CAPITULO III  

SANTA MARTA  

En la madrugada del 14 de mayo, una vez quedado en tierra el práctico, dejamos a Boca Chica y nos hicimos a la mar, nuestro destino, siguiendo un poco el mismo camino ya realizado para llegar acá, Santa Marta, una ciudad ubicada hacia el noreste. 

La distancia es aproximadamente de unas seiscientas veinticinco millas, las que normalmente se cubren —con buen viento alisio— en un par de jornadas. En caso contrario, el viaje resultaba mucho más largo y puede llegar a durar mucho tiempo, especialmente si se es sorprendido por fuertes vientos. 

El alisio de las Indias Orientales hace muy fácil el trayecto; pero si este se realiza con el viento en contra, es necesario mucho trabajo y tiempo. 

Ahora, con el comienzo de las temporadas de lluvia, el clima había tenido un cambio notable. En lugar del parejo viento del noroeste nos recibían el cielo nublado y el mar con turbulencias. Ninguna noche la tuvimos sin tormentas y copiosos aguaceros, acompañados de fuertes y estrepitosos truenos y relámpagos, que se tornaban peligrosos a medida que de improviso e inesperadamente nos encontrábamos en contra del viento. Por la descripción reseñada, esta jornada de viaje resultó ser una de las más desagradables. 

El 17 en la mañana distinguimos las conocidas montañas nevadas. Al día siguiente, por la tarde, ya estábamos amarrados en el puerto abierto de Santa Marta, tan solo protegido de los vientos del norte y oeste. 

La ciudad ubicada allá abajo se distingue muy bien desde aquí. Un pequeño bosque la rodea en tres de sus costados; un tanto más allá, descendiendo de las altas montañas y protegido por bosques, se ve un estrecho río que desemboca en el mar por el cuarto costado de la ciudad. 

La poca protección de este puerto es obra de la naturaleza, ya que el arte humano no ha aportado nada a ello, ni una sola piedra, ni un tronco de árbol; no hay un solo dique de protección. En este puerto no se encuentra ni un muelle donde puedan atracar los barcos; estos deben ser anclados por la popa y la proa; es su única ligazón con tierra firme. 

La operación de cargue y descargue debe hacerse por cuenta del propio barco, tratando —por medio de remos— de llevarlo lo más cerca posible de la playa y después realizarla a fuerza bruta, a espalda limpia, por los marineros que deben transportar la carga a través de la pendiente de la playa. 

Vadeando la arena suelta que llega hasta un castillo en construcción el Santa Bárbara, en la segunda mañana llegamos a tierra. El castillo, unido a una fortificación rocosa llamada El Morro, se usa para la defensa de la ciudad y como entrada a ella. 

Un tanto más arriba está la ciudad, con calles más anchas y de mejor circulación que las de Cartagena, pero el calor aquí es insoportable. 

Las bajas casas nada podían hacer para menguarlo, no protegían con su único piso, y como no existían los balcones nada daba sombra. 

La población blanca era muy poca, en las calles se notaba más gente de piel negra y oscura. La provincia de Santa Marta tiene mala fama en todo el país a causa de su población de color, que resulta ser peor y más mala que la de Cartagena. Incluso los blancos son considerados peores republicanos que los de otros lugares. Muchas veces es posible oír decir “Los Royalistas o Amigos de la Patria Vieja”. 

Los mismos naturales de Santa Marta afirman ser menos valerosos que los de Cartagena, lugar donde dicen lo contrario. El extranjero, por otro lado, piensa que el más valiente es aquel que pertenece al lugar donde él se encuentra, por lo que es muy difícil llegar a decidir sobre el asunto. 

Por su ubicación y por las montañas boscosas que la protegen, Santa Marta debiera ser menos calurosa que Cartagena, donde uno se protege del calor en sus frescas y grandes casas de piedra. No ocurre igual acá. 

La temporada de lluvias hacía que, por lo menos en las tardes, con la aparición de relámpagos y truenos seguidos de lluvias y aguaceros que podían durar durante toda la noche, se sintiera un aire más suave. 

