11. En una ciudad de provincia 

Al cabo de haber atravesado por varias horas un paisaje con ranchos solitarios o a veces agrupaciones de casas o haciendas que bordean el camino o a mayor distancia de él, el viajero llega al fin al municipio, centro de todo, en el sentido tanto político como eclesiástico, económico y social. Sede del alcalde como cabecilla político, lo mismo que del juez, abarca también la iglesia con la casa cural y la escuela, así como la plaza de mercado y los almacenes que ofrecen mercancías de procedencia europea. A la vez es el domicilio de un número de artesanos, tales como el talabartero, el herrero, el carpintero, el albañil y también el zapatero, el sastre y el latonero. Muchos de los hacendados de los alrededores han construido su casa aquí, domicilio para ellos durante la mayor parte del año, para así combinar la ventaja de una vida social con la cercanía, de la iglesia y la escuela, y la oportunidad de unos negocios accesorios, a que casi todos están dedicados. Los domingos, días tradicionales de mercado, todos los vecinos de la colectividad suelen concurrir, ya sea para vender los productos vegetales y animales de su tierra o para proveerse de los frutos ajenos a su propia producción, a la vez que de productos industriales, nacionales o europeos. Ya sea antes de abrir el mercado sus actividades o después de concluir ellas, y también en su curso, los parroquianos acostumbran entrar a la iglesia a efecto de cumplir sus deberes religiosos, para después ir a tratar sus asuntos con el alcalde o el juez y finalmente saludar a sus compadres y amigos, para quedarse reunidos en animada charla. 

No es raro el caso de que un tal municipio alcance a abarcar muchas millas cuadradas, quedando comprendidas a veces extensas áreas de selva, apenas interrumpidas por tal o cual comienzo de colonización. Así que los habitantes muchas veces habrán de gastar de medio a un día entero para llegar a la sede del municipio a visitar el mercado o a cumplir otra diligencia cualquiera. Poco a poco la colonización va creciendo, con el efecto de manifestarse de manera más y más apremiante la necesidad de fundarse otro municipio nuevo. El gobierno, al conceder el establecimiento de un distrito independiente, procede a enviar un topógrafo con el encargo de determinar tanto el alcance de superficie como los linderos de la nueva entidad y luego demarcar su plaza, con frente hacia la cual después se colocará la primera piedra tanto para la iglesia como para la alcaldía. Ahora no tardará en llegar un hombre emprendedor, para establecer la primera tienda, dedicada a la venta de artículos variados, como telas para vestido, ropas, herramientas, coñac y otros, de procedencia europea, mercancías adquiridas a crédito a un comerciante con domicilio en la localidad más cercana. 

También el mercado propio empieza a realizarse en la nueva comunidad, siendo notable la prontitud con que los vecinos van acostumbrándose a realizar allí sus productos, en lugar de seguir enviándolos cada semana al centro tradicional lejano. 

De esta manera es como han venido formándose en el curso del presente siglo la mayoría de los municipios, tanto en el sur de Antioquia como en la parte colindante del Estado del Tolima. En Cundinamarca, en cambio, el procedimiento en general ha sido distinto, a saber: un hombre acaudalado ha adquirido sus derechos sobre determinado terreno baldío de un área considerable, para establecer allí un núcleo bastante numeroso de arrendatarios y jornaleros, base para el nuevo distrito. Es así como las haciendas Peñalisa y Tena, por ejemplo, han venido a constituirse en semejantes distritos. Por el mismo estilo ciertas empresas mineras han procedido a crear tales comunidades, que a veces han llegado a obtener su independencia política. 

