La consecuencia más desagradable de la incertidumbre de la correspondencia es la necesidad de repetir lo que se ha escrito. "Veo, sin embargo, por tu. carta, que hasta noviembre de 1799, es decir, hasta después de mi viaje entre los indios chaymas, tú recibiste cartas mías.

     De noviembre de 99 a enero de 1800 estuvimos en Caracas, y de allí emprendimos viaje al Orinoco. Llegamos a este río por el Apure, lo remontamos hasta más allá de las cataratas, llegamos al segundo grado latitud norte, a los pequeños ríos Atabapo, Tuamini y Temi, y de allí, durante tres días, llevamos nuestra canoa hasta el cañón Pimichín, en el río Negro. Lo habíamos bajado primero hasta las fronteras del Gran Para y del Brasil, y después, durante doce días, remontándolo hasta el Casiquiare, entre selvas tan inextricables, que veíamos tigres, y tigres grandes, sobre los árboles, porque la exuberante vegetación les impedía caminar por el suelo. Del Casiquiare volvimos al Orinoco, que habíamos remontado hacia el Este, del lado de su fuente, siguiendo hasta más allá de la montaña volcánica Duida. La ferocidad de los guayas, antropófagos, nos impidió internarnos más adentro. Un blanco no ha penetrado jamás más al Este en el país desconocido de estos indios independientes. Nosotros fuimos a las selvas entre el río Negro, el Orinoco y el Amazonas, trescientas millas más lejos en las tierras de Loeffling  1. De Duida recorrimos el Orinoco hasta su embocadura, a quinientas millas francesas más lejos.

     Volvimos de este viaje, de más de mil doscientas millas, en julio de 1800, a Santo Tomás de Angostura; aquí pasamos un mes examinando la región y las plantas, principalmente la corteza de Angostura; el bueno de Bonpland sufría de fiebres, por consecuencia de los miasmas terribles de las selvas húmedas del ecuador. De allí nos dirigimos al través del país a la misión denlos caribes, y más allá de la Nueva Barcelona a Cumaná, adonde llegamos en septiembre. Los caribes son el  pueblo más fuerte y mejor musculado que he visto : ellos solos contradicen los sueños de Raynal y de Pauw sobre la debilidad y la degeneración de la especie humana en el Nuevo Mundo. Un caribe adulto parece un hércules  fundido en bronce.

     En diciembre, después de una travesía muy tempestuosa y muy larga, de mes y medio, casi naufragamos en los escollos del banco de la Víbora, al sur de Jamaica; llegamos a La Habana, donde permanecimos tres meses, hasta febrero de 1801, unas veces en la casa del Conde Orelly, y otras en la del Conde Jaruco y el Marqués de Real Socorro, Había tomado la resolución de hacer rumbo hacia la América del Norte, ir hasta los cinco lagos, bajar por el Ohío y el Misisipí hasta Luisiana, y de allí emprender camino por tierra poco conocida hacia la Nueva Vizcaya y Méjico; pero varias circunstancias me hicieron abandonar este plan y volver a la América del Sur. Me embarqué pues en Batábano (Cuba), pero como el piloto no confiaba en mis instrumentos, caímos en el golfo del Darién, y treinta y cinco días después arribamos a Cartagena, el 1.° de abril de 1801, no sin gran peligro. La travesía debía de haber durad j sólo catorce días. Tuve ocasión, empero, de determinar con ayuda de mi cronómetro la situación geográfica de los dos Caimanes y de otros bancos de arena y rocas, que no eran bien conocidos.

     Visitamos la afamada selva de Turbaco, notable por el grosor extraordinario de sus árboles. Vi troncos de ocho pies de diámetro, por ejemplo, los del cavanillesia mocando, que escaparon de la atención del excelente Jacquin.

    En Cartagena encontré a Fidalgo y la Comisión encargada de levantar el plano de las costas. Tenía dos buenos cronómetros y otros instrumentos. Como mis observaciones geográficas en el país de los indios, entre el Orinoco, el Casiquiare, el río Negro y el Marañón se apoyaban en varios puntos de la costa, tuve curiosidad de comparar mis observaciones con las de Fidalgo; encontramos una perfecta y admirable unanimidad en estas observaciones de longitudes. Anotamos, igualmente, comparando nuestros diarios, que la aguja imantada desde 1798 declina al Oeste en esta costa, como en Europa al Este, es decir, que en la América del Sur la declinación oriental comienza a disminuir.

     El deseo ardiente cíe ver al gran botánico José Celestino Mutis, amigo de Linneo. que reside en Santafé de Bogotá, y de comparar nuestros herbarios con los de él, y la (curiosidad de escalar la inmensa Cordillera de los Andes, que se extiende de Lima (del lado Norte) hasta la embocadura del río Atrato, en el golfo del Dañen, a fin de poder trazar por observaciones personales una carta de toda la América del Sur, desde el río Amazonas, al Norte, me llevaron a preferir el camino de tierra hacia Quito, más allá de Santafé y Popayán, a la vía marítima por Portobelo, Panamá y Guayaquil. No envié, de consiguiente, sino mis instrumentos más voluminosos, los libros que no necesitaba y otros objetos por vía marítima, y nos embarcamos en el Magdalena, después de tres semanas que estuvimos en Cartagena.

     La violencia de las olas y de la poderosa corriente nos retuvieron durante cuarenta y cinco días en el Magdalena, tiempo durante el cual nos vimos siempre entre selvas poco habitadas. No se encuentra casa ni otra habitación humana en una extensión de cuarenta millas francesas. No te digo nada del peligro de los saltos, de los mosquitos, de las tempestades e intemperies que se suceden aquí de una manera no interrumpida e incendian la bóveda celeste todas las noches; te he descrito todo esto detalladamente en muchas otras cartas. Navegamos de esta manera hasta Honda, a cinco grados de latitud norte. Dibujé el plan topográfico del río en cuatro hojas, de las cuales el Virrey guardó una copia; dibujé curvas de nivel barométrico de Cartagena a Santafé, estudié el estado del aire en cuatro lugares, pues mis eudiómetros están todos bien ; ninguno de mis costosos instrumentos se ha roto. A su regreso a Francia, Bouguer recorrió el Magdalena de bajada : no llevaba ningún instrumento consigo. Visité las minas de Mariquita y de Santa Ana, donde D´Elhuyart encontró la muerte.

     Hay aquí plantaciones de una canela (laurus cinnamoides, Mutis), semejante a la de Ceilán, la misma que encontré en los ríos Guaviare y Orinoco.

     Se encuentra también el famoso almendro (caryocus amygdaliferus), selvas de quina y la otoba, que es una verdadera myristica (nuez moscada) y hacia la cual el Gobierno dirige hoy toda su atención. M. Desieux. francés encargado de la vigilancia de estas plantaciones, con un sueldo de $ 2,000 (500 francos de oro de nuestra moneda), nos acompañó en nuestro viaje marítimo.

     De Honda se sube a mil trescientas setenta toesas hacia Santafé de Bogotá. La ruta es entre rocas, de pequeñas escaleras talladas, anchas de diez y ocho a veinte pulgadas, de suerte que las mulas pasan con trabajo: es mala más allá de toda descripción. Se sale de la garganta de la montaña (la Boca del Monte) a 4°, 35´ latitud norte, y nos encontramos inmediatamente después en una gran mesa de más de treinta ejemplo, los del cavanillesia mocando, que escaparon de la atención del excelente Jacquin.

    En Cartagena encontré a Fidalgo y la Comisión encargada de levantar el plano de las costas. Tenía dos buenos cronómetros y otros instrumentos.Como mis observaciones geográficas en el país de los indios, entre el Orinoco, el Casiquiare, el río Negro y el Marañón se apoyaban en varios puntos de la costa, tuve curiosidad de comparar mis observaciones con las de Fidalgo; encontramos una perfecta y admirable unanimidad en estas observaciones de longitudes. Anotamos, igualmente, comparando nuestros diarios, que la aguja imantada desde 1798 declina al Oeste en esta costa, como en Europa al Este, es decir, que en la América del Sur la declinación oriental comienza a disminuir.

     El deseo ardiente cíe ver al gran botánico José Celestino Mutis, amigo de Linneo. que reside en Santafé de Bogotá, y de comparar nuestros herbarios con los de él, y la (curiosidad de escalar la inmensa Cordillera de los Andes, que se extiende de Lima (del lado Norte) hasta la embocadura del río Atrato, en el golfo del Dañen, a fin de poder trazar por observaciones personales una carta de toda la América del Sur, desde el río Amazonas, al Norte, me llevaron a preferir el camino de tierra hacia Quito, más allá de Santafé y Popayán, a la vía marítima por Portobelo, Panamá y Guayaquil. No envié, de consiguiente, sino mis instrumentos más voluminosos, los libros que no necesitaba y otros objetos por vía marítima, y nos embarcamos en el Magdalena, después de tres semanas que estuvimos en Cartagena.

     La violencia de las olas y de la poderosa corriente nos retuvieron durante cuarenta y cinco días en el Magdalena, tiempo durante el cual nos vimos siempre entre selvas poco habitadas. No se encuentra casa ni otra habitación humana en una extensión de cuarenta millas francesas. No te digo nada del peligro de los saltos, de los mosquitos, de las tempestades e intemperies que se suceden aquí de una manera no interrumpida e incendian la bóveda celeste todas las noches; te he descrito todo esto detalladamente en muchas otras cartas. Navegamos de esta manera hasta Honda, a cinco grados de latitud norte. Dibujé el plan topográfico del río en cuatro hojas, de las cuales el Virrey guardó una copia; dibujé curvas de nivel barométrico de Cartagena a Santafé, estudié el estado del aire en cuatro lugares, pues mis eudiómetros están todos bien ; ninguno de mis costosos instrumentos se ha roto. A su regreso a Francia, Bouguer recorrió el Magdalena de bajada : no llevaba ningún instrumento consigo. Visité las minas de Mariquita y de Santa Ana, donde D´Elhuyart encontró la muerte.

     Hay aquí plantaciones de una canela (laurus cinnamoides, Mutis), semejante a la de Ceilán, la misma que encontré en los ríos Guaviare y Orinoco.

     Se encuentra también el famoso almendro (caryocus amygdaliferus), selvas de quina y la otoba, que es una verdadera myristica (nuez moscada) y hacia la cual el Gobierno dirige hoy toda su atención. M. Desieux. francés encargado de la vigilancia de estas plantaciones, con un sueldo de $ 2,000 (500 francos de oro de nuestra moneda), nos acompañó en nuestro viaje marítimo.

     De Honda se sube a mil trescientas setenta toesas hacia Santafé de Bogotá. La ruta es entre rocas, de pequeñas escaleras talladas, anchas de diez y ocho a veinte pulgadas, de suerte que las mulas pasan con trabajo: es mala más allá de toda descripción. Se sale de la garganta de la montaña (la Boca del Monte) a 4°, 35´ latitud norte, y nos encontramos inmediatamente después en una gran mesa de más de treinta y dos millas francesas cuadradas, en la cual no se ven árboles, es verdad, y está sembrada de cereales de Europa y llena de aldeas indias Esta mesa (los llanos de Bogotá) es el fondo desecado del lago Funza, que desempeña un papel importante en la mitología de los indios muíscas. El principio del mal, o la luna, una mujer, hizo salir una multitud de pescados, que dio crecimiento al lago; pero Bochica, el principio del bien, o el sol, pulverizó la roca Tequendama, donde se encuentra la célebre cascada, el lago Funza se desaguó. Los habitantes de la región, que habían huido a las montañas vecinas durante la inundación, volvieron a la llanura. Después de haber dado a los indios una constitución política y leyes semejantes a las de los Incas, Bochica fue a habitar el templo de Sugamuxi. Allí vivió veinticinco mil años, y se retiró al sol, su casa.

     Nuestra llegada a Santafé pareció una marcha triunfal. El Arzobispo nos envió su coche, y salieron a recibirnos los notables de la ciudad. Se nos ofreció un banquete a dos millas de la ciudad, y entramos en ella acompañados por más de sesenta personas a caballo. Como se sabía que íbamos a hacer una visita á Mutis-a quien se le guardan grandes consideraciones por su edad avanzada, por su posición en la Corte y su carácter personal,-se dio cierto brillo a nuestra llegada, honrándolo a él en nosotros. El Virrey, según la etiqueta, no debe comer con nadie en la ciudad; casualmente estaba en su casa de campo en Fucha, y nos invitó a ella. Mutis nos había hecho preparar una casa vecina a la suya, y nos trató con excepcional deferencia. Es un eclesiástico viejo, venerable, de cerca de setenta y dos años, y hombre rico. El Rey gasta en la Expedición Botánica $ 10,000 anuales. Hace quince años que treinta pintores trabajan con Mutis ; tiene de dos a tres mil dibujos en folio, que son miniaturas. Exceptuando la de Banks, de Londres, no he visto biblioteca botánica más grande que la de Mutis.

    A pesar de su proximidad al cenador, el clima es sensiblemente frío, por !a elevada altura que se indicó antes. El termómetro marca a menudo 6° o 7°, Réaumur, a veces 0°, nunca más de 18°.

     Estoy muy bien, no obstante los miasmas de los ríos y las picaduras de los mosquitos, que causan inflamación. El pobre Bonpland tuvo tres días de fiebre en el camino de Honda a Santafé. Esto nos ha obligado a permanecer en esta ciudad dos meses completos, hasta el 8 de septiembre de 1801. He medido sin embargo laja montañas circunvecinas, algunas de las cuales tienen una altura de dos mil a dos mil quinientas toesas; visité la laguna de Guatavita, la cascada de Tequendama, bella en extremo, a causa del volumen de sus aguas, de noventa y una toesas de alto, las minas de sal gema de Zipaquirá, etc.

    Apenas se restableció Bonpland, salimos de Santafé, y estamos hoy en el camino de Quito. Atravesaremos los Andes por Ibagué y las comarcas nevadas del Quindío. Bouguer irá a Guanacas,

    Escribo estas líneas al pie de las cordilleras que trepé durante tres días, más a pie que a mula, manera de viajar que nos conviene mejor: estamos bien y provistos de todo lo que necesitamos. En enero de 1802 iré a Lima, en mayo a Acapulco, y después de visitar a Méjico, terminaré mi viaje alrededor del mundo, regresando a Europa por las Filipinas doblando el cabo de Buena Esperanza Francisco Antonio Zea, Ministro de Colombia, firmó con José María Lanz, el 21 de mayo de 1821, un contrato  por el cual éste prestaría a la República sus servicios de ingeniero geógrafo levantando la carta del país y formando un Cuerpo de ingenieros. Comentando este contrato decía  Zea a Bolívar:   

    El primer paso de un Estado naciente debe ser el conocimiento de si mismo, y este conocimiento no puede obtenerse sin que preceda el de su geografía. Una buena carta de su territorio es la base de todas las operaciones del Gobierno, y sin ella es imposible que haya estadísticas que la administración siga un curso regular; que puedan emprenderse caminos ni carriles ; que se comunique el movimiento de la civilización y del comercio a todo el cuerpo de la República, y que en todo él se sienta el impulso enérgico de la acción vital de la cabeza, No podrá Vuestra Excelencia hacer mejor servicio a la Nación, después de libertarla, y yo me complazco en haber sido el órgano de que Vuestra Excelencia se ha valido para esta grande y memorable empresa.

     El mismo Zea dijo al Secretario de Relaciones Exteriores sobre la comisión confiada a Lanz:

    Es increíble el entusiasmo que ha excitado entre los sabios esta Expedición, por la cual presagian lo mucho que las ciencias y la civilización deben esperar de nuestra independencia. Los ilustres amigos de nuestra causa han celebrado sobremanera que demos esta prueba a la Europa, de que bien lejos de ser unos bárbaros incapaces de gobernarse, como los españoles y sus partidarios se han empeñado en persuadirlo, conocemos el precio y merito de las luces, y nos apresuramos a contribuir por nuestra parte a los progresos del talento humano. El célebre Barón de Humboldt, en quien se reúnen ambos títulos, de sabio y ciudadano, ha tomado tanto interés en la empresa, que a pesar de sus grandes ocupaciones, ha tenido largas y repetidas conferencias con el señor Lanz, para darle noticias que han de serle muy útiles, y llamar su atención sobre los objetos más importantes.

      Si la misión de Lanz no dejó huellas científicas en nuestro país, la encomendada por Francisco Antonio Zea a Juan  B. Boussingault dio espléndidos resultados. 

     

 

 1  Pierre Loefling, naturalista, Adjunto a la Comisión de Límites de don José de Iturriaga, quien murió, víctima de su celo por la ciencia, en Santa Eulalia de Muracuri el 22 de febrero de 1756.
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