4.  La situación económica y el nivel cultural de Colombia  

“¿Le parece muy atrasado el país, caballero?” Esta es la discreta pregunta, con la cual el viajero europeo se ve enfrentado casi a diario, con la esperanza evidente de una respuesta negativa. Pero lejos estaba de mí sucumbir a la misma debilidad colombiana de contrariar la verdad por meras razones de cortesía. En consecuencia, mi constante respuesta era: “Pues sí, señor, lo siento mucho, pero así es,” ofreciendo casualmente mis excusas por medio de unas palabras explicativas alusivas a la configuración adversa del terreno colombiano y otras, toda vez que la importunidad de mi interlocutor no hubiera afectado mi usual buen humor. 

En efecto, y sin perjuicio de la escala aplicada, hemos de admitir que en su desarrollo cultural Colombia y los colombianos distan todavía mucho de alcanzar el nivel ocupado por Europa y los Estados Unidos, y aun aquel de otros países tropicales, incluyendo ciertas partes de Suramérica. 

Todavía es pequeña la proporción del territorio ocupado por el hombre. El istmo de Panamá, en tiempos de su descubrimiento de relativamente densa población, está hoy en día en su mayor extensión cubierto por espesa selva, abundante en lluvias y focos de fiebre y habitado apenas por escasas hordas de indios. La misma selva exuberante está cubriendo también toda la vertiente occidental de la cordillera, para extenderse alrededor de las vertientes septentrionales de las cadenas occidental y central y luego seguir el cauce del río Magdalena y sus afluentes hacia arriba, hasta alcanzar los 5½° de latitud norte. Con escasas interrupciones vuelve a aparecer también al sur de esta posición, cubriendo los desfiladeros septentrionales de la Cordillera Oriental hasta el lago de Maracaibo, lo mismo que gran parte de sus vertientes orientales, para unirse al sur con la selva de la llanura oriental. Todas esas regiones han seguido hasta hoy en día como refugio de las tribus de indios salvajes. En las planicies de los llanos orientales, con base en su suelo fértil y su magnífica red de vías fluviales tal vez llamados a convertirse en extensa región de floreciente agricultura y activo movimiento comercial Orinoco abajo, hoy apenas pastan manadas de reses semisalvajes destinadas al consumo interno colombiano, en tanto que escasos cultivos satisfacen las necesidades más apremiantes de los pocos habitantes. 

Tan solo en las partes céntricas de las cordilleras, o sea a gran distancia de la costa, encontramos una población de mayor densidad, a la vez que extensiones de cultivos dignos de mencionar. Pero aun así, de esas regiones, calificables de cultivadas, la selva ha desaparecido apenas por partes, estando, fuera de eso, bajo cultivo y uso ganadero apenas una parte del terreno desmontado, mientras que lo demás está cubierto de matorral y rastrojo inútiles y de aspecto heterogéneo, a no ser que aparezca la roca pelada, por haberse llevado los aguaceros tropicales toda la capa vegetal. 

El total de los indios salvajes se estima en unas 150.000 almas, en tanto que el censo de 1870 revelaba una población civilizada de 2.900.000, que puede haber aumentado hoy en día a un poco más de 3.000.000. Comparando, tenemos pues que un territorio de extensión de una y media a dos y media veces el Imperio Alemán —depende del criterio aplicado sobre el curso de las fronteras todavía sin definir— tiene una población que apenas excede a la del reino de Sajonia. De ella la mayor parte, o sea 2.650.000, vive en la región andina, que, con su extensión de 8.900 millas cuadradas, denuncia un promedio de 300 habitantes por milla cuadrada, a diferencia de 4.620 en el Imperio Alemán. Ahora bien, tanto el estímulo y, desde luego, el roce, requieren como caldo de cultivo cierta densidad de población como primera condición para incitar a la ayuda mutua y para desarrollar la división del trabajo, ambas promotoras esenciales del progreso cultural. En cambio, es la población escasa y dispersa una de las causas del mal estado de las vías de comunicación, tan indispensables para la explotación de los recursos naturales. 

Esta se extiende hasta la selva, la cual en su interior guarda tanto producto valioso, por ejemplo la corteza de quina, que ha venido demostrando su papel importante para el comercio. Pero es lógico que también la riqueza de la naturaleza tropical tienda a agotarse, en caso de continuar el hombre aprovechándose de ella sin hacer ni el más mínimo esfuerzo para conservarla. Obvio es, por otra parte, que la vida selva adentro escasee de casi todo lo que pudiera estimular un desarrollo civilizador. 

