MORGAN*
 

Ibamos cuatro. Enrique mi primo; mi secretario Andrews; Fermín y yo. El tren había llegado a Facatativá a las tres de la tarde. Aún quedaba tiempo para llegar a Agualarga antes de que cerrara la noche. Muy pronto estuvieron ensilladas las bestias y despachadas las cargas de equipaje, con arrieros de confianza, emplazados para encontrarse con nosotros en Honda. Cuando salimos del pueblo y la emprendimos por la reseca carretera, en que las ruedas de los carros habían dejado huellas que parecían cicatrices, el sol caía de soslayo, bañándonos el rostro por debajo de las anchas alas de los jipas. Parecía en un principio que fuéramos los únicos seres vivientes en aquel camino; luégo encontrábamos frecuentes partidas de arrieros, que echaban pasto y caña de maíz, mezclada con trozos de panela, a sus recuas; otros amontonaban los bultos descargados bajo techo, en los corredores de las ventas o posadas. En éstas estaban encendidas las velas de cebo en faroles grasientos, o ardían con llama orlada de humo, las lámparas de petróleo.

Pronto empezó a descender la vía; ya sólo aparecían las casas a largos trechos. Las sombras caían con rapidez. Ninguno de nosotros conocía aquellas partes; nos guiábamos por el camino mismo. Pasaron las dos horas que nos habían dicho bastarían para llegar a Agualarga, y tres y cuatro, y no llegábamos. Ya era el caso de averiguar. Pero no había con quién. Se oían ladridos distantes de perros, mugir de ganados, y en las lejanas faldas se veían aparecer y desaparecer luces fugitivas. Y el camino continuaba desarrollando sus curvas, premeditadas para no extralimitar la gradiente establecida en algún contrato de construcción, con irritante tenacidad y como con intención de poner nuestra paciencia a prueba.

En una vuelta dimos con una casa, que destacaba entre las sombras sus contornos indecisos esfumados en lo negro de la noche. Tras largo llamar a la puerta, apareció un hombre, como salido de un pozo; no traía luz en la mano; en la casa no se advertía la menor señal de vida. Nos informó que nos habíamos desviado, tomando a la izquierda en vez de la derecha, dos leguas atrás, y que después de esa casa, que era un granero, no había otra alguna en aquel camino, que todavía no iba a ninguna parte, pues estaba en construcción, y a poca distancia de allí, a menos de un cuarto de legua, se perdía en el monte. Consintió en dejarnos entrar a pasar la noche: atamos nuestras cabalguduras después de aliviarlas de frenos y monturas, a los postes de la casa, y penetramos en ella. Nos tendimos literalmente sobre el trigo en el cuarto a que nos condujo el hospitalario labriego, «el menos lleno», como él decía. Cubría el suelo una capa de grano, de cosa de media vara de espesor. Las alforjas nos servían de almohada y como nos hundimos entre el trigo cual si fuera en un líquido no tuvimos necesidad de mantas para cobijarnos.

Al día siguiente, deshaciendo lo andado, emprendimos viaje, muy temprano, hacia Agualarga a donde llegamos a eso de las ocho de la mañana. Con abluciones y un copioso refrigerio, tratamos de compensar los quebrantos de la mala noche. No nos olvidamos de nuestros animales; se les suplió ración cumplida de maíz y de yerba fresca, cebada verde segada, que relucía como esmaltada por el rocío matinal. Era de oírse aquel regocijado chasquear de mandíbulas que trituraban los duros granos, y de verse la complacencia revelada en festivas coces al vacío y en un batir de colas intermitente y agradecido. Refocilados y repuestos, bípedos y cuadrúpedos, continuamos viaje a Honda, donde nos esperaba el vapor del río.

Pasamos por Chimbe, en donde comenzaba la región cafetalera: la vegetación había cambiado; se sentía la atmósfera de tierra caliente; el camino iba en descenso, pero, a veces, como arrepentido, la arremetía con una eminencia, hasta coronarla, para volverla a bajar, y para repetir más allá la subida y la bajada, como si sólo se tratara de un ejercicio arbitrario y sin objetivo. Apareció en el fondo de un valle, como a corta distancia, la aldea de Villeta, a la que tardamos tres mortales horas en llegar; ya la perdíamos de vista en las vueltas, ya resurgía para volver a desaparecer. Al recorrer la única calle del lugar, empedrada de guijarros negros y lucientes entre casas pajizas y destartaladas, alguno habló de la ceiba monumental de la plaza. A su sombra podía abrigarse un regimiento; el mercado semanal del pueblo reunía la población de los vecinos campos bajo sus robustos y frondosos ramos. En ocasiones, contra su tronco rugoso e indefenso habían emplazado el banquillo, para matar hombres. Cuando llegamos, la plaza estaba solitaria, el sol lucía en un cielo tropical, sin una nube y de un azul intenso; la luz se filtraba por entre las hojas; en la penumbra tamizada al pie del árbol reinaba una quietud mística y sedante, como bajo la cúpula de un templo.

Subimos las cuestas del Pataquero y del Sargento, pasamos por el Alto del Trigo y por el estrecho valle de las Tibayes, caímos al de Guaduas, volvimos a subir otra cuesta, y al llegar a la cumbre pudimos ver, como una revelación, allá al pie de los montes, el valle del Magdalena; al otro lado, enfrente de nosotros, se alzaba otra cordillera, y en medio de las dos corría el río, entre verdes florestas, como una faja bruñida de un color amarillo mate, hasta perderse en la lejanía, cual si cayera al mar. Hicimos alto en El Consuelo de Clemente Mejía, que era una venta asentada en un recodo, desde el cual se dominaba el panorama.

La venta El Consuelo merecía su nombre; los que venían de abajo, del valle, llegaban allí después de tres horas de laborioso ascenso, por flancos escarpados de la cordillera, que en esos parajes dilataba sus ásperas sinuosidades, hacinando montes sobre montes desde la llanura hasta las nubes; los que venían de arriba, hacían un alto, antes de emprender el descenso, no menos laborioso, por la angosta vereda que serpeaba entre las faldas y que a veces se tendía sobre los precipicios, en sesgos y quiebros, al parecer impracticables para todo ser desprovisto de alas.

