Sin embargo, la Convención ecuatoriana de 1884, por Decreto legislativo de 30 de abril, mandó enjuiciar a los individuos que como autoridades llamaron tropas extranjeras en su auxilio, y que reintegraran al Tesoro Público las sumas que de él habían tomado para gratificarlas o racionarlas.
Además, don Jorge Isaacs, como Secretario de Gobierno del Cauca, dijo que los Jefes de la fuerza colombiana no quisieron recibir dinero en Quito, pero que sí se les entregó una suma en Imbabura. Agrega que esta suma la devolvieron inmediatamente, y que lo propio hicieron desde Tulcán con las mulas que trajeron del interior.
Llamamiento hubo: claramente dice la Memoria del Ministro de lo interior y Relaciones Exteriores, que el Jefe Político de Tulcán se dirigió a Figueredo en solicitud de auxilios, y lo autorizó para pasar la frontera y levantar fuerzas ecuatorianas.
En cuanto a mandato, el General de la Rosa, en alocución que suscribió en Ibarra el mismo día 15 en que Figueredo entraba a Quitó dice lo contrario, esto es, que había ido a intervenir en la revolución "conforme a instrucciones de mi Gobierno." Y Por lo que hace a aprobación. léanse las actas del Congreso de 1879, y allí se verá que sí la hubo, y muy entusiástica, y que por su proeza fue ascendido Figueredo a General.
Don Juan Montalvo, al hablar de la expedición Rosas Figueredo, decía que no había dejado "ni asta de buey, ni pelo de caballo. "
Don Rafael M. Mata, en su libro Juicios Históricos, y a propósito de lo que doña Marieta de Veintímilla, dijo en la obra Páginas del Ecuador sobre la expedición Rosas-Figueredo, se expresó así:
"Mil doscientos haraposos, mal armados, reunidos a la voz de dos valientes a lo Atila, acudieron en el acto y hollaron el suelo sagrado de la patria, o hicieron nada bueno, y sin embargo exigieron paga como son legendarios suizos de la historia; nos trataron, no como a sus aliados, sino como a sus enemigos. Lo que no llegó momentos de hacer en un campo de batalla, lo ejecutaron vergonzosamente sobre poblaciones inermes, talaron los campos, recogieron y adelantaron rico botín en las casas y las haciendas, y se volvieron a su tierra satisfechos del paseo en que nos demostraron tan elocuentemente su confraternidad...
Humillación más afrentosa no registra nuestra historia, y ella seria bastante para la perpetua execración, de un Gobierno que así se empequeñecía, hasta el punto de cometer un doble crimen de lesa patria y de espantosa indignidad"
Vencida la revolución de 1876 en todo el país, todavía los pastusos sostenían el fuego sagrado de la protesta armada, pero tuvieron que entregar en Buesaco los pocos elementos que tenían, de acuerdo con la capitulación celebrada en El Tablón. Después de esto, los conservadores se asilaron en el Ecuador, y hasta allí entró Figueredo con fuerzas, el 4 de noviembre, y los redujo a prisión. Doce de los asilados, entre los que se encontraban el General Miguel Villota y el Coronel Primitivo Quiñones fueron confinados en Panamá hasta después del triunfo de Amaime.
En 1878 tampoco se hizo caso de la neutralidad, y para ver de guardarla, el Gobierno envió de Bogotá el 31 de diciembre el Batallón 2.° de línea, que se demoró en el Valle del Cauca a causa de los trastornos ocurridos allí.
En mayo del mismo año se organizaron allende el Carchi movimientos revolucionarios contra las autoridades del Sur.
No mucho más tarde, el 6 de noviembre, los colombianos residentes En Ríobamba fueron víctimas de una emboscada que costó bastante sangre.
El 26 de mayo de 1882 se organizó en Ipiales y en los pueblos vecinos. Una expedición contra el gobierno del general Ignacio de Veintimilla, la cual ocupo a Tulcán y poco después fue desbaratada Yaracruz.
Las partidas armaba en Guachucal desde fines de 1881 regresaron después de la derrota, y el Alcalde, en virtud de órdenes de Popayán, las desarmó y redujo a prisión; pero otra partida las libertó.
Entonces el Gobierno de Bogotá envié un batallón a la frontera para hacer guardar la neutralidad, y a Quito al General Sergio Camargo, en misión diplomática.
En el mismo año de 1882, en julio, el vapor Olmedo, armado por los revolucionarios, se presentó en , Tumaco a hacer algunas reparaciones en sus maquinaria, y poco después llegó a reclamarlo el Manabi, armado en guerra por los agentes del Gobierno del Ecuador.
Las autoridades del puerto rehusaron entregarlo; pero vino a Bogotá el amigo del General Veintímilla, doctor Miguel Velasco y Velasco, a reclamar como suyo el Olmedo, y maestro Gobierno ordenó el 21 de noviembre que se le entregara.
