8.  La vida intelectual, política y eclesiástica 

Sin lugar a duda la organización escolar es fundamental para la formación de la juventud, ofreciendo a la vez una escala excelente para medir tanto el grado de entendimiento como el afán de cultura en los adultos. Por lo tanto será conducente empezar toda consideración sobre la vida intelectual de una población con la exposición de su organización escolar. 

Sin perjuicio del progreso decidido logrado en la organización escolar colombiana durante los decenios pasados, es menester admitir que con lo alcanzado todavía no se ha llegado a salir de un nivel relativamente bajo. 

Las escuelas elementales hasta hace poco estaban orientadas por el sistema Lancaster, cuyo rasgo principal es el de enseñar los escolares mayores a los menores. Indudablemente para países jóvenes con su escasez de maestros es un recomendable recurso de emergencia, pero de ahí no pasa. Reconociéndolo así, Colombia recientemente ha venido reemplazándolo por nuestro sistema alemán de enseñanza, habiendo contratado al efecto en los años setenta a un número de maestros de Alemania, para encargarlos de la dirección de los institutos pedagógicos de los diferentes Estados, con el efecto de que gran parte de los maestros hoy ocupados en las escuelas ya cuenta con tal preparación. Infortunadamente, en general el entusiasmo no los apoya mucho en su trabajo, siendo los salarios deficientes y de pago irregular, así que precisamente los mejores van abandonando la profesión, para dedicarse a otras actividades. Objetos de enseñanza casi no existen. Que cada escolar tuviera su propio libro de lectura elemental, ¡ni pensar! A falta de la obligación de acudir, la asistencia es muy irregular, a pesar de ser gratuita la enseñanza. No obstante, el número de analfabetos es menor de lo que fuera de suponerse, sobrepasando quizás el cincuenta por ciento la parte de la juventud capaz de leer y escribir lo mismo que de aplicar las cuatro operaciones con casi la misma facilidad que la clase inferior de los nuestros. 

Las clases altas tienen a su disposición varios colegios oficiales lo mismo que numerosos privados, siendo estos últimos en general de las mismas características que las instituciones preparatorias particulares nuestras, excepto que algunas de aquellas van un poco más lejos en las materias de su enseñanza. En su mayor parte son dirigidas con un espíritu específicamente católico, siendo los colegios públicos en cambio radicales e irreligiosos, al menos en lo que se refiere al tiempo de mi permanencia. El Colegio San Bartolomé lo mismo que el Colegio del Rosario están orientados a manera de nuestros gimnasios por cuanto ambos preparan para el estudio universitario, asemejándose, en cambio, a nuestros colegios reales o gimnasios reales en lo que a sus planes de estudio se refiere, excluyendo el griego del todo, y relegando, a diferencia de los colegios privados conservadores, el latín a materia de segundo plano, para profundizar en la enseñanza de la gramática española, lo mismo que en la de los idiomas francés e inglés, matemáticas y un poco de geografía. La subdivisión en clases no se conoce en los colegios. En analogía con la usanza practicada en nuestras universidades alemanas, cada materia viene formando un curso o varios, siendo estos los que le sirven al estudiante para componer él mismo su plan de estudios. La geografía, por ejemplo, no requiere sino un año de estudio, pero a condición de practicarse cada día de la semana, al paso que el idioma francés se compone de tres cursos. Con tiempo y medios disponibles no se dificulta el absolver estos cursos en breve, mientras estudiantes ajenos a tales favores posiblemente tendrán que contentarse con la realización de uno o dos cursos al año. Absueltos los cursos del propio colegio, los estudiantes de medicina ingresarán directamente a la facultad de medicina, a la vez que sus colegas juristas tendrán que pasar por un grado intermedio, la llamada facultad de filosofía, asistiendo a cursos de biología y sociología, y —por primera vez desde su egreso de la escuela elemental— de historia, lo mismo que filosofía. La propia facultad de filosofía en el sentido familiar entre nosotros y con destino a formar futuros maestros y profesores, no existe aquí, supliéndose con el establecimiento ocasional de una facultad de ciencias naturales a medida que la demanda así lo requiera. Las veces de nuestras escuelas politéc­nicas las asume hasta cierto punto el Colegio Militar; fundado en primer lugar para convertir a los cadetes en los futuros oficiales del ejército, también se ocupa en formar ingenieros civiles, gracias a su fama de sobresalir en su enseñanza aceptable de matemáticas. 

