¿Será como es para una niña miedosa el ruido de un ratón en casa vieja, donde dicen que espantan? ¿Será como el importuno recuerdo de acto de candidez o de tontería cometido ante quienes queríamos pasar por ávidos y discretos? ¿Será más bien, como el tormento que causa la aproximación del vencimiento del plazo de una deuda sagrada que no podemos cubrir? No lo sé, pero me inclino a creer que de todo eso y mucho más reúne un zancudo que vuela cerca de nosotros en el silencio de la noche, y que su canto es tan poderoso que disipa el miedo a los fantasmas, hace encoger de hombros al que antes se ruborizaba o apretaba con ira los dientes en la soledad, y aun cancela pagarés. Un zancudo, cuando nos habla al oído, hace con "la loca de la casa" lo que no alcanzan los más intensos dolores ni las más hondas preocupaciones: la fije, la concentra. El zancudo es el padre o el hijo, que lo mismo da, de !a fiebre amarilla, del paludismo, del coto, del carate y de las víboras, el ciempiés y los alacranes.

     No podía dormir, pues, por los zancudos, y abrí la ventana para contemplar el mar. ¡Qué quietud y que noche tan bella! "Ya salió la luna al aire"  El mar brilla en partes como plata bruñida y en otras como un gran lago de azogue ; más acá, como un río de fuego; a la izquierda, la ancha playa que ha dejado en seco la baja marea, parece la sombra de tupida arboleda; la isla del Morro, al frente, con sus elevadas e inmóviles palmeras y sus enanos manglares, me recuerda leyendas de la niñez, de que sólo tengo borrosas reminiscencias tachonadas de puntos luminosos. De allá lejos, muy lejos, adonde ni la vista ni el oído alcanzan con, precisión, se oye un ruido sordo, que no sé sí calificar de aterrador o de triste, semejante al murmullo de plebe exaltada por malas pasiones. Poco ha oí rugir al pie de mi hogar un pueblo de más de treinta mil corazones extraviados, a quienes la ambición, la venganza y la debilidad de los mandatarios azuzaban contra una virtuosa familia, y de eso sólo me queda un rumor parecido al que producen las olas en esta noche callada al romperse en los bajíos del mar. Estas vienen a morir humildemente en la bahía resguardada, como aquéllas habían de extinguirse ante conciencias rectas y sanas intenciones.

     Busqué con la vista la gran cordillera que sirve de asiento al heroico pueblo de Pasto, porque esperaba ver brillar sus coronas de nieve a la luz de la luna, pero no pude encontrarla. Quise orientarme por los mapas de Colombia últimamente editados, o por otros antiguos, y con  sorpresa encontré que la importante ciudad de Tumaco no está marcada en ellos, y que ni siquiera el curso de ríos caudalosos que desembocan aquí cerca está medianamente trazado.

     Un bellísimo día me enseñó lo que nuestra ciencia de contrato no sabe: al Sudoeste brillan, a más de sesenta u ochenta leguas de distancia, los nevados de Cumbal y Chiles, y se levantan la aguda flecha del Gualcalá y la mole inmensa del apagado Azufral.

     A diez o doce leguas el horizonte oculta el mar; mientras que del otro lado tal vez esas sombras nebulosas que apenas se distinguen, denuncian la presencia del Sotará y del Puracé, a más de cien leguas.

     Mañana debo emprender mi regreso hasta el pie de los volcanes que tengo a la vista y separarme del amigo querido que me toreó a hacer este inolvidable viaje. El se embarcará en el primer vapor del Sur que toque en el puerto, y yo a la media noche en una canoa, para aprovechar la alta marea. Llevaré por compañero a don Pablo Emilio Ospina, joven inteligente e instruido, graduado de ingeniero de minas en California, que se encuentra aquí temperando, tan, gravemente enfermos que no puede moverse de una hamaca. Es mi paisano e hijo de mi amigo don Rudensindo Ospina, y por consiguiente tengo mayor obligación de salvarle, pues si permanece en Tumaco o vuelve a su residencia de Buenaventura, muere indefectiblemente antes de quince días. En el viaje peligra también muchísimo su vida, pero, previa consulta a un médico, hemos resuelto el General Reyes y yo que me lo lleve para Túquerres.

     En el día me ocupé en buscar canoa y bogas y en comprar los muchos encargos que me habían hecho, como un juego de libros para contabilidad, un pañolón, un vaso de noche "con tapa precisamente" (¡soy tan humilde!), dos trajes, una piedra de sal, quinina, unos zapatos de caucho, un café (dos y medio centavos) de agujas, etc., etc. Hartó se rieron en los almacenes del General Reyes y de mí cuando me acompañó a solicitar estos objetos, pero los conseguimos todos. Del avío o la frasquera, no me preocupé, porque mi generoso amigo don Jesús Dueñas y su encantadora esposa ofrecieron prepararlo.

