Al fin el tiempo propicio había llegado para visitar los llanos, pues al igual que en nuestra tierra el invierno con sus días de tan fugaz luz natural, su frío y su nieve, en los trópicos son las épocas de lluvia con las cantidades de agua que todo lo inun­dan, las que imposibilitan los viajes del todo o, por lo menos, los complican de una manera difícil de imaginar. Predestinados para el fenómeno son los llanos, aquellas extensas planicies que tienen su comienzo en el piedemonte oriental de la cordillera, y que tanto difieren del interior del país en el transcurso de las estaciones. Mientras que aquí, por lo menos en las regiones bajas, con desarrollo atmosférico no afectado por las condiciones topográficas, experimentamos dos épocas de lluvia, temporalmente idénticas con los meses primaverales y otoñales de nuestra tierra y dos de sequía, correspondientes a las nuestras de verano e invierno, en los llanos no hay sino una estación de lluvia y otra de sequía al año, cuyas duraciones varían según la región dentro de las llanuras, acortándose el tiempo de lluvia a medida que nos alejamos del piedemonte en dirección nordeste. Alrededor de este suele llover durante siete meses al año, o sea desde mediados de abril hasta fines de noviembre, con una interrupción de apenas quince días. Fácil es imaginar que durante semejante lapso de tiempo los caminos quedan intransitables, a la vez que los ríos y caños en su mayoría se desbordan con la magnitud de las aguas, que partes hay en donde toda comunicación queda completamente interrumpida. Así, por ejemplo, la población de San Martín suele quedar virtualmente cortada de todo contacto con sus alrededores durante la mitad del año, puesto que la travesía de los ríos que cruzan los caminos hacia la localidad, entraña cada vez un serio peligro para la vida en aquella época. Entre todas, la mejor época para viajar la constituyen la segunda mitad de diciembre y la primera de enero, toda vez que las comunicaciones ya están restablecidas, en tanto que la vegetación todavía se conserva regularmente fresca, sin que el calor y el polvo lleguen ya a molestar demasiado. 

Era precisamente aquel tiempo el que yo había escogido para bajar a los llanos de San Martín. Podría a primera vista llegar a irritar al viajero la costumbre de hablar de varios llanos, así por ejemplo de los del Caquetá, San Martín, Casanare, Barinas, Calabozos y otros, pero tal amenaza de confusión pronto se desvanece al saber que son meramente nombres derivados de subdivisiones políticas, aplicados para ayudar a la orientación dentro de las enormes extensiones uniformes del llano, que, delimitados por el pie de los Andes por un lado y por la región montañosa de Guayana por el otro, alcanzan a cubrir la superficie comprendida entre los 4° de latitud norte y la desembocadura del Orinoco. Internarme mucho en los llanos no era mi propósito, pero sí estaba deseoso de investigar la vertiente oriental hasta el piedemonte de la cordillera y de echar siquiera un vistazo sobre aquel paisaje peculiar, tan renombrado en la clásica descripción hecha por Humboldt. 

Cogí el camino que en dirección este conduce de Bogotá directamente a Villavicencio, que en su primera parte lleva en ascenso muy gradual al boquerón de Chipaque, situado a 8.200 metros de altura y divisoria hidrográfica a la vez entre los ríos Magdalena y Orinoco. La cresta de la montaña va formando la divisoria meteorológica. El viento que sopla en su ascenso desde los llanos primero nos envuelve en una espesa niebla, pronto sucedida por una lluvia persistente. Con descenso más marcado por el lado de allá, ya al cabo de un par de horas llegamos a la simpática población de Chipaque, que con sus 2.480 metros de elevación pertenece a la tierra templada. Dejadas atrás niebla y lluvia, el sol nos acoge con el brillo de sus rayos reflejados por el color verde claro de las plantaciones de caña, maíz y plátanos. A la izquierda los pueblos de Ubaque y Fómeque nos saludan de lejos, con el alto páramo de Chingasa en su fondo, a través del cual, en dirección sudeste, el Río Negro ha abierto su paso. Es el punto de orientación, a la vez, para nuestro camino, el que, al cabo de media jornada más o menos, pasa por el pueblo de Cáqueza y a unas cuantas horas más por el miserable caserío de Las Juntas. Caído hace algunos años el puente de hierro que cruzaba el Río Negro, sin haberse reconstruido, menester era cruzar el río, bien sea con la ayuda de un lazo o, en condiciones de nivel más favorables, vadeándolo en un punto un poco más arriba. 