Indiscutible es también la relación existente entre el bajo nivel del desarrollo económico alcanzado y la extensión y calidad de los terrenos dedicados a la ganadería, sin perjuicio del indudable progreso de esta en comparación con su estado en la época precolonial, pues a los conquistadores españoles les corresponde el mérito de haber traído los primeros animales domésticos, desconocidos antes como integrantes de la fauna americana. Cierto es que la res del país es poco rentable en cuanto a carne y menos aún en leche, motivos por los cuales sirve apenas para el consumo doméstico, excepción hecha de las pieles. Pero no menos cierto es también que la negligencia en el cuido de los animales no permite dar más. 

En materia de cultivos, la característica más importante es su gran variedad, ya que casi todas las plantas cultivables del mundo se hallan presentes a relativamente poca distancia. Pues el clima tropical unido a la facilidad de una amplia rotación de cultivos produce abundantes cosechas. En cambio es innegable que la primitividad de la empresa agrícola limita la producción, en tanto que las comunicaciones deficientes dificultan la distribución de los productos. Tanto así es que en Boyacá muchas veces la papa no retribuye su transporte al mercado, en tanto que en el litoral norte el trigo crecido en la sabana de Bogotá no puede competir con la harina norteamericana. Queda, por lo tanto, el café prácticamente como único producto agrícola apto para la exportación. 

Un cuadro más alentador lo ofrece la minería. Habiendo encontrado oro en grandes cantidades en poder de los indios con ocasión del descubrimiento del país, los españoles hicieron de los metales preciosos su mayor punto de atracción relacionado con las nuevas colonias. Antes de 1720 y luego de 1800 a 1820 la Nueva Granada era el principal productor de oro del mundo, con una participación del 35% en la producción total, estimándose su exportación durante los tres siglos del dominio español en un poco más de un millón de kilogramos. En tanto que la cuantía absoluta se mantuvo también más tarde, el descubrimiento de los ricos yacimientos de oro tanto en Rusia como en California y Australia le hicieron perder terreno a Colombia en su categoría (1). De por sí de cierta importancia, la minería de plata nunca ha alcanzado a jugar el mismo papel que la del oro. En la actualidad el Estado de Antioquia está marchando a la cabeza en la explotación de ambos metales, a la vez que las minas tanto del Tolima como del Valle del Cauca y del norte de Santander están apenas en vía de reanudar su explotación, mientras que en el Chocó, territorio que se extiende sobre la vertiente oeste de la Cordillera Occidental y llamado la California colombiana, la espesa selva y el clima mortífero todavía prohiben la penetración del hombre. La transformación de los minerales padece todavía del bajo nivel cultural general, así que la fundición se limita a restringidos lugares, motivo por el cual a falta de poder aplicar la amalgamación, el mineral como tal se despacha a Europa. Cierto es que parte de las utilidades para en manos extranjeras, ya que numerosas minas son de propiedad de compañías europeas, hecho que, si bien es lamentable para el país, también lo favorece, manteniendo las minas en explotación.

De los yacimientos, tanto de carbón como de hierro, casi limitados a la Cordillera Oriental, poco provecho se ha sabido sacar en el pasado, ya que la industria colombiana, al igual que la de la mayoría de los países coloniales tropicales, no ha salido todavía de su estado incipiente. Aquí unos ejemplos en vía ilustrativa: Las fibras sacadas de las hojas del fique, una «fourcroya» parecida al agave, se convierten en lazos, alpargatas y otros artículos, en tanto que la paja suministrada por la carludovica palmata, pequeña palmera de abanico, en algunos sitios sirve para elaborar sombreros de paja, que, aún en cantidad insignificante, se exportan como sombreros de Panamá (2). En las tierras altas de Boyacá lo mismo que en los alrededores del Socorro, siguen tejiéndose todavía a la antigua manera india paños para pantalones y ruanas de algodón y tal vez hoy también de lana, en tanto que en varias regiones existen alfarerías rudimentarias. Muebles un tanto toscos y artículos de talabartería se confeccionan. Mientras que en las ciudades la artesanía ha logrado elevar un tanto su nivel gracias a la influencia de ciudadanos franceses e italianos inmigrados, las pocas empresas industriales intentadas en el pasado para una producción al por mayor, han fracasado en sus comienzos. Por lo tanto, los artículos manufacturados requeridos por el consumidor necesariamente siguen importándose de Europa y de los Estados Unidos. 

