10. Haciendas y estancias  

La mayor parte del territorio que conforma la cordillera de Bogotá ya tiene dueño, toda vez que tanto los valles que se extienden entre el río Magdalena y la altiplanicie de Bogotá, con las cadenas de montaña en su medio, como la sabana misma, a más de los valles del Río Negro y de Tenza al oriente de la vertiente divisoria hidrográfica y también las áreas atravesadas por los ríos Fusagasugá y Bogotá, forman parte de las regiones más pobladas del país. En cambio, en las selvas que cubren la mayor parte de la vertiente oriental de la cordillera, como en aquellas existentes en sus vertientes occidentales, hay todavía extensas regiones de tierra baldía de propiedad del Estado, disponible a precio bajo para quienes se crean capaces de tumbar monte y reemplazarlo con potreros y cultivos. Rigor desmedido en el cumplimiento de tal requisito no se espera, pues para demostrarse a la altura de sus obligaciones, el nuevo dueño no necesita presentar como cultivada sino una reducida fracción de su área de muchos kilómetros cuadrados. 

En algunas partes, por ejemplo, tanto en los alrededores de Fómeque como en el valle de Tenza y en otras, el terreno está subdividido en pequeñas parcelas, cultivadas por propietarios independientes que podríamos calificar de agricultores, en tanto que la tierra en su mayor extensión forma parte de haciendas que a veces llegan a comprender varios miles de hectáreas. Así tenemos la hacienda de Tena que con sus 3.100 hectáreas o 12.000 “Morgen” prusianos, se extiende de la laguna de Pedropalo a 2.000 metros de elevación hasta el puente del Colegio a 750 metros, abarcando así las más variadas regiones, tanto climáticas como de vegetación. Posiblemente todavía de mayor extensión será la hacienda Peñalisa, aunque de características menos variadas. En todo caso estos dos ejemplos no son excepcionales. Meritoria tarea, pero realizable solamente sobre el terreno, sería la de investigar más a fondo desde el punto de vista de la política económica la distribución de la propiedad raíz y su origen. 

Entre las granjas de los agricultores independientes y la pequeña finca arrendada perteneciente a la hacienda no hay diferencia que digamos, tal como ya se nota por su común denominación de estancias (5), en contraste con las grandes haciendas.

Su economía está orientada a cubrir las necesidades diarias, así que sus cultivos se limitan a una roza de maíz, un platanal, un cañaveral, algo de yuca y arracacha a más de unos cafetos y unas plantas de algodón; la cría de animales comprende algunas aves de corral, unos cerdos alimentados con desechos de la cocina, algunas reses, y quizás también tal o cual caballo o mula, que pastan en potreros (6) poco cuidados. Los implementos, en general, son de los más elementales, así que el machete ha de reemplazar a la mayoría de las herramientas. Asociaciones de vecinos para la común adquisición de maquinaria, o para crear instalaciones de uso corriente, no existen en ninguna parte, y ni siquiera ha surgido la idea de crearlas. Los productos que no se necesitan para el consumo propio, se llevan al mercado más cercano para venderlos y adquirir en cambio artículos alimenticios oriundos de otras zonas, y vestimenta, por ejemplo, pantalones de Santander, ruanas de Boyacá, sombreros de paja de Suaza o Zapatoca, o también para comprar artículos europeos en una de las tiendas locales.

En cambio, la administración de las grandes haciendas cuenta con orientación diferente en varios aspectos. En lugar de cultivar de todo un poco, la empresa prefiere limitarse a pocas variedades, prometedoras de mayor rendimiento, como el trigo y la papa en las regiones altas, a cambio de la caña de azúcar, el café, el cacao y tal vez también el arroz, el tabaco y el añil en las zonas más bajas. En los potreros de considerables superficies sembradas de gramíneas, guinea o pará, o en tierra fría, de trébol o de alfalfa, se mantienen manadas de caballos, mulas y reses, ya que la estabulación no se acostumbra sino para la cabalgadura del dueño. Acá y allá se ve maquinaria de mayor categoría, por ejemplo, trapiches construidos de hierro y movidos por fuerza hidráulica ó vapor, instalaciones modernas para transformar el café en pergamino con el grano listo para exportar, y otras. Pero con frecuencia se encuentran todavía establecimientos con equipo tan primitivo que para trillar los cereales se extienden sobre el piso para que pasen los caballos por encima; para otras labores se usan procedimientos igualmente rudimentarios. Las cosechas, lo mismo que los animales destinados a la venta, se llevan al mercado de la ciudad más grande y más cercana, en lugar de realizarlos en el mercado vecino, encontrando allí compradores que han venido de todas partes del país. Los productos previstos para la exportación, tales como café, pieles, etc., o bien se venden a una casa dedicada al comercio al por mayor o se despachan por cuenta del hacendado directamente a Europa o a los Estados Unidos. 

