1.  La laguna de Fúquene y las minas de esmeraldas de Muzo  

Ya durante los meses de octubre y noviembre de 1883 había viajado desde Bogotá por la parte sur de los Estados de Boyacá y Santander. Visitado luego los llanos y atravesado por segunda vez el sur de Cundinamarca, volví a salir de Bogotá el último día de marzo de 1884, para profundizar mis conocimientos de la Cordillera Oriental por medio de múltiples travesías a lo largo y a lo ancho y en su extensión hasta la frontera venezolana por lo menos.

Al norte de la sabana de Bogotá se extiende otra sabana, parecida en su carácter y altura sobre el nivel del mar, a la cual podríamos poner el nombre de sabana de Chiquinquirá por la mayor ciudad cercana, o de sabana de Fúquene por la laguna que abarca. De la sabana de Bogotá queda separada por un páramo angosto y relativamente bajo, formado de arcilla roja y fácilmente transmontable en un par de horas, sea desde Zipaquirá o desde Nemocón. Tausa, uno de los pueblos más miserables vistos en Colombia y habitado por gente nada bien formada ni simpática, está ubicada cerca del paso, un poco al sur del camino. Tausa es una salina, igual que Zipaquirá y Nemocón, pero con sistema de explotación diferente, ya que en vez del mineral sólido, se extrae mediante bombeo el agua salobre presente a unos 30 a 40 metros debajo de la superficie. A juzgar por las condiciones geológicas, con un poco de esfuerzo convenientemente aplicado sería fácil encontrar también aquí el yacimiento del mineral, proveedor del agua salina. 

Habiendo regresado al camino principal, seguimos un vallecito en descenso con dirección nordeste, para pasar por el pueblo de Sutatausa, en cuyas cercanías dizque hay rocas adornadas con pinturas indígenas. Volviendo a subir, alcanzamos otra vez la sabana en inmediaciones de la importante y simpática población de Ubaté. Habiendo salido entre Tausa y Sutatausa del terreno formado por arcilla rodena y arenisca cuarzosa, que viene formando los bordes de toda la sabana de Bogotá, estamos pisando ahora un suelo formado por esquistos barrosos multicolores. Probablemente cubierto de bosque en tiempos pasados, y expuesto a las lluvias después del desmonte, estas debieron llevarse la capa vegetal, dejando atrás los meros esquistos, cubiertos ahora por unos cuantos arbustos y hierbas. 

Desde la capilla de Santa Bárbara, que domina a Ubaté, gozamos de una bella vista sobre la parte sur de la sabana. Hacia el este divisamos dos lagunitas, ambas de conformación redondeada y con la población de Cucunubá situada en el fondo sobre un recodo casi cerrado de la planicie. Desde el norte vemos reflejándose la amplia superficie de la laguna de Fúquene, pues en tanto que la sabana de Bogotá apenas conserva unas lagunetas sin importancia dentro de su vasta extensión, la de Chiquinquirá ostenta la imponente laguna, con extensos pantanos, que con cada época de invierno vuelven a inundarse totalmente. Para el observador este panorama no deja ninguna duda sobre el inmenso lago precursor de la sabana, reducido a su extensión actual, sea por la formación de terreno turboso o por tierras aluviales, tal vez también por haberse bajado el fondo del desagüe, o por alteraciones climáticas. Habiendo ofrecido en su tiempo un aspecto similar, la sabana de Bogotá por algún motivo ha venido desecándose en forma más acelerada. 

