MINA Y BILI
 

Bili, pajarillo joven, había volado toda la mañana sin rumbo y sin objeto fijos. Sentíase triste y solo, muy solo.

Vio una pajarilla, que, como él, andaba volando sola.

Acercóse a ella y la siguió en silencio. Bili quería decirle algo, pero no se atrevía. Cobrando valor, al fin, balbuceó: -¿Puedo... volar... contigo?- Como no obtuvo respuesta alguna, repitió la pregunta.

-Pues si quieres... -contestó ella sin volver a mirarle.

Bili se acercó más a su compañera. Después de un largo silencio, Bili preguntó:

-¿Cómo te llamas?

-Me llamo Mina.

-¿Qué nombre más bonito!

-¿Te parece? -dijo Mina volviéndose a él por primera vez.

-¡Oh! sí, ciertamente.

Mina y Bili siguieron volando sin hablar por largo rato. Luégo dijo Bili:

-Hagamos un nidito juntos.

Mina se sintió turbada. Al cabo dijo:

-¿Y tú sabes hacer un nido?

-Por supuesto que sí, y ya se dónde hacerlo.

-Bueno, y ¿dónde?

Bili le contestó al oído:

-Allá en el campanario de la iglesia.

-¡En el campanario! ¡Por cierto! Eso es absurdo. Bonita protección contra la lluvia y el sol. ¡Campanario! ¡Qué gracia!- No podía estar más irritada.

-No te enojes; no lo dije por mal.

-Verdad, pero eso no quita que sea una tontería.

-Conozco otro punto mejor -dijo Bili.

- ¿Cuál?

-Sé que te gustará. ¡En... el techo... de la escuela!

-¡La escuela! ¡La escuela! -gritó Mina alejándose de él-. Peor que peor. ¿No ves que los chiquillos no nos dejarían en paz? ¡La escuela! ¡Qué gracia! No cuentes conmigo.

Bili se sintió profundamente desgraciado. No sabía qué decir. Al fin insinuó con humildad:

-Tal vez tú podrías...

-¡Oh sí, tal vez. Lo mismo de siempre. Ustedes los hombres se lo saben todo. Nosotras no tenemos voz ni voto en nada.

-Mina, por Dios, te ruego que...

-Yo conozco un lindísimo sitio en la copa de un árbol del parque, cerca del lago, sobre la avenida central. Esta mañana no tenía dueño todavía, pero será fortuna que no tenga dueño ya.

Dicho esto tendieron el vuelo hacia el parque, yendo Mina delante, con toda la rapidez que les era posible. El sitio estaba libre todavía. Mina tomó posesión de él temblando de puro gozo. Luégo dijo:

-No perdamos tiempo.

Y pusieron manos a la obra. Ella se quedó en el árbol cuidando el sitio y él se fue a buscar con qué fabricar el nido. Trabajaron con tesón y al caer la noche ya estaba el nido terminado. Ya tenían casa propia. Después de la labor del día se sentían muy cansados y se quedaron dormidos inmediatamente.

Mina fue la primera que despertó al despuntar el sol.

-¡Bili! -dijo- ¡Bili! ¡Biiili!

-¡Ah! ¿dónde... dónde estoy? ¡Ah!, sí, ya me acuerdo. ¿Qué hay, Mina?

- ¿Qué hay, Bili?

En los árboles vecinos vieron otros pájaros en sus nidos; pájaros que revoloteaban alrededor o que estaban posados en las ramas; pájaros que cantaban al son naciente; y pájaros, en fin, que después de bañarse en los pozos vecinos, dejaban secar sus alas extendidas.

-Qué pereza tengo.

-No importa, Bili. No tenemos gran cosa que hacer. Y ambos se quedaron en el nido, dorado por los rayos del sol.

Mirando las anchas calles que pasaban por debajo de los árboles, dijo Bili:

-Allí viene el aya de Sonny con otro niño.

-Ese es Sonny -dijo Mina volviendo a mirar.

-Pero Sonny tenía rizos y este niño no los tiene.

- ¿Y acaso los rizos no pueden cortarse?

De ese modo supo Bili que era inútil disputar con Mina. No volvió a intentarlo nunca y la paz reinó en el nido.
 

 

Todos los días volaban juntos en busca de alimento. A menudo pasaban cerca del campanario y de la escuela; pero nada decía Bili, pues el árbol del parque estaba infinitamente mejor.

Cierto día apareció un huevo pequeñito en el nido. Al siguiente hubo otro, y otro luégo, hasta que fueron cuatro. Bili tenía que salir entonces solo y traer el alimento para Mina. Ella se quedaba calentando los huevos.

Al volver una tarde, halló Bili en vez de cuatro huevos cuatro pajarillos que le llamaban papá. Su corazón rebosaba de alegría.

Por varios días tuvo Bili mucho que hacer para alimentar a la madre y a los cuatro chiquillos. Pronto, sin embargo, tuvieron fuerzas para ensayar el vuelo, alrededor del nido primero, de rama en rama después, luégo al árbol vecino, hasta que al fin pudieron volar largos trechos en compañía de sus padres.

Un día dijo Bili:

-Ya se aproxima el frío, los árboles van a perder sus hojas y la tierra se helará. Es preciso que nos vayamos a más templados climas. Al día siguiente Mina, Bili y los cuatro pajarillos se unieron a una banda de pájaros que se cernían en las alturas como una enorme letra V. Dejaron atrás el parque, el campanario de la iglesia, la escuela, los campos, las florestas y las montañas, y desaparecieron como una nube en los cielos. Cruzaron el océano y llegaron a un país donde el invierno es desconocido y donde los árboles están siempre verdes y cubiertos de follaje.

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