1. La ciudad  

En los años de 1536 a 1538 los españoles llegaron desde tres direcciones diferentes a la altiplanicie de Bogotá. Allí encontraron a los chibchas, quienes, más avanzados en su cultura que las tribus de la tierra caliente y de las vertientes de la mon­taña, ya habían progresado hasta formar estados. Una vez subyugada, en contienda de dos años, esta gente poco guerrera, los invasores resolvieron fundar una ciudad en el rincón sureste de la sabana, donde existía la aldea indígena de Teusaquillo. Desde el principio se la destinó capital de la nueva conquista española, carácter que ha conservado a lo largo de todas las peripecias políticas de los años, tanto durante la Presidencia y el Virreinato de la Nueva Granada, como en la época de la República unificada de Colombia, que comprendía a la vez a Venezuela y Ecuador, y también durante la República de la Nueva Granada, la Confederación Granadina, los Estados Unidos de Colombia, para continuar con su rango en la actual República de Colombia. Por breve tiempo, concretamente durante la Confederación Granadina, la capital formaba su propio distrito federal, al estilo de Washington, pero pronto fue incorporada al Estado de Cundinamarca, continuando hasta 1885 como capital de la confederación y de este último a la vez. El nombre original de la ciudad era Santa Fe, el cual apenas a fines del siglo dieciocho se convirtió en Santa Fe de Bogotá. Bogotá había sido hasta entonces el nombre de la antigua capital indígena que corresponde a la actual aldea de Funza, emplazada en el centro de la altiplanicie. En 1819 se le suprimieron las palabras Santa Fe, como para borrar así el vestigio del dominio español, usándose en adelante el mero nombre de Bogotá. 

Acercándose a Bogotá a través de la sabana por el camino desde Honda y Los Manzanos, el viajero llega de una vez a disfrutar del panorama más hermoso de la ciudad, para el cual la ladera de la montaña que se levanta inmediatamente al este de ella, viene formando un fondo incomparable. Coronando esta ladera, las dos capillas, la de Monserrate y la de Guadalupe, quedan equidistantes del centro de Bogotá tan solo a 1½ kilómetros más o menos, o a 2 kilómetros del extremo inferior de la ciudad, pero levantadas a 600 metros por encima del nivel de la sabana, superando así la altura que mide el Schneeberg desde la ciudad de Tetschen y la alcanzada por el Melibocus desde el nivel de la ciudad de Zwingenberg, para llegar casi a la marcada por el Inselberg medida desde Gotha. Y para terminar, tenemos la cresta ancha adyacente a la derecha de Guadalupe y llamada la Peña. Al parecer de igual altura que aquel, en realidad le gana todavía en 300 metros, para subir a los 3.528 metros sobre el nivel del mar; queda así de mayor altura, contada desde el nivel de Bogotá, que aquellas de Brocken medidas desde Harzburg e Ilsenburg. 

Difícil será encontrar medio más elocuente que estas cifras para explicarnos la diferencia tan enorme entre los climas colombiano y alemán. Al levantarnos apenas 100 metros sobre la sabana de Bogotá, ya habríamos alcanzado la altura que, en la Suiza septentrional, está demarcando el comienzo de las regiones permanentemente cubiertas de nieve. Tanto Monserrate como Guadalupe le ganan considerablemente en altura al Glärnisch. La Peña se levanta casi hasta la del Tödi, excediendo la de la Dreiherrenspitze. Pero, no obstante, tendríamos que levantarnos 1.000 metros más para llegar aquí al borde de la nieve perpetua. 

Estos montes no forman una muralla continua, hallándose, en cambio, separados por hondos abismos. Justamente en frente tenemos el boquerón del río San Francisco, encajonado como un cañón estrecho hasta encontrar el nivel de la sabana. A manera de nidos de águila las dos capillas parecen coronar sus flancos, recordándole al viajero los castillos de los caballeros bandidos de otros tiempos, antes que templos para venerar a Dios. Distanciadas tan solo kilómetro y medio entre sí las capillas, se requiere, sin embargo, una caminata de dos a tres horas para llegar de la una a la otra. Más al sur, la Peña se precipita al boquerón del río Fucha, mientras que más al norte tenemos el río Arzobispo corroyendo la montaña. 

