».

        «No hubo, pues, en el 31 de julio nada que pueda compararse a un golpe de cuartel... no fue tampoco un golpe de Estado...»

        «La Presidencia de la República estaba de hecho vacante. Y anota que el presidente Sanclemente está en Villeta... tratado con todas las consideraciones y miramientos a que lo hacen acreedor el alto puesto que ocupaba, la edad y sus anteriores servicios a la República’».

 

Un mensaje de Marroquín 

Quienes conocieron a Marroquín, lo señalan como un cordialísimo hombre de la sabana: conversador, amigo de la tertulia, sin agudas aristas. Al contrario, lo suyo y lo de los demás, se diluía entre sonreídas palabras, adjetivos que consolidaban los chascarrillos. El chocolate santafereño presidía sus pláticas amigables.

El mensaje 117 al país del golpista Marroquín, hace las siguientes declaraciones claves: que es ajeno «a toda ambición de mando». Que acepta porque se lo impone «la opinión pública...  que de tiempo atrás vieren clamando por el restablecimiento de un gobierno justiciero, probo Y enérgico, para que por medios rápidos procure la terminación de la pavorosa guerra que hoy desangra y postra a la República».

Que el presidente está aislado del Gobierno por la presencia de las guerrillas y «para dirigir los negocios por sí mismo». «La opinión venía clamando... por el restablecimiento de la normalidad legal». Sostiene que le han pedido muchas personas, de diversas clases, con clamor permanente, sin un solo minuto de descanso en la solicitud y que por ese alud de manifestaciones públicas, de gentes - no hubo una sola que lo hiciera, anotamos -, cede y pide la «protección del altísimo para mi patria, y para mí las luces, el acierto y el valor que he menester».

 

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José Manuel Marroquín

 

«Una guerra sangrienta nos divide, yo querría hacerla cesar mediante la promesa que hago solemnemente de respetar y hacer que se respeten los derechos civiles y políticos de todos».           

Pero hace tina advertencia tajante: «Si tal promesa y tales consideraciones no fueron poderosas a desarmar a aquellos de mis conciudadanos que se han alzado en armas contra un gobierno que ya no existe, me veré en la penosísima necesidad de continuar la guerra y de hacerla con la energía que está obligado a mostrar todo el que se halle en un puesto como el que yo ocupo y en defensa de los principios salvadores que encarna la actual Constitución».

Quiere que se le califique —después— como «gobernante justo, imparcial y desinteresado».

La paz y su búsqueda es el argumento para haber desconocido la legitimidad. Es todo lo que dice Marroquín para justificar el golpe.

 

Discursos cautelosos

  El 5 de agosto 118 que cumplía años Marroquín, se reunieron unas personas para hacerle una manifestación. Habló, para ofrecerla, don Emiliano Isaza, quien sostuvo que era discípulo de Pedro Justo Berrío. Que era indispensable «meditar detenidamente sobre la equidad y conveniencia de cada medida, y una vez tomada una resolución ejecutarse con firmeza incontrastable... no pedimos represalias, aunque pudiera haberlas muy fundadas... es tiempo de que cese la malhadada costumbre, introducida en los últimos años, de hablar y proceder los gobernantes como jefes de partido: la autoridad suprema debe estar por encima de toda bandera».

  «El 31 de julio - asevera Isaza - de 1900 marcará época en los anales de nuestra agitada historia. No hubo ese día un golpe de cuartel, ni una sedición militar, ni un tiro de fusil, ni un ultraje a nadie, ni un soborno que empañe el buen nombre del ejército». Y formula una defensa de Manuel Casabianca, que parece ser una constante de los amigos de Marroquín. Y agrega que «ni el movimiento del 31 de julio se repetirá, porque fue una consecuencia necesaria de circunstancias especialísimas, hijas legítimas de un régimen oprobioso que pasó»

  Y dice algo extrañísimo: «Don Manuel Antonio Sanclemente, venerable anciano de cuyo buen nombre han abusado con escándalo un círculo corrompido, y don Rafael M. Palacio, funesto ex ministro de Gobierno, aceptaron ayer la autoridad suprema con que el pueblo os invistió».