Hasta aquí hemos venido cabalgando por uno de los caminos de herradura colombianos, ya conocidos por sus continuas subidas y bajadas que hasta hace poco también continuaba así, con descripciones horrorosas en cuanto a su estado. Pero, gracias al señor Emiliano Restrepo, antioqueño activo y dueño de varias haciendas grandes en los llanos, hace un par de años existe un camino nuevo que en descenso muy benigno y evitando toda innecesaria subida intermediaria, va venciendo el declive lateral del valle. Desde luego quedará abierta la pregunta por la duración del camino en su actual buen estado, toda vez que su mantenimiento requiere esfuerzos y expensas superiores a las requeridas por un camino de herradura común y corriente. La falta de un puente —el existente se había caído por mero descuido momentos antes de que llegáramos a pasarlo— nos obliga no obstante a tomar por un trecho el camino antiguo, que ha quedado fuera de uso durante los últimos tres años y, por lo tanto, está completamente tupido. 

Cerca de Las Juntas entramos en un valle rocoso de pendientes escarpadas, con una fuente de agua caliente en su fondo. Al cabo de una hora dejamos atrás las altas cadenas del páramo de Chingasa, para volver a entrar en un paisaje más abierto. A diferencia de las casi peladas paredes empinadas del valle, el declive menos pendiente, ahora a la vista, está cubierto de espesa selva, que baja hasta el pie de la montaña, volviéndose más exuberante a medida que nos acercamos. Tan solo al alcance del camino se ven esporádicas haciendas y ranchos con sus pequeñas plantaciones y potreros de abundante pasto para el recreo intermedio del ganado en su caminada desde los llanos. 

El primer vistazo a los llanos se nos ofrece desde el alto de Buenavista, que se levanta un tanto al lado del actual camino, a distancia de una milla aproximadamente de Villavicencio. Desafortunadamente entretanto ya se había acercado el mediodía, y en consecuencia se había extendido una densa vaharada sobre todo el paisaje, reduciendo sensiblemente nuestra tan anhelada vista panorámica. No obstante, algo de lo grandioso siempre se nos graba del primer vistazo sobre una llanura tan inmensa. Inmediatamente delante de nosotros, al piedemonte, tenemos la población de Villavicencio, de una estructura un tanto dilatada. Detrás de ella, y ya en lo plano, sigue un cinturón de monte, con un ancho de apenas dos millas aproximadamente en promedio, exceptuando las orillas de los ríos, sobre las cuales se extiende bastante más llano adentro. Intercaladas al monte, en forma de lenguas, comienzan partes de la llanura, que más adelante poco a poco van ganando terreno. En cuanto a ríos, por ahora observamos el Guatiquía que sale de la montaña un poco al norte de Villavicencio, lo mismo que, a mayor distancia, dibujándose apenas como un hilito plateado, nuestro acompañante anterior, el Río Negro, que cerca de Villavicencio se desvía hacia el sur, para tan solo más tarde volver a tomar su dirección acostumbrada. Con condiciones atmosféricas favorables dizque es posible divisar también el río Meta, en el cual desembocan los anteriores. 

Una mera aglomeración de ranchos miserables hasta hace poco todavía, Villavicencio se enorgullece del marcado desarrollo alcanzado en el transcurso de apenas los últimos años, hasta el punto de ya no irles en zaga a otras ciudades provincianas colombianas, tales como Guaduas, por ejemplo. Ha logrado transformarse en el centro comercial de la región, donde se perfeccionan los negocios ganaderos, y, por otra parte, los llaneros suelen aprovisionarse de los productos europeos que les hacen falta. Potreros de mucha cabida se han creado en los alrededores sobre terrenos librados de monte, para acondicionar el ganado levantado en los llanos, antes de encaminarlo a Bogotá. Además, admiramos prometedoras plantaciones de plátano, maíz, caña, café, cacao y otras. Epoca hubo en que el café acostumbraba exportarse río Meta abajo, pero esta exportación se ha abandonado, lo mismo que parte de los cafetales fuentes de la producción. Menos todavía se han visto correspondidas las esperanzas fincadas hace algunos años en la corteza de quina, que se basaban en el contenido aparentemente considerable de quinina encontrado en una especie llamada cuprea, localizada en los montes al oeste de Bucaramanga y Vélez, a relativamente poca elevación sobre el nivel del mar, especie que antes se había tomado por carente de todo valor (véase parte VII, capítulo 2). Buscando por todas partes, efectivamente se encontró cerca de Villavicencio una especie completamente idéntica en su aspecto exterior, con el efecto de que numerosos comerciantes, tanto de Villavicencio como de Bogotá, empezaron a comprarla y despacharla a Europa, para luego convencerse de que habían invertido ingentes sumas en la exportación de lo que en verdad no era más que una hierba seca sin ningún valor. Advertidos a tiempo, unos alemanes prefirieron no meterse en el negocio sin previo análisis del material, para convencerse de que en cuantas muestras se tomaron, el contenido de quinina era insignificante. 