El valor total de las importaciones realizadas durante el año fiscal de 1882/83 está indicado en $ 11.500.000 o sea 46.000.000 de marcos, con la probabilidad de exceder esta cuantía en algo, desde que los altos derechos de aduana suelen producir declaraciones inferiores en valor, en tanto que las declaraciones relativas a las exportaciones, acostumbran sobrepasar su valor real porque abarcan el alto costo del seguro marítimo. Una escala un tanto más fidedigna para la comparación la ofrece la cotización cambiarla, aunque esta, a su vez, se afecta en sumo grado por la fluctuante relación entre el precio del oro y el de la plata, pues en tanto que el valor del peso, en la realidad, por lo menos, está fundado sobre el patrón de plata, las importaciones oriundas tanto de Europa como de los Estados Unidos, en general son pagaderas en oro. Al parecer, hasta 1883 las importaciones se mantuvieron en equilibrio con las exportaciones, mientras la disminución posterior de estas provocó un alza de la prima cambiaria al 25%. La baja, ya iniciada en los años setenta en la exportación de tabaco e índigo, había encontrado su contrapeso en el incremento inusitado de la exportación de corteza de quina, provocado por el descubrimiento de la corteza de la cuprea en las cercanías de Bucaramanga. Pero a causa de la ulterior barrida de la corteza del mercado londinense y de los fenómenos adversos ocurridos al mismo tiempo en el mercado del café, el comercio exterior llegó a un estado tal que en 1884 las exportaciones de oro y plata unidas a la del café, pieles y otras de menor importancia ya no alcanzaban a cubrir las importaciones, en tanto que las quejas sobre la mala situación de los negocios se generalizaron en todo el país.

No obstante, las importaciones consideradas en proporción a la población numérica no se pueden calificar de altas, en comparación, por ejemplo, con el estado de cosas en las colonias tropicales de Inglaterra y Holanda. Es cierto que el papel jugado por Colombia en el comercio mundial es mucho menor en importancia que el de aquellas, pero sería inútil buscar la causa del fenómeno en un aislamiento o en una independencia del país, económicamente hablando. Tal como hemos visto, la industria colombiana está lejos de poder satisfacer aspiraciones superiores a cierto nivel, en tanto que muchas de ellas quedarán del todo sin cubrir, simplemente por falta de medios para pagarlas. Dicho de otro modo, el colombiano es un pueblo pobre, hecho que lo evidencia un vistazo sobre su tenor de vida. 

Como el país mismo está suministrando en todos sus niveles de altura los productos allí cultivables a base de poco esfuerzo, la alimentación del pueblo no adolece de deficiencia, si bien la preparación de los platos en general deja que desear. En cuanto a la vestimenta, la naturaleza tropical ayuda a limitar las necesidades, cometiéndose por lo tanto un error al relacionar la deficiencia del ropaje con un estado de pobreza, ya que hasta los aristocráticos caballeros que en Bogotá andan vestidos a la última moda parisiense, no tienen inconveniente alguno en calzar zapatos rotos en sus viajes. Llenas las antesalas de los bogotanos acomodados de muebles europeos y de lujosos espejos, hasta no caber más, sus habitaciones y dormitorios, lo mismo que sus casas de campo apenas ostentan un mobiliario bastante escaso; de las instalaciones de las habitaciones de las clases populares, media e inferior, ni hablar, ya que todo artesano o campesino alemán se avergonzaría de ellas. El que más de la mitad de la población viva en ranchos miserables, también es cierto. En tanto que las lámparas de queroseno apenas las usan contadas familias acomodadas en las ciudades mayores, en general se consumen velas de cebo de mala calidad. La quinina, a toda evidencia creada por la naturaleza para combatir las numerosas fiebres, resulta un medicamento muy raro aquí, en el país de su origen. Libros se encuentran raras veces, en tanto que cuadros de aceptable valor artístico brillan por su ausencia. 