Sin duda la belleza del paisaje y la augusta majestad de los lejanos montes, envueltos en brumas, el río, el valle, el cielo límpido, movían el espíritu a la contemplación, y, por lo visto, a la contemplación comunicativa. Hallábase en la venta un álbum en que, contagiados por un primero y temerario grafómano espontáneo, los viajeros habían dejado escritas sus impresiones. El contenido de la tal crónica no resultaba edificante; sólo guardo en la memoria esta frase de Juan de Dios Uribe, escrita seguramente después de hojear las pacientes páginas repletas de pseudo prosa y pseudo-verso: «Suplico a mis conciudadanos que no sean tan imbéciles». Súplica ésta, sea dicho de paso, poco menos que yana en aquel país, como en todos, ya que la verdad es, como apunta Renan, que la imbecilidad humana es lo único que puede dar idea de lo infinito.

Mis contemplaciones fueron retrospectivas dentro de los acontecimientos recientes enteramente atañederos a mi propia vida.

Después de haberme detenido en la capital varias semanas, con prohibición de moverme de ella, el señor ministro de justicia me había concedido la libertad de ausentarme y había confirmado tamaña gracia, entregándome un salvo-conducto, en que se me recomendaba muy encarecidamente a las «autoridades del tránsito» para que no sólo no me opusieran obstáculo alguno, sino que, antes bien, me ayudaran en cuanto fuese posible.

Otro ministro, hombre hidalgo a carta cabal, y colega del de justicia, al enterarse, antes de mi salida de Bogotá, de que yo me iba para el extranjero confiado en el precioso documento, me advirtió, con benévola sonrisa: «Creo que no debe usted llevar ni muchos papeles, ni mucho equipaje. No sería extraño que regresara usted a la capital antes de lo proyectado. . . »

Al buen entendedor... pensé entonces, y no sin provecho.

Semanas antes por aquel mismo camino había pasado, entre escolta armada, para el destierro, del que jamás volvió a la patria, mi anciano padre; seguramente sus cansados ojos contemplarían esos infinitos horizontes, llenándolos su espíritu por la vez postrera con aquel anhelo de justicia y de caridad, que fue la llama de su vida, vivida toda ella, noble y gallarda y fecunda, hora por hora, y día por día, en pro de la tierra que lo vio nacer.

Empezamos el descenso. Nuestras bestias que ya daban señales de fatiga, después de dos largas jornadas, se reanimaron como si presintieran el fin del viaje. El sol caía a plomo sobre nosotros; zumbaban en el aire insectos impalpables, y un vaho cálido y como aromado surgía de la floresta ambiente. Al llegar al llano, dimos con una cordillera abandonada, destruída en partes, en partes oculta bajo la maleza vigorosa que reivindicaba su imperio; más allá encontramos una caldera destripada, como si fueran los restos de un monstruo prehistórico; en el centro de ella se erguía una palma enana, cuyas raíces pugnaban por romper su prisión de hierro, y por los lados trepaban lianas y juncos verdes y florecidos, que parecían coronar en señal de piadosa remembranza, lo que aún quedaba del sueño que en esas partes había soñado un yanqui chiflado, precursor del ferrocarril que no había llegado aún, y que en soñar así, con cosa tan material y mecánica, se había pasado la vida. ¿Qué importa cómo, ni dónde, ni en qué se sueñe o se cante? Todo es uno, y el fin es el mismo.

Para pasar a Honda, al otro lado, había una barca. Era esta un planchón más pronto ancho que largo, sin proa ni popa, achatado de fondo, y descansaba sólo en la parte media sobre el agua; los extremos, delante y atrás, se empinaban al aire, como se alzan las proas de las galeras que se ven en los viejos cuadros. Tenía a la mitad, en lo que fuera la cubierta, si barco fuera, una compleja maroma de cables y poleas, en que consistía todo el busilis del mecanismo propulsor. Parece que soltando las amarras, la barca se iba con la corriente del río, y éste, sin darse cuenta de lo que hacía, la arrastraba; pero como las precipitadas poleas aprisionaban a unos cables tendidos de margen a margen, cuando la barca llegaba a cierto punto, los cables se atezaban a la misma corriente, dócil sierva de la ciencia, y llevaba a la barca, como de la mano, al otro lado.

Yo no me di cuenta cabal del engranaje de estos fenómenos. Seguramente la aclaración de todo ello estaba en aquella mi Física de Ganot; sin duda me lo habían explicado en clase, en días que ya empezaban a parecer remotos, Luis Lleras o Ruperto Ferreira, o Joaquín Suárez -alias El Paturro, de grata recordación- profesores de ciencia y paciencia reconocidas. Sin poder analizar los hechos, no por ello dejaba de complacerme ver comprobadas teorías a no dudarlo expuestas por tan dignos catedráticos; en todo eso debía haber resultantes de fuerzas, acción o reacción, y hasta cuadrados inversos, y muchas otras cosas igualmente intrincadas y científicas en un tiempo mías, ya olvidadas. El hecho es que la barca en que íbamos con nuestras cabalgaduras y diez o doce pasajeros más, llegó al otro lado. Yo ví en esa travesía un triunfo para mis ausentes profesores, triunfo consolador porque vencía aquel escepticismo privativo de nuestro temperamento, hijo tal vez de nuestra experiencia. «Vea, don Lucio», le decía al general Lucio Restrepo un desengañado boticario de Medellín, «convénzase, en Colombia la química no sale».

En el hotel hallamos nuestros equipajes, y supimos que el vapor saldría al día siguiente por la tarde. Durante la comida, Andrews me dijo: «En aquella mesa está un militar, que parece americano o inglés, por el ademán y por los ojos azules, lo miran a usted, él y su compañero, y parecen hablar de usted».