Con sus aguas frescas y claras el río cercano ofrecía el lugar de mayor refrigerio, el agua pura para beber y el lugar de baño más agradable. 

Todos los días, muy temprano, se puede ver cómo traen el agua desde ese lugar hasta la ciudad, en grandes tinajas de greda encima de las cabezas negras y rizadas, o en barriles de madera transportados sobre las espaldas peludas de los burros de carga. 

Por las mañanas y las tardes es posible encontrar también grupos de bañistas, hombres y mujeres. Según me han contado, antaño era de buen gusto que caballeros y damas se bañaran juntos, por, supuesto que no sin cierto pudor. Pese a los trayectos del río dedicados al baño, ya no es posible ver aquello. Al medio día un grupo de lavanderas se encargan de expulsar a todos los bañistas, enturbiando el agua con jabón, espuma, etc. 

El pequeño bosque ubicado entre el río y la ciudad, con su gran cantidad de animales y de senderos, ofrece la posibilidad de un agradable paseo matinal y otro vespertino. Un conjunto de cucarachas ubicadas en todos los arbustos entona una música extraña, la que cansa por lo monótona, ya que no consiste sino en un prolongado chirrido semejante al que hacen nuestras langostas, solo que el de las cucarachas es más durable y estridente. 

La vista está permanentemente ocupada en observar un grupo de lagartijas corriendo por el camino. De dicha especie es posible encontrar pequeñas, del tamaño de un dedo, hasta una de cuatro pies de largo: lagarto de Juana. Todas tienen unos colores brillantísimos, en azul, amarillo, negro y diversos tonos de verde. Se las ve corriendo inofensivas y asustadas respecto del que llega a interrumpir su paz. 

Un tanto más complicado y difícil resulta encontrarse con una serpiente; aunque existen, especialmente una raza pequeña de color marrón llamada Culebra de Bejuco. Con sus tres pies de largo, delgada como un tallo, se la considera extraordinariamente venenosa. 

En las tardes oscuras, especialmente después de las lluvias, el paseo se ilumina por una enorme cantidad de luciérnagas que, como un faro alumbrando sobre el mar, con sus luces van y vienen por entre los árboles. 

Como los habitantes prefieren tomar el fresco en las puertas de sus casas, al llegar el anochecer el paseo no es muy frecuentado. 

Es entonces cuando se ve a la familia reunida en las afueras de la casa, hasta donde llevan sus sillas, con lo que transforman ese sector, entre la puerta y la calle, en una sala donde incluso reciben sus visitas. Sería poco decir que permanecen sentados en las sillas, más correcto sería decir que están acostados en ellas, ya que jamás vi alguno sentado recto en la silla. La perspectiva era mejor si la silla podía ser afirmada en la pared pues así podían echarse hacia atrás a todo gusto. 

Por el uso que le daban a sus asientos estos eran más cortos atrás que adelante. Los más adinerados tienen unos sillones bajitos, con un largo respaldar que les permite, sin necesidad de afirmarlo en la pared, tomar una posición cómoda y descansada. 

Al entrar a una casa el dueño tiene por costumbre colocar una silla junto a la pared, al tiempo que consulta: “¿ Quiere usted sentarse ?”, por lo que en un principio se llega a creer que sentarse está relacionado con acostarse. De este modo, sentados en largas filas se quedan conversando hasta altas horas de la noche. 

Nunca se les ve leer, así es que colman este vacío con la conversación, ya que encuentran en esta la mayor parte de sus conceptos y conocimientos sobre las cosas. Les agrada participar en la conversación y para ellos es una buena forma de ayudarse en el idioma, a pesar de lo cual nunca se les ve reírse por los errores que uno pueda cometer. Por la constante práctica, la mayoría de los colombianos hablan bien. Así resulta placentero tener conocimiento sobre esto y escuchar lo rico del idioma y su buen sonido. 

En el transcurso de estas tertulias frecuentemente se sirven chocolate o dulces, tras lo cual beben en grandes tazas de greda agua fresca y cristalina. Pero la atracción mayor sigue siendo el puro, que lo fuman incluso muchas de las mejores damas de la ciudad. 

