Veintitrés viviendas y una capilla ruinosa tiene este viejo caserío, distante 15 leguas completas de Barbacoas. Su nombre es el de un árbol que abunda en aquellos bosques.

      Hace poco la viruela mató allí treinta y tres personas, porque encareciéndose de virus vacuno, a uno de los principales vecinos se le ocurrió  reemplazarlo con el de la viruela.

      Es un rancherío de poco porvenir, porque no tiene vida propia. Su  movimiento lo debe a la presencia de los transeúntes y a la concurrencia de los indios coaiqueres. Hasta hace poco había mayor animación  por la Oficina Telegráfica  porque los vecinos auxiliaban eficazmente  el pago del contrabando de bayeta del Ecuador para la Costa; pero el  Gobierno trasladó a Ricaurte el telégrafo, y el Resguardo de la Aduana  a Maindés, y con la disminución del fraude ha decaído el rancherío.  Esos dos cambios los solicité yo, y tuve la fortuna de que se me atendiera.

      La familia indígena de los coaiqueres es muy interesante, y deberían estudiarse con cuidado su idioma, origen, costumbres y organización. He recogido algunos datos sobre ella, y auxiliado por mi amigo  don Horacio Galindo, caqueteño que trajina aquellas tierras, alcancé a  formar un medio vocabulario del idioma, el cual pasé a don Tomás Hidalgo, joven inteligente y estudioso que se había dedicado a hacer investigaciones sobre la etnografía de las tribus que poblaron el sur del  Cauca y el norte del Ecuador. De las comparaciones hechas por él,  dedujo que la lengua coaiquer no tiene afinidades con la quichua, ni  con la que hablaban la nación quillacinga y demás que poblaron los  valles altos. En su aspecto, costumbres y vestidos, se encuentra  todavía mayor diferencia con los descendientes de los quillacingas, los caras, Incas, etc., que en acento, raíces y construcción.

      El varón coaiquer (acuamacuash, hombre) es alto, robusto, bien  conformado, de color bronceado, muy laborioso, de costumbres severas  y en extremo celoso del honor de sus mujeres; viste camisa y calzoncillos cortos y anchos, de lienzo blanco; no usa ruana ni sombrero, y lleva  la abundante y negra cabellera cortada sobre la nunca; marchan por  los caminos en fila, silenciosamente; los de mayor edad entienden casi  todos el castellano y se expresan con dulzura.

      Las mujeres (ashamba) son generalmente de mediana estafara, delgadas, morenas, de ojos negros, grandes y muy bonitos, aunque poco  expresivo nariz pequeña, bien conformada cabellera abundante, siempre suelta y regularmente cuidada, visten sólo una faja de bayeta colorada, sin costura, que se amarran en la cintura les cae hasta los tobillos, y un chollón éste es una especie de manto cuadrado de bayeta  azul que se añadan con una punta que pasa por sobre el hombro derecho y otra por debajo del brazo izquierdo de manera que los otros dos  extremos bajan casi hasta el suelo, cubriéndoles el levantado pecho, la  espalda y el costado derecho. Por los caminos marchan las mujeres detrás de los hombres en (profundo silencio, con el paingull (hijo) terciado  a la espalda y tejiendo mochilas de pita, industria en que no hay otro  pueblo que las iguale. Es raro que una mujer hable el castellano. Son  muy recatadas, de una fidelidad asombrosa a sus maridos, de manera  que con dificultad podría mostrarse una que hubiera dado entre extraños motivo para dudar de las buenas costumbres de su raza. cuando se encuentran en el camino con hombres desconocidos, huyen con ligereza al bosque, si van mujeres solas y se recuestan al talud si las  acompañan varones de su, tribu. Se casan en edad temprana: a los doce años la india ya ha sido solicitada por un hambú (varón), que tiene construido el rancho a donde ha de llevarla; y después de vivir seis meses juntos, celebran el matrimonio católico, casi nunca se prolonga ni acorta el plazo de prueba, y por rareza dejan de casarse  los que han vivido bajo un mismo techo. Nunca mujer coalquira que visitó rancho extraño, o dejó visitar el propio, tuvo los halagos de los seis meses de prueba, y mucho menos fue llevada al altar de la capilla de Altaquer.

     En las efusiones de amor toma la iniciativa la esposa, y lo hace emprendiendo carrera abierta del rancho o del losar en que se encuentre aunque haya más gente; el marido corre detrás; esos juegos constituyen sus más íntimas expansiones.

    No acostumbran adornarse con dijes brillantes, como casi todos los demás indios. Loa individuos de las familias más calificadas de las que entre ellos se consideran nobles se pintan rayas con bija 1 en la frente, los pómulos y la punta de la nariz, y tal vez es éste  el único distintivo que usan.