La vertiente de esta es todo menos que uniforme. Por ambos lados del boquerón de San Francisco el sector inferior con su declive suave y su color rojizo, llamativo ya a distancia, es continuado por otro superior formado por una muralla que, también ya desde lejos, se reconoce por el predominio de sus gruesos bancos de piedra arenisca. La subida por el sector inferior queda en parte uniforme, habiendo, sin embargo, trechos interrumpidos por una cadena de estribaciones con pequeños riscos y picachos afilados, que, de intenso color rojizo, causan una impresión de raro contraste, por ejemplo detrás de la capilla de Belén. Mientras que la parte inferior de Bogotá está ubicada todavía en la sabana, el propio centro ya se halla suavemente inclinado, dominando así, visto desde la planicie, el suburbio inferior. A la izquierda de las estribaciones de Belén, abajo del pico de la Peña, encontramos la capilla del mismo nombre a una altura superior todavía en 250 metros de la sabana. Un poco más a la izquierda, pero a una elevación menor en 100 metros, está el espacioso templo de Egipto, pintado de blanco. Ambas iglesias, circundadas en forma escalonada por numerosos ranchos con sus áreas verdes intercaladas, tienen un efecto bastante pictórico. 

Muy a menudo una capa espesa de niebla envuelve la montaña desde el nivel de estas capillas y los suburbios hacia arriba. Pero con la misma frecuencia se muestra sin disfraz en todo su esplendor, presentándole la atmósfera matices de color tan fuerte e intenso que uno no se cansa de contemplar el espectáculo. El pintor paisajista encontrará aquí motivos de extraordinaria belleza, todavía sin aprovechar. Durante los últimos meses del año de 1882 observamos en dirección al boquerón un cometa que con su magnitud y sublimidad imponentes aumentaba el esplendor del firmamento, que en esta cima con su aire enrarecido y transparente ya de por sí refleja una pureza y un brillo antes casi nunca vistos. De la capital misma desde luego no es posible desde aquí tener una vista de conjunto. Para lograrla, vale el esfuerzo subir por la ladera oriental de la montaña, ojalá hasta llegar a una de las capillas de Monserrate o Guadalupe. Lo que causa una impresión un tanto molesta, especialmente desde Guadalupe, es el plan ajedrezado de la urbanización, que desde el sitio obliga a seguir con la vista a todo su largo el conjunto de las calles descendentes desde la vertiente hacia el oeste. Así, casi treinta de ellas transcurren en esta dirección, mientras que otras, en número un tanto menor, son cruzadas por aquellas en ángulo recto, pasando, paralelamente a la ladera, de sur a norte. El mayor descompás en el aspecto urbano lo forman lo dos riachuelos que con sus cauces serpenteados atraviesan la ciudad, interrumpiendo agradablemente la homogeneidad del cuadro con las manchas verdes de sus orillas. Son estos el río San Francisco, que sale del boquerón entre Monserrate y Guadalupe, y el río San Agustín que nace al pie de la Peña. Vías hay que sin interrupción continúan por medio de puentes su curso encima de estas corrientes de agua. Otras se suspenden, para seguir, tan solo parcialmente y con frecuencia un poco fuera de su trazado, en la orilla opuesta, pero no obstante conservando su dirección, con pocas variaciones debidas al desacierto del geómetra. Una excepción hacen las anchas carreteras, que no se adaptan del todo al plano de la ciudad, terminando en cambio en la periferia de su centro. Las plazas no hacen estorbo alguno, pues no son cosa distinta de cuadras encerradas entre dos pares de vías, libres de construcciones para favorecer así la variación. 