Lo que constituye una magnífica prueba de la amabilidad de estas mujeres es el hecho de que una vez encendido, lo toman de su propia boca y lo entregan al extraño. 

Se cuenta, aunque no puedo garantizarlo, que hace un tiempo se veía entrar a las damas a los bailes con un adorno en el cabello en forma de puro que, a modo de diadema, ataviaba con gusto exquisito sus cabezas. Si lo consideraban necesario lo retiraban y se lo fumaban. Pienso que lo último es poco probable, solo lo comparo con el gesto del escritor que coloca su lápiz atrás de la oreja cuando no lo usa. Aunque la última posibilidad no puedo descartarla, máxime si la acción cumple dos finalidades: adorno y uso.

De cualquier manera, no es fácil sostener cuál método resulta menos estético: una hoja de tabaco limpio seco y enrollado, o lo que nosotros usamos, una pomada sucia y grasosa, acompañada de un montón de polvo seco volando por los alrededores. 

Al igual que en Cartagena, les gusta mucho el baile. A la vez es frecuente escuchar a las mujeres tocar una especie de pequeña arpa. Ellas no saben distinguir las notas, pero poseen buen oído, así es que tocan con una precisión y ritmo admirables. Ayudadas por la forma en que se recortan las uñas, chasquean con mucha fuerza, cortándose en poco tiempo las cuerdas. En un depósito ubicado en el mismo instrumento mantienen las cuerdas finas y tienen gran habilidad para arreglar una cuerda cortada o colocar una nueva. 

De ese modo no tiene mucha significación el hecho de que la música sea interrumpida y acompañada de un “caramba, se reventó la cuerda”, porque rápidamente la pieza vuelve a seguir el mismo ritmo, como si este breve intermedio tan solo fuese una pausa larga. 

Raras veces se las oye cantar y después de haberlo comprobado uno desea que lo hagan más espaciadamente, ya que les suena muy mal la voz; resulta extraño esto considerando su hermoso lenguaje musical y su gran oído. El error, con probable seguridad, se encuentra —si no en su totalidad al menos en gran parte— en el poco entrenamiento del elemento indispensable para el canto: la voz. 

Durante la fiesta de Pentecostés estuve en un pueblito campesino llamado Gaira, distante treinta kilómetros de la ciudad, en casa del señor Sandreschi, donde invitó a algunos amigos. 

Una carta del señor Hausvolff me había dado a conocer a este extraordinariamente amable y culto hombre, a quien di las gracias por los agradables y alegres días vividos durante mi estada en Santa Marta. 

Corso de nacimiento, acompañó a Napoleón durante la campaña en Rusia como Comisario del Ejército, habiéndose trasladado hasta estos rincones americanos luego de la caída del Gran Hombre (como siempre subrayaba al nombrarle). Además resultaba entretenido escucharle, en este clima, describir la retirada de Moscú; las llegadas al hielo y las montañas de nieve de Rusia y exclamar “¡ ah, qué frío terrible !”, mientras que el narrador y los oyentes se secaban las gotas de sudor. 

No deben imaginarse una casa de campo grande o bien construida como el lugar en que este caballero residía, ya que no existen en Colombia. Solamente era una casa de bambú y greda, que no sobresalía de las vecinas que estaban cubiertas de hojas de palmera. La distinción se encontraba en los mejores y hermosos muebles. 

Era sorprendente encontrar en una choza indígena cuadros en las paredes con la figura de Napoleón y de sus más distinguidos generales, todos en uniforme completo, con la pequeña capa y en la inconfundible posición de los brazos cruzados. 

Sería posible aseverar que en este lugar se volvieron a encontrar, en un nuevo mundo, tras haber concluido su papel en el viejo. 

El pequeño lugar resultaba agradable por sus alrededores, que no eran tan calurosos, y la molestia de los mosquitos era menor a la de Santa Marta debido a la cercanía de los cerros. 

Gaira es un pueblo extraño debido al pequeño río que lo bordea, cuyas aguas claras y frescas ofrecen un baño saludable, como que arriba en la montaña existían aguas termales. Los médicos las recomendaban tanto para agua potable de pozo como para baños. Como las usaban sanos y enfermos, podríamos considerar el pueblo como Medevi, o por lo menos como Uddevalla, ciudad del norte de Suecia. 

