4.  La Sierra Nevada del Cocuy  

Recordamos que fue cerca de los molinos de Tópaga donde abandonamos la altiplanicie de Sogamoso para dirigirnos con rumbo este a Labranzagrande. Es en el mismo sitio donde también el río Sogamoso deja la sabana, para precipitarse en rápida corrida a regiones más bajas, al igual que lo hacen el río Bogotá por el Salto del Tequendama y el río Suárez entre Saboyá y Puente Nacional. Así es que está avanzando a apenas 2.230 metros de altura cuando recibe al río Suápaga, en tanto que ha bajado a los 1.420 metros al llegar a su menor distancia del pueblo de Soatá, al este del mismo. Cerca del pueblo de Capitanejo cambia su curso norte primero por el de noroeste, para moverse luego en dirección oeste hacia el río Suárez, con el que se une a las pocas millas al oeste de Sube. 

Llegando de Labranzagrande, había vuelto a alcanzar la cuenca del río Sogamoso cerca de Gámeza, por la cual seguí ahora en dirección norte, cogiendo al comienzo por el lado derecho del valle, para luego pasar al izquierdo. Con su elevación relativamente escasa, los montes cercanos al río pierden casi totalmente su efecto de fenómenos inherentes al paisaje en presencia de los páramos que aparecen de lado y lado y que forman a la vez las divisorias hidrográficas, creando así la impresión de trocar el paisaje en un solo valle de notables dimensiones. En las bajas cadenas de monte predominan la arenisca rojiza con el esquisto arcilloso y la arcilla pura, que con frecuencia nacen de la superficie completamente pelados. Al paso que Corrales y Capitanejo están ubicadas cerca del río, las demás localidades se extienden en dos hileras por las cadenas marginales a lado y lado, a más o menos la mitad de su altura. En general se trata de pequeños pueblos esencialmente habitados por indios, tal vez exceptuando a Soatá, el más importante de ellos, el que, visto desde lejos, parece simpáticamente situado entre cañaverales verdes y numerosos sauces de la especie parecida al álamo, pero sorprendiendo de cerca por su aspecto falto de aseo y nada agradable. Volviendo a abandonar el camino principal que a su paso por Málaga y Pamplona conduce a Cúcuta, descendí en dirección oriental al valle del río Chicamocha, afamado y temido a la vez por su clima caliente en extremo. En sus pendientes se dan palmeras datileras, pero de fruta pequeña. Subí por el otro lado, pasando por las poblaciones de Boavita y La Uvita, para atravesar el áspero páramo de Escobal hacia El Cocuy, pueblo de unos 3 a 5 mil habitantes, situado un poco a trasmano, el que había escogido como punto de partida para mi visita a la Sierra Nevada del Cocuy. 

Esta, o Sierra Nevada de Chita, como curiosamente también se llama, ha sufrido un trato excesivamente negligente en la literatura geográfica, a pesar de ganarle bastante en altura a la Sierra Nevada de Mérida, situada más al nordeste y ya perteneciente a territorio venezolano, a la vez que su macizo es mucho más compacto que los de los nevados de la Cordillera Central. La razón de semejante descuido se halla en su situación un tanto apartada de las vías principales de comunicación y escondida detrás de otros páramos que la tapan en su mayor parte. Tanto así es que por meses se puede viajar por los terrenos vecinos sin tener oportunidad de avistar la sierra, a no ser que un paseo emprendido a la hora matinal de un día de cielo despejado casualmente nos conduzca a alguna de las pocas alturas que permiten su vista. Siempre atento al efecto, conseguí apenas una fugitiva ocasión de verla, hasta cuando de golpe me encontré en su presencia inmediata. El mérito de haberla descrito corresponde a Codazzi y Ancízar exclusivamente. 

La época más favorable para visitar El Cocuy está comprendida por los meses de diciembre a febrero, los que en general suelen constituir el tiempo de verano en Colombia, en tanto que durante el resto del año el visitante habrá de quedar sujeto a lluvias y nieve en acecho para estorbar su empeño. Por mi parte, por suerte se me brindaron unos días muy aceptables ahora en junio, si bien tuve que suprimir varias de las excursiones proyectadas a causa de la inseguridad del tiempo. 

