1.  La Conquista Española, la Epoca Colonial y la Guerra de la Independencia 
 

La historia de Colombia apenas comienza a principios del siglo XVI con su conquista por parte de los españoles. En cuanto al tiempo precedente falta toda referencia escrita, para llenar el cual vacío la muy escasa tradición oral dista mucho de alcanzar, en tanto que el estudio de las antigüedades existentes apenas supliría conclusiones aisladas. Así que nos encontramos en medio de las tinieblas de la época prehistórica. Pero aun conociendo la historia de la época más remota, es poco lo que nos podría enseñar para mejor comprender la actualidad, ya que la conquista española echó a perder el hilo del desarrollo. Tanto así es que para la historia moderna de Nueva Granada y Colombia su punto de partida hay que buscarlo de preferencia en la historia española en lugar de suponerlo en aquella precedente en antigüedad de los países mismos. Pues la fuerza motriz transformadora la componían el instinto de la vida y la civilización, españoles, en tanto que la autóctona población india quedaba reducida a la pasividad absoluta. 

Para apreciar el estado cultural alcanzado por los indios al comienzo de la conquista española, parece que a menudo pecamos al parangonarlo con el de las tribus que hasta hoy han sabido sobrevivir, llevando una vida libre en extensas regiones selváticas. Pero cierto es, en cambio, que los indios antiguos, lejos de basar su sustento en la caza y la pesca exclusivamente y de llevar una vida nómada, en su mayoría habían logrado establecer su vida sedentaria, alimentándose de los frutos de la tierra labrada, tales como la papa, la batata, la yuca, la arracacha, el maíz, y el mijo quinoa, a tiempo que también conocían el cultivo del tabaco y del cacao. Imposible era todavía la ganadería, ramo tan importante en el desarrollo del viejo mundo, ya que todas las especies de nuestros animales domésticos faltaban en la Suramérica tropical, a la vez que el mundo de los mamíferos criollos no ofrecía reemplazo posible. Por otra parte, la explotación de la sal ya era conocida, aprovechándose al efecto tanto las aguas salinas como los yacimientos del mineral. También había maneras en uso para extraer el oro de los sedimentos fluviales, lo mismo que de los estratos de rocalla más antigua, y posiblemente también ya de los filones de cuarzo. Entre las obras manuales se destacan, fuera de la orfebrería, una alfarería bastante desarrollada y la hechura de vestidos de algodón. La existencia de un activo comercio de trueque entre las diferentes tribus se evidencia con el hecho de encontrarse tanto la piedra de sal como los productos de la orfebrería distribuídos en todo el país. Más todavía, comienzos de la organización de estados había en las altiplanicies, donde el desarrollo cultural era más notorio. Visto en su conjunto, creo no exagerar al apreciar el nivel cultural realizado por los indios colombianos hasta el comienzo de la conquista, igual al ostentado por los germanos en la época de César y Tácito. 

Fue en 1501 cuando Rodrigo Bastidas y Juan de la Cosa descubrieron la costa Atlántica de Colombia, en tanto que Balboa en 1513 cruzó el estrecho del Darién, alcanzando la costa del Océano Pacífico. En 1522 Andagoya siguió a lo largo de esta hasta la desembocadura del río San Juan, mientras que poco después Pizarro y Almagro en su viaje al Perú exploraron la costa Pacífica a todo su largo. Entre las bases establecidas en los litorales Atlántico y Pacifico, las de Panamá, Cartagena y Santa Marta todavía existen hoy en día. Tanto desde Santa Marta como desde Coro, el establecimiento de los Welser, se exploró fuera de la Cordillera Oriental el curso del río Magdalena, mientras que desde Cartagena se atravesó Antioquia y desde Perú se colonizó el sur del país. En 1538 se encontraron Quesada, Belalcázar y Federmann en la altiplanicie de Bogotá. Quesada había navegado Magdalena arriba, para escalar la montaña en la región de Opón y sujetar rápidamente a los chibchas. Federmann, en cambio, había cruzado la cordillera desde Coro, para luego seguir al pie de ella y subir al frío páramo del Sumapaz y de allí descender a la sabana de Bogotá. Belalcázar, oficial de Pizarro, por su parte, después de someter el valle del Cauca desde Quito y atraído por la fama del imperio de los chibchas, había bajado por el río Magdalena hasta la desembocadura del río Sabandijo, para desde allí ascender a la altiplanicie. Completada al mismo tiempo la travesía de Antioquia por parte de Vadillo, hasta tropezar este con las fuerzas de Belalcázar en el valle del Cauca, el país había de considerarse descubierto y conquistado, sin perjuicio de los numerosos vacíos que quedaban todavía por llenar y la cantidad de tribus aún resistentes. La audacia desplegada por esos conquistadores españoles, de número tan reducido, tanto en su travesía de la espesa selva como en abrirse paso por tanta tribu enemiga fuerte, pocos antecedentes tiene en la historia, ni mucho menos casos de haberse superado. Pero nuestra admiración se va trocando en una aversión irrebatible a medida que nos enteremos de que la sed de oro era el único móvil de sus aventuras, acompañadas de crueldades sin antecedentes y de alevosías sin número. 

