8.  El valle del río Bogotá  

Hemos abandonado el río Bogotá luego de formar el Salto de Tequendama para simultáneamente convertirse de un río inerte en un poderoso torrente. Para llegar a aquel trayecto inferior del valle es costumbre desviarse en Cuatro Esquinas, de la carretera que de Bogotá conduce a Facatativá, para enrumbarse a Tena, pasando por El Pencal y Barroblanco. Apartándome de tal posibilidad escogí el camino que del pueblo de Bojacá, situado en un recodo al sur de la sabana, también va a Tena, tocando la laguna de Pedro Palo en su curso. El estado en que encontré la vía no es fácil de describir; mejor puede hacerse con una conocida inscripción que reza: “Este camino no es camino, pero quien no obstante lo tomare, cuide de no romperse el pescuezo, ya que el hombre en favor de la vía no parece haber hecho cosa distinta de la de tumbar árboles para que cayeran con el objeto de obstruirla”. 

Apenas pasada la montaña, borde de la sabana, entramos en un monte extraordinariamente exuberante. Atravesándolo en su profunda soledad, apenas interrumpida por un solo rancho, llegamos a la pequeña laguna de Pedro Palo, que nos recuerda los lagos circundados de bosques en el norte de Alemania, abstracción hecha del carácter diferente del bosque, lo mismo que del hecho de encontrarnos aquí a una altura de 2.000 metros sobre el nivel del mar. Ya al alcance del pueblo de Tena, el monte nos abandona, al igual que la espesa niebla que asciende del valle y que había venido envolviéndonos durante todo el día. Un cielo azul nos saluda, a la vez que el sol nos baña con sus intensos rayos, sin olvidar el aire, aquí todavía con aquella pureza y saludable frescura, tan reparadores para cuerpo y mente. Un panorama de inusitada belleza se nos ofrece desde la misma colina que abarca el cementerio de Tena. En el norte contemplamos la línea quebrada de los picos que coronan la escarpada vertiente rocosa, cabecera de la sabana de Bogotá, cubierta en su parte baja de un espeso monte, que, acercándose casi a los umbrales del pueblo, con su matiz oscuro de azul verdoso ofrece un contraste pintoresco contra el verde claro de los cañaverales y matas de plátano. La vista hacia el oeste queda vedada por uno de los numerosos espolones de montaña que descienden de la vertiente. Tornando los ojos hacia el suroeste, observamos una gran variedad de colinas de poca altura, entre ellas una con cima completamente horizontal y vertientes empinadas, que especialmente llama nuestra atención, y que es la planicie ocupada por la población de La Mesa. Hacia el sudeste el alcance de nuestra vista está limitado por una cadena de montañas altas e impresionantes, con vertiente escarpada y cresta dentada a la manera de sierra, cadena que en frente de nosotros se desvía de su dirección nordeste para continuar alejándose casi hacia el este hasta fundirse con la montaña que bordea la sabana, formando con ella en su encuentro un valle encajonado de impresionantes dimensiones. Pero, concentrando nuestra vista, notamos que la propia cresta de golpe se interrumpe en aquel rincón, para apenas continuar por el otro lado del valle, en exactamente la misma dirección dejada, ahora con carácter de bordeadora de la sabana, respetando así el valle cavado en ángulo recto en dirección a los estratos y a las cimas primitivas. 

Es el río Bogotá el que allí ha ido creando su brecha y todavía sigue obrando para agrandarla, anunciando su presencia en el sitio, o sea al fondo extremo del valle encajonado entre paredes de roca, con una vaporosa nube blanca, la señal del Salto del Tequendama.

El camino de Tena a La Mesa nos lleva por un terreno de superficie ondulada, formado por tierra esquistosa, sembrada de numerosas rocas de arenisca de gran tamaño, testigos de la paulatina ablación de la montaña. Solitarios árboles altos y frondosos sirven de recuerdo de lo que antes era puro monte, pero talado ya hace mucho tiempo, a diferencia de las zonas de mayor elevación, donde el hombre apenas en tiempo reciente ha empezado a aplicar su mano destructora. 

Poco a poco hemos venido acercándonos a La Mesa, empeñados como estamos en subir a aquella planicie peculiar de rocalla, sitio de la población y originaria de su nombre, ya que mesas suelen denominarse aquí las planicies de rocalla o terrazas de acarreo. Lo que distingue aquella mesa de la mayoría de las demás es su ubicación totalmente aislada, combinada con su elevación, varios centenares de metros sobre el nivel actual del río, señal diciente de las enormes transformaciones que la montaña ha venido sufriendo en un pasado geológico relativamente reciente. Al norte encontramos una meseta pequeña y más baja reclinada contra la que nos ocupa, con un picacho terminado en cono a su lado, también de rocalla y probablemente unido antes a la meseta. Peculiarmente interesantes son unas fuentes que surgen de la superficie de esta, al igual que restos de exuberante monte conservados a su pie.  