Bogotá, por lo tanto, sigue en su estructura el mismo plano sencillo que Guaduas u otra aldea colombiana cualquiera. Tan acostumbrado está el colombiano a este diseño metódico, que toda alternativa le parecería desordenada, mereciendo, por lo tanto, su desprecio. Indudablemente el estilo tan variado y confuso de las ciudades nuestras tiene su origen en el crecimiento paulatino de ellas. Pues ya los barrios más recientes de nuestras grandes urbes, lo mismo que las nuevas ciudades fundadas desde el siglo pasado, tienen, por lo general una fisonomía más sencilla. Pero, hasta donde yo sepa, tan solo Mannheim tiene esta estructura de cuadras tan horrorosa. Ciertamente no es testimonio favorable a la capacidad inventiva de los americanos del norte y del sur su tendencia a aferrarse casi siempre al mismo modelo de construcción, cuyas ventajas, por ejemplo para el tránsito, son además muy dudosas. ¿Por qué no proponerse, en cambio, crear y seguir creando algo nuevo, para adaptarlo a las condiciones locales? 

Hasta la nomenclatura de las vías y de las casas ha venido amoldándose al plan metódico de urbanización, habiéndose reemplazado hace algunos años los antiguos nombres específicos de las calles por su numeración, conforme el método en uso en la mayoría de las ciudades norteamericanas. Así las vías paralelas a la ladera de montaña, las llamadas carreras, desde aquella situada en medio de ellas se numeran hacia el este y hacia el oeste, procediéndose de la misma manera con las vías inclinadas hacia el oeste, llamadas calles, que se numeran desde la de en medio tanto hacia el norte como hacia el sur. Los antiguos nombres de las vías, cuidadosamente borrados de las casas en las bocacalles, fueron reemplazados por los solos números, pero a falta de saber leer, gran parte de los habitantes sigue usando los nombres antiguos o recurren al remedio de la descripción. El proveer las casas mismas con sus números individuales correspondientes hasta el momento no se ha considerado necesario. 

Parece que el trazado rectangular y lineal de la red vial con su sistema de denominación constituye el único parecido entre las ciudades norte y suramericanas o, por lo menos, colombianas. En cuanto a la anchura de las vías y otros detalles, desgraciadamente no se ha seguido el modelo del norte. Cierto que la estructura baja de las construcciones del país no requiere calles tan anchas. Así, las vías no sobrepasan la anchura de las callejas en una ciudad medioeval. Los andenes, de lajas de piedra arenisca, que corren de lado y lado de la calzada, apenas tienen el ancho suficiente para dos personas. Ante la costumbre arraigada de los bogotanos de las clases media y baja de nunca ceder la vía, continuamente gozamos del imaginable placer de bajar a la calzada, la cuál, en la mayoría de las calles se halla en un estado espantoso y con fuerte declive hacia el centro de la vía, para dar cabida a los llamados caños, o sea surcos abiertos, que hacen las veces de nuestras cloacas. A ellos se echan todas las inmundicias, acumulándose allí hasta cuando los torrentes del próximo aguacero se las llevan. Verdad es que con frecuencia las cantidades de agua que caen sobrepasan la capacidad de los caños en las calles despeñadizas. Entonces invaden la vía en todo su ancho, adquiriendo las fuerzas torrenciales de un riachuelo de montaña e impidiendo su cruce, a veces por horas, excepto para gentes del pueblo, que lo pasan a vado, con sus pantalones recogidos. Una noche, cuando después del aguacero las masas de agua ya habían decrecido un tanto, pude presenciar el espectáculo típico de cómo buscarse el mejor paso con la ayuda de cerillas. Cierto es que Bogotá tiene alumbrado de gas ya hace algunos años, sacando el carbón de calidad requerido como materia prima de unos yacimientos existentes en inmediaciones detrás de su periferia. Pero con frecuencia se interrumpe este servicio de alumbrado, habiendo además tanta distancia entre los postes de luz que en medio reina la oscuridad completa. En los últimos años había cogido fuerza la idea de introducir el alumbrado eléctrico. Pero sufrió la misma suerte de tantas otras acogidas con verdadero celo, quedándose sin realizar. Inclusive la alcaldía municipal había llegado a celebrar un contrato por medio del cual los empresarios se obligaban a proveer la ciudad con luz eléctrica al cabo de un año. Pero vencido el plazo sin haberse cumplido el compromiso, la administración, lejos de responsabilizar a los contratistas, ingenuamente procedió a firmar nuevo contrato con otros, que, a lo mejor, también habrá dejado de cumplirse. 

