Sanclemente, Marroquin, El Liberalismo y Panamá
Otto Morales Benitez
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CAPITULO IX
(2 parte)
 


Carta a Sergio Camargo y perfil de su vida

Caro le escribe a Sergio Camargo, alto y distinguido jefe liberal, una carta 9-Vl-1901- en la cual apoya la reunión de una convención, que, por primera vez, cambiaría el sectarismo con el cual se han manejado asuntos políticos en la Regeneración. La propuesta de Sanclemente produciría en el país la paz, el entendimiento de los partidos, se acabaría el ostracismo para el liberalismo. Era una propuesta de alta categoría en el manejo de los asuntos públicos. Caro afirma:

«Legitimidad y convención es hoy la enseña de todo patriota y de todo hombre de bien. Ideas son estas que se complementan, como libertad y orden, lema de nuestro escudo nacional.

«Para llegar a ese resultado, preciso es que todos los hombres que tienen influencias, sin distinción de divisas, denominaciones ni procedencias, promuevan una corriente de reconciliación general para juntar los desgarrados colores de la bandera nacional y hacer brillar con ellos el iris de la paz.

«En esta cruzada santa, la cooperación del general Camargo sería de la más alta importancia, acaso decisiva, por el prestigio de que disfruta su nombre en todo el país y por la notoria nobleza de sus sentimientos».

Camargo era un estadista y, también, tenía títulos de general. Es el mismo personaje que Caro convoca, en 1897. para que lleve un mensaje de entendimiento a la convención liberal que se reúne ese año. Así cuenta Alberto Lleras, cómo fue:

«Sin duda la figura militar más notable de mi familia fue Sergio Camargo. Su biografía es típica de su tiempo, y muy semejante a la de otros generales, y, en particular, a los de la constelación boyacense de Acosta, Gutiérrez y los Sarmientos, Pedro José y Siervo. Por lo que he oído contar y he leído sobre sus hechos, su valor era ilimitado, pero prácticamente se enloquecía al aproximarse la batalla. Debió ser como su primo, mi abuelo, don Agustín Camargo, y como mis tíos, pequeño, fuerte, mercurial y orgulloso. En fotografía tomada en Europa, cuando representaba al gobierno radical en Francia, Inglaterra y ante la Santa Sede, aparece con uniforme diplomático, el pecho extenso cubierto de barroco ramaje dorado, las charreteras brillantes y enormes sobre los hombros bajos, la cabeza bien asentada sobre el cuello vigoroso. Las facciones son finas y bien distribuidas en la ancha faz. Pero debajo del espeso bigote se tuerce la boca hacia abajo, en gesto desdeñoso, que confirman los ojos con pliegue de cartela. Fue bautizado en un pueblecito del Valle de Sogamoso, Iza, pero no era aldeano, sino más bien señor campesino, y como todos los de la región colindante con la llanura oriental, jinete excelente. De los relatos sobre sus episodios militares se desprende que tenía temperamento volátil y explosivo. Y hondo y tozudo orgullo, que influía hasta en el arrogante paso y en el modo de tomar la espada, las riendas, los guantes, o el látigo. En el carácter de mi madre y de mis tíos había relampagueantes similitudes con el que se describe de Camargo».

Fue abogado. Comenzó su carrera militar luchando contra la dictadura de Melo, Participó en la guerra contra Mariano Ospina Rodríguez. Fue miembro de la Asamblea del Estado de Boyacá; rector del colegio que fundó Francisco de Paula Santander. Secretario de Guerra y Marina. Venció en las batallas de Garrapata y Donjuana. Alcanzó el grado de general en jefe del ejército colombiano, Fue auditor general de este. Presidente del Estado soberano de Boyacá. Dirigió la guerra de 1885 contra Núñez. Ocupó la Presidencia de la República cuando se retiró don Aquileo Parra, Le tocó gobernar en la mayor pobreza. A pesar de ello, asume los gastos de la Universidad Nacional, del Colegio Mayor del Rosario y del San Bartolomé. Busca que se regrese, después de las contiendas, a una andadura democrática, sin sobresaltos para ningún grupo. Decreta una amnistía y, a la vez, la devolución de los bienes a quienes habían sido confiscados. Predica lo que él llama el «derecho colectivo al gobierno», lo que implica convocarlos a todos, sin discriminación, para que participen en las acciones administrativas. 131

