VIAJES POR EL INTERIOR DE LAS PROVINCIAS DE COLOMBIA
CORONEL J. P. HAMILTON
En el otoño del año de 1823, el Gobierno de su Majestad Británica decidió enviar Comisarios a Bogotá, capital del Estado de Colombia recientemente constituido. La comisión constaba del teniente coronel Campbell, de la artillería real, del Señor James Henderson, en la actualidad cónsul general en Bogotá y del autor de la siguiente narración, a quien el secretario señor Canning tuvo a bien nombrar primer comisario.
El día 20 de octubre del mismo año, a causa de este nombramiento, salí de Londres acompañado del señor Cade, quien había sido nombrado secretario privado mío, al llegar a Portsmouth, donde la fragata Isis comandada por el capitán Thomas Forrest C. B., se hallaba lista para transportar a los comisarios a Cartagena o a Santa Marta.
Desde uno de estos lugares debíamos remontar el río Magdalena hasta Honda y de ahí en adelante debíamos continuar el viaje hasta Bogotá por tierra. Después de permanecer una semana en Portsmouth, durante cuyo tiempo, la ciudad estaba inusitadamente animada y alegre debido a la presencia de su Alteza Real el Duque de Clarence, que había llegado con el fin de presenciar el lanzamiento de un barco de guerra, el almirante del puerto, el teniente gobernador, el comisario naval, etc., ofrecieron grandes comidas a las cuales tuve el honor de ser invitado. El domingo 27 de octubre, embarqué a bordo de la fragata Isis, que era el barco insignia del vicealmirante sir Laurence Halstead, K. C. B., que viajaba con su familia a Jamaica, donde permanecería tres años, como comandante en jefe de las Antillas. Me sentía bastante desanimado cuando me hallé a bordo de la fragata; sin embargo, el bullicio general y los rostros preocupados de los oficiales y de la tripulación, contribuyeron para disipar los pensamientos melancólicos del momento y los pasajeros se encontraban atareados preparándose para lograr comodidad durante el viaje, según lo permitieran las circunstancias. La fragata estaba atestada de gente, pues transportaba al almirante y su familia, a los tres comisarios, varios cónsules y muchos oficiales navales que estaban a punto de unirse a sus barcos en las Antillas. Zarpamos el día 28 de octubre de Santa Elena, con tiempo espléndido y cielo despejado, que, en cuanto pasamos el canal, se trocó por lluvia, vientos contrarios, calinas monótonas, incontables marejadas, que como es de suponer, agitaban el barco considerablemente, aun cuando el capitán nos aseguraba, como de costumbre, que sin excepción alguna este barco era el más cómodo y mejor de los que él había comandado.
Octubre 30. Una baja considerable en el excelente barómetro marino indicó tormenta cercana; hubo grandes consultas entre los oficiales que dieron por resultado dirigirse inmediatamente hacia Torbay. Esta tentativa de enrumbar hacia Torbay se frustró a causa del mar en calma, seguido de fuerte marejada. La columna plateada del barómetro desapareció. El almirante decidió entonces continuar navegando y continuar hacia el oeste. El capitán aparentemente demostraba gran ansiedad pues empezaban a divisarse algunos bancos de arena. El juanete de las vergas se izó y arrió varias veces; calina, lluvia y fuertes marejadas continuaron hasta las diez de la noche, cuando sopló un ventarrón acompañado de relámpagos repentinos y antes de media noche el palo mayor y el mesana frieron lanzados de lado, aun cuando las velas estaban plegadas; las dos cuadras de popa de los botes fueron también barridas por el mar y las ventanas del camarote y los postigos fueron destrozados por las olas. En este mismo instante hubo seria alarma entre las señoras, y lady Halstead escapó milagrosamente de sufrir grave lesión; la armadura de su cama se volcó, los listones de soporte se salieron de sus ajustes y su señoría fue arrojada al centro del camarote, el cual estaba inundado por gran cantidad de agua salada. A media noche, se divisó el faro de Eddystone, motivo de gran satisfacción para todos los pasajeros. Creo que el temporal duró unas treinta y seis horas. Jamás había yo experimentado tan fuerte balanceo. Le oí decir a sir L. Halstead que se había pasado casi toda la noche sacando agua de su camarote y la pobre lady Halstead sufrió un fuerte choque nervioso del cual no se recuperó durante todo el viaje. Una vez venteó tan fuerte que ningún marinero se atrevió a subir a cubierta para retirar algunos escombros, hasta que el segundo teniente, un gallardo joven, se atrevió a hacerlo y más tarde se sacrificó en un clima cálido.
No hay nada de gran interés en un viaje a las Antillas. Tuvimos buenas brisas que nos llevaron a través de la bahía de Viscaya con buen tiempo y después tratamos de buscar vientos alisios por tanto tiempo deseados. Estos vientos comúnmente prevalecen aproximadamente a 35º a cada lado del Ecuador. No arribamos a la isla de Madera, lo cual sentí yo tanto como los demás, que deseábamos visitar la isla, pero los oficiales fueron a proveerse de vinos, que son mucho más baratos aquí que en las Antillas. El temporal y el agua salada habían causado estragos a las cartas, libros, mapas, potes de miel, mermelada y encurtidos, etc., de los pasajeros; algunos de ellos con rostros compungidos se lamentaban de sus pérdidas e infortunios. A la altura de Madera hallamos la temperatura especialmente agradable en esta época del año, el termómetro indicaba generalmente 70º F. En este viaje ví por vez primera el pez volador, y en sus esfuerzos por huir de sus enemigos el bonito, la albacora y el delfín, algunas veces daban vuelos de doscientas o trescientas yardas, hasta que sus aletas transparentes se secaban recordándoles que el agua era su elemento natural. El delfín es un enemigo mortal del pez volador, de quien huye con gran rapidez. El pez volador algunas veces tiene de 8 a 10 pulgadas de longitud. El turbulento petrel se ve comúnmente cerca al barco deslizándose sobre la superficie de las olas; esta ave la llaman los marineros polluelo de la madre carey. Nunca supe el origen de este nombre. Al pasar por el Trópico de Cáncer, recibimos la visita del viejo Neptuno y de su esposa Anfitrita. Me libré del remojón habitual sobornando al dios marino con una guinea, pero muchas de las personas a bordo sufrieron una tremenda zambullida. Yo experimenté la desagradable ceremonia de haber sido afeitado en seco. Neptuno y su esposa al retirarse de la cubierta casualmente se cayeron lo cual produjo gran hilaridad entre el almirante, lady Halstead y todos nosotros.
Al desembarcar en Barbados, el comisario fue a ver al gobernador teniente general sir H. Ward, K. C. B., quien nos dio la bienvenida en forma muy cortés y nos invitó a comer al día siguiente, lo cual declinamos, pues esperábamos zarpar por la mañana temprano. El señor Tupper dejó aquí el barco y se quedó en Barbados para conseguir pasaje para La Guaira, donde pensaba residir como cónsul Británico. Zarpamos de Barbados al día siguiente de nuestra llegada por la tarde y al siguiente día por la mañana divisamos la roca Diamond que está cerca a la isla de Martinica. En la última guerra esta roca fue fortificada y tenía una guarnición de marineros del mismo número de una corbeta de guerra con sus respectivos oficiales. Las laderas de esta roca son muy empinadas y su altura es bastante considerable. A pesar de los grandes obstáculos algunos oficiales navales se ingeniaron la manera de subir grandes cañones a la cumbre, donde ellos emplazaron una batería.