     En esa tribu, que frecuentes viajes e indagaciones con personas con conocedoras me hacen calcular de seiscientos individuos, no se ve uno solo que denuncie cruzamiento con otras razas, pues si tal cual se casa fuera de la familia, pasa a vivir a la banda derecha del río Guabio o Guisa.

     Tiene su asiento la Nación coalquira en el valle del río Vegas Guel, que nace en el nevado de Chiles y va a juntarse al Guabo, casi frente del pueblo de Ricaurte, y en la banda izquierda de este última río, hasta frente a Altaquer, es decir, hasta donde el Guabo pierde nombre para tomar el de Guisa e ir a formar El Mira con el Nulpe y el Chota.

     Antes de recibir del  Vegas un tributo tan considerable como su propio caudal, no es vadeaba el Guabo sino en los grandes veranos, y eso sólo por algunos escasos puntos en que la escarpada orilla da acceso a las aguas. Junto los dos tíos, no hay paso sino por maromas que los indios extienden de una roca a otra ó aseguran en los árboles de la ribera; y por esos puentes (pianí) de guadua o de bejuco (juanquereme), pasan con la confianza de un equilibrista.

     Cuando invade la banda derecha alguna de las epidemias que con  frecuencia la azotan, los coalqueres cortan todos sus puentes y se aíslan en absoluto del camino y de los caseríos vecinos, hasta que se convencen de que el peligro ha desaparecido. Si por casualidad les resulta algún caso de contagio dejan al paciente en un rancho, al cuidado de los que hayan sufrido enfermedad, y todas las demás familias abandonan las viviendas y se alejan a la parte alta de la cordillera. En ninguno  de nuestros pueblos civilizados se establece con mayor rigor el  cordón sanitario, ni ninguno ha sido menos visitado por las epidemias

     El valle del Guabo es estrecho y el camino que une a Barbacoas con Túquerres corre por diez leguas a la orilla derecho del río, desde desembocadura a la quebrada Cuasquesán hasta Altaquer; y como la banda izquierda es muy empinada, desde cualquier punto se ven las viviendas de los indios diseminadas en la falda selvosa, a tan corta distancia que distingue uno los habitantes de los ranchos ocupados en sus faenas.

  Allí cultivan maíz {pía} para proveer a las poblaciones de la otra  banda, donde casi no se siembra. Socolan el bosque, ruegan el grano, y después con machetea derriban los árboles grandes, pero no queman,  porque la humedad del ambiente y las constantes lluvias no permiten tal operación en esa región; y no vuelvan a poner mano en la roza para desyerbar, cercar, vigilar, etc., hasta que ya dentro del rastrojo crecido  recolectan a los ocho o nueve meses un grano pequeño y fino que venden a bajo precio. No hay loros, guacamayos, ardillas  ni otros animales que persigan las sementeras.

     Se unitiva también caña (pieraisí) para hacer guarapo, que venden en el camino, yaca (yu) y plátano (pala}. Pero su industria más importante  es la cría de cerdos (cuyu), cuya grasa envasan en tarros da guadua y  llevan a vender hasta Barbacoas, y la de gallina (arall) y en sementeras  de gramalote también mantienen algunas vacaa (guabarabaisfá}.

     El coalquer tiene odio profundo a los peones cargueros, porque  cree que a ellos debe todas las calamidades que ha sufrido. Don Salvador Moriaño ha alcanzado tanto ascendiente sobre estos indios, cuyo idioma hablan él y su esposa, que en las épocas de revuelta ha logrado formar con ellos un batallón para defender los principios conservadores, y los hace trabajaren sus labranzas dé la banda derecha, pero siempre separados de los demás peones, con quiénes no se juntan por  nada.

     En Altaquer pernoctamos en un rancho que hicieron con $ 16 mis amigos don Luis y don Narciso Jaramillo, Inspectores del camino, quienes nos habían acompañado en el viaje desde Barbacoas. Encontramos el pueblo de fiesta, porque se celebraba un camarico (regalo) dé los coaíqueres, que dependen en lo eclesiástico y civil de San Pablo 2.

     El cura visita una o dos veces por año los caseríos que forman sus feligresías, con el objeto de acabar fiestas en ellos, o sea de celebrar todas las religiosas señalada en la calendario desde la última visita. Así, en cualquiera. época puede asistir uno en estos rancheríos, en el cursó de una semana, a habeas , Noche buena , Semana Santa, día de ánimas, etc. En este viaje no acabó el cura de San Pablo más fiestas que las de Nuestra Señora de las Lajas, Santa Bárbara, San Rafael, San Sebastián, Santa Rita y  el Crucifijo. Algunas son pedidas por los indios o por vecinos devotos que ofrecen hacer los gastos; y para las demás, el Cura designa con anticipación, de acuerdo con el Comisario o Inspector de Policía, los fiesteros o alféreces que deben costear la misa cantada, el alumbrado y la pólvora.