  «El 1º de agosto de 1900 comenzó la verdadera responsabilidad histórica del partido conservador en el gobierno: lo anterior fue un interregno de vergüenza que no le pertenece».

   Marroquín contestó cauteloso, lejano,  y deja la impresión de que no tenía programa. El discurso es de gran pobreza verbal y conceptual. Afirma que se tomó el poder para «evitar males trascendentales que juzgué ineludibles... confiando que el auxilio divino, la pureza y rectitud de mis intenciones...» lo sacarán adelante. Reclama que haya «completa unidad de pensamiento y de acción».

 

El presidente señala a Marroquín como perjuro 

   Sanclemente, 119 el 3 de agosto lanza un manifiesto a la nación. En él enjuicia la conducta de Marroquín. Lo que afirma, lo expresa con energía», sin vacilaciones. Concita para que la opinión se reúna y proteste, para castigar a quienes han pecado en materia grave ante la República. El presidente sentencia: «En la noche del 31 del mes próximo pasado, el vicepresidente de la República, señor Marroquín, apoyado por unos pocos individuos del ejército, se declaró en ejercicio del Poder Ejecutivo, desempeñado por mí... dando a conocer que profesa el inmoral principio de que la fuerza prima al derecho. No contento con eso, dispuso que se me redujera a prisión, como si fuera un insigne criminal, y así se ha hecho».

  Pregunta con ironía: «Quién ha hecho juez al señor Marroquín para cambiar por la fuerza el Gobierno cuando a él se le ocurre que no esta bien servido y tenga la vanidad de creer que él lo servirá mejor?».

  Rememorando que él juró defender la Constitución y las leyes y cumplir los deberes que le incumben, el 7 de agosto de 1898, Marroquín ha cometido el grave delito de perjurio. Por eso Sanclemente no comprende cómo puede invocar a Dios para el acto que está cometiendo. Y deja sentada su posición: «Protesto ante vosotros del golpe de Estado verificado en la noche del 31 de julio del mes pasado y de la prisión en que se me ha mantenido. Si vuestros antepasados no consintieron en ser gobernados dictatorialmente por el gran Bolívar, libertador de cinco naciones, ¿consentiréis vosotros en serlo por el señor Marroquín y por los que lo apoyan en acto tan arbitrario? Veréis con indiferencia y lo verá también el ejército, que tantas pruebas de lealtad ha dado, que se continúe ultrajando al legítimo gobernante de la nación? »

         Y concluye tajantemente: «Haced, pues, lo que el honor nacional demanda, sin creer que mi protesta tenga por objeto el que se derrame una sola gota de sangre por mi causa».

 

Soy el presidente y ejerzo 

El presidente Sanclemente, el 1º de agosto de l9OO, 120 pasa un mensaje a los jefes civiles y militares:

         «Tengo conocimiento de que en Bogotá se ha establecido un gobierno de facto, presidido por S.E. el vicepresidente de la República.

         «Ignoro los motivos que han determinado tan irregular procedimiento; pero debo suponer que este se basa en la creencia infundada de que el presidente ha dejado de ejercer sus funciones.

   «Pongo, por tanto, en conocimiento de V.S. que no he dejado de ejercer un sólo instante las funciones que la Constitución y las leyes atribuyen al Jefe Ejecutivo Nacional, funciones que actualmente ejerzo y continuaré ejerciendo en cumplimiento de indeclinables deberes»,

   Como se lee, no hay dudas en Sanclemente. No existió un sólo momento de vacilación. Tenía corteza de cuál era su destino histórico.

