7.       Comunicaciones y comercio

El tráfico del centro casi queda reducido a los peatones, pues debido a los caños son pocas las vías transitables por coches, no existiendo aquí, por otra parte, la costumbre de moverse a caballo dentro del perímetro céntrico, ya comentada como bastante generalizada en la caliente y arenosa ciudad de Barranquilla. Mientras que la traída de carbón, leña, adobes y ladrillos lo mismo que del agua potable, se hace a lomo de burros feos y velludos, el transporte de muebles y mercancías suele efectuarse a espaldas humanas o mediante parihuela. Para movilizar a enfermos y señoras entradas en años se usan sillas de manos, similares a las “portechaises” a veces en uso todavía por ejemplo en Dresde. Con la falta de aseo tan común aquí es de suponer que a la vez puedan resultar de vehículo para propagar numerosas enfermedades contagiosas. Donde predomina la vida más variada y colorida, es en los suburbios. Allí pueden observarse con frecuencia jinetes que portan sombrero alto de paja, ruana, zamarros y espuelas grandes. También puede suceder que manadas de diez a veinte caballos asusten al transeúnte despreocupado, al ser llevados al potrero en pleno galope por muchachos montados sin usar galápago. Del sur y del este especialmente avanzan largas caravanas de mulas y numerosos campesinos, todos cargados de productos agrícolas, en tanto que por las carreteras convergentes en la plaza de San Victorino se observan los ómnibus que dos veces por semana hacen sus recorridos a Facatativá y a Zipaquirá, al par que coches de cuatro puestos, entre ellos un landó, luego carros de dos ruedas tirados por bueyes, usados de preferencia para el transporte de mercancías a través de la sabana desde Agualarga o Los Manzanos a Bogotá. 

El tráfico más activo se presencia en los días de mercado. Habiéndose construido un mercado cubierto especial en una plaza secundaria, ya no sigue siendo la principal de Bogotá el lugar de este acontecimiento, apartándose así la capital de la costumbre mantenida. en la mayoría de las demás poblaciones. El movimiento de mercado viene concentrándose en Bogotá prácticamente los jueves y viernes de cada semana, días en que la gente de fuera llega hasta de lejos para vender sus productos del campo. Los jueves se dedican de preferencia a la conclusión de negocios al por mayor, en tanto que los viernes las amas de casa suelen surtirse de lo necesario para la semana. 

Bien vale la pena gastar una hora para ir paseando por el mercado, pues difícilmente se encontraría oportunidad igual para apreciar la población y el fruto de sus esfuerzos. Aparte de los sabaneros, allí observamos gente de los pueblos situados al este de Bogotá, por ejemplo de Choachí, Fómeque y otros. Asimismo llegan de Fusagasugá y otras poblaciones de la tierra templada. Hasta calentanos vimos, que desde luego no podrán sentirse confortables aquí en vista de su vestimenta inadecuada para este clima. Hombres y mujeres, acuclillados juntos, vienen ofreciendo sus mercancías al público que acude en masa. Cerrar un negocio suele implicar un prolongado regatear previo por el precio. Pero raras veces se presentan casos de pelea con necesidad de ajuste por la fuerza. Al contrario, la charla en la mayoría de los puestos revela un ambiente de animada alegría. Pero con todo lo interesante que tiene la visita al mercado bogotano, son las inmundicias presentes a cada paso las que privan al observador de encontrarla agradable, así como la monótonamente oscura vestimenta de los sabaneros tampoco le proporciona al ojo un cuadro colorido que pudiera contribuir a aliviar las incomodidades sufridas por todo lo desagradable que percibe el olfato.  