     No sólo para esto se mueve el cura, pues celebra muchos matrimonios de ligero, algunos de ellos a indicación de cualquiera autoridad civil ; bautizada; hace unas pocas confesiones; recauda los diezmos y primicias, y averigua quiénes han muerto para hacerse pagar los derechos correspondientes por el entierro, aunque por no haber cementerio los cuerpos reposen en un fangal profano 3.

     En el momento de entrar nosotros a la población desfilaba con dirección al tambo que hace las veces de iglesia, la procesión del camarico,  correspondiente a la fiesta de Nuestra Señora de las Lajas. Casi todos los concurrentes llevaban velas de cera de laurel o embiles encendidos. Adelante iba el fiestero con un pendón, seguido por ocho indio qué cargaban en una chacana (varas largas en forma de parihuela) medía vaca y medio cerdo; después otros con doce atados de maíz y doce tasas (canastos) con huevos, chontaduro, plátanos, morocho (mazamorra o peto), guarapo, etc., y más atrás la chusma de mujeres y muchachos. El alférez de la fiesta da además al Cura $ 12 de ocho décimos, en plata.  La procesión iba animada por un bombo, un tambor, tamboriles y jucos (flautas de carrizo). Los principales personajes estaban adornados con gorros, flores, trapos y cintas de colores vistosos,

     Un amigo suriano, temeroso tal vez de que nosotros juzgáramos de las costumbres de su tierra por el espectáculo que teníamos presente, me llamó la atención a que los disfrazados eran todos indio semisalvajes. ¡Qué timidez! Quizá no sabe él que en nuestros pueblos que se llaman civilizadas, empezando por Bogotá, también se celebran fiestas religiosas y patrióticas con procesiones, disfraces, contradanzas, pendones, cintas y flores. En las danzas que organizan los indios no toman parte las mujeres, y cuando se presentan en público van cubiertas con recato; en nuestros bailes algunas damas se pintan más que las nobles de las riberas del Guabo, y dejan las carnes al aire casi como las sífides del Patía. En las diversiones de los unos, sin la Policía y el Ejercito, nada se haría; en las de los otros el respeto a la tradición y a la autoridad hace innecesaria la intervención de la fuerza. No hace medio Siglo que las procesiones del Corpus en Bogotá eran precedidas por danzantes disfrazados, como lo hice notar los viajeros Le Moyne y Mollien. Hasta hace diez y seis años veíamos en Bogotá esas danzas, los disfraces y sus juegos de suerte para solemnizar las grandes festividades religiosas. No nos burlemos de los pueblos atrasados: nuestras costumbres son casi las de ellos, con la diferencia que hemos perdido la sencillez, la inocencia y la generosidad del impulso. Los camaricos son farsas que tienen un origen en la época de la colonización. Los encomenderos, no tanto por piedad y celo laudable, como por lucro, las fomentaron; y los pobres indios, dóciles y religiosos, privados como están de diversiones que den expansión a su melancólico espíritu, se prestan a ellas de buen grado.

     Desde mi principio el virtuoso y prudente Obispo de Quito, señor Peña, que tenia jurisdicción en estas tierras, prohibió los camaricos, y en 1587 el Cabildo de aquella ciudad reclamó contra ellos a la Audiencia como muy gravosos para los pueblos

      No censuro el que en los primeros tiempos para atraer a una gentes, sencillas como niños, a quienes hay que halagar y hablarles a la imaginación, se estableciera la costumbre de celebrarles fiestas religiosas de mucho aparato, en que lucieran las melodías de sus instrumentos músicos, los dijes con que se adornaban y su gracia y habilidad en, el baile, porque se les obligaba a hacer un sacrificio muy duro para los sentidos y la imaginación cambiándoles un culto gratísimo a todas las inclinaciones de la debilidad humana por una religión severa, que condena todas esas expansiones y sólo se preocupa del espíritu a expensas  de la carne.

      La otra medía vaca, medio cerdo y una buena porción de las demás provisiones se consumen esa misma tarde por los indios en alegre reunión. Esa noche no hubo el menor desorden en Altaquer, porque la mayor parte de los indios regresaron a sus hogares y había un Comisario desarmado que vigilaba. No oí a los indios cantar en ningún rancho En cambio, algunos cargueros y una pareja de puendos (ecuatorianos)  cantaron hasta el amanecer melancólicas trovas al son de marimbas y  cununos.

 

 

1  Artículo de bastante comercio que benefician los indios y venden para condimento.

 

2  Este es el nombre del Municipio y de la parroquia, que tiene por capital a Ricaurte.
 
3  Es de justicia, advertir que al actual Cura,, doctor Paz, virtuoso joven, no lo hemos visto obrar de esa manera, y que no se refieren a él las noticias que damos sobre lo que hacen muchos Curas de pueblos de indios. 1897.
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