EL ARROYUELO
Sonny andaba cogiendo flores por la ladera. Medio ocultas entre el césped veíanse flores blancas, azules y amarillas.
Al arrancar una pequeñita, sintió en la mano algo como una caricia, como cuando el perro se la lamía. Miró y vio un hilito de agua que manaba del suelo y centelleaba a la luz del sol.
-Buenos días, arroyuelo -dijo Sonny.
-Buenos días, Sonny -le contestó el arroyuelo. Esa inesperada respuesta no dejó de causarle admización a Sonny por algunos instantes.
- ¿De dónde vienes? -preguntó el niño.
-De las entrañas de la tierra.
- ¡Las entrañas de la tierra! ¿Y qué es eso?
-De debajo del suelo; hondo, muy hondo.
- ¡Ah! ¿Es bonito allá?
- No; es oscurísimo, horroroso, y no sabe uno por dónde anda. Y está uno siempre entre rocas enormes, y rendijas estrechas, y grandísimas cavernas negras, donde el viento da gemidos al soplar y donde se oyen ruidos que ponen miedo.
- ¿Y cómo saliste de allá?
-Como ya había estado antes acá arriba, sentía deseos de volver a ver el sol, y el cielo, y los árboles, y las flores, y todas estas lindas cosas; así fue que apenas vi un rayito de luz me fui yendo tras él, tras él, y... y aquí me tienes.
- ¿Vas a quedarte aquí?
- ¡Oh no!, tengo que ir a donde me lleva la colina.
- ¿La colina? Ella no te llevará a ninguna parte, porque no se mueve.
-No se mueve, pero se inclina y me hace rodar.
Entretanto, el arroyo había ido formando un pozo; luégo desbordó y empezó a fluír lentamente, detenido a cada instante por las piedras, las ramas caídas y los montículos de tierra. Pero él desbordaba por encima después de algunos instantes, o torcía el curso por un lado, andando siempre hacia abajo.
Sonny seguía detrás, notando que el arroyo iba creciendo a medida que otros arroyos se le juntaban.
Pronto llegaron al pie de la colina. No lejos de allí se alzaba un alto muro de piedra sobre el camino del arroyo.
-No puedo pasar por encima de este muro -dijo el arroyuelo-. Pero ya encontraré alguna abertura por debajo-. Y se deslizó a lo largo del muro hasta que encontró la abertura.
- ¿Pero vas a dejarme? -dijo Sonny-; yo no puedo pasar por debajo de ese muro.
-Tú debes buscar alguna puerta.
Sonny encontró una y pasando por ella fue a juntarse con el arroyuelo. Lo encontró encharcado en un gran pozo y muy distinto ya del arroyuelo chispeante que con él había bajado de la colina.
-Hola, Sonny.
-Hola, ¿eres tú?
-Sí, estoy preparándome para el viaje.
- ¿Aun vas más allá?
-Por supuesto; si apenas acabo de partir. Todavía tengo que cruzar estos campos, deslizarme bajo aquellos árboles, pasar por entre aquellas montañas que azulean a lo lejos y seguir más adelante, más adelante.
Sonny se sintió triste: le habría gustado tanto proseguir con su amiguito, pero ¿cómo hacer? El arroyo notó lo que Sonny sentía; y como cada arroyo tiene un hada, él evocó la suya, sin que el niño supiera cómo. El hada apareció en la canastilla de un globo muy grande, conducido por dos águilas blancas muy hermosas; luégo preguntó para qué la habían llamado.
El arroyo la dijo:
-Sonny, que es este amigo mío, desea acompañarme; y yo querría que tú lo tomases en tu globo y que juntos me siguiéseis.
El hada, sonriendo, colocó a Sonny a su lado. El arroyo echó a andar nuevamente. Ya había crecido de un modo considerable, y a medida que avanzaba recibía nuevos arroyos que iban aumentando su volumen.
Sentado al lado del hada, Sonny se sentía contentísimo y podía entender lo que decían todas las cosas que le rodeaban. Las hojuelas del césped murmuraban: Agua, agua, ¡oh qué placer! Y las plantas y los arbustos repetían: ¡Oh qué placer! Y los árboles copados, inclinando la cabeza, susurraban: Agua, agua, ¡oh qué placer!
Los pájaros y las flores y todos los seres vivientes parecían regocijarse al paso del arroyo; la naturaleza y la vida cobraban nueva luz, y Sonny lo veía muy bien.
A su tiempo el arroyo llegó a la estrecha garganta de las montañas. Un peñasco enorme cerraba el paso, diciendo con altanería. ¡Atrás, atrás! ¡Por aquí no pasarás! El arroyo se precipitó sobre la roca, la cubrió de espumas, y siguió de largo su camino riendo de gozo.
Un cerro grande y pedregoso, vino luégo a interponerse en el tránsito diciendo: ¡Atrás! ¡Por sobre mí no podrás pasar!
El astuto arroyo torció el curso por el pie del cerro y prosiguió su marcha gozosamente.
Desde el altísimo risco se desplomó después en una profunda cuenca de roca, arqueando el lomo, y tronando con pujanza. De allí siguió, tras ligero reposo, por el declive de la montaña.
Y encontró ruedas grandes y pequeñas y las puso en movimiento para que hilasen el algodón en los telares, y aserrasen las trozas convirtiéndolas en tablaje y moliesen el grano convirtiéndolo en harina.
Al pie de las montañas, en los campos donde las cosechas carecían de riego, la corriente se extendió en todas direcciones repartiendo nueva vida. Y en todas partes era una bendición para los hombres, para las plantas y para las bestias.
Pero ya no era un arroyo: ya era un río. Sobre sus riberas se alzaban casas y granjas, y sobre sus lomos flotaban numerosos barcos.
El hada tocó el globo con su varita y lo convirtió en un hermoso bote; tocó las águilas y las convirtió en dos delfines con brillantes arreos de plata; enganchados al bote, iban remolcándolo por el centro de la corriente.
A poco se deslizaron bajo los arcos de grandes puentes. En las riberas surgían palacios, iglesias, fábricas y muelles, a los cuales estaban amarrados navíos inmensos. Sonny veía todo aquel desfile de maravillas; los palacios, los navíos y las casas se reflejaban en el agua y semejaban otro mundo invertido.
El río era más ancho a cada instante; las ciudades aparecían y volvían a desaparecer; buques de diferentes tamaños y aparejos pasaban navegando; un viento salino le rozaba las mejillas a Sonny.
Un gran ruido, como de un trueno distante, comenzó a llenar los aires. Del fondo del río surgió la voz del arroyuelo, la misma voz que Sonny había oído allá en la lejana colina, mucho tiempo antes, por lo que a él le parecía:
-El océano está ya muy cerca, y ahí termina mi viaje. Oye, Sonny, niño querido: tenemos que volver a la colina donde nos encontramos primero, a coger flores silvestres...
Y se extinguió la voz del arroyo; y el hada, el bote, los delfines de brillantes arreos, el anchuroso río y el trueno lejano, todo, todo se desvaneció repentinamente.
Sonny despertó y se encontró tendido sobre el césped, en la ladera, cerca del arroyo, que seguía corriendo y centelleando a la luz del sol. Todo estaba como antes, sólo que el arroyo había perdido la facultad de hablar.

SONNY
