1. En el Istmo de Panamá  

La noche del 23 de julio de 1882 pisé suelo colombiano por primera vez. El vapor “Medway” de la Royal Mail, a cuyo bordo habíamos cruzado el Atlántico desde Southampton, atracó en el muelle de Colón, o de Aspinwall como los americanos llaman el puerto. El cielo estaba cubierto por nubes bajas de color gris plomo, llovía a torrentes y la atmósfera estaba tremendamente cargada. Tampoco el sitio mismo me impresionó favorablemente. La única vía con sus casas construidas de tablas de madera, está bordeada por el pantano que rodea la ciudad de Colón a manera de bastidores de teatro. 

Me puso feliz la idea de aprovechar para un paseo a Panamá los tres días de permanencia regular previstos para el vapor en Colón. Muy cómodo es hoy el viaje de Colón a Panamá, pues basta abordar el tren, que sale del mismo muelle, para llegar a su destino en viaje de 4 a 5 horas. Ciertamente el viaje es un poco costoso, con el precio del tiquete a 25 pesos, es decir casi 1.50 marcos por kilómetro. Pero antes de 1856, año en que una compañía norteamericana construyó el ferrocarril, se gastaban por camino de herradura, bien malo, tantos días como horas hoy, sin contar las posadas y alimentación desagradables, ni el peligro de pescar una fiebre, ni, por último, el hecho de con esto incurrir en gastos aún superiores a los de hoy. Sin duda, la manera anterior de viajar aventajaba a la actual en la oportunidad infinitamente mayor de gozar lo bello de la naturaleza. 

Durante más o menos una milla, el ferrocarril atraviesa un llano pantanoso y cubierto de monte bajo. Cerca de Gatún se encuentra con el río Chagres, para seguir al este y luego al río Obispo, su afluente, hasta la divisoria de las vertientes de agua, ubicada cerca del cerro de Culebra, a unos 80 metros sobre el nivel del mar, continuando paralelamente al Río Grande, en bajada rápida hacia el Océano Pacífico. Todavía hoy, el istmo está cubierto, en su mayor parte, por selva tropical, la cual, especialmente en las regiones de mayor altura del costado atlántico, alcanza admirable frondosidad, no tanto por lo alto de sus árboles como por lo denso de su vegetación, sus enredaderas y la belleza de las flores que miran desde arriba, pero las últimas en su mayoría no son de los árboles mismos, sino de las plantas parásitas que ellos albergan. Aquí y allá el monte se interrumpe con poblaciones y algunos cultivos. En parte, son antiguas moradas de indios, en otra, colonias de blancos, indios, negros, chinos y mestizos de estas razas entre sí, establecidas con la penetración del ferrocarril o en previsión del gran canal proyectado y destinado a unir los océanos Atlántico y Pacífico. 

A fines del siglo XV Cristóbal Colón, navegando a lo largo de la costa de la América Central, después de haber descubierto primero las islas caribes y luego el continente americano, tenía la firme esperanza de encontrar el paso por donde dirigir su nave hacia la India tan ansiada. Pero muy pronto tuvo que convencerse de que tal travesía no pasaba de ser una mera ilusión, existiendo, en su lugar, un istmo que separaba los dos océanos. La esperanza frustrada de encontrar un paso se trocó en el deseo de crearlo. Fue Fernando Cortés, el valiente conquistador de Méjico, el primero que concibió el plan gigantesco de unir los océanos Atlántico y Pacífico por medio de un corte a través de la América Central. Pero tenían que transcurrir tres siglos y medio para comenzarse en serio la realización de la idea. Largo tiempo se vaciló en resolver entre diferentes proyectos, hasta cuando Lesseps, el constructor del Canal de Suez, se decidió en favor del istmo de Panamá, por el cual un ferrocarril ya estaba comunicando los dos océanos. Pronto el nombre de Lesseps logró reunir medios suficientes para acometer la obra con gran vigor. Ahora ya encontrábamos concluidos los trabajos preliminares. Una brecha amplia a través de la selva marcaba el alineamiento del canal, siguiendo a todo su largo la carrilera, excepto en sus terminales. A los pocos meses se empezaron las excavaciones, poniendo el notable progreso logrado hasta ahora fuera de duda la posible terminación del canal, aun a costa de exceder con creces el presupuesto original, tanto en medios financieros como en tiempo, y suponiendo que, al principio, la vía tenga que inaugurarse tan solo como canal de esclusas. Aun así, se prevé una transformación en el tráfico mundial considerablemente mayor que la lograda por el Canal de Suez. Tanto desde Norteamérica como desde la Gran Bretaña se opusieron por envidia a la obra, tratando de obstruirla o, por lo menos, de perjudicarla con la propagación de noticias desfavorables. Nosotros, los alemanes, con razón nos hemos mantenido alejados de tales celos, considerando en cambio la construcción del canal como una gran obra civilizadora. 

