UNA TERTULIA
 

Los señores de León acababan de mudarse a su nueva residencia. Era ésta una espaciosa caverna, situada en lo profundo de la selva y con salida a un gran claro, circuído por un anillo de árboles altísimos. No lejos de allí corría un arroyo bullicioso. El vecindario era selecto, como convenía a gentes tan exquisitas en eso de escoger amigos y convivientes.

Tanto el señor de León como su esposa estaban bastante entrados en años; se conservaban empero fuertes y robustos y todavía sentían los placeres de la vida. Dos hijas que tenían se habían casado felizmente y vivían en otra comarca; el hijo varón, cuyas calaveradas habían ocasionado tantos dolores de cabeza a sus señores padres había acabado por escaparse de la casa paterna, y andaba por esos mundos en amor y compañía de una cierta damisela, hembra fecunda en trazas y en ardides. Por lo bajo se decía que, olvidando lo que pedían su alcurnia y las venerandas tradiciones de su estirpe, se había contratado por un mendrugo en una compañía de animales sabios y andaba por allí, de villa en villa, ejecutando cabriolas indecorosas ante plebeyas multitudes. Pudo la señora de León, madre al fin, perdonarle a aquel mozo sin principios, un sinnúmero de barbaridades contra la moral y la religión; pero madre y todo, no podía ella, no podía, perdonarle aquella última claudicación, que tan mal paradas dejaba las sacras tradiciones de familia. Así fue que resolvió arrojarle de su corazón y de su memoria.

Porque aristócratas lo eran en toda regla los señores de León; en esa materia nadie podía echarles el pie adelante. El más sañoso enemigo habría tenido que confesarles que por muchas centurias habían vivido solamente por la propiedad ajena. Faltas tendrían acaso, pero jamás incurrieron en la plebeya debilidad de pararse ante los pretendidos derechos de otros seres más débiles, y, por tanto, menos encumbrados que ellos.

Desengaños los tuvo el señor de León en la carrera pública. Otros, más listos y menos escrupulosos, se dieron trazas de birlarle honores y posiciones que sin lugar a duda le correspondían a él. De ahí que fuera un poquitín irascible y retraído de vez en cuando.

Por su parte la señora de León se aficionaba cada vez más a la sociedad, con sus deliciosas frivolidades y murmuraciones. Tal diferencia de gustos había ocasionado frecuentes riñas entre ellos; y perdónese que usemos palabra tan vulgar hablando de personas que con tanta rigidez observaban las buenas formas.

La señora de León creía necesario celebrar el estreno de la nueva morada festejando con una tertulia a unos cuantos amigos íntimos; pero... ¿y su marido? Cargara el diablo con aquellas extrañas ideas de retraimiento, necedad pura, a las cuales no podía ni quería ella someterse buenamente.

Una tarde, aprovechando aquel soporcillo de sobremesa que tan propicio le había sido en otras ocasiones, empezó a decir la dama:

- Leoncito mío, ¿te sientes bien?

El señor de León, que estaba medio dormido no contestó.

- Mi dueño -dijo ella un poco más recio-, dueño mío...

- Bien, bien; ¿y qué se ofrece?

-¡Oh! nada; me ocurre que...

- Ojalá no vinieras a marearme ahora. Ya sabes que no puedo volverme a dormir cuando me interrumpen la siesta.

- Lo siento mucho. Pero quería decirte...

-¿Qué?

- Pero ¿ estás bien despierto?

- Vaya si lo estoy. ¿De qué se trata?

La señora de León, como veterana que era, sabía muy bien que con un ataque súbito se obtiene a veces éxito completo.

- Estaba pensando en la tertulia de estreno...

Había estallado la bomba. Sería penoso describir la escena que vino en seguida. El iba olvidándose de sí mismo: le dijo que ya ella no era joven, que había perdido sus antiguos encantos, que ya estaba para recatarse y no para andarse exhibiendo, que era frívola y que sólo pensaba en la chismografía ociosa y malévola. La dama lloró amargamente, dijo que quisiera morirse, y, después de todo, acabó por salirse con la suya, pues el marido tuvo que ceder ante tales argumentos. Quedaron, pues, convenidos en que la tertulia se llevaría a cabo en una fecha próxima.

La tarde del día señalado, los señores de León, a pesar de una ligera disputa conyugal, se hallaban dispuestos a darles la bienvenida a sus huéspedes; y no parecía sino que aquel matrimonio fuera emblema vivo de la amorosa ternura y la felicidad perfecta.

- Allí viene aquella vieja bruja -murmuró la de León, refiriéndose a doña Jirafa-. Ojalá que tú no hubieses insistido en invitarla.

- Me parece muy buena persona y muy amable.

- ¡Oh! sí; ya sé que así te lo ha parecido siempre. No tengo tan poca memoria como tú crees. Eso podía pasar cuando éramos jóvenes... Apenas se le murió el marido perdió por completo la vergüenza esa zanquilarga, pescuezo de violín, vieja manchada.

- Cállate, hija -interpuso él-, que puede oírte.

- Bien venida, querida mía -dijo la de León saliendo al encuentro de doña Jirafa-. Cuánto celebro verla; y qué linda está usted; encantadora a fe mía. Temí que no viniera; y las dos amigas reían como en sus mocedades. Sentáronse juntas y, echando en olvido al señor de León, charlaban de lo lindo y hacían todo género de comentarios sobre los contertulios, que ya empezaban a llegar en número crecido.

Se presentaron el señor de Toro y su esposa, Vaca de Toro, acompañados de don Buey, hermano del primero.

