EL GALEON
I
Cartagena de Indias fue una gran ciudad en otro tiempo. Está situada a orillas del mar, sobre una lindísima bahía. Fue fundada por los españoles, quienes la rodearon de altas murallas de piedra. A lo largo de ellas construyeron cuarenta y ocho fortalezas, que llamaron castillos; y pusieron cuatro castillos más en los cerros vecinos que miran hacia el mar. En los castillos y sobre las murallas emplazaron gran número de cañones.
Cartagena está en un país muy lejano de Europa y que en aquellos tiempos era conocido con el nombre de Nueva Granada. Los españoles habían descubierto ese país. Al llegar allí encontraron muchos pueblos de otras razas, que hablaban lenguas no entendidas por los españoles. Los europeos llamaron indios a aquellos naturales.
Tenían los indios gran cantidad de oro en muy diferentes formas, como brazaletes, petos y muñecos de extrañas figuras; gran copia de plata y no pocas esmeraldas. Los españoles les quitaron a los indios todo eso.
El oro y la plata se encontraban en ciertos parajes de las montañas llamados minas. Como esos metales se hallaban íntimamente mezclados con las rocas, era muy difícil obtenerlos. Los conquistadores forzaban a los indios a trabajar en las minas sin remuneración alguna, no les daban siquiera alimentación suficiente; así era que lo pobres indígenas sufrían horriblemente, a tiempo que los españoles se enriquecían.
El oro y la plata que producían las minas eran enviados a España. De distintos puntos del país se acopiaban en Cartagena grandes cantidades de metales preciosos. Para guardar esos tesoro; mientras se enviaban a España, había sido fortificada la ciudad y se la había guarnecido con no escasas tropas.
En aquellos tiempos no eran conocidos los buques de vapor; sólo existían los barcos de vela, construídos de madera íntegramente. Había también muchos buques provistos de artillería, llamados piratas o bucaneros, que asaltaban los barcos mercantes para robarles cuanto podían.
Sucedió uno de esos días que en Cartagena custodiaban un enorme
tesoro de oro y plata en barras, de perlas y de esmeraldas,
mientras llegaba la real orden para remitirlo a España. Lo supieron
los piratas y formaron el propósito de asaltar a Cartagena para
llevarse el tesoro que allí guardaban.
II
Los cartageneros vivían tranquila y pacíficamente. El clima es allí caluroso durante todo el año. En esa parte del globo no hay estaciones; la nieve es desconocida y las plantas están siempre verdes Los habitantes de regiones como aquella son muy poco activos en general.
Los soldados imitaban a los paisanos, hacían el ejercicio reposadamente, sin fatigarse El cielo estaba siempre límpido y azul, las aguas de la bahía, casi inmóviles, besaban con blandura las amarillas arenas de la costa, sin ruido ni rumor. El viento apenas rizaba la bandera que se erguía en el castillo más próximo al mar.
Un día el centinela creyó que, allá lejos, donde se juntaba el cielo con las aguas, veía un punto que podía ser tal vez un barco, tal vez una nubecilla. Al principio el centinela, que estaba amodorrado con el calor del mediodía, prestó muy poca atención. Algunos instantes después vio, sin embargo, que aquello no era una nube sino un buque que se aproximaba a la entrada de la bahía. Dióle aviso inmediatamente al comandante del puerto.
-¿Qué bandera traen? -preguntó el comandante.
-Me parece que no traen bandera ninguna; pero no lo sé de fijo, porque todavía están bastante lejos.
-Que se dispare el cañón, pues debemos saber quiénes son ellos.
Se dio la señal ordenada Ya podían verse los buques perfectamente; eran diez en número, de distintos tamaños, y no enarbolaban bandera alguna.
Por dos veces se repitió la señal, disparando el cañón. Los buques no se dieron por advertidos y siguieron avanzando.
El comandante, ya inquieto, tomó el anteojo y miró. Por la forma y el aparejo conoció que los buques eran extranjeros, que estaban artillados y que traían numerosos tripulantes, de mala catadura y con pistolas y sables al cinto.
A bordo de los buques se advertía mucho movimiento; los soldados
cargaban los cañones; no había duda que se disponían a atacar la
ciudad. Evidentemente eran piratas.
III
La campana de la torre tocó a rebato en el castillo delantero; pronto se echaron a vuelo las campanas de las torres en los demás castillos. Y en las murallas, en los fuertes y en las calles, resonaron las trompetas llamando a las armas a los soldados y a los ciudadanos.
