X. - PLENO SITIO.

 

En tanto que en la Plaza se trabajaba con toda la actividad posible, á fin de disciplinar la tropa, aderezar vestuarios para ella, organizar los retenes de todos los baluartes, montar más y más cañones, blindar el vaporcito  y regularizar todos los servicios; los sitiadores, por su parte, obraban con actividad para hacer efectivo el asedio, y no dejaban de intentar algunos movimientos.

Tenía Gaitán establecido su cuartel general en el Pié-de-la---Popa (donde los rebeldes se instalaron cómodamente, apoderándose de cuanto en las casas tenían muchos vecinos de Cartagena); pero su punto principal de observación (y de dirección por medio de banderas y otras seriales) era el edificio de La-Popa. Allí había la ventaja para Gaitán, Manotas y su Estado Mayor, de no tener riesgo alguno, porque ni aun las balas de cañón alcanzaban hasta aquella altura, desde la cual se dominaba el inmenso panorama del mar, de la bahía, Cartagena, y todas las campiñas circunvecinas del territorio continental.

En los primeros días-reducido como era el número de tropas de Gaitán, que, según los datos obtenidos, no excedían de unos 600 á 800 hombres á mediados de Marzo, esfuerzo de los sitiadores consistió principalmente en establecerse en los flancos y la cima del Cerro; levantar trincheras en su campamento del Pié-de-la-Popa, así como en el Cementerio, en la Calera (punto situado enfrente del Cabrero, por los lados de Santa-Rita, esto es, al Oriente de la Plaza), y en Crespo, paraje solitario que demora casi á la orilla del mar, al Norte, en dirección hacia la costa de Punta- Canoa.

Asimismo, tomaron grande empeño los rebeldes en instalar definitivamente un destacamento y un cañón en Manzanillo, para dominar en parte la bahía; en ir allegando á las aguas de ésta buques armados, ora por la vía marítima, ora por la del Dique; en comunicarse fácil y frecuentemente con el vapor de guerra "Canadá," y en acarrear del pueblecillo de Barú el cañón Armstrong (del "Vigilante"), que había estado á bordo de la "Katy."

La consecuencia de todo esto fué una serie de incidentes que dieron notable animación á la lucha, en los días corridos del 8 al 16.

El 8, los sitiadores rompieron los fuegos desde temprano, con un cañón de poca fuerza que habían logrado situar entre los escombros de San-Felipe; fuegos que, sin dificultad, fueron apagados por la artillería de tres baluartes. Asimismo se sostuvo tiroteo de rifles durante todo el día, hasta muy entrada la noche, entre la infantería de la Media-Luna y los tiradores enemigos emboscados en los riscos del Cerro y los manglares y palmares del pié de esa quebradísima eminencia.

Entre tanto, se aprontaba en el Puerto el vapor "Núñez" para llevar un refuerzo de 60 hombres al cercano fuerte del Pastelillo, lo que se verificó durante la noche. Y oportuna fué esta precaución, porque en la madrugada del día siguiente los sitiadores hicieron un ataque á dicho castillo por el lado de tierra, que fué vigorosamente rechazado por la guarnición, con la ayuda del cañón del Reducto.

Entre la una y las dos a. m. del 10, una fuerza enemiga que se calculó fuese como de 150 hombres, pasó sigilosamente de la campiña de Crespo á la península del Cabrero; paso muy fácil, por cuanto entre esta península y el terreno de Crespo no media sino un angosto estero, de escasísimo fondo. Y una vez metida en el Cabrero, aquella fuerza se ocultó y parapetó en las casas de techo pajizo y los cocales que lo cubren, y hacia la madrugada hizo una tentativa de ataque contra los baluartes de Santa-Catalina y la Tenaza.

Aquello no podía ser serio, pero lo pareció, así por la hora como por el aparato. Hubiera sido el colmo de la insensatez la pretensión de asaltar, con sólo 150 ó 200 hombres, aquellos formidables baluartes. Lo probable es que los sitiadores intentaran solamente un reconocimiento, probando á cerciorarse del grado de fuerza y vigilancia que hubiese por allí.

Es lo cierto que todos en la ciudad nos pusimos en pié y corrimos á defender las murallas, notándose particularmente la prontitud con que en pocos minutos, llegó todo el batallón "Libres" y cubrió los baluartes atacados; con lo que en éstos se sostuvo por cosa de 400 hombres un fuego muy nutrido. Tomó parte también en el tiroteo el baluarte de San-Pedro Mártir. No pudo sostener la lucha el enemigo, y huyó antes de que abriese el día.