Se podría argüir que una vida tan austera no está reflejando necesariamente un estado de pobreza, ya que a la voluntad de cada cual quedaría el orientar la suya particular hacia niveles más agradables, aun en el ambiente tropical, de por sí un tanto antagónico a una actitud ambiciosa. 

Aunque acertado hasta cierto punto, me parece no obstante que tal argumento no abarca el problema en toda su magnitud. Pues para llegar a la meta no basta que la gente proceda a construir sus casas más a su acomodo. Habría que equiparlas también en el mismo sentido progresista. Pero ¿cómo hacerlo? Para poder adquirir en mayor escala los objetos de arte y artesanía implicados, primero necesitarían o bien crearse o traerse de fuera. Obvio es que para elaborarlos habría que aumentar la potencia productora, en tanto que para importarlos sería menester incrementar el poder adquisitivo del país en moneda extranjera. Pero esta última medida sería de alcance limitado, por cuanto el déficit no es originario de la falta de producción de bienes exportables, sino de la dificultad de su venta. 

En Colombia la propiedad se halla distribuida de una manera más favorable que en muchos otros países tropicales, en donde a la satisfacción originada en el conjunto de su riqueza se mezcla la amargura que surge al contemplar lo reducido del número de sus usufructuarios, en tanto que la gran mayoría de la población vive en una esclavitud o una servidumbre tal, como si ella no existiera sino para trabajar en satisfacer los menesteres de sus amos. Abolidas la esclavitud y la servidumbre de los indios, en Colombia todos los componentes de la población son iguales por lo menos ante la ley, sin distingos de origen ni de color, pero tal estado de cosas no se ha traducido todavía por completo a la práctica pues el pobre indio sigue dependiendo en muchos aspectos del terrateniente; todavía continúa muy problemático el que los jueces salgan en defensa de sus derechos, en tanto que son solamente las clases inferiores las que se enrolan para prestar el servicio militar. Pero preciso es admitir que hace apenas unos cuantos decenios cosas por el estilo estaban todavía en boga en países europeos que a la vez se ufanaban de su nivel de cultura. Consideradas desde el punto de vista social, las condiciones de Colombia se asemejan a las reinantes en las provincias orientales de Prusia, predominantemente dedicadas a la agricultura, exceptuando la intervención estatal allí existente. Ni aquí ni allá se contemplan problemas sociales de importancia, toda vez que a falta de la industria misma no hay trabajadores industriales que pudieran originarlos. 

A pesar del innegable progreso alcanzado en el transcurso de los últimos decenios, la educación popular dista mucho de igualar a la nuestra, siendo así que todavía ni la mitad de la población sabe leer y escribir, en tanto que el pueblo sigue hundido en la superstición en un grado difícil de imaginar. La disciplina intelectual de las clases superiores adolece de superficialidad, a la vez que, muy contrario a la norteamericana, desatiende el aspecto práctico, motivo por el cual el país para toda realización en el campo técnico necesita la asistencia del extranjero. Para el desarrollo de la ciencia, así como del arte y de la literatura, Colombia casi no ofrece base todavía, ya que tanto el bajo nivel del bienestar nacional como la organización democrática todavía no permiten ejercer profesiones en las materias, a la vez que, por otra parte, el intercambio intelectual con el exterior se dificulta demasiado. Ciertos comienzos de una vida científica habidos al principio del siglo, cayeron víctimas de la guerra de la independencia, en tanto que varios de los jóvenes científicos perdieron la vida, ya sea en el campo de batalla o bajo el hacha de los verdugos de Morillo. Pocos son los acontecimientos científicos acaecidos en los sesenta años de vida republicana transcurridos. Del campo de la historia patria se ocuparon Restrepo, Joaquín Acosta, Plaza y Groot; en tanto que Vergara presentó la historia de la literatura de Nueva Granada, Uricoechea y Zerda se dedicaron al estudio de las antigüedades indias, mientras que Cuervo elaboró un diccionario de la lengua española. Caro se dedicó a la traducción de Virgilio, J. M. González reins­taló el observatorio astronómico y Triana está dedicado a la flora de Colombia. En el campo de la poesía dramática y de la novela los frutos no han madurado todavía; en el de la poesía lírica no soy muy competente, aunque me parece que entre el diluvio de su producción no habrá sino pocas obras realmente sobresalientes. Para las artes plásticas y gráficas parece que el suelo todavía no está preparado. 