El inconveniente mayor, también en los colegios de Bogotá, lo constituye la imperfección de los maestros unida a la insuficiencia de los medios de enseñanza, careciéndose especialmente de aquel material para la enseñanza intuitiva que nosotros acostumbramos emplear en forma continuamente perfeccionada. Asimismo buenos libros de estudio están faltando, supliéndose por ejemplo aquellos para la enseñanza de medicina con textos en idioma francés, complicando así desde luego el de por sí difícil dominio de la materia con el de la lengua. Los maestros, como son abogados, médicos y comerciantes, carecen de formación competente, dedicándose al profesorado tan solo como ocupación accesoria, y sustrayéndose muchas veces a la necesidad de compensar sus fallas por medio de la autodidáctica. 

Por no poseer ellos mismos su materia, imposible les queda iniciar a sus alumnos en ella, concretándose por lo tanto toda la enseñanza a repasarles las lecciones mecánicamente aprendidas de memoria. Allí también la raíz del fenómeno de circunscribirse la cultura general de la mayoría de los bogotanos a cierta habilidad de expresarse en uno o varios idiomas, siendo contados los casos de encontrar personas poseedoras de una verdadera cultura intelectual. 

Los jóvenes de las clases acaudaladas suelen pasar uno o dos años en Europa, con preferencia en París, para completar su educación cultural. Como su a menudo escasa preparación no les viene a propósito, con frecuencia sucumben a la tentación de dejar los estudios a un lado, para entregarse a la vida callejera y con frecuencia caer en las redes de las damas galantes. Sin rodeos se puede resumir en un término estudiantil conocido: Están en París por razones de estudio. O con un dicho colombiano aludiendo a las permanencias en Europa para fines de estudio: 

“Aquellos jóvenes vienen de Europa”. 
“¿Qué traen de nuevo? La ropa”. 

Pero para la mayoría de los bogotanos quedan del todo cerradas las puertas de los establecimientos de educación, tanto europeos como estadinenses. A lo sumo llegan a darse el lujo de un viaje a la costa o a las ciudades de las regiones occidentales o septentrionales de su país. Aun en la propia capital pocas oca­siones tienen para entablar relaciones con extranjeros ilustrados, y menos todavía con letrados, ya que la ubicación aislada de Bogotá a pocos anima a visitarla en viaje tan incómodo. Ni el intercambio de ideas por escrito es muy tentador ante la demora de tres meses que sufre la llegada de la respuesta a una pregunta. Por fortuna existe la perspectiva de que tanto el porte económico para cartas como el transporte barato y cómodo de libros por la Unión Postal Universal, que son adelantos significativos de los últimos años, servirán de aliciente también para la vida intelectual de la capital, condenada hasta ahora a contentarse con reflejos tardíos y débiles de la europea. 

Otro freno al desarrollo de la vida intelectual tiene su origen en el conjunto de las adversas condiciones económicas y sociales. Salvo contadas excepciones, no puede pasar de mera afición el dedicarse a las ciencias, la literatura y el arte, ya que, en general, su uso profesional no encontraría base remunerativa en el escaso público suficientemente instruido. En vía de ilustración veamos algunos ejemplos: Cuervo, autor de un diccionario enciclopédico del idioma español elogiado también por las revistas literarias alemanas, era cervecero de profesión y, como tal, hasta obligado al principio a tapar a mano él mismo las botellas que contenían su producto. Tan solo en sus horas libres pudo dedicarse a la obra de su afición, con la consecuencia de demorar la conclusión de ella hasta cuando la renta de su fortuna reunida como empresario le permitía vivir económicamente libre en Europa. Fabián González, vivamente interesado en la geología y colector de un tesoro de fósiles, es ingeniero y ferretero de profesión. A Carlos Balén, dueño de un almacén en la Calle Real, le fascina la ocupación con el mundo de la fauna y de la flora. Rafael Nieto París, con talento para emprender la carrera de físico en Alemania, aquí ha de ganarse el sustento como relojero. 