Se me informó por el camarero a quien pregunté, que de los dos comensales uno era el alcalde de Honda y el otro el general Morgan.

En medio de los preparativos que hacíamos para embarcarnos, distribuyendo nuestros equipajes, de suerte de tener a la mano lo que pudiéramos necesitar en los seis u ocho días de navegación fluvial para llegar a Barranquilla, se presentó el alcalde, me llamó aparte, y me manifestó que tenía órden telegráfica del señor ministro de justicia, recibida la víspera, de reducirme a prisión; que el general Morgan, jefe de la guarnición, tenía el cargo especial de ayudar a mi captura y detención, y que, a solicitud del dicho general, y bajo su garantía, había consentido el señor alcalde que hablaba, en dejarme pasar la noche tranquilo en el hotel, el cual había estado como sitiado, con todos los puntos estratégicos circunvecinos ocupados por destacamentos apercibidos para toda emergencia. El señor alcalde conservaba su seriedad y abundaba en cortesía de palabra. Yo expementé un ligero espasmo de orgullo ante tan formidables precauciones, que me daban la idea de atar una golondrina con las alas rotas -pues los ojos son alas, y los míos son de paupérrima visión- con un cable de los usados para levar el anda en los barcos de alto bordo.

Se me concedió una hora de término antes de trasladarme a la cárcel del lugar, conocida con el nombre sugestivo de La Ciega.

Mientras hablábamos el alcalde y yo, pasó a mi lado y entró al vecino cuarto donde estaban los baules, el amigo Tomás Ribón; pronto volvió a salir y se alejó sin decir palabra.

Poco después sobrevino el general Morgan; le manifestó al alcalde que el gobierno lo hacía a él, es decir, a Morgan, responsable de mi persona, y que si yo llegaba a escaparme, seguramente lo depondrían de su mando y le seguirían consejo de guerra. Agregó que La Ciega no daba plenas garantías, y que él se encargaría de mi persona, situándome en el lugar que le pareciera conveniente, y que, felizmente, contaba con trescientos cincuenta hombres, entre oficiales y soldados, dispuestos, como él también lo estaba, a derramar hasta la última gota de su sangre en cumplimiento de su deber.

La Ciega tenía su reputación homicida bien ganada: mataba de fiebre perniciosa a tres días de vista. Pero no era de eso de lo que se trataba, al menos así no lo quisieron entender ni el alcalde ni el general.

En vista de que los caminos alrededor de la población eran escarpados en su mayor parte, de que el río torrentoso allí mismo me hubiera cerrado el paso por un lado, y los montes por el otro, y de que, dada mi suprema miopía, a mí me era difícil distinguir a tres metros de distancia entre una cerca de piedra y un mulo inmóvil, tal vez la inquietud del gobierno de Bogotá revelada en las órdenes transmitidas al alcalde y al general, no resultaba del todo justificada. Trop de zele, que decía M. Tayilerand.

De esta manera vine a quedar bajo la inmediata custodia del general y de sus trescientos cincuenta veteranos. Sin duda, de todo ello se dio oportuno aviso a Bogotá al supremo gobierno, y sin duda también, tranquilizados a ese respecto los insignes patriotas que lo constituían, pudieron aplicar la parte de sus energías que mi cuitada persona les embargara enantes, al servicio de la patria, para la que ellos hacían historia, que, seguramente, ansiaban que fuera limpia y fecunda en beneficios presentes y futuros.

Ni por pienso me ocurrió hacer mención de aquel solemne documento en que paternalmente se me recomendaba a las autoridades del tránsito para que se me ayudara en mi empeño de ir más allá, vulgo viajar, y no se les instruía para que me dieran contra una esquina, como quien dice. Prestarle fe de propósito a la palabra humana, en ciertos casos, es indicio de candor rayano en estulticia irredimible, o de enajenación mental.

Como la orden del señor ministro de justicia, corroborada específicamente por el de guerra, era de mantenerme incomunicado, tuve que despedirme de Enrique y de Andrews. Este último alcanzó a decirme que mis papeles, de los que había muy pocos, habían desaparecido. Aquello no me inquietó. Cerca de un año más tarde en París, almorzando en el Café Vosin, al amor de una botella de Glos de Vougeot, que aprisionaba toda la tibia caricia de un verano borgoñón hecha líquido, entre sus paredes de vidrio, me los entregó Tomás Ribón, aquel hidalgo y dilecto compañero, leal a sol y sombra, ido ya tras el confín del tiempo...

El general me condujo a su casa, que era más bien un cobertizo: muros de vara en tierra, cubiertos de barro seco, enjalbegados y jibosos, con unas troneras rectangulares a su manera, a guisa de ventanas, para dar paso al aire y a la luz; techo de paja, ceñida con bejucos a las vigas de la armazón primitiva, cuya anatomía íntima aparecía al desnudo desde el interior, de las tres o cuatro piezas o compartimientos en que estaba fraccionada la estancia, por medio de tabiques idénticos a los muros laterales, que se detenían en mitad del camino... El general no era rico.

Me habló en inglés: «Yo no puedo consentir, mientras esté en mi mano impedirlo, que usted vaya a La Ciega. Tendrá usted esta pobre casa por prisión. Mande usted en ella. Quisiera poderle ofrecer algo mejor».

Comprendí toda la nobleza de aquel hombre. Al fin yo no era sino uno extraño; una hoja caída que el viento arrastraba cerca de él. Por otra parte, él sabía que mi nombre no era grato, ni mucho menos, en las alturas de que él dependía. Lo natural hubiera sido reservar su caridad para mejor ocasión, y como fiel soldado, cumplir la orden superior sin cortejar la tempestad, que, como él debía saberlo, solía estar tan a flor de epidermis. Por mi parte acepté agradecido; además, aunque lo hubiera querido, no podía hacer otra cosa.