Pueblos hay que existen de tiempo atrás, originada su fundación en este sistema. Otros tienen su origen en los llamados resguardos, áreas reservadas a los indios con el objeto de protegerlos contra la explotación por parte de los blancos y por lo tanto vedadas a estos. Y, para completar el cuadro, agreguémosle tanto las fundaciones que datan de la época que comenzó inmediatamente después de la conquista española, como aquellas de origen indio, que, ya existentes a la llegada de los españoles, fueron escogidas por ellos desde el principio para sede de los poderes, tanto del civil como del eclesiástico. Finalmente, unas cuantas comunidades han venido organizándose a raíz de intereses relacionados con el comercio y el transporte.

La tendencia igualitaria, tan característica del siglo presente, ha venido haciendo caer en el olvido los diferentes orígenes, a medida que los resguardos se abolieron para pasar gran parte del terreno a manos de los blancos, en tanto que antiguas empresas mineras se clausuraron, a la vez que el comercio y el transporte abandonaron las rutas que habían sido prescritas por el gobierno español. Así que poblaciones recién establecidas llegaron a reemplazar a las antiguas como centros importantes de comercio, condenándolas a una muerte económica, con las consecuencias fáciles de imaginar, que en algunos casos llegaron al extremo de provocar el traslado de sedes gubernamentales. 

Al efecto, los antiguos calificativos españoles, tales como ciudad, villa, parroquia, curato, pueblo y aldea, prácticamente han perdido su sentido, para servir hoy en día apenas de distintivo alusivo al orden dimensional. Tan solo entre aldea y distrito o pueblo existe marcada diferencia, por cuanto la primera significa una entidad dependiente de la segunda, pues o todavía no ha logrado autonomía política ni eclesiástica o por algún motivo la ha perdido. Así pues las aldeas se asemejarían a nuestros “Dörfer” o “Weiler”, mientras que el tratar de aplicar a las poblaciones autónomas colombianas los puntos de vista nuestros para distinguir entre pueblo y ciudad, sería un tanto problemático. Hallándose bastante borradas las señas distintivas aun en nuestra tierra, cuánto más difícil habría de ser precisarlas para su uso en otro país, con un desarrollo histórico tan diferente. Cierto es que comunidades tales como Tena, Peñalisa y Pandi, al igual que los antiguos resguardos, tienen un marcado carácter de pueblo, en tanto que Guaduas, Facatativá, Fusagasugá y Tocaima, como centros económicos y, en parte, también políticos que son, no tan solo para su propia área sino también en cuanto a las comunidades circundantes se refiere, podrían compararse con nuestras ciudades de provincia. 

Zipaquirá con sus salinas ya tiene características de ciudad industrial, en tanto que La Mesa sirve de centro de intercambio para los productos de las tierras altas de Cundinamarca y Boyacá con aquellos de las llanuras del alto Magdalena. Pero, carentes de marcados contrastes, tales tipos de unidad política, debido a su simultánea transición paulatina, tienen mucho en común, coincidiendo por lo tanto, con pocas excepciones, en su carácter como en su estructura. 

En general, las poblaciones colombianas han sido fundadas sin una cuidadosa planeación previa, habiendo además, en muchos casos, sufrido traslados, antes de encontrar su ubicación definitiva. El construir una localidad al pie del valle queda vedado, salvo contadas excepciones, tanto por la estrechez de la mayoría de los valles como por el aumento del caudal de los ríos en las épocas de lluvia. De haber terrazas de acarreo disponibles a cierta elevación sobre el fondo del valle, a menudo se han aprovechado, en tanto que con frecuencia las localidades se han ubicado a considerable altura, donde una meseta de poca inclinación intercalada en la vertiente, permitía su fundación. En parte, semejante posición de las aldeas, ya en una vertiente del valle, ya en la otra, se debe al continuo subir y bajar de los caminos, desde que la política de intereses locales raras veces ha permitido construir un camino principal que pase por entre las poblaciones, con solo desvíos laterales que comuniquen con ellas. 