La razón de por qué estos terribles insectos no fueron nombrados antes es que no eran conocidos por nosotros. Nuestro conocimiento comienza con la llegada al país y acabará cuando nos marchemos. Estos, verdadero tormento para el hombre, merecen si no un capítulo a lo menos un artículo propio, así nos exoneraremos de culpabilidad antes de llegar al lugar de su verdadero imperio, el río Magdalena. 

Volviendo al tema diré que el clima de Gaira es mucho más sano y fresco. Especialmente las damas abandonan la ciudad por un tiempo para gozar de las delicias de aquel y del baño en el río, donde pueden hacerlo con mayor comodidad que en Santa Marta. 

Las complicaciones de la ceremonia del baño son menores; con excepción de las medias y zapatos, generalmente entran al río con todo el vestuario, que consiste en una delgadita bata o traje ligero, del cual traen otro juego, por lo que tan pronto como salen se cambian el vestuario del día y su correspondiente arreglo. Una peinetilla y algunas flores de los arbustos cercanos completan el toque femenino. En ocasiones traen un pequeño puro que es encendido en la casa, como el fuego de Vesta, no permitiendo que se apague durante la excursión. Para eso se lo van turnando hasta que llegan a la casa y a la hamaca, donde continúan con la entretención. 

Cerca de las tres de la tarde del día de Pentecostés, mientras nos encontrábamos sentados bajo un techo de palmeras que había en la plaza, se sintió un ruido seco que se acercaba bajo tierra hasta que las calles empezaron a moverse poco a poco, las casas y muebles a vibrar y nosotros a ser agitados en las sillas. Era cómico observar cómo todos los indígenas rápidamente se arrodillaron y empezaron a rezar, a la vez que se persignaban aceleradamente, pese a estar acostumbrados a la situación. Al otro día tuvimos dos movimientos de tierra menores. 

En Santa Marta los temblores habían causado mayor agitación y preocupación, sin que se tuviera que lamentar ningún accidente en especial. Tal como se presentaron, resultaron algo interesante. 

El sentimiento propio durante el temblor es posible de comparar con lo que se siente a bordo de un barco grande cuando inesperadamente toca fondo. Todo adquiere un movimiento rápido, la gente por momentos se siente como en posición invertida y la dificultad de conservar el equilibrio depende del mayor o menor grado que tenga la fuerza del golpe. 

El temblor que un año más tarde se sintió por la totalidad de las provincias montañosas de Colombia, cuya mayor intensidad se registró en Bogotá, era de una naturaleza más potente y seria. Lo veremos en otro momento. 

Por la tarde del segundo día se preparaba un gran baile indígena en el pueblo. La pista era la calle, limitada por un estrecho círculo de espectadores que rodeaba a la orquesta y los bailarines. 

La orquesta es realmente nativa y consiste en un tipo que toca un clarinete de bambú de unos cuatro pies de largo, semejante a una gaita, con cinco huecos, por donde escapa el sonido; otro que toca un instrumento parecido, provisto de cuatro huecos, para los que solo usa la mano derecha pues en la izquierda tiene una calabaza pequeña llena de piedrecillas, o sea una maraca, con la que marca el ritmo. Este último se señala aún más con un tambor grande hecho en un tronco ahuecado con fuego, encima del cual tiene un cuero estirado, donde el tercer virtuoso golpea con el lado plano de sus dedos. 

A los sonidos constantes y monótonos que he descrito se unen los observadores, quienes con sus cantos y palmoteos forman uno de los coros más horribles que se puedan escuchar. En seguida todos se emparejan y comienza el baile. 

Este era una imitación del fandango español, aunque daba la impresión de asemejarse más a una parodia. Tenía todo lo sensual de él pero sin nada de los hermosos pasos y movimientos de la danza española, que la hacen tan famosa y popular. 

Mezclados a las canciones un negro indígena, acompañándose con una pequeña guitarra, recitaba versos. Su uso era frecuente y el sonido bonito, pues la música lleva siempre una armonía, que se complementa con sus voces puras y profundas que tanto tienen de melancolía y tan bien se ajustan al clima de su patria y a la orgullosa grandeza que los cobija. 