De Barbados a Jamaica tuvimos una feliz travesía, los vientos alisios soplaron activamente durante todo el rumbo y anclamos en Port Royal el domingo 9 de diciembre y desembarcamos en Kingston por la tarde. En un paseo que hicimos a una cabaña atravesamos las calles principales, en donde la mayor parte de los comerciantes efectúan sus operaciones comerciales; me sentí muy desilusionado ante el aspecto de ellas, pues esperaba ver una ciudad bellamente construida. Esto se debe a que la mayor parte de los comerciantes principales tienen sus residencias en el campo a corta distancia de Kingston, desde donde vienen por la mañana a sus almacenes y regresan a casa por la tarde. Al día siguiente visitamos al teniente general sir John Keane, comandante de las tropas de la isla, y durante nuestra permanencia en Kingston comimos varias veces en su compañía; él mantiene una mesa bien provista. En Kingston me encontré con un viejo amigo, el teniente coronel Bowles de la Guardia, que dirige la situación del Estado Mayor como ayudante adjunto general. Ambos habíamos estado en el colegio militar en High Wycombe. Dos o tres días después de nuestra llegada, el comisario recibió una invitación para comer con el duque de Manchester, gobernador de Jamaica, que reside en la ciudad española. Yo acompañé al coronel Bowles en su carruaje por la mañana temprano y pasamos un día muy agradable. Después de la comida nos mostraron una hermosa colección de conchas pertenecientes al secretario del duque; la mayor parte, entre las mejores, procedía de la costa del Pacífico. El duque de Manchester es muy popular en la isla de Jamaica y creo que bien lo merece; es de carácter suave y deseoso en gran manera de fomentar el bienestar de todas las clases sociales.
En esta época había gran descontento, que bullía en la mente de los esclavos y muchos de los caballeros de la isla esperaban que hubiese una insurrección general entre ellos el día de navidad; debido a ello, la milicia estaba en guardia pero no hubo ningún disturbio. A mí me parece que el gobierno inglés ha hecho mucho durante los últimos veinticinco años para mejorar la situación de los esclavos en nuestras colonias; pero me imagino que la emancipación total debe ser también obra del tiempo y requiere por parte de la legislación, mucha prudencia y circunspección. Según pude juzgar por el corto tiempo que estuve en las Antillas, los esclavos poseen muchas comodidades modestas en sus cabañas y, en general, creo que se les trata bien.
El calor en Kingston es sofocante y la ubicación del hotel Winter donde residíamos, está en la parte baja, lo cual nos priva de las brisas de mar y tierra. Estas se levantan por la noche y aquellas entre las nueve y diez de la mañana. El termómetro en la sombra en Kingston está generalmente a 88º F. En una ocasión comimos con el señor Wilson, el comerciante de mayor prestigio en Kingston; en su mesa vi por primera vez una legumbre que se da en la copa de una palmera vegetal, que crece a gran altura; el árbol se corta para obtener la berza. Una mañana en Kingston visité a un relojero y vi una gran cantidad de pájaros, cuadrúpedos e insectos disecados, todos procedentes de la isla; la colección estaba a la venta. Así mismo vi en su corral dos caimanes y un cocodrilo vivos, los primeros capturados en un río de la isla y el último en el Nilo. El cocodrilo era de tamaño mayor que los caimanes y sus ojos de color obscuro proyectaban una verde mirada feroz, en cambio los de los caimanes de color verde mar. Le compré al relojero un oso hormiguero bastante domesticado, procedente de la costa de Honduras. El naturalista señor Bullock había residido durante algún tiempo en Kingston coleccionando peces, de los cuales había gran variedad en la costa que circunda la isla.
El día de Navidad, se izó en el palo mayor de la fragata la banderola azul de zarpa y después de despedimos de sir Laurence Halstead, su esposa y familia, embarcamos por la tarde a bordo del lsis para dirigirnos a Santa Marta en la costa de Colombia. Al ir en el bote de Kingston a la fragata Isis, Jakco, el oso hormiguero, demostró su habilidad para atrapar peces, pues como muchos de los peces pequeños habían saltado al bote, él los agarró en un momento y los devoró con avidez. Después de una travesía muy agitada, el Isis andó en el puerto de Santa Marta el 30 de diciembre con gran alborozo de todos los pasajeros.
Al llegar al litoral español, la vista de la cordillera de los Andes, en la parte posterior de Santa Marta, es grandiosa y sublime, algunas de las montañas llenen gran altura y por lo tanto se hallan en toda época cubiertas de nieve en la cumbre; la base esta guarnecida de hermosos árboles y matorrales, revestidos de constante frondosidad. Al andar la fragata, saludó al pabellón colombiano, saludo que fue retornado por las baterías de la cosa, con algún retraso, motivado, me imagino, por la escasez de municiones. Como no hay fondas en Santa Marta, al principio nos vimos muy desorientados sin saber dónde establecer nuestro hospedaje, pero por fortuna para nosotros, el coronel Campbell conoció al señor Faribank, comerciante americano, residente en Santa Marta, quien muy amablemente nos ofreció hospedaje y alojamiento en su casa durante los pocos días que permaneciéramos en la ciudad, hasta que pudiéramos conseguir botes que nos transportaran hasta el río Magdalena. Visitamos al coronel Salda, gobernador de la plaza, de origen español pero un patriota adicto, que había sufrido mucho por la causa de la independencia. El gobernador nos recibió con gran amabilidad y nos rogó que nos hospedáramos en su casa. Declinamos este ofrecimiento, pero en cambio le aceptamos al día siguiente una invitación a comer. El coronel Saída había luchado contra los españoles en Méjico, donde fue hecho prisionero y enviado a Europa y más tarde reducido a prisión en compañía de un coronel inglés en la fortaleza de Ceuta, en la costa del Africa. De los calabozos de Ceuta se escaparon trabajando como topos durante siete meses por medio de un pasadizo subterráneo bajo los muros de la fortaleza. Por lo que me relató, parece que corrieron tantos riesgos y tan grandes peligros como el barón Trenck, pero su valor, paciencia y perseverancia se vieron coronados al fin por el éxito. Sin embargo, la huida de la fortaleza de Ceuta fue únicamente para caer en manos de implacables enemigos de los españoles, los moros bárbaros. "Incidit in Scyllam, cupiens vitare charybdin". En este sitio el coronel Saída tuvo la buena suerte de haber sido libertado del cautiverio por medio de compra de su persona por parte del cónsul general francés en Tánger, por unos cuantos pañuelos de seda, y cuando él regresó Inmediatamente a Suramérica, entró al servicio colombiano y en esta ocasión fue objeto de gran estima por parte del presidente Bolívar. El coronel no poseía ninguna de las cualidades de los españoles; "toujours gai, et vive la bagatelle" parecía ser su lema, con suficiente filosofía para importarle poco los éxitos o fracasos de este mundo.