Muy pronto hube de advertir que mi presencia en aquella casa trastornaba de raíz la humilde economía doméstica del general. Dime a cavilar en busca de un arbitrio para remediar tan anómala situación, llegando a concebir una idea salvadora que me da, con orgullo y sin vislumbres de modestia, el derecho a que se me cuente entre los mortales con excepción que han realizado algo enteramente original, y en mi caso, único en la historia de la humanidad. No se me acuse de pretencioso ni de fanfarrón. Oigaseme.

He callado muchos años esperando que otras plumas u otros labios revelaran mi título innegable al renombre, y es que este, como yo lo creo, se conquista realizando algo que nadie ha hecho antes, ni después. He consultado con eruditos que han perdido el cabello y la digestión leyendo manuscritos apolillados y sin apolillar; he solicitado informes de sociedades sabias y de doctas academias, y hoy, después de tan prolija investigación, puedo pregonar, urbi et orbi, que nadie ha hecho lo que hice yo. Si no tengo derecho a la gloria, entre otras razones porque no he matado ni siquiera un conejo, ni a la fama, sí lo tengo a que mi nombre aparezca en los diccionarios de conversación, y ésto ya colma mis aspiraciones.

«General -le dije a mi noble salvador-: ¿No sería posible hallar en el pueblo una casa que yo pudiera tomar en alquiler?». Ese mismo día fuí trasladado a una vivienda muy por el estilo de la del general, quien, según mis súplicas la había alquilado por mi cuenta, en sesenta pesos mensuales; pagué el primer mes adelantado me instalé en ella. Denuncié a Enrique como hombre peligroso, sin precisar cargo. Esto le valió que lo redujeran a prisión conmigo. A Fermín se le asimiló a recluta, dándole de alta en el batallón, para que pudiera servirnos sin violar la orden del osco ministro de la guerra.

El general hizo poner centinelas a la puerta delante de la casa y en el solar, que por detrás llegaba al río, en el preciso lugar en donde hervía y se estrellaba entre las rocas, marcando la crisis -valga la expresión- el salto de Honda. Así, aquella humilde casa quedó convertida en cárcel, y el inquilino forzado de ella, que era yo (y aquí está el hecho excepcional y único que me distingue entre los hombres), pagaba el alquiler de su prisión.

Reto y emplazo, a quien me contradiga, a que se muestre un caso, uno solo, fuera de éste, en que tal cosa haya sucedido. Y no fijo límites.

Búsquese en los recónditos anales de Nínive, de Babilonia, de Egipto, de Grecia o de Roma, o en los de la edad media, o del renacimiento, o en los de la historia moderna, en Europa o en América, o en donde se quiera. Un preso que paga arriendo como cualquiera otro inquilino, es algo original, único, aunque no sea ni glorioso, ni sublime. On fait ce que I'on peut.

Reconozco que parte de la distinción les corresponde de derecho a los egregios gobernantes de mi patria, que ordenaron mi encarcelamiento. El laurel -llamémosle así- alcanza para todos.

L'mie prigioni no fueron ni tétricas, ni fastidiosas. Como a Silvio Pellico, a mí también se me hizo un largo interrogatorio, que había sido preparado en Bogotá, «con todas las de Caín». Por lo demás, el cuestionario delataba una desconcertante impercia en los asuntos industriales y económicos de que se trataba, mal compensada por el ansia de adular estos o aquellos enconos banderizos, imperantes por el momento y necesariamente efímeros, como la hora fugitiva a que pertenecían. Todo aquello, eso sí, en nombre de la «patria», de «los intereses nacionales» y de otras tantas socorridas invocaciones de la comedia política, en aquel país y en aquella época, y en todos los países y en todas las épocas, porque en esto los hombres son unos mismos en todos los tiempos de la historia.

A mí me quedaba todavía un jirón de juventud, Enrique, mi cómplice ad hoc, tenía la suya en pleno fulgurar; ambos teníamos buena salud y buen humor; los guisos que nos suplía la cocinera del hotel vecino, no incluídos, a Dios gracias, en el entredicho del señor ministro de la guerra, sin ser tan suculentos y eclécticos como los de Caréme o de Paillard, llenaban decorosamente su noble misión; un traficante local nos había iniciado en los misterios de su bodega, enseñándonos cuáles eran los burdeos, málagas y champañas fabricados en Hamburgo o en Honda mismo, y cuáles los de genuina procedencia. Decía aquél ínclito embustero: «de todo puede hacerse vino, hasta de uva»; ante nuestra insistencia consintió en someterse, moyennant finance, a nuestros prejuicios reaccionarios, y nos suministró vinos que, siguiendo la rancia tradición bíblica, consagrada por el padre Noé con aquella curda memorable y varias veces milenaria, procedían exclusivamente de uva, ya francesa, ya española, sin que nosotros, hijos de una época progresista y pía, excluyéramos ni la del Danubio, ni la del Rhin, ni la del Po. Para algo es uno liberal y libre-cambista, y si no se respetan los principios, ¿qué cosa se respeta?.

Nos bañábamos de mañanita de pie al borde del río; Fermín y algún hijo de Marte de los que hacían la guardia, olvidado por unos instantes de su noble carácter de carcelero efectivo y defensor potencial de la patria, nos echaban agua a totumada limpia, como hacen con los caballos; la recogían en los pequeños remansos en que se refugiaba, después de estrellarse entre las peñas, toda blanca de trémulas espumas, y nos la arrojaban sobre las desnudas carnes, como una lluvia de perlas desgranadas.

No nos faltaban ni puros, ni pitillos; ese ramo de la delectación humana estaba bien desempeñado por las obras de Partagás, de Cabañas y de un don Prudencio Rabell, de clamorosa nombradía, en las cajetillas al menos.

Además teníamos libros. Unos volúmenes de versos, unos de crítica, unos de historia; Byron, Goethe, Leopardi, Mathew Arnold, Sainte-Beuve; algo moderno de esos días, olvidados ya, y -casi me ruborizo al decirlo- Gaboriau.

Así equipados, nos dispusimos con cristiano espíritu a sobrellevar con la paciencia que ordena nuestra santa madre iglesia, «las flaquezas y adversidades de nuestros prójimos», y la verdad es que no fracazamos en nuestro propósito.