En estado de lamentable abandono se encuentran las instituciones públicas dedicadas al cultivo de las artes y de las ciencias. Así, el Museo Nacional, creado para guardar y exhibir objetos de la historia natural, antigüedades indígenas lo mismo que curiosidades históricamente notables y obras de arte, ha caído víctima de tantos saqueos durante las revoluciones que hoy apenas sobrepasa el nivel de un gabinete de curiosidades. Tampoco la Biblioteca Nacional ha escapado de frecuentes robos y de los efectos de mala administración, hallándose sus existencias actuales tan solo en parte ordenadas como fuera de rigor para poder cumplir con su razón de ser. El Observatorio y la Estación Meteorológica, ambos fundados por el sabio español Mutis en 1802, fueron saqueados en el curso de las revoluciones sin dejar ni rastro de sus equipos, refiriéndose a manera de cuento que los telescopios habían sido convertidos en cañones, para encontrar sus tapas uso de vasijas para afeitar. Así las cosas, se comprende que los establecimientos de educación del país puedan sustituir apenas muy escasamente la falta de estímulo de afuera. 

Estos hechos habrá que tenerlos presentes para no dejarse desviar hacia conceptos injustos sobre la vida intelectual bogotana. Cierto es que, fuera de las predisposiciones e inclinaciones inherentes a la población, también la condicionan sus circunstancias externas, admitido que para el desarrollo de la mentalidad nacional obviamente ha venido ejerciendo su influencia. 

A falta de modelos ejemplares a la vista para ejercitar la facultad intuitiva, explicable es que las artes plásticas llevan la peor parte en Bogotá. Las contadas edificaciones arquitectónicamente sobresalientes de la capital han sido construidas por extraños. Había en Bogotá apenas dos arquitectos prácticos, uno de nacionalidad italiana, contratado como ingeniero del Estado, en tanto que el otro era colombiano, pero de madre alemana y crecido en Alemania. También los monumentos de la capital son de creación extranjera, ya que el país hasta ahora no ha producido escultor alguno. De pintor, Vásquez Ceballos había adquirido fama en el siglo XVIII, siendo actualmente Rafael Urdaneta el único profesional dedicado a la pintura. Así que el gusto artístico de los bogotanos poca oportunidad ha tenido para desarrollarse. Talentos musicales tal vez existen, pero también carentes de práctica, limitándose esta, con muy pocas excepciones, a la música de salón más somera, con el resultado de ofrecerse un concierto al año, ejecutado por aficionados, mas algunas operetas italianas, como única presentación musical. Tan solo la poesía tiene en Bogotá su terreno productivo, ya que casi todo bogotano instruido es aficionado entusiasta en este campo, siendo la mayoría a la vez autor de poesías. Contrastando con lo poco y mediocre en el terreno de la poesía dramática y novelesca, el caudal de poemas líricos, charlas y literatura amena, los llamados cuadros de costumbres, es considerable, encontrando buena acogida en las columnas de la prensa, para más tarde posiblemente recogerse en forma de libro. Es por lo tanto el folletín, lo que prospera en Bogotá, orientado por la literatura francesa en lugar de la española, caída un tanto en desgracia a consecuencia de las guerras de la independencia. Es Víctor Hugo el héroe de los colombianos amantes de las bellas letras, siendo su poesía verbosa y afectada la que más les agrada, en tanto que la literatura inglesa y la alemana poco les dicen, esta última menos aún que la primera. A Goethe y Schiller apenas se les conoce de nombre, teniéndoseles a menudo por personajes vivientes. De Lessing, ni hablar, siendo muy contadas las personas que siquiera han oído mencionarlo.

La gran mayoría de los colombianos cultos desconoce el sentido de las ciencias, careciendo de entendimiento para ellas. No obstante, fingiendo su más vivo interés, no tienen inconveniente alguno en participar en las discusiones sobre tópicos de toda clase, a pesar de desconocerlos, pareciéndoles incomprensible que el extranjero admita con franqueza su ignorancia en determinadas materias. En esta misma actitud de pretender saberlo todo y meter baza aun en lo imposible, lo que revela sin lugar a duda toda su falta de comprensión y aprecio por lo serio, lo mismo que su interés y respeto por las ciencias. En vía de ejemplo ilustrativo de su grado de penetración en el movimiento científico permítaseme mencionar que para ellos Flammarión y Julio Verne van a la cabeza de los naturalistas. Tan solo determinadas personas tienen un marcado interés en progresar en su entendimiento científico, siendo ellos, fuera de los ya mencionados, Liborio Zerda, Francisco Bayón, Miguel Antonio Caro, Salvador Camacho Roldán y algunos más. Pero aun estos hombres meritísimos y dignos de aprecio ven frustrados sus esfuerzos de transmontar los límites de la afición, debido a la insuficiencia del tiempo a su disposición, la falta de estímulo y de objetos de enseñanza. Científicos como Cuervo, Ezequiel Uricoechea y Triana emigraron a Europa habiéndose así perdido para la vida intelectual de Bogotá. La revista científica publicada por la administración educativa, llamada Anales de Instrucción Pública y sucesora de Anales de la Universidad, poco mérito tiene aún para los estudios de la cultura del país. 