Al día siguiente el coronel Saída nos obsequió con una comida muy abundante preparada de acuerdo con la cocina española, la cual tuve el mal gusto de no alabar, pues el ajo y el aceite rancio predominan en la mayor parte de los platos. Entre el primero y segundo plato, los invitados por regla general salen a dar una vuelta por el término de veinte minutos o media hora; después, al regresar al comedor, encuentran la mesa colmada de pudines, tortas, dulces, frutas en conserva, todo ello de excelente calidad; pero me imagino que las gastralgias y las malas dentaduras tan corrientes en las damas del nuevo mundo que muestran al sonreír, son una evidencia del abuso de estas golosinas. Sin embargo, ellas son graciosas a pesar de su dentadura.
Ninguna ciudad sufrió tanto durante la guerra sanguinaria librada entre España y sus antiguas colonias como Santa Marta, pues debido a su situación tan cerca a la desembocadura del río Grande o río Magdalena, con el cual se comunica por agua a través de las ciénagas, cada enemigo se sentía ávido por retener la posesión de la plaza; sin embargo, no había fortificaciones alrededor de la ciudad, solamente un alerte o dos en la base del puerto y una pequeña roca fortificada con un cuartel que domina la entrada al puerto. La población de Santa Marta ha disminuido considerablemente desde el principio de la guerra civil y en la época en que estábamos allí, se me informó que no había más de tres mil habitantes. Los naturales de esta plaza habían sido siempre enemigos decididos de la causa de la libertad, por lo tanto la mayor parte de los habitantes principales habían sido desterrados y los demás reclutados para el servicio del ejército del gobierno colombiano.
El general Morillo, que vivía en el vecindario, dio una gran fiesta en la plaza de Santa Marta a todas las tropas para celebrar la libertad del país del yugo español. En esta ocasión los soldados estaban provistos en los cuarteles de una botella de clarete San Julián, una libra de carne de ternero, muchas legumbres y dulces a los cuales todas las clases sociales son muy aficionadas. Me contaron que al general le agrada mucho dar bromas inofensivas para distraerse en esta forma de su mal de gota, y soltó en la plaza durante la noche, sin saberlo los soldados ni la gente, un torete que salió dando cabriolas y bramando en medio de la multitud. Todo mundo salió corriendo en distintas direcciones, derribando en su huida mesas, figuras, vasos, botellas y atropellándose entre sí. No hay palabras para describir el tumulto y la confusión; pero por fortuna, la broma no ocasionó ningún daño grave fuera de unas cuantas cortadas, espinillas rotas y contusiones, además de uno o dos abortos.
El general Morillo desciende de una de las más distinguidas familias de Caracas. En su temprana edad fue a la vieja España y prestó servicio en la guardia de corps del rey. Al regresar a su patria nativa se convirtió en el más celoso defensor de la causa destinada a establecer la independencia de las colonias españolas; y durante la lucha desesperada entre España y Colombia, se le confiaron importantes órdenes en el litoral de la República. Después él comandó el sitio de Cartagena, que capituló después de largo bloqueo con la victoria para las armas de Colombia. Los modales del general eran exquisitamente refinados; de tal suerte que se podía observar al instante su roce en la mejor sociedad. El hablaba francés e italiano con fluidez y el inglés medianamente, aun cuando él por lo general se sentía reacio a conversar con los ingleses en su propia lengua. El ingenio del general Morillo era de calibre superior y en sus operaciones militares durante la guerra había demostrado mucha previsión, prudencia, decisión y valor. Pero algunas de las autoridades de Bogotá, cuando yo estuve allí, me dieron a entender que el gobierno se sentía bastante desconfiado del general, pues lo consideraban como un intrigante infatigable y por esta causa lo mantenían en la costa alejado del gobierno central. Desde entonces él renunció al cargo de gobernador de las provincias de Santa Marta, Cartagena y Riohacha y fue reemplazado por el general Bermúdez. Hay una mancha en el temperamento del general Morillo -su pasión inveterada por el juego-, en cuya complacencia podría pasar días y noches en vela. Esta pasión ha demostrado ser la ruina de Suramérica, si no se toman medidas firmes por el Senado y el Congreso para detener su desarrollo, y si fuere posible, extirpar este veneno de la mente de todas las clases sociales; pues los antiguos grandes de España, los caballeros, los mecánicos, los indios y los negros son todos igualmente adictos a este vicio fascinador. Uno de los juegos predilectos entre la clase baja, se denomina "Más diez". Frecuentemente se ven mesas de este juego en las plazas públicas durante el carnaval; tienen bolsas alrededor numeradas hasta 22; el jugador lanza una bola alrededor, si ésta entra en tina bolsa por encima del número 10, es ganancia para el banquero de la mesa, pero si por el contrarío cae en una bolsa de numeración inferior, gana el jugador, pero le da al banquero de la mesa la ventaja de dos bolsas.
Las corrientes de aire procedentes de los Andes que se levantan, soplan del S. E. y predominan durante los meses de diciembre y enero en Santa Marta, y mientras permanecimos en esa ciudad (que está construida sobre suelo arenoso) nos incomodaban a los ojos; pues el calor es tan sofocante, que las casas están edificadas sin ventanas. Las brisas del S. E. por consiguiente cubren las casas de una arena fina blanca que empolva los muebles; los platos en las comidas también participan de este elemento picante. Se agregan a esta calamidad, los mosquitos, nubes de moscas, ciempiés, escorpiones y de vez en cuando la presencia de la fiebre amarilla, que constituye un gran inconveniente para establecer la residencia en Santa Marta.
Con el tiempo, Santa Marta llegará a ser una plaza de considerable comercio y tránsito debido a su posición ventajosa en la costa del Atlántico, especialmente si no tiene éxito la apertura del canal entre Cartagena y el río Magdalena. La música y el baile son las diversiones predilectas de los habitantes de Santa Marta, y en todas las ciudades de la costa se oye todas las noches tocar alegres guitarras y pies ágiles que se mueven a su ritmo. Los dueños de la casa reciben a los desconocidos con mucha amabilidad cuando desean entrar a bailar o a observar.
Las mujeres tienen lindos ojos y en general tienen buenas formas, pero su complexión es morena y los dientes, aún los de las muchachas jóvenes, están deteriorados, causa, como lo manifesté anteriormente, del consumo constante que hacen de dulces. Muchos de los habitantes tienen una imagen del Niño Jesús en un retablo, que lo iluminan con velas durante la noche y lo adornan con flores y conchas de mar; éstas se encuentran en la costa próxima a Santa Marta en bellísimos colores y formas. A todo inundo se le permite entrar y salir durante estas fiestas religiosas. Distante unos tres cuartos de milla de la ciudad existe un lindo arroyo de aguas cristalinas, que ofrece a los naturales el doble lujo de una bebida sana y un baño agradable.