Dedicados principalmente al avasallamiento de la población indígena, los primeros decenios solían llamarse de los conquistadores. Los virreyes y visitadores en ejercicio del poder acostumbraban cambiarse a los pocos años, o sea cada vez que la lejana corte se enteraba de sus abusos y crueldades, motivos para destituirlos. Una administración ordenada apenas se estableció en 1564, cuando Nueva Granada se elevó a presidencia, al paso que desde 1719 se tomó en virreinato con carácter provisional, condición que se perpetuó desde 1740. Abarcó fuera de la propia Nueva Granada también la provincia de Quito, lo mismo que la actual Venezuela. Esta última, por cierto, volvió a desligarse bajo el nombre de capitanía general de Caracas. La capital del virreinato era Santafé, la Bogotá de hoy, situada bien país adentro, la cual el virrey solía trocar por Cartagena como su residencia apenas en tiempos de guerra, para mejor defender la costa contra la amenaza de los piratas, tanto ingleses como franceses y holandeses. El centro del poder eclesiástico lo formaba el arzobispado de Santafé. 

Salvo escasas excepciones, los altos puestos públicos, tanto civiles como eclesiásticos, no se llenaban con criollos, sino con españoles de la madre patria, los llamados chapetones. Limitada su permanencia en la colonia generalmente a unos pocos años, les era vedado tanto el contraer matrimonio como el adquirir propiedad raíz. Tales medidas se basaban en la idea fundamental de excluir la formación de relaciones más estrechas entre los altos funcionarios y la colonia, las cuales, a tan larga distancia, se consideraban como un peligro para incitar a la independencia. Para facilitar la supresión de la población, se trató por todos los medios de mantenerla aislada tanto del exterior como de mayores intercomunicaciones internas. Al efecto se prohibió el comercio exterior, reduciéndose a la vez el intercambio con la madre patria a una sola caravana marítima al año, así como tampoco nada se hizo para mejorar las vías de comunicación dentro del país. Así como la sed de oro había traído a los conquistadores, el afán de extraerlo continuó siendo la preocupación principal de la administración colonial española. No solo nada se hizo para fomentar la agricultura y la industria, sino además se tomaron medidas para retardar su desarrollo, por una parte para proteger a los indios contra la mita, y por la otra, para salvar tanto a la madre patria como a otras colonias de la competencia indeseable. Numerosos monopolios y gravámenes aduaneros limitaban el progreso de los colonos, en tanto que una rígida censura supervisada por la inquisición mantenía en jaque todo progreso intelectual.

