1.  Estructura de la montaña y niveles de altura 
 

 

La cordillera de Bogotá, o de Cundinamarca como mejor la llamaremos, es una grandiosa montaña con picos de más de 4.000 metros de elevación sobre el nivel del mar. Si aun así todavía cede su lugar a otros gigantes andinos de mayor altura, esta no es alcanzada por ninguna de las numerosas cimas de los Alpes alemanas y austriacas. Midiendo su extensión a lo ancho desde el río Magdalena hasta los llanos orientales, llegamos a las 20 millas alemanas, o sea 160 kilómetros, igualando por lo tanto la de los Alpes suizos, más o menos. 

Las cúspides mayores de los Andes de Chile, Bolivia, Perú y Ecuador, lo mismo que las de la Cordillera Central Colombiana, son volcanes, bien activos o ya apagados. Tan solo el lugar predestinado que vienen ocupando en los relatos de los viajeros ha podido transformarlos en una hilera imaginaria de volcanes en plena erupción. Pero en modo alguno los Andes tienen las características de montaña volcánica, ya que los volcanes emanan de altas estructuras rocosas de orden bien diferente. En la Cordillera Oriental colombiana no hay ni un solo volcán, a pesar de todas las aseveraciones que sobre la existencia de rastros volcánicos se han venido haciendo. Tanto así es que en la Cordillera de Cundinamarca ni formaciones cristalinas de origen antiguo se encuentran, tales como el granito, el pórfiro, el gnéisico, el esquisto de mica y otras, apareciendo estas apenas en la parte septentrional de la cordillera. En cambio, todas las masas de piedra que componen la cordillera de Cundinamarca, son de origen sedimentario, encontrándose en vía de prueba conchas petrificadas hasta en las regiones más elevadas de la montaña, muy especialmente amonitas, a menudo de apreciable tamaño, animales marinos de aquella época geológica que lleva el nombre de cretáceo, en consonancia con la apariencia de tales animales en las costas de los mares Báltico y del Norte. Desde luego sería un error presumir que el nivel del mar hubiera alcanzado semejantes alturas. En cambio son los gigantescos movimientos de la corteza terrestre los que con posterioridad han venido elevando las capas sedimentarias de su elemento marítimo para así formar las alturas que hoy admiramos. Prueba concluyente de esta hipótesis radica en la comprobación de encontrarse los sedimentos en la montaña ya no en su posición más o menos horizontal originaria de su formación, sino casi siempre en capas empinadas en variados ángulos agudos. Como insostenible ha venido revelándose en el curso de los últimos decenios la creencia de épocas anteriores que atribuía la elevación de las montañas al efecto del granito y de otras masas similares, predominando hoy en su lugar la tendencia de tener el repliegue de la corteza terrestre como causante originario de las cadenas de montañas. En vía de hacer más perceptible este proceso, invito al lector a presionar un momento desde un lado con sus dedos el mantel extendido sobre la mesa, para así venir a menos la superficie que ocupaba. En Europa tenemos el Jura suizo como montaña más elemental de este tipo de sierras formadas por repliegue, especialmente ventajoso para servir de ejemplo demostrativo en vista de no ostentar hendiduras ni separaciones de magnitud perturbadora ni pliegues encajados uno con otro, sino claramente aislados a ciertas distancias. Salvo su mayor altura, la cordillera oriental es de la misma estructura o, por lo menos, de una muy similar, pareciéndose ambas montañas además hasta en su formación externa. Características para la una como para la otra son las cadenas paralelas, que aquí pasan en dirección sur-norte más o menos, con los lechos intercalados de los ríos que corren bien sea en el mismo sentido o en el opuesto, para de golpe quebrar una de las cadenas longitudinales por un corte transversal estrecho y luego continuar su curso en otro valle longitudinal y después de repetir la maniobra, hasta por varias veces, ser libertado para correr por las llanuras tropicales. Al contrario de lo dibujado por Codazzi, las divisiones hidrográficas entre las corrientes cogidas por las cadenas longitudinales son relativamente de poca elevación. 