Los oficiales de la guarnición, que mandaban las escoltas, encargadas de vigilarnos, las cuales eran relevadas todos los días, dieron en la flor de tratarnos como a seres corrientes y molientes; compartían. nuestras comidas, nuestros vinos, nuestros puros y cigarros y nuestras lecturas; de suerte que entre ellos y nosotros se estableció muy en breve una franca cordialidad, muy humana, pero ominosa en su esencia para bien de la República que exigía nuestra prisión. Aquello era un principio de corrupción, que habría bastado si él se hubiera enterado, por lo menos para hacer estremecerse de ira las gafas y el gorro del traicionado ministro de guerra.

Enrique leía en voz alta. Desde que Gaboriau entró en escena, los demás autores quedaron poco menos que olvidados. Los hombres de guerra que nos rodeaban -un oficial y ocho o diez soldados- sucumbían al conjuro de las narrativas espeluznantes; soltaban las armas y se agrupaban en torno del lector. Cuando les llegaba la hora del relevo, se iban mal de su grado, y cuando volvían, solicitaban que se les ataran los cabos de lo sucedido. Así, en contubernio flagrante con los soldados de la patria, recorrimos toda la escala del crimen, en esos días de prisión, cabe la margen del revuelto Magdalena.

En algunas ocasiones venía el general Morgan; siempre por la noche; cenábamos juntos y departíamos después largamente, fumando, encendiendo un puro en la colilla del otro y engarzando una observación o una anécdota a otra, como cuando se sacan guindas o cerezas de un cesto. Jamás hablaba de su persona; su plática revelaba que había leído mucho en libros y en el libro de la vida. Aquella actitud ante el destino, serena, acaso resignada, sin desfallecimientos ni melancolías rebeldes, ponía de manifiesto un temple probado en las vicisitudes, tal vez forjado por ellas, como el de las hojas de combate en el fuego. Leía con avidez cuanto libro le caía en la mano; muy pronto devoró todos los volúmenes de mi corta biblioteca de viaje, en su mayor parte viejos amigos suyos. Leía con provecho; carecía de disciplina académica y sus conocimientos que eran extensos y variados, sin encasillamientos pedantescos de escuela, ni de secta, y equilibrados por un buen gusto nativo, diríase que infalible. Era refractario, por carácter y por mentalidad, al lugar común, a la sensiblería, y a la pose. No había en su ser moral un acto de lo que en inglés llaman philistine.

¿Quién era él? ¿De dónde venía? ¿Cómo había llegado él con un nombre y un ser tan genuina mente anglosajones, a jefe de tropas colombianas? Esta curiosidad era natural; nadie se atrevía, de seguro, a indagar con él mismo; bien se advertía que aquella suavidad de carácter, resultaría rígida, adamantina, en el punto preciso a que él le pareciera; además, para la casi totalidad de quienes tenían que rozarse con él, ya superiores jerárquicos, ya subalternos suyos, ya individuos del montón que a su lado se movían, él era sólo un militar inglés, porque esa era su lengua nativa, que servía en el ejército de Colombia. Nadie se paraba a pensar si detrás de esa vida había una tragedia, un misterio o un dolor irredimible. Cada cual tiene su propia cruz, y la de cada uno es bastante para sí.

Mi cautiverio había durado cerca de tres semanas cuando el supremo gobierno decidió que me trasladara a Bogotá. El señor ministro de justicia y el señor ministro de la guerra comunicaron el aviso al alcalde y al general. Se me manifestó que me dejarían viajar sin escolta, bajo mi sola promesa de presentarme en la capital en un plazo de siete días. En la mente oficial había sobrevenido un cambio.

Iba a partir al día siguiente; el general vino a cenar conmigo y a despedirse. Nuestras pláticas ocurrían en un angosto corredor, en la parte de atrás de la casa, que daba al solar. Allí teníamos dos sillas mesedoras. Hablábamos en lo oscuro, sin luz, para no atraer a los insectos. Los puros encendidos lucían como tizones en el rescoldo y el humo ascendía en giros irregulares en el aire cálido y espeso de la noche tropical. No había luna; la noche estaba tan clara que permitía discernir en el cielo un azul intenso tachonado de estrellas titilantes como estremecidas en ritmos luminosos; en la tierra, envuelta en sombra más densa que el aire, apenas se destacaban los objetos vulgares inmediatos, los muros, los árboles entecos, las piedras del solar; a lo lejos, del otro lado del río, se alzaba la cordillera inmensa, negra, disforme, en partes como coronada de estrellas, por las constelaciones que parecían suspendidas al ras de alguna cresta más empinada que las otras. Reinaba aquel silencio, casi reverente, de la naturaleza, cuando el viento pliega sus alas y los elementos duermen; resonaba sólo el galopar incesante de las aguas del río, como el rumor de una muchedumbre humana, en la distancia.

Hacía rato que entrambos callábamos. Respondiendo a un pensamiento mío que mis labios no habían articulado, el general empezó a hablar por primera vez de sí mismo; su discurso estaba tan en armonía con mis deseos de saber algo sobre él, que entonces no me dí cuenta del fenómeno que se cumplía en aquel momento. Y dijo, evocando memorias, con el ademán y el tono de los hombres que cantan solos, a media voz, y para sí:

«La casa, construída a principios del siglo dieciocho, era del tipo colonial clásico, adoptado para las plantaciones, en Virginia y en las Carolinas, y copiado después de Alabama, en Georgia y en los demás Estados del sur.

«Una corona de humo en el centro, coronada por un frontispicio triangular, y a los lados dos cuerpos de edificios simétricos, de solo dos pisos; todo de un blanco deslumbrante; las columnas y los muros del frente estaban envueltos en madre selvas y jazmines; desde las ventanas se divisaban los barracones de los esclavos; los algodonales interminables, y allá, muy lejos, el río, afluente del Mississippi, en que se mecían los planchones usados para transportar el algodón.