No puedo sufrir a esta familia -dijo la Jirafa-. ¿Por qué no dejarán en casa a ese tío? Viejo más tonto.

-¿Se refiere usted al Buey? Es un pobre viejo bonachón.

- Sí; pero poco interesante. Dicen que ara.

- Después de todo, es perfectamente inofensivo.

Pronto estuvieron reunidos todos los convidados. El señor de León se mostraba obsequioso con todo el mundo y dejaba caer aquí y allí frases y miradas cariñosas, que habían de ser recogidas y guardadas como oro en paño, por los afortunados a quienes se dirigían.

Pasados los primeros saludos y las presentaciones de estilo, pudo notarse que no era grande la animación de la tertulia.

Don Elefante había traído consigo a su hijo menor, niño todavía, pero más acorpado ya que la mayor parte de los individuos presentes. Era un poco zurdo el jovencito y andaba empujando y atropellando a todo el mundo.

Don Rinoceronte, silencioso e insociable, se paseaba solo de una parte para otra, asustando a las gentes con aquel su cuerno que parecía una lanza.

El coronel Tigre, celoso de la popularidad que tenía el dueño de la casa, discurría por allí soltando cada chisme para dar miedo: que si la austeridad de él era mera filfa; que si su señora era frívola hasta dejarlo de sobra; que si marido y mujer se andaban a la greña.

La familia Oso estaba positivamente fastidiada, y se habría retirado desde luego, si no hubiera temido ofender a la dueña de la casa, que no perdonaba con facilidad.

El doctor Pollino miraba a todas partes, tomando las cosas y las personas con cierta socarronería, como filósofo que era.

El licenciado Zorra, que fue sin su familia, se ocupaba en tomarle el pelo al respetable señor Oso. Fingiendo que no lo veía, le pasó la cola por las narices y lo hizo estornudar violentamente. A no ser por don Elefante, que a tiempo interpuso su ponderosa personalidad, hubiera pasado mal rato el licenciado Zorra, pues el agraviado era persona que montaba en cólera siempre que estornudaba.

Míster Chimp y missis Chimp estaban allí con sus chiquillos, los cuales, para consternación del padre, se divertían en arrojarles nueces, desde los árboles a donde habían trepado, a las personas que estaban a su alcance. No podía míster Chimp, sin comprometer gravemente su dignidad, que era el tesoro de la familia, encaramarse por esas ramas a castigar personalmente las barrabasadas de su prole; y es el caso que la tal prole había ofendido, haciéndoles puntería al rostro, a personas tan respetables como don Buey, doña Jirafa y la misma señora de León.

Atenta a sus deberes anfitriónicos, decidió la de León organizar algún agradable pasatiempo en que tomasen parte cuantos se hallaban presentes. Y para el caso le ocurrió una idea magnífica. ¿ Qué más sino organizar allí mismo un concierto, en el cual habían de tomar parte todos los concurrentes, cada cual a su modo?

- Doctor -dijo luégo-, voy a organizar un coro. ¿Cuento con usted?

- Señora -contestó Pollino-, rebuznaré según mi leal saber y entender.

-¿Y usted, don Buey?

- Ruborizándose ligeramente, prometió él que mugiría.
 


 

- A ver, a ver; a ensayar un duo.

- Ji- joo- ji-joo. Múu-múu.

-¡Encantador! -exclamó la de León-. Esperen ustedes un momento, mientras veo que otros amigos los acompañen.

A poco estuvo completo el coro. A los artistas mencionados, que debían mugir y rebuznar, se agregaron el señor de Caballo, peritísimo en punto de relinchos, y el venerable señor Oso, a quien correspondió la parte rugiente. En los pasajes de fuerza debía apoyarlo el anfitrión, inducido a tales gallardías por doña Jirafa, la cual convino con mucha esquivez en dar chilliditos de tiempo en tiempo. A los Chimps, les correspondió la parte declamatoria, melopéyica, como si dijéramos. Zapaquilda y Micifuf, postreros pero no últimos, adularían el oído con los cantos de amor de sus floridos años. Don Elefante iba a ser director de orquesta; la trompa le serviría de batuta.

Antes de empezar el concierto, el señor de León, en nombre suyo y en el de su esposa, les dio las gracias a los concurrentes, en breves y escogidas palabras, por el honor que les dispensaban, y manifestó la esperanza de que quisieran frecuentar la casa en lo porvenir.

Don Elefante levantó la trompa y dio la señal de comenzar.

- Ji-joo-ji-joo, múu-múu; y los demás fueron ingresando en el coro, esforzándose cada cual por hacer cuanto sus alcances le permitían.

El efecto fue sorprendente. Aquello formaba un estrépito aterrador, un alboroto que ponía espanto en los mismos ejecutantes del concierto. Ninguno de ellos se atrevía a callar: cada cual quería ensordecerse con su propia voz, para no escuchar la voz de los demás.

El miedo, que iba en crescendo, comenzó a producir el efecto de un incendio incontenible. Todos absolutamente todos, perdieron la serenidad y, dominados por el terror, apelaron a la fuga; a una fuga vertiginosa, a una fuga cuya velocidad no tuvo más límite que la agilidad de las piernas...

La tertulia tocó a su fin. Sólo el doctor Pollino conservó la sangre fría y permaneció en su puesto rebuznando con serenidad triunfal, cuando todas las otras voces se habían extinguido ya. Los señores de León, no bien vueltos de su espanto, yacían acurrucados en el más recóndito rincón de la caverna, y el rebuzno seguía vibrando, triunfador y supremo; voz grande y única en los mundos del sonido.

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