Esta plaza fue atacada y tomada por unos 350 indios en enero de 1823 y mantuvieron el dominio de ella durante unos 18 días. Pugeal, español, comandó a los indios en este ataque; más tarde cayó prisionero en manos de los patriotas y fue enviado a Lima para servir como soldado raso, aun cuando en esa época ya tenía más de sesenta años de edad. Anteriormente había sido gobernador de un departamento del reino de España. Los indios saquearon todas las casas de la ciudad, con excepción de la aduana y los almacenes de depósito de uno o dos comerciantes ricos, los cuales se conservaron como provisión de boca para el general español Morales, quien se hallaba en posesión de la fortaleza de Maracaibo. En ese entonces Santa Marta fue tornada por los indios, pues tenía para su defensa únicamente un reducido número de fuerzas locales muchas de las cuales eran bastante indiferentes a la causa de la independencia. Mientras permanecimos allá, la guarnición constaba de un regimiento de infantería de la provincia de Antioquia a órdenes del coronel Restrepo, hermano del ministro del interior.
El domingo 4 de enero nos hallábamos preparados para emprender el viaje a través de las ciénagas o lagos, después de haber alquilado el señor Faribank una barcaza cubierta y una gran canoa para transportarnos con nuestro equipaje a la ciudad de Mompox y después de habernos provisto de los alimentos necesarios tales como galletas, ron, carne de ternera salada, aves, chocolate, etc. A propósito, recomiendo a todos los viajeros que suban el río Magdalena no olvidar sus mosquiteros, pues estos insectos chupadores constituyen una terrible molestia en el río, como pude comprobarlo por propia experiencia penosa, al haber dormido dos o tres noches sin mosquitero, suponiendo entonces que la picadura de este insecto americano no era tan ponzoñosa como la del mosquito del Mediterráneo. El bote o barca está construido con cubierta como los buques, la longitud es de 62 pies y seis pulgadas, once de ancho; la longitud de la parte cubierta tiene diecisiete pies; el conjunto de la tripulación lo integran un piloto, un timonel, un cocinero y diez hombres para impeler el barco con pértigas. La canoa grande llamada bongo se construye de un árbol ahuecado en forma cóncava con herramientas; tiene cuarenta y dos pies de longitud y seis pies dos pulgadas de ancho; la tripulación la componen un piloto, un cocinero y cinco hombres para impulsarla con pértigas.
El señor cónsul general Henderson llegó a Santa Marta con su esposa y familia pero se quedó atrás por falta de embarcación. Todos los sirvientes, exceptuando uno mío, habían salido con nuestro equipaje el día anterior en el bongo y la piragua por vía marítima para entrar a los lagos que se comunican con el río Magdalena en Cuatro Bocas. El domingo por la tarde el gobernador, coronel Saída (que insistió en que le acompañásemos a la aldea india de Guava a unas dos leguas de Santa Marta), el coronel Campbell, el señor Cade y el señor M'Leland (socio del señor Faribank), mi sirviente y yo, salimos de Santa Marta a caballo, escoltados por un destacamento de húsares y lanceros, con dirección a la grande aldea india La Cervanos, donde debíamos de encontrar nuestros buques. Esta escolta era necesaria, pues algunas de las tribus vecinas indígenas estaban todavía en armas. Los uniformes de estos húsares y lanceros constituirían una novedad para cualquier europeo; ellos usaban cascos cubiertos de pieles de oso, chaquetas rojas, pantalones blancos pero sin botas, las piernas desnudas, las plantas del pie protegidas con sandalias y provistas de largas espuelas. Nosotros criticamos mucho durante la revolución francesa de 1794 los sans-culotes, pero yo nunca vi caballería sin botas; los caballos eran pequeños pero briosos y de buen rendimiento. La Cervanos está situada a siete leguas de Santa Marta, y encontramos algunas partes de la carretera muy pedregosas, pendientes y malas, especialmente en la costa, donde nos vimos obligados a cabalgar por rocas inmensas durante la noche. El caballo del coronel Campbell se cayó con él, pero afortunadamente resultó ileso. En Guava nos despedimos del coronel Saída, expresándole muy sinceramente nuestra gratitud por toda la benevolencia de que nos había hecho objeto durante los pocos días que permanecimos en Santa Marta. Durante las tres o cuatro primeras leguas de nuestro viaje, cruzamos a través de hermosas selvas, valiosas debido a la variedad de maderas tintóreas que se transportan a Santa Marta para exportarías de ahí a Europa. Atravesamos diversos riachuelos en el camino hacia La Cervanos y, como noveles viajeros del Nuevo Mundo, nos sentimos bastante alarmados al ser prevenidos por los húsares de que había caimanes en algunos de estos caños. Recuerdo perfectamente bien haber mantenido las piernas y rodillas en alto corno el sastre que cabalgaba en Brentford, y observando atentamente de derecha a izquierda en expectativa constante de ver aparecer uno de estos monstruos voraces de anchas quijadas en la superficie del agua; pero después al subir el río Magdalena, nos acostumbramos a la presencia de caimanes de tamaño gigantesco, aun cuando debo confesar que nunca tuve el honor de cabalgar sobre el lomo de uno de ellos (1), ni me sentí muy inclinado a hacerlo. En este viaje estuve especialmente bien montado, gracias a la bondad del coronel Reenboldt, que tuvo la fineza de prestarme un caballo brioso. El coronel era natural de Hanover y estuvo algunos años antes al servicio del gobierno británico; en la época actual comandaba un batallón extraordinario llamado cazadores de la guardia, acantonado entonces en Cartagena. En este instante estaba en vía de Cartagena a Maracaibo, "pour faire l'amour" a una linda muchacha, con quien se casó más tarde; para lograr este don, tuvo que afrontar tantos peligros y riesgos como la mayor parte de los caballeros andantes de antaño.
Para ir de Santa Marta a Maracibo por tierra es necesario cruzar el territorio perteneciente a una tribu poderosa de indios independientes llamados guagiros, que dominan unas cuantas leguas de costa hacia el este de Santa Marta, con dirección a Riohacha, y los cuales no permiten a ningún extranjero atravesar su territorio, sin iniciar antes hostilidades. El coronel Reenboldt me contó que él tenía consigo un guía leal y que su plan consistía en viajar solamente durante la noche y permanecer durante el día oculto en la espesura sombría de la selva, pues los indios jamás están en actividad durante la noche, pero están siempre vigilantes al amanecer. El coronel llegó a Maracaibo sano y salvo -"omnia vincit amor"-, y recibió la debida recompensa por su constancia y valor.
Se considera al coronel Reemboldt como uno de los mejores oficiales al servicio de Colombia y se ha distinguido a la cabeza de su extraordinario batallón de tiradores expertos en muchas ocasiones, especialmente en acción contra los indios cerca de los lagos, en enero de 1823, cuando el general Morillo comandaba las fuerzas colombianas.