 

Sanclemente arremete con dignidad

   Sanclemente fue esencialmente un jurista. De allí nacía su fuerza y su prestigio. Como hombre acostumbrado al manejo de las leyes, tenía, heredado de estas, la exactitud en el lenguaje; la nobleza en los adjetivos que calificaban; la precisión en la palabra que escogía para reproducir su pensamiento. Recordemos que Stendhal advertía que para escribir, con nobleza idiomática y con altura espiritual su Rojo y negro, apelaba a la lectura previa del Código Civil. De ese manantial venía el presidente. Pero, además, tenía su estilo la versatilidad de quien ha manejado muchas y densas situaciones políticas. Una de las primeras páginas que escribe es la que se conoce con el nombre de ‘Pretorianismo’ para refutar la circular del doctor Martínez Silva. Este, al leerla, ha debido tener muchas dudas de su diagnóstico de médico aficionado de que Sanclemente adolecía de debilidad de sus facultades mentales. Porque reluce el ímpetu, la dignidad que se vuelve agresiva cuando se le desconoce, a pulcritud mental y política cuando se las estropean. No hay una frase que indique vacilación mental en la prosa de Sanclemente.

   Comenta 121 la circular de Martínez Silva con la cual este, en su condición de ministro de Relaciones, informa a los funcionarios de la Cancillería en el exterior «de las diversas causas inventadas por él para engañar a dichos ministros y hacerlos servir de instrumento de difamación ante los gobiernos cerca de los cuales están acreditados». Dice que ello no está bien porque se requiere de un «alto funcionario publico veracidad en todo; es cosa indigna e inadmisible, porque a nadie le es permitido, y menos a un ministro de Relaciones Exteriores, emplear medios ilícitos para justificar un hecho, ilícito también a todas luces». Este habla de «mis carceleros» que no me dejaban conocer de los negocios del Gobierno. Lo de Martínez Silva es «fárrago de falsedades, derivadas del hecho de haber estado ejerciendo yo el Poder Ejecutivo fuera de la capital de la República».

  Dice él que «yo quería, retirarme a mi hacienda del Cauca, pues el Senado me dio permiso. Pero que a ello se opuso ‘un círculo político’. Varias veces, cuando fui ministro de Caro, y luego senador, me enfermé en Bogotá». Recuerda que ejerció el cargo en Anapoima porque a ello lo autorizaba la ley y que no hizo uso de la facultad que le entregó el Congreso y que como «allí recuperé pronto mi salud, me abstuve de hacer uso por mi propia voluntad y no por influencias de nadie. Es falsedad también la afirmación de que a causa de mi residencia en Anapoima se dislocó el Gobierno». No es cierto que «los ministros residentes en Bogotá carecieran de la fuerza directiva del presidente... ellos me comunicaban cuanto hacían y  proyectaban para que yo resolviera lo que juzgara conveniente en cada asunto, como acontecía». Menciona que ellos se reunían con frecuencia — Hay documentos de Sanclemente dando estas órdenes— para discutir los negocios del Estado y armonizar los matices de cada materia, dándole cuenta a él de cada una de las determinaciones, en detalle. Para confrontar estas aseveraciones, bastaría con leer la correspondencia que se cruzaban entre el presidente y sus ministros. En páginas anteriores tuvimos ocasión de establecerlo así.

    Lo inquietan otras referencias. «como aquello, muy ofensivo en verdad, de que en virtud del desconcierto referido, se desarrollé un sistema corrupción y de abusos en casi todos los ramos del servicio público». Manifiesta Sanclemente que ello no puede quedar en simple afirmación. Que se debe elevar la queja, y Martínez Silva tiene la obligación, ante la cámara para que acuse ante el Senado.