Era una canción sobre la toma de Santa Marta durante la guerra de la Independencia, que declamaba con emoción, teniendo en cuenta que él participó en ella. Los indios de los alrededores de Gaira tuvieron una actuación activa y decisiva. Por ese entonces combatieron al lado de los españoles y aún hoy son considerados la tribu más gallarda y rebelde entre los indígenas civilizados de la República. 

Dos caminos existen entre Gaira y Santa Marta. Uno de ellos hace un rodeo en torno a las montañas, atravesando un bosque lleno de plantíos que lo dividen en pequeñas plantaciones, donde los nativos construyen sus chozas, parecidas a las casas de campo de los pequeños propietarios de nuestro país. Siembran maíz, plátano, caña de azúcar, hortalizas, etc. Cerca de la ciudad uno de estos plantíos sobresalía por su extensión y la gran cantidad de mangos. 

El otro pasaba por una montaña alta, desde la que se tiene una vista magnífica de la ciudad ubicada a sus pies. Para llegar a la cima debía vadearse el río, pues no existía ningún puente, pero el agua no sobrepasa la montura del caballo que lo cruce. 

Atravesando por una plaza que en las mañanas se convierte en mercado de frutas y verduras, llegamos a la ciudad. Mercados parecidos se encuentran en todas las ciudades y son necesarios debido a que con las altas temperaturas es imposible guardar algo en casa. 

No se pueden formar despensas, por lo que, en el real sentido de la palabra, las compras se realizan para el día. 

Por eso la plaza ofrece un paseo interesante, tanto para el habitante cotidiano de acá, como para los forasteros. Es posible notar en este pueblo un gran respeto por el prójimo. 

En el mercado lo primero que salta a la vista es la carne. Su aspecto y sabor son los peores. Se la cuelga en varas, cortada en largas tiras que se secan al sol, por lo cual es perdonable dudar si está colgada para asustar a los pájaros o para atraer mosquitos. Un tanto más abajo, presentando un aspecto mucho más asqueroso se ven enormes cubos de manteca como desagradable sustituto de la mantequilla, con la que preparan la comida. La cantidad que usan es tan grande que es corriente verla en grandes cantidades flotar en el plato. 

Continuando con el recorrido siguen los pescados, gallinas, pollos y palomas; resulta grato verlos en el mercado, pero no probarlos en la mesa. Seguramente la razón es la mala preparación o el resecamiento en la carne de los animales. 

La naturaleza entregaba una recompensa a través de los vegetales (verduras, frutas y hortalizas). Por cualquier lado se veían los frutos que, con justicia, deben ser nombrados en primer lugar, de incomparable sabor y más nutritivos y alimenticios que los nuestros. El plátano de aquí se encuentra en todos los tamaños, desde el amarillo de un pie de largo hasta el pequeño de color verde. 

En seguida los excelentes frutos de raíces, como la yuca y la arracacha, muy superiores a nuestros nabos, espinacas, etc. Luego están el coco, maíz y arroz, en cantidad acorde con su buen sabor. En otro sitio todo tipo de frijoles, rojos, negros, blancos, marrones y amarillos, y las frutas maduras que con sus carnes sueltas se asemejan a la mantequilla. También hay un tipo de cebolla parecida al ajo que, acompañada de ají, es usada en grandes cantidades por los cocineros. 

A la vez se ofrecen al público semillas de cocoa y bolitas de chocolate ya preparado, al igual que un pan hecho de maíz molido (arepas) y unos bollos en forma de huevo grande. Los mencionados son los alimentos más corrientes. 

¡Qué gran cantidad la que se ve de frutas deliciosas! Hay una enorme variedad de frutas de postre, que con el solo hecho de nombrarlas es suficiente: piñas, mangos, guayabas, melones, guineos, granadillas, papayas, limones, naranjas, guayabitas, etc. 

Al acabar la descripción encontramos huevos, quesos y algo de leche. Este último producto se hallaba en poca cantidad, pues no separaban nunca a los terneros, dejando a estos toda la leche de la madre. La leche la consideraban poco saludable y la usaban muy raras veces. Por supuesto, no falta el artículo corriente: tabaco. 

