5.  La posición del extranjero en Colombia 
 

 

Numéricamente considerados, los extranjeros residentes en Colombia son relativamente de poca importancia, toda vez que el número total de paisanos nacidos en Alemania apenas pasará de 200 en todo el país. Por otro lado, tanto en Bogotá, Bucaramanga, Cúcuta y Cali como en Barranquilla, Panamá y algunas localidades más, encontramos casas alemanas de comercio con dueños o gerentes alemanes y, a veces, también con empleados paisanos. En Antioquia hallamos trabajando contados mineros alemanes, en tanto que en diferentes partes del país tropezamos con pedagogos así como con artesanos y representantes de otras profesiones de nuestra tierra. En cuanto a los ingleses presentes, su número no es mayor sino antes más reducido que el de los alemanes. Siendo varias de las minas de mayor escala de propiedad británica, la mayoría de los súbditos se halla radicada en las zonas mineras. Atraídos por la demanda de artículos y servicios suntuosos proveniente de las clases altas de Bogotá, los franceses allí forman una respetable colonia, con modistas y peluqueros entre ellos, en tanto que en las demás partes del país se encuentran apenas dispersos, excepto tal vez en el istmo de Panamá con la construcción del canal en marcha. De proveniencia italiana hay latoneros, zapateros, etc., lo mismo que comerciantes ambulantes que viajan por el país. Formando entre todos los extranjeros el elemento más numeroso, componen a la vez el contingente menos respetado. Los norteamericanos, representativos de las más variadas profesiones, en su totalidad apenas alcanzarán al número de los nacionales europeos que acabamos de relatar, en tanto que austriacos, rusos, noruegos, portugueses y aun españoles raras veces se radican en el país. Contados son los extranjeros propietarios de finca raíz, al igual que los dedicados a la agricultura, en tanto que la clase labriega no está representada entre los inmigrantes europeos. 

En forma muy variada ha venido desarrollándose la suerte de los extranjeros que viven en el país, con obvia influencia de la profesión, y de la nacionalidad, lo mismo que del lugar de su radicación y de circunstancias casuales. Mientras que en Bogotá como en otras localidades de la tierra alta encuentran el clima adecuado para su constitución, los europeos suelen sufrir del calor de la tierra baja con las fiebres, la disentería, enfermedades del hígado y otras como secuela. Pero con la vida tranquila que generalmente llevan en las ciudades, el clima raras veces llega a constituirse en peligro. Cierto es que las comodidades de la vida o bien escasean o son obtenibles solamente a precios exorbitantes. Así que los ingleses, más acostumbrados que todos a las comodidades, para satisfacerlas gastan a menudo el total de sus entradas, en tanto que los italianos, primitivos y faltos de aseo, acostumbran regresar a su tierra con economías relativamente más altas. En cuanto a los alemanes, su actitud es más variada. Inclinados más hacia la inglesa, son gastadores, dándose el lujo frecuente de la costosa cerveza de su tierra, en tanto que otros, aunque bien acomodados, se contentan con el agua o la chicha como bebida, a la vez que no tocan bocado de carne en todo el día y se avienen con una instalación lo más mezquina de sus habitaciones. Lo que más le desagrada a la mayoría de los extranjeros ilustrados es su aislamiento, problema que no se limita a la vida en las poblaciones más pequeñas sino que existe también en Bogotá, Bucaramanga y Cúcuta, lo mismo que en otras localidades mayores. Las noticias de su tierra llegan apenas en forma esporádica, en tanto que conciertos y teatro, lo mismo que otros medios para satisfacer el afán de cultura general faltan por completo, a la vez que la oportunidad de sostener conversaciones estimulantes es excepcional. Pequeña como es la colonia de connacionales, se compone de elementos bastante heterogéneos, difíciles de adaptarse entre sí, en tanto que relaciones de mayor envergadura espiritual con los criollos son limitadas, por lo menos entre los alemanes y los ingleses, inclusive los casados con colombianas. Matrimonios entre extranjeros y colombianas son de alguna frecuencia, ya sea por la imposibilidad para el extranjero de buscar la esposa en su tierra o por prevalecer el deseo de casarse sobre eventuales inconvenientes o por haber sucumbido a los encantos de la criolla. Matrimonios así contraídos existen que aparentan la máxima felicidad, aunque muchos paisanos posteriormente se lamentan de haber unido su vida a la de una muchacha cuya cultura y concepto de la vida difieren tanto de los propios. Durante la estadía en el país, los niños de ordinario reciben educación a la colombiana, con el español como lengua materna y sin noción alguna del idioma paternal. También los maridos, así como la mayoría de los demás extranjeros suelen adoptar muchas propiedades colombianas, especialmente cuando el propio aporte de ilustración no es muy fuerte, empezando por la introducción de numerosas expresiones españolas en el idioma propio, para continuar por la asimilación de tal o cual concepto colombiano de la vida. Con todo, y a diferencia de la práctica prevaleciente en los Estados Unidos, suelen conservar no solamente su nacionalidad sino también su condición de buenos compatriotas, cultivando en su ánimo como ulterior aspiración aquella de regresar algún buen día a la patria. Desde luego, semejante esperanza se desvanece en muchos casos, bien sea porque los lazos familiares hayan ligado al extranjero a su patria adoptiva o porque con frecuencia, aun con muchos años de ardua labor, no ha logrado reunir los fondos requeridos para garantizarse una vida libre de preocupaciones en su tierra. Si bien es cierto que parte de los extranjeros llega a ver cumplidas las esperanzas abrigadas al pisar tierra extraña, hay muchos reducidos a una vida estrecha, en tanto que otros acaban por perder todo el fruto de sus labores. Así las cosas, parte de los inmigrantes quedará en el país, aunque sea contra su voluntad, viendo a sus hijos como colombianos íntegros, que a veces llegan a figurar entre los ciudadanos de las más altas prendas. 