Teníase noticia, por el espionaje establecido, de que los enemigos se proponían transportar de la goleta "Katy" el cañón del "Vigilante" (que así fué llamado después), llevándolo por el Estero, de la caleta de Barú á Pasa-Caballos y la tierra firme. Sin duda querían montarlo en San-Felipe para hacer de allí todo el daño posible á la ciudad. Por desgracia, fueron tan lentos los preparativos de una expedición acordada para apoderarse del "Vigilante," que todo se frustró. Cuando los vapores "Núñez" y "Lebrija" (con 250 hombres que comandaba el Teniente-Coronel Rodríguez) llegaron á Pasa-Caballos (el 11 á las 4 p. m.), yá el enemigo había completado su operación. Había recibido el cañón y gran cantidad de municiones, transportados en canoas, y los tenía en salvo en la costa oriental de la bahía; ventaja que fué decisiva para el sostenimiento del Sitio.

Los dos vapores continuaron su marcha hacia Barú y allí se vieron los dos remolcadores enemigos, "Córdoba" y "Gaitán," que se movían en dirección hacia el mar libre. Opinó el Capitán del "Núñez" (don Camilo Beltrán) que podía y debía dárseles caza; pero el Comandante Rodríguez no se creyó autorizado para hacerlo, y los vapores regresaron al Puerto; no sin favorecer la entrada de unas cuántas canoas con víveres frescos; lo que fué de bastante alivio para la Plaza. En lo demás, la expedición fué infructuosa.

Entre tanto, unos cuantos vecinos de Cartagena y el autor de este escrito, anhelosos de contribuir eficazmente á la defensa de la Plaza, -sin perjuicio de hacer muchos otros servicios personales, -estuvieron organizando una compañía suelta de "Cívicos," que habían de armar con armas propias y sostener á sus expensas. Quedó por la noche organizado este nuevo cuerpo, disponible para el servicio militar, y al día siguiente se dispuso que en la Orden general se le declarase incorporado en la Guarnición.

Si el que esto escribe tuvo la honra de ser electo por sus compañeros Comandante de la "Compañía Cívica nacional,"-honra que estimó en mucho, así por la calidad de sus compañeros y la espontaneidad y unanimidad de la elección, como por el patriótico fin que todos tenían de llenar su deber, defendiendo el honor de la bandera nacional y de la plaza de Cartagena, -séale permitido hacer notar la significación que tenía aquel cuerpo de ciudadanos civiles.

Estaban allí reunidos para combatir por una causa común muchos hombres de los dos partidos aliados, y su nombre y su reunión eran símbolos do la gloriosa fusión que se operaba en la República para salvarla del abismo en que pretendía hundirla el partido radical, autor de inmensos males sufridos durante cinco lustros consecutivos. Todos los "Cívicos" eran hombres de honor, de posición social más ó menos considerable, y entre ellos sonaban apellidos ilustres ó muy notables en Cartagena, como los de Vélez, Núñez, Araújo, Posada, Piñeres, Jiménez Villa, Grau, Morales, Espriella, Calvo y muchos otros. Baste decir, como prueba de fraternidad en el civismo, que los cuatro Oficiales nombrados fueron el doctor don Pedro Félix, don José del Carmen Villa, don José L. Calvo y don Henrique Benedetti; que fué escogido para Sargento 1.° don Ricardo Núñez, hermano del Presidente de la República; que en el Cuerpo se hallaban soldados periodistas, capitalistas, abogados, empleados públicos y dignísimos negociantes y artesanos, y que no se hizo la menor distinción, en la organización ni en el servicio, entre independientes y conservadores. Allí se volvía práctica la fusión regeneradora.

Cosa patente era que los sitiadores contaban con poca fuerza, pues permanecían en calma por los lados del Cerro, La-Popa y La-- Calera cuando ejecutaban alguna operación lejana en la bahía; y viceversa, se estaban quietos en ésta cuando intentaban algo por el Oriente y el Nordeste. Por regla general, la táctica de los sitiadores fué defectuosa, pues rara vez acertaron á disimular sus movimientos reales y positivos con diversiones estratégicas.

Lograron desde el día 12 montar el "Vigilante" en la cima del Cerro, y dieron la primera prueba, antes de medio día, arrojando una botella explosiva que cayó en los salones altos de la Aduana y causó destrozos considerables; tiro que fué seguido de unos cuantos más, con daño de varios edificios. De gran peligro escaparon el doctor Noguera y varios de sus subalternos, merced de su casual salida de las oficinas un cuarto de hora antes de lo acostumbrado!

Aquel primer rocío de botellas explosivas, enviada por Gaitán, indignó á toda la población, por dos motivos principales: primero, por la bárbara destrucción de muchos edificios de la ciudad, ó por lo menos su grave deterioro, así como por el inminente peligro que había para todas las familias y personas inofensivas; segundo, por la incalificable perversidad de unos mantos hijos ó vecinos de Cartagena, que habían instigado con empeño á Gaitán á emprender, de preferencia ó. otra operación, el bombardeo de la ciudad, y que, en todo caso, se hallaban muy fuera de su lugar entre los sitiadores.

