LA TIERRA DE EL DORADO
 

He aquí la historia del lago Místico.

He aquí la historia del príncipe que recubría su cuerpo con polvos de oro -allá en tierras muy lejanas y en muy lejanos días-, y a quien los conquistadores dieron el nombre de El Dorado.

He aquí la historia de la gran Catarata, que aún sigue cayendo y tronando, en memoria de lo acaecido en tiempos tan remotos.
 

I
 

El pueblo chibcha vivía en una llanura extensa situada en el corazón del vasto continente sudamericano. La llanura se halla en aquella parte del globo donde los rayos del sol caen vertical mente como el agua de las nubes. Esa parte de la tierra se llama los trópicos. Hace allí mucho calor, y no hay invierno nunca.

En la tierra de los chibchas el calor no era tan grande, porque ellos vivían en una meseta, que es una llanura en la cumbre de las montañas. Los chibchas habían sido muy ignorantes en otros tiempos: no sabían cultivar la tierra ni construír habitaciones cómodas; vivían pobres y hambrientos; se alimentaban con frutas y raíces, con pájaros y cuadrúpedos que mataban con sus flechas, y con peces que cogían en sus redes. Apenas tenían con qué cubrirse el cuerpo. Eran lo que se llama salvajes.

Los chibchas eran indios de baja estatura, piel amarilla y nariz achatada.

Un día apareció entre ellos un hombre blanco, de barba dorada. Venía ataviado con vestidos que le cubrían todo el cuerpo, y era benévolo y generoso.

Pronto supieron que se llamaba Bochica. El les dijo que había un ser superior, un Dios cuyo nombre era Zoé, el cual había creado los hombres, los animales, las plantas, las rocas, el agua, el aire y cuanto existía en la tierra, los ríos y los lagos, y todo cuanto se veía, como el sol, la luna y las estrellas. Díjoles también que Zoé había dispuesto el curso de las estaciones, el movimiento de los astros y el destino de los hombres, es decir, la vida y la muerte, el dolor y la dicha.

En un principio los chibchas no comprendieron lo que todo aquello significaba, pues el entendimiento de ellos era como el de los niños, para quienes cada día del año y cada hora del día trae una nueva sorpresa. Poco a poco, empero, esas ideas comenzaron a ser más claras para ellos Y entendieron, hasta cierto punto al menos, que había un Ser Supremo, creador y ordenador de todas las cosas visibles e invisibles.
 

II
 

También les enseñó Bochica el arte de cultivar la tierra. Mostróles que las semillas sembradas en ciertas épocas del año, reventaban en plantitas menudas que, nutridas por la tierra y por las lluvias, y calentadas por el sol, iban creciendo en tamaño, y con el tiempo producían frutos, los cuales cogidos en la madurez, proveían de alimentación segura a los sembradores. Instruyólos asimismo en la manera de guardar sus frutos para que durasen hasta la cosecha próxima, redimiendo a sus dueños del hambre y de la miseria.

De Bochica supieron las gentes que hay muchas plantas de cuyas hojas y tallos se pueden extraer ciertos hilos, llamados fibras, que aprendieron a torcer y a tejer en forma de telas, para hacerse vestidos y cubrirse el cuerpo. Entonces supieron los chibchas que de cierto arbusto llamado algodonero podían coger una lana natural, propia para hacer telas y frazadas.

Adoctrinados por Bochica, comenzaron a construír casas de bahareque; clavaban estacas en el suelo; llenaban los espacios intermedios con barro, el cual, secado por el sol, formaba las paredes; y cubrían los techos con paja, como resguardo contra el sol y las lluvias.

Bochica les enseñó asimismo a construír redes más adecuadas que las que tenían para coger los peces en los lagos y en los ríos y a construír mejores arcos y flechas para matar la caza en los bosques y los pájaros en el aire.

Así fue que la vida de los chibchas cambió de aspecto completamente al cabo de poco tiempo, y porque ya tuvieron vestidos, casas cómodas y abundancia de alimentos. En todas direcciones crecían las sementeras de granos, y las gentes vivían satisfechas y felices.