El propio interés de la mayoría de los colombianos, diferente de aquel por el negocio y los chismes de la ciudad, va orientado hacia la política, hecho de por sí tal vez explicable también desde nuestro punto de vista en un país con oportunidades para cualquiera de ser llamado en cualquier momento a participar en el gobierno. Pero lo que escapa a nuestra capacidad de comprender es el género mismo de esta política, de miras un tanto estrechas. Para convencerse basta escuchar las conversaciones celebradas en voz lo suficiente alta o echar una hojeada a uno de los periódicos, tan abundantes en Bogotá, que suelen aparecer dos veces por semana, publicados por editoriales, por un lado siempre en aumento numérico, pero a menudo volviendo a desaparecer con la misma prontitud. Los sucesos europeos apenas los refieren mediante extractos más que mezquinos, no precisamente obtenidos de la prensa europea sino del Panama Star and Herald, informado este a su vez por tres periódicos, o sea uno norteamericano, otro inglés y el tercero francés. Es esta la razón por la cual ideas medianamente claras sobre las relaciones de los Estados europeos entre sí, lo mismo que sobre los problemas sobresalientes de la política europea, no se encuentran sino en contados bogotanos. Un poco más de amplitud se concede aquí a las informaciones sobre los Estados Unidos, lo mismo que sobre las repúblicas latinoamericanas, cuya vida política es observada con más entendimiento e interés en vista de los lazos comunes, raciales y culturales. Pero tanto la sección política de los periódicos bogotanos como las conversaciones políticas de la gente van ocupándose de la política interna colombiana en sus nueve décimas partes. Ante el diluvio de frases resonantes pero vacías, usadas para cubrir los tópicos aun los más insignificantes, los más triviales, cualquier redactor alemán, por elocuente que fuera se ocultaría confundido. Estas discusiones, lo mismo que todo el modo de ver político, están dominados por el mayor formalismo, el más rígido doctrinarismo, dejando entre líneas los problemas reales, aun los apremiantes. Así, por ejemplo, la promoción de las condiciones económicas del país en general poca atención merece, a no ser que ofrezca evidentes ventajas personales a determinados interesados. Por la misma razón el perfeccionamiento tanto de la educación como de la justicia y de otros aspectos vitales ha de contentarse con ser relegado a un rincón, tanto en las discusiones como en las luchas partidistas, para dejarles prelación absoluta a las cuestiones de la política pura, vale decir a las intrigas políticas. En otras palabras, toda la política prácticamente se agota en la lucha por el poder. Teóricamente, tamaño individualismo llegaría a tocar con el extremo de mirar con indiferencia incluso el fin de este mundo con tal de que el evento se prestara para pescar en río revuelto. ¿Y en la práctica? 

El único antagonismo fundamental de real importancia lo encontramos en relación con el aspecto religioso-eclesiástico de la vida. Los intelectuales en su mayoría son librepensadores, riéndose del celo religioso y viendo a la Iglesia como enemiga de la cultura, al extremo que su convicción se ha materializado políticamente tanto en la introducción del matrimonio civil como en la abolición de los conventos, modificando, en resumen, las relaciones entre el Estado y la Iglesia a manera de las leyes prusianas promulgadas en mayo de 1873. En su oposición los conservadores, apoyando ideas parecidas a las del partido católico nuestro, se empeñan en mantener la soberanía de la Iglesia tanto en el Estado como en los establecimientos de enseñanza y en la vida en general, propensión compartida por la gran mayoría de las señoras así como del pueblo. Fieles a la Iglesia, acostumbran participar en sus variados ejercicios y ceremonias con tanto más fervor cuanto así encuentran la anhelada emoción y variación en su vida diaria, por cierto un tanto monótona. 

Describir las formas y la substancia del culto católico no cabe en el marco de un libro de viajes, a pesar de haberlo ensayado así algunos viajeros llegados por vez primera a visitar un país católico. Esencialmente idénticas todas las instituciones de la iglesia católica y sus ritos, es apenas en ciertos detalles donde se observan elementos especiales y rasgos al parecer imbuidos un poco de las religiones suplantadas o absorbidas por ella. Pero la capacidad de detectar tales detalles es privativa del conocedor íntimo de los ritos católicos, en tanto que al profano le dejan sobrecogido la ausencia de gusto y la sensualidad ordinaria inherentes a muchas celebraciones en Bogotá.