Fue enviado extraordinario y ministro plenipotenciario en Francia, Alemania, Venezuela, Ecuador. En el Vaticano adelantó las negociaciones que llevaron a la firma de un concordato. Pero Núñez lo boicoteó, porque hubiera elevado su prestigio y ya aparecía como candidato a la Presidencia. Además Núñez le había escrito a Quijano Wallis, el anterior embajador ante la Santa Sede que él consideraba que con el concordato «creía yo que el asunto particular a que usted se refiere podría haberse arreglado verdad sabida y buena fe guardada...>. Se refiere a su unión con doña Soledad Román. Camargo tampoco negoció el «asunto personal». Arregló en 1880 el status de convivencia con España, que no se había logrado. También la situación irregular con Alemania, cuando esta reclamaba por los sucesos contra los alemanes en Bucaramanga en 1879.

Para completar la estampa de don Sergio Camargo, recordamos que fue exiliado a Venezuela por Núñez, Y cuando se posesionó Camargo de la Presidencia de Colombia, quien pronunció el discurso en nombre del Congreso fue el doctor Emiliano Restrepo, quien le dijo: «Abrigo la seguridad de que en el desempeño de ellas [las funciones del poder] probaréis que, así como os adornan las brillantes y sólidas condiciones de guerrero, tenéis también las grandes aptitudes del magistrado civil».

El contestó: «Mientras permanezca en el ejercicio del Poder, podéis anunciar al pueblo de Colombia que la espada que me dio la le, jamás herirá el corazón de la República y que el bastón de magistrado que ponéis mis manos, será en verdad, símbolo de la autoridad legítimamente constituida, mas nunca vara de fierro para los vencidos ni está destinada a cantar en alto la bandera de la destrucción y del encono».

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Sergio Camargo

En mi libro Propuestas para examinar la historia con criterios indoamericanos, 133   dije palabras para señalar su carácter y enaltecer su vida: «Después Camargo, como segundo designado, ocupa la Presidencia de Colombia, cuando se retira don Aquileo Parra. Antes de ello, pasaron mil sucesos nacionales en los cuales aquél ha estado actuando, Mandatos oficiales: luchas guerreras; inclinaciones invariables por el devenir nacional, Y comportamiento de limpio ademán, que avalaba su carácter de invariable mandato. Tanto en la guerra como en la paz, sus palabras y su manera de actuar, marcaban pedagogías».

         A ese excepcional jefe liberal, Caro, lo requería para que promoviera un gran movimiento de reconciliación. Sabía de su autoridad política, moral, y sus influencias en las fuerzas populares. Sergio Camargo era un gran símbolo de la nacionalidad.

Marroquín no desmaya en evitar

la legitimidad: sus falacias

Estas propuestas de Sanclemente eran conocidas por una serie de conservadores. Existía preocupación y se buscaban soluciones. Entre ellas que Sanclemente reasumiera el poder. Ya se buscarían fórmulas para remediar el impase. El hecho es que nadie estaba tranquilo, a excepción del circulo de Marroquín, con la situación que se estaba viviendo. Era amarga y cruel y, además, era evidente que la dictadura no convencía varios sectores de los conmilitones del gobierno. Por ello se barajaban las más ingeniosas posibilidades. En una carta del general Ospina, quien fungía de ministro de Guerra, se encuentra un relato que es bueno repasar para conocer más incidencias de una época histórica que se esconde a los colombianos:

«En esos días el señor Marroquín, no sé si por iniciativa propia o por insinuación del señor Leonidas Posada Gaviria,  lo comisionó para que se entendiera con el doctor Sanclemente con el objeto, según se ha afirmado, de recabar la renuncia de este a trueque de la promesa de que el señor Marroquín también se retiraría después de acordar un ministerio en que figuraran algunos liberales connotados. El señor Marroquín dio, según parece, al señor Posada, una lista de Individuos entre los cuales podrá escogerse el Ministerio. Como causa eficiente de estas determinaciones y gestiones se presentaba la muy plausible del deseo de la paz y la necesidad de unir el Partido Conservador, organizando un gobierno popular y prestigioso ya que la opinión de dicho partido se había separado casi por completo del encabezado por el señor Marroquín. El doctor Sanclemente, sin vacilación, declaró que acepta lo propuesto; dio su lista de candidatos, y afirmó que su resolución era retirarse definitivamente de la vida pública. Al conocer esto el señor Marroquín, cuyo propósito parece que no era otro que sorprender al doctor Sanclemente sacándole la renuncia, para suprimir una contingencia que no le convenía y luego, como ya lo ha hecho otras veces, dar por no empeñada su palabra, se llenó de alarma y empezó a posponer la entrevista en que debía dar al señor Posada su resolución definitiva. Es superfluo agregar que el señor Posada obraba en esto, como en todo, con patriótica buena fe. Estas gestiones iniciadas o autorizadas por el señor Marroquín y respecto a las cuales dio al señor Posada una carta que, aunque escrita con el propósito de   que llegado el caso fuera difícil fijar después su verdadero alcance, por su misma ambigüedad denuncia los planes tortuosos a que obedecía, hizo pensar seriamente a muchos conservadores en una solución que, dentro del terreno constitucional, trajera la unión del partido, un gobierno fuerte y honrado en toda la amplitud de la palabra y una administración que, robusta por estas condiciones, pudiera enfrentarse con las dificultades de la muy aflictiva situación que se atraviesa.

«Los conservadores de quienes he hablado, a quienes las gestiones hechas en nombre del señor Marroquín acerca del doctor Sanclemente por el señor Posada Gaviria habían hecho pensar de buena fe en una solución análoga a la que, sabe Dios con qué propósito torcido, había el primero propuesto al segundo, conservadores en quieres no solamente vi representados todos los antiguos círculos o fracciones a que desgraciadamente fue reducido el partido por los mismos que hoy pretenden excomulgar a los que nunca hemos trepidado, sino amigos íntimos del señor Marroquín y hombres de acción de aquellos a quienes se debe en gran pare el vencimiento de la revolución y él su exaltación al poder, se me acercaron a exponerme que deseaban secundar el deseo del señor Sanclemente de venir a Bogotá a reasumir el ejercicio de la Presidencia, y a que yo les dijera si como ministro de Guerra me opondría a ello o permitiría que fuerza alguna se opusiera. Sin vacilar les respondí que era demasiado evidente el derecho del doctor Sanclemente para venir a Bogotá a reasumir el poder, derecho que usado sería según se lo había oído decir repetidas veces al mismo señor Marroquín, suficiente para que cesara el de este de toda función como jefe del Ejecutivo; que no creía yo que como militar y habiendo jurado defender la Constitución de la República, me quedara en ese caso otro camino honrado que cuidar de que nadie intentara violar esta, evitando u pretendiendo evitar por la fuerza al presidente elegido por el voto popular que viniera a ocupar su puesto, fueran cuales fuesen mis simpatías o antipatías respecto a la persona y antecedentes del doctor Sanclemente; y como el jefe militar que ocupaba con su ejército la zona entre Facatativá y Honda (en que está Villeta, actual residencia del doctor Sanclemente) era el señor general Ospina Gh., llamaría a este para imponerlo del proyecto y convenir en las medidas que debían adoptarse para que se realizara sin dificultades. Expuesto lo anterior, no quise ni era de mi incumbencia, imponerme de detalle o plan alguno, excepto los que espontáneamente quisieron manifestarme aquellos ciudadanos. Oí, sí, con placer, que las ideas que traería a esta nueva era de su administración el doctor Sanclemente, eran de unión franca y eficaz del Partido Conservador, de administración honrada y capaz, de paz decorosa, fundada no tanto en tratados como en medidas generosas cual cumple a un gobierno que se siente fuerte y no se cree instrumento de un partido para el exterminio de otro partido, y en el leal cumplimiento de la palabra empeñada, ya que en el país, por la manera como la administración del señor Marroquín había desacreditado la del Gobierno, nadie creía en esta, y de levantada y sería política internacional, sin vociferaciones vacías ni aventuras clandestinas. No me tocaba a mí poner el pase a este o a aquel plan de gobierno. Por otra parte los antecedentes, posición y respetabilidad de los caballeros que se entendían conmigo me tranquilizaron plenamente y eran suficiente garantía de que se trataba de un paso apoyado por la opinión unánime del partido, y cuya popularidad que fuera de Bogotá me era también conocida, tenía que resaltar más al recordar el circulo asfixiante y exclusivista que en nombre de este partido y en busca de medros del momento, maneja para mal de la patria la voluntad del señor Marroquín, prolonga la guerra sin necesidad, arruina la nación y la desprestigia, y hace lo posible por lanzarnos, en las más desfavorables condiciones, a un conflicto internacional, en cuyas trágicas escenas bien sabía yo por la enseñanza del pasado, que no habían de ocupar puesto de peligro los que sólo han buscado en la guerra que aún nos agita, los puestos de sinecura en que bien pagados y libres de todo azar o sacrificio, pueden desplegar su entusiasmo bélico llamando en histriónico arrebato a los demás a la lucha y a la matanza.