Para ampliar mis conocimientos de los llanos el señor Emiliano Restrepo, abundando en su amabilidad de ayudarme con sus consejos y recomendaciones, me había insinuado una excursión a su hacienda “Los Pavitos”, situada en los llanos de Apiay. Acogiendo la idea, me encaminé a la mañana siguiente, acompañado por un amigo del joven Restrepo, estudiante de medicina. Las primeras dos horas y media las empleamos cabalgando a través del monte que separaba el piedemonte de las llanuras. Abundando todavía en lodazales y charcos, el camino me fue descrito por mi compañero de viaje como altamente satisfactorio en comparación con su estado hace quince días, cuando el agua le había subido hasta las piernas; pero al cesar las lluvias, el sol se había encargado de su obra de secar. El monte difiere en mucho de la selva que habíamos conocido a orillas del Magdalena, con árboles abundantes comparativamente más bajos, que no pasan de los veinte metros de altura, en tanto que las parásitas, las lianas y raíces aéreas escasean, lo mismo que el monte bajo, fa­cilitándose la penetración casi sin ayuda del machete. Observaciones recientes parecen revelar un proceso de expansión del monte hacia la llanura, por cuanto todavía hace pocos años la boca del monte se encontraba a unos doscientos metros más llano afuera que hoy. 

A las diez de la mañana comenzamos a entrar a los propios llanos. En caso de haber leído mucho sobre su infinidad, el viajero sale decepcionado al ver apenas una faja angosta, al parecer circundada de selva. Pero tales apariencias engañan al igual que otras suelen hacerlo, por cuanto aquellas fajas de llanura no forman islas sino penínsulas con bordes serpenteados y con anchura en aumento hacia el este, estando todas en comunicación directa con las propias llanuras de extensión al parecer infinita. Todas las veces volvemos a encontrar una salida para así poco a poco penetrar a un paisaje más y más abierto, a medida que nos alejamos de las fajas boscosas que acompañan los ríos. Charcos esporádicos con agrupaciones mayores de arbustos, palmeras solitarias y chaparros, estos una especie de «rhopala», son todo lo que interrumpe la llanura, cubierta por lo demás con una gramínea tan alta que jinete y cabalgadura casi desaparecen entre ella. Pero a diferencia de la grama de nuestras praderas, aquí la gramínea crece en mogotes aislados, suficientemente esparcidos para dejar entrever el suelo, del cual además nacen numerosas hierbas más pequeñas, entre ellas, por sorpresa, una especie de helecho, harto improbable de sospechar en estas llanuras tan abiertas y expuestas al sol. Pero el representante más peculiar de la vegetación es la llamada dormidera o sensitiva, una pequeña mimosa (mimosa púdica) que al más leve toque con todo hombre o animal reacciona cerrando sus finas hojas. 

A pesar de encontrarnos apenas al principio del llamado verano, la vegetación ya ha venido perdiendo mucho de la fresca verdura adquirida durante la época de lluvia. En el curso de los meses venideros, “la capa de gramíneas carbonizadas va convirtiéndose en polvo, en tanto que el suelo endurecido se agrieta y se entreabre en proporciones similares a las producidas a veces por fuertes sacudidas de tierra. Poco a poco van desapareciendo los charcos, hasta ahora protegidos contra la evaporación por las hojas amarillecidas de la palmera de abanico” (1). Apenas con dificultad los animales siguen encontrando lo necesario para combatir el hambre y la sed. Tan solo después de entrar la próxima época de lluvia, por ahí en abril o mayo, la vegetación se renovará, para volver a secarse de nuevo en diciembre y enero.