Tratando de resumir nuestras consideraciones sobre el desarrollo intelectual colombiano, el resultado no puede diferir de nuestra opinión emitida sobre el progreso económico. Es decir, que en el campo de la cultura tanto material como intelectual el cuadro sintetizado no es halagador, pues el nivel de cultura todavía dista mucho del alcanzado por otras naciones civilizadas, a la vez que el progreso parece un tanto demorado. 

¿Cuál será el elemento retardante? ¿Lo encontraremos en la misma naturaleza del país? ¿O en su desarrollo histórico? ¿O tal vez en el carácter nacional? Para ser justos, preciso será excluir de antemano toda comparación tanto con los Estados Unidos como con Chile y la Argentina, y limitarnos a aquella con otros países tropicales, eliminando a la vez el efecto distintivo que las diferentes latitudes ciertamente ejercen sobre el proceso civilizador. En tanto que la naturaleza tropical por un lado le brinda al hombre con un esfuerzo moderado todo lo que es esencial para su alimentación, vestimenta y techo, a la vez lo priva de alicientes más poderosos para trabajar. Tanto la selva como la llanura de los trópicos estorban sencillamente la comunicación al igual que la colonización, aislando al hombre y retardando por lo tanto su progreso así económico como intelectual. El calor tropical, a la vez que le prohibe al europeo y especialmente al de origen germánico, el esfuerzo físico, debilita su capacidad intelectual, sin contar el efecto perjudicial que la fiebre y otras enfermedades producen sobre su estado de salud y hasta sobre la duración de su vida. Mientras que los indios se afectan por los mismos fenómenos, los negros y zambos parecen los únicos humanos resistentes al clima tropical. Unicamente a mayor altitud sobre el nivel del mar el europeo encuentra condiciones de vida parecidas a las brindadas por los países de la zona templada. 

Diversas circunstancias, de orden tanto natural como histórico, han provocado, en escala mayor que en otros países tropicales, una concentración preferencial de los habitantes en las montañas, y especialmente sobre las altiplanicies. Pero en verdad, las ventajas climáticas así aseguradas se ven enfrentadas a factores desventajosos. Colombia suele señalarse como país especialmente privilegiado, calificación escuchada con más frecuencia dentro de sus fronteras que afuera y que se basa no solamente en sus yacimientos de oro y plata, sino también en la gran variedad de los productos compaginables en su cultivo, con el carácter montañoso de las partes habitadas. Pero el barón von Thielmann acierta desde luego (3) al subrayar el hecho de que la posibilidad teórica de cultivar plantas de todas las zonas por sí sola no debe tomarse por riqueza todavía. Además es indispensable tener en cuenta que considerables extensiones de terrenos o bien son áridas por naturaleza o han venido tomándose así por inconsideración del hombre. Factor decisivamente adverso a la explotación de la riqueza lo constituye el problema del transporte, pues en tanto que en Venezuela la montaña cultivable se ele­va en inmediaciones de la costa, la colombiana se halla en general separada del mar por medio de extensas llanuras escasamente pobladas o de selvas impregnadas de la fiebre, estando además tan subdividida, que toda comunicación de una población a otra generalmente requiere el cruce de altas cadenas de montaña. Así las cosas, la apertura de considerables partes del país requiere la construcción de numerosas líneas férreas y carreteras.

Obvio es que tales obstáculos naturales habrían podido vencerse en un grado mayor del logrado, así que habrán de aducirse fenómenos políticos y morales al lado de la evidente configuración desfavorable del terreno, para explicar el atraso existente hoy en día en el desarrollo de la cultura colombiana. Insensata me parecería la pretensión de tomar por freno dilatorio del desarrollo, el hecho de haber subyugado y hasta cierto punto asimilado a los indios de aquí en lugar de eliminarlos, tal como sucedió en los Estados Unidos. Difícil es para mí imaginar que el sacrificio de los indios hubiera podido favorecer el progreso cultural, pues tal sacrificio, que estuvo a punto de ocurrir a no ser por la humanitaria intervención del obispo Las Casas, de seguro habría producido más víctimas que lamentar en la lucha de los pueblos por su subsistencia. La comparación con el caso de los pielrojas norteamericanos no puede convencer, ya que su lugar fue ocupado por blancos en número muy superior, mientras que aquí los territorios habrían quedado despoblados, no solo en las regiones bajas, sino, en vista de las deficientes vías de comunicación, también en las alturas. Mucho más difícil de contestar sería la pregunta, de si la traída de los negros ha resultado en beneficio o en contra de los intereses del país, tanto aquí como en otras naciones. Cierto es que sin su trabajo muchas riquezas habrían quedado sin extraer del subsuelo, pero tampoco cabe negar que aquí ellos hoy en día parecen detener el progreso, a la vez que constituyen un grave peligro para el futuro del país. 