A juzgar por las viviendas es difícil imaginarlas como las casas de habitación de dueños de varios miles de hectáreas de tierra, ya que nuestra suposición de encontrar una confortable casa de campo, convenientemente instalada, en Colombia no se realiza; de castillos, parecidos a aquellos acostumbrados en los latifundios del nordeste de Alemania, ni hablar. Excepción hecha de la sabana de Bogotá, son contadas las haciendas cuya vivienda ofrezca un ambiente de comodidad para la familia, constando la casa señorial a menudo de apenas dos piezas económicamente instaladas. Pero no ha de extrañarnos el fenómeno, ya que la familia raras veces sale de la ciudad a vivir en la hacienda, prefiriendo con frecuencia los mismos dueños permanecer en la ciudad para ejercer el comercio o las profesiones de médico o abogado, limitando sus visitas a una o apenas dos al año, con el objeto de inspeccionar el ganado y las cosechas, en lugar de concentrar toda su capacidad a la administración y mejora de la hacienda. La administración de las haciendas de tamaño medio está en manos de un mayordomo, hombre que, a menudo, apenas sabe leer y escribir y aplicar las cuatro operaciones, deja andar los quehaceres por el camino trillado, incapaz como es de introducir mejoras. A la ausencia de los dueños es a lo que se debe en gran parte el bajo nivel de desarrollo de la agricultura colombiana. Notable es la escasez de jóvenes de las clases superiores que tengan ánimo de dedicarse a ella de lleno, adquiriendo áreas de selva a precios módicos, para convertirlas en terreno cultivable. Desde luego son apreciables las expensas iniciales tanto para tumbar monte como para adquirir la maquinaria indispensable en la explotación de cañaverales y cafetales y para proveer animales de cría seleccionados. En cambio, poca duda hay de que el capital así invertido empezará a producir su buen rendimiento al cabo de algunos años. Tanto durante el dominio español como en el transcurso de los primeros decenios de la república, el trabajo en las haciendas estaba a cargo de esclavos negros o de indios sujetos, según las condiciones del lugar. Abo­lida la esclavitud va realizándose con la ayuda de peones o por medio de arrendatarios. Aquellos suelen recibir de dos a cuatro reales, en determinadas regiones hasta seis reales de jornal, en tanto que estos acostumbran pagar el arriendo en trabajo y no en efectivo, ya sea que lo realicen en persona o por conducto de jornaleros alquilados. 

Pero las relaciones entre los terratenientes por un lado y los arrendatarios y peones por el otro, distan mucho del ideal que de lo descrito parece deducible. Estos en la práctica dependen de aquellos en sumo grado, forzados como están a adquirir todos sus pequeños menesteres, hasta la chicha, en la tienda de propiedad del hacendado, siendo interés del patrono el que las cuentas de sus dependientes permanezcan siempre con saldo en rojo. A falta de contrato de arriendo, como es regla, el arrendatario se arriesga a ser expulsado al cabo de un par de días, en caso de desavenencia con el dueño, perdiendo el primero por lo general todo el fruto de su esfuerzo. Las demandas judiciales raras veces resultan conducentes, ya que el juez suele ser un hombre del pueblo y como tal también dependiente del terrateniente o, por lo menos, susceptible a sus promesas o a su plata (7). Cuanto más la igualdad democrática resuena en boca de los políticos, menos se nota su efecto en la realidad.