En las partes pobladas de los llanos la actividad del hombre suele perturbar el ciclo establecido por la naturaleza, por cuanto, apenas secada al calor del verano, le prende candela a la gramínea con el doble fin de abonar el suelo y de provocar el crecimiento de un pasto fresco y más tierno. Así que en partes ya encontramos reemplazada la gramínea alta por tallos cortos quemados en su punta, entre los cuales posiblemente estará en proceso de nacer la nueva capa de verde fresco, que con tanta ventaja se distingue del anterior pajonal alto y seco. Cubriendo todo el firmamento, las nubes en acceso desde el este nos defendían contra los rayos del sol ardiente de modo tal que a pesar de la carencia de sombra y con la proximidad del mediodía el calor no era tan inaguantable como yo esperaba. Pero con un cielo azul y libre de nubes, fenómeno normal durante los meses de enero, febrero y la mayor parte de marzo, el vigor del sol acostumbra tornarse ilimitado. Entonces en lo posible se da preferencia a la noche como tiempo para viajar, para pasarse el día descansando en el chinchorro colgado a la sombra de un árbol o bajo el techo de cualquier rancho. El chinchorro, elaborado de fibras vegetales y por lo tanto liviano, forma parte esencial del equipo del llanero, quien acostumbra llevarlo sujeto a la silla de su cabalgadura. No ha de confundirse con la hamaca, su gemela más pesada, hecha de tela. Con su aguda facultad de orientación, refinada por el constante contacto con la naturaleza en las inmensas planicies, el llanero, orientándose por los rasgos más diminutos, es capaz de encontrar su camino lo mismo de noche que a la luz del día, capacidad menos prescindible aquí, donde no existen caminos propiamente dichos, ni trillados que sería fácil de reconocer; no obstante, la orientación permanente es tan esencial hasta para dar con los sitios conocidos como aptos para permitir el cruce de los ríos. Así las cosas, admito, tal vez de acuerdo con muchos de mis lectores, la necesidad de corregir la imagen previamente formada del llanero en viaje, como montado en brioso caballo y atravesando la llanura a galope tendido. Desde luego sería absurdo imaginárnoslo caminando a pie, pero, por lo menos en esta parte de los llanos, ni siquiera suele servirse del caballo, sino pasar, a trote mesurado, montado en mula. Cierto que, ya por su paso, el caballo a primera vista parece la cabalgadura predilecta para los llanos, ventaja que, sin embargo, se desvanece ante su mayor sensibilidad tanto al clima como a los bichos, inconvenientes que la mula, de constitución más resistente, supera, empezando por su trote, corto pero parejo, y por ende menos fatigoso, si bien la alternación entre paso y galope del caballo para el jinete probablemente resulte más agradable. Unicamente al enlazar ganado es cuando el llanero hace gala a su equitación, pasando a toda carrera por la llanura, habilidad que se le envidia en todo el país, a la vez que lo hace temible en épocas de guerra. Los animales, tanto caballos como mulas, que así hace correr, de ordinario provienen de las regiones montañosas en lugar de haberse levantado en los llanos, cuyo blando suelo, fangoso además en las épocas de lluvia, se opone al desarrollo de cascos tan resistentes como los que produce el contacto con la tierra riscosa de la montaña. 

Habiendo pasado apenas por dos pequeños ranchos en todo el trayecto, llegamos al cabo de nuestra cabalgata de tres horas a la hacienda de “Los Pavitos”, propiedad de los señores Restrepo y Manuel Fernández, saludados primero por una jauría de perros bravos, que los peones de la hacienda tenían dificultad en hacer retroceder. Tales perros forman parte del inventario en todas las haciendas de la región, habiendo adquirido su carácter agresivo en extremo en el desempeño de su tarea principal, que es la de ayudar a los rodeos del ganado. Igual que las haciendas de las regiones montañosas, también esta carece de una casa señorial que digamos. La parte delantera, construida de madera, comprende dos salones espaciosos, en tanto que la trasera abarca la cocina y las posadas de los peones. Los dueños acostumbran ha­cer su aparición apenas con ocasión de quehaceres de mayor importancia, como la inspección del ganado. Entre tanto el mayordomo es el encargado de vigilar la marcha común y corriente de la hacienda, en este caso un negro venezolano de impresionante estatura, prototipo del llanero con su fuerza y habilidad físicas, su desprecio por toda formación intelectual, su inclinación frívola y su afán de placeres. Habiendo viajado por gran parte de los llanos, empezó a hablarme en su dialecto «patois», para mí un tanto difícil de entender, pero para él algo más a la altura del momento en cuanto a su gran satisfacción al llegar a enterarse de mis conocimientos geográficos sobre su tierra, Venezuela. 