Pero en breve, á la irritación de los primeros días sucedieron el desdén y la burla. Todas las familias se asilaron en los entresuelos ó en los cuartos de la planta baja de los edificios, y cada cual se creyó en seguridad, salvo algún caso excepcional en que los proyectiles explosivos caían sobre el frente ó los costados de las casas. La admirable estructura de Cartagena, calculada para suavizar el ardor del clima y resistir á sitios y bombardeos, era muy favorable á la población. Muy difícil era enfilar calle alguna con los fuegos exteriores, ventaja proveniente de las curvas y tortuosidades de las calles, y de sus encontradas direcciones. Así, los proyectiles del Cerro, si muchas veces dañaban los edificios, no hacían mal á las personas. La caída y explosión de los proyectiles fué muy pronto asunto de diversión: y cuando alguna vez se continuaba el bombardeo desde el Cerro, la gente del pueblo decía de buen humor, empleando un provincialismo peruano:

"Ya tenemos otra vez la guachafita."

En uno de aquellos días de bombardeo llegaba el que esto escribe por la calle del Colegio á la esquina de la de Lozano, en momentos en que una bomba acababa de llevarse, en la segunda, el balcón de la casa de una señora anciana y pobre. Detuvímonos á considerar el daño hecho, junto con nuestro amigo don Simón J. Vélez, en tanto que los pilluelos de la calle recogían fragmentos de la bomba; y no había pasado un minuto cuando.... vvvuuum! zumbó por encima otra que se hundió á veinte pasos de distancia, en la casa del doctor H. Román, Cónsul de España y de Chile, destrozando el techo con gran fracaso y volviendo añicos muchos muebles en la sala del principal. Y nadie se asustó, sino que el incidente fué asunto de curiosidad, y risa y chistosos comentarios. Así iba la población habituándose á despreciar el peligro, y se formaba en toda ella una especie de temperamento moral, que era la mejor garantía contra toda idea de capitulación.

Es de notar que entre los muchos edificios que sufrieron deterioro por la acción de los proyectiles del Cerro, los más lastimados, aparte de los templos, la Aduana y otros públicos, fueron las casas de tres ó cuatro Cónsules y de algunos extranjeros; sin que se libraran las de los señores Vélez, Jiménez, Amador, Pombo, Martínez y otros particulares.

Esperábase con ansiedad la llegada del vapor "Alene" (de la Compañía "Atlas," inglesa), que debía llevar á Cartagena tropa, armamento, municiones, provisiones, y correspondencia y noticias del Istmo. Fué avistado al caer la noche del 12, en la rada de Santo- Domingo, y el 13 fondeó en la bahía, en medio de las fragatas "Powhatán" y "Canadá." El Comandante de la segunda se apresuró á notificar al Capitán del "Alene" que la ciudad estaba sitiada, y que, por tanto, no debía esperar protección (por ser de nacionalidad británica el vapor), si enviaba á tierra su cargamento, corriendo todo riesgo. Tuvo el "Alene" que levar anclas sin descargar 48 hombres de tropa, 300 rifles, 200,000 cápsulas y otros efectos que llevaba á bordo; pero fondeó en Boca-Chica, dejando allí lo principal, fingió hacer rumbo hacia Sabanilla, el 14, y por la noche tornó al fondeadero de Santo-Domingo, donde envió á tierra lo demás. Quedaron las municiones provisionalmente en el castillo de San-Fernando, y la pequeña tropa y las armas pasaron por toda la isla de Tierra-Bomba y la península de Boca-Grande hasta llegar á la Plaza. Todo esto fué de grande auxilio para la Guarnición; y en vano el "Vigilante" y otro cañón del Cerro dispararon sus tiros, á muy larga distancia, contra el "Alene."

Nuevo acopio se logró hacer, el 13 y el 14, de víveres, cañones montados para colocar en las murallas y en los buques (piezas que yá ascendían á unas 14 ó 15), balas de hierro, que habían estado dispersas y como perdidas en toda la ciudad, y otros objetos necesarios para la defensa y la subsistencia. Hiciéronse también esfuerzos para montar y sacar por la puerta de Santo- Domingo un cañón de á 18, arrastrarlo por las playas y por los arenales de Boca-Grande, y llevarlo con mil dificultades hasta colocarlo en el castillo de Santa- Cruz donde era muy necesario para defender la bahía y hacer frente á los fuegos del Manzanillo. La operación se completó en la noche del 17. Y, dicho sea de paso, desde el 19 comenzó sus disparos aquel cañón contra el Manzanillo, y desbarató los parapetos con que se abrigaban allí los rebeldes y su batería.

Comentarios (0) | Comente | Comparta c