3.   El Páramo del Ruiz y Ambalema  
 



En lugar del camino usual, que atraviesa el páramo de Aguacatal para pasar por Honda, escogí para mi viaje de regreso de Manizales a Bogotá la ruta que más al sur pasa por las inmediaciones del nevado del Ruiz, más interesante, sin duda, para mí, pero que a la vez demanda mayores esfuerzos, tanto por el estado lamentable en que en partes se halla como por la necesidad que encierra de pernoctar, una vez por lo menos, al aire libre en el frío del páramo. Circundada por caminos de herradura, y sin ninguna importancia imaginable para la intercomunicación, una carretera en buen estado, pero con la sensación de estar construida por donde no era, me sirvió de arranque. Con vena humorística F. von Schenck nos cuenta sobre el origen del fenómeno (3): Un manizaleño, muy listo, había importado un coche. A falta de otro uso distinto para el vehículo, mandó construir aquella vía, a un costo bastante elevado, para así procurarse el placer de pasear en coche. Ya al cabo de una milla, llegamos al otro extremo del trecho, para a la vez dejar el camino que conduce al páramo del Aguacatal y, a otra milla de distancia, alcanzar el caserío de Frailes o Montaño, situado a 2.500 metros sobre el nivel del mar, como último establecimiento humano de este lado de la cumbre, a pesar de quedar todavía a 100 metros por debajo de la elevación de Bogotá. El paisaje abierto atravesado hasta ahora había ayudado a mantener el camino en un estado bastante transitable, bien diferente del que empieza ahora al entrar a la zona de arborescencia, que está en un estado tan lamentable que la bestia a cada paso se hunde a más de la rodilla. Pero ¡qué tal se encontraría en época de lluvia, si hoy todavía nuestro guía se atreve a calificarlo de primera, como lo sigue haciendo, tal vez para consolarnos! Por fortuna, el lodazal no continúa sino por un par de horas, al paso que el camino por el Quindío, que pasa más al sur y siempre a cubierto del monte, sin llegar a subir al propio páramo, va ofreciendo similares condiciones por varias jornadas enteras. En los tiempos de Humboldt era únicamente pasable o bien a pie o a espaldas de peón, (4) y aún hoy, si bien convertido en camino de herradura, sigue impasable para mulas durante la mayor parte del año. En semejantes condiciones el único animal apropiado sigue siendo el buey. Así que, recordando el accidente sufrido en la Picona, como medida de previsión había alquilado uno para el cruce del Ruiz, que me servía de bestia de carga. Al cabo de seis horas llegamos a las azufradas de Termales, a los 3.500 metros de altura y con una temperatura de 64°C. en la fuente. Unos ranchos en estado más que miserable y con capacidad apenas suficiente para dar cabida a un hombre, servían para alojar a los bañistas. De aquí para arriba el monte pierde exuberancia, para ir transformándose poco a poco en la conocida vegetación del páramo bajo, consistente de arbustos y matorrales. A los 4.055 metros alcanzamos la divisoria hidrográfica, que a la vez viene a constituir aquí la frontera entre los Estados del Cauca y del Tolima.  

Bajando, encontramos a la media hora la cueva de Gualí, prevista para pernoctar. Un poco desilusionado quedé al comprobar que la llamada cueva no es nada más que una peña colgante, difícilmente adecuada para ofrecer protección satisfactoria aun contra aguaceros o torbellinos de nieve. Una vez descargadas las bestias y amarradas con lazos largos a fin de permitirles la cogida de suficiente forraje, pero impidiendo a la vez su escapada, mis acompañantes se dedicaron a reunir hojas de frailejón y leña, para prender la candela destinada tanto a preparar nuestra comida como a servirnos de calefacción, por lo menos durante el comienzo de la noche. Cumplidos tales menesteres, la oscuridad se había presentado, ahuyentando la niebla predominante durante el día y permitiendo divisar los oscuros contornos del gigantesco nevado en dirección sur de nuestro acantonamiento. No tardamos en preparar nuestros alojamientos, para dormir a medida que el frío lo permitía. 