Notable es, en general, la penetración de los venezolanos a los llanos, negros y zambos en su mayoría, en tanto que los nativos de los llanos colombianos son esencialmente indios y cholos, mezcla estos de indios y blancos. Al parecer esta diferencia en la composición de las poblaciones se debe a la desigualdad habida en el desarrollo cultural, pues toda vez que en Venezuela ya en la época de la esclavitud se habían fundado grandes haciendas, aquí la explotación apenas data del presente siglo.

En las cercanías inmediatas a la casa hay un cultivo pequeño de plátano, caña de azúcar, maíz, café, cacao, etcétera. Acostumbrada nuestra mente a imaginarse siempre en extremo salvajes los paisajes desconocidos, el gran número de plantaciones en pequeño no puede menos de llamar nuestra atención. De preferencia presentes a orillas de los ríos y al borde húmedo del monte, parece que también llanura adentro se dan a satisfacción, probablemente debido al alto nivel del agua subterránea. Con todo, su importancia no se puede comparar ni mucho menos con la ganadería, ya que apenas sirven para suplir las necesidades de la población escasa y, acostumbrada por lo demás a preferir la carne en su alimentación. Inmensas manadas de reses que vagan por los llanos en un estado semisalvaje, sin que de ordinario merezcan atención alguna por parte del hombre. Unidas en grandes grupos, cada uno de estos tiene su sector donde pastar, a la manera de un comienzo en la formación de estados. Solamente una vez al año el hombre suele rodear las manadas en espaciosos corrales, con el fin de imprimirles a los terneros nacidos durante el año, con un fierro ardiente, la marca del dueño y de seleccionar las reses con destino al consumo en la tierra alta. Pero éstas, raras veces lo suficientemente carnudas, en general todavía precisan pasar una temporada en potreros más ricos para completar su ceba, antes de quedar aptas para el sacrificio. De ordinario son conducidas montaña arriba para allí descansar, por varios meses y hasta un año, y completar su peso. Diferente es el sistema introducido por el señor Restrepo, a saber: desmontado el suelo en la parte inferior de la falda montañosa de un terreno cerca de Villavicencio, lo sembró de guineo y pará, convirtiéndolo así en potreros artificiales bien preparados para cebar el ganado allí mismo, y desde los cuales luego se conduce lentamente a Bogotá, para su sacrificio inmediato. Son dos las ventajas así obtenidas. Por una parte se aprovecha el precio de la tierra, notablemente inferior en las cercanías de Villavicencio al cotizado en la altiplanicie, para a la vez suprimir el tiempo antes requerido para aclimatar los animales en la sabana como medida previa para su ceba. Un tanto difícil es formarse una idea acertada sobre el número de cabezas de ganado en vía de levante, cuenta habida de las apenas dos mil que pueblan las haciendas de “Los Pavitos” y la “Esperanza”, con un área ciertamente no menor de varias millas cuadradas. Calculado en treinta mil cabezas el total de los animales que anualmente se conducen de los llanos montaña arriba, la existencia permanente de las llanuras llegará a cifrarse en unas 120.000 cabezas. Con todo, hasta el presente no se ha procedido a establecer industria alguna digna de mencionarse, al estilo de las que operan tanto en los llanos norteamericanos como en la pampa argentina y en Australia, probablemente porque la ubicación tan tierra adentro no abre las perspectivas favorables para competir con los mencionados países, toda vez que los celos latentes entre Venezuela y Colombia todavía no han permitido organizar la navegación fluvial sobre el río Meta y sus afluentes. Por último sería de temer que los mismos productos de carne de los trópicos ocupasen un rango inferior a los provenientes de zonas menos cálidas, fenómeno ya revelado por la necesidad de cebar el ganado calentano en áreas más frías antes de pasarlo al consumo. 