Las calles de los barrios periféricos carecen todavía de tubería de gas. Para suplir el servicio, lámparas de petróleo cuelgan de lazos a través de las vías, tal como en una que otra aldea campestre alemana es de usanza o solía hacerse todavía hace unos diez años. O, más fácil aún, se les confía a la luna y a las estrellas el papel de combatir la oscuridad nocturna. Tampoco hay rastro de pavimentación en aquellos sectores, ni siquiera de cascajos como recurso pasajero. En consecuencia, en épocas de lluvia las vías pronto se convierten en lodazales, cuyos componentes es difícil distinguir entre minerales y de origen animal. 

Las casas del centro por lo general son de dos pisos, es decir el bajo y un piso más. Construidas de adobes, son blanqueadas o pintadas de colores claros. Los techos inclinados y cubiertos de tejas de barro cocido por lo general sobresalen varios pies de la pared frontal, quedando apoyados por puntales oblicuos. Tanto estos como las cornisas de madera y los balcones acostumbrados en casi todo piso alto, al igual que los enrejados de madera presentes en todas las ventanas según la costumbre española, con frecuencia resaltan por sus obras artísticas de talla, dándoles a las casas una fisonomía simpática. 

A medida que vamos alejándonos del centro de la urbe, más pobres aparecen los barrios que encontramos. Todavía observamos casas, si bien de un solo piso, pero blanqueadas y cubiertas con tejas de barro. Poco a poco, empero, aparecen otras de estructura más reducida y de aspecto más humilde. Al fin, tornando la vista por dondequiera, topamos con un cinturón de pequeños ranchos con muros levantados de tierra pisada y cubiertos de paja, tales como en Europa suelen encontrarse todavía en Polonia y en la península de los Balkanes. 

Sin embargo, una excepción hay de esta disposición concéntrica: Sucede que a orillas de los ríos San Francisco y San Agustín estos ranchos tan humildes vienen avanzando hasta el centro de la capital. Ambos ríos, hay que decirlo, forman las al­cantarillas mayores que reciben tanto las cantidades de inmundicias traídas por los caños que en ellos desembocan como también aquellas que directamente van botándose. A consecuencia de los aguaceros, sus lechos van llenándose de un líquido de color café tinto, bajando estrepitosamente y arrastrando tanto los excrementos acumulados como también partes de la orilla misma. En cambio, las hileras delgadas en que se convierten los ríos en verano, dejan expuestas estas heces al aire, desde luego produciéndose las evaporaciones más abominables. Si bien a veces se observa a los presos provistos con horcas de palo largo, ocupados en reunir estas basuras para empujarlas a la corriente, a la manera como proceden los balseros nuestros con los troncos en la montaña; nada más hace el hombre aquí en favor del aseo de estos ríos. 

Los sitios donde ellos abandonan el perímetro de la urbe constituyen la mesa de los gallinazos, que aquí acometen el oficio de policías de sanidad, al igual que en los países orientales. Con todo esto, las orillas de las corrientes forman la parte más pintoresca de la ciudad, entendido que en las urbes tal calificación suele darse no a las hileras de casas modernas, sino a sitios intercalados entre la obra humana, que se han reservado a la naturaleza o devuelto a ella por amenazar ruina aquella, o a las construcciones antiguas que por su estilo nos parecen más vinculadas todavía a la naturaleza. También aquí lo pintoresco está en el entrelazamiento armónico de la naturaleza con la obra humana, por ejemplo las matas que cubren las orillas, los sauces altos abrigándolas con su sombra y los ranchos y puentes escondidos entre todo aquello. 