Para conjurar el frío, la primera medida por la mañana fue preparar nuevamente la candela con el objeto de gozar pronto de un chocolate caliente. Luego me encaminé, acompañado por el guía, para regresar a la divisoria hidrográfica en el empeño de subir desde allí al admirable cráter situado al pie del Ruiz en sus faldas occidentales. Al cabo de una hora, contada desde el paso, llegamos a Lagunetas, ubicación de un número de lagunas menores, frecuentadas por bandadas de patos. El piso era en gran parte como acolchonado y sembrado de plantas bajas con hojas tiesas ordenadas a manera de rosetas y armadas de espinas, de aspecto extraño. Admito que tales condiciones, agravadas por la atmósfera enrarecida, me dificultaron bastante el caminar, obligándome cada tantos minutos a unos instantes de descanso. Como contratiempo adicional volvió a presentarse la niebla, primero en nubes aisladas, para pronto densificarse hasta el punto de hacernos perder de vista el cráter, a pesar de la ya corta distancia a que estábamos. Así las cosas, me parecía inútil persistir en realizar nuestro propósito, ya que el goce del panorama que me había inspirado tenía muy poca probabilidad de brindársenos, en tanto que el estudio más a fondo de los fenómenos plutónicos estaba fuera de mis planes, habida cuenta de los del doctor Reiss, quien al efecto había escalado también este cráter en 1868, cuando en su intento de subir al nevado mismo se había visto forzado a desistir de su empeño a medio camino, para así apenas escapar de una muerte segura. Al efecto, los meses de diciembre a febrero, favorecidos por la ausencia de niebla, son los destinados para el ascenso, y en cuanto al equipo, es aconsejable incluir la carpa, que permitirá pernoctar a inmediaciones del pie del nevado, para iniciar la subida misma a primera hora de la mañana. 

Regresamos pues a nuestro campamento para disfrutar del pequeño almuerzo, preparado entretanto por mi ayudante, para luego continuar viaje hacia la cueva del Toro, escogida por terminal de la jornada. El camino, en dirección sudeste, pasa en su mayor parte por un terreno de suelo negro húmedo, yendo en subidas y bajadas alternas, para así permitir el cruce de las entalladuras cortadas por los riachuelos que, descendiendo del nevado, después se unen para formar el río Gualí, el mismo que habíamos cruzado cerca de Mariquita y que luego desemboca en el Magdalena en las cercanías de Honda. A poco tiempo pasamos por la cueva de Nieto, al lado derecho de nuestra ruta, que tiene fama de reunir las mejores condiciones para pernoctar en el páramo; ojalá la cueva del Toro, que alcanzamos a corta distancia, y donde pasamos una noche de sumo desagrado, nos hubiera resultado con las condiciones de aquella. Como consta de la mera pared de una roca, deja libre acceso al viento, suficientemente frío para convertirnos en unos seres medio congelados durante la noche, y privados además de toda posibilidad de prender la candela que nos hubiera permitido preparar siquiera algún alimento caliente para el desayuno. Con todo, al empezar a subir por los arenales, amplia extensión de arena volcánica, no habíamos ganado tiempo, pero sí dejado de aprovechar la mejor oportunidad de descanso nocturno que nos hubiera ofrecido la cueva de Nieto. La fatiga causada tanto en los humanos como en nuestros animales por el ascenso sobre la arena suelta en combinación con el aire enrarecido, se vio, no obstante, ampliamente recompensada con la vista realmente excepcional sobre el ventisquero que se nos ofrecía en dirección sur. Por momentos las nubes dejaron libres a nuestros ojos también las inmensas masas de nieve, coronadas por los dos picos del Ruiz, vista que yo había anhelado tanto, para luego volver a correr su telón y hasta envolvernos a nosotros mismos, haciéndonos pensar así en el regreso. 