III


No se limitaban a lo dicho las enseñanzas de Bochica: enseñóle también al pueblo la ley de amor y caridad; ordenóles que guardasen la paz entre sí y con los vecinos; que a cada cual se le respetase como propio lo que ganase con su trabajo; que contribuyesen todos y cada uno al bienestar de los demás; y que obedeciesen a sus soberanos y respetasen las leyes establecidas para el gobierno de la comunidad.

Bochica les aseguró que en cuanto viviesen de acuerdo con lo que les había enseñado, serían felices y gozarían de la protección y bendiciones de Zoé, el supremo gobernador del mundo; y que, al contrario, si no eran justos y virtuosos, si olvidaban el culto de Zoé, si eran crueles y orgullosos y perversos, el castigo de Zoé recaería sobre ellos.


IV


Después de haber conducido al pueblo de la pobreza a la holgura, de la ignorancia al conocimiento de las artes que habían de hacerlo rico y feliz, Bochica desapareció sin que nadie supiera a dónde ni cuándo se había marchado.

Los chibchas recordaron sus enseñanzas por largo tiempo. Su riqueza aumentaba todos los días, edificaban aldeas y ciudades, consagraban templos a Zoé, el todopoderoso, y comerciaban con los pueblos vecinos, cambiando sus tejidos por lo que esos pueblos podían suministrarles, que era oro principalmente.

Pronto aprendieron a trabajar el oro y a hacer dijes y adornos con que alhajaban sus personas o que llevaban como ofrendas a los altares de los templos.

Sostuvieron varias guerras con sus vecinos y salieron victoriosos; extendieron sus dominios al este y al poniente, al sur y al septentrión, y el imperio llegó a ser próspero y grande.

Con el correr de los años, sin embargo, y por la riqueza y la prosperidad, los chibchas se tornaron orgullosos y dominantes; fueron crueles, olvidaron el culto de Dios y se dieron a la embriaguez.

Los reyes no daban buen ejemplo a los pueblos antes bien superaban a los súbditos en vicios y crueldades.

Habían olvidado por completo las enseñanzas de Bochica en cuanto se refiere a la conducta de la vida diaria.


V


Y sucedió que cayó sobre ellos el castigo anunciado por Bochica. Según se ha dicho, el Imperio chibcha estaba asentado en una gran llanura, en la cumbre de altísimas montañas. Alrededor de la llanura se alzaban cadenas de otras montañas aún más altas, de suerte que aquélla formaba un valle cerrado por todos los costados. Por el centro del valle corría un hermoso río, al cual se juntaban numerosas corrientes que venían de distintas direcciones.

Un día se desataron con violencia las lluvias sobre la tierra. Vino otro día, y otro, y otro y la lluvia seguía cayendo de manera nunca vista hasta entonces. Hincháronse el río y los torrentes, y salieron de madre, y empezaron a cubrir la tierra. El nivel de las aguas iba subiendo gradual y continuamente. Inundáronse los campos, las casas estaban cercadas por las ondas, y no había palmo de tierra que no estuviese sumergido bajo las aguas. Y la lluvia seguía cayendo y los torrentes recorrían el valle embravecidos e incontrastables.

Ya se inundan las casas de los hombres y las aguas siguen subiendo, subiendo cada vez más arriba. Las gentes despavoridas abandonan sus moradas del valle y trepan a las colinas cercanas. Pero las aguas no dejan de ascender, y la llanura es un vasto lago bajo el cual han desaparecido las casas, los templos y los árboles; y las aguas siguen subiendo, subiendo, subiendo, cada vez más arriba.

Ya alcanzan las primeras colinas donde los habitantes se han congregado y los obligan a trepar por los costados de las montañas mayores; pero el ascenso de las aguas no se detiene y las colinas se sumergen luégo y las gentes se refugian en las cimas de los más empinados montes. La lluvia continúan cayendo con la misma violencia del primer día.

Las gentes carecían de albergue y de alimento no sabían hacia dónde ir, y las aguas, crecientes y amenazadoras, las perseguían palmo a palmo hasta en su último refugio.

