II

En el mes de marzo de 1799  se presento Humboldt en la Corte española, residente a la razón en Aranjuez, a solicitar permiso para visitar las posesiones españolas de Ultramar. Era Ministro don Mariano Luis de Urquijo, quien ayudó eficazmente a Humboldt en el logro de su deseo.

    «Llegado a Madrid-refiere el Barón-tuve pronto ocasión de felicitarme por la resolución que había tomado de visitar la Península. El Barón de Forell, Ministro de la Corte de Sajonia ante la Corte española, me dio pruebas de una amistad que me fue útil extremadamente. Reunía a grandes conocimientos en mineralogía, el más puro interés por las empresas que favorecieran el progreso de las luces. En el mes de marzo de 1799 me presenté a la Corte en Aranjuez, y el Rey me acogió bondadosamente. Le expuse los motivos que tenía para emprender un viaje al Nuevo Continente e islas Filipinas, y presenté sobre esto una memoria a la primera Secretaría de Estado. Obtuve dos pasaportes, uno de esta Secretaría y otro del Consejo de Indias. Ordenó la Majestad Real a los Capitanes Generales, Comandantes, Gobernadores, Intendentes, Corregidores y demás Justicias que no impidieran por ningún motivó la conducción de los instrumentos de física, química, astronomía y matemáticas, ni el hacer en todas las posesiones ultramarinas las observaciones y experimentos que juzgara yo útiles; colectar libremente plantas, animales, semillas y minerales, medir la altura de los montes, examinar la naturaleza de éstos y hacer observaciones astronómicas y descubrimientos útiles para el progreso de las ciencias; y ordenaba que se me dispensara todo el favor, auxilio y protección que necesitara. «Muchas consideraciones me empezaban a prolongar impertinencia en España: el cura Cavanilles, tan distinguido por la variedad de sus conocimientos como por la fineza de su espíritu y de su talento; el caballero Née, que en unión de Haenke había tomado parte en la expedición de Malespina, y que él solo había formado un herbario no superado en Europa; don Casimiro Ortega, Purré, los autores de la Flora del Perú, señores Ruiz y Pavón, quienes me mostraron sus ricas colecciones. Examiné una parte de las plantas descubiertas en Méjico por Jessé, Mociño y Cervantes; M. Proust, conocido por la precisión de sus trabajos químicos, y M. Hergen, distinguido mineralogista, me dieron curiosos y excelentes informes sobre los minerales de América.» El plan del viaje de Humboldt comprendía a Puerto Rico, Cuba, Méjico, Nueva Granada, Perú, Chile y Buenos Aires. Lo acompañó Bonpland, geólogo y botánico. El Rey de España lo recomendó a sus Virreyes y Gobernadores. El 5 de junio de 1799 partieron de la Coruña los dos viajeros, a bordo del Pizarro.

     Se leerán con placer las siguientes cartas 1.

    

A W. De Humboldt:

 

Cartagena de Indias, 1º de abril de 1801

     Si recibiste mi última carta de La Habana, mi querido hermano, debiste saber que modifiqué mi plan inicial, y que en lugar de ir a Méjico, en la América del Norte, volví a las costas meridionales del golfo de Méjico, para seguir de allí a Quito y Lima. Sería muy largo explicarte todas las razones que me decidieron a hacer esto: la principal fue el que la ruta marítima de Acapulco a Guayaquil es de ordinario larga y difícil, y que tenía que volver a Acapulco para dirigirme a las Filipinas.                                        

     Partí el 8 de marzo de Batábano, en la costa sur de la isla de Cuba, en un pequeño buque, apenas de veinte toneladas. Como carecíamos de agua, entramos en el puerto de La Trinidad, a la extremidad oriental de la isla, pasamos allí dos días agradables en una bella y romántica región. De allí descendimos a Cartagena el 30 de mayo. En circunstancias ordinarias esta travesía no dura más de seis a ocho días, pero tuvimos una no interrumpida calma y un viento débil. La corriente marina y la incredulidad del Capitán, que no tenía confianza en mi cronómetro, nos llevaron lejos, en dirección Oeste, de suerte que dimos en el golfo del Darién. Tuvimos entonces que remontar a lo largo de las costas durante ocho días, lo que por el viento del Este, que sopla constantemente Durante  la estación en esos parajes, y con nuestro pequeño navío, era cosa difícil y peligrosa. Echamos al fin el áncora en el río Sinú, y herborizámos durante dos días en sus riberas, que viajero alguno había antes pisado. Es una naturaleza magnífica, rica en palmas, pero salvaje; recogimos un número considerable de plantas nuevas. La embocadura del río (entre el río A trato y el río de la Magdalena) tiene de ancho cerca de dos millas, y está llena  de cocodrilos. Vimos a los indios del  Darién, son pequeños, anchos de espaldas, deprimidos, y en general, lo contrario de los caribes, bastante blancos y más gordos mejor musculados que los indios vistos hasta hora. Viven en completa independencia.

  Ves, pues, que si nuestro viaje ha sido largo y difícil, nos ha ofrecido en cambio muchas cosas interesantes. Desgraciadamente tuvimos que vencer un gran peligro, al fin del viaje, ya en las puertas de Cartagena.

     Queríamos forzar el viento al entrar al puerto. La mar estaba furiosa. Nuestro pequeño navío (no fue culpa mía no haber conseguido uno más grande, pues solo hay más pequeños de los que navegan entre Cuba y Cartagena) Resistió con trabajo la violencia de las olas, y súbitamente se cayó de flanco. Una ola espantosa pasó por encima de nosotros, y amenazó sumergirnos. El piloto permaneció impasible en su puesto, pero de repente exclamó: No gobierna el timón. Nos vimos perdidos, se hizo todo lo que era posible; se rompió una vela, y el navío se levantó de repente sobre la cresta de una ola, y nos salvamos detrás de la Punta Gigante. Entonces un nuevo y quizá mayor peligro me amenazó : hubo un eclipse de luna, y para observarlo mejor me hice llevar a la costa en una embarcación ; pero apenas pisé la playa con mis compañeros, oí un ruido de cadenas, y unos negros cimarrones, muy esforzados, que se habían escapado de la prisión de Cartagena, se precipitaron hachas en mano, probablemente con intención de apoderarse de la embarcación, porque nos habías visto desarmados, Inmediatamente nos precipitamos hacia el mar; apenas tuvimos tiempo de embarcarnos y dejar la costa.

    Al día siguiente, con tranquilidad y buen tiempo, entramos en Cartagena. Por una feliz casualidad, el día que escapé de este doble peligro era precisamente Domingo de Ramos, y en día tal el año anterior me encontré en peligro de muerte en el depósito de tortugas de Uruana, en el río Orinoco, como te lo conté antes detalladamente.

     Dejé todos mis manuscritos, cartas, etc., en La Habana, en poder de mi amigo don Francisco .Ramírez, químico hábil; terminada la guerra los llevará a Europa; te informará de su llegada. Tengo un herbario en La Habana y otro, que lleva el hermano Juan González, que se dirige a España y La Bóchela, por vía de la América del Norte; otro, en fin, lo remití con el botánico James Fraser, a Londres y Berlín, ambos en doble ejemplar. De esta manera pienso que todo está seguro.

    Mi salud continúa en muy buen estado; por ahora no te inquietes por mí; navego en el mar tranquilo del Sur. Ahora me voy a Santafé y Popayán y luego a Quito, donde pienso estar en julio de este año; en seguida iré a Lima, y de esta ciudad, en febrero de 1802, a Acapulco y Méjico; de Acapulco, en 1803, iré a Filipinas. Espero volver a verte en 1804.

     Me hacen falta noticias recientes de Europa. Después de mi partida de España no he tenido de ti sino una sola carta, fechada en Utrera; tengo la seguridad de que me has escrito.

     Desde marzo de 1800, nadie ha recibido aquí cartas de Europa.

 

A Bandín:  

Cartagena de Indias, 12 de abril de 1801

Ciudadano:

  Cuando abracé a usted por última vez en la calle de Helvecio, en París, contaba con partir para África y las Indias, tenía pocas esperanzas de volver a verlo y navegar bajo sus ordenes. Sabrá usted, sin duda, por nuestros comunes amigos, los ciudadanos Jussieu, Desfontaines, etc., cómo cambió mi viaje, cómo el Rey de España me concedió, permiso de recorrer sus vastos dominios de América y Asia, y de reunir todos los objetos que pudieran ser útiles a las ciencias. Independientes, y siempre a mi costa, mi amigo Bonpland y yo hemos recorrido durante dos años los países situados entre la costa, el Orinoco, el Casiquiare, el río Negro y el Amazonas. Nuestra salud ha vencido los peligros enormes que presentan los ríos. En medio de aquellos bosques hemos hablado de usted, de nuestras inútiles visitas al ciudadano Francois de Neufchateau, de nuestras perdidas esperanzas. A punto de partir de La Habana para ir a Méjico y las islas Filipinas, recibimos la noticia de cómo la constancia de usted ha sabido en fin triunfar de todas las dificultades. Hemos hecho combinaciones, y estamos seguros que usted irá a Valparaíso, Lima y Guayaquil. Cambiamos al instante nuestros planes, y a pesar de la fuerza de las brisas impetuosas de esta costa, partimos en un pequeño buque para buscar a usted en el Mar del Sur, y ver si, volviendo sobre nuestros antiguos proyectos, podríamos unir a los de usted nuestros trabajos, y recorrer con usted el Mar del Sur.

    Un desgraciado viaje de veintiún días, de La Habana a Cartagena, nos impidió seguir la ruta de Panamá y Guayaquil. Temimos las brisas del Mar del Sur, y resolvimos seguir la ruta de tierra por el río Magdalena, Santafé, Popayán y Quito. Espero que estaremos en junio o a principios de julio en la ciudad de Quito, donde espero saber la llegada de usted a Lima. Tenga la bondad de escribirme dos líneas con esta dirección en español: Al señor Barón de Humboldt, Quito, casa del señor Gobernador Barón de Carondelet. Mi plan es, si no tengo noticias de usted, respetado amigo, visitar el Chimborazo, Loja, etc., hasta noviembre de 1801, y bajar con mis instrumentos en diciembre o en enero de 1802 a Lima.

    Verá usted por lo dicho, respetado amigo, que el clima de los trópicos  no me ha vuelto flemático, que no conozco sacrificios cuando se trata de seguir planea útiles y atrevidos. Hablo a usted con franqueza, sé que no le pido más de lo que le ofrezco, y creo que sólo circunstancias particulares le impedirán recibirme a bordo de su buque. En este caso, esta Carta podría ponerlo en dificultades, tanto mayores cuanto que usted me honra con su amistad. Me atrevo a suplicarle que me hable con franqueza, que yo me complaceré siempre de haber tenido el gusto de verle, y no me quejaré jamás de acontecimientos que nos contraríen a nuestro pesar. Su franqueza me dará la prenda más preciosa de sus bondades para conmigo. Seguiría entonces mi propia expedición de Lima a Acapulco, Méjico, Filipinas, Surate, Bassora, la Palestina, Marsella. Pero prefiero creer que pueda ser de los de usted. El ciudadano Bonpland presenta a usted sus respetos.

     Salud y amistad inviolable.

 

      A W. deHumboldt:

Contreras de Ibagué, en el Reino de la Nueva Granada (4°, 5' latitud norte),

 

    21 de septiembre de 1801.

     No me fatigaría escribiendo cartas para Europa, si al mismo tiempo no creyera que algunas, al menos, llegan a su destino. Correos postales parten de aquí, es verdad, todas las semanas hacia los puertos, sólo que hay cartas que tienen que esperar frecuentemente cuatro o seis meses la ocasión de partir; y cuando al fin están en camino, la prudencia exagerada de los Capitanes de buque las echa al mar a la menor señal de peligro. Mi última carta era de Santa Ana, en la Cordillera Central de los Andes.

     No les va mejor a las cartas que se mandan de Europa. Salvo algunas cartas de España, una de ti y dos de H., no he recibido ninguna de Europa desde que salí de la Coruña, el 5 de junio de 1799. Como otros muchos se encuentran en el mismo caso, uno se resigna, por difícil que sea, a soportar esta privación.

     Estoy en extremo feliz. Mi salud es tan buena como nunca lo ha sido, inquebrantable mi valor, mis planes me salen bien; y adondequiera que llego soy recibido con obligante solicitud. Me he adaptado tan bien al Nuevo Mundo, a la vegetación tropical, al color del cielo, a las constelaciones, a la vista de los indios, que la Europa no aparece a mi imaginación sino como un país que vi en mi infancia. No por eso se me hace menos tarde volver, y pienso estar de nuevo con ustedes en el otoño de 1804.

 

 

1 Las traduzco de Lettres americaines d`Alexandre de Humboldt.
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