Así encontramos pintorescos los suburbios regados alrededor de la Peña y de Egipto con su disposición escalonada y sus verdores esparcidos. Esto no impide hallarlos llenos de mugre y miseria al recorrerlos. En una ciudad alemana o inglesa probablemente la mayoría de la gente acomodada construiría aquí sus casaquintas, para gozar tanto del aire libre como del panorama de la sabana. Pero al bogotano esto no le agrada. Lo que le interesa es quedarse lo más cerca posible de sus negocios y de los chismes de la ciudad. Tan solo la villa de Chapinero, situada a pocos kilómetros al norte, recientemente viene ejerciendo cier­ta atracción, pero en particular sobre la clase media, en razón de la vivienda más barata. El hecho ha despertado el entusiasmo de unos empresarios norteamericanos que, al tiempo de mi partida, estaban activamente empeñados en construir un tranvía de tracción animal, teniendo ya acabada la infraestructura en gran parte y en camino desde los Estados Unidos tanto los rieles como los vagones. Problable es que la guerra civil habrá interrumpido la obra, pero sin lugar a duda los enérgicos yanquis la terminarán, a no ser que lo hubieran logrado ya. Si resultara rentable o no, es lo que falta saber. 

El verdadero centro de Bogotá, lo mismo que el de otras ciudades, lo forma su plaza, espaciosa y cuadrada, en el caso denominada plaza de Bolívar, para distinguirla de otras que tiene. Demarcar la plaza es lo primero que se hace al fundar una población nueva. La iglesia y la alcaldía siempre se hallan ubicadas en su marco. Además la plaza constituye el lugar de acontecimientos para el mercado semanal, en el cual suele concentrarse todo el comercio y el tráfico. 