Tal como dije antes, los indios guagiros dominan una región considerable de la costa del Atlántico, desde una parte pequeña hacia el oriente de Santa Marta hasta Riohacha y Cojoro, en el golfo de Maracaibo, y en el interior también se extiende muchas leguas. Parece bastante extraño que esta nación de indios independientes no hubiese sido nunca conquistada por los españoles, estando por todas partes rodeados por criollos que viven en las provincias que ahora forman parte de la República de Colombia. He oído decir que esta fue política de los españoles para mantener a los indios guagiros independientes, por cuyo medio evitaban a los habitantes de cualquier parte de las provincias comunicarse entre si; esto, sin embargo, es problemático.
La población de esta región se supone que llegue a cuarenta mil hombres y pueden enviar a la lucha catorce mil hombres bien armados con fusiles, lanzas, arcos y flechas; las flechas están envenenadas. La comarca de los guagiros sostiente un comercio notable con los comerciantes de Jamaica; ellos cambian mulas, ovejas, perlas, maderas tintóreas y cueros por ron, brandy, municiones y baratijas. Ellos también tienen comercio con la ciudad de Riohacha. Sus caciques o jefes se distinguen por una montera de guerra hecha de piel de tigre, con los dientes incrustados en la parte frontal y la piel adornada en la parte superior con plumas de colores brillantes de los guacamayos y loros. El actual gobierno de Colombia desea que todos los buques negocien con los indios guagiros arribando ya sea a Maracaibo o a Riohacha, para obtener permiso en la costa y pagar un pequeño tributo por la carga, pues los colombianos no están en dominio de todo el país. Yo no creo que los comerciantes de Jamaica se hallen dispuestos a cumplir con esta orden del gobierno de Colombia.
Arribamos a La Cervanos de la Ciénaga cerca de las dos de la mañana muy cansados, pues no estábamos acostumbrados, por lo tanto, a permanecer mucho tiempo encerrados a bordo de un buque. La parte de la ciudad donde estaban acantonadas las tropas se hallaba bien asegurada con fortalezas temporales construidas por cercos de estacas cubiertas de barro con agujeros y un caballo de frisa para evitar el verse sorprendidos por los indios, que atacaron la ciudad dos veces durante los dos últimos años; y en una ocasión fue arrastrada por la tempestad de modo especial, produciendo la muerte de la mayor parte de la guarnición. La guarnición constaba ahora de cien hombres del batallón de Antioquia y un destacamento de húsares y lanceros. La ciudad en esta época contaba con unos dos mil indios, pero había diminuido más de la mitad durante la guerra debido al número de hombres que perdió en apoyo de la causa del rey de España. Un cacique fue hecho prisionero diez días antes de nuestra llegada e inmediatamente fue fusilado, pues ninguna de las partes contendoras daba cuartel y los oficiales me contaron que había muerto con la mayor sangre fría.
La primera noche que pasamos en La Cervanos fue de lo más incómoda; sin tener mosquiteros, estábamos completamente a merced de los mosquitos que abundan en las cercanías de todos los lagos y en los climas cálidos y que casi nos devoran. Considero esto como el mejor chiste del caso -en verdad uno muy fino para mi joven secretario, que había estado siempre empleado en el Foreign Office de Downing Street, pero que lo aceptó con muy buen humor- y el presagio de una de las mayores comodidades que teníamos que experimentar al navegar unas 800 millas, por el río Magdalena hasta Honda. El coronel Campbell y yo como soldados veteranos, no teníamos derecho a quejarnos. El oficial comandante del destacamento estaba casado y su esposa, una hermosa joven de Cartagena, le acompañaba. El nos dio un espléndido desayuno de acuerdo con la costumbre del país; chocolate espeso, carne salada de ternera desmenuzada y huevos fritos y además plátanos y algunas frutas tropicales. Después de la comida nos levantamos y dimos una vuelta por el fuerte y con gran sorpresa mía, cuatro soldados me dirigieron la palabra en inglés; éstos habían pasado muchos años al servicio de Colombia y estaban ahora en el batallón de Antioquia; dos de ellos eran irlandeses, uno de High Wycombe, de nombre Bucks y el cuarto de Yorkshire. Que los tres primeros estuviesen al servicio de Sur América no era de sorprender, pero haber encontrado uno procedente de Yorkshire era bastante asombroso. Hubiese puesto en duda la anécdota del individuo a no ser por el dejo marcado de su entonación. Estos hombres se quejaban dé tener el estómago lleno de combates pero vacío de alimentos y que el gobierno les debía a ellos una considerable suma de mesadas atrasadas; si ellos hubieran podido obtener el pago de éstas, muy seguramente hubieran abandonado inmediatamente el servicio en el ejercito colombiano, manifestando que las campañas en las inmensas llanuras de Sur América no eran cosa de chiste.
En el corral del comandante vi varios gallos de riña amarrados por la pata con un cordel bastante largo para permitirles moverse. Los colombianos son particularmente aficionados a la riña de gallos y llevan esta pasión a tal extremo que me han contado apuestas que llegan a la suma de 30.000 dólares por una pelea corriente. En mis viajes posteriores a 1.500 millas en el interior del país encontré indios que llevaban sobre la espalda jaulas pequeñas con gallos de riña, caminando por las montañas para llevárselos a los caballeros colombianos. El gallo está protegido con espuelas de acero inglés cuyo valor es de tres dólares el pan. Los oficiales admiraron mucho la escopeta de dos cañones y la brújula de bolsillo del coronel Campbell.
El lunes el coronel Campbell y yo bajamos al lago con nuestras escopetas; matamos cinco aves grandes del género de avefría, una hermosa paloma torcaz del tamaño de un tordo y un milano de bello plumaje. Vimos gran variedad de aves acuáticas pero no pudimos conseguir ninguna, pues las orillas del lago son muy pantanosas. Deseoso de conservar la paloma torcaz la disequé siguiendo las reglas del arte. En esta operación tuve bastante éxito, aun cuando muy mortificado por el jején y los mosquitos; como no tenía caja pequeña para poner el ave, a la mañana siguiente encontré centenares de hormiguitas comiéndose la piel y por consiguiente comprendí que mis esfuerzos para conservar las pieles de los pájaros no tenían objeto. Mucho admiramos los lagos, la superficie de cuyas aguas contrasta con las islas de bosques en donde las orillas se hallan cubiertas de mangles que se elevan a una altura de 70 u 80 pies. En lontananza se divisa, remontándose hasta las nubes, un ramal de los Andes, que va de Santa Marta a Caracas; muchos de estos picos están constantemente cubiertos de nieve. Lo que más particularmente llama la atención del viajero al Nuevo Mundo es la condición gigantesca de la naturaleza: montañas de inmensurable altura, llanuras, selvas, ríos y lagos de extensión y espacio ilimitados; la mente se halla ocupada a toda hora con algo nuevo, en la forma y colores que presentan las aves, fieras, insectos, árboles y arbustos de este país extraordinario.
Como los mosquitos nos habían atormentado tanto la noche anterior, resolvimos desquitarnos de ellos la próxima noche fumando tabaco, pues el humo está demostrado que contrarresta el ataque de estos molestos y perseverantes insectos. En Suramérica se recomienda mucho el fumar para ahuyentar las fiebres intermitentes y otras fiebres perniciosas que se contraen durmiendo cerca de las sabanas y grandes pozos de agua estancada. Atribuyo a la costumbre mía de fumar el no haber contraído nunca fiebre en mis viajes por Suramérica, Cerdeña y Sicilia o durante mi permanencia en el ejército de España. El viajero nunca debe empezar un viaje temprano por la mañana sin su traguito (una copita de brandy que tomaban los soldados alemanes) o una taza de café tinto cargado sin leche y unos cuantos tabacos en el bolsillo, que se encienden generalmente en brasas de la leña que hay en el bosque.