El propio jornalero o la jornalera tienen por albergue un rincón cualquiera de la casa o del trapiche, donde arreglan su alojamiento para la noche. De no seguir gustándoles, proceden a hacer su atado liviano, para marcharse a buscar trabajo en otra parte. La vida casera, tanto de los arrendatarios como de los dueños de parcela, acostumbra a desarrollarse en los ranchos, el delantero de habitación, con la cocina en el de atrás. En tierra caliente tales ranchos a menudo se forman con palos de guadua, hincados uno al lado del otro, para formar las paredes, y con ramas de la misma guadua o con hojas de palmera por techo. Para amoldarlos a clima más fresco, los postes de guadua suelen proveerse de enrejado de bejucos, para luego cubrirlos de barro, y, en señal de mayor esmero todavía, blanquearlos. Cierto bienestar ya van reflejando las construcciones de adobe, acostumbradas tanto en las haciendas como en los pueblos, en el último caso con destino al cura párroco y a las notabilidades. Su techo rematado en punta, cubierto de paja, junco u otro material parecido, y terminado hacia abajo en sobradillo de metro a metro y medio que, soportado por una hilera de postes, forma una entrada al abrigo de la lluvia, para allí amarrar la cabalgadura, guardar la silla o descargar el equipaje. Las piezas por lo general carecen de cielo raso, dejando libre la vista al techo, que a menudo permite la entrada de fuertes corrientes de aire. El espacio principal del rancho, o sea la sala, se caracteriza por la falta de ventanas, facilitándose el pasar a través de ella por medio de dos puertas, la delantera y la trasera, tanto para la gente como para gallinas, cerdos y asnos, que a veces asoman a la cocina. A uno de los lados de la sala, o a veces a ambos, suele haber un camarín con destino a dormitorio, ya sea para el dueño o dueña de la casa, para sus hijas o, en ocasiones, para toda la familia, en tanto que el alojamiento de los jornaleros o de eventuales huéspedes se improvisa en la sala o en la cocina, ya que por lo general, acos­tumbra limitarse a una piel de buey o a una estera extendida en el suelo o encima de las bancas de tierra o piedra construidas a lo largo de las paredes. El mobiliario de la sala generalmente se compone de una mesa, unos asientos tapizados en piel de buey de color amarillo, que, inclinados contra la pared, suelen ofrecer buena comodidad para sentarse y unos taburetes bajos, asientos preferidos por las señoras. Por lo demás, sillas de montar y otros implementos ocupan el lugar. En tierra caliente, una tinaja, o sea un recipiente grande de barro poroso, suele estar arrinconada, y en ella el agua se mantiene relativamente fresca debido a la intensa evaporación. A través de la sala se halla colgada la hamaca, aprovechada por el calentano para pasar soñando la mayor parte de su vida. El gusto artístico se revela por medio de grandes hojas de cromolitografía pegadas en las paredes de la sala y representativas, por ejemplo, del emperador y del príncipe heredero alemanes o de soldados alemanes y franceses. El mismo uso encuentran recortes de revistas ilustradas, por ejemplo de “Illustrated London News”, de “Punch” o de un diario español de modas; esto lo experimenté personalmente con unos recortes ilustrados de una revista alemana que dejé olvidados en mi alojamiento, y que a mi regreso a los pocos días encontré nítidamente pegados a la pared, no obstante que el dueño de la casa ya no se contaba como perteneciente a la clase popular común y corriente. Pero el mejor adorno de la sala me tocó observarlo en casa de un acomodado hacendado. Era una porcelana fina, expuesta en una mesa de figurillas que a primera vista podría tomarse por una ponchera, pero que en realidad resultó ser uno de aquellos recipientes que entre nosotros tienen su puesto debajo de la cama. A menudo, un rincón de la pieza da cabida al oratorio, a un crucifijo o a una imagen de la Virgen, guarnecidos de figurines profanos y baratijas multicolores. 

La presencia de una estufa en la cocina ya es indicio de cierto bienestar, al paso que el horno de la gente pobre se reduce a tres piedras, entre las cuales se mantiene la candela para calentar la olla grande puesta encima. Como esta sirve para cocinarlo todo, la sopa, la carne, la verdura, una cosa tras otra, se explica el tiempo requerido para preparar la, comida. Los platos comunes y corrientes están hechos de arcilla multicolor presente en diferentes partes del país, encontrándose con alguna frecuencia, si bien en número reducido, platos, tazas y vasos importados. A menudo las totumas hacen las veces de los vasos, especialmente en las tiendas. Son las cáscaras de la crescientia cujete, que suelen crecer hasta llegar a un pie de diámetro. Ellas, lo mismo que las graciosamente talladas cáscaras de la nuez del coco, también le sirven al viajero de vaso para beber, en tanto que el fruto ahue­cado de la calabaza lo usa de cantimplora. 