Todo el mundo abandonó al instante sus quehaceres: panaderos y matarifes, sastres y albañiles, zapateros y ebanistas, agricultores, dependientes y tenderos, viejos y jóvenes, hombres y muchachos, todos los que podían llevar un fusil o prestar ayuda en las baterías, se echaron a la calle para correr a ocupar sus puestos en las murallas y en los castillos que daban frente a la bahía. Las mujeres se congregaron en las iglesias a llorar y a rezar por sus maridos, sus hijos y sus hermanos.
Adiós reposo, adiós quietud de la pacífica ciudad. Las trompetas, las campanas y los gritos de la multitud ensordecían los aires.
En las murallas y en los castillos fronterizos, los cañones se volvieron hacia los buques y apuntaron. El comandante dio la voz y abriéronse los fuegos. Pero los buques piratas seguían avanzando como bandada de grandes aves negras.
Los piratas contestaron los fuegos bien pronto; los flancos de sus barcos resplandecían y tronaban. Sobre la ciudad, las murallas y los castillos, caían grandes y rojas, las balas de cañón; muchas de ellas estallaban al caer y esparcían una lluvia de metralla.
Los campanarios venían a tierra; los edificios se incendiaban, y por las calles discurrían a escape los caballos heridos, locos de dolor.
Bajo el nutrido fuego de los piratas caían hombres por todas partes. Gran número de heridos y moribundos eran retirados de la línea de batalla y llevados lejos de la costa.
Los buques estaban ya muy cerca, y a cada instante el combate era más encarnizado. Los piratas también habían sufrido enormemente; algunos buques tenían mástiles rotos y caídos, cubiertas despedazadas, cascos perforados. No obstante se preparaban con brío para hacer un desembarco, protegidos por el fuego de sus cañones. Se veían soldados embarcándose en los botes, para dar un asalto a la ciudad.
En aquel momento el comandante en persona tomó el cañón, hizo blanco en el más grande de los buques filibusteros, y disparó: la bala hiere el casco justamente en la línea de flotación, ábrele una brecha enorme en el costado, precipítanse dentro las aguas y el buque empieza a hundirse sin demora. No tuvo tiempo la tripulación de hacer esfuerzo alguno para salvarlo: el buque se hundía irremediablemente. Luégo se inclinó sobre un costado, y en pocos minutos desapareció bajo las aguas. Ni aun los topes de los mástiles quedaron visibles sobre el remolino que formó al hundirse.
De las murallas y de los castillos surgió un estruendoso clamor de regocijo, y súbitamente callaron los fuegos de una y otra parte.
Los bucaneros quedaron aterrados, y sólo pensaron en la fuga; viraron de bordo y gobernaron hacia el océano, dejando atrás, en el fondo de la bahía, el mejor de los buques con todos sus tripulantes y con el jefe de la expedición.
El combate había durado más de tres horas. Los mejores edificios
de la ciudad quedaban en ruinas o seriamente averiados, y muertos,
heridos o en la miseria, un número enorme de soldados y paisanos.
La victoria fue costosa.
IV
Pocas semanas después de aquellos tristes sucesos, el pueblo se reunió y elevó una petición a su amo y señor el Rey, la cual le fue enviada a su palacio de Madrid, en España, al otro lado de los mares. En ella, se le pedía humildemente al soberano que hiciese sacar de la ciudad el tesoro cuya custodia les había costado tan cara a los cartageneros, alegando que los piratas podrían rehacerse y volver en mayor número.
Concedió el Rey lo que se le pedía, y envió un poderoso buque de guerra, El Galeón, de tres palos, cuatro puentes y doscientos cañones, a que llevase de Cartagena a España el oro, la plata, las perlas y esmeraldas que tanto atraían a los bucaneros. Contentísimas se pusieron las gentes cuando llegó el buque a Cartagena, e inmediatamente llevaron el tesoro a bordo y lo depositaron en la bodega. Además del Tesoro, el buque tomó abundante carga de varios productos indígenas: cocos, ñame, cazabe, piñas, pájaros que tenían hermoso plumaje y sabían hablar, monos inquietos, palmas, orquídeas, plantas trepadoras, y muchas otras cosas admirables de las que se producen en los climas ardientes.
Sobre cubierta aquello era un jardín; los mismos cañones desaparecían bajo aquel mundo de objetos extraños y curiosos.
Algunas personas de la ciudad tomaron pasaje en el buque.
Un día, después de recibir la bendición episcopal, dieron la
vela a la blanda brisa y gobernaron mar adentro. En el tope del
palo mayor flotaba la bandera y parecía volverse hacia la costa
para decirle adiós a la ciudad amiga.
V
Unos tras otros pasaban los días de navegación feliz. El barco hendía las aguas suavemente. El cielo de azul profundo y sin una nube; desbordante de luz durante el día, se tachonaba de millares de estrellas durante la noche. Los navegantes pasaban las horas comiendo, bebiendo, charlando y cantando al son de las guitarras y bandurrias. Todo era contento y regocijo a bordo.