Aquella ubicación explica también la ausencia en las poblaciones colombianas de las prolongadas calles principales, tan características de las nuestras. Pero tampoco se encuentran las poblaciones de tierra plana dispuestas en forma parecida al círculo, con su conjunto amplio e irregular, ni las ciudades provincianas tan comunes entre nosotros, con sus calles curvas, impuestas por las murallas circundantes de otros tiempos. En cambio, las poblaciones colombianas casi todas tienen por centro su espaciosa plaza cuadrada, de ochenta a cien metros de lado, de la cual las calles parten en línea recta, con sus cruces en forma rectangular. Con frente a la plaza encontramos la iglesia, casi siempre construida en el mismo estilo monótono adoptado a fines del siglo pasado o a principios del presente. Circundando la plaza está además la alcaldía, con la cárcel como accesorio, a más de las casas de los ciudadanos más acomodados. A medida que vamos distanciándonos de la plaza, más pobreza van reflejando los barrios. Las casas más representativas están construidas de adobes y cubiertas de teja de barro, siguiendo además el mismo plan de construcción ya conocido desde Bogotá. En miserables ranchos construidos de barro o de caña viven también aquí los habitantes de las clases más pobres, exactamente como en el campo. 

Calles empedradas y provistas con caños no hay sino en las poblaciones de mayor categoría. Su aseo y alumbrado poca atención reciben. Contadas son las casas que cuentan con excusado. Muy mal suele andar la provisión de agua. Pozos casi no existen. De no haber riachuelo que atraviese el pueblo, o fuente que lo aprovisione, el precioso líquido habrán de traerlo del río, muy distante a menudo, motivo por el cual se observa tanto muchacho guiando alegremente su burro cargado de barriles o tinajas, ya sea en viaje del pueblo al río o de regreso. Desde luego, con el río muy crecido después de haber caído un aguacero, el agua, con destino no solamente al baño y a la cocina, sino también a calmar la sed, está turbia en extremo, dejando impresionante asiento en el vaso. 

En nuestra tierra casi toda ciudad se distingue por su disposición y estructura propias, características que al observador interesado le revelan su entera historia de desarrollo. En cambio, la arquitectura de las ciudades colombianas es en extremo monótona, con excepción, a veces, de unas iglesias y conventos antiguos, los que, sin embargo, tampoco podrían calificarse como interesantes desde el punto de vista arquitectónico. Determinante en la diferencia de carácter de las ciudades colombianas es su variada altura sobre el nivel del mar con su efecto natural sobre el clima reinante. Al paso que la estructura de las casas de categoría poco se altera, los ranchos de barro van cediendo su lugar a los construidos de caña, a medida que las condiciones climáticas lo permiten. Así que, con las palmeras intercaladas, la población ofrece una impresión encantadora, por lo menos vista a distancia. Los penetrantes rayos del sol ayudan a evaporar el agua, evitando así la formación de aquellos intransitables lodazales, tan frecuentes en los caminos de la tierra alta. El zancudo asume la actividad molesta de la pulga. 

