5.  La altiplanicie de Bogotá  

Entre las altiplanicies intercaladas en varias partes de los Andes tropicales, a la mitad más o menos de la altura entre el nivel del mar y la región de la nieve perpetua, un poco por debajo del límite superior de la zona poblada de árboles, la llamada sabana de Bogotá es la mayor extensión y la más conocida. Ubicada en el centro de la cordillera de Bogotá, está casi equidistante del piedemonte oriental y del occidental de la cordillera. Ya para Alexander von Humboldt era objeto de una composición especial (1). Por haberla cruzado muchas veces, tanto a nuestra llegada como en cada uno de nuestros viajes posteriores, a más de haber residido en su ambiente por espacio de un año, deseamos aquí describirla. 

Subiendo apenas un poco por las colinas cercanas a Bogotá, alcanzamos una orientación bastante satisfactoria de lo que es la sabana en su extensión tanto hacia el oeste como al norte. En dirección noroeste observamos más pequeñas sierras formadas a la manera de terrazas y dispuestas como especies de islas o penínsulas, en cuyo fondo se levanta luego la montaña circundante de la sabana con sus cimas peculiarmente dentadas. Las elevaciones al oeste y al suroeste son menores y carecen de características imponentes, exceptuando tal vez los dos cerros aislados que en forma de féretros resaltan de ellas cerca de Facatativá.

En cambio, la más grandiosa es la montaña oriental que dejamos atrás, pero cuya impresión completa se nos facilita al movernos un poco sabana adentro, o, mejor todavía, al subir una de las elevaciones colindantes o emergentes de ella misma. En general, para formarse un cuadro adecuado de la altiplanicie es indispensable cruzarla en todas las direcciones posibles, porque tan solo así se revelan de golpe nuevos recodos, ya sean extendidos a lo largo o redondeados en su forma, cuya existencia el explorador antes desconocía. Al efecto, el modo de obrar es parecido al requerido para estudiar los fiordos (bahías) de Noruega en sus costas marítimas con su cantidad de ramales. 

Tanto lo plano como la contextura del suelo, con sus numerosos lagos pequeños, algunos de ellos constantes y otros dependientes de las épocas de lluvia, casi no dejan lugar a duda sobre la preexistencia de un lago gigantesco en el sitio de la actual sabana, lago rellenado a través de los tiempos por los sedimentos de los ríos y desaguado a la vez por una brecha que se abrió camino a través de la montaña circundante en su extremo sur, con el efecto de bajarse el nivel. Involuntariamente la mente se remonta a la época del pasado geológico, cuando al alba la altiplanicie se halla envuelta en una capa, no muy ancha y cortada hacia arriba en forma horizontal muy marcada, de una densa niebla.

Inmerecido es el reproche que Schumacher (2) hace a su biografiado Codazzi por haber este calificado tanto la sabana como otras altiplanicies, como originadas por lagos de los tiempos prehistóricos. Su error, lo mismo que el de Humboldt, consistía únicamente en relacionar el desagüe de tales lagos con las fuerzas violentas inherentes a la naturaleza, con la suposición complementaria basada en su interpretación, un tanto osada, de que las pinturas de origen indio todavía conservadas en las rocas areniscas cerca de Facatativá y en otras partes, fueran un indicio de que los chibchas hubieran todavía sido testigos del fenómeno. 

En tanto que las montañas circundantes de mayor elevación están compuestas por arenisca cuarzosa de color blanco y otras rocas de conglomerado guijarroso, sus fundamentos, lo mismo que los montículos independientes, se componen de arcilla rodena y arenisca. Mientras que aquellas suelen descender a la manera de paredes empinadas, en estas prevalecen los contornos más suaves, con enormes rocas de arenisca como sembradas en su superficie. Solamente en las inmediaciones al este de la capital, y en especial al sur de la capilla de Belén, la posición inclinada de las bancas alternadas entre arcilla y arenisca han venido formando unas colinas cónicas, los llamados cerros de Belén, que nos hacen recordar los típicos picos de la tierra templada.

Otra clase de formaciones peculiares se encuentra en diferentes partes, por ejemplo a la salida del río Fucha de la montaña, al lado de la mesa de Llano, aquella colina cónica visible desde la plaza de Bogotá en prolongación de las carreras que de ella conducen al sur; además a orillas del río Tunjuelo y en la región de Soacha y en otras zonas, formaciones que a veces parecen como salidas de los montículos bordeantes y, en otras partes, directamente del fondo del antiguo lago.