Una quincena había corrido, cuando un día el capitán, que se paseaba sobre cubierta acompañado del primer oficial, dijo señalando hacia sotavento:
-¡Hum! Aquella nube presagia mal tiempo.
- Sí, señor; aunque sólo parece una manchita.
-Pues ya se nos viene encima, créalo usted. Baje y vea que todo
esté listo. Que permanezcan abajo los pasajeros y las gentes que no
estén de servicio.

Los pasajeros se rieron de los temores del capitán, cuando lo supieron. El cielo estaba azul y el mar parecía un gran lago.
La nubecilla, sin embargo, fue tomando cuerpo, y pronto comenzó el viento a soplar con fuerza. El buque empezó a estremecerse como corcel que siente el acicate. La nube era ya negra masa amenazante, que obscurecería el horizonte; el viento daba aullidos en las jarcias.
La obscuridad era completa; la lluvia caía a torrentes; las olas parecían montañas, y el barco daba terribles balances, como si fuera a volcarse. Los rayos rasgaban las nubes, franjándolas de vivo fuego deslumbrador. Las velas estaban hechas jirones, y las olas se lanzaban por encima de los puentes con estruendo de caballos al galope.
El furor de la tempestad fue mayor cuando sobrevino la noche. Debajo de cubierta, en los camarotes y salones, se oían plegarias, y sollozos y crujir de dientes. La voz del capitán dominaba el estruendo del temporal, y se oía dando órdenes, sonora y vibrante como una trompeta. El buque había perdido el rumbo e iba arrebatado por la tempestad en medio de las tinieblas; los mares circunvecinos eran peligrosos, y el capitán no sabía hacia dónde iba el buque. No quedaba más sino esperar en Dios.
Repentinamente sucedió una cosa espantosa. El buque entero dio una recia sacudida, procedente de un choque vigoroso, y siguió temblando, como una pluma en el viento: se había estrellado contra una roca a flor de agua y se le había abierto un gran portillo en el costado, por donde se lanzaron hacia adentro en cataratas las aguas con que hasta entonces había luchado el barco tan gallardamente.
-¡Alos botes! ¡A los botes! -gritó el capitán- ¡Nadie lleve nada! ¡Estréchense, estréchense bien!
Todo el mundo obedeció la orden. Unos tras otros iban descendiendo a las hirvientes olas los botes cargados de gentes temblorosas. Pronto quedó el buque solo y sin auxilio, clavado a la roca, sumergiéndose gradualmente.
Los botes se dieron prisa a alejarse del remolino que el buque había de producir al hundirse; llevaban más gente de la que podían contener, y apenas lograban mantenerse a flote. Eran grandes la obscurida, el viento y la lluvia, y a cada momento parecía que iban a hundirse los botecitos.
Al salir el sol calmó la tempestad, el viento empezó a caer y las olas fueron aquietándose.
-¡Bogar con brío! ¡Remar para salvarnos!- ordenó el capitán. En triste procesión, subiendo y bajando por el lomo de las olas, los botes iban siguiéndose unos a otros. El único ruido que se oyó durante todo el día fue el incesante golpe de los remos. Los remeros que se fatibagan eran reemplazados por otros no menos exhaustos y rendidos de cansancio. Todos estaban hambrientos y muertos de sed: algunos chupaban las ropas húmedas, buscando una gota de agua.
Al caer la noche el mar estaba ya en completa calma y el cielo constelado de estrellas brillaba otra vez allá arriba, como en los felices días de El Galeón.
Cuando rayó la luz de la mañana, los náufragos pudieron ver tierra: ante ellos estaba otra vez la vida. Hacia el nordeste, en la brumosa lejanía, se alzaba, como un montón de nubes, lo que para el ojo de los marineros era una isla inequívocamente. La desesperación se trocó en brío. Remaban con tesón, olvidados del cansancio. La tierra se veía más claramente a cada instante; de la memoria huían los tormentos del hambre, de la sed y de una actitud inmóvil, prolongada.
Las verdes montañas y la costa sonriente parecían darles la
bienvenida con alborozo.
VI
Pronto vino auxilio de la costa. Los pasajeros y la tripulación, que no acertaban a creerse salvos, se encontraron en las playas hospitalarias de Trinidad. Desde allí alcanzaron a ver las casas y las iglesias de la ciudad, en medio de las palmeras distantes. Todo aquello les parecía un sueño.
De tal modo les había agotado la ansiedad, que se tendieron en el suelo y se quedaron dormidos, sin poder contestar a las numerosas preguntas que les dirigían.
