5. Tumbas indígenas y antigüedades  

Una rama accesoria un tanto peculiar de la minería de oro ha sido la guaquería prácticamente desde los primeros días de la conquista española. Por tal se entiende la búsqueda y la vaciada de las antiguas tumbas indias, las llamadas guacas, a menudo contentivas de cantidades de oro labrado enterradas junto a su dueño. Durante varios siglos a nadie se le ocurrió considerar tales alhajas e implementos sino por su valor netamente metálico, para proceder a fundirlos lo más pronto posible. Apenas en el siglo presente, y animados por el interés demostrado por europeos enfrentados por casualidad con tales reliquias durante sus viajes, los colombianos se dieron cuenta de su valor tanto científico como de objetos de antigüedad, para empezar a guardar, por lo menos en las poblaciones mayores, los ejemplares más bellos y escasos, tanto los elaborados en oro como los de barro. Así colombianos como extranjeros empezaron a formar tales colecciones, de las cuales algunas de las más bellas pasaron más tarde en vía de regalo a los museos etnológicos de Berlín y de Leipzig, entre otras las formadas por los hermanos Cuervo, por el doctor Reiss, por el doctor Stübel y por Bendix Koppel. Personalmente sin posibilidad de coleccionar cosa que valiera la pena y a pesar de no tener los estudios etnológicos en mayor escala dentro de mi programa, estaba deseoso de ver alguna vez una guaca, y, con suerte, encontrar un esqueleto en estado bien conservado. Tratando de satisfacerlo, resolví quedarme algunos días en el pueblo de Quinchía, a efecto de examinar algunas guacas con la ayuda amable y desinteresada de Andrés García, el único blanco del pueblo. 

Los primeros días transcurrieron sin éxito alguno, tal vez porque Fausto, el guaquero a mi servicio, no estaba a la altura de su nombre. Contratado luego Juan Franco, el mejor guaquero del pueblo, inmediatamente empezó a trabajar con talento notablemente superior. Comenzamos a hacerlo en una pequeña meseta, a media hora más o menos de distancia del pueblo, no hace mucho todavía boscosa, pero ahora convertida en maizal. Es cosa de experiencia saber que tales partes planas son sitio predilecto para depositar las guacas o crear “pueblos”, que en el caso son numerosas guacas aglomeradas. En efecto, ya pronto dimos con huellas. Fácil es determinar si la tierra del sitio se encuentra todavía en su estado virgen, o sea tal como salida del taller de la naturaleza, o si la mano del hombre ya intervino en su conformación actual. Pues en tanto que en el primer caso a la oscura capa vegetal le siguen hacia abajo capas de arcilla de colores individuales, pero aclarando de capa en capa, si bien con matices graduales, la mano humana en su intervención suele revolver las capas con el efecto de encontrarse trozos de color claro y cerca de la superficie, lo mismo que pedacitos oscuros todavía a mayor profundidad. Puesto que para fines de cultivos en Colombia el suelo acostumbra revolverse con profundidad de apenas un pie escaso, la mezcla de los horizontes del suelo siempre indica una alteración de la situación normal por parte de los antiguos indios. Desde luego no han de ser guacas de todos modos las que así se trazan, ya que a menudo son los llamados amagos en que terminan sus decepcionados esfuerzos, o sea excavaciones de menor profundidad que apenas abarcan pedacitos de carbón vegetal, pedazos de barro cocinado y de vez en cuando tal o cual implemento y huesos de animales. Los guaqueros suelen tomar estos amagos por tumbas empezadas a construir, pero luego abandonadas sin terminar, sea por no haber convenido el suelo o simplemente con el fin de despistar. Con base, tanto en mis propias observaciones como en informaciones recogidas, me inclino a tenerlos bien sea por lugares de trabajo o de habitaciones de antiguos indios. 

Apenas iniciado su trabajo, el experto guaquero ya es capaz de conjeturar su presumible botín de guaca o de mero amago, y, más aún, de predecir, en el primero de los casos, si está en presencia de un hallazgo valioso o más bien pobre, puesto que las tumbas de los ricos solían llenarse luego con el mayor cuidado, tratando de restaurar las diferentes capas de tierra en su orden primitivo, en tanto que las de los menos favorecidos no merecían tanto esmero. Así, por lo menos, se me cuenta, sin posibilidad para mi de definir el alcance verdadero. En mi opinión la experiencia y la ingeniosidad de los guaqueros no merecen el rango tan alto que Manuel Uribe-Angel les atribuye en su libro sobre Antioquia, aparecido en el año de 1885 en París. En el vaivén de las esperanzas y preocupaciones que el guaquero suele expresar en el curso de su actividad, su opinión prácticamente va cambiando cada cinco minutos, para así permitirle al final pretender haber anticipado el resultado, sea cual fuere en realidad. Con base en la forma de la guaca y de los detalles de su elaboración, lo mismo que en los objetos encontrados, acostumbra referir toda la semblanza de la persona enterrada, sin preocuparse en lo más mínimo de sus suposiciones relatadas por el punto de suficiente resistencia para insertar ahí la palanca de nuestra crítica. A mí, por lo menos, me parecían incongruentes en extremo sus relatos, entre ellos la creencia, muy generalizada por cierto, de que los indios por miedo a los españoles, se hubieran enterrado vivos. Más admiración, me parece, merece la fantasía de los guaqueros que su sagacidad. 