Hecha una visita a la laguneta de Cucunubá, con los momentos críticos inherentes a la travesía del suelo pantanoso, continué mi viaje en dirección norte, pero dejando la vía a Chiquinquirá a la mitad del ascenso, o sea después de haber pasado el pueblo de Fúquene, para bajar a la hacienda de Chinsaque, situada al borde suroeste de la laguna. El día siguiente se dedicó a la navegación en el lago, a cuyo efecto había tomado en alquiler una de aquellas canoas angostas, pero pesadas, construidas de madera, que usualmente se destinan a la pesca y a la cacería de patos. Después de atravesar con alguna dificultad la faja ancha de junco y caña que por todas partes viene enmarcando la superficie de la laguna y para cuyo paso se han cortado verdaderos canales a través de aquel juncal, al fin alcanzamos el agua abierta, de color pardo turbio, hoy apenas suavemente movida por el viento, pero capaz de elevarse en poderosas oleadas agitadas en tiempo tempestuoso. El paseo en embarcación por un nivel de agua de mayor extensión siempre es atractivo, pero doblemente apreciado cuando sucede como intermedio de viajes a lomo de mula continuados por semanas. Cantidades de patos animan la laguna, que por tal motivo a veces atrae a los aficionados a la cacería desde Bogotá. En masa se ofrecen los animales en el mercado de la capital, contribuyendo así a alternar agradablemente el menú bogotano, de por sí un tanto monótono. Continuamente sondeando nos acercamos a las islas que surgen en medio del lago y que constan en parte de tierra plana y en parte de roca arenisca, poblada de escasa vegetación que constituye la, parte emergente de la cadena de roca arenisca que en dirección suroeste a nordeste se extiende, quedando como tal claramente distinguible también en las orillas. Desde el pico que se eleva a unos cien metros en la mayor de las islas gozamos un panorama, amplio sí, pero monótono, tanto sobre la laguna como sobre el monte de poca elevación y sin carácter expresivo, que la bordea. A falta de una vegetación abundante, el clima, de por sí melancólico, dista mucho de sacar efectos de color de las pendientes peladas, quedando por lo tanto solamente el nivel del lago para conferirle cierto atractivo al paisaje, tan ponderado por los colombianos. Después de tomar un baño refrescante en las aguas de la laguna, nos embarcamos hacia su orilla nordeste, donde un cinturón de junco todavía mucho más ancho demandaba nuestra travesía antes de permitirnos pisar tierra firme. Visitado el canal, construido en su tiempo con el empeño de desaguar el lago, volvimos a embarcarnos en dirección a la orilla occidental, para alcanzarla un poco al norte de Chinsaque, cerca del pueblo de Susa. 

A diferencia de los lagos alpinos, cuya profundidad en general pasa de los cien metros, al sondear la laguna de Fúquene casi siempre toqué fondo entre los dos y tres metros, con 8.9 metros como máximo medido por mí delante de las orillas acantiladas de las islas, y dizque quince metros alcanzados a comprobar por otros. Así que la laguna constituye apenas una hondonada muy panda, con una cavidad un poco más profunda que a lo largo recorre su fondo. Es precisamente esta profundidad tan escasa la que animaba los diferentes ensayos de desaguar la laguna mediante la apertura de canales, esperando ganar valioso terreno para potreros por una parte y tropezar quizás con tesoros hundidos por los indios, por otra. Infortunadamente tales tentativas han corrido la misma suerte que tantas otras empresas colombianas, es decir, la de abandonarse en medio del proceso. Pero, con todo, en el caso concreto tal vez prevalecía la buena suerte, toda vez que la realización ejecutada fácilmente habría podido tener consecuencias catastróficas para los terrenos adyacentes de menor elevación, perdiéndose al mismo tiempo un regulador importante del nivel del río Suárez, lo mismo que una fuente de humedad no despreciable para la sabana, precio excesivo, sin duda, en comparación con las ventajas perseguidas, puesto que son tierras las que todavía abundan en Colombia. Con más razón han venido procediendo algunos terratenientes, abriendo zanjas de desagües y sembrando sauces en los terrenos pantanosos que circundan la laguna, como pasos acertados para mejorar tales suelos. 

Desde Susa nuestro camino conduce hacia el norte, atravesando un recodo ya completamente desecado de la sabana. Al lado de nuestra ruta vemos la población de Simijaca, enmarcada en su totalidad por verdes praderas y alamedas de sauces parecidos a álamos. Habiendo sido una de las más preciosas de todo el país, la hacienda de Simijaca perdió tal carácter cuando su dueño, el señor París, sacrificó la mayor parte de su fortuna en el fracasado ensayo de desaguar las lagunas de Fúquene y Guatavita. Al cabo de cuatro horas de viaje llegamos a Chiquinquirá, una ciudad típica de la tierra alta, con todas sus inmundicias y bichos acostumbrados. Como es el más célebre lugar de peregrinación de Colombia, Chiquinquirá tiene una iglesia de impresionantes dimensiones, pero sin valor arquitectónico alguno, que abriga la milagrosa imagen de la Virgen, atracción para muchos miles de peregrinos, cuyo número anual se estima en 30.000 y que afluyen no solo de todas las partes de Colombia, sino también de los países vecinos como Ecuador, Venezuela y hasta Perú, todos en busca de salud y de perdón de sus pecados, a través de la ofrenda de una cerilla o vela, en el sitio. 