Durante la época de la transmigración de pueblos las tribus conquistadoras solían contentarse con la posesión de una a dos terceras partes del país invadido, al paso que los españoles en América se incautaron todo el país como propiedad de la corona, con falta completa de respeto a los derechos de los indígenas. Apartado por la corona lo que estimaba conveniente para su propia posesión, cedía el resto, bajo el nombre de “encomiendas”, a los conquistadores por la duración de una o varias generaciones, o, más tarde, a los favoritos de la corte. A los indios, en cambio, al principio se les obligaba a trabajar sumidos en la esclavitud tanto en las minas como en los cultivos. Pero incapaces como eran de resistir semejantes esfuerzos y soportar los maltratos infligidos por los españoles, murieron en número considerable, en tanto que otros en grandes cantidades se suicidaron. Así las cosas, toda la raza estuvo a punto de desaparecer, si no hubiera sido por la noble intervención de los dominicanos, encabezados por el obispo Las Casas, ante la corte madrileña, a efecto de que promulgara ordenanzas contra el avasallamiento de los indios. Cierto es que, debido a lo distante de la madre patria, aquellas ordenanzas no siempre fueron cumplidas al pie de la letra, pero, no obstante, lograron mejorar esencialmente la suerte de los indios, y hasta salvarlos de su extinción. Restringidos como quedaron al terruño, y obligados a entregar a los encomenderos parte del fruto de sus labores, ya no podían en cambio tratarse como esclavos ni venderse, a la vez que los trabajos obligatorios se limitaron a los fines relacionados con el sustento, quedando prohibido extenderlos a la satisfacción de exigencias suntuosas. Con frecuencia a los indios se les concentró en sitios especiales, los llamados resguardos, en los cuales a los blancos les quedó vedado adquirir propiedad raíz e instalarse. Esclavos negros se importaron para eximir a los indios de los trabajos en las minas y de los cultivos de la tierra caliente. En general su trato fue más considerado que el propiciado a sus congéneres importados a Norteamérica, si bien es cierto que sus amos de aquí se preocuparon menos por su alimentación y estado de salud. Pero a menudo los dejaron libres, o, al menos, se acomodó el precio de su rescate. Contadas fueron las veces que extranjeros obtuvieron permiso para visitar las colonias españolas, aun con permanencia limitada. La inmigración, insignificante de por sí, se reducía a provenientes de la madre patria. Estimada para Venezuela en cien almas al año, la de Nueva Granada no la habrá sobrepasado en mucho. Gradualmente vino estableciéndose una marcada diferencia entre los “chapetones” y los criollos nacidos en la colonia, que a menudo se mezclaron con indios y hasta con negros. 

Excepción hecha de los primeros años, Nueva Granada no ha experimentado ninguna sublevación india. Pero casi al mismo tiempo que en 1781 en el Perú se levantó Tupac Amarú, el establecimiento de nuevos impuestos en el territorio hoy conformado por Santander y Boyacá motivó la rebelión de los “comuneros”, que en marcha llegaron hasta los umbrales de Bogotá. El virrey, falto de otra solución distinta, aceptó sus demandas, celebrando el contrato del caso, para luego romperlo en la forma más indecorosa y castigar cruelmente a los iniciadores del movimiento. 

Establecida así la primera señal de la voluntad criolla de independizarse, habrían de transcurrir treinta años hasta cuando se presentara la segunda. Innegable es el espíritu progresista introducido entre tanto en la administración gracias a la obra de unos virreyes inteligentes. Así que se habían mejorado vías de comunicación, se habían construido puentes, se habían introducido mejoras en la esfera educacional. Mutis, botánico español, se había rodeado de un núcleo de jóvenes deseosos de iniciarse en las ciencias naturales, con Caldas a la cabeza, a la vez que en Bogotá empezó a circular un periódico. Pero con todo, la política general de la tutela incondicional y del aislamiento continuaban sin variar. No obstante, o quizá así fomentada, la divulgación clandestina de las ideas de un Voltaire, de un Montesquieu y de un Rousseau prosperó al igual que más tarde la de la revolución francesa, con entusiasta beneplácito. Cundió el ejemplo de Norteamérica, incitando a su imitación. 