Entonces entendieron que aquel diluvio era el castigo predicho por Bochica y enviado por Zoé, en pena de tantos vicios y pecados. Y en su tribulación volvieron los corazones a Bochica, el Maestro y Protector. Y oraron con angustia y le rogaron que los salvase de la muerte.

Y he aquí que las negras nubes que cubrían el cielo se rasgaron de pronto, y un torrente de luz, de esa amada luz del sol, que ellos no veían desde el principio de la inundación, vino a caer sobre las turbias aguas y sobre la consternada multitud.

Y Bochica se dejó ver allá arriba entre las nubes; su faz bondadosa resplandecía como los rayos del sol. En la mano llevaba un báculo de oro, que era como el cetro de un rey.

Bochica les dijo a los chibchas que Zoé, apiadado de ellos, les concedía la vida, y que aquella inundación debía recordarles a ellos, a sus hijos, y a los hijos de sus hijos, los deberes que tenían para con Dios y para con los otros hombres. Luégo descargó sobre la cumbre un poderoso golpe con su cetro de oro; la montaña se abrió en pavoroso abismo, y por allí se lanzaron rugientes las aguas del inmenso lago, para venir a caer, tras de aquel salto furioso, en un hondo valle más allá de las montañas, formando una cascada maravillosa que hace estremecer los ámbitos con su rugir de trueno. Blanca como nube de incienso, surgió del fondo una columna de vapores, sobre la cual, al ser tocada por los rayos del sol, estallaron todos los colores del arco iris.

Tal fue el origen de la poderosa catarata, testimonio presente de aquella inundación formidable y de la hora en que Zoé escuchó las plegarias de su pueblo y le salvó de la destrucción.

El lago comenzó a mermar; de un modo lento y constante, tal como habían subido, las aguas fueron bajando, y a los pocos días la tierra volvió a estar completamente seca. Los chibchas reedificaron sus casas y sus templos, cultivaron los campos como antes, y en la memoria guardaron el recuerdo de los días terribles en que su nación entera estuvo a punto de perecer.


VI


Al retirarse las aguas dejaron en pos de sí una laguna, a más alto nivel que la llanura, en una cuenca de las montañas que habían sido sumergidas por la inundación. Allí quedó para recordarles a las generaciones futuras, el gran lago que en aquel tiempo cubrió toda la llanura.

El rey y los sacerdotes le dijeron al pueblo que la laguna era sagrada, y que Zoé la había coloca do allí, a la vista de todos, como prueba de su poder.

La laguna vino a convertirse en un santuario, al cual hacía peregrinaciones anuales la nación entera. Allí se celebraban grandes fiestas religiosas, y todos, ricos y pobres, nobles y pecheros, traían ofrendas que eran arrojadas a las aguas.

El rey en persona dirigía la ceremonia. Sentado en su trono, era conducido al lago por los súbditos, quienes se turnaban para llevar a hombros la pesada estructura donde el trono estaba colocado, y así recorrían las varias leguas que había desde el palacio hasta la laguna. El pueblo todo iba en pos del rey, cantando himnos religiosos, en interminable procesión de miles y cientos de miles.

Al llegar al lago, la multitud se desparramaba por las riberas y venía a formar una muralla viviente alrededor de las aguas sagradas. Hacíanse grandes hogueras, donde se consumían plantas resinosas de aroma penetrante; en el aire flotaba una como nube de incienso. Resonaban cuernos y trompetas, y por el ámbito se dilataban los cánticos sagrados.

Desnudándose de sus vestiduras, el rey se ungía el cuerpo con un aceite vegetal, extraído de ciertas plantas que crecían en la llanura. Luégo se revolcaba repetidas veces en un lecho cubierto de una gruesa capa de polvos de oro. Estos se le adherían al cuerpo, aglutinados por el aceite con que estaba ungido; de suerte que al levantarse el príncipe parecía una viva estatua de oro, que refulgía a la luz del sol.

Para no verlo, pues era grave pecado que ojos humanos se posaran sobre el dorado monarca, las gentes volvían las espaldas al rey y a la laguna.