La diversidad de las frutas ofrecidas en el mercado de Bogotá apenas es igualada por contados mercados del mundo. Al lado de las frutas y legumbres propiamente tropicales traídas de la tierra templada y la caliente, tales como plátano, yuca, piña, naranja, chirimoya (anona cherimolia), aguacate (persea gratissima), café, cacao y otras, se exhiben las cultivadas aquí en la sabana y sus alrededores, por ejemplo la manzana y el durazno, aunque ambos, por falta de cuido de los árboles, son de calidad apenas mediana, así como papas, garbanzos, habichuelas, coliflor, zanahorias, cebollas y otras conocidas de la flora alimenticia. Pollos y pavos, ofrecidos en cantidades, por lo general son muy flacos, requiriendo algunas semanas de engorde casero a base de maíz y desechos de la cocina antes de servir para la mesa. Los pequeños patos silvestres son cazados en las lagunas de la altiplanicie, fuente que suministra también el capitán (eremophilus mutissii), pescado único y particular que forma el alimento principal en los días de vigilia. Otras piezas de caza se buscan en vano. La carne de mayor consumo es la de res, pero de una calidad que no siempre merece nuestra aprobación. A veces se sirve asado de cordero en la comida bogotana, en tanto que la carne de marrano en general se relega a la alimentación de las capas inferiores, quedando el sacrificio del ternero del todo vedado. La sal, condimento indispensable para la mayoría de los alimentos, proviene de las salinas de Zipaquirá, siendo ofrecida en terrones grandes sin refinar. El azúcar se encuentra tanto en forma refinada, si bien no muy blanca, o cruda, la llamada panela, lo mismo que de melaza o miel, estado de uso preferencial para preparar la chicha. El tabaco se trae de Ambalema y de Girón, ya en forma de cigarros elaborados en la mayoría de los casos. Entre los trabajos manuales exhibidos son aquellos confeccionados de «carludovica palmata» los que llaman nuestra atención, sea en forma de sombreros, de mayor o menor altura de su copa y de mejor o menor calidad de la fibra empleada, o sean los alpargates, los primeros el medio más en uso para cubrir la cabeza, los últimos para calzarse la gente del pueblo. Ruanas ordinarias y pantalones de dril vienen de las montañas de Boyacá y de la región del Socorro, ambos territorios donde la antigua manufactura india se ha mantenido, si bien ahora los artesanos con frecuencia se ven engañados con tejidos europeos, de muestras y tejeduras tradicionales imitadas al efecto, pero de una resistencia muy inferior. De las regiones norteñas también proceden los jarrones y otros recipientes de barro, lo mismo que los hechos de una porcelana ordinaria. Originarias de tierra caliente, en cambio, son las totumas y calabazas, vasijas vegetales de múltiple uso ya descritas anteriormente, que en la plaza en parte aparecen barnizadas de rojo. De casi todos esos artículos también se confeccionan miniaturas, muy solicitadas como juguetes para los niños y también con gusto adquiridas por los europeos para llevárselas como recuerdo. 

Este último objeto lo satisfacen también muchos otros productos, tanto de la naturaleza misma como del artesanado, que los colectores o elaboradores suelen ofrecer directamente, yendo de casa en casa, en lugar de exhibirlos en la plaza. En general empiezan por pedir precios exorbitantes, para contentarse con la tercera o hasta la quinta parte al cabo de un regatear más o menos prolongado. Un lugar predestinado en este campo lo ocupan las pieles de pájaro con sus plumajes coloridos y brillantes, entre ellas sobre todo las del colibrí, que, disecadas, adornan las habitaciones y también se despachan a Europa con destino a engalanar los sombreros de nuestras damas. También mariposas con su verdadera riqueza de colores son ofrecidas como otro renglón de las características tropicales, con el «morpho cypris», la vistosa especie azul de Muzo, entre las más buscadas. Asimismo se ofrecen monos vivos o disecados, armadillos y otros. Cuadritos compuestos de plumas de pájaro en variados colores buscan sus compradores, aunque para mi sentido estético, en ellas la calidad de artificial sobrepasa la de bello. De vez en cuando se encuentra un indio de los alrededores, dotado de sentido artístico, para crear tipos del pueblo en cera o en trapo. Otros se dedican a la talla diminuta en madera de escenas de la vida contemporánea. De buena demanda gozan las cáscaras artísticamente talladas de la nuez de coco, en sus colores carmelita y negro. De esperar será que crezca el entusiasmo de elaborar tales objetos, pues el número por ahora reducido de artesanos dedicados a menudo dificulta su consecución. Otras obras de arte a veces ofrecidas en Bogotá, pero de origen indígena antiguo, son los objetos, tanto de oro como de barro, encontrados en tumbas, aunque se ven en las regiones occidentales del país (véase parte V, capítulo 5) con más frecuencia que aquí. 