A pesar de estar en tan pequeña minoría, los extranjeros han hecho méritos para ser admirados por Colombia. He aquí algunos ejemplos en vía de ilustración: Fueron ingleses quienes reabrieron las minas más importantes después que fueron expulsados los españoles, y la primera ferrería, o sea la de Pacho, también fue obra de un ciudadano británico. Las mayores plantaciones de tabaco cerca de Ambalema, Palmira y Carmen son de propiedad de ingleses y alemanes respectivamente, a la vez que la primera plantación racionalmente cultivada para producir la corteza de quina es una empresa alemana. La primera fundación bancaria en Bogotá es obra de un alemán y un danés. El mérito de la iniciación de la navegación fluvial en el río Magdalena les corresponde a extranjeros de distintas nacionalidades. Los italianos y los franceses fueron quienes promovieron la artesanía en Bogotá, en tanto que ciudadanos alemanes iniciaron el comercio de Bucaramanga y de Cúcuta. 

Los colombianos varían en su actitud para con los extranjeros. Conscientes de la ventaja que significaría el aumento de la población para su país y del progreso traído por los extranjeros, se entusiasman por la inmigración. Obvia es la amabilidad natural que en general ostentan también con el extranjero. Pero esto no obsta para que en sus adentros, especialmente las clases superiores, le profesen una aversión, que individualmente llega a extremarse hasta el odio, actitud que constituye a la vez el punto central de su pensamiento político. Son varias las causas originarias de tal aversión. Una de ellas es la ofensa sentida por los colombianos en su orgullo nacional, provocada por la opinión un tanto severa proferida por numerosos viajeros que critican abiertamente las debilidades del carácter popular lo mismo que los abusos cometidos por la autoridad pública y que dan rienda suelta a sus chistes a costa de los colombianos. Otras causas motivantes son las humillaciones y pérdidas, posiblemente a veces injustas, infligidas a Colombia a consecuencia de quejas presentadas por europeos residentes en razón de perjuicios causados a sus propiedades por las autoridades colombianas. Sin duda, entre los europeos llegados a Colombia ha habido embusteros y farsantes, los que, por raras incidencias encargados de diligencias y obras importantes, en su ejecución causaron sorpresas desagradables. También cabe la posibilidad de que comerciantes extranjeros de mala ley hayan logrado engañar directamente al gobierno o a particulares.

Pero creo no equivocarme al aseverar que la aversión de los colombianos en gran parte también tiene su origen en la envidia provocada por los extranjeros con sus éxitos, su mayor capacidad de trabajo, su ilustración superior y su mayor experiencia en el intercambio comercial. 

El que la inmigración europea, y la alemana en especial, sufra cambios esenciales en un futuro cercano, no es previsible, a la vez que en una inmigración en masa de labriegos alemanes tampoco se puede pensar, pues las regiones de mayor altura y de clima fresco, las únicas aptas para trabajos físicos de parte de los germanos, se hallan aisladas en exceso y carecen de comunicaciones adecuadas. Tanto así es que los alemanes, obligados a vivir entre la población indio-criolla, estarían expuestos a su pronta degeneración al tenor de la malograda fundación de la colonia de Tovar en Venezuela. Para los labriegos alemanes el campo de acción en su ramo en Suramérica queda restringido a las zonas situadas al sur del trópico de Capricornio, en tanto que hábiles comerciantes, lo mismo que expertos mineros y técnicos, pueden, en circunstancias favorables, hacer su fortuna en Colombia, al igual que tal vez agricultores con medios financireros suficientes. Sus actividades resultarían en bien tanto de Colombia como de la patria alemana. Llevarían la fortuna así adquirida algún buen día a su tierra, abriéndoles entre tanto el camino a los productos de nuestra industria. Contribuirían, así sea en reducida escala, a diseminar la cultura y el concepto de la vida alemanes, a la vez que representarían la fama de su nombre, haciéndose así fieles colaboradores de la gran obra patria. 

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