La vestimenta del labrador, tanto de tierra fría como de la templada, es idéntica a la del peón bogotano. En tierra caliente, en cambio, los colores de la indumentaria son más claros y su peso disminuye a medida que la pigmentación de la gente va en au­mento, debido a la mayor proporción de sangre negra. En lugar de ruana de paño los hombres visten la de lino rayado en varios colores, en tanto que las señoras prefieren vestidos coloreados, hechos de algodón, mientras que los niños de menor edad andan desnudos. 

También la alimentación va adaptándose a la elevación sobre el nivel del mar, pero de modo contrario a lo que solemos pensar. Mientras que los habitantes del páramo y de la sabana se nutren casi exclusivamente de papas y mazamorra o cuchuco, unas sopas espesas hechas de harina de maíz o de cebada, con papas adentro, dichos alimentos se reemplazan en las zonas más bajas con plátanos, yuca y arracacha, casi siempre acompañados por un trozo de carne de res, por seca y dura que sea. Pescado en abundancia se consume tan solo a orillas de los ríos de tierra caliente. Debido a su precio económico, tanto el cacao como el café constituyen bebida popular, en tanto que la chicha en climas fríos y el guarapo en zonas más cálidas ocupan el lugar de nuestra cerveza, ambos consumidos en apreciables cantidades y considerados a la vez como alimento. El aguardiente no es tan solicitado en las clases populares como entre la clase superior, siendo probablemente también menor su consumo que entre los campesinos y trabajadores alemanes. Tan solo para una parte de la población el abuso de la chicha llega al extremo de la borrachera dominical. 

El agricultor en pequeño suele estar ocupado durante la mayor parte del día, si bien su trabajo no es de carácter muy intenso. Es en la roza donde el crecimiento de la mala hierba le sigue creando problemas y preocupación. Pero por lo demás su atención preferencial la está dispensando a su ganadería, hasta el punto de que escasamente se le encuentra sin el lazo en la mano, listo para coger tal o cual animal. Además acostumbra pasar varios días de la semana en camino, en visita al mercado de las poblaciones vecinas mayores, a efecto de no quedar restringido al mercado de su propio pueblo para la venta de los frutos de sus cultivos y potreros. 

En sus viajes al mercado, la mujer suele acompañarlo, ya sea caminando o montada, tanto para ayudar en las ventas como para hacer compras y también para participar en las alegrías de la jornada, ya que en la tarde acostumbra dedicarse a las reuniones y a la diversión, que tanto significan para aquella gente en su vida, por lo demás harto monótona. Mientras tanto los ranchos al lado de la vía se hallan o bien completamente desiertos u ocupados apenas por niños de corta edad, tal vez acompañados por la abuela, ya de años. La ligera trancada de la puerta, más que real efecto de protección contra robo, harto improbable aquí, se limita a tener cierto sentido simbólico. Los demás días de la semana la mujer suele pasarlos dedicada a sus quehaceres caseros, así que en las faenas del campo no participa. La joven hija acostumbra emplearse de jornalera en el trapiche de la hacienda o defender ciertos cultivos, ahuyentando los monos y los pájaros en acecho con ánimo de cosechar sin haber sembrado. Gran parte del día la mujer ha de dedicarla a preparar las comidas, en tanto que a otras horas se la observa hilando en un huso primitivo o sentada en un banquillo delante del rancho, dedicada a alguna costura o también peinando su larga cabellera negra o rebuscando en las cabezas de sus vástagos ciertos animalitos menores. 

Las nociones escolares distan mucho de ocupar en la población campesina colombiana el lugar que fuera de desear. Provistos los pueblos de escuelas, en general las excesivas distancias por cubrir, unidos al poco aprecio de la instrucción escolar, hacen desistir a los padres de enviar a sus hijos a las clases. 

Las clases, deficientes de por sí, se interrumpen con frecuencia y, dado el corto tiempo transcurrido luego de haberse establecido, pueden dar sus frutos apenas en la generación venidera. Mínima es la esperanza de un desarrollo intelectual en la edad ya más madura, toda vez que el aislamiento del ambiente prácticamente impide toda inspiración desde fuera. Así que los campesinos colombianos carecen de toda noción, tanto de países extranjeros como de su propia historia patria. Completamente borrados de su memoria se encuentran los recuerdos de sus antepasados indios, al igual que de la conquista española, a pesar de la buena proporción de sangre india que todavía viene pulsando en sus venas. Hoy son creyentes católicos, pero aun tomando por hereje a todo protestante, distan mucho de ser fanáticos. Al efecto puedo declarar que nunca me he visto expuesto a intentos de impugnación ni a molestas tentativas de convertirme. Lo que abunda todavía es la superstición. Así que al morir un niño, el entierro suele festejarse con música y baile para celebrar el hecho de haberse convertido el niño en ángel celeste, fiesta a la cual la madre del difunto no puede dejar de asistir, a pesar de su estado próximo a partírsele el alma. 