Pero la verdadera chispa de la sublevación la produjo la ocupación de la madre patria por Napoleón. Malograda la tentativa emprendida en 1806 por Miranda desde la isla de Trinidad, acabada de pasar esta a manos de los ingleses, de derrocar el dominio español, la agitación popular continuó en aumento, toda vez que tampoco las cortes de Cádiz habían accedido a prestar atención a las demandas de las colonias de su equiparación con la madre patria. En 1810 se reunieron ciudadanos sobresalientes tanto en Caracas como en Cartagena y Santafé de Bogotá (20 de julio), tomando las riendas del gobierno. Aunque emprendido el movimiento en nombre del Rey Fernando y en defensa de sus derechos, el paso en realidad ha de tomarse por el comienzo de la independencia, la cual tal vez ya en aquel entonces era en secreto el objetivo que iluminaba la mente de sus iniciadores. Rechazadas estas Juntas por el gobierno de Cádiz, claro está que su mera existencia significaba la apertura de las hostilidades. Ya en 1811 un congreso elevó a república las provincias de Nueva Granada, con el entendimiento de reconocer a Fernando tan solo a condición de que gobernara desde Bogotá, concesión que, por cierto, también quedó abolida en 1813. 

En tanto que los españoles por lo pronto se abstuvieron de tomar medidas enérgicas contra el movimiento revoltoso, las fuerzas de los republicanos empezaron a entorpecerse a consecuencia tanto de la envidia surgida entre las provincias como de la disputa que estalló entre el gobierno de Cundinamarca, con Nariño a la cabeza, y el Congreso por su parte, por la cuestión de si la nueva organización política habría de establecerse sobre una base federal o central. Mientras tanto, el general español Monteverde, favorecido en su empeño por el horrible terremoto del 26 de marzo de 1812, había logrado volver a subyugar a Venezuela, capturando a la vez a Miranda, cabeza e iniciador de la revolución. Ahora Simón Bolívar, escapado como único de los conductores revolucionarios, volvió a acometer la tarea de libertar a su patria, entrando al efecto a Caracas el 6 de agosto de 1813, saludado con júbilo como “el Libertador”. Al mismo tiempo, Nariño había obligado a retroceder al general español Sámano en el valle del Cauca, frustrando así el avance de este, realizado desde Quito. Empero, ya el año de 1814 trajo otro cambio de suerte, por cuanto las fuerzas de Nariño fueron aniquiladas por los habitantes del valle del río Patía, a la vez que él mismo cayó prisionero de los españoles. En Venezuela, por otro lado, las fuerzas republicanas también sufrieron una derrota decisiva, con recuperación por parte de los españoles de todo el país, excepto los llanos. Pero, sin perjuicio de esta situación crítica, las rivalidades en Nueva Granada perduraron, hasta el punto que, a consecuencia de ellas, Cartagena le negó toda colaboración a Bolívar, obligándolo a embarcarse a Jamaica. Al mismo tiempo España, libertada del yugo napoleónico y con Fernando reincorporado, se había preparado para un mayor despliegue de fuerza. Al efecto, Morillo desembarcó a mediados de julio de 1815 en Santa Marta, a la cabeza de un fuerte contingente de tropas. La rendición de Cartagena, ciudad que tras larga y valerosa defensa cayó en su poder el día 5 de diciembre, fue apenas el paso pre­vio para la reconquista de todo el país. Escritores colombianos hay que pretenden que, con una prudente moderación por su parte, los españoles, aprovechando la fatiga provocada por la guerra, hubieran podido lograr el pronto restablecimiento del orden y de la obediencia en el país. En cambio, el régimen de terror establecido con alevosa violación de todas las promesas no pudo menos de amargar los ánimos, para enardecer en ellos el deseo impetuoso de volver a liberarse del yugo español. 

El día de San Silvestre de 1816 el incansable Simón Bolívar volvió a desembarcar en el litoral de la Venezuela oriental. Entorpecidas todavía las fuerzas republicanas por las rivalidades entre sus conductores, los años de 1817 y 1818 no permitieron mayores despliegues, limitándose las actividades a unas escaramuzas de menor escala en los llanos. Pero en abril de 1819 Páez logró una brillante victoria sobre Morillo, en tanto que Bolívar empezó el cruce de la cordillera que habría de liberar a la Nueva Granada. Fue el 7 de agosto cuando se libró la batalla decisiva de Boyacá. Cuando Bolívar entró a Bogotá el día 10, el Virrey Sámano ya se había puesto a salvo, al paso que la liberación de la mayor parte del país no se hizo esperar. Impresionado por tal batalla, el congreso de Angostura, hoy Ciudad Bolívar, declaró la unificación de Nueva Granada y Venezuela en la sola República de Colombia. 