Muy características para completar el cuadro de Bogotá son sus tiendas y chicherías, haciendo las veces, más o menos, de nuestras tiendas de comestibles al por mayor. En ellas el pueblo acostumbra surtirse de sus necesidades comunes y corrientes, como huevos, chocolate, pan, cigarros, fósforos, jabón y otros artículos. Allí también suele tomarse una sopa caliente de maíz y papas, y sobre todo, su chicha. Esta, guardada en barriles grandes parados sobre el piso, se saca con totuma, vasija que también sirve para beberla. Cuidadosamente la chichera le pasa su soplo a la totuma llena, acompañándolo a menudo con la metida de sus dedos, para sacar una que otra partícula ajena, casi siempre presente, sea ya desde el mismo proceso de elaboración o por haberse introducido durante la guardada. En vano se espera gusto alguno en la instalación de tales tiendas o chicherías. Por en medio va un mostrador ancho, que divide el espacio en dos; el delantero con destino al público y el trasero para exhibirle a este sus tesoros, sea repartidos sobre la estantería o colgando en lazos desde arriba. Hay estantes llenos de botellas en todos los colores imaginables. Pero el sobresalto, causado en el foráneo por suponerse a la vista de cantidades de bebidas alcohólicas, pronto se desvanece ante el hecho de servir la mayoría de los envases de meros figurantes, con pura agua por contenido. Por último esta costumbre viene orientando el precio considerable que se paga por botellas vacías de color agradable, algo como el equivalente de 30 a 40 pfennigs la unidad, lo que, para el consumidor de cerveza extranjera, por ejemplo, redunda en aumentarle un tanto el goce de la bebida. Con preferencia de noche, hombres y mujeres suelen apretujarse en estas chicherías, por largas horas charlando o cantando, como ellos dicen, o sea gritando, a nuestro modo de entender, delante del mostrador, o escuchando los aires melancólicos de los llamados bambucos arrancados por alguien de su tiple, una guitarra simple. Entre tanto la totuma está cursando, a veces alternada por una tanda del tradicional anisado. Así, poco a poco la ebriedad viene dominando a todos, trocando en repugnante su comportamiento, tan inofensivo al principio. 

Las clases superiores acostumbran satisfacer su gusto más refinado, también visitando tiendas, pero de una categoría un poco más elevada. Al efecto los bares y mostradores en Bogotá les están llevando ventaja a las tabernas, pero los cafés, tan característicos en las ciudades suramericanas en general, aquí no existen sino en pequeña escala. 