«Vino el 23 el general Ospina Gh.; halló como yo que faltaría a su juramento y haría traición a sus deberes de militar honrado sino cooperaba a facilitar la venida a la capital de la República al presidente de esta, con el objeto de reasumir el poder, y nos separamos esa noche a las once y treinta pm., para regresar él a sus campamentos. Al llegar a mi casa después de la entrevista, hallé un oficial de Palacio, que me entregó una esquela en que el señor Marroquín me decía que sin dejar de estimarme como antes, se veía en la necesidad de exigirme la renuncia, porque había llegado a convencerse de que entre él y yo faltaba el acuerdo necesario en varios puntos de Gobierno. Encargué al oficial que dijera al señor Marroquín que le contestaría al día siguiente: me dormí, y el 24 en la mañana, después de recibir en el ministerio una esquelita en que el señor doctor Concha me avisaba haber sido nombrado ministro de Guerra y haberse encargado del ministerio en esos momentos, contesté al señor Marroquín que no renunciaría, que el desacuerdo de que hablaba no había ocurrido entre él y yo, sino entre mis ideas y las de un empleado extraño al ministerio; que por consiguiente, la exigencia hecha en su carta de la víspera obedecía a una imposición poco decorosa para el jefe del Ejecutivo; y que aguardaba la remoción.

«Poco después de enviada esa carta, como a las once a.m, el jefe del Batallón Politécnico se presentó al ministerio a intimarme prisión de parte del señor vicepresidente.

«Supe entonces que se había exigido la renuncia al señor doctor Antonio J. Uribe, ministro de Relaciones Exteriores, cuyos pareceres, acordes con los míos, y correcto y acertado manejo en aquella cartera, en la difícil época que se está atravesando, le habían traído la enemistad de los ‘Jingoes’. Desde ese momento se me tienen absoluta incomunicación. Al día siguiente —25—, al celebrar el segundo triunfo de Riohacha, obtenido por las mismas fuerzas que yo como ministro despaché al litoral, agentes pagados por el Gobierno fueron estacionados hasta tarde de la noche al pie de mis balcones, con el objeto de que vociferaran mueras a los caucanos y a los traidores antioqueños».

Contra Ospina por defender la legitimidad

Pedro Nel Ospina es llamado al Ministerio de Guerra. Luego fue destituido fulminantemente, y reemplazado por José Vicente Concha. Para justificar este cambio intempestivo, se alegó que se había descubierto una «conspiración» contra Marroquín. Esto dice el decreto por medio del cual lo reemplaza aceleradamente. Dice en sus considerandos que lo hace «por renuncia aceptada». Esta, nunca existió.

El relato revela el clima que se vivía. Había interés de que no prosperara una dictadura, sin ponerle término, Esta circunstancia comenzó a inquietar a muchos conservadores. Pensaban que debían regularse los hechos, obedeciendo a las reglas constitucionales. Que era bueno que no caminase la imagen de que se gobernaba sin sujeción a las reglas jurídicas.