Una vez concluidos a la brevedad posible mis preparativos en Cocuy con la amable ayuda del señor Hotschick, pedagogo alemán, me puse en marcha a Lagunillas, nombre del rancho más apegado al extremo sur de la Sierra Nevada. Pasando por el cañaveral, alcancé a las dos horas y media la cima de la loma que, extendiéndose al nordeste del Cocuy, logra amortiguar un tanto el acceso a la población de los vientos helados que bajan del nevado. Con alegría saludé por primera vez el macizo, por lo menos en su parte sur, al paso que el sector norte me lo siguió ocultando todavía con envidia, manteniéndolo envuelto en nubes. Al sur observamos el comienzo de la peña de Cuserí, cubierta apenas parcialmente de nieve y seguida por una hondonada que abarca el boquerón de Cuserí, cubierto ahora en invierno, también por un delgado manto de nieve. A continuación tenemos la loma más bien baja de la Torre, cuyos planos campos de nieve se estrellan contra escarpadas paredes peladas, de roca. Y dirigiendo la vista aún más allá observamos el Campanario, el cual con su ascenso paulatino desde el sur, y su marcado declive hacia el norte, forma los extensos campos de nieve que por cierto provocarían nuestra admiración más entusiasta, a no ser porque al norte en su cercanía más inmediata se levantara a una altura de 5.000 metros más o menos el Pan de Azúcar, o sea el pico más arrojado e imponente de toda la Sierra Nevada, aunque no sea el más alto. Separados por una brecha le siguen nevados más achatados y de contornos menos perfilados. 

Bajando de nuestra altura en dirección oriental nos enrumbamos a Lagunillas, sitio que alcanzamos apenas después del oscurecer. Con sus 3.860 metros posiblemente constituya la habitación humana más elevada existente en Colombia. Ubicada en el valle que en dirección noroeste desciende del Pan de Azúcar y del boquerón de Cuserí, está bordeada al sudoeste por la prolongación de la loma que acabamos de pasar, al paso que hacia el nordeste la viene bordeando otra loma angosta y alta, todavía libre de nieve o, por partes, apenas cubierta por unos parches de nieve. La subida a esa loma era nuestro objetivo por alcanzar al día siguiente. Empezando por un trayecto todavía pasadero a lomo de mula, continuamos luego andando a pie a lo largo de la cima, para terminar escalando en ardua labor unas rocas sueltas con espacios intermedios repletos de nieve. Inmediatamente en frente tenemos ahora el majestuoso Pan de Azúcar, conectado por medio de una garganta con el pie de la loma en que estamos apostados, y cuyas faldas se inclinan al valle de Lagunillas en el sur y al valle del Cóncavo en el norte. La nieve comienza a un kilómetro de distancia, aproximadamente a la misma altura de nuestro sitio, o sea a 4.560 metros sobre el nivel del mar, para conformar en su conjunto una capa ancha, tendida con ascenso gradual para llegar hasta cerca de la cúspide. Su recorrido no parece ofrecer problema especial. Por cierto, la capa a poco más de la mitad de su extensión hacia arriba tiene una interrupción en forma de un inmenso cubo peñascoso, que se eleva marcadamente contra el horizonte a la izquierda de la cúspide y se conoce con el nombre de Púlpito. Hasta allí dizque avanzó hace algunos años un fotógrafo norteamericano de apellido Farran, después de haber pasado la noche anterior en una carpa montada al borde inferior de la nieve. Su muerte ocurrida poco después, privó a la ciencia de sacar provecho de su visita. Por las experiencias obtenidas desde otros puntos, aprendí que el ascenso desde el Púlpito a la cúspide es mayor en distancia de lo que desde aquí parece, a tiempo que también se enfrentan mayores dificultades en el recorrido. A la izquierda del Pan de Azúcar se levantan un poco más hacia el fondo dos picos redondeados de bastante altura y cubiertos de nieve, a la vez que hacia su derecha el Campanario, de altura un tanto menor, se incorpora a la fila, pareciéndose por su conformación a un Matterhorn pequeño. En la misma dirección observé un pequeño glaciar en la pendiente del Pan de Azúcar, el que me habría gustado conocer de cerca, si no hubiera sido por mi guía contratado en El Cocuy y al parecer no muy idóneo, quien me declaró impracticable el descenso por este lado, motivo por el cual resolvimos regresar a Lagunillas. Durante nuestro descenso. empezó a caer una lluvia que persistió toda la tarde y continuó durante la noche. 