Se trata de pilares térreos que gracias a la existencia de un guijarro o una crecencia de segregación ferruginosa en su superficie —a manera de sombrero protector— se han salvado de ser desmoronados cuando las corrientes del agua lluvia venían a abrir numerosas zanjas en el terreno blando, al principio con muros verticales de por medio, los que después resultaron en la única supervivencia de aquellos pilares. Son modelos de aquellas pirámides térreas que en los textos de geología suelen ilustrarse con un ejemplo tomado de la región de Botzen, Alemania. 

Aproximadamente a una jornada de distancia en dirección nordeste de Bogotá, o sea en las cercanías de las poblaciones de Guatavita y Guasca, encontramos varios lagos pequeños incrustados en la montaña circundante de la sabana. Con su escaso kilómetro de circunferencia son comparables a los ojos marítimos (Meeraugen) de la Tatra (Hungría). La escasa vegetación en su alrededor unida a un cielo por lo general nublado, les confieren un aspecto más bien triste. Como adoratorios indios que eran estos lagos el pueblo sigue todavía tomándolos por escondederos de considerables tesoros de orfebrería, creencia que no parece infundada, habiendo originado repetidos ensayos para desaguar las lagunas de Guatavita y de Siecha, con el objeto de encontrar los presuntos tesoros.

Efectivamente, en ambas lagunas los esfuerzos condujeron a salvar piezas aisladas de esmeraldas y de oro, allí hundidas por los antiguos chibchas, sea en cumplimiento de sus ceremonias religiosas o para salvarlas de la persecución de los odiados españoles. La más llamativa de todas es la representativa de una balsa enteramente elaborada de oro fino, hallada en el año de 1856 en la laguna de Siecha. En su centro se encuentra una figura de siete centímetros de alto con el emblema del cacique, alrededor de la cual están paradas nueve figuras menores, de 3½ centímetros, algunas de ellas portando remos.

La pieza se toma por una reproducción de la ceremonia, descrita por el historiador Zamora, en la cual el cacique de Guatavita, acompañado por sacerdotes, se sirve de una balsa para dirigirse lago adentro a brindar ofrendas o, según otra versión, a lavarse el cuerpo para librarlo del oro espolvoreado de antemano para cubrirlo. Es aquella ceremonia la que se supone fuera el tema para la leyenda de El Dorado, la cual, a su vez, con arreglo a traslados sucesivos del teatro de los acontecimientos y revestida con diferentes ropajes durante casi cien años fue el estímulo más poderoso para las incursiones españolas. 

Las obras de desagüe de las lagunas por regla general se quedaron inconclusas en la mitad del camino, a falta de medios financieros suficientes para terminarlas (3). El último intento para desaguar la laguna de Siecha, promovido en 1870, terminó con la pérdida de la vida tanto del empresario como del ingeniero, accidente provocado por el desacierto cometido en su planeación.

En relación con la laguna de Suesca, situada al norte de la sabana de Bogotá y con un nivel de pocos centenares de metros más elevado que esta, no se conocen recuerdos mitológicos ni históricos de ninguna clase, si bien es cierto que su área mayor, combinada con su formación extendida y ampliamente articulada, produce un efecto más pintoresco en su paisaje, el cual, sin embargo, apenas puede competir con los lagos de las mesetas lagunosas de Pomerania y Mecklenburgo (provincias alemanas). 

Tan solo muy excepcionalmente las vertientes que bajan a la sabana se encuentran cubiertas de monte, siendo los representantes más frecuentes de su vegetación los arbustos pertenecientes a la familia de las mirtáceas, o sea la misma que ya encontramos en el páramo bajo, cuya vegetación por estos lados suele bajar aquí a un nivel un poco menor. Las colinas de arcilla rodena que cierran la altiplanicie hacia el sur, por lo general tienen el suelo completamente pelado, con excepción de unos pocos cactos o tunas y agaves, bien armados de espinas, que se encuentran acá y allá. 