Después de un frugal desayuno tomado en nuestro campamento, emprendí otra pequeña excursión, esta vez hacia el pie de un pequeño helero bastante escarpado, cuyas bien formadas morrenas laterales descienden todavía un kilómetro aproximadamente, o sea 50 metros medidos en línea vertical, de uno y otro lado de su pie. Para llegar allí, me tocó pasar por el llamado Derrumbe, una aglomeración irregular de materia volcánica, cuya formación se atribuye a una erupción ocurrida en el año de 1845. Cerca del camino principal existen más lagunas originadas en las depresiones de aquella sierra peculiar. Desde el lado opuesto del Derrumbe el camino continúa, para alcanzar en el alto del Boquerón su máxima altura, o sea 4.250 metros, punto este afamado por la vista panorámica especialmente bella que, con buen tiempo, ofrece sobre el pico cubierto de nieve del Tolima. Luego el camino sigue en pronunciado descenso, aprovechando las grietas abiertas por las lluvias en el negro suelo pantanoso. Más adelante encontramos el terreno cubierto por una arborescencia achaparrada, que poco a poco iba cediendo el lugar a su vez al propio monte alto. Más o menos al borde superior de este monte, y ya pasado el río Lagunilla, resolvimos pasar la noche en el tambo del Rosario. Formado por el mero techo y carente de paredes laterales, ubicado a 3.300 metros de altura, este tambo no obstante parecía ofrecernos un ambiente templado, comparado con el reinante durante las heladas noches en el alto páramo. 

A la mañana siguiente se despidió nuestro guía para regresar con su buey a Manizales, en tanto que nosotros continuamos bajando en dirección oriental. Como sorpresa agradable encontramos el camino en un estado extraordinariamente bueno, ancho y sin mayores pendientes, así que en buena parte pudimos pasarlo a trote. Otro deleite para mi era la cantidad de moras tan deliciosas como nunca las había encontrado antes en mis viajes por Colombia, para no dejar de mencionar el derroche de bellas flores que, de ordinario brotando de trepaderas y parásitas, adornaban árboles y arbustos. Pasada una hora, alcanzamos la primera morada humana, Sabana Larga, a 3.186 metros de altura, excediendo en 650 metros la más alta encontrada al otro lado de la sierra. Al cabo de otra hora llegamos a Murillo, pueblo apenas en estado de fundación y, por lo tanto, todavía de aspecto pobre. Y con tres horas más de buen cabalgar a través de un paisaje cubierto de espeso monte, pero por lo demás sin características especiales, excepción hecha de unos dispersos ranchos al lado del camino, estamos en el pueblo de Líbano, de reciente fundación antioqueña y tal como Fresno, también situado en una hondonada. Muy a nuestro pesar termina aquí el bien trazado camino, para más abajo continuar en forma de las acostumbradas vías colombianas con su eterno subir y bajar. También el paisaje va cambiando a medida que la roca volcánica, característica en el trayecto recorrido desde la cresta para acá, está a punto de ceder a una zona de esquistos cristalinos y granito gnéisico, que tiene forma de una marcada loma con rumbo de sur a norte, a la cual ascenderemos desde la orilla opuesta de la quebrada Honda, o sea desde los 1.100 metros de altura. Desaparece poco a poco la espesa selva exuberante, en tanto que van en aumento las huellas dejadas por el trabajo y la destrucción originarias del hombre, como también la vegetación necesariamente va adaptándose al clima progresivamente más cálido y más seco en el sentido de que pierde en abundancia y vigor. Una vez más nos hallamos en frente del valle del río Magdalena, con las cadenas de la Cordillera Oriental, medio envueltas en los vahos de la atmósfera. Rápidamente desciende nuestro camino, para alcanzar el piedemonte cerca del pueblo, pequeño y miserable, de Coloya, a orillas del río de idéntica denominación. Luego llegamos, en ascenso de unos veinte metros, a la población de Lérida, situada sobre la meseta tobácea. 

Cabalgando por esta durante tres horas, llegué al día siguiente a Ambalema, donde se me brindó hospitalaria acogida en casa de los señores Frühling y Göschen. Un ataque de fiebre benigna que sufrí desde el momento de mi llegada probablemente tuvo su origen en los frecuentes y bruscos cambios de temperatura que me había tocado aguantar en el transcurso de la última semana. 