El Ministro de Guerra del Ecuador dice lo siguiente en su Memoria, al dar cuenta al Congreso de 1884 de lo acontecido en la revolución del año anterior, en Guayaquil el 9 de junio de 1883 : una legión de bravos colombianos engrosó a nuestras filas, compartiendo desde el principio las fatigas, los peligros y las glorias
En noviembre de 1884 zarpó de Panamá, armado en guerra, el vapor Alhajuela, adquirido por los revolucionarios del Ecuador con miras más comerciales que políticas. El Gobierno del Ecuador mandó perseguirlo como, pirata, y el 6 de diciembre al Huacho y el transporte 9 de Junio lo incendiaron y echaron a pique no lejos de nuestras costas.
El General Eloy Alfaro y unos pocos de sus compañeros se salvaron y fueron a Asilarse a Tumaco. El General Reinaldo Flores, Jefe militar del litoral ecuatoriano, solicitó de las autoridades de Tumaco el desarme y la retención de los revolucionarios; pero el Administrador de la Aduana, doctor Nicomedes Conto, le contestó en términos evasivos, no muy conformes en el fondo con el Derecho de Gentes y con los intereses de dos Gobiernos y de dos pueblos entonces acordes en principios y aspiraciones, aunque tal vez sí con los del partido en que estaba afiliado el Administrador y con los de un alto empleado de nuestra actual Cancillería.
Este incidente y algunos otros que conocemos nos determinaron a apoyar en el Congreso anterior la creación de una nueva Provincia en al litoral del Sur, para que tuviéramos allí siquiera un Prefecto que nos representara en casos como el del Alhajuela.
Sobre puntos relacionados con este asunto escribió el doctor Abraham Fernández de Soto, desde el Ecuador, una carta muy importante a nuestras autoridades; y conocemos además pormenores íntimos de mucha gravedad que comprometen al Gobernador de Panamá, a su Secretario de Gobierno y al Jefe de las fuerzas acantonadas allí.
En 1885, después de derrotadas en Angasmayo las fuerzas liberales que comandaban don Salvador Herrera y José María Guerrero (Guaguanegro), por el Coronel Blas María Chávez, y de haberse entregado en Potosí, el 11 de marzo, el General P. de la Rosa, se retiró al Ecuador con sus compañeros por Yaramal, en agosto, y allí lo hicieron prisionero tropas colombianas.
El 9 y 10 de febrero da 1888 los colombianos residentes en Ambato fueron víctimas de una asonada fomentada por las autoridades, en que hubo dos muertos y varios heridos.
En el Congreso de 1892, en la Comisión de Suministros y en los periódicos oficiales de Bogotá, se habló de la suma que se dio a un General colombiano y Coronel en el Ecuador, por las armas que en esta última nación se suministraron durante nuestra contienda, civil de 1885 a don Alejandro Ontaneda, Jefe Municipal de Túquerres.
A principios del año pasado el doctor Alejandro Pérez y el antiguo Oficial de la guardia don Julio Plazas, secundados por el ecuatoriano Gregorio Laz, armaron gentes de las costas del Ecuador para venir a apoderarse del puerto de Tumaco. Al caer prisionero el señor Plazas se le encontraron elementos destructores, que si hubiera llegado la ocasión de emplearlos, tal vez habría sido destruida la ciudad que tanto interés nos inspira.
A fines del mismo año de 1895 presenciamos muy de cerca cómo se guarda la neutralidad en la frontera. En el campamento de las fuerzas del Gobierno legítimo del Ecuador no se hacía distinción de nacionalidad y en el de los revolucionarios sucedía lo propio 1.
Los trastornos de la vecina República se han prolongado hasta nuestros días, y con ellos las intervenciones. Dos altos empleados nacionales y uno del Departamento y varios Alcaldes han sido separados de sus puestos porque no guardaron debidamente la neutralidad; y si el Ministro de Gobierno pasara la vista por documentos que oportunamente se llevaron a su Oficina, encontraría algunos otros comprometidos.
Para arreglar las dificultades producidas par esos trastornos y revolución, nuestro Gobierno envió a Quito como diplomático al General Santodomigo Vila. No puede negarse que este distinguido militar tiene con traídos grandes méritos para con los diferentes partidos en Colombia; y que aun ha dado pruebas de su amor a la patria que adoptó derramando en ella su generosa sangre; pero quien sepa cómo fueron tratados en el Ecuador los colombianos hasta hace poco, y cómo lo son ahora, no podrá negar que el señor General no mejoró la suerte de nuestros compatriotas, y sí sirvió de estímulo a ciertos elementos poco favorables al actual orden político en Colombia.
En resumen, mientras el Gobierno de Colombia no preste al Sur, la atención que merece, estamos expuestos todos los días a complicaciones que, en el momento menos pensado, nos llevarán a una guerra internacional que en ningún caso nos dará honra ni prestigio.