Dirigiéndose desde Chiquinquirá o desde Simijaca hacia el oeste, y pasada la insignificante altura de la montaña que bordea la sabana, el viajero pronto desciende a tierra templada. Al cabo de una jornada escasa, realizada por un camino de subidas y bajadas continuas, llegamos a Maripí (o Puripí), para seguir de allí, en media jornada más, a Muzo, pueblo hoy en día bastante miserable, que parece haber gozado su época de florecimiento durante la ocupación española, a juzgar por las ruinas de los conventos y de otras construcciones de piedra, en parte reconstruidas por la posteridad y recubiertas con techo de paja. Pero, por otra parte, numerosas palmeras y plátanos dispersos, unidos a la bella arborescencia que brota de los diferentes vallecitos convergentes, alcanzan a contrarrestar los signos de decadencia hasta el punto de hacer predominar un aspecto bastante agradable. 

Son dos los fenómenos en que se basa la fama de Muzo: sus esmeraldas y sus mariposas. Las minas esmeraldíferas se encuentran a hora y media de distancia en dirección oeste del pueblo, donde la piedra preciosa se encuentra incrustada en estratos de esquisto arcilloso negro, alternados con otros de piedra calcárea, materia toda originaria del cretáceo. Las minas, ya conocidas de los indios precolombinos al igual que el oro, habían formado el punto principal de atracción para los españoles en sus incursiones de conquista. En tanto que esmeraldas solitarias suelen aparecer en diferentes partes de la Cordillera Oriental, con mayor frecuencia, por lo menos hasta donde se sepa por ahora, se encuentran en las cercanías de Muzo, con la peculiaridad de hallarse reducida la presencia de los mejores ejemplares, o sea de aquellos de color verde oscuro, a un terreno de poca extensión, de propiedad del Estado, quien lo explota por medio de concesiones. Las otras minas de los alrededores no producen sino piedras opacas y pálidas. La explotación tiene como factor engorroso el hecho de que las esmeraldas crudas están muy dispersas dentro del suelo, sin que existan indicios que sirvan de guía, motivo por el cual semanas hay para el minero de no encontrar ni rastro, mientras que, por otro lado, un hallazgo de valor extraordinario puede ser cosa de un momento. Hoy en día ya no se trabaja por medio de socavones, sistema que ha venido reemplazándose por la explotación a cielo abierto, que se parece en un todo al método empleado en una cantera cualquiera. Tan estricta es la supervigilancia que no me fue posible obtener permiso ni para coleccionar fósiles ni para llevarme una sola muestra de mineral con diminutos cristales de esmeralda, sin valor, incrustados. A los trabajadores a diario se les esculca minuciosamente, limitándose su permiso de salir de la mina a los días domingo únicamente. Pero, con todo, suelen encontrar su manera de hacer desaparecer piezas, que, en dado caso, pretenden haber encontrado en el río, el que, dicho sea de paso, ciertamente podrá acarrear tal o cual unidad. En efecto, tanto en Simijaca como en Chiquinquirá hay varios negociantes ocupados en adquirir tales piezas encontradas o hurtadas. La empresa acostumbra despachar el fruto de su explotación directamente a París, de donde, una vez talladas, las gemas salen al comercio, pero —cosa extraña— bajo la denominación de esmeraldas peruanas, a pesar de que el Perú nunca ha suministrado esmeraldas. Debido a la gran predilección de los colombianos mismos por sus esmeraldas, la compra de ellas dentro del país sale bastante costosa. 

Las mariposas viven en su mayor parte dentro de la selva que, comenzando cerca de Muzo, rodea la mina de esmeraldas, para luego extenderse, casi sin interrupción alguna, hasta el río Magdalena. La región realmente constituye un lugar de hallazgo extraordinariamente rico en bellas especies de mariposa, razón por la cual cierto número de indios ha venido especializándose en su caza, al paso que coleccionistas europeos parecen haber encontrado en la zona un centro de atracción. El premio mayor de belleza entre todas las mariposas tal vez lo merece un lepidóptero azul de extraordinaria soberbia, el morpho cypris, aquí presente y que ya en Bogotá tiene un precio de 6 a 8 reales. Asimismo los pájaros de rico colorido abundan en la región, siendo también ellos objeto de cacería por parte de los indios, quienes en el uso de la cerbatana suelen desplegar gran habilidad al efecto. 