     Luego vienen observaciones muy pertinentes de Sanclemente: «Según este, mi sola ausencia de la capital me impedía vigilar de cerca y de un modo directo los diversos departamentos administrativos, oír los informes de los buenos ciudadanos y las quejas de los vulnerados en sus derechos: si todo eso lo hice por los medios Indicados, desde el lugar de mi residencia, distante pocas leguas de la capital. ¿a qué se reduce el cargo? ¿De dónde ha sacado el señor doctor Martínez Silva que los habitantes de la capital han de ser los únicos que deben gozar de los privilegios a que alude? Si el presidente lo es de toda la República. ¿por qué cada uno de los departamentos en que ella está dividida no le exige que se multiplique para que de cerca y de un modo directo los vigile y oiga los informes de los buenos ciudadanos y las quejas de los vulnerables en sus derechos? Yo sé, por haberlo visto, que la residencia del presidente en Bogotá lejos de ser útil para el buen servicio político, es inconveniente, porque él es asediado día y noche por numerosos aspirantes a destinos y por todos los que desean tener de él algún favor, quitándole así el tiempo que debía emplear en beneficio de la comunidad, cosa que no acontece en grande escala en otro lugar cualquiera, en el cual puede ejercer sus funciones sin influencias extrañas y de un modo más tranquilo.

  Con energía se refiere a otro episodio: el doctor Luis A. Pombo —miembro de la Corte—, sugiere que esta pudiera atender un juicio de interdicción «relativo a mi persona... y nombrar médicos ad-hoc que se presentaran a reconocerme. Yo no me sometería a semejante humillación, y despediría de mi casa, por medio de la guardia que custodiaba mi persona, a los que vinieran a cumplir su cometido. Si el señor doctor Martínez cree eso irregular, no así yo que sé estimarme y conozco el respeto que se debe al puesto que ocupo».

Que la firma es en facsímil: «¿cómo asegura esto, sabiendo como debe saber, que ningún acto del presidente tiene valor sin firma del respectivo ministro que es el responsable’?... ¿No se conoce en las afirmaciones del señor doctor Martínez Silva la mala fe de cuanto ha escrito para ver de justificar el crimen de que es cómplice?»

Afirma Martínez Silva algunas apreciaciones acerca de la guerra. Sanclemente contesta: «Tal es la situación en que se encontraba el Gobierno cuando estalló la guerra civil: La situación demandaba mi presencia en la capital o mi retiro... asegura [que ello] creció el desconcierto... que en el gabinete fueran continuas las disensiones y cambio de personal, por obra de cautelosos manejos y combinaciones a mano baja... que esta debilidad y esta anarquía han sido causa de la prolongación de la guerra y de las inmensas calamidades que han caído sobre la República». «De orden del Gobierno y de sus agentes inmediatos, él obtuvo, después de incesante lucha, los espléndidos triunfos de Palonegro y Cúcuta, dejando vencida la revolución casi por entero. ¿En qué ha podido fundarse el señor doctor Martínez Silva para decir que la debilidad del Gobierno y la anarquía producida por él, que no es verdad que la hubiera, han sido causas de la prolongación de la guerra y de las inmensas calamidades que han caído sobre la República? Tan cieno es que el Norte se consideró pacificado que el comandante en jefe del Ejército se vino a la capital con gran parte de éste poco después del golpe de cuartel del 31 de julio, improbado por él desde Lebrija. Si el señor doctor Martínez Silva fuera verídico, ha debido decir que la prolongación de la guerra se debe única y exclusivamente al crimen de la fecha que acabo de citar, porque la negligencia de los autores de él y su empeño en afirmarse en el poder, han sido la verdadera causa de la prolongación de la guerra, que sabe Dios cuándo terminará».

  En otro de sus capítulos, explica y condena: «Cuando la inesperada revolución ocurrió me ocupaba yo en Anapoima con todos los que componían el Ministerio, en excogitar los medios de mejorar la situación fiscal, lamentable  desde tiempo muy atrás...».

  Dice Martínez Silva que «... se ha debido ir del poder» y le contesta «en las circunstancias anormales es cuando principalmente el presidente de la República debe permanecer en su puesto para cumplir el deber que le impone la Constitución, de restablecer el orden público».