Pero fuera del clima predominante no hay factor tan decisivo para orientar el carácter de una población como lo es su ubicación en relación con las principales vías de comunicación, o sea algo parecido a lo que para las ciudades provincianas nuestras significa su situación desde el punto de vista de su comunicación ferroviaria. La razón es obvia. Por los caminos principales van pasando los viajeros, como también las caravanas de carga. Por ellos pasa semanalmente el correo que comunica con la capital. Además, hace poco existe una línea telegráfica, por numerosas que sean sus fallas y por más que se repitan las molestas ausencias del joven telegrafista de su oficina. En las regiones apartadas, en cambio, el correo nacional se reemplaza por el del Estado que sea, servicio por lo demás lento y descuidado. Raras son las veces que un extraño se extravíe hacia aquellos lados, a no ser algún mercachifle ambulante que ofrece sus chécheres, o un político de la capital en pos de votos para las elecciones venideras. Si bien de vez en cuando un terrateniente con rango igual al de la clase superior de Bogotá vive en el pueblo o en sus cercanías, el núcleo influyente en general lo constituye la gente de la clase media, o sea los hacendados menores y los dueños de tienda, gente que nunca se ve sin su ruana y que, por lo tanto, cae bajo la denominación de “gente de ruana”, a diferencia de los bogotanos distinguidos, que suelen llevar la ruana puesta encima del saco en lugar de ponérsela directamente sobre la camisa, distinguiéndose además por su sombrero alto de paja. Su instrucción no revela mayor alcance, raras veces pasa de habilitarlos para leer y escribir y manejar las cuatro operaciones, conocimientos adquiridos en la escuela rural. Por lo general son negociantes natos, con buen dominio de todas las mañas e intrigas, que hábilmente suelen aprovechar, particularmente a expensas de los pobres indios. Con facilidad tratan de imitar tanto la elocuente cortesía como las amables frases hechas de las clases altas. Pero si bien en estas a veces echamos de menos la esperada sinceridad, de la osada curiosidad e importunidad, al igual que de la arrogante afectación de la alta sociedad pueblerina, ni hablar. 

Por otra parte, me impresionó con cierta gracia el observar la repetición exacta del provincialismo nuestro, cuyas caprichosas expresiones inspiraban las comedias de tiempos pasados, con su reflejo de las mismas rivalidades y de la misma preocupación de no faltar a la propia dignidad. Los bailes públicos y otras fiestas son testimonio de la separación rigurosa exigida por la clasificación establecida de las familias entre gente de primera y segunda categoría y el pueblo. En una de aquellas ciudades, que no era de las menores que digamos, mi presencia coincidía con la de un grupo de equilibristas listo para exhibir sus pruebas. No tanto por la atracción ejercida por estos, cuanto fascinado por la oportunidad de estudiar las características del público, resolví adquirir mi boleta. Mas por falta de suficiente concurrencia, la función tuvo que cancelarse, con la devolución del precio de entrada. La misma desilusión mía les tocó sufrir, entre otros, a la dueña de mi hotel y a sus hijas, que, vestidas para la ocasión, habían estado esperando para ir, no sin antes averiguar por conducto de un muchacho varias veces enviado, si ya habían llegado “otras familias”, para no ir tampoco, en caso negativo. Pero cuál sería la sorpresa al saberse al día siguiente, que la otras familias habían adoptado la misma precaución, para caer todas víctima de ella y perder la oportunidad de distraerse. 