«Bajo el techo de esa casa habían vivido sus vidas seis generaciones de mis mayores; aquella tierra era nuestra, consagrada por el sudor de nuestra frente y porque guardaba nuestros muertos en su seno.

«Un día nos llegó un rumor de odio, como el soplo de un horno; los nuéstros habían proclamado su derecho de vivir a parte y a su manera; los otros, los del norte, pretendían imponernos la unión con ellos, convertida en yugo para nosotros; como pacto eterno e inviolable; pretendían imponernos sus costumbres y modelar lo más íntimo de nuestra vida a su guisa y talante. Y como eran más numerosos y más ricos que nosotros, juzgagan que todo ello sería labor sencilla y rápida, como las siega del grano en los trigales.

«Porque resistíamos, éramos traidores, y nuestra lucha era rebelión; habían invadido nuestros campos y nuestras ciudades. Ardía la guerra en toda la nación, ayer una, dividida ya para siempre entre ellos y nosotros.

«En casa quedaron mi madre y mi hermana; mi padre, mis dos hermanos y yo, partimos para el campamento; así en todos los hogares del sur sólo quedaron las mujeres, los ancianos y los niños.

«Aquel fue un guerrear de cuatro años; sin tregua, sin piedad, y sin descanso, con la ilusión del triunfo en los primeros días, cuando llevábamos la rebelión de victoria en victoria en las puntas de nuestras bayonetas; de negra desesperación desde que la fortuna nos volteó la espalda y sentíamos ya el dogal inexorable que nos estrangulaba, sin esperanza de salvación.

«Mi padre y mis hermanos perecieron combatiendo antes de Gettysburg; mi batallón cargó con Pickett en esa jornada homérica; tres días hacía que el cañoneo retumbaba sin cesar; al caer de la noche se tendían en el mismísimo campo de batalla, los vivos a descansar y los heridos a morir; el último día nos vio atravesar, a paso de carga, en frente de la artillería del enemigo, las mil ochocientas yardas del valle asesino que nos separaba de sus trincheras; las rompimos, dejamos la mitad de los nuestros en el campo. No pudimos retener las posiciones conquistadas. Esa batalla nos costó la tercera parte de nuestro ejército, y fue el principio del desastre definitivo, que sobrevino cerca de dos años más tarde.

«Ya no hubo ilusión. Para el soldado del sur sólo había, según las palabras de Garibaldi: Sete, fame, marcie forzate, battaglie e morte».

El general hizo una pausa. Me pareció que la epopeya alentaba en el ambiente y que era batir de tambores el clamoreo del río entre las peñas.

El general prosiguió:

«Alrededor de Richmond, como un león herido, se recogió el ejército de Virginia, al mando del egregio Lee; el sur agonizaba, había dado cuanto tenía, riquezas y hombres, y la invasión avanzaba como la avenida de un gran río; el ejército de Potomac, al mando de Grant, estrellaba sus ondas humanas contra nuestras defensas, sacrificando vidas como si fueran hojas de árboles; todos los días llegaban refuerzos para ellos, en tanto que, no pudiendo nosotros sacarlos de las cunas, ni de las tumbas, nuestras tropas mermaban como bloque de hielo que derrite el sol.

«La guerra es el infierno, había dicho Sheridan; Sherman paseaba su antorcha incendiaria en una faja de sesenta lenguas de ancho, desde Atlanta, en el centro del país, hasta el mar; no dejó a su paso ni una casa, ni un árbol, ni un sembrado. Todo lo redujo a cenizas; otros jefes seguían su ejemplo en otras regiones de nuestro territorio; donde no se estaban matando los hombres, los vencedores incendiaban el país de los vencidos.

«Con todo, aunque faltaban las raciones, no nos faltaban los pertrechos, y aunque éramos uno contra cinco, les disputamos el suelo palmo a palmo. Llegó el día fatídico de la rendición. "No tenemos el derecho de morir", nos dijo Lee. " ¿Quién velaría por nuestras mujeres y por nuestros hijos? Es preciso aceptar lo inevitable". Se vistió de gala, con un uniforme nuevo y entregó su espada; los veinte mil soldados que aún le acompañábamos -una legión de espectros, desarrapados y famélicos- sentíamos al entregar las armas, que la voluntad de Dios pesaba sobre nosotros como una losa de granito.

«Grant no quiso despojarnos; le dejó su espada a Lee; ordenó que se nos entregaran nuestros caballos, según lo dijo en el parte a Washington, porque: "los habrán menester para labrar sus campos". Si hubieran prevalecido los hombres de guerra, que la habían hecho afrontando el peligro y la muerte, los vencidos habrían tenido el derecho al mañana; no fue así: sobrevino la invasión de los políticos, más inclementes y voraces que la tea de Sherman y de su hueste de incendiarios.

«Yo no tenía campos que labrar, ni hogar, ni familia; todo me lo había arrebatado la guerra. No podía, honradamente, jurar fidelidad a la Unión victoriosa; me lo vedaban, no un rencor insano, sino un mar de sangre, un incendio de cuatro años, que me dejaban solo en el mundo, con la amargura incurable en el alma y un puñado de cenizas en la mano».

El general prosiguió:

«Salí de aquel país que ya no era mío. No tenía fortuna ni profesión. Los cuatro años de ese vivir estremecido entre el azar y la violencia, se habían llevado mi juventud, y aún no contaba treinta años. Rodando de tierra en tierra, llegué a Egipto y tomé servicio en el ejército del Kedive; al fin, guerrear era lo único que yo sabía. Hice campañas en Arabia, en el Sudán, largas marchas en el desierto, al pie de las pirámides, de los márgenes del Nilo; en medio de esos hombres de tez bronceada, en aquel ambiente saturado de recuerdos viejos como la historia, revivía el pasado mío en mi conciencia. Ya veía el patio mío sereno y rumoroso con una palpitación de vida en el paisaje nativo; ya oía los cantos de los esclavos, al caer del sol, cuando regresaban del trabajo:

"Carolina del Sur, mi Carolina, su clima es ardiente; aquí trabajamos los negros todo el día al calor de los soles de verano, mientras el amo descansa a la sombra; a trabajar, a trabajar, antes de que raye el alba".