Primordialmente, o sea al emerger del mar cretáceo, las capas sucesivas se hallaban extendidas, una encima de la otra, a manera de mantas bastante uniformes, permitiendo solamente las de más reciente formación salir a la superficie. Ahora, el movimiento de repliegue se impuso a toda la masa por igual, con el efecto de que solamente en sitios de grandes alteraciones las capas inferiores llegaron a surgir. Pero las capas, aisladamente consideradas, no solamente habían cambiado su altura, de punto en punto, sobre el nivel del mar, sino también su estado de estratificación, exponiéndolas así a que los elementos, tales como el viento, la temperatura, la lluvia y las corrientes de agua pudieran descargar sobre ellas sus actividades modeladoras y aplanadoras, en todas sus partes, con fuerza y manera de obrar variadas, con el efecto de hallarse hoy completamente destruidas las capas de la superficie en muchas partes y destapadas así las subsiguientes. Generalmente en la parte baja de la montaña, o sea cerca del piedemonte, se destacan arcillas de varios colores, intercaladas con bancos de piedra arenisca de color rodeno, base esta cuyo lugar por el lado del río Magdalena y sobre la misma latitud de Bogotá a veces ocupa la piedra toba de colores verdoso y amarillo. Más arriba, o sea en las zonas de mediana altura, predominan la greda y el esquisto con bancos de caliza y arcillas intercalados, en tanto que apenas en las crestas de mayor altura volvemos a encontrar las masas de arcilla y arenisca rodena, allí formando la primitiva capa superior. Así que las cadenas de inferior altura se nos presentan con sus contornos uniformes y monótonos, a diferencia de las de elevación mediana, con sus cimas y picos estructurados a manera de pisos de un edificio y sus cumbres agudas que se inclinan hacia atrás en forma de cuestas relativamente suaves, cayendo, en cambio, con contraescarpa empinada y casi desprovista de vegetación, hacia el valle profundamente entallado. Ejemplos de esta última formación los tenemos cerca de Fusagasugá, Fómeque, Pacho, La Vega, parecidos también a las pendientes del valle de Villeta. A mayor altura todavía suelen seguir muros más uniformes de arcilla, que dan acceso a las cimas anchas, suavemente onduladas, pero raras veces coronadas por picos ásperos. 

Empero la formación y naturaleza de la estructura rocosa vienen formando solamente uno de los elementos integrantes del carácter fisonómico del paisaje, puesto que, para completar el cuadro, hay que considerar también la diafanidad y el colorido del firmamento, lo mismo que la vegetación y la fauna y tal vez también al hombre con sus obras. Con su posición entre los 4 y 6 grados de latitud norte la cordillera de Bogotá se encuentra en plena región tropical. La temperatura media, que es de 28°C (22½°R), en las llanuras de la tierra baja colombiana, según la ley meteorológica conocida, va reduciéndose a medida que aumenta la altura sobre el nivel del mar, disminución que a su vez se rige por una graduación parecida a la marcada por el aumento de la distancia hacia cualquiera de los polos. Es significativo que las denominaciones para las diferentes regiones de altura de la América tropical sean idénticas a aquellas en uso para distinguir las zonas climático-matemáticas. Por tierra caliente se entiende todo el terreno con elevación hasta cerca de 1.000 metros, altura a la cual corresponde una temperatura de 25°C aproximadamente. Sigue la tierra templada, que abarca las alturas entre los 1.000 y 2.000 metros, con temperaturas que oscilan entre los 25° y 17°C. Sobrepasada esta, tenemos la tierra fría con elevaciones de 2.000 a 3.000 metros y temperaturas de los 17 hasta los 10°C, seguida esta, desde los 3.000 metros en adelante, por el llamado páramo. Pero contrastando las considerables diferencias de temperatura marcadas en nuestra tierra por los solsticios y las subsecuentes estaciones, en los trópicos las temperaturas se mantienen más o menos niveladas durante todo el año, excepción hecha naturalmente de las fluctuaciones presentes en el curso del día. Así que tenemos en la tierra caliente el mismo calor sofocante, a la vez que en el páramo el mismo frío sensible, día tras día, y así, sin cambio notable, en todo el curso del año. Como consecuencia, las palabras “verano” e “invierno” aquí carecen del sentido acostumbrado entre nosotros (Alemania), significando en cambio el invierno la época de lluvias, y el verano la temporada seca. Asimismo los fenómenos de la naturaleza de entrar en su sueño hibernal en otoño para volver a despertar en primavera, desconocidos como son de marcados procesos estacionales, en parte vienen reflejándose en los sucesos, más abruptos pero menos pronunciados, determinados por el cese y luego por el nuevo comienzo de la temporada de las lluvias. A consecuencia de la disparidad de la curva anual de temperaturas y de las condiciones de precipitación atmosférica, no hay paralelismo completo en las variaciones de la vegetación en relación con la altura sobre el nivel del mar y con la distancia a cualquiera de los polos. No obstante, en la tierra templada se observan numerosos vegetales oriundos de las zonas subtropicales, a la vez que la tierra fría produce plantas naturales de la Europa central y que el páramo se parece en cierto modo a los “fjeld” (especie de altiplanos noruegos). Pero, por otra parte, muchas son las plantas ausentes en las montañas tropicales que en igualdad de temperaturas anuales se encuentran en regiones situadas más hacia los polos, porque las montañas carecen del calor estival que para su desarrollo requieren. Otros vegetales hay aquí, en cambio, que de crecer en aquellas zonas sucumbirían a las heladas invernales. Con todas las similitudes existentes salta pues a la vista que las regiones de las montañas tropicales vienen demostrando características bien diferentes de las inherentes a las zonas climático-matemáticas de la misma denominación.

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