El gobierno local está encabezado por el alcalde y el juez, siendo ambos cargos honorarios y por regla general sin retribución alguna, con relevo semestral o anual. Para Colombia en su estado actual, semejante grado de autonomía administrativa parece notoriamente prematuro, como lo admiten nacionales prudentes, entre ellos Manuel Ancízar. No dispuestos a exponerse a las molestias e incomodidades inherentes al desempeño de los cargos, las personas pertenecientes a las clases acomodadas e instruidas suelen rehuirlos, al tiempo que interponen toda su influencia para apoyar la elección de elementos dóciles de la clase popular. Así que muchos alcaldes y jueces carecen de toda noción de las leyes pertinentes al cargo, llegando con frecuencia hasta el extremo de no saber leer ni escribir, para vivir y actuar prácticamente bajo la batuta de los terratenientes o de los tinterillos, gente hábil, empapada de las disposiciones legales y empeñada en actuar como jurisconsultos. De tal modo que unas pocas personas, los llamados gamonales, llegan a ejercer una especie de tiranía sobre toda la población. Todo intento de resistencia se sofoca, bien sea desalojando al opositor del terreno, si es arrendatario, o involucrándolo en pleitos, si se trata de un hombre independiente, en este caso persiguiendo mediante falsos testigos la prueba de su culpabilidad (8). Poco suelen intervenir los prefectos y los juzgados superiores en tal estado de cosas, ante el temor de perder el apoyo de los gamonales en las elecciones subsiguientes. El cura tampoco acostumbra guardar siempre un criterio imparcial, faltándole a veces también la fortaleza para obrar. Cierto es que he tenido la fortuna de conocer a unos pocos sacerdotes de excelentes cualidades, que se sacrificaban por la bienaventuranza de sus parroquianos, tratando a la vez de hacer prosperar su bienestar mundano en la medida de sus posibilidades. Pero, hablando en general, me parece que los párrocos colombianos no son capaces ni moral ni intelectualmente de hacer frente a su alta misión cultural en las regiones apartadas y poco desarrolladas. En cuanto a la moral, su mal ejemplo no es infrecuente, como puede observarse por las numerosas casas curales en donde viven las así llamadas hermanas o sobrinas del padre con un gran número de niños. En lugar de encontrarlo censurable, los parroquianos suelen ponerse contentos, por conjurarse así para ellos el caso de que, sin tales hermanas, el hombre pudiera llegar a constituir un peligro para sus esposas e hijas. Las aldeas vecinas entre sí, muchas veces constituyen focos de una rivalidad que llega hasta lo ridículo, para ir a menudo acompañada de un pronunciado antagonismo político que, a su vez, acostumbra tornarse en abiertos ataques y refriegas, especialmente en épocas de guerra civil, pero también en tiempos de paz, así que en esas regiones infranqueables hoy todavía sigue predominando aquella mezquina política de intereses locales que entre nosotros hace tiempo ha tenido que ceder su lugar con arreglo al progreso de la cultura. 

Ni el intercambio comercial revela actividad que digamos. Así que aun La Mesa, población dedicada al comercio de productos provenientes de vastas regiones, carece de comerciantes propios para facilitar el intercambio, con almacenes de depósito a su disposición, cuya existencia tanta importancia tiene en centros comerciales al estilo de nuestra tierra. En cambio, todas las transacciones se concentran el día semanal de mercado, para despacharse al día siguiente las mercancías negociadas al lugar de su destino o a la plaza de mercado de otro pueblo. Los intermediarios dedicados a semejantes encargos son meros mercachifles que viajan de mercado a mercado, perteneciendo en general a una clase social inferior a la de los dueños de tienda, cuya actividad acostumbra concretarse casi exclusivamente a la mercancía extranjera. Una de las consecuencias de aquel primitivo sistema de distribución de los productos criollos para el consumo doméstico es la extrema sensibilidad a fluctuaciones de su precio, el cual suele cambiar de semana en semana conforme a la magnitud momentánea de la oferta y la demanda, ya que para el vendedor a menudo será preferible salir de sus productos a un precio inferior, en lugar de volver a llevárselos por malos caminos a su punto de partida. En consecuencia, un factor esencial de la capacidad comercial radica en la habilidad de hacer coincidir el tiempo de la oferta con la esperanza de una buena demanda del artículo en el mercado. Pero en tanto que el hacendado acomodado fácilmente se impone la eventual espera, el dueño de poco terreno o el arrendatario no puede, pues la necesidad de disponer del equivalente depende del todo de las cualidades del mercado semanal, ya que además de las condiciones de la cosecha misma, entran en juego tanto la situación política como el tiempo habido víspera del mercado, en el sentido de favorecer el transporte por determinadas vías de comunicación o de obstruirlo. 

Tanto ingleses como norteamericanos con criterio un poco drástico han objetado la tradición de que el mercado se limite a los domingos, pero se olvidan tal vez de dos hechos decisivos. En primer lugar la considerable distancia por recorrer entre su cultivo y el pueblo le impide al vecino hacerlo dos veces por semana. Además, de transferirse la realización del mercado a un día entre semana, los parroquianos perderían la posibilidad de asistir a misa, la cual acostumbran ahora aprovechar, aunque sea en medio de sus negocios. En las poblaciones de más categoría, con mayoría de habitantes urbanos y mercado de superiores proporciones, este ya viene realizándose en días entre semana. 