El mercado funcionaba entre las cinco de la mañana y las nueve. A esta hora el sol se encargaba de expulsar a los vendedores, compradores y mercaderías. Desde ese instante reinaba el solitario vacío por las plazas y las calles, prolongándose hasta un poco antes de la caída del sol, en que todo se reanimaba. 

Es a esta hora cuando los señores más nobles frecuentan en sus paseos la playa ubicada fuera de la ciudad, donde por lo general sopla una brisa agradable. Se cuentan entre ellos los prósperos comerciantes que —sin incluir a los criollos— son algunos franceses, norteamericanos e ingleses. Se reúnen habitualmente en una casita del guardia de la. aduana, sentados sobre un gran tronco volcada en sus afueras, a fumar y a conversar acerca de sus negocios, el comercio, la navegación, etc. Por eso con justa razón se denomina al lugar “La Bolsa de Santa Marta”, que se confirma por el hecho de que los capitanes de los barcos mercantes se paran a lo largo’ de la playa y en ocasiones aumentan la cantidad de los contertulios del tranquilo tronco. 

Los negocios no son muchos ni rápidos. Raras veces se ven más de cuatro barcos y es normal no encontrar ninguno. Los que arriban son generalmente franceses, que traen grandes cargas de telas finas, ropas, vinos y joyas de fantasía llenas de colorido que ayudan a las damas en su galanteo. Son transportadas desde Burdeos y Marsella, aquí queda una parte y la otra se carga de nuevo en embarcaciones que la transportan por el río Magdalena a Mompós, situada a mil ochocientos kilómetros de distancia. Otra parte queda allá y el resto es embarcada hacia el interior del país. En ocasiones los barcos permanecen a la espera de una carga de retorno, que consiste habitualmente en árboles, pieles y algodón. Tuve ocasión de ver un barco francés al séptimo mes de varado, esperando acá, y cuando abandoné el lugar continuaba su espera. 

La razón de que así ocurra es debida a la enorme lentitud y dificultades con que se realizan los negocios, pero fundamentalmente a los pésimos medios de comunicaciones y transportes. Con la excepción del lomo del burro, todo se reduce a las embarcaciones mencionadas. No es posible decir si la miseria que mostraban los botes se debía a su construcción y uso o a la inexperiencia de la tripulación en sus maniobras. 

Con mis propios ojos vi a uno de estos verdaderos fantasmas del mar darse vuelta de campana tan pronto como llegó al puerto. Estaba cargado de algodón, el que prontamente se fue al mar pues nadie pudo hacer nada por salvarlo. En el nuevo viaje que estaban emprendiendo se veían mejor y más seguros que cuando se hallaban empacados en el barco. 

El dueño de la carga, un comerciante inglés que desde tierra presenció la escena, furioso maldecía: “¿ Quién es el culpable de esto ?”. Manifestaba que no conocía modo alguno de enseñar “a estas bestias a ser mejores marineros”; al escucharlo no pude abstenerme de comentarle que para una próxima vez cargara el barco con hierro e hiciera amarrar si no a toda por lo menos a una parte de la tripulación. Entonces como no tendrían más cuidado en el manejo de las velas y el timón, al menos se salvarían de su ira al verlos llegar a tierra y reírse de toda la aventura. 

Estos marineros formaban parte, con un grupo de pescadores, de la población de Santa Marta, cuyo resto estaba constituida por algunos pequeños comerciantes, artesanos y obreros. Se incluía a la guarnición consistente en dos compañías, la de Artillería y la de Infantería, integrando un total de unos cinco mil habitantes. 

La clase inferior, compuesta en su mayoría por negros y descendientes de negros-indígenas, constituye lo peor que es posible imaginarse. Flojos, orgullosos e indomables, solo saben fumar tabaco y jugar a las cartas, ya que no necesitan trabajar demasiado para satisfacer sus necesidades..., de un estilo tan fácil y fructífero. 