Esencialmente atendido hasta ahora el destino del país por el elemento español, los colombianos de las clases superiores con preponderancia de estirpe española, acostumbran achacar toda la responsabilidad a la política colonial de la madre patria. Sin duda el hecho de limitar todo adelanto a la minería exclusivamente, aun con perjuicio de la agricultura en varios de sus aspectos, junto a otras medidas puramente egoístas tomadas por los conquistadores, no pudieron menos de estorbar el desarrollo económico e intelectual. Cierto es que así se explica el desmesurado atraso cultural que existía en las colonias españolas en la época de la emancipación, pero no menos dudoso es que aun después de que la guerra de la independencia removió aquellas trabas, el progreso tanto de Colombia como de los demás países salidos del yugo español ha sido muy lento. El gastar sus fuerzas y sus medios en querellas infructuosas y en revoluciones, tal como lo hicieron las naciones recién fundadas, desde luego no puede ser compatible con un trabajo serio concentrado en la formación de riqueza y en el progreso intelectual. 

Los colombianos, por su parte, suelen atribuir el fenómeno a su minería, resultado de los largos años de vivir bajo el yugo español, excusando a, la vez a la manera de pecados de juventud sus embrollos y luchas internas, no sin aludir a los tumultos y guerras civiles librados al efecto entre los Estados europeos antes de entrar ellos en la época comparativamente adecuada para su constante desarrollo. Admitiendo que tales observaciones aciertan en parte, no creo, en cambio, poder cargar a la cuenta de la desbordante fuerza juvenil todo lo que encontramos de disforme y lamentable tanto en la nación colombiana como en sus manifestaciones vitales. Reconozco que existe cierto paralelo entre el joven acabado de salir del ambiente disciplinario de las aulas y un pueblo que súbitamente adquiere su libertad absoluta después de prolongada dependencia. Así como al joven en presencia de la libertad recién ganada sus desbordantes fuerzas fácilmente lo mueven hacia excesos, también todo un pueblo en la situación acabada de describir corre el peligro de desacertar en la escogencia de su camino, para desgastar sus fuerzas en objetivos inútiles. Muchas cosas hemos de tenerle en cuenta al estado de juventud, tanto de las personas como de los pueblos, cuidándonos, entre otras, de censurar á los suramericanos desde un vanidoso punto de vista de la cultura europea del siglo XIX, que tan fácilmente nos seduce hacia lo exagerado y presuntuoso. Pero la falta de laboriosidad y de energía creativa, lo mismo que la aversión a la vida campestre y la inclinación hacia las intrigas políticas, como factores integrantes que son de la herencia española, lejos de ser atributos juveniles, indudablemente pertenecen a las características de la edad madura. 

A la vez que tanto Chile como Argentina están gozando de una vida palpitante y floreciente, el ritmo progresista colombiano parece menos marcado, por lo menos en cuanto al futuro inmediato se refiere. Pues dentro del país las fuerzas morales, requeridas para acelerarlo, no se vislumbran, en tanto que la inyección de fuerzas nuevas a través de una inmigración europea de suficiente magnitud no es de esperarse. Pero todo intento de anticipar un juicio sobre el futuro desarrollo de un país tiene valor apenas relativo, ya que sucesos fuera de todo alcance de la capacidad humana de prever pueden alterar por completo tanto las condiciones como la celeridad del desarrollo cultural, sea que se trate de revoluciones, inventos de gran alcance o influencias de origen religioso o moral. 

(1)  
Véase Soetbeer, Edelmetallproduktion (Producción de Metales Preciosos), Petermanns Mitteilungen, Tomo Suplementario 57, de 1879.  (Regresar a 1)
(2) 
La mayoría de los llamados sombreros de Panamá provienen de Guayaquil, Ecuador.(Regresar a 2)
(3)
“Cuatro Caminos a través de América”, Leipzig, 1879, pág. 348.(Regresar a 3)
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