Cuando se habló de que un ministro podía llegar a ser el sustituto del presidente —propuesta de Sanclemente en relación con el general Pinzón—, se consideró que podía existir un interregno de «legitimidad», mientras se alcanzaba la elección de este como designado. Probabilidad que podía volverse positiva o no. Era, pues, correr un riesgo. Entonces, se hacía la propuesta de que Sanclemente regresara a Bogotá y se intentara una solución que devolviera el camino regular de los principios constitucionales. Que no se aclimatara la dictadura.

En la hoja volante que se publicó, con pie de imprenta de las Catacumbas—no se sabe si existió o era una manera de señalar cómo se vivía en cuanto a la expresión de las ideas— 135 se enfatiza que «no sabíamos que apoyar al presidente de La República fuera conspirar contra la autoridad». Entonces, de parte del mismo señor Marroquín, se desata una serie de cartas, en las cuales hace aparecer como conspirador a Pedro Nel Ospina. Este, busca que venga a Bogotá Sanclemente y se halle una salida jurídica al problema.

En pocos meses se había producido una separación de muchos de quienes inicialmente acompañaron a Marroquín. Otros, se habían negado a ocupar las posiciones que este les ofreció. Existía, pues, una marcada dificultad en el manejo del Gobierno. Aquel alegaba que quienes han estado cerca, pueden dar «testimonio de que no he cometido injusticias».

       Se le contesta en la hoja —presumiblemente de Ospina— con consideraciones capitales que revelan la atmósfera que se vivía: «No habrán sido testigo de tal propósito, cuando casi todos los ciudadanos que ha llamado a colaborar en el Gobierno lo han ido abandonando a su suerte. Muy larga es ya la lista de ministros, de gobernadores, de militares que se han separado del servicio público; y muchos otros, sino lo han hecho del todo, se han alejado de la persona del vicepresidente, con la esperanza de mejorar la situación colaborando en puestos distantes del centro asfixiante y de miras estrechas. Saltan a la vista los nombres de Pinzón, Vélez, Pedro Nel Ospina, Moya Vásquez, González Valencia, Ospina Camacho, Restrepo García, Uribe (Antonio José), Molina, Pinto, Rufino Gutiérrez, Ospina Chaparro, Ernesto Restrepo.

«El país entero está dando testimonio de la injusticia, decimos mal, de la crueldad humana con que se le mantiene en estado de guerra que parece volverse crónico, pudiendo terminarla con sólo actos de reparación y con una política generosa».

  En el Gobierno de hecho, no se quiere escuchar ninguna voz de entendimiento para el problema político y constitucional. En el escrito que comentamos, se dice con mucha claridad: «¡No hay más ley que mi espada! dijo con arrogancia el general Mosquera; no hay más Constitución ni Leyes en esta República que mi círculo y la fuerza, dice con humildad beatífica el señor Marroquín. Óiganlo bien los colombianos: se proclama con frase apagada el oprobio de una dictadura».

   Se le solicita con claridad: «Que se levante la incomunicación y arresto en que se mantiene al presidente de la república, que se le deje venir a Bogotá, y entonces se verá si el Ejército Nacional no le hace los honores de ordenanza; y entonces se vera si los millares de ciudadanos de buena voluntad no lo rodean para coadyuvar a la paz y poder salvar al país de la sima a donde marcha con celeridad, impulsado por interesadas ineptitudes>.

    Pedro Nel Ospina, el 16-X-1901, le escribe un memorial a Marroquín en el cual hace aseveraciones enérgicas: «cuenta que se ha repartido la leyenda de que él renunció al Ministerio de Guerra ‘lo cual es una falsedad’. Es irregular mi detención, pues no he sido sometido ni a la jurisdicción ordinaria de la justicia, ni a la extraordinaria. Se le intimó prisión por un jefe de Batallón del Ejército, alegando que lo hacía en nombre del dictador. Este hecho no se ha rectificado: ‘a uno de mis amigos conmilitones le hizo saber S.S. el ministro de Guerra que todo lo que en relación conmigo estaba ocurriendo era obra directa de V.E., pues era V.E., la única autoridad que intervenía y podía intervenir en lo relativo a mi persona y derechos’».