Acercábase el príncipe a las aguas, donde le esperaba una balsa hecha de las cañas que crecían alrededor del lago. Sobre la balsa había un montón de dijes, brazaletes, zarcillos, petos e ídolos de oro; había también gran número de esmeraldas, que procedían de unas minas próximas a la tierra de los chibchas, y que éstos adquirían por tráfico o en sus guerras con los pueblos confinantes.

El rey subía solo a la balsa y remaba con lentitud aguas adentro. Llegado a la parte central de la laguna, iba arrojando, una a una, las ofrendas de oro y las piedras preciosas, al fondo de las aguas. Entretanto las gentes de la ribera, siempre con las espaldas vueltas a las aguas, arrojaban hacia atrás sus propias ofrendas consistentes también en oro y piedras preciosas.

Cuando todas las ofrendas habían sido arrojadas al lago, el rey se sumergía bajo las aguas, y dejando en ellas el polvo que le cubría el cuerpo, volvía luégo a la balsa. El lugar donde se sumergía el rey quedaba señalado por una mancha de amarillo vivo, que hacía brillar las ondas como si fueran de oro fundido.

Luégo volvía remando a la ribera.
 



Entretanto las hogueras ardían gloriosamente; el humo perfumado, como nube de incienso, robaba la luz del sol, y los ecos resonaban ensordecidos por el estruendo de los cánticos, de los cuernos y de las trompetas.

Terminada la ceremonia, el rey y los vasallos se entregaban a la alegría, y la bebida nacional, que era un fermento de maíz, corría entonces a torrentes.

Después de dos o tres días de universal jolgorio, el rey era reconducido por sus súbditos a palacio. No era el regreso tan ordenado y solemne como lo había sido la marcha a la laguna.

La ceremonia tenía lugar, según se dijo antes, una vez por año.

Estos sucesos sucedieron hace siglos, antes de que América fuese descubierta, y cuando los europeos aún no sabían nada de su existencia.

Fueron los españoles los primeros europeos que arribaron a las costas del continente sudamericano. El primer pueblo indígena que encontraron tenía vagas noticias de la gran nación chibcha, la cual vivía cientos de leguas hacia el sur. Se hablaba de ella como de un imperio próspero, cuyos habitantes eran ricos, sabios y diestros en las artes de la paz y de la guerra. Allí supieron los recién llegados que el rey de los chibchas se cubría el cuerpo con oro en polvo y se sumergía luégo en las aguas de una laguna sagrada, que, además arrojaba allí alhajas de oro y que sus vasallos hacían lo mismo.

De allí vino el nombre de El Dorado.

Como eran muy vagas las noticias en cuanto a donde estaba situado el imperio chibcha, no sabían los españoles ni los otros europeos que oyeron hablar del lago Místico y del Rey Dorado, en qué dirección precisa habían de dirigirse para encontrar aquel pueblo tan rico y aquella laguna en donde debía hallarse un tesoro invaluable, acumulado allí en el transcurso de los siglos.

Muchos y muy audaces exploradores partieron en todas direcciones, al través de selvas intrincadas, por sobre altísimas cadenas de montañas, a lo largo de ríos caudalosos y de valles interminables, abriéndose paso con las armas por entre tribus salvajes y hostiles, en busca de la tierra de El Dorado: que está en la naturaleza de los hombres atropellar por todo peligro y ponerles el pecho a las más arduas empresas cuando la sed de oro los guía.

El imperio fue descubierto al cabo por un atrevido explorador español. Quedaron vencidos los chibchas y fueron súbditos del rey de España; perdieron sus riquezas juntamente con su libertad. Así cayó el país de El Dorado bajo la dominación española.

El lago Místico fue descubierto; pero bajo sus aguas yacen todavía los tesoros que allí fueron arrojados. Parece que Zoé y Bochica velan sobre ellos; vanos han sido cuantos esfuerzos se han hecho para rescatarlos; el lago Místico guarda fielmente las ofrendas de un pueblo que fue poderoso y cuyos días de gloria se pierden en un pasado remoto.

La leyenda de El Dorado atrae todavía a los hombres hacia el lago Místico, sentado allá en la cuenca de una cima, en el corazón del continente sudamericano, donde el sol ecuatorial engalana a la tierra con la verdura de una primavera perpetua.

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