Pocas horas después volvieron en sí y tomaron algún alimento, con lo cual repararon las fuerzas. El recuerdo, con todo, de los pasados sufrimientos aún gravitaba en sus cerebros, llenándolos de angustia.
-¿De dónde venían ustedes?
-De Cartagena de Indias.
-¿Qué navío?
- El Galeón.
-¿Qué carga?
- Oro, plata, perlas y esmeraldas del Real Tesoro de España.
-¡Eh! ¡Eh! Y ¿cómo se perdió el buque?
- Encallamos en un arrecife a la altura de la Islas de los Caimanes.
-¿Síííí?
A tal noticia se desvanecieron los salvadores: la caridad había hecho plaza a la codicia, y los náufragos, hombres y mujeres, quedaron solos en la playa abandonados a sus propias fuerzas.
Diéronse trazas de llegar a la ciudad, donde las autoridades les
prestaron ayuda y a su debido tiempo los embarcaron para España.
Llegaron, es claro, sin un céntimo en el bolsillo, después de
aquella terrible travesía, en que se fueron a fondo El
Galeón, y los tesoros que llevaba.
VII
Los salvadores habían entrado en conferencia. No era posible dejar
el tesoro debajo de las aguas. En buen tiempo era fácil pescarlo
del fondo del mar. Era preciso no perder tiempo, no fuera que otros
acometieran la empresa, sabiendo como sabía todo el mundo la
situación exacta de los temidos arrecifes de los Caimanes.
Pocos días después se dio a la vela una goleta, tripulada por unos cuantos buzos atrevidos, en busca del tesoro sumergido.
A la hora de partir la goleta había llegado un hombre desconocido pidiendo que se le tomara a bordo. El conocía el secreto de la expedición y exigía una parte en la empresa. Le recibieron a bordo los expedicionarios, temerosos de que, si lo dejaban divulgara la noticia de que un barco había partido para los arrecifes de los Caimanes en busca de las indecibles riquezas que se habían perdido con El Galeón.
La goleta llegó a su destino al segundo día de navegación. Inmediatamente empezaron los sondajes y a poco quedó fijado con certeza el paraje donde El Galeón se había ido a pique.
Los buzos, atados a una cuerda, empezaron a zabullir valientemente en las tranquilas aguas; pero no bien se habían sumergido, cuando volvían a la superficie gritando que los alzaran prontamente a bordo. Decían haber visto un cardumen de tiburones que bullían allá abajo como si guardasen el casco del aportillado Galeón. Parecía, pues, que no habían de realizarse los sueños de ambición.
Así las cosas, el hombre desconocido salió a ofrecer que él haría el trabajo si le ayudaban. Había traído consigo una caja grande, de la cual sacó un equipo sumamente raro. Se componía de pantalones y camisa, hechos de lona gruesa y forrados con una tela fuerte de alambre; para la cabeza tenía una esfera hueca de hierro con tubos o mangueras, para dejar penetrar el aire de arriba, y provista de un orificio cubierto con un cristal, para mirar hacia afuera por allí.
Se vistió con ese equipo y quedó como un monstruo, tosco y pesado. Sujetáronlo del cinturón con una cuerda, y lo sumergieron lentamente en el agua. En la mano llevaba un gran machete.
Un enorme tiburón se precipitó sobre el buzo. Este esgrimió su machete con destreza y lo mató en un abrir y cerrar de ojos. Otros tiburones trataron de cerrarle el paso; pero protegido como estaba por su armadura de alambre, hirió con denuedo a diestra y siniestra, arreó lejos a los tiburones y llegó al casco del buque, donde se ocultaban las cajas con el tesoro.
Ató las cajas con cuerdas que le arrojaron de la goleta, y así las subieron a bordo una por una. Casi un mes de trabajo constante gastaron en la obra; pero al cabo de ese tiempo el tesoro íntegro estuvo a bordo de la goleta.
Diéronse luégo a la vela hacia un puerto lejano y desconocido, llevándose el gran tesoro que los conquistadores habían acopiado en largos años de violencia y de tiranía, y por el cual suspiraba en vano su majestad. Sucede que las riquezas mal adquiridas rara vez aprovechan a quien las acopia.
Los afortunados expedicionarios se distribuyeron el tesoro, dejándole buena parte, por supuesto, al hombre desconocido.
Guardaron el secreto de la expedición los que en ella tomaron parte, y hasta hoy creen muchas gentes que El Galeón con su carga de oro, plata, perlas y esmeraldas, reposa tranquilamente bajo las aguas del mar Caribe, entre Cartagena de Indias y la isla de Trinidad.