Numerosos son los casos de concubinato y de hijos naturales, pero sería injusto juzgar el fenómeno por otro aspecto distinto de aquel de las circunstancias sociales, máxime cuando la población rural colombiana a mi parecer no está muy inclinada ni a la sensualidad ni al libertinaje, excepción hecha tal vez de la población mezclada con el elemento negroide de la tierra baja. El mal ejemplo lo dan las clases superiores y aun los clérigos, en tanto que los jornaleros de ambos sexos viven altamente expuestos a la tentación. En cambio, la mayor parte de los concubinatos existe al amparo de la buena fe de los novios, para quienes solamente los altos derechos y otras circunstancias parecidas han sido motivo de renunciar a la ‘bendición matrimonial. También en otros aspectos observamos una decencia digna de elogio, si bien es cierto que viene originándose en la indolencia, antes que en el aprecio consciente de lo bueno. El cometer crímenes de asesinato o saqueo es incompatible con el carácter de bonachón inherente a la población rural colombiana —otra vez exceptuando a los negros y a los zambos—. Hasta los transportes de oro metálico, que en determinados días se encaminan desde las minas a los puertos, muy raras veces han corrido el peligro de ser atracados. Y aun a cometer robos de menor significación la población rural parece menos inclinada que ciertos elementos urbanos. A pesar de mi costumbre de no cerrar el baúl durante la permanencia en las posadas, no he sufrido pérdida alguna, a excepción de habérseme sustraído unas piezas de ropa interior. Una costumbre muy arraigada en toda la nación colombiana, tanto en la ciudad como en el campo, y sin distingo de clases, suele reflejarse en el trato un tanto despreocupado brindado a la verdad. 

Al indio acostumbra tildársele de carácter taciturno y alevoso, atribuciones que, según mis experiencias, sin embargo, no incumben al indio o mestizo colombiano, a quien, al contrario, he llegado a conocer como hablador y confiado, lo mismo que tengo motivo de elogiar su amabilidad, cortesía y hospitalidad. En tanto que entre los bogotanos a menudo encontramos tipos descarados, los campesinos, sobre todo los de las regiones altas, suelen mostrarse en extremo serviles, condición nacida de su larga servidumbre. 

Es en los amos y terratenientes donde recae en su mayor parte la responsabilidad tanto de la situación social como del grado de desarrollo intelectual y moral de los indios puros y mestizos que forman las capas bajas, pues en lugar de facilitarle la elevación de su nivel social a la gente bajo su mando, hoy todavía siguen empeñándose muchos en no dejarla medrar, para así poder seguir explotándola en su propio provecho. Casos hay en que el dueño se opone a que su arrendatario compre una cabeza de ganado más o cultive terreno de mayor superficie. El pequeño propietario, en cambio, está impedido para dedicarse a la producción de artículos exportables, debido a la ubicación desfavorable de su terreno en relación con las vías de comunicación. Pero no hay disculpa que valga, ni para el arrendatario ni para el dueño, en tanto ambos siguen gastando en bebidas el producto de su mercado o enterrándolo, en lugar de aprovecharlo para incrementar su empresa. Asimismo, el jornalero acostumbra dejar de asistir a la faena hasta no haber gastado el último real. Con todo, me parece acertada la aseveración recibida de expertos, en el sentido de que también el labrador colombiano podría encaminarse hacia un mayor bienestar, a condición de poner más energía y constancia de su parte.  

(5)
En la Argentina así se denomina la hacienda.(Regresar a 5)
(6)
En otras regiones denominados “mangas”, p. ej. en Antioquia.(Regresar a 6)
(7) 
Mi descripción de las condiciones sociales no se apoya en mis propias impresiones solamente, sino también en relatos de las costumbres colombianas (Cuadros de Costumbres). (Regresar a 7)
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