En Bogotá las iglesias erigidas en el curso de los tiempos son numerosas, habiendo conservado la principal de ellas, o sea la catedral, su emplazamiento típico. Pero de su construcción primitiva, originaria del siglo dieciséis, poco ha quedado. En su estructura actual fue levantada entre los años de 1807 y 1823, con suspenso intermedio de la obra durante la guerra de la independencia. Es todo un ejemplo de aquel estilo español-jesuítico feo, impreso a la mayoría de las iglesias construidas en la época de la América Española. En cambio, la pequeña Capilla del Sagrario encanta al espectador por su estilo gracioso y hermoso. Las autoridades civiles, por lo menos en parte, también han conservado su domicilio en el marco de la plaza. Todo su lado occidental está ocupado por la casa consistorial de tres pisos y de estilo extraordinariamente feo. En sus pisos superiores se encuentran la administración municipal y un hotel; su piso bajo, a lo largo de los portales, está ocupado por almacenes. En el lado sur de la plaza se está levantando el edificio para parlamento y gobierno, ya empezado por el presidente Mosquera en los años cuarenta y todavía sin concluir. Con arreglo al ejemplo norteamericano, se le ha otorgado el nombre pomposo de capitolio, y en su parte ya construida han encontrado albergue provisional el congreso y los ministerios. Esencialmente para concluir la obra se habían contratado los servicios de un arquitecto italiano, con la alta asignación de $ 5.000. Para aprovechar al máximo la presencia de este experto costoso, por lo menos de vez en cuando se le concedían de diez a veinte obreros. Una vez terminada la obra, ciertamente redundará en dar el mayor realce al prestigio de la capital. Esbozada al estilo griego casi puro, es ejecutada en hermosa piedra arenisca blanca, parecida al “quader” de Sajonia y extraída a inmediaciones de la periferia urbana, que, en su efecto arquitectónico, excede con mucho al ladrillo. En el patio del capitolio se colocó en 1884 una estatua de Mosquera, modelada y fundida por Miller de Munich. En frente de ella se levanta en el centro de la plaza el monumento a Simón Bolívar, el libertador de Colombia. Está circundado por cuadros de prados y flores, habiéndose trasladado el mercado a otra parte al impulso del desarrollo de la capital. Al costado sur detrás del capitolio encontramos el observatorio astronómico, construido a principios del siglo, pero poco aprovechado, pasado el cual llegamos en pocos minutos al antiguo convento de San Agustín, convertido ahora en cuartel para la tropa nacional. Pasando luego al occidente de la plaza, por el hospital con la facultad de medicina, y por el mercado cubierto, y cruzando el puente por el río San Francisco, y la carretera que conduce a Soacha, llegamos a la espaciosa plaza cuadrada de Los Mártires. En su centro se le­vanta un obelisco de piedra arenisca circundado por las cuatro estatuas representativas de la libertad, la justicia, la paz y la gloria. Este monumento, desgraciadamente de realización inferior, consagra la conmemoración de los patriotas ejecutados en el sitio por los españoles en 1816. En el rincón sureste de la plaza tenemos el antiguo convento de San Carlos, que hoy día alberga al Colegio de San Bartolomé con la Universidad, la Escuela Militar, la Biblioteca y el Museo. En frente, hacia el este, observamos el modesto palacio del presidente de la república y, en el lado opuesto de la vía, el aún más sencillo teatro. Cogiendo ahora hacia el nordeste, pronto alcanzamos la Casa de la Moneda y luego el Palacio Arzobispal. Hacia el norte, al fin, conducen las dos mejores vías que tiene la capital: la Calle Real y la Calle Florián, sector que cuenta con los mejores almacenes y las habitaciones más elegantes de la ciudad. Aquí, lo mismo que en dos calles más, encontramos ya tapados los caños y la calzada pareja y bien pavimentada. En la Calle Florián tenemos a Santo Domingo, el más espacioso y más hermoso de los antiguos conventos, cuyo patio amplio está cubierto de bellos jardines y circundado por numerosas oficinas gubernamentales, con empleados que suelen soñar sentados delante de un periódico, la mayor parte del día. Al extremo de la Calle Real cruzamos el río San Francisco por un pequeño puente de piedra, para llegar a la Plaza Santander. Ya unos meses antes de llegar yo a Bogotá, se había empezado a ampliar el puente, para de golpe suspender la obra y no volver a reasumirla sino al cabo de dos años. Entretanto las piedras se encontraban dispersas, las barandas brillaban por su ausencia, en fin, el puente se encontraba en un estado que exigía suma precaución para cruzarlo, especialmente en la oscuridad. La pequeña plaza se había trocado hacía poco en un her­moso parque con estatua del general Francisco de Paula Santander, héroe de la guerra de la independencia y luego el primer presidente constitucionalmente elegido. Según malas lenguas, la estatua en realidad representaba a un general italiano, pero que era rechazada por la familia por defectuosa, para luego ser vendida a Colombia y figurar aquí como de Santander. La plaza está enmarcada por las más bellas casas particulares, con el antiguo convento de San Francisco en su esquina suroeste, sede ahora del gobierno del Estado de Cundinamarca y de los tribunales de justicia. De la Plaza de Santander hacia el norte sigue el Camellón, vía ancha y sin pavimentar, a cuya derecha tenemos el palacio del virrey, de otros tiempos, una insignificante construcción decaída, y a la izquierda el Hospicio, casa de niños expósitos y huérfanos. Se nos llama la atención, al efecto, sobre una pequeña apertura en su muro, también disponible de noche, a través de la cual madres sin compasión pueden deshacerse de sus criaturas indeseadas. Caminando un cuarto de hora por el Camellón, llegamos a la plaza de San Diego, también embellecida hace poco mediante jardines y un pequeño templo, que forma contraste marcado ahora con las humildes inmediaciones. El antiguo convento de San Diego sirve ahora de manicomio, cuyos infelices ocupantes viven en espantosa miseria. A unos minutos de distancia se halla la penitenciaría, la cual lleva el extraño nombre de panóptico, haciendo alusión a sus dimensiones dominantes en comparación con los pequeños ranchos humildes que la rodean. A otros pocos minutos al oeste de San Diego está el cementerio con sus numerosas sepulturas barrocas. 

Comentarios () | Comente | Comparta c