   Ospina manifiesta que como no se le ha tomado siquiera una declaración para justificar su detención; que su libertad ha sido afrentada sin poder esgrimir un sólo argumento contra su conducta, cree tener derecho a solicitar su libertad. O que se le permita cumplir con algunos deberes de atender su familia y sus negocios, para ausentarse hacia el extranjero. Pero más adelante puntualiza una demanda que demuestra cómo se le trata y la manera como maneja el Gobierno sus relaciones con sus colaboradores, inclusive:

   «Ya que quiso Dios Nuestro Señor escogerme como instrumento para escarmentar a la rebelión en difíciles, penosas y trascendentales campañas y en más de veinte encuentros sangrientos y hacerme, según lo ha reconocido V.E., factor decisivo en el resultado de esta guerra lamentable y ruinosa  cuya prolongación se está debiendo más que a la tenacidad de los enemigos a los intereses bastardos y criminales de muchos que, llamándose amigos del Gobierno, explotan la agonía de la patria, espero que V.E. no hallará que exijo demasiado cuando, después de aquellos sacrificios y de mis recientes esfuerzos para llevar al ánimo de V.E., mientras hice parte del Gobierno, la noción de esa situación delicada y de la necesidad de la paz decorosa sin sacrificio de principios, ni siquiera de fórmulas, aun a costa de esos intereses miserables, pido como gracia el destierro, por ver si así logro salvar mi salud.»

   El memorial tiene fecha 16 de octubre de 1901. El 17 fue desterrado y, además, los generales Jorge Holguín e lndalecio Saavedra.

Colombia: la legitimidad y el gobierno de facto

   Este es el título, Colombia: la legitimidad y el gobierno de facto, de un folleto publicado en Nueva York, en enero de 1902, por Eduardo Espinosa, quien fuera cónsul de nuestro país. Se ha localizado en el archivo del señor Cato 135 Hay un memorial dirigido al dictador en el cual se refieren a varios temas: la destitución de Ospina y su prisión; la renuncia de Antonio José Uribe de Relaciones y el encarcelamiento del general Juan C. Ramírez. Y al final le formulan la pregunta clave: «Si el Gobierno está dispuesto a garantizar que por parte de este no habrá obstáculo alguno que se oponga a la venida inmediata del presidente titular, señor doctor Manuel Antonio Sanclemente, a esta capital a ejercer el Poder Ejecutivo».

   Esta solicitud aparece signada por algunos de quienes ayudaron a organizar, dirigir y servir de inspiradores del golpe contra Sanclemente: Wenceslao Pizano, Marceliano Posada, Francisco A. Gutiérrez, Jorge Roa, Guillermo Durana, Pedro J. Barreto, Luis Martínez Silva, José Joaquín Pérez, Bernardo Escobar, Isidro Nieto, Rufino Gutiérrez, Emilio Ruiz Barreto, Lázaro María Pérez, Luis G. Gómez. José V. Buitrago y José M. Durana.

  Viene la respuesta mañosa, de cálculo en la imprecisión, buscando la resolución en otras instancias:

  «No fui yo —decía— quien opinó y decidió que el señor presidente titular, debía ser reemplazado: lo opinaron y decidieron los ciudadanos que iniciaron y llevaron a cabo el movimiento político del 31 de julio de 1900. Sin duda opinaron como ellos el ejército y todo el partido que yo vine a representar, pues del seno de ese partido y de ese ejército no salió una sola voz de desaprobación, y antes bien salieron infinidad de fervoroso aplauso. A este partido ya ese ejército y a todos los que tomaron parte en el mencionado movimiento político, es a quienes toca declarar si han desaparecido o no las causas que a sus autores impulsaron a efectuarlo>.