Si fuesen menos apuestos y más harapientos serían unos verdaderos Lázaros. El modo de demostrar sus aptitudes es robando, para lo cual tienen una habilidad natural y una aptitud increíble. Constantemente se escucha a la gente más pudiente reclamar que ha perdido algo. Por esto es una fortuna no ser dueño de demasiadas cosas pequeñas en las habitaciones, al contrario de nuestra costumbre, ya que un par de visitas de estos señores pronto acaban con ellas. 

Me tocó vivir la experiencia dos veces. Una tarde llamé a uno de estos negros a mi habitación para pagar un favor que me había hecho. Cuando le di su dinero, me expresó las gracias en forma efusiva, agregando el complemento usual: “Viva usted mil años”. Al poco tiempo comprobé que me faltaba el reloj que tenía encima de la mesa; con seguridad se lo llevó como recuerdo del “buen señor”, el que ahora se ahorra la molestia de contar las horas de sus futuros “mil años”. La segunda ocasión fue peor. Generalmente viajaba a Gaira los sábados por la tarde, para gozar a lo menos de dos noches frescas por semana. En esta ocasión se aprovecharon de mi ausencia. 

Por la noche ingresaron a mi cuarto y confiscaron todo lo que, desde su punto de vista, constituía contrabando. Como en la casa nadie más vivía pudieron realizar el trabajo muy fácilmente y con absoluta seguridad. Para entrar les bastó romper la vieja reja de madera con la cual estaba protegida la ventana. 

Afortunadamente no tuvieron éxito total, ya que el tesoro que buscaban —dinero— no lograron conseguirlo, pues no lo había. A mi regreso todo estaba revuelto y disperso por el suelo, todo lo rompieron, y la papelera y sus trozos de papel y madera llenaban el piso. El cuadro no era diferente al que deja el gavilán después de haber cogido un pájaro: plumas y huesos desparramados. 

Lo único que faltaba eran algunas medallas, que debieron creer que era dinero y seguramente no fueron cedidas para aumentar el erario de la república. Me habría gustado saber el papel que jugaron entre su colección; una moneda de una corona y una medalla de agradecimiento otorgada por la Academia de Guerra. 

Al no encontrar más oro ni plata trataron de componer el asunto llevándose cosas menores, como una caja de espejos, un par de pistolas y algo de ropa blanca y de color. Nunca tuve ocasión de ver algunas de estas especies, lo cual, debido a lo pequeño de la ciudad, no habla en favor de la policía. 

Francamente nunca se preocuparon tampoco del problema sino que se limitaron a felicitarme efusivamente porque no tenía ‘‘onzas en la barriga’’. 

Estos acontecimientos y otros, no los menciono solo como aventuras propias, poco interesantes para algún viajero, sino por la aplicación general que se puede hacer, ya que representan el carácter de la gente, sus costumbres, temperamento, etc. 

Santa Marta es la capital de la provincia de igual nombre y la residencia de un Gobernador Militar, cargo que ejercía un Coronel de apellido Sardá, excelente persona y uno de los mejores oficiales de Bolívar. Este, pese a haber nacido español, era uno de sus más peligrosos adversarios, su aporte en la salida de los hispanos del país había sido admirable. 

Se encontraban igualmente muchos sacerdotes, pero ni un solo monje. La iglesia principal era grande y muy hermosa en su interior, con su constante, aburrido e insoportable tañer de las campanas, las que se odian mientras no se logra acostumbrar el oído al eterno y monótono martillear. 

En lo que antaño fueron palacios del Arzobispo funcionaban un Colegio y una Escuela de Lancaster. Los dignatarios eclesiásticos siempre se preocuparon de vivir cómodos y de elegir bien sus residencias, pero es indignante verlos instalados en esta forma.

Pese a que la iluminación iba en aumento, en general no era tan extensa como en Cartagena, donde el sector social elevado es más culto y está acostumbrado a la vida nocturna que le permite al visitante tener mejores recursos para la diversión y el trato. Acá el tiempo se hace largo y tedioso, ya que los nativos se quedan todo el día en la hamaca, soñando acerca del mañana. Con excepción de mis excursiones a Gaira, el tiempo que pasé en Santa Marta resultó ser el más aburrido de toda mi estada en Colombia.

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