Para fortuna de los republicanos la revolución de Riego y Quiroga impidió el embarque de las fuerzas armadas preparadas entre tanto con destino a América, así que el año de 1820 pasó en combates de menor alcance. Fracasadas las negociaciones de paz entabladas hacia fines del año, la guerra volvió a iniciarse en abril de 1821. Al paso que el 24 de junio Bolívar y Páez ganaron la segunda victoria decisiva cerca de Carabobo, a Sucre le corresponde el mérito de haber desalojado a los españoles del Ecuador, país que se unió a la República de Colombia. Pero otra vez el peligro se tornó inminente, de manera especial en el norte, donde el general español Morales acababa de apoderarse de la importante ciudad de Maracaibo. Pero el 24 de julio de 1828 el valeroso almirante Padilla logró vencer a la flota española en el lago de Maracaibo, obligando a la vez a Morales a rendirse. Con la ocupación de Puerto Cabello ocurrida el 8 de noviembre, la bandera española se había arriado en todo el territorio colombiano. Mas el tomar por asegurada la independencia, no obstante, era prematuro, en tanto que el Perú siguiera ocupado por un fuerte ejército español. En consecuencia, Bolívar y Sucre a la cabeza de tropas colombianas se apresuraron a asistir al Perú, liberándolo por medio de las victorias de Junín y Ayacucho, servicio que el Perú agradeció unos años más tarde dirigiendo las armas contra sus libertadores. 

Apenas conjurado el peligro exterior, las rivalidades internas volvieron a manifestarse en todo su rigor. Pero me parece fuera de lugar el pretender considerar aquí en detalle los sucesos, menos todavía cuando no parece concluida todavía la apreciación histórica ni de ellos ni de las intenciones y el carácter de Bolívar. Cierto es que Bolívar en el curso de la. guerra contra España había logrado unificar en una sola república los tres países de Nueva Granada, Venezuela y Ecuador. Liberado ahora también el Perú, su idea fue la creación de una gran confederación andina que fuera de los tres países abarcara tanto al Perú como a la América Central y a Méjico. Pero en tanto que el congreso de Panamá, convocado por él para tal fin, no dio resultados dignos que digamos, dentro de Colombia las tendencias particularistas ganaron terreno en sorprendente escala. Bolívar, íntimamente convencido de que su patria precisaba tanto del orden como de un gobierno fuerte infinitamente más que de toda libertad radical, se empeñó por una presidencia. vitalicia con facultades bien amplias, a la vez que rechazó la corona real, que le fue ofrecida por sus seguidores, aunque según sus adversarios en realidad el obtenerla hubiera sido su anhelo más íntimo. Los liberales, encabezados por el vicepresidente general Santander, opusieron la más vehemente resistencia a los planes de Bolívar, pretendiendo no haber convenido en el derrame de tanta sangre por sacudir el yugo español, a trueque de una dictadura. Fracasado un atentado contra su vida, el malogro de sus intenciones unido a la ingratitud de los pueblos por él liberados, culminada con la exigencia de su destierro, enfermaron a Bolívar hasta el extremo de causar su muerte, ocurrida en San Pedro cerca de Santa Marta el 17 de diciembre de 1830, cuando estaba de viaje a Europa. 

Pocos meses antes, tanto Venezuela como Ecuador habían declarado su independencia, mientras que las demás provincias, tras derrocar al partido militar en tenaces luchas, en 1832 cedieron su constitución bajo la denominación de República de Nueva Granada, determinándose las fronteras en concordancia con el estado de 1810. Al Ecuador se le obligó a renunciar a la provincia de Pasto y al valle del alto Cauca, territorios de los cuales se había apoderado.

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