Solicitud de los radicales liberales

  Laureano García Ortiz, Santiago Samper, Carlos Arturo Torres, Silvestre Samper Uribe, Manuel B. Santamaría, José M. Plata Uribe, Miguel Fonnegra, Francisco Sáenz P., Gonzalo Santamaría, Simón de la Torre, Luis Vargas, Andrés Vargas V., Emilio Cuervo Márquez, Eduardo Rodríguez Piñeres y Simón Araújo, entre otros, firman un memorial en donde sobresalen las firmas de los radicales liberales y le dicen al usurpador:

«1º. Que hemos tenido conocimiento de que el excelentísimo señor presidente de la República, doctor Manuel Antonio Sanclemente..., quiere dirigirse a esta capital con el fin de tomar de nuevo las riendas del Gobierno...; y 2º. Que en presencia de las inminentes y muy graves complicaciones internacionales...; en vista de la indefinida y espantable prolongación de la guerra civil...; en consideración de los delicadísimos problemas económicos y fiscales.., el excelentísimo señor presidente considera que está hoy en capacidad de agrupar alrededor de su persona los grandes elementos nacionales necesarios para conjurar tamaños peligros y calamidades y, en consecuencia, ha resuelto hacer el sacrificio de su vida, trasladándose a la altiplanicie —clima mortal para él— a trueque de fundar la paz... En vista de lo expuesto.... pedimos respetuosamente a su excelencia se digne hacernos saber si el Gobierno pondría obstáculos a la acción de los ciudadanos que quieren cooperar a los propósitos del excelentísimo señor presidente».

No conocemos la respuesta. Suponemos que debe estar concebida en los mismos términos sinuosamente cautelosos como se contesto una demanda anterior.

Hay que resaltar la carta de Ospina 137 desde la cárcel, dirigida a Marceliano Vélez en Medellín: «Sabido es... que si fuera de Bogotá la opinión sana de todo el partido conservador, sin divisas ni arcaicas distinciones, reclama a gritos un gobierno capaz, fuerte y recto, que desempeñe en serio sus funciones y saque al país de la situación de desastre en que se halla, no quedan en Bogotá sino contados partidarios del régimen actual, tal como funciona en estos momentos, y que esos partidarios obedecen en este caso, probablemente sin excepción alguna, a necesidades y presiones que nada tienen que ver con la convicción política o con, la abnegación patriótica. El exclusivismo practicado por el Gobierno no puede ser más intenso. En las antecámaras del Gobierno ha llegado a aceptarse como axioma que lo que se necesita en los jefes militares es adhesión incondicional a la persona del señor Marroquín, no a la Constitución ni a las doctrinas del partido conservador De tal manera ha calado esa noción, que el mismo señor Marroquín nunca dice al hablar del partido que a él lo sostiene, el partido conservador,  sino mi partido, el cual en realidad no es el partido conservador y está aquí formado casi en su totalidad por miembros de la familia de aquél, bien que no todos los que lo son apoyan ese Gobierno. Dice que él representa la legitimidad, porque no pudiendo volver a Bogotá el doctor Sanclemente, es él, según la Constitución, quien debe ejercer el poder, y en cierta ocasión que al oírle esto el señor don Abraham Moreno le preguntó: ¿Y si el doctor Sanclemente quiere venir a Bogotá...?’ Contestó excitadísimo: iNo! ¡Eso sí que no; porque tengo al viejo bien asegurado’ Este rasgo define la situación.»

 

Liberales y nacionalistas  

Se habla de una unión, en la época, de liberales y nacionalistas.  Sólo hemos hallado una referencia que apareció en la prensa creada por la dictadura de Marroquín. La reseñamos para que se entienda que el clima nacional no era tranquilo. Al contrario, se hacía evidente en conmociones, dudas, contradicciones entre quienes: manejaban la fuerza pública. La opinión estaba  inquieta, perturbada y en trance de actuar políticamente. Por ello mismo, podían crecer las conjeturas. Antonio José Gutiérrez 138 dice la prensa que es un «caballero muy respetable». Es el único dato que se entrega al lector. Este relata que por Honda andaban Benito Zalamea, conservador, y Luciano Campuzano, liberal. Que se habían entrevistado con Sanclemente en Villeta. Que llevaban mensajes: uno del presidente en que recomendaba a Benito para que se produjeran hechos como la rendición de la plaza y, otro, del Centro Liberal, para las guerrillas. Parece una patraña. Es sólo parte de la picaresca de la época. Es el rumor que se suelta, con informaciones más o menos confiables, para producir desconcierto en ciertos sectores; afianzar otros; reclutar prosélitos mediante reacciones. El mundo político está hecho de minucias, también. Estas parecen ser parte de las excrecencias de la dictadura.