Las tardes y las noches dominicales se destinan a beber y a bailar. Aquí el vals todavía no ha alcanzado a reemplazar a aquellas danzas antiguas, cuyos movimientos consisten en que hombre y mujer, cara a cara, al son de una música monótona y de un tacto lento, se suelen acercar y alejar, interpretando así el ir y venir de los amantes. Otros grupos hay que se apretujan en las tiendas, charlando, riendo y gritando al beber en totuma bien sea chicha o guarapo, bebidas que tanto más gustan cuanto más fermentadas se sirvan. Pero también el anisado tiene sus favorecedores. Todo hasta cuando los hombres, bajo el efecto de las bebidas y exhortados por las mujeres, se ponen a tambalear hacia la casa o a sentarse en el suelo al lado de la mujer dominada por el mismo estado. Veces hay en que alguien organiza una riña de gallos en su casa, espectáculo alrededor del cual suelen reunirse los hombres. 

Los principales días de fiesta, celebrados especialmente en tierra caliente, son el de San Juan y el de San Pedro y San Pablo. En 1883 me tocó pasar el segundo en Guaduas. Siguiendo la costumbre, por la mañana todo el mundo se apresuraba a afluir al río, para bañarse. Grupos de jinetes, damas y caballeros, se lanzaban a galope calle abajo, para desembocar frente al hotel a los potreros y seguir a través de ellos hacia el lugar del baño, situado un tanto más arriba. En Colombia, con el baño al aire libre no se persigue en primer lugar el aseo y el refresco, sino un placer bullicioso gozado en sociedad. Por lo tanto, el jinete nunca va solo, sino en compañía que cuanto más numerosa mejor es. Camino de regreso, todo grupo se detiene en el hotel para tomar un trago, coñac para los caballeros y champaña para las damas. Luego se gasta una hora para pasar a galope por las calles, oportunidad que aprovechan los caballeros para hacer gala de su equitación en presencia de las damas, dando de espuelas a sus caballos, para hacerlos correr a galope tendido y luego pararlos en seco. Para la tarde se había improvisado una corrida de toros, evento que aquí no tiene el tal carácter cruento y excitante y que a mí me pareció sumamente aburridor. Los cuernos del toro estaban envueltos en lazos, cuyos cabos manejados por jinetes le contrarrestaban al animal prácticamente todo movimiento, cualquiera que fuera la dirección en que lo intentara. Así que carecía de peligro todo lo que se hacía para irritar al animal, ya sea por medio de trapos colocados delante de él, o mediante petardos o voladores. Cierto que el toro reaccionaba con gruñidos, pero sin llegar a rabiar, como no fuera en un momento inadvertido que aprovechó para derribar a un hombre, pero sin alcanzar a herirlo. Vueltos a montar, los caballeros y las damas cruzaron la plaza a galope, escogiendo los momentos en que el toro estaba a suficiente distancia, para no arriesgarse. 

Tanto la Semana Santa como día de Corpus Christi suelen celebrarse con procesiones en todos los pueblos, al igual que en Bogotá, con la sola diferencia de que son más reducidas y más caprichosas las de los pueblos. En vía preparativa ya durante las semanas precedentes se puede observar a todas las matronas del lugar ocupadas en ataviar los monumentos representativos de los santos. También durante la semana antes de la Navidad, el llamado tiempo de los Aguinaldos, en muchas regiones se acostumbra concluir la misa nocturna con una procesión, que con velas y canciones da la vuelta a la plaza, acompañada del trueno de tiros de morteretes y escopetas e iluminada por cohetes.  

(8)
Condiciones descritas muy instructivamente por Eugenio Díaz en su novela “Manuela”, publicada en “El Mosaico”, revista en que se publicaban, entre otros, cuadros de costumbres. Bogotá, Tomo 2do.(Regresar a 8)
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