Las iglesias mismas impresionan, sea por la pobreza y el frío de su interior o por lo sobrecargado de oropeles brillantes. En sus torres resuena un escaso repiqueteo, en lugar del toque armonioso acostumbrado de nuestras campanas, desilusión que se explica con las ya conocidas condiciones deficientes de las vías de comunicación, que limitan a un mínimo el tamaño de las campanas importables con destino a Bogotá. Siendo una rareza las iglesias provistas de órgano, el feliz dueño de un piano lo manda trasladar a su iglesia en vísperas del Domingo de Ramos, contribuyendo así a que un ejecutante, voluntario y movido a cumplir un gesto meritorio, pueda acompañar las oraciones de los devotos en el instrumento. Por lo general es un vals de Strauss o pieza de alguna opereta la que sirve tanto aquí como todos los domingos en la catedral, lo mismo que en los funerales de categoría, para expresar los sentimientos piadosos y a menudo dolorosos. En vía de acentuar la solemnidad, cohetes y morteretes accionados delante de los portales acompañan el servicio con sus estrépitos y truenos. 

Para darle mejor relieve a la celebración, en los días de Corpus, de Semana Santa y otros sobresalientes, la ceremonia termina en procesión de los fieles que salen de la iglesia hacia la calle, a la cual no asisten las autoridades gubernamentales, aportando el pueblo la mayoría de los portavelas. La esencia de la procesión la forman escenas de la Pasión de Cristo e imágenes de los santos portadas por personas penitentes disfrazadas. En general las imágenes son figuras talladas en madera, ataviadas con una variedad de pedazos de tela en todos los colores; pero ocasiones hay en que humanos de carne y hueso metidos en esta vestimenta, por un par de días hacen el papel de las figuras del Nuevo Testamento; así, por ejemplo, en la Semana Santa, se contrata por algunos pesos un Judas con la condición de que soporte sus palizas. De otras maneras de edificación religiosa ni hablar, ya que han sido relegadas a las poblaciones menores. 

Durante estas procesiones toda la población se mantiene en pie. Los balcones están copados con señoras y caballeros ataviados, al paso que las clases inferiores cubren los andenes, para arrodillarse reverentemente al acercarse la custodia. Quedarse envuelto entre semejante aglomeración naturalmente no es del todo agradable, pues sus exhalaciones no son encantadoras ni mucho menos. En cambio, su comportamiento es digno de elogio, siendo muy contados los casos de apreturas o empujones censurables. Insultos groseros, lo mismo que pedradas a extraños reacios a arrodillarse, no se han repetido durante los últimos años, por cierto que tampoco prevalece una emoción hilarante entre el pueblo. Apático e indiferente deja pasar la procesión, para luego continuar su camino en el mismo estado de ánimo. Alegría desbordante, lo mismo que verdaderas fiestas populares, parecen condicionadas al clima de la tierra caliente. 

Arraigarse en Bogotá resulta un tanto difícil para la mayoría de los europeos, sobre todo para los de origen germano. La vida provinciana, por decirlo así, al igual que la notable distancia de su país natal y de los estímulos intelectuales, fuera de la disparidad reinante entre los conceptos del mundo y del sentido de la vida, los criollos y los nuestros, son elementos decididamente estorbosos. No obstante, la permanencia prolongada en determinado sitio va creando el sentimiento de cierto apego hacia el lugar. Así me pasó a mí en Bogotá, puesto que ni el hecho de no haberme sentido muy feliz allí, generalmente hablando, puede menoscabar la verdad de haber experimentado muchas cosas simpáticas, recibido cantidad de impresiones nuevas y, sobre todo, establecido contacto con algunas personas que llegué a conocer más a fondo y a apreciar. De tal manera que no puedo menos de confesar que un profundo sentimiento de melancolía me sobrecogió el día 31 de marzo de 1884 al salir montado de las calles de Bogotá, lo mismo que el día siguiente, cuando saludé por última vez, ya desde lejos, el símbolo de sus torres. Y aún hoy, de regreso a mi patria, a menudo me siento movido por el deseo de renovar mi visita a aquella ciudad andina.

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