Harto numerosos en Bogotá son los hoteles, aunque ni el Gran Hotel Francés ni el Viollet, con su fama de ocupar el rango superior, van al compás de los hoteles europeos, siendo menor tal vez la diferencia en el aspecto de la alimentación, que gracias a la dirección y la cocina, ambas francesas, es bastante aceptable. En cambio, las habitaciones mal amobladas y con la ausencia aterradora de todo aseo, dejan mucho que desear. En fin, todo el movimiento hotelero no puede menos que causarle repugnancia al viajero foráneo, ya que el servicio aquí no está orientado hacia una clase de huéspedes, contando estos o bien con habitación propia o con parientes cercanos residentes y amigos en donde alojarse. Así los concurrentes al hotel en su mayoría son hacendados medianos que vienen a buscar salida para su azúcar, café o mulas en la plaza de mercado, o congresistas, también en su mayoría de humilde extracción, dedicados a trocar en coñac buena parte de sus altas dietas, para acompañar su consumo con un alboroto tumultuoso prolongado hasta altas horas de la noche. Lejos de sentirse molestos por el desaseo, no se les ocurría economizar el equivalente de uno o dos marcos diarios de lo que gastan en tragos para dedicarlo en cambio a proveerse de una pieza cómoda y agradable. En su lugar prefieren acomodarse por meses en el hotel, para luego muchas veces dejar de pagar la cuenta, ya que difícilmente habrá otros pueblos tan acostumbrados a mantener una brecha bien marcada entre una compra y el pago de la cuenta. 

La mayoría de los extranjeros, especialmente los alemanes, ingleses y norteamericanos, de no intentar establecer su propia habitación, viven en la pensión de la señora Price de Bowden, situada arriba de la plaza, pagando gustosamente el precio un poco mayor de dos pesos diarios, por la ventaja de albergarse en una casa decente y bien aseada. Personalmente he vivido constantemente en la referida pensión durante toda mi estadía en Bogotá. 

El artesano de Bogotá carece todavía de nivel suficiente, no obstante el notable progreso logrado durante los últimos dos decenios gracias a la influencia de artesanos europeos, especialmente franceses e italianos, que le ha permitido aventajar a los representantes de sus profesiones en otras regiones, excepción hecha de los costeños. Pero lamentable es admitir que ya han comenzado a dormirse sobre sus laureles. Así, por ejemplo, los ebanista bogotanos pretenden suministrar muebles de baja calidad a precios exorbitantes desde cuando altos derechos de aduana en unión con los elevados gastos de transporte prácticamente hacen imposible la importación de Europa. De preferencia por la hechura de artículos no comprendidos entre los de demanda diaria suelen exigirse precios simplemente irrazonables, a la vez que útiles de consumo común y corriente, como vestidos y zapatos, acostumbran confeccionarse tan tosca y deficientemente que el usuario se ve precisado a comprarlos importados y listos. 

Industria propia no existe todavía, a menos que las pequeñas imprentas y cervecerías se cuenten como tal. A su creación podrían inducir las existencias de carbón, en inmediaciones de la ciudad, y de hierro, tampoco a mayor distancia. Verdad es que la manufactura de papel, vidrio y sustancias químicas se ha ensayado ya, pero sin éxito conocido hasta ahora. Obstáculo decisivo lo forma el estado defectuoso y deficiente de las vías de comunicación con su efecto restrictivo de las zonas de venta, hasta el extremo de resultar más económico el transporte de Europa que desde Bogotá tanto para la parte septentrional de Santander como para todas las regiones comprendidas desde el río Magdalena hacia el occidente. Tanto así es que el trigo de la sabana de Bogotá está llevando las de perder en su batalla competitiva contra la harina norteamericana en las regiones ribereñas colombianas y, por otra parte, los gastos exorbitantes de transporte para la maquinaria requerida en Bogotá hacen subir su costo, puesta en sitio de trabajo, de tal manera que el producto elaborado con ella corre peligro de no encontrar compradores. Otros componentes del riesgo industrial son la ausencia casi total de experiencia, lo mismo que el sentido práctico poco desarrollado de los colombianos, factores que los hacen fácilmente correr el peligro de meterse en proyectos desproporcionados a su medio ambiente, que tanto en Europa como en Estados Unidos tendrán su base económica asegurada, pero que en Colombia, con su configuración montañosa y su civilización en estado incipiente, carecerían de ella. Hasta las diligencias de menor alcance a menudo no son realizables sino por medio del soborno. Pero si con todo y a pesar de todo el empresario al fin ha logrado poner su fábrica en marcha, una revolución, ya en desarrollo o solamente en sospecha de que pueda ocurrir, es motivo para forzar a los trabajadores a tomar las armas, causando la paralización de la planta, para dejar el capital invertido sin rendimiento y la maquinaria expuesta a su destrucción por el óxido. 