     No había más canoas disponibles para marchar que la del correo, por el Arrastradero, y una ibabura por Salahonda; pero como ésta demoraría casi ocho días en el viaje, contraté pasaje en la otra, a $ 6 por cabeza.

 

(DE REGRESO)

  Túquerres, diciembre 31 de 1893

     A las tres de la mañana nos embarcamos. La vela era demasiado grande y vieja, y como soplaba viento recio, la canoa hacia movimientos poco tranquilizadores. A eso de las seis se rasgó el trapo en toda su extensión, y no pudimos volver a utilizarlo, a pesar de nudos y de costuras con piola (cáñamo), porque la lona estaba podrida. Este accidente nos obligó a hacer la travesía por esteros y bajíos. En el de Ceniza encontramos el mar picado. A las diez entramos al estero del Trapiche que es un canal largo y angosto, y como empezaba a bajar la marear luchábamos contra la corriente, y los bogas tenían que valerse de las palancas, apoyándolas en las ramas o en las empinadas raíces de los  mangles. Dentro de éstas había muchos cangrejos, que los bogas mataban con las palancas. Son animales tan repugnantes a la vista como agradables al paladar, y quien los come una vez olvida su deformidad.

     Cieza de León dice en la Crónica del Perú lo siguiente de las iguanas, lo cual puede aplicarse muy bien al cangrejo:

      Asadas o guisadas son tan buenas de comer como conejos, y para mimas gustosas las hembra; tienen muchos huevos de manera que ella es una buena comida, y quien no las conoce huiría de ellas, y antes le pondría temor y espanto su vista que no deseo de comerla. No sé si es carne o pescado.

     A largas distancias encontrábamos ranchos sombrearlos por cocoteros, desde donde una negra medio desnuda que se ocupaba en extender al sol la red de pescar, nos gritaba: Ario, primo, o el aplazamiento para el lugar del juicio final: Hojita el valle de Josejua.

    A las dos nos acercamos a Trujillo. Al frente de este miserable rancherío de pescadores, separado en ese momento de las aguas del mar por una ancha faja de lodo profundo que había dejado la baja marea, había unas cuantas canoas cargadas de cocos y plátanos, y otras pequeñas que hacían compras. Nuestros bogas fueron al caserío a hacer su almuerzo. A fuerza de  cerveza y galletas conquisté a una negra que cocinaba sobre su canoa  en hogar de madera relleno de tierra, para que nos preparara algún alimentó. Julipa, que así se llamaba la prima, me dijo que estaba en juerma y  guayosa, pero que convenía en cocinarnos pescado chimbilaco y  Julia, porque nosotros éramos jorasteros. Con plátanos bien cocidos  excelente pan que llevábamos, vino chileno y té que sé preparar como  si no me hubiera criado en un pueblo donde la arrugada hoja sólo se  vendía en las botica, hicimos un almuerzo suculento, que completamos  con la ración de cangrejos que nos dieron los bogas.

      Tuvimos que permanecer clavados en Trujillo hasta muy  tarde  porque los tripulantes de las otras canoas decían que el mar adentro  estaba muy bravo, y la marea demoraba en llenar la playa por donde  debíamos pasar.

       Trujillo no tiene veinte años de vida. Antes se llamaba Usmal y tuvo su asiento en lo que ahora es playa que llena el océano en las altas mareas. Destruida la población por la acción de las olas como será Tumaco si el Gobierno no lo defiende, se reedificó en el lugar que ocupa que también será tragado por las aguas, y cambió de nombre en honor del único Gobernante del Cauca que ha hecho visita oficial al mar, y uno de los pocos que se han interesado por aquella comarca.

      Cuando seguimos rumbo nos acompañó buen rato un potrillo 1.

      Lo piloteaba un muchacho de diez a doce años, quien, canalete en mano y de pie sobre la popa, como al estuviera clavado allí, dirigía los movimientos de la embarcación con precisión admirable. Olas sucesivas que nos empujaban o volvían a nuestro encuentro formando ruido atronador al abrirse en las rocas que invadían o abandonaban se agachaban y amansaban bajo la embarcación de aquel piloto niño, que sin preocuparse de ellas iba cantándonos décimas a lo divino. De cuando en cuando nos perseguían o huían de nosotros levantadas arrugas espumosas que parecían manadas de carneros, y entonces el muchacho suspendía el canto para dar dos o tres mañosos remazos. siempre de pie y entonces parecía que el mar se amansaba.

     Entusiasmado Pablo con este espectáculo, saco la cabeza del rancho y me propuso tomáramos un vaso de cerveza con el negrito Allí se despidió de nosotros con un Arió, pué, hajta el valle de Josejua y lo vimos alejarse por sobre las olas, siempre inmóvil, haciéndonos la impresión del barquero de las sombras Chinescas.