Nuestros barcos habían cruzado felizmente la barrera que separa la entrada del lago al Atlántico, cuya travesía estaba a menudo acompañada de peligros cuando soplan los vientos del mar con violencia y envían una fuerte resaca sobre la varandilla. Anclamos en Pueblo Viejo, a unas dos millas y media de distancia de La Cervanos de la Ciénaga, donde por primera vez contemplé la venta de pavos negros silvestres, buen alimento de mesa y el paujay, o gallina silvestre del tamaño y forma de un faisán, de plumaje negro y la cola salpicada de puntos blancos y una cresta negra a manera de copete que lo adorna en forma elegante. Vagaban por la ciudad muchos perros nauseabundos, sin pelo, del tamaño de un perro de aguas. En verdad debía ser muy cómodo para el animal en este clima cálido carecer de pelaje, pero su deshabillé no le sentaba bien. Ocurrió en el barco un triste accidente a uno de los pequeños comerciantes que transportaban provisiones desde el interior, aguas abajo del Magdalena, al cruzar los lagos hacia la costa. Su cargamento consistía en marranos gordos que estaban acorralados tan estrechamente y tenían tan poco aire para respirar, que cuando llegaron a Pueblo Viejo las dos terceras partes de los pobres cerdos se habían asfixiado. Como no había tiempo que perder cuando el termómetro marca de 80 a 90º F, encontramos al propietario y a uno o dos de sus asistentes en la playa despresando y salando la carne de puerco de estas víctimas prematuras, para los habitantes de Santa Marta; ya que los habitantes de las grandes ciudades de Suramérica consumen lo mejor y peor como la población inmensa de nuestras propias metrópolis.
Cerca de Pueblo Viejo me mostraron el campamento donde tuvo lugar una severa acción entre las tropas colombianas, comandadas por el general Cariguán, en la actualidad gobernador de Panamá, y los indios nativos de estas dos aldeas, acompañados de unos pocos españoles bajo las órdenes del general Porrus, español, gobernador de la provincia en el año de 1820. Los indios defendieron sus posiciones de la manera más desesperada y perdieron casi mil hombres, que fueron muertos a bayoneta y lanza, y al examinar sus cadáveres, pudo observarse que sus heridas eran en la frente. Esta anécdota me fue relatada de sobre mesa por el honorable Pedro Geral, ministro de relaciones exteriores de Francia en Bogotá, el cual había estado en el campamento después del combate. Esa devoción a la causa del rey de España y el determinado coraje debe ser admirado por todos, cualesquiera que sean los sentimientos políticos. Al día siguiente, con sólo cuatrocientos hombres, atacaron a los colombianos con su valor proverbial, pero fueron derrotados debido al corto número de ellos. En esa ocasión vimos muy pocos jóvenes en las aldeas; la población consistía de ancianos, mujeres y niños. Sus casas estaban construidas de bahareque y techadas con hojas de palma. Encontramos un indio que había estado en Inglaterra y hablaba un poco de francés e inglés. Sus compatriotas lo consideraban como un prodigio. Algunos indios que estaban en los lagos con sus canoas pescaban con redes, que se me asemejaron mucho a nuestras atarrayas y que las arrojaban casi en la misma forma. En esta aldea compré dos tucanes dentro de una jaula grande de bambú por dos dólares y dos reales; eran éstos unos pichones muy bonitos. El tucán abunda en las provincias de Santa Marta y Cartagena, hacia la costa, pero nunca los vi en el interior de Colombia. Se supone generalmente que el tucán se alimenta de frutas, semillas, etc. y no es de rapiña. Pero un vendedor de pájaros en Londres me aseguró que había tenido uno vivo casi durante año y medio, al cual le permitía andar suelto por la tienda, hasta que descubrió que había devorado un pinzón real que cantaba, que había escapado de la jaula y desde entonces él lo alimentaba con pájaros muertos.
Al señor M'Leland, después de haber comprado algunas provisiones adicionales para nosotros, le dimos la despedida y nos embarcamos en nuestros buques el día martes 6 de enero. A esta hora, dos de la tarde, el termómetro marcaba 87º F a la sombra. Al pasar cerca de Cuatro Bocas, vimos cuatro caimanes, los primeros que habíamos visto; el coronel Campbell disparó a largo alcance con perdigones, pero las escamas son tan duras que se cubren entre sí de manera que los perdigones no tienen la más mínima oportunidad de penetrar dentro de la carne. Yo me sorprendí al ver caimanes en esta parte del lago, pues el agua es salobre y yo había supuesto anteriormente que sólo se hallaban en el agua dulce de los lagos y ríos. Después de esto, nos alarmamos mucho al ver uno de los indios saltar a bordo con una garrocha que cayó al agua y esperábamos a todo momento ver al infeliz devorado por un caimán; pero pronto cogió su objeto y subió de nuevo a bordo. Supongo que el ruido que hacen los negros e indios cantando y el golpe de las pértigas en el agua, asustan a los caimanes y los mantienen lejos de los buques. Una hora o dos más tarde de esto, mi perro favorito, Don, perdió el equilibrio y cayó al agua; lo dí por perdido, pero los esfuerzos de uno de los negros a quien le había prometido un dólar dieron buenos resultados, pues Don me fue rescatado y ahora está vivo y sano en Inglaterra. Encontramos muy útil a Jacko, el oso hormiguero que había comprado en Jamaica, pues en el barco mataba las cucarachas, hormigas blancas, arañas, etc. Estos insectos invaden constantemente nuestras provisiones y son especialmente incómodos. Por desgracia Jacko tenía profunda aversión a toda la raza canina; por lo tanto había una guerra perpetua entre él y Don, que al fin fue fatal para Jacko, pues con gran pesar por mi parte me vi obligado a matarlo. Después de mi llegada a Bogotá, casi se termina la vida de Don, a causa de un profundo mordisco en el cuello. Había leído en algunos autores que el oso hormiguero carecía de dientes; mi viejo pointer podría decir otra cosa muy distinta -ellos muerden con tanta agudeza como un tejón y sus patas están provistas de garras largas y fuertes.
Tuvimos poca brisa o ninguna para la navegación. A nuestra tripulación negra, cobriza y morena le oí rezar a San Juan para que concediera brisas favorables. Los lagos rara vez tienen más de veinte pies de profundidad y en promedio unos seis o siete pies. Nuestro buque mayor calaba unos dos pies y medio y el menor uno y medio. Comíamos a las seis en nuestros camarotes o por la cubierta del buque grande y bebíamos a la salud de nuestros buenos amigos de Inglaterra con una botella de clarete San Julián y echamos anclas a las siete, en un lugar llamado Menciado, clavando las pértigas en el lodo y amarrando los botes en ellas. Por la noche hubo buenas brisas que sirvieron para mantener alejados a los mosquitos y dormimos profundamente sobre cubierta, después de haber pasado dos noches en la costa tan incómodos. El bongo no apareció sino a las seis de la mañana y se regañó al patrón, que demostró ser un tunante redomado.