Lo siento, mi señora Matilde

A los dos años, después del golpe, el presidente Sanclemente contesta una carta de finísima donosura, con acentos en el respeto a una amistad que lo ha atado a la señora Matilde Arboleda y a su familia. La contradice y le puntualiza las razones jurídicas que lo asisten, sin que haya desdoro en su palabra o la amistad pueda sufrir contusiones o rebajar, en lo más mínimo, la suave consideración para dirigirse a una dama. Pero ello no conduce a que oculte su pensamiento y su posición de total clareza frente a sus deberes en el infortunio:

«Viniendo ahora al principal asunto de su carta, que es la funesta situación política actual, satisfactorio me es que usted reconozca que yo no ambicioné ni solicité la Presidencia y que ella me fue ofrecida de buen grado por una gran mayoría de los electores de la nación. Considerándola como una carga muy pesada pava mí, me abstuve de desempeñarla en los tres primeros meses: pero sabido es que el señor Marroquín renunció a la Vicepresidencia por la fuerte oposición que se le hacía y llamado por él y por numerosos amigos, fue por lo que me resolví a venir a encargarme del Poder ejecutivo. Al hacerlo dije a la nación que sería el presidente de ella y no de un partido o fracción, llamé a todos los colombianos a la unión y a la concordia y tengo la conciencia de haber correspondido a la confianza depositada en mí. A pesar de esto, en la noche del 31 de julio se desconoció mi autoridad por vías de hecho, se estableció de manera inusitada un nuevo Gobierno, se ordenó mi prisión y se me mantiene en ella rigurosamente incomunicado con los pocos miembros de mi familia que me acompañan, incluso mi hija Carmen y mi sobrina Manuela García.

Me aconseja usted, sin embargo, que renuncie a la Presidencia y envíe un manifiesto en que le haga saber a la nación, caso en el cual mi nombre pasará a la historia como salvador de las instituciones legítimas y verdadero sostenedor del querer de los pueblos que me eligieron a mí y al señor Marroquín, genuinos representantes ambos de la idea conservadora: de manera que usted reconoce como legítima la dictadura de cuartel del 31 de julio, la usurpación de mi autoridad hecha por el vicepresidente y considera llamado a este a sostener las instituciones que ha violado perjurándose y no a mí que las he acatado y  sostenido siempre.

«Siento, mi señora Matilde, que usted acepte el funesto precedente que se ha establecido de que pueda adueñarse del poder cualquier ambicioso que aspire a él, si encuentra quien lo apoye y que el vicepresidente pueda ejercer el Poder Ejecutivo fuera de los casos que la Constitución establece».

       A quien buscaron como salvador, le tenían reservadas todas las espinas políticas para el futuro.

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131. Alberto Lleras: Mi gente. Ediciones del Banco de la República, Bogotá, 1975.(Regresar)

132. Gabriel Camargo Pérez: Sergio Camargo: el Boyardo colombiano. Segunda edición; Publicaciones de la Academia Boyacense de Historia, Tunja, 1987. (Regresar)

133. Otto Morales Benitez: Propuestas para examinar la historia con criterios indoamericanos. Segunda edición. Tercer Mundo Editores, Bogotá, 1988. (Regresar)

134. J. I. Sanclemente Villalón; obra citada. (Regresar)

135. Hoja suelta: «La verdad nos hará libres». Biblioteca Luis Angel Arango. Hojas y periódicos sueltos. Folio 52. (Regresar)

136. Carlos Valderrama Andrade: del libro Miguel Antonio Caro y Ezequiel Moreno; obra citada. (Regresar)

137. Sanclemente Villalón; obra citada. (Regresar)

138. La Opinión, No 1. (Regresar)

 

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