Los almacenes sobresalientes están situados en la Plaza de Bolívar, la Calle Real, la Calle Florián y vías adyacentes, encontrándose los menores, dedicados a las necesidades de la gente del campo, en cambio, en las cercanías de la plaza de mercado, con preferencia de los lados exteriores del mercado cubierto. La clasificación de almacenes por grupos homogéneos de los artículos que venden casi no existe, habiendo unos pocos, negocios dedicados a la distribución de determinadas especialidades, así por ejemplo las farmacias, las librerías y papelerías, las tiendas de sombreros de Panamá y las ferreterías. El surtido de libros prácticamente se reduce a los textos escolares usuales y, en consonancia con la orientación partidista del librero, tal vez un poco de literatura religiosa o unas novelas francesas de bajo nivel. Los libros editados en Bogotá no se consiguen en las librerías, vendiéndose, en cambio, directamente por las imprentas de su origen, para quedar del todo agotados al paso de algunos años. Los sombreros de Panamá ofrecidos son elaborados dentro del país, teniendo fama los de Suaza, pueblo del sur del Tolima. Artículo de venta continua en las ferreterías lo constituyen los tradicionales machetes (Waldmesser). La mayoría de los demás almacenes acostumbra ofrecer toda clase de mercancías de frecuente demanda, implicando, por otra parte, bastante molestia la búsqueda y consecución de determinado objeto especial. Muchas cosas, como termómetros exactos, lupas y otros instrumentos o no se encuentran en ninguna parte o de descubrirse por mera suerte, tienen precios excesivamente altos. 

Excepción hecha de los sombreros de paja, casi todo lo que se vende en los almacenes es de origen europeo o norteamericano, por ejemplo la ropa blanca, los paños, vestidos hechos, zapatos de cuero, los papeles para decorar habitaciones lo mismo que los de imprenta y para oficina, artículos de metal y de vidrio, sustancias químicas, jabones y espermas, lámparas y artículos de lujo de toda clase. Toda esta mercancía ha sufrido el viaje largo, principiando con el marítimo desde el exterior a la costa colombiana, luego el fluvial de allí a Honda, para terminar por el trayecto terrestre, si bien más corto, pero en todo caso el más difícil, de aquel puerto fluvial a la altiplanicie. Considerando luego los altos derechos aduaneros, lo mismo que el riesgo de los importadores, aumentado por las infelices condiciones crediticias, sin olvidar la inseguridad originada por las circunstancias políticas, quedará fácil comprender que todos los bienes así traídos habrán de tener precios mucho más elevados que los reinantes en su país de origen o bien serán de una calidad notablemente inferior. Implicando idénticos recargos por derechos de aduana y fletes tanto la mercancía de alta calidad como la de mediocre, sería lógico suponer que la importación se concentrara en aquella, ya que un cuchillo de primera no paga recargo mayor que el inferior de su género, afectándose aquel luego proporcionalmente en menor grado que este. Pero una vez más la realidad viene demostrando que las apariencias engañan, pues pocos países habrá, dominados como este por el principio del “barato y malo”, consistiendo la razón principal en el hecho de que gran parte de la población apenas está viviendo al día, no pudiendo por lo tanto incurrir al momento en desembolsos mayores, por mucho que la inherente economía real y verdadera quisiera impulsarlos. Además, gran parte de los comerciantes carecen de la seriedad suficiente como para responderle al comprador por la calidad del artículo ofrecido, faltándole a este por otra parte la pericia para juzgar por sí mismo. Precios fijos no existen sino en un reducido núcleo de almacenes, así que el colombiano al efectuar una compra puede hacer valer su costumbre casi innata de perseguir una rebaja del precio exigido. Pero aún así, muchos hay que luego todavía se muestran renuentes a pagar sus cuentas, por mucho que su situación pecuniaria se lo permitiera, hasta el punto de que casas de comercio se han visto impulsadas a publicar los nombres de clientes morosos, en su vitrina. Para muchos comerciantes constituye un placer especial el tomarle el pelo al extranjero novato. 