También la vegetación de la sabana misma es de carácter bastante variado, según la región, habiéndosenos manifestado así con muestras típicas ya a nuestra llegada, cuando viajábamos de Facatativá a Bogotá. Al efecto observamos trigales y campos de maíz al lado de mayores áreas de potreros subdivididas por zanjas o tapias y aprovechadas por el pastoreo de numerosas reses y caballos. Dispersas se encuentran las casonas de las haciendas, de un solo piso o dos, blanqueadas y entejadas, y con pequeños jardines y huertas en su alrededor.

A su lado, en contraste, se levantan ranchos bajos y miserables, construidos de barro, que muchas veces podrían tomarse por casa para perros en vez de morada humana. Los únicos árboles que existen, a excepción de los de los jardines, son unos sauces solitarios (salix humboldtii) de formación similar al álamo italiano, y los eucaliptos australianos (eucalyptus globulus) recientemente introducidos y del mismo crecimiento rápido que los distingue en su tierra de origen. 

Bien distinto es el cuadro representativo del brazo de la sabana que se extiende de Bogotá hacia el norte. Terrenos de aluvión cultivables, creados por los riachuelos y las aguas sucias, únicamente en los alrededores de los montículos, han llegado a formar la base de una agricultura intensiva de los pequeños pueblos de Chicó, Usaquén y Serrezuela. La carretera recién abierta de 25 kilómetros que en línea recta conduce de Chapinero al Puente del Común, pasa en la mayor parte de su trayecto por un enorme terreno pantanoso, ocupado por el matorral ya conocido desde el páramo bajo. Tan solo a la altura de Zipaquirá volvemos a encontrar también la parte central de la sabana al servicio del hombre. Aunque demasiado húmedo para fines agrícolas, el suelo se presta para potreros de extraordinaria calidad, que se dedican con preferencia a la ceba del ganado vacuno. 

Maravillosos potreros lo mismo que prometedores cultivos de trigo, cebada y papa también se encuentran en el inmenso recodo que se extiende del Puente del Común hacia el nordeste, lo mismo que en dos recoditos laterales que de él se apartan en dirección sur. Pero fama todavía mayor tiene la agricultura de las haciendas Canoas, Fute, Tequendama y otras, establecidas en el recodo de Soacha, al suroeste de Bogotá, que aprovisionan de harina de trigo y de papas no solamente a la capital, sino también a zonas más bajas. En los recodos de Tabio, Tenjo y Subachoque creados por las pequeñas sierras que a manera de penínsulas resaltan hacia el sur, el ojo se deleita con la vista desacostumbrada de numerosos manzanos y duraznos, lo mismo que de huertas bastante extendidas, que producen coliflor, arvejas, habichuelas y otras legumbres para el consumo de Bogotá. 

Coincidiendo con rasgos parecidos tanto en Méjico como en el Perú, y contrariando del todo las condiciones del viejo mundo, en Colombia el desarrollo cultural de los indios, primitivos había alcanzado su más alto nivel en las altiplanicies carentes de arborescencia. Pues los chibchas, que poblaban la sabana y las altiplanicies. adyacentes, ocupaban un rango no alcanzado por las tribus de las regiones más bajas y de las vertientes, tanto en cuanto a densidad de población y nivel estatal como en cuanto al desarrollo de la cultura material y espiritual.

Víctima de la conquista española, desapareció esa cultura o semicultura indígena, habiéndose conservado, en cambio, hasta hoy las mencionadas altiplanicies como sede primitiva de los indios puros. Blancos son únicamente los miembros de las clases superiores, o sea los terratenientes. Tampoco los mestizos forman un núcleo numeroso, al paso que a la gran mayoría de la población se la identifica sin lugar a equivocación como descendiente de los chibchas, los dueños y señores antiguos del país, tanto por la conformación de su cuerpo como por su fisonomía, a pesar de habérseles olvidado su idioma de origen y perdido de su memoria la relación con sus antepasados.  

(1) 
Publicaciones Menores (Kleinere Schriften) I, págs. 100-132.(Regresar a 1)
(2)
Estudios Suramericanos (Südamerikanische Studien), Berlín, 1884, págs. 845, etc. y 529.(Regresar a 2)
(3)
La aseveración de Pérez en su “Geografía Física y Política de los Estados Unidos de Colombia” II, pág. 133, de haberse reducido el nivel del agua de la laguna de Guatavita en 60 metros, carece de fundamento, siendo la verdadera baja de unos 15 metros.(Regresar a 3)
Comentarios () | Comente | Comparta c