Pero tanto mayor fue mi júbilo al despertar cuando me vi saludado por una mañana de belleza y claridad extraordinarias. Lo primero que hice fue subir por una colina al oeste de Lagunillas que brinda una vista panorámica sobre toda la Sierra Nevada, excepto su extremo del norte y algunas partes tapadas por la loma visitada ayer. La parte visible forma un arco con curvatura bien abierta hacia nosotros, con su extremo sur, formado por la peña de Cusen. Así que la Sierra Nevada del Cocuy tiene la misma extensión longitudinal más o menos que los Alpes Berneses medidos de Wellhorn a Blümlisalp, o sea igual al panorama que desde el Faulhorn o desde Mürren se nos presenta y al cual también me recuerda un poco en toda su agrupación. Cierto, es que la magnitud de la nieve es bastante inferior en la Sierra Nevada del Cocuy, a pesar de llegar sus máximas elevaciones a unos mil metros más, fenómeno que se explica por el hecho de que aquí el límite de las nieves perpetuas baja apenas hasta los 4.600 metros sobre el nivel del mar, en tanto que en los Alpes el mismo límite se encuentra en los 2.800 metros. Al paso que allí las cimas sobrepasan el límite de la nieve perpetua en unos 1.400 metros como máximo, aquí son apenas 800 metros. Allí son inmensas las extensiones cubiertas de nieve y hielo, al paso que aquí es apenas una cadena de montaña que se eleva encima del límite. En tanto que las cimas, especialmente las situadas en la parte norte, nos presentan amplios campos de nieve, parece, que la pendiente oriental, apartada de nuestra vista, es mucho más escarpada. La causa del comportamiento tan diferente la da la estructuración geognóstica de la Sierra Nevada. Demostrado queda sin lugar a duda por las partes no cubiertas de nieve, que la sierra es originaria de un inmenso sistema de la formación cretácea compuesto por estratos de cuarcita inclinados en general hacia el oeste. El ángulo de incidencia de cada uno de los estratos es muy acantilado, pero sobrepuestos, como están, un estrato encima del otro, la pendiente occidental en las zonas libres de nieve está revelando una conformación cerrada, al paso que en la oriental las cabezas de la estratificación están ordenadas en su conjunto formando un muro empinado. El corte en perfil es exactamente idéntico al observado ya frente a Tena, con la sola diferencia de la inversión de los puntos cardinales. Cada uno de los picos parece resaltar hacia el este como un inmenso promontorio, así que las formaciones van cambiando en alto grado en relación con los diferentes sitios aprovechados por el espectador para contemplarlas. Esta peculiaridad desde luego dificulta nuestra posibilidad de volver a reconocerlas, más todavía teniendo presente que no todos los picos tienen aún su nombre propio conocido por toda la sierra. 

Después del desayuno monté a caballo para subir el valle de Lagunillas, a fin de visitar el glaciar descubierto ayer en la pendiente del Pan de Azúcar. Arriba de Lagunillas numerosas hileras de piedras, conformadas en semicírculo con apertura hacia arriba, atraviesan el valle, formaciones que circundan pequeñas superficies planas y pantanosas. Para mi no hay duda de que tales fenómenos identifican antiguos canchales, que evidencian el hecho de que el glaciar en tiempos pasados se extendía hasta mucho más abajo. El canchal que pude identificar como tal, lo encontré a los 4 a 5 kilómetros abajo del pie del glaciar, a una altura sobre el nivel del mar de 3.900 metros, o sea de 360 metros menos de la actual. Todo el fondo del valle está cubierto por materia de acarreo glaciar, haciéndome imposible el estudio del piso básico que pudiera ostentar facetas originarias del glaciar, así como tampoco pude encontrar ni muestra de rocalla con estrías glaciares. A una hora escasa de Lagunillas el valle lateral que abarca el glaciar se desvía del valle principal, el cual sigue en ascenso hasta el boquerón de Cuserí, después de haber pasado cerca del desvío por unas lagunetas originadas por la represión del agua contra el cascajo traído por la morrena al valle lateral. Bien deseoso estaba de cruzar el boquerón de Cuserí tanto para conocer la parte opuesta de los nevados como para avanzar hasta la laguna del mismo nombre, según descripción de los moradores situada en dirección este del Pan de Azúcar, cerca de la región selvática o ya dentro de ella, y de impresionante extensión. Desgraciadamente, la inseguridad del tiempo como también la falta de carpa y de provisiones suficientes me obligaron a desistir de la excursión. Aunque ya no muy distante, el llegar al pie del glaciar demandaría la escalada harto complicada de un espolón en el valle lo mismo que de una antigua morrena lateral de unos cien metros de altura. Inmediatamente delante del glaciar hay otros canchales en forma de semicírculo —morrenas frontales— bien señalados, ciertamente de reciente origen, ya que la vegetación todavía no ha podido invadirlos. Mi guía recuerda todavía el glaciar con extensión un buen trecho más abajo, hace apenas unos cinco a diez años. Hoy día, con su longitud de escasos uno a dos kilómetros, ya carece de importancia. Estrechándose hacia abajo para terminar a la manera de lengua, en cuya punta sale un manantial de escaso volumen de agua de descongelación del glaciar. Con su declive de 20° a 30°, es escasa su hendidura, a no ser que la nieve recién caída la hubiera rellenado y borrado. Su superficie está cargada de cascajo y rocas aisladas. 