Con el factor tan dominante que constituyen las manadas de reses tanto en el cuadro como en la naturaleza de los llanos, ciertamente nos cuesta esfuerzo imaginarnos el paisaje con exclusión de tal fenómeno vivificante. Pero permitiéndonos retroceder un poco más de tres siglos apenas, ya nos encontramos en presencia de tal estado, hoy ciertamente difícil de imaginar, puesto que fueron los españoles los que introdujeron la res a Suramérica, en tanto que los indios primitivos acostumbraban vivir de la caza y la pesca con el producto del cultivo en pequeño para completar su plato diario y la llanura estaba quizá menos escasa de árboles, desde que no había reses que se comieran los nuevos retoños de los mismos. 

Hoy en día parece que no hay barrera que se oponga al avance del hombre en esta llanura, ya que puede atravesarla libremente, para montar su rancho donde le parezca. Pero qué diferencia notamos al tratar de ponernos en el lugar del indio precolombino que a falta de cabalgadura, andaba a pie para vencer las distancias, fatigado por el calor del sol ardiente y expuesto en cada travesía de un río al apetito del caimán y de los peces voraces. El agua, requerida para su propio organismo lo mismo que para sus plantaciones, la encontraba apenas en las estrechas fajas de tierra que se extienden a lo largo del río, en tanto que la llanura misma no le ofrecía sino el asustadizo venado para cazar. En fin, a pesar de la naturaleza tan diferente, tropezamos aquí con el mismo efecto ya observado en la selva, o sea el de mantener aislado al hombre y privarlo así de toda posibilidad de elevar su bajo nivel de civilización. Interesante es, al efecto, observar que Georg von Speier, Federmann y Philipp von Hutten en su camino seguido desde Coro a lo largo del borde de los lla­nos tuvieron que vencer iguales peligros y someterse a las mismas privaciones que aquellos otros conquistadores en su travesía por la selva. 

Sin lugar a duda fueron los españoles quienes incrementaron el aprovechamiento de los llanos, iniciando la ganadería. Pero no es menos cierto, y está respaldado por ejemplos encontrados también en la historia del viejo mundo, que los pueblos nómadas de las estepas, sin excepción, empezaron a avanzar en su camino hacia niveles culturales más elevados principiando por la conquista de vecinas regiones agrícolas, para adoptar las costumbres y la cultura de las tribus subyugadas. Es por lo tanto aquí donde reside la importancia de los pueblos nómadas como también en las expediciones de conquista con el aporte de sangre nueva a las naciones en camino de desaparecer. El mismo papel lo han venido desempeñando los llaneros en distintas oportunidades. Así, por ejemplo, mantuvieron en alto la bandera de la libertad en la lucha contra los españoles, cuando ya las regiones montañosas habían caído, víctimas de las fuerzas de Morillo. A la cabeza de los llaneros Páez logró inflingirles derrota tras derrota, siendo también desde los llanos desde donde Bolívar emprendió su intrépida marcha cordillera adentro, coronada luego por la victoria en la batalla decisiva de Boyacá. Sin embargo, el alcance de una civilización a mayor nivel será de esperarse para estas regiones tan solo con el transcurso del tiempo y a medida que los habitantes de la montaña tengan motivo para vencer su miedo al clima ardiente con el objeto de contribuir a la formación de una población agrícola más densa, por lo menos de las zonas cercanas a las orillas de los ríos, si se logra captar el agua que se encuentra a poca profundidad, mediante la excavación de pozos. 