Hay diferentes formas de guaca. Empezando por las aperturas, existen cuadradas, triangulares y circulares, y hasta de medía luna según Uribe en la página 498 de su ya mencionado libro. Las paredes, de ordinario lisas y casi verticales, a veces están provistas de peldaños como también, en otros casos, forradas de lajas. Solo después de haber comprobado la pared de la guaca como formada en figura geométrica ordenada, el guaquero suele continuar el trabajo con toda confianza. Hasta llegar a la profundidad de un metro o más, el progreso es rápido y despreocupado, pero a medida que se acerca al fondo, se detiene para dar oportunidad de examinar con esmero cada trozo de tierra. Al fin se llega a tropezar con huesos o pedazos de barro cocido, los cuales se desentierran con el máximo cuidado. Pues la finalidad ulterior del trabajo sigue siendo el oro que los indios solían enterrar con sus muertos y que acostumbraban ocultar a unas pulgadas más de profundidad. Encontrado el tesoro apetecido, el guaquero empieza a cantarle himnos al indio enterrado, o de lo contrario, ponerlo en ridículo y difamarlo en caso de no encontrársele sino unos trozos de barro cocido, como si el muerto se hubiera quedado pobre únicamente con el objeto de desilusionar al guaquero. 

En cuanto a la guaca que me tocó en suerte descubrir, tenía forma cuadrada, con aproximadamente un metro de extensión lateral y con una profundidad de dos metros por lo menos, medida desde la superficie hasta el fondo. Casi a nivel de este, tres de las paredes daban comunicación con espacios anexos, así: por el lado oeste, pero sin orientación precisa, había un hueco redondeado de medio metro de alto, que continuaba en forma de un coladero de poca altura, en tanto que hacia el norte salía una apertura de un cuarto de metro, tanto de alto como de ancho, y, en dirección este, otra de medidas todavía más reducidas. Todo estaba ejecutado en pura tierra. En la primera de esas excavaciones laterales encontramos dos esqueletos contrapuestos uno al otro, y una olla con «torchales», en tanto que en la siguiente no había sino un solo esqueleto con un «torchal» y cinco tapas de oro puntiagudas y en la última una olla, pero sin rastro de esqueleto. Los huesos todos estaban ya tan corroídos por el efecto del tiempo, que ni muestra valía la pena de llevar. 

Continuada nuestra exploración en los días siguientes, no encontramos, sin embargo, sino unos amagos profundos con pedazos ladrillosos sin valor como único contenido. Presumiblemente y por muy explotados ya los alrededores cercanos a Quinchía, los guaqueros profesionales habrán de penetrar las espesas selvas para allí establecer su campamento y explorar con posibles esperanzas de suerte. No es que los indígenas hubieran ubicado sus tumbas selva adentro, sino que desde la conquista española la selva ha vuelto a cubrir regiones ya antes transformadas en tierras cultivables y utilizadas como tales.

La guaquería nos ofrece el recurso más importante para estudiar la población indígena precolombina. Sería un error aplicarle los mismos elementos de juicio válidos en relación con las salvajes tribus indias hoy todavía presentes en algunas regiones montañosas inaccesibles, lo mismo que en las selváticas, especialmente de los llanos orientales. Esto sin perjuicio de que tanto sus idiomas como su religión y costumbres merezcan estudiarse en busca de indicios, en tanto que su nivel de cultura, lo mismo material que intelectual, es notablemente inferior, ya que, una vez ocupados por los europeos los antiguos centros culturales, los indios quedaban con la posibilidad de vivir libres tan solo en aquellas zonas silvestres imposibles todavía de seguir para los europeos, a la vez que desfavorables por su naturaleza para los indios en cuanto a su desarrollo civilizador. Tampoco las tradiciones históricas podrían servirnos sin beneficio de inventario, mientras que de los apuntes dejados por los antiguos sacerdotes indios nada se ha salvado después de quemar inescrupulosos soldados españoles los archivos al prenderle fuego al templo de Sogamoso. Ni podrán considerarse como medio conducente las crónicas españolas. Escritas por soldados y sacerdotes en lugar de científicos y a menudo con demora de cien años, suelen describir a su modo tanto el carácter como las maneras de los indios, cambiándolas tantas veces cuantas la justificación de las barbaridades cometidas por los españoles y el enaltecimiento de la valentía de los suyos, estaban de por medio. Muchos aspectos hoy de gran interés desde el punto de vista científico no eran dignos de atención por parte de los conquistadores. Toda vez que para el estudio arqueológico de los antiguos griegos y romanos, con todos sus escritos dejados, las excavaciones realizadas han tenido su innegable importancia reveladora, cuánta mayor será ésta en las investigaciones de los antiguos pobladores de las Américas. Sin ánimo de restarle mérito al ímpetu empeñado por los señores Uricoechea, Zerda y otros en sus aislados comienzos de explotar tan abundante material, no quiero tampoco dejar de mencionar al efecto las bellas colecciones reunidas por los señores Koppel, Reiss y Stübel, que tenemos la esperanza de ver publicadas en breve en edición de lujo con una recopilación descriptiva de las antigüedades colombianas salida de la pluma del doctor Max Uhle.

Comentarios (0) | Comente | Comparta c