Pero hemos llegado a Panamá. Apenas resistimos a los muchachos negros que se abalanzan sobre nuestro equipaje, para tomar un carro, que, atravesando un tugurio de chozas, nos lleva al Gran Hotel, situado en la propia ciudad. Panamá tiene todas las características de una ciudad antigua española, con calles rectas, angostas y pavimentadas; las casas, en su mayoría, construidas de piedra, con frecuencia de varios pisos y con balcones largos, que a la vez forman un techo para los andenes. Llaman mucho la atención las numerosas ruinas de conventos e iglesias destruidos por los variados incendios y terremotos y que han quedado sin reconstruir. Durante los primeros decenios del presente siglo, toda Panamá estaba prácticamente en ruinas, pero, con el creciente tráfico por el istmo, y, especialmente desde la inauguración del ferrocarril, la ciudad renació. El comercio, principalmente de tránsito, está en gran parte en manos de europeos, ostentando los avisos de sus establecimientos también muchos nombres alemanes, lo mismo que en todas partes de la América Central y del Sur. La población es, en su gran mayoría, española o, mejor dicho, de habla española, pues fuera de criollos blancos hay, en porcentajes considerables, indios, mestizos, negros y mulatos. Las fuerzas armadas, con su aspecto singular, nos recuerdan que nos encontramos en territorio del estado colombiano. Se dice que los pobres soldados, provenientes en su mayoría de las tierras montañosas del interior, están sufriendo terriblemente con el clima húmedo-caliente de la capital.

Esta está ubicada en una pequeña península sobre el borde septentrional de la bahía que lleva su nombre. Desde una antigua terraza española situada en la punta de esta península, se goza de una vista de singular hermosura sobre la parte interior de la bahía, rodeada de serranías cubiertas de monte. En la bahía hay varias islas, entre las cuales la Taboga, a dos millas alemanas de distancia, nos merece mayor atención por el hecho de anclar a su altura los vapores de gran tamaño que trafican por la costa occidental de América y que, por lo poco profundo de las aguas, no pueden seguir al interior de la bahía. Por la misma razón el canal ha de construirse hasta bien bahía adentro y proveerse con enormes esclusas de entrada, para atender la marea alta. 

Es el Océano Pacífico el que tenemos delante de nosotros. Sus aguas, a mera vista, no se distinguen de las de su colega Atlántico, sin perjuicio de la contemplación particular que nuestra observación despierta. Nuestros pensamientos vagan a lo largo de las costas de las Américas del Norte y del Sur y más lejos hacia Asia y Australia. ¡Cuántas tierras bellas e interesantes! Con un poco de envidia vemos a nuestros hasta hoy compañeros de viaje dirigirse hacia el vapor que a distancia los espera, mientras nosotros vamos guiando los pasos de retorno al tren que nos devolverá a Colón. 

Comentarios () | Comente | Comparta c