Semejantes contemplaciones me embargaron en la loma de Apiay, cuando tenía toda la vasta llanura a la vista. Esta loma constituye el extremo, o, mejor dicho, una especie de estribación de otra loma angosta, que en forma de listón se eleva ya cerca del piedemonte, desde la llanura, para ascender, muy paso a paso, encima de esta, en atención a su declive más benigno. La posición horizontal de la llanura no existe sino en apariencia, ya que, consultado el barómetro, notamos con asombro que hemos venido acercándonos hacia el nivel del mar en estas proporciones: entre Villavicencio y la boca del monte en 70 metros, entre esta y la hacienda “Los Pavitos” en 80 metros y entre “Los Pavitos” y el pie de la loma de Apiay en otros 30 metros, o sea en un total de 180 metros. Toda vez que asciende entre 40 y 50 metros por encima de la llanura, la loma ofrece cierta vista panorámica sobre buena parte de ella. A espaldas de la loma la montaña asciende de una manera escarpada en varios miles de metros, en tanto que hacia el este ni la más diminuta colina se levanta de la llanura. Apenas en pocos sitios observamos grupos de palmeras y las fajas de monte a lo largo de los ríos interrumpiendo la monotonía del llano. Imponentes manadas de ganado pastan sobre ella, mientras que desde el borde más cercano del monte un rebaño de venados nos está atisbando. Escondidos monte adentro, tanto el puma como el tigrillo están esperando la caída de la noche para emprender sus incursiones. Apartadas de nuestra vista detrás de unos árboles las pocas casas que hay, no alcanzamos a divisar ni un solo viajero, ni una sola seña de habitación humana. La atmósfera, cargada de un denso vaho, se parece a la que recordamos de los días de alto verano en nuestra tierra, exceptuando las marcadas nubes de humo que aquí la completan como señal de las quemas provocadas por el hombre. 

Dejo así descrito, a grandes rasgos, el tipo de llano, tal como desde aquí va extendiéndose hasta las orillas del Orinoco, para seguir su curso de ambos lados casi hasta llegar al Océano Atlántico. 

Estando tan inseparablemente ligado el nombre de Alexander von Humboldt a los llanos, pecaríamos de imperdonable ingratitud los viajeros subsiguientes si dejáramos de recordarlo con la honra que le corresponde. De clásica belleza son las descripciones que Humboldt nos ha legado de los llanos, tanto en sus “Relatos Viajeros” como en los “Aspectos de la Naturaleza”, hasta el punto de apreciarse hoy en día como modelo de la fisiografía moderna en general, ya que instintivamente orientan el sentido y las impresiones de todo viajero. 

El objetivo mío se había cumplido al obtener la impresión general descrita de los llanos; y toda vez que mayor penetración hacia su interior no estaba prevista, el día 22 de diciembre retornamos a Villavicencio, usando el mismo camino de nuestra ida. 

Al cabo de pocos días salí, esta vez en compañía del vicecónsul británico, el señor Chapman, y su señora, amigos míos que por su parte habían emprendido un viaje a los llanos, hacia Medina, pueblo situado a unos 40 kilómetros en dirección nordeste de Villavicencio, también al pie de la montaña y al borde de la llanura. Al efecto cruzamos el río Guatiquía al cabo de un cuarto de hora al norte de Villavicencio, para pronto pasar al lado opuesto por la hacienda “Vanguardia” con sus extensos potreros destinados a la ceba de ganado llanero. A continuación atravesamos una región que durante varias horas de camino carecía de toda seña de vivienda humana. Siguiendo su curso al pie de la montaña, el camino pasa a través del monte, de relativamente baja altura aquí y carente, por otra parte, de arbustos y matorrales, asemejándose así a las condiciones encontradas entre Villavicencio y los llanos de Apiay. Pero la más hermosa y exuberante selva nos acogió, cuando, después de haber ascendido a lo largo del valle del río Upín, entramos a la cordillera. A media hora escasa contada desde el pie de la montaña, encontramos a orillas del Upín la salina del mismo nombre, o salina de Cumaral, como también se la llama, sitio donde se nos brindó amable hospedaje para pasar la noche. ¡Nochebuena en la selva! Pero de todos modos mejor que en cama de enfermo, como me tocó pasarla hace un año. Los amigos Chapman estaban pensando en el baile navideño, en tanto que mis pensamientos giraban alrededor del árbol de navidad de mi tierra, pero todos tres recordamos a nuestros lejanos seres queridos. A la mañana siguiente la señora de Chapman me sorprendió con un pequeño regalo traído de Bogotá para el evento. 

La salina consta de unos pocos ranchos. La extracción de la sal ocurre de la manera más rudimentaria, removiéndose la capa de arcilla negra que cubre el mineral, para luego quebrantarlo de la misma manera como se sacan adoquines de una cantera cualquiera. Puesto que la lluvia disolvería gran parte del producto, interrumpiendo la creciente de los ríos a la vez toda comunicación de la mina con sus alrededores, la explotación acostumbra limitarse a los pocos meses de verano. Aun así, por ahora la producción alcanza más o menos a suplir las necesidades de los llanos, aunque su abaratamiento traería ventajas para la ganadería, toda vez que a la sal se le atribuye notable influencia sobre el desarrollo de los animales, razón por la cual el llanero suele colocar piezas grandes del mineral en su terreno, a fin de que el ganado pueda lamerlas a gusto. 

Desde la salina un camino directo conduce a Medina, con rumbo dentro del monte en casi todo su trayecto y en estado descrito como malo. Por este motivo nosotros escogimos otro, un tanto más lejos pero mejor, que también pasa por el monte durante varias horas, para salir a la llanura cerca de Cumaral, pero sin ofrecer un horizonte abierto todavía, sino al parecer circundado por monte en todo su rededor. Cumaral, lejos de constituir una población coherente, está formada por un número de ranchos solitarios, con distancia de más de una milla alemana de uno a otro. Recordado como más próspero en tiempos atrás, el pueblo ha decaído dizque por su clima malsano, motivo por el cual parte de los moradores se trasladaron a otras partes, escapando así de la muerte que a muchos otros había tocado sufrir. Este clima insalubre, común entre la mayoría de las localidades situadas al borde de los llanos, probablemente se origina en las considerables fluctuaciones de temperatura provocadas por la interferencia diaria de los vientos cálidos que de día vienen soplando desde la llanura, con los frescos que bajan de la montaña por la noche. Por lo tanto, el clima del interior de los llanos se presume mucho más saludable. No obstante, nos tocó pasar la noche en uno de aquellos ranchos. 

Aprovechamos la mañana siguiente para encaminarnos temprano. Al cabo de varios kilómetros de viaje, y con el horizonte abierto hacia el este, presenciamos el espectáculo del sol que nace como una bola de fuego vivo. Enrumbados hacia el nordeste desde nuestra salida de la salina, nos tocó ahora voltear poco a poco, para seguir hacia el norte y luego noroeste y acercarnos nuevamente a la montaña o, mejor dicho, a una cadena de colinas que viene acompañándola a determinada distancia. Atravesándola, llegamos al río Humea y luego de haber pasado un trozo de camino incalificablemente feo, a la junta de los ríos Casaunta y Casamumo. De aquí nos desviamos, no tanto por nuestra voluntad como por falta de orientación de nuestro guía, en nueva excursión hacia los llanos para pernoctar en el rancho de Naguaya. Ocupada la sala por avispas, no nos quedó más remedio que pasar la noche en un trapiche sin techo, afortunadamente sin la temida consecuencia, para todos tres, de sufrir un ataque de fiebre. Al contrario, tanto el matrimonio Chapman como el autor hemos sobrellevado todo el viaje en excelente estado de salud, sacando en conclusión que el clima llanero no puede merecer del todo la mala reputación que en Bogotá quiere atribuírsele. 

A Medina apenas llegamos en el curso de la mañana del día siguiente. La población está situada en un valle ancho intercalado entre la cadena delantera de colinas y la propia montaña y contentivo de extensas terrazas de acarreo, paisaje propicio para evocar el observado al sur de Honda, a excepción del material volcánico, que aquí falta por completo. La fundación de Medina, igual a la de San Martín, data ya del siglo XVII, edad que sin embargo no ha podido evitar el que la joven población progresista de Villavicencio la supere en desarrollo. 

El estado del camino de Medina a Bogotá todavía deja mucho que desear, a pesar de las mejoras realizadas durante los últimos años. Al puro principio es menester cruzar una alta cadena de montañas (2.900 metros), todavía cubierta de un monte exuberante. Pasando por muy contados ranchos, alcanzamos en jornada y media el pueblo de Gachalá, bien pronto seguido por Ubalá, para, después de algunas horas más, llegar a Gachetá, todos tres situados dentro de la región civilizada de la tierra templada. Pasada Gachetá, subimos a través del monte al páramo, donde volvimos a encontrar un tiempo desagradable de lluvia como primer saludo, para, al cabo de una jornada un tanto pesada, alcanzar la sabana de Bogotá cerca de Guatavita.

(1)
Véase Alexander von Humboldt, en “Ansichten der Natur”, págs. 12, etc. (Regresar a 1)
Comentarios (1) | Comente | Comparta c