Ambalema tiene, o, mejor dicho, derivaba su importancia de la elaboración del tabaco, actividad que ha venido perdiendo su carácter promotor a consecuencia de la disminución de los cultivos, con el descenso de la localidad a una ciudad de provincia común y corriente. Hace ya algunos decenios que empezó a destacarse la sobresaliente calidad del tabaco de Ambalema con el efecto de abrirse campo para la exportación a Europa, con preferencia a Bremen, revendiéndose desde allí, en parte bajo su nombre de origen, pero probablemente también como legítimo habano. Tanto los cultivos como las fábricas crecieron en número, figurando como los más importantes los de los señores Frühling y Göschen de Londres, quienes habían adquirido terrenos en compensación de créditos a su favor. Así las cosas, en el decenio pasado sobrevino una baja muy sensible en la calidad del producto, y en consecuencia los precios pagados en Europa declinaron hasta tal punto que ya no alcanzaron a cubrir los fletes. El cuadro de los efectos que se perfilaban era el más sombrío. Empezando por la limitación de los cultivos a lo requerido para el consumo interno, numerosas plantaciones se reconvirtieron en potreros, quedando desiertas muchas salas de trabajo en las fábricas, que antes habían ocupado a centenares de trabajadores y trabajadoras, y desocupadas numerosas de las impresionantes casas de hacienda levantadas por los cultivadores de la hoja, con el producto abundante de su actividad, obtenido en circunstancias más favorables; la vida y el bienestar en la ciudad han sufrido un revés sin par. 

En Colombia parece prevalecer una tendencia que trata de atribuir la suerte del tabaco de Ambalema a un capricho de la moda. Pero a mi modo de ver toda la razón le asiste a Eustacio Santamaría (5), cuando en su réplica puntualiza que el tabaco de la Habana nunca ha sufrido la suerte de pasar de moda, razón suficiente para buscar la causa en el producto mismo de Ambalema y tratar de subsanarla, indagando ante todo posibles alteraciones desfavorables ocurridas en la calidad de la hoja. Con apoyo en esta tesis se tiende ahora a señalar una “enfermedad del aire” como la causante, pero no me ha sido posible llegar a saber qué es lo que ha de entenderse por tal. Para mí no cabe duda de que es el agotamiento del suelo el verdadero origen del fenómeno, ya que se había cometido el error de pretender sacar abundantes cosechas una tras otra sin darle tiempo a la tierra de descansar ni de restaurarse por medio de abonos químicos. Hacendados ha habido que al surgir los primeros efectos dañinos del cultivo exhaustivo, trataron de subsanarlos con la aplicación de guano, pero con resultado negativo debido a la falta de instrucción previa sobre el empleo correcto. Dejándolo en reposo por varios años o usándolo entretanto como potrero, ciertamente el suelo iría a recuperar fuerza, sobre todo con la medida suplementaria de abonarlo adecuadamente antes de volver a cultivarlo. En duda quedará, sin embargo, el grado de su posible recuperación, ya que en su estupenda fertilidad primitiva parece haber jugado papel importante la toba volcánica que en partículas finísimas cubría la tierra. Impedido por enfermedad, no pude dedicarme a investigar personalmente el problema ahí mismo, pero según el testimonio de observadores idóneos, la capa de toba es bastante delgada, con rocalla gruesa de base.

Cruzando el río Magdalena cerca de Ambalema, volví a regresar a la región de la Cordillera Oriental, para alcanzar la altiplanicie de Bogotá cerca de Los Manzanos, en viaje por San Juan, Vianí (Virginia), Guayabal y Agualarga y atravesándola a caballo por el monótono camino conocido, y llegar así otra vez a Bogotá, mi antiguo cuartel general, con el propósito de descansar durante unas semanas y procurar restablecer mientras tanto mi salud bastante afectada.

 

(3)
Véase F. von Schenck, “Petermanns Mitteilungen,” 1880, págs. 40, etc. (Regresar a 3)
(4)
“Vues de Cordillères”.  (Regresar a 4)
(5)
Conversaciones Familiares I, págs. 219, etc., Bogotá, 1872.(Regresar a 5)

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