El día siete, a las siete de la mañana, entramos a la Boca de Caño Grande, que no tiene más de veinte yardas de ancho, timoneando de occidente a sur. Navegábamos entonces a una velocidad de cuatro nudos por hora. Todos los negros e indios tomaban por la mañana temprano un vaso de ron, y si se les agregaban unos cuantos cigarros, los individuos trabajan como esclavos de galeras durante tres o cuatro horas. Cicerón hubiera podido arengar a estos negros boteros sin causar la menor impresión, pero en cuanto ellos veían los cigarros y la damajuana de ron, les brillaban los ojos y pronto se oían las canciones alegres y las largas pértigas se movían con precisión y rapidez. Ellos están desnudos con excepción de un trapo de tela que llevan alrededor de la cintura y un sombrero de paja. El coronel Campbell mató una hermosa garza de color blanco lechoso o garza real. Sobre el dorso de este animal se hallan las plumas que adornan la cabeza de nuestras bellezas europeas. Observamos gran variedad de aves acuáticas tales como gallinetas, espátulas escarlatas y un ave excelente, el flamingo y cercetas, pero ellas se asustaban al ver los buques. Al cruzar el Caño de Boca Grande entramos en otro lago, denominado Redonda y después pasamos por Boca Sucia, que es un canal pantanoso. Después de esto, el coronel vio dos monas coloradas y un mono rojizo que dan unos alaridos espantosos y gruñen durante toda la noche, pero no están a tiro de fusil. El plátano y la higuera silvestre crecen a orillas del lago y las flores y enredaderas de algunos arbustos eran de los más hermosos y brillantes colores. Por la tarde tomamos agua del lago, a las cuatro, y nos pareció bastante fresca; vimos un enorme pájaro que los indios llaman tixerana o cola de tijera. Por la tarde entramos al Caño de Clarín y observamos gran número de monos colorados trepados en los árboles, pero ninguno de ellos estaba a tiro de fusil, con excepción de uno al cual herimos; este no cayo, pero se mantuvo colgado de la cola hasta que lo herimos seis veces. Con mucha dificultad desembarcamos para buscar al mono, que esperábamos se hubieran devorado los mosquitos, de los cuales hay millones zumbando alrededor de nosotros. Al abrir y despellejar el mono, los negros e indios observaron que era hembra y estaba grávida; más, sin embargo, oí decir que ellos habían preparado un plato delicado para la cena; estos individuos tienen apetito de buitres y digestión como la de un avestruz. Pasamos la noche en el Caño Abrito, que es fresco pero algo infestado por mosquitos.
Jueves 8. Entramos a las cinco de la mañana a zarpar de Caño Abrito y vimos por la costa una gran bandada de loros verdes; erré con mi escopeta varios tiros pero más tarde maté un mirlo de la misma forma y tamaño de una urraca de cola larga, ojos muy oscuros y cresta en la parte superior del pico. A las ocho de la mañana entramos al Caño de La Soledad, con temperatura de 79º F, y llegamos a desayunar a Cuatro Bocas. En las orillas de Cuatro Bocas encontramos una familia acampada; ésta se hallaba aquí durante unos días esperando vientos favorables para cruzar los lagos de Santa Marta; tenía un cargamento de arroz, gallinas y plátanos. Una linda mulata de diecisiete años formaba parte del grupo y observé que mi joven secretario estaba muy atento con ella; pero el desconocimiento de la lengua española constituía un serio obstáculo para enamorar. Aquí tuvimos que ejecutar una desagradable maniobra al vernos obligados a descargar los buques, sacando todo el equipaje pesado y trasbordándolo a la playa arenosa, lo cual nos detuvo algunas horas; hubo también una lucha desesperada entre Don y el oso hormiguero; en ésta Don salió con un fuerte mordisco en la cola, que fue curado por uno de los indios aplicándole sal y tabaco en la herida. El alimento de los indios y negros es arroz, plátano y carne salada de ternera en sancocho. Durante las comidas los reinos anchos que los boteros usan siempre cuando van a atravesar el río se lavan y colocan en el fondo del champán hacia la proa; entonces la ración de alimentos se saca y divide en pequeñas partes para los hombres que se la comen con los dedos. La mayor parte de las bodegas tienen grandes conos de panela que sirven de postre. Hoy el coronel Campbell mató lo que nos imaginamos que hiera un enorme pavo silvestre, pero más tarde averiguamos que se trataba de buitre de la ciénaga o gallinazo del lago. Esta ave tenía cinco pies y medio de ancho de alas, patas largas, rojas y muy fuertes; el plumaje del dorso y del pecho negro y gris y blanco en la cabeza con dos espuelas curvas afiladas en la punta, de casi una pulgada de largo desde la base de cada ala, con las cuales golpean con fuerza terrible. Los indios nos habían dicho que el buitre se podía comer, lo desplumamos y lo preparamos para la comida; no hay nada que decir de sabor, pues debo confesar que nunca había probado una cosa tan dura, fuerte y mala; y el coronel y la señora Cade fueron de la misma opinión. Esto resultó ser para nosotros un día de ayuno. Antes de llegar al río Magdalena los buques encallaron, lo cual nos obligó a permanecer inmóviles durante la noche. No nos habíamos cambiado la ropa desde que embarcamos en Pueblo Viejo, ni habíamos visto choza ni ser humano, salvo la familia ya mencionada. Los mosquitos y el jején resultaron muy fastidiosos esta noche, al acercarnos a la playa. Vi una gran cantidad de cocuyos por la noche, que proyectan una luz fluorescente y los llaman luciérnagas.
Viernes 9 de enero. Entramos al río Grande o río Magdalena, río de primera clase, aún en Suramérica, donde los hay de corrientes poderosas. El Magdalena en este lugar me pareció que tuviese una milla y media de ancho y el agua muy turbia. Las pendientes suaves de las colinas hacia el S. O. a siete u ocho millas de distancia tienen mucho parecido a las cascadas del Sussex. Estas fueron las primeras tierras que vimos cultivadas de algodón, maíz, cacao y caña de azúcar, desde nuestra salida de Pueblo Viejo; éstas se hallan a la orilla izquierda del río Magdalena y en estos terrenos la mayor parte del suelo rico y fértil permanece sin cultivo y cubierto de selvas. Un poco más arriba del río divisamos extensas sabanas con gran número de caballos pastando; en esta región hay asimismo extensas granjas donde los propietarios mantienen de doscientas a trescientas vacas lecheras y producen unas dos o tres arrobas (2) de queso diario, gran parte del cual se envía a las ciudades de Cartagena y Santa Marta. Los habitantes que viven junto al río eran generalmente criollos y vimos muy pocos indios o negros. Las aves de corral se venden aquí a dos chelines el par. El coronel Campbell mató un loro verde con plumas escarlatas en las alas, que resultó gordo y tierno. Los españoles bloquearon el estrecho canal de Bocadores de la Buega, que es la vía angosta entre el río Magdalena y los lagos, para evitar que los colombianos atacaran a Pueblo Viejo y a Santa Marta. Este canal fue dominado y los obstáculos removidos por los buques cañoneros de los patriotas.