«Y vine a pensar que esa estrofa trivial, tantas veces escuchada, resumía las causas de la guerra: el germen del cataclismo residía en la iniquidad de nuestra vida social; los viajes me habían abierto los ojos, y mis dogmas de ayer se deshojaban como un roble al viento del otoño.

«Peleaba mis batallas otra vez; parecíame que la guerra duraba todavía, que era la corriente implacable y roja de un río, que me arrastraba fatalmente, más y más allá; o ya vivaqueaba en los viejos campamentos; surgían en la llanura la ciudad improvisada de tiendas móviles, que ondulaban al viento, como las copas de los árboles, las hogueras cariñosas, en que hervía el rancho, los grupos de hombres al amor de la lumbre, que olvidaban, entre cuentos y cantos, el afán intenso de aquel vivir inseguro, estrujado entre el combate de ayer y el de mañana:

«Otra vez se alzan nuestras tiendas en el viejo campamento; dadnos un canto que nos consuele; hay muchos corazones abrumados aguardando que la guerra cese; muchos ojos enturbiados, buscan en el cielo la aurora de la paz.

«Y así, en la distancia con el correr del tiempo, el furor de antaño se tornaba en piedad, no por los muertos, porque la muerte es paz, sino por los vivos que lloran a sus muertos; en vano para ellos las primaveras y los otoños traerán las flores y los frutos a los campos agostados ayer por el combate».

«Un camarada de los días de guerra me llamó a Colombia; soñaba él un viejo sueño siempre nuevo, de un áspero despertar cuando amanece el día y la realidad se impone. Suyas eran, o podían ser, unas minas en que el oro andaba entre mezclado grano por grano, con las arenas del lecho de un riachuelo milagroso,' que a los dos, a él y a mí, míseros despojos del naufragio humano de una causa egregia, nos había de llevar a la opulencia, y más que todo a la independencia personal. Sólo hallamos los granos de arena, los de oro no.

«Andando a la aventura, pude llegar a la capital. Recorría las calles, sin rumbo ni intención En mi bolsa quedaban dos pesetas de a cinco. No tenía techo que me amparara, a nadie conocía. En esas circunstancias, las ciudades parecen cementerios y los hombres fantasmas intangibles.

«Topé en mis peregrinaciones con una plazoleta de forma irregular; por dos de sus costados se alzaban edificios que tenían aspecto de conventos; en un ángulo había una iglesia de arquitectura incolora; por el centro corría, en ancho y pedregoso cauce, un arroyo vergonzante, que salía por debajo de un puente de mampostería, situado a un extremo de la plazoleta, y se escurría por debajo de otro idéntico al primero, al extremo opuesto.

«En las puertas de los antiguos conventos había centinelas; aquello comenzaba a interesarme. Sobrevino el relevo de guardia, fijé la atención en el desempeño del acto; me ocurrieron reparos sobre detalles, insignificantes tal vez para los legos, pero de importancia para los hombres del oficio, porque las reglas son las reglas y la táctica no admite licencias como la poética. La táctica es cosa seria.

«Instintivamente me acerqué hacia el grupo de soldados que ejecutaban el relevo; tanto los dos centinelas, el entrante y el saliente, que se comunicaban al oído la palabra sacramental del santo y seña, como los otros que apostados a tres metros de distancia de ellos, a norte, sur, éste, y poniente, con la bayoneta calada y el arma lista, protegían la transmisión del talismánico vocablo, todos estaban íntimamente posesionados de la trascendental significación de aquella ceremonia y hubieran muerto en defensa de ella. Nada podía ser más grato a mis aficiones -ya temperamentales y orgánicas- de viejo militar. La verdad, por otra parte, es, que en la plaza no se veía un alma, y que ni mosca cruzó el círculo mágico que formaban aquellos denodados guerreros, retando con sus bayonetas a los cuatro puntos cardinales.

«Terminada la maniobra del relevo apareció y salió del edificio el coronel del cuerpo, a quien reconocí por los galones que llevaba en la bocamanga de su uniforme de cuartel. Sin darme cuenta de lo que hacía, me acerqué a él, le hice el saludo militar y le dije que deseaba sentar plaza en su batallón. Ese mismo día me dieron de alta como soldado raso de la cuarta compañía. Ni el coronel Acevedo, ni mis nuevos compañeros de armas, los oficiales y soldados de su mando, sabían ni tenían porqué saber que me había tocado pelear en más combates que al más aguerrido veterano del ejército de Colombia, y que en algunos de ellos, como en Gettysburgh o en Shilon, había quedado en el campo mayor número de hombres que el de diez veces ese mismo ejército al que yo acaba de ingresar.

«Por aquel entonces había llegado al parque nacional una batería de seis ametralladoras americanas, desarmadas y empaquetadas en numerosas cajas. También habían venido, como era natural, planos, diseños y direcciones para armarlas. Todo ello le fue entregado a un animoso funcionario que ocupaba el puesto de subguarda parque nacional. Este último había hecho trasladar las cajas al cuartel de mi batallón.

«El dicho funcionario no había visto una ametralladora en su vida; era joven, acometedor y se decía que sabía álgebra, trigonometría y cálculo en grado superlativo. Procedió a armar las ametralladoras y, dadas las circunstancias, obtuvo un éxito, sino del todo completo, sí altamente meritorio. La visualidad, es decir, el aspecto, era exacto al de los diseños; el mismísimo inventor no hubiera podido menos de reconocerlo. Sucedía, sin embargo, que le habían sobrado piezas y que las ametralladoras no funcionaban. Todo lo demás estaba perfecto.

«El joven guardaparque rindió un luminoso informe, del que resultaba la demostración incontrovertible, por álgebra, por trigonometría, y por cálculo, de que el inventor y los fabricantes eran unos redomados pillos, pues los tales aparatos no podían jamás dar los resultados que se decía; en el informe se pedía, además, que se exigieran las responsabilidades del caso, sin miramientos ni contemplaciones, pasando los papeles al procurador nacional para que éste procediera sin demora, pues sin duda, había complicaciones colombianas. El informe terminaba, una vez sacudidas las estorbosas trabas técnicas, con un elevado apóstrofe al patriotismo colombiano, edificante y conmovedor.

«Pude enterarme, pues leía los periódicos, de que el incidente tomaba serias proporciones; el guardaparque fue el héroe del día, no sólo por su competencia científica, sino por su valor cívico. Se llegó a pedir la acusación del presidente de la República, del secretario de la guerra y del ministro de los Estados Unidos, y que, depuesto éste último, se mandara otro a Washington, para obtener por la vía diplomática, si era preciso, o directamente de los tribunales de justicia norteamericanos, daños y perjuicios de los vendedores, fabricantes, inventores, intermediarios y demás cómplices en el fraude perpetrado contra el tesoro nacional.

«Busqué la ocasión de hablarle al coronel a solas, lo que no era fácil para un simple soldado. Cuando lo pude hacer, le dije:

«-Coronel, yo he sido, entre otras cosas, artillero; creo que las ametralladoras sirven, y si me entregan una de ellas, estoy seguro de poderla armar y de que funcionará.

«El coronel me miró estupefacto, como si yo hubiera proferido una blasfemia, y dijo:

«-¿Pero no sabe usted lo que ha dicho el doctor X? Haré que le den a usted una copia del informe para que lo lea... ¿Sabe usted álgebra... trigonometría..., cálculo?

«-No mi coronel, ni jota... pero he manejado ametralladoras en batallas campales, y me ha tocado atacar y defender posiciones barridas por el granizo mortífero que vomitan...

«Me entregaron una ametralladora. Mucho había adelantado la evolución de la artillería en los diez años transcurridos desde el fin de la guerra de secesión en Norteamérica, pero en Oriente había podido seguir yo esos adelantos; armé la ametralladora sin tropiezo, y lo que es más, la hice funcionar, y no me sobraron piezas.

«Muy pronto estuvo armada toda la batería y adiestrados en la maniobra y manejo de las piezas sesenta hombres del batallón, diez para cada ametralladora. El doctor X dejó el puesto de guardaparque para ocupar uno en el congreso, a donde lo había llevado el voto popular, en reconocimiento de su pericia científica y de su patriotismo, tan oportuna y tan sagazmente esgrimido en defensa de los intereses nacionales.

«Detrás del cuartel había un gran patio o solar, que tenía cerca de ciento cincuenta metros de fondo; en un extremo de él, fue levantado un montón de arena de cinco metros de espesor, de cuatro de altura y de unos veinte de largo, con la parte fronteriza alisada con tablero de escuela. Disparando sobre ese montón les enseñé a mis soldados a describir con las balas, curvas, ángulos y semi-círculos y otras figura geométricas; la distancia era demasiado corta pero permitía demostrar las ominosas posibilidades del arma.

«Un día recibió el batallón orden de vestir de parada; sobre el cuartel fue izada la bandera nacional. A eso de las once de la mañana se formó el batallón en el gran patio de atrás. De las seis ametralladoras, cinco se hallaban a un lado del batallón, con los hombres que las servían. La otra había sido apostada enfrente al montón de arena, y yo estaba allí con diez hombres para maniobrarla. Hacía un tiempo maravilloso; el cielo azul, sereno el ambiente; los aceros y los bronces relucían como incendiados. La banda tocó el Himno Nacional. El coronel mandó presentar las armas. Entraban al patio, por un gran portal que daba al cuartel, diez o doce individuos vestidos de paisanos, de levita y chistera, y un militar con uniforme de general, apuesto ,y gallardo como el que más, que juzgué yo debía ser el presidente de la República. Se estacionaron cerca de mí para ver cómo funcionaba el aparato. En pocos minutos quedó terminada la demostración. Sobre el frontón de arena las balas habían dejado las huellas de su paso con nitidez y simetría absolutas, como si fueran labor paciente de un supremo artista, enamorado de la precisión matemática.

«Del grupo de espectadores se destacó uno de ellos de mediana estatura, más bien pequeño, llevaba la barba entera y ésta era de un negro azabache. Pude advertir que tanto sus compañeros como los militares, le abrían el paso, con marcada deferencia. Llegó hasta donde yo estaba; me felicitó con frase cordial, y, ya al volverse para retirarse, dijo:

«-¿Usted no es colombiano?

«-No señor.

«-¿De dónde es usted?

«-Nací en uno de los Estados del Sur de los Estados Unidos, fuí soldado de la Confederación.

«-¿Y después?

«-No presté el juramento de fidelidad a la Unión y salí del país...

«Me habló en inglés:

«-¿Qué grado tiene usted aquí?

«-Soldado.

«-¿Cómo se llama usted?

«-Morgan.

«Se despidió con un ademán, se unió al grupo de sus compañeros y pronto desaparecieron todos bajo el portal por donde habían entrado. El militar de la figura arrogante era el secretario de guerra, el general Santos Acosta».

En este punto, el general Morgan se incorporó, tomó su sombrero, se cubrió, me tendió la mano para despedirse, y estrechando la mía agregó:

«Dos días más tarde fuí ascendido a capitán, poco después a sargento mayor. El primer despacho me llegó con una carta de exquisita cortesía del hombre de pequeña estatura y de la barba recortada, que me había hablado en inglés, el día de la demostración en el patio del cuartel: era el doctor Santiago Pérez, Presidente de la República».

Londres, abril 10 de 1914

(*)
El presente artículo no se encuentra incluido en ninguna de las ediciones anteriores de «Reminiscencias Tudescas» y «Cuentos a Sonny». Se incorpora en ésta, por considerarlo de indudable valor histórico y literario.
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