Por lo tanto, toda transacción requiere el doble, el triple, y hasta diez veces el tiempo que nosotros solemos concederle. Pero, sea en pro o en contra, el factor tiempo todavía no ha llegado a tener importancia en la vida de los colombianos. 

A falta de los recursos requeridos o, en su lugar, de crédito suficiente en el exterior, para importar por su cuenta, los comerciantes de las localidades menores, tanto de Cundinamarca como de Boyacá, acostumbran completar sus surtidos en Bogotá. Por el comercio de la capital también pasa la mayor parte de las exportaciones, encargándose este de adquirir los bienes con tal destino, bien sea de los productores o de los intermediarios al por menor, para reempacarlos si fuere necesario, y asumir el riesgo del transporte y de la venta. Actualmente la salida de Bogotá casi se limita a café y pieles, ya que la exportación de la corteza de quina ha debido descontinuarse, en parte por haberse extirpado la especie en las partes de fácil acceso de la selva y además por la competencia positiva surgida con su cultivo en las Indias Orientales. Ni oro ni plata pueden figurar entre los bienes exportables desde Bogotá por carecer la región de yacimientos. A falta de fuentes fidedignas, siento no presentar datos exactos sobre el volumen del comercio exterior de Bogotá, limitándome a citar como recurso sustitutivo, el factor expresivo de la situación cambiaria, o sea la cotización del dólar norteamericano, de 1882 a 1884, que fluctuaba entre el 120 y el 130 por ciento, es decir con un agio elevado por cierto, reflejando no solamente el precio bajo de la plata, sino también la caída de las exportaciones del país, cuyo producto ya no alcanzaba a cubrir el valor de los bienes traídos. 

El comercio bogotano está en manos colombianas en su gran mayoría, compartiéndose tan solo con pocas casas extranjeras, entre ellas las firmas Koppel & Schloss, Alexander Koppel (antes Koppel & Schrader), Heckel & Freese, Kopp y Castello, varias francesas y otras. Los comerciantes colombianos tienen reputación de muy diestros, entre ellos especialmente los antioqueños. Contentándose con márgenes relativamente bajos, y aprovechando toda ventaja, aun la más pequeña y no siempre muy respetable que digamos, no solo se han contentado con dominar su campo dentro del país, habiéndose establecido algunos de ellos también en París, en Nueva York y otros centros comerciales del exterior, para importar productos colombianos en competencia exitosa con el comercio aborigen. Pero, con todo, la ausencia de conocimientos técnicos está constituyendo un factor limitativo para el comerciante bogotano. Tanto así es, que habiendo estado en auge por largas épocas la exportación de la corteza de quina, casi ninguno de ellos estaba preparado para verificar su análisis, así que la mayoría se veía expuesta al riesgo continuo de comprar y despachar empíricamente. También la organización del comercio deja todavía mucho que desear. Apenas hace poco el empeño de Salomón y Bendix Koppel había redundado en fundar el primer establecimiento bancario, seguido por numerosos otros de dudosa razón de ser, en serie continua. La bolsa se realiza en medio del movimiento callejero. Es allí donde se aprende a cómo se negocian letras de cambio, a qué precio el competidor está comprando el café y la corteza de quina, cuáles son las nuevas llegadas de Europa y de otras partes. Desde luego, una buena porción de cautela es imprescindible para aprovechar tales informaciones en bien propio, pues si bien en Europa las bolsas suelen tenerse por los principales focos de noticias sin fundamento, hasta a veces intencionalmente lanzadas, ¡cuánto más hemos de esperar al efecto de la bolsa callejera de Bogotá!

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