El día siguiente lo dedicamos a una excursión valle abajo. A las tres horas de viajar llegamos a las dos haciendas de la Cueva, situadas una al lado de la otra y ambas circundadas por magníficos potreros. Serían el mejor punto de partida para excursiones al valle del Cóncavo y a las alturas del rededor. Pero, a falta de tiempo sobrante, seguí camino derecho hacia el sector norteño de la sierra, para cuyo efecto el mayordomo de una de las haciendas me brindó ayuda enviándome un peón conocedor de la región, evitándome así la vuelta por Güicán. Proseguimos sin contratiempo alguno hasta el rancho de El Morro, ubicado encima de uno de los impresionantes espolones de montaña que descienden de la cadena de campos cubiertos de nieve, y afamado por la bella vista que dizque ofrece con buen tiempo. Pero desde allí el guía, poco inteligente, nos condujo directamente monte arriba a la zona de nieve perpetua, en lugar de llevarnos al rancho más cercano, de acuerdo con las instrucciones recibidas, obligándonos así a devolvernos en medio del valle de Paulín, para regresar por un camino en muy mal estado hasta el rancho de Peña Blanca y pernoctar allí. Siguiendo el consejo del dueño, abandoné la idea de continuar el camino hasta Llano Redondo o Corral Chiquito, para alcanzar desde allí la nieve por el mismo camino usado en su tiempo por Codazzi. Aceptado el ofrecimiento del hombre de acompañarme, seguí en la mañana con su ayuda hasta el límite de las nieves. 

Al efecto tomamos el camino que sube por el lado derecho o noroeste del valle de Quebrada Verde. Al cabo de una hora larga bien cabalgada, pasamos un trecho muy desagradable con subidas por resbalosos escalones estratiformes y bajadas subsecuentes, no más fáciles por las altas cabezas de la estratificación, para finalmente cruzar por conglomerados sueltos de rocas y piedras, acumulados directamente abajo del límite de la nieve. Delante de nosotros teníamos los vastos campos de nieve de San Paulín. Al norte bajamos la vista a la parte superior del valle de Llano Redondo, donde divisamos un glaciar pequeño y bastante hendido, a todas luces el descrito por Codazzi y Ancízar a un tiempo, cuando su extensión era todavía mayor. El límite de la nieve está zig­zagueando para arriba y para abajo, dificultándonos así el obtener un dato exacto indicativo de su altura media. Durante los últimos años ha retrocedido notablemente según indicación de mi guía y, también a juzgar por las facetas de roca, lisas y sin corroerse. Semejante retroceso en relación con otro simultáneo del límite de la nieve comprobado en los Alpes constituye un problema científico de gran interés. Me asedia la pregunta de si la causa se encuentra en una disminución de las precipitaciones atmosféricas o en un aumento de la temperatura, ocurrido lo uno o lo otro en el curso de los decenios inmediatamente precedentes. Imposible es encontrar la respuesta conducente, sin tener disponibles los resultados de observaciones meteorológicas suficientes. Mis consideraciones al efecto se terminaron por la aparición de nubes y la caída de más nieve, fenómenos que nos obligaron al pronto regreso. Sentados al lado de la candela nocturna y conversando de las experiencias del día, me sobrevino también la explicación de mis dudas científicas, explicación sin embargo en la que menos había pensado. Un indio mercachifle ambulante que había pasado durante el día, al informarse de mi excursión se sintió provocado a maldecir delante de mi ayudante las visitas de los extranjeros, único fenómeno culpable de la desaparición de la nieve. 