     Empezaban a regresar las canoas que habían ido a pescar por la mañana. De unos ranchos salían las negras con los chiquillos a recibir el fruto del trabajo y ayudar a cargar los aparejos; las de otros esperaba indolentemente a que el pobre pescador subiera a la barbacoa y con aire contrariado arrojara al suelo el pan cotidiano?, Alcanzará la inteligencia de testos negros a apreciar la diferencia del recibimiento ? De seguro que los bogas que encuentran cariño al regresar a su rancho no son los más aficionados a viajar a Usmal, Salahonda y Tumaco.

     A las ocho de la noche llegamos a Chajal, a casa del negro Caleño quien nos acogió con la mayor displicencia, y solo combino en darnos alojamiento a la vista de un braguero que me había encargado. Se lo probó en mi presencia, le quedo bien, y no preguntó cuánto había costado, y ni siquiera se manifestó agradecido.

    Las tres de la mañana era la hora señalada para subir el Chagüí, pero los bogas no se movieron hasta las seis. Durmieron en la canoa y no pude llamarlos más temprano porque la mañana era oscura y el embarcadero resbaloso y sembrado de conchas puntiagudas de ostiones. Perdimos, pues, la fuerza de la marea entrante, y por consiguiente la subida de la ría fue laboriosa. Ya bajaba la marea cuando embocamos en la quebrada del Arrastradero, y por eso la subida fue dificilísima: cada momento temía ver llena de agua la canoa, porque se desgastara en la arena en que se arrastraba. No vi ni uno de esos caimanes que algunos viajeros dicen se encuentran atravesados en el caño porque la baja de la marea los sorprende dormidos.

     Con dificultad encontré carguero para Ospina y para transportar el equipaje hasta la laguna, y tuve que cargar con la ropa de mi amigo y con un rémington. Como teníamos que marchar tan espaciosamente que demoramos dos horas en atravesar el istmo, me despedazaron las piernas  los zancudos, los mosquitos, los tábanos y toda suerte de sabandijas. Esa trocha debe pasarse a la carrera, como lo hicimos el General Reyes y yo.

     En el puerto de la laguna de Chimbuza no había dónde dormir, y nos embarcamos a las seis de la tarde en la canoa que habíamos dejado diez días antes. El piloto despidió allí uno de los bogas para economizar los jornales, pero me prometió contratar uno bueno más adelante.

     Alas ocho arribamos al rancho de un negro bizco, jactancioso y antipático que no tenía qué comer más que pezuña de guatín ahumada. Le propusimos que nos guiara hasta salir al Patía, pero no convino en ello por ningún precio. Tuvimos que quedarnos allí, y como habría sido una imprudencia desafiar las chinches del rancho y la mala condición del negro, abrigué la cubierta de la canoa con el mosquitero y nos acostamos Ospina y yo en esa cueva, donde sólo cabía una persona. Por más cuidado que puse, no pude evitar que entrara un millar de animalitos a ayudar a un calor sofocante a desesperarnos. A todas esas Pablo se agravó tanto, que temí muriera en la noche. Por fortuna al amanecer hizo crisis la enfermedad reventándose un absceso interno que lo atormentaba, y como no estábamos preparados con sábanas y ácido fénico, suplí aquéllas de cualquier modo; pero el desinfectante no lo encontré ni al aire libre en las malsanas emanaciones de la laguna. Esperamos el día en vela.

     Lúgubres lamentos se levantaban de la laguna, prolongados ayes, gritos de angustia y como gorgoreos de persona a, quien ahogan los suspiros y las lágrimas. Pablo, olvidando sus dolores, me decía:

    -¡Escuche!... .Mañana convenceré a esas negras del rancho de que la reina de Sabá llora todas las noches sobre aquellas cruces.

     Muy cerca, en una punta de tierra que se avanza al agua, estaba el cementerio, sembrado de cruces todavía verdes, donde había sepultados centenares de niños muertos sin bautismo hacía poco, víctimas de la viruela. Los ruidos tal vez eran producidos por grandes ranas, por caimanes pequeños llamados tulicios, que son el azote de las aves de corral, o por los meros, grandes peces tan agradables al paladar como temibles para los bañistas, una negra nos decía que los ruidos los hacía la fantasma. Si la reina bíblica pudiera comparase con Raquel,  razón tendría para, llorar, pues en toda la travesía no vimos un ser humano menor de diez años, a pesar de que nos acercamos a todas las casas en busca de gallinas, huevos, carne fresca o frutas.

 

 

1     Canoa tan pequeña que la negra que la montaba no cabía en ella sentada y tenía que ir a horcajadas.
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