Hacia el medio día llegamos a la espaciosa ciudad de Soledad, situada a milla y media del Magdalena, en la ribera izquierda, y se comunica con el río por un caño o canal natural. Un comerciante mulato nos ofreció bondadosamente habitaciones para pasar la noche y darnos la comodidad de disfrutar de una camisa limpia, después de haber transcurrido cuatro días con sus noches sin cambiarnos de ropa, en un clima tropical donde el termómetro a la sombra marca a las tres de la tarde 83º F. Divisamos a lo lejos la aldea de Barranquilla, pero por falta de agua no pudimos desembarcar. Enviamos nuestras cartas de presentación con un mensajero al señor Glenn, respetable comerciante inglés que residía allá. Vimos un caimán muerto tendido sobre el lomo a la orilla del río; me imagino que tendría de 14 a 15 pies de largo y debido a su hediondez llegó a ser un vecino desagradable. Las orillas del Magdalena son hermosas a causa de la abundancia de flores rojas y lilas de la clase de cámbulos que las guarnecen.
En Soledad encontramos un negro llamado Luis Bramar, que había estado durante tres años de tambor mayor en uno de nuestros regimientos como guardia de corps. El hablaba inglés muy bien y estaba empleado como dependiente en la tienda de nuestro anfitrión. Nos fue muy útil y entre sus conocimientos del inglés nos informó que había aprendido el arte de preparar el ponche de huevos en nuestro país. Nosotros pusimos a prueba su habilidad y nos regalamos durante la noche con esta bebida, encontrándola tan excelente que le rogamos a don Luis le diese una lección a nuestro cocinero Edle. Vimos aquí muchos caballos y mulas en grandes barcazas para lavarlos es el único cuidado que se les da a estos animales, que prueba sin embargo, ser muy refrescante después de un viaje. A los caballos, mulas y asnos les gusta por igual la calabaza; su forraje habitual es el maíz, en los países cálidos. El señor Glenn, hermano del comerciante, vino a caballo de Barranquilla a visitarnos; él estaba a media paga en el ejército de Meuron.
El gobierno colombiano le había concedido al señor Elbers, comerciante alemán, el derecho exclusivo para navegar durante veinte años por el río Magdalena con buques de vapor. En esta época un buque de valor de cuarenta caballos de fuerza, había entrado al Magdalena procedente de los Estados Unidos. Este buque después subió únicamente unas pocas leguas arriba de la ciudad de Mompox y a causa de su gran calado, no pudo proseguir más adelante. Es de lamentar que el gobierno de Colombia hubiese concedido el derecho exclusivo de navegación en los principales ríos y lagos, a saber: el Magdalena, el Orinoco y el lago de Maracaibo a individuos particulares; la madre patria del pasado sufre el ejemplo pernicioso del sistema de monopolios. Estas grandes vías de comunicación deben dejarse a disposición de todo el mundo y si este hubiera sido el caso, estoy seguro de que por esta época, a fines de 1825, muchos barcos de vapor estarían navegando en estos ríos y lagos. Sí el gobierno ha estado decidido a estimular los monopolios, que siempre son desventajosos para una nación comercial, hubiera sido más conveniente haber hecho contratos con compañías respetables, que poseen capital suficiente para evitar cualquier obstáculo natural en la navegación de los ríos, como esas grandes masas de troncos, los bajos fondos y bancos de arena, etc. El Magdalena es la gran vía fluvial que comunica a las provincias de Santa Marta, Cartagena, Antioquia, Mariquita y Neiva y transporta buques a tres días de distancia, por tierra, de Bogotá, capital de la República. Dejo estas disquisiciones de economía política para que se juzgue si es esta una razón fundamental para no conceder privilegios exclusivos.
Después de habernos provisto de una buena cantidad de camarones secos, pollos, azúcar, chocolate, mermelada de naranja y de algunos vinos fuertes catalanes, salimos de Soledad el sábado y pasamos por las ciudades de Sabana Grande y Rey de Molino, distantes de cinco a ocho leguas de Soledad. El arbusto de algodón silvestre está a orillas del río cargado de capullos maduros y reventones, que presentaban una apariencia bonita y nueva. También observamos la nidia, que la produce una planta trepadora que se enrosca alrededor de los árboles de la selva, y que produce un efecto agradable. Esta planta medra mejor en el suelo húmedo, y de ella gran cantidad se enviaba anteriormente a España para emplearla en la sazón del chocolate. El número de enredaderas separadas y colgantes de los árboles espaciosos, producen un efecto singular en estas vastas selvas y algunas veces a distancia aparecen cables pequeños de las vergas de un acorazado. A veces las he encontrado tan densas y entrelazadas entre si que parecen impenetrables: algunas de ellas cuando están en florescencia son especialmente agradables a la vista. Gran cantidad de árboles frutales se adaptan bien para el trabajo de enchapado y presentan una variedad de colores agradables cuando se pulen debidamente. Después vi en Bogotá modelos de obras de ebanistería, tales como muebles para las altas clases sociales, que me asombraron completamente. Los colores diferentes de las maderas habían sido enchapados con mucho gusto; pero los criollos trabajan muy rápido y probablemente un humoso tocador con cajones no se termine en menos de un año; y además debe darse el dinero por anticipado al ebanista, pues este no tiene capital. Vimos el esqueleto de un gran caimán y el coronel Campbell mato un Palero de hermoso plumaje llamado la amarilla o pechiamarillo; el dorso tenía un bello color castaño, el pecho amarillo brillante y un humoso copete rojo en la cabeza; es como del tamaño de un mirlo y canta muy bien.
El río en esta parte había disminuido considerablemente en altura y la corriente era más fuerte. Algunas de las granjas de las orillas daban un aspecto rural bonito, al estar sombreadas por la palma real de perenne follaje, que se remonta a considerable altura. Observamos en muchos lugares unas cercas bastante fuertes de bambú, construidas en la margen del río para proteger a los habitantes de los caimanes que tanto abundan en el Magdalena. A pesar de estas precauciones, ellos de vez en cuando, se dan maña para atrapar a alguien. Nos contaron en Barranca que una mulatica de catorce años de edad había sido arrebatada por la muñeca mientras llenaba un balde y arrastrada bajo el agua por uno de estos saurios. Tan pronto como los caimanes han saboreado la carne humana se aficionan particularmente a ella y son feroces y atrevidos en el ataque a la especie humana. Los nativos conocen esta circunstancia y procuran por todos los medios capturar el caimán que se lleve a alguna persona, cosa que es muy fácil de realizar, pues este monstruo anfibio es voraz como el tiburón y tiene sus cuevas particulares que rara vez abandona.
Mi secretario y yo entramos al bongo para navegar más rápido que el buque durante la noche y pasamos una sin dormