También cantan coplas amorosas con entonación diferente a la de las llamadas décimas.
Apenas amaneció pude darme idea del paisaje : es bello, pero de una belleza salvaje que repugna e impone. El río es tan anchó como el Magdalena en Puerto Berrío, pero más correntoso y tal vez más turbio; va encajonado entre altas barrancas de aluvión coronadas por exuberante vegetación ; de trecho en trecho se encuentra una abertura con huertas de plátanos, caña y arroz La mayor parte de los ranchos que se veían estaban abandonados, porque hacía unos pocos menos que la viruela había hecho riza en los habitantes, desamparados por la religión, las autoridades y la ciencia.
A las siete embocamos en el canal de Mama Micaela, que es el primero de los que en las grandes crecientes del Patía alimentan la laguna del Chimbuza. El río llevaba bastante agua, y por eso pudimos entrar en el canal, que tendrá tres o cuatro metros de anchura y poco fondo. Cuando el río está bajo, hay que buscar el canal grande, a seis u ocho horas de navegación.
Media demoraríamos en pasarlo, impelidos con las palancas. La laguna es muy extensa Alcedo le da dos leguas, y dice que tiene forma oblonga. En unos puntos más parece ciénaga o pantano cubierto de malezas; en otros hay islitas o árboles que salen del fondo ; en partes inmensos tapizados de una bellísima planta de hoja redonda y grande y flor blanca que embarazan la navegación ; en otras la laguna es profunda y limpia, pero sus aguas son siempre oscuras y de mal sabor, como en el mar, se las va viendo de diferentes colores : acá por efecto de la luz en la laguna, por la influencia de las crecientes del río, por los detritus vegetales y por la falta de movimiento. Guando el Patía crece, deja en esta cuenca parte de sus aguas, y cuando baja recibe de ella considerable tributo. Aquí hizo la naturaleza lo que el sabio rey egipcio para regular las crecientes del Nilo.
Nos arrastrábamos penosamente por un precioso tendido de lo que yo llamaba loto, y me ocupaba, montado en el extremo de la proa, en coger flores y Rojas para conservarlas en papel secante, dé las cuales pasaba los más bellos ejemplares al General Reyes, que estaba encaramado a horcajadas sobre el rancho, para gozar mejor del panorama, cuando de repente se volcó la canoa y vació al agua todo su contenido. No puedo explicarme cómo sucedió eso, sí no fue que el peso del General hizo perder el equilibrio a la embarcación, o que los bogas tuvieran esperanza de que los equipajes quedaran en el fondo de la laguna para sacarlos más tarde. Por fortuna el General Reyes está hecho a esa clase de accidentes; el paje que llevábamos se crió a orillas del Magdalena; y yo pude agarrarme al borde de la canoa en el momento de voltearse. Sin mucho trabajo enderezamos la embarcación y volvimos sobre ella nuestros equipajes muy mermados, porque los paraguas, los revólveres, los libros, reverberos y todos aquellos objetos pequeños que debieran servirnos de distracción, comodidad o defensa en la navegación, se perdieron, pues no merecían la pena de que hiciéramos el oficio de buzos para buscarlos en el fondo de la gran laguna.
Aunque era temprano, tuvimos que acercarnos a uno de los ranchos de la ribera a buscar alojamiento y modo de secar la ropa. El General Reyes y yo, casi como Dios envía al mundo sus criaturas, nos pusimos a la obra de secar al sol la ropa que vestíamos o llevábamos en baúles y petacas, mientras que el paje, herido ya de la grave enfermedad que le causó el baño, trataba de ganar en nuestro favor la voluntad de las negras que ocupaban el rancho.
Aquello era una lástima, y nunca dejaré de lamentar que objetos preciosos para mí, producto de la industria pastosa, que el General Reyes llevaba para mi familia, se hubieran perdido en el fondo de las aguas o manchado por su acción corrosiva. El perdió mucho más porque había comprado en Panamá objetos de valor para su señora e hijos.
El pobre conductor del correo no se cansaba de lamentar el que la valija se hubiera mojado, y me echaba toda la culpa de ello a mí, aunque era claro que el General Reyes la tenía por haber hecho perder el centro de gravedad a la canoa, sabiéndose sobre el rancho. Quizá pudiera sacarse de ello alguna moraleja política; pero sigamos.
A las siete del día siguiente estábamos en el Arrastradero, que si no me equivoco es el istmo que en los libros se conoce con el nombre de Chapul. Es una lengua de tierra de seis kilómetros de anchura próximamente, que hay que atravesar a pie para volver a embarcarse uno en el caño del Arrastradero. En otro tiempo la Cámara Provincial de Pasto y el Congreso, y ahora la Asamblea de Popayán, , han expedido decretos, leyes y ordenanzas para promover la apertura de un canal en este istmo, y aunque esa obra sería de grandísima utilidad para el comercio del sur del Cauca y del norte del Ecuador, creo que no se realizará en muchos años, por ser bastante costosa.. Practicable sí me pareció, y mucho, porque de un lado ayudaría la corriente del desagüé de la laguna (pues eso es aquel caño) hacia el río Chagüí, y del otro el movimiento da las mareas, que llegan hasta el embarcadero y llegarán a la laguna una vez que se abra, el canal. Profundizado un poco el canal de Mama Micaela, limpiada una ruta en la laguna por medio de una draga pequeña, y abierto este canal y el de la Vuelta del Viento, una gran parte del Patía tomaría esta dirección, y entonces se podría hacer el viaje de Tumaco a Barbacoas en un día y una. noche, en vez de invertir tres o cuatro, como sucede hoy por el Arrastradero, o siete u ocho por Salahonda. Por la vía que nosotros escogimos no viajan sino el correo y pasajeros con poca cargar las mercancías tienen que navegar por Salahonda, por lo caro del transporte en el istmo y la dificultad para encontrar cargueros.
De los ranchos que hay en la laguna salieron algunos hombres y mujeres detrás de nosotros a ofrecerse para trasladar el equipaje al otro lado del istmo, a razón de $ 1 y $ 1-20 el bulto, por pequeño que fuese. El viajero que prefiere pasar en carguero, lo encuentra, al paga $ 3; pero si pide rebaja arriesga a quedarse allí, en un rancho ruinoso y casi deshabitado, hasta que se resuelve a desembolsar el doble de la tarifa fijada. Es costumbre que hace ley que los bogas no tienen obligación de transportar mas que lo suyo, las provisiones de boca, los canaletes y las palancas. Le creerían degradados si cargaran a la espalda un fardo cuando acompañan a un pasajero. Provisiones de boca no teníamos, porque se perdieron todas en el naufragio.
El istmo está cortado por una trocha angosta, abierta en el bosque, tan fangosa que en gran parte está cubierta por gruesos troncos de árboles extendidos a lo largo para que los pasajeros no se hundan. Esos palos y los trechos en que uno pisa el suelo son resbalosos como el jabón, calzados de alpargatas, porque los botines se quedarían pegados en el barro, y sin defensa se despedazarían los pies en las espinas, y armados con largos bordones para evitar las caídas y dar saltos, sirviéndonos de ellos como palancas, hicimos la travesía el General Reyes y yo en veinticinco minutos, a carrera tendida, tanto porque así es más probable librarse uno de las culebras, como porque parece que el General Reyes, que tiene fama de ser un gran andarín, quería probar la resistencia de mis piernas, no muy débiles en otro tiempo.
Una hora de descanso llevábamos en el rancho espacioso que hay a orillas del caño, y ya nos habíamos bañado en él y almorzado pescado fresco, frutas del árbol del pan cocidas y papayas, cuando llegaron el paje, los bogas y los cargueros del equipaje.
El viento que movía las copas de los árboles indicaba que la marea subía, pero las aguas del caño no empezaron a represarse y a hacer retroceder las hojas y pajas que arrastran hasta el medio día.
Prepáresenos una canoa tan pequeña como la que abandonamos en el otro lado, pero que siquiera tenía dos ranchos, aunque estrechísimos; ya eso de las doce emprendimos marcha. Allí son inútiles los remos porque el canal es muy angosto y en ninguna parte tiene tres pies de fondo en las altas mareas, y cuando la embarcación no anda a fuerza de palanca tiene que ser arrastrada por medio de una cuerda tirada por dos peones, y empujada por el otro. En ocasiones saltábamos a las orillas o al agua para que la embarcación rodara sobre la arena.
Desembocamos al Chagüí como hora y media más tarde. Es un río poco más ancho que el Funza. Los remos volvieron a funcionar para luchar centra la marea entrante. Allí la monotonía es mayor que en el Patía, porque son contados los ranchos y que se encuentran, y tampoco se ve ni se oye un ave. No hay playa pedregosa, ni un cuadrúpedo. Sólo vimos algunos caimanes y muchísimos cangrejos de tamaño extraordinario.
A las seis de la tarde, favorecidos ya por la marea vaciante, llegamos a la Vuelta del Viento, donde el río hace un rodeo de tres horas de navegación para desembocar en el mar, en la ensenada del Chajal. El General Reyes y yo desembarcamos, para atravesar a pie la garganta de seis cuadras que nos separaba de la ensenada. En las pujas o altas mareas y en las grandes avenidas del río se inunda este istmo, que es completamente llano y podría cortarse con un gasto insignificante y con gran provecho para el tráfico.
Negros pescadores que habitan una decena de ranchos forman la población de este feo y tristísimo puerto, donde no se encuentra más que ostiones, cocos y pescado de agua dulce y de mar. Nos alojamos en la cabaña de un negro oriundo de Cali que conocía al General Reyes y que resultó ser famoso cocinero. Preparó diferentes pescados de varias maneras. Comí con apetito de dos días de privaciones, y ya me sentía más que satisfecho, cuando nos presentó lo que él llamaba mi caldo. Por repetidas instancias del General Reyes convine en probarlo, y lo encontré tan exquisito que lo tomé todo, como si el hambre hubiera renacido. Era una sopa de ostiones frescos preparada en leche de coco.
Uno de los sueños más acariciados de mi Vida era conocer el mar, y en el primer momento tuve una desilusión: la ensenada es estrecha y las sombras de la noche empezaban a enlutar aquella triste naturaleza. El piélago inmenso me pareció pequeño y como aprisionado entre los manglares. Después de las nueve llegó la canoa, y mientras comían los bogas y subía la marea me senté en una barbacoa a pensar. Estaba a la orilla del mar, y sin embargo sentía frío y tuve que abrigarme como en mis montañas de Antioquia.
A poco empezó una media claridad de la luna en creciente, que reflejaba la superficie de las aguas. Reinaba un silencio sepulcral: ni una
ola reventaba en la playa, ni una hoja se movía en los altos cocoteros. Allá, a distancia, se oía el triste canto de los pescadores que regresaban. No oyendo ninguno de aquellos ruidos profundos y aterradores, ni los tristes lamentos de la mar de que tanto hablan los poetas, ni viendo olas amenazadoras ni monstruos descomunales, no pude dominar el pensamiento, que voló, lejos, muy lejos, huyendo de los mares y atravesando extensas llanuras y cordilleras nevadas hasta llegar a casa, y se apoderó de mí hondísima tristeza........ Por fortuna me llamaron a embarcarnos.
A las once nos lanzamos en el mar en la misma canoa que traíamos, para hacer una travesía de cinco leguas. Cada momento me llevaba el agua a los labios para ver si ya era salada, y la golpeaba para conocer las fosforescencias, pero demorábamos en salir de la desembocad ara del río. Una hora más tarde empezaron las olas a balancear la embarcación, y entonces el miedo, no la vista, porque la noche era oscura, me hizo encontrar grande y aterrador lo que acababa de ver pequeño y casi con indiferencia. Me acosté a dormir para ahuyentar el pánico que empezaba a dominarme; pero a eso de las dos de la mañana me despertaron violentas sacudidas y una ola que reventó en el contado de la canoa.
La tierra se veía a mucha distancia como una faja oscura, y más cerca se formaban altas montañas que se aplanaban al acercarse a nosotros, produciendo un ruido particular y fuertes oscilaciones. El ruido aumentaba, las olas se sucedían con vertiginosa rapidez, y veía a los bogas afanarse y blasfemar: habíamos perdido el canal, y estábamos en los bajíos expuestos a vararnos y a que una ola echara a pique la canoa. Mi terror aumentaba, y no tenía siquiera el consuelo de la compañía del General Reyes, porque él dormía profundamente, ni me atrevía a decir una palabra a los bogas para que no conocieran la situación de mi espíritu. Era un buen ensayo para quien no había visto más agua que la de la poceta dé la casa. En esos momentos una ola gigantesca, de que no pudo defenderse el piloto, rompió con estrépito contra la canoa inundándonos, y mi compañero despertó alarmado. Al instante lo vi tan tranquilo, y me hice tal violencia, que recuperé la serenidad, a lo cual contribuyó mucho la luz del día.
Con la claridad nos internamos mucho en el mar para evitar los escollos. Lejos de éstos, la canoa, aunque combatida, por grandes olas, podía defenderse de ellas mejor.
Empezaban ya a distinguirse las paredes blancas y los techos plomizos de Tumaco a la izquierda, al frente, la isla del Morro, que parecía señalarnos con su elevado picacho el derrotero que debíamos seguir; y a la derecha un peñón solitario en medio del mar, combatido perennemente por las aguas, y que tiene el poético nombre de La Viuda Arrimada al Morro, y como si buscara su protección contra el embate de las olas, hay una roca enhiesta, separada de la tierra muy pocos metros, conocida por La Virgencita.
Como yo hiciera alguna observación sobre la gracia con que fueron bautizados estos dos peñones, el General Reyes me dijo:
-Esos nombres debieron de ponerlos navegantes de. estas costas que tuvieron que luchar más con las contrariedades de la vida que con las borrascas del mar y, agregó, señalándome otro monolito que parece centinela avanzado del Morro, mar adentro: - ¿Ves aquél ? Se llama El Quesillo, y debió de bautizarlo algún serrano de esos de vida tranquila qué no tienen más preocupación que su comercio.
La isla del Morro es bellísima y de gran feracidad; el cerro que le da el nombre va a morir en el mar en una graciosa explanada.