La mañana siguiente nos sorprendió una vez más con un tiempo favorable que excedía nuestra esperanza. El panorama gozado desde la colina que se levanta cerca del rancho fue majestuoso. Abarcaba toda la Sierra Nevada, excepto otra vez la parte septentrional, perteneciente al distrito de Chiscas, que nunca tuve oportunidad ni de ver con mis ojos ni de conocer pon informaciones fidedignas. Pero sí pudimos admirar toda la sierra comprendida entre el boquerón de Cuserí y el sitio escalado ayer, en toda la claridad brindada pon el sol matinal. Dudo para mí, si semejante vista se deja ganar en belleza por la contemplada desde Lagunillas, ya que en el sector sur las conformaciones son más marcadas, en tanto que aquí las masas acumuladas de nieve impresionan por su mayor abundancia. El pico más cercano —llamémoslo el nevado de San Paulín— posiblemente exceda en altura al Pan de Azúcar. Cortado en talud hacia el noroeste con su ancho campo de nieve, a cuyo pie nos hallábamos ayer, hacia el sur se precipita en forma escarpada. Pintándose como relativamente fácil la posibilidad de escalarlo, me pareció preferible intentarlo desde la loma alta que se extiende entre la quebrada Verde y la quebrada de San Paulín. Es cierto que la necesidad de renunciar al ensayo me desilusionó bastante, pero el tiempo, falto de estabilidad en la época actual, no pudo despreciarse como factor adverso decisivo, pues por más alentadoras que suelan presentarse las mañanas en su belleza y claridad, desde el mediodía acostumbran a aparecer nieblas y nevadas. De las gentes criollas no se puede depender sino en las regiones abajo del límite de las nieves, porque metidas entre ella, pronto empiezan a sufrir de los pies, y también de los ojos, en caso de que por previsión no hubiera traído para ellos gafas azules de protección. Y con todo habría de contarse con la eventualidad de vernos abandonados precisamente en el momento decisivo, a punto de hacer lo cual ya estaba mi guía de entonces, quedado a alguna distancia cuando nos aproximábamos al glaciar de Lagunillas. Personalmente carecía de la requerida experiencia alpina, en tanto que un pie enfermo afectaba la seguridad de mi paso. Faltaban instrumentos en mi equipo para poden sacar el máximo provecho científico del ascenso, ya que ni mis barómetros eran adecuados para funcionan en semejantes alturas. Y, por último, estaba a punto de agotarse mi provisión alimenticia. 

Pon lo tanto resolví dejar mi anhelo a un lado, regresando el mismo día al Cocuy, pasando por el bien situado pueblo de Guicán y la hacienda del Baño, cerca de la cual brotan unas fuentes con temperaturas de 38 y 43°. Con la llegada en medio de un aguacero concluí mi visita a la Sierra Nevada y con ella una de las jornadas más extenuantes, especialmente debido al frío cortante de las noches, pero también más provechosas de mi viaje por los Andes. 

Desde El Cocuy llegué en tres días a Málaga, la ciudad menos hospitalaria y con la población más antipática que me tocó conocer en toda Colombia. El viaje me llevó por los pueblos de Panqueva, Guacamayas, Macanavita, San Miguel y Enciso. Bastante aburridor de por sí, en cambio serviría por excelencia para un estudio exhaustivo del coto. Málaga está situada sobre la gran vía que comunica a Bogotá con Cúcuta, pasando pon Tunja, para cruzan el alto páramo del Almorzadero hacia el valle de Chitagá y Cácota y de allí continuar en subida a Pamplona, bajando luego a su meta. Peno incompatible como fuera con mi propósito de extremar en mis empeños de conocer el país, me abstuve de aprovechar esta vía, prefiriendo cruzan en dirección oeste por las escasamente pobladas cadenas y valles hacia Piedecuesta y entran por segunda vez a Bucaramanga. Allí me demoré las dos semanas siguientes para descansan de los esfuerzos del largo viaje, escribiendo y charlando con los paisanos y disfrutando de la buena cerveza alemana disponible. 

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