Gran desilusión sufrí porque el mal estado del camino me privó del tiempo requerido para realizar el deseo de visitar las dos rocas solitarias de la Fura Tena que se levantan varios centenares de metros a orillas del río Minero, en dirección noroeste. Así que, obligado por el hecho irremediable, resolví regresar a Chiquinquirá, tomando el camino que pasa por Coper y Buenavista. También al salir de Chiquinquirá en dirección este, pronto llegamos a niveles de menor elevación y por lo tanto de clima más templado, región que se interpone a manera de cuña entre la altiplanicie de Chiquinquirá y la región alta y montañosa de Tunja, con Ráquira, Leiva y Moniquirá como principales localidades. El terreno se compone de los mismos esquistos arcillosos de múltiples colores ya observados en los alrededores de Ubaté, con los cuales comparte a la vez el mismo carácter de tierra pelada y árida, excepción hecha de las vegas intercaladas con su vegetación fresca. A dos horas al sur de Moniquirá existen minerales cupríferos sobrepuestos a un filón de cuarzo, dizque con el treinta por ciento de cobre, obtenido mediante extracción deficiente, y con un cinco por ciento de plata. Pero perdida su fortuna en los empeños de desecar la laguna de Fúquene, el dueño de la misma, un señor Saravia, hace ya cuatro años se vio obligado a suspender la explotación, con la consecuencia de haberse derrumbado los socavones y vuelto intransitables los caminos de acceso, motivos por los cuales mi curiosidad científica quedó prácticamente sin satisfacerse. No sé a qué conclusiones habrá llegado un norteamericano, quien con poca anterioridad había arribado a fin de investigar lo relacionado con la empresa por cuenta de una casa acreedora alemana de Bucaramanga, y de una compañía inglesa, como tampoco me consta si las actividades explotadoras habrán vuelto a reasumirse. 

Villa de Leiva llegada en tiempos pasados a disfrutar de cierta prosperidad, ha vuelto a decaer, tanto debido a su ubicación a trasmano como a la aridez de gran parte de las vertientes circundantes. No obstante, se presta a vislumbrar esfuerzos colombianos emprendidos para levantar el nivel cultural. Así, por ejemplo, había un ciudadano francés dedicado a la vinicultura. Al efecto, había sembrado sus estacas en tierra cercana, con la satisfacción de haberse desarrollado su siembra en robustas cepas en cuatro a cinco años. Pero ¡cuál sería su sorpresa al verlas destruidas todas en una sola noche por algún “enemigo” con ocasión de unos disturbios políticos! Como el propietario perjudicado murió poco después, sus valiosas experiencias acumuladas corrieron la misma suerte de perderse. A los tres kilómetros al oeste de Leiva, o sea cerca del pueblito de Moniquirá, observamos las ruinas de un templo antiguo de los indios, situadas en una parada denominada “El Infierno”. Constan de un rectángulo de cuatro a cinco metros de largo por dos a tres de ancho, formado por piedras apiladas a lo largo de su borde y sacadas de la parte enmarcada. En sus cercanías encontramos unos veinte pilares de piedra, tendidos sobre el suelo, con largos entre dos y tres metros y medio metro de diámetro, con muesca cortada, bien sea en el terminal grueso o en el más delgado; en algunos casos los pilares eran cilíndricos (1)

Hasta ahora hemos abandonado ya dos veces la altiplanicie de Chiquinquirá para bajar a la tierra templada, una vez en dirección oeste y otra hacia el este, en tanto que la salida natural conduce al norte, por donde sale también el camino principal, en comunicación con Socorro, la capital política, y con Bucaramanga, uno de los centros comerciales más importantes del Estado de Santander. Por ahora, este camino nos lleva por el borde ondulado de la planicie al pueblo de Saboyá. A pesar de su considerable altura sobre el nivel del mar de 2.630 metros, en su plaza nos vemos sorprendidos por una palmera de especial belleza. Las señas antiguas pintadas en una roca más allá del pueblo, deplorablemente han caído víctimas de manos mentecatas hasta el punto de quedar prácticamente indescifrables. En el mismo sitio más o menos es donde el río Saravita o río Suárez abandona la planicie, que aquí viene encogiéndose hasta acabar en punta. En el proceso el río se torna en torrente embravecido, pero sin llegar a formar un salto a la manera del río Funza a su salida de la sabana de Bogotá. Todavía nuestro camino sigue manteniéndose en la altura cubierta de bosque, para luego también descender en considerable declive. El lugar de la piedra arenisca lo va ocupando un suelo esquistoso con estratificaciones de calcáreo intercaladas, en tanto que el bosque va cediendo su espacio al matorral de la altura media ya conocido. Cruzamos a la orilla derecha del río cerca del puente de piedra, donde éste desaparece pasajeramente debajo de las enormes rocas de arenisca tumbadas por el mismo, pero volviendo a la orilla izquierda cerca de la simpática ciudad provinciana de Puente Nacional.

(1)
Véase Bastián, Las Antiguas Civilizaciones Americanas, I pág. 326.(Regresar a 1)
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