También abajo de La Mesa nuestro camino, con dirección suroeste, continúa atravesando tierra esquistosa. Ya vamos bajando a un vallecito, ya volvemos a subir por una colina, para luego poder pasar a trote por una de aquellas terrazas de acarreo. Gradualmente vamos acercándonos al río, todavía verdadero torrente, sin vegas. A cien metros sobre el nivel del río pasamos por Anapoima, pueblo agradable y por lo tanto a veces apreciado como sitio de veraneo. El caserío de Las Juntas, situado a orillas del río, a la sombra de un grupo de árboles produce una impresión pintoresca. Alude su nombre a la unión con el río Apulo, afluente tranquilo y cristalino de marcado contraste con el río Bogotá, que aquí se realiza, después de haber pasado el Apulo por una extendida vega cubierta de palmeras.

Entre tanto hemos venido acercándonos a una cadena de montañas que, arrancando en el Alto del Trigo, pasa, en dirección sur, por Vianí, para ahora venir a nuestro encuentro, perdiendo altura en la parte que viene de su extensión y que continúa hacia el sur haciendo entrever blanca arenisca cuarzosa como elemento estructural en lugar del esquisto que iba revelando como tal. Al rato el río Bogotá atraviesa aquella cadena en medio de un valle amplio, para hacer su entrada a una cañada en dirección oeste, formada por arcilla rodena y arenisca. Tal cambio geológico es también significativo en alto grado del carácter de la vegetación. Al paso que la vega abunda en palmeras, que a veces se agrupan en verdaderos bosquecillos, la vegetación de las colinas refleja una sequía pronunciada, con montes ralos y de bajo crecimiento, en donde predominan las mimosas, en lugar de la exuberante selva, o llegando a adoptar carácter de desierto donde aun ellas faltan, para presentarse pelado el suelo rodeno, a no ser por unos cactos y otros pocos arbustos espinosos que la pueblan. Pirámides de tierra han venido formándose donde las aguas de lluvia a su tiempo lograron penetrar, para llevarse parte del terreno. Fuertemente refleja el suelo los ardientes rayos del sol, impidiendo toda vegetación que exceda lo poco requerido para escasamente alimentar al burro.  

A la entrada a aquel paisaje, tanto del río Bogotá como de nuestro camino, se encuentra la antigua población de Tocaima, situada sobre una terraza de acarreo, cerca del río. Con su clima cálido y seco, unido a la agradable oportunidad de tomar baños en el río y de aprovechar los efectos saludables de la fuente azufrada llamada Catarnica. Tocaima goza de merecido renombre como balneario predilecto, una especie de Aquisgrán colombiana. Más abajo, al lado del camino que conduce a Peñalisa, o Ricaurte como también se la llama, no hay sino contados ranchos solitarios, siendo la única población la de Agua de Dios, gran centro hospitalario para los leprosos del Estado de Cundinamarca, a cuya salida volvemos cabalgando a través de la misma región escasamente poblada. Apenas en las cercanías de Peñalisa la vegetación se recupera, a la vez que las moradas humanas van en aumento. Cultivos de tabaco y de añil han desplazado al monte bajo desde hace treinta años, para ocupar hoy el terreno al lado de las plantas alimenticias acostumbradas. Entre las abundantes palmeras también se encuentra el cocotero, aparición notable a tanta distancia de los litorales. 

Ahora hemos vuelto a acercarnos al río Magdalena, con su caudal aumentado un tanto por el río Fusagasugá y en vísperas de recibir además al río Bogotá. Nos encontramos en el punto de la orilla que marca el abandono de su habitual dirección nordeste para tomar al oeste por algún tiempo. Al cabo de cabalgar por una hora en sentido occidental nos acercamos a Girardot, población pintorescamente dispuesta en la ascendente orilla opuesta al río Bogotá, con su fondo de piedra toba. Es allí donde la vía principal de Bogotá cruza el río Magdalena para continuar hacia los Estados del Tolima y del Cauca. Hace poco que un atrevido puente de hierro allí franquea el río, cuyo ancho no excede en mucho el del río Elba a la altura de la Suiza Sajona. Proyectada está una línea férrea para conectar la población con Bogotá, obra por ahora realizada hasta Tocaima. Las cimas de piedra arenisca, que bordean el río Bogotá hacia el oeste, terminan al occidente de Girardot, a orillas del río Magdalena. Al sur del río empieza la amplia llanura del Espinal, cubierta de gramíneas y rastrojo, a cuyo borde sur, invisibles desde el lugar, se extienden las planicies de Neiva y otras, a un nivel un poco más elevado. Al occidente de la llanura del Espinal alcanzamos a divisar los débiles contornos de la Cordillera Central, envueltos en vahos. 

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