No hay ninguna duda de que Sanclemente tiene el sentido de sus deberes y de la dignidad presidencial.

«Volviendo a la circular, dice en ella el señor doctor Martínez Silva que lo más grave era que teniendo yo muy debilitadas las facultades mentales y has fuerzas físicas, vino a resultar que quien gobernaba era el ministro de Gobierno... Las de él [las de Martínez Silva] pueden ser superiores a las mías, pero mejor seria que no las tuviera, si sólo han de servirle para abusar de ellas y proceder irracional y apasionadamente. Sí es de pública notoriedad que hasta el 31 de julio mi consagración al despacho de los negocios de mi cargo fue absoluta y de ello pueden dar fe centenares de personas, como dije antes; si intervenía en todos los negocios de importancia, hacía observaciones sobre los asuntos de cada departamento cuando las juzgaba convenientes y resolvía las consultas que los ministros sometían a mi decisión; y, si por otra parte, mi casa estaba abierta para todos los que tenían algún asunto que tratar conmigo, a quienes recibía con la mayor atención. ¿En qué en ha podido fundarse el señor doctor Martínez Silva para dar por sentado que quien gobernaba era el ministro de Gobierno?... es una de tantas invenciones del señor doctor Martínez Silva... para justificar la traición del 31 de julio».

«La fuerza, pues, y nada más, fue la principal autora del cambio de Gobierno, aunque el señor doctor Martínez Silva asegure lo contrario».

Con claridad y dureza, Sanclemente señala cuáles son las cualidades que distinguen a Martínez Silva en su circular. Y, además, relata cómo es la prisión que le ha impuesto Marroquín: «Cuarto dejo dicho demuestra que la circular tantas veces citada, no es más que un conjunto de patrañas, escritas para engañar a los gobiernos extranjeros y al pueblo colombiano, considerándolos faltos de discernimiento; y por estar convencido de que eso es así, declaro que el señor doctor Martínez Silva, autor de ella, es un maldiciente y, lo que es peor, un calumniante.

«Para justificar el crimen del 31 de julio, no sólo se ha valido de los medios ilícitos que dejo refutados, sino de omisiones que confirman más y más su mala fe. Pruébalo la vaguedad con que habla, ofendiendo a muchas personas, sin concretar cargos, y el hecho de decir en su circular que yo continúo en mi última residencia de Villeta tratado con toda clase de consideraciones y miramientos, callando lo que más agrava el crimen del 31 de julio, a saber, que el señor Marroquín, para afinarse en el poder, me sometió a prisión indefinida y a rigurosa incomunicación como si fuera yo reo de atroces delitos, y ha permitido que se me irroguen vejámenes completamente inmerecidos».

Más adelante menciona cómo Martínez Silva el 25 de julio, en compañía de quienes ayudaron y fortalecieron el  golpe de Estado, ofrecía respaldo, en una manifestación a su persona – la de Sanclemente -, y su Gobierno. Transcribe apartes de un escrito de Martínez Silva del 13 de noviembre en que este rechaza cualquier intento de revolución, «porque sería establecer el pretorianismo, fomentando la deslealtad, único azote que nos falta».

Para terminar, Sanclemente sentencia que Martínez Silva se ha convertido en «pretoriano». Este cargo lo escribe con el interés de que no se dude de que está al servicio de las fuerzas militares.

Es una página ardida de sentido del honor y del afán de verdad, No deja traslucir su debilidad mental ni la falta de ardentía humana el presidente Sanclemente.

 

La protesta de Suárez

Es muy conocida la protesta de don Marco Fidel Suárez, 122 quien ocupaba el Ministerio de Instrucción Pública. En el libro de ‘Actas de Posesión’, escribió una página que lo enaltece. En ella sostiene que «Marroquín y amigos han usurpado la primera magistratura». Atreviéndonos a hacer una síntesis, hallarnos las siguientes afirmaciones: Es un golpe político. Es violación de la Constitución. Es un golpe a las instituciones republicanas. Es un «flagrante perjurio». Es traición al jefe del Estado, al Gobierno y al pueblo, «cuyos derechos han sido arrebatados por sorpresa, a mansalva». «Es acto de barbarie pues erige como título de la autoridad la fuerza ruta, un hecho contrario a todo sentimiento de patriotismo, ese atentado es el baldón más ignominioso en la historia patria, hecho incompatible con todo sentimiento de civismo y caridad, asesta profunda herida a la moralidad pública y escandaliza la sociedad, ese acto deshonrará al país y menoscabará el concepto de nuestra soberanía ante el extranjero, inicia una nueva faz peor que los más infortunados golpes de Estado, es el poder deliberante de la fuerza pública, se ha roto el programa y se ha despedazado la bandera de un partido».

Más adelante agrega que Sanclemente es enérgico, activo, varonil, de precedentes inmaculados, ciudadano probo, hombre de gran carácter honrado, desinteresado y patriota.

 

Le habla, otra vez, a la nación

En mensaje del presidente Sanclemente 123 a la nación, manifiesta que le hacen el cargo de que tiene alianza con los liberales, «no pudiendo hacerme cargo alguno por mi conducta oficial ni privada». Agrega más adelante: «Sin faltar a la modestia creo francamente que Colombia no ha tenido un presidente más bien intencionado y benévolo, y en ese concepto digo a mis victimarios lo que Jesús al fariseo que le dio la bofetada: «Si los he ofendido digan en qué y si no por qué me hieren».

 

Las insignias presidenciales

Señora que presenció la escena cuando llegaron donde Sanclemente a avisarle que lo depusieron, relata que lo encontraron «con su banda presidencial y su bastón, es decir con las insignias presidenciales, sin mas, compañía que sus dos ancianas hijas, el ministro de Gobierno y una señorita amiga de la familia. El viejo sereno, sonriente, me pareció hermoso. Su abandono lo hacía sublime... Contestóles: Soy el presidente de la república, todo lo que antes de mi muerte se haga, es ilegitimo porque la legitimidad soy yo; el señor Marroquín cargará con la tremenda responsabilidad que este acto irreflexivo le ocasiona: lo compadezco».

El militar Dousdebés le pide un certificado. Le contesta: «Yo le ordené que defendiera la plaza, y usted me ha entregado miserablemente, por consiguiente es un cobarde».

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116. Carlos Martínez Silva: Porqué caen los partidos. Imprenta de Juan Casas. Bogotá, 1934.(Anterior)

117. José Manuel Marroquín: «Manifiesto: Gobernadores, jefes civiles y militares de la República, conciudadanos». Gaceta de Santander. 26-X-1900, Año XLII, No 3.451, Pá­gina 1. Bucaramanga Imprenta Departamental.(Anterior)

118. Emiliano Isaza y José Manuel Marroquín: Discursos. Biblioteca Luis Angel Arango: «Hojas y periódicos sueltos». Folio 13. Imprenta Nacional. 6-VIII-1900. Bogotá. (Anterior)

119. Manuel Antonio Sanclemente. El presidente de la República, a la nación. Bi­blioteca Luis Angel Arango. «Hojas y periódicos sueltos». 3 de agosto de 1900. Folio 12. (Anterior)

120. Manuel Antonio Sanclemente: Correspondencia. Tomo XXVI, folio 795. (Anterior)

121. Manuel Antonio Sanclemente. «El pretorianismo». Aparece inserto en la colec­ción de La Opinión, sin fecha. Son cinco hojas. (Anterior)

122. Marco Fidel Suárez. Protesta del l-VIII-1900. Biblioteca Luis Angel Arango. Hojas y periódicos sueltos, folio II. (Anterior)

123. Manuel Antonio Sanclemente: Mensaje a la nación. Biblioteca Luis Angel Arango. «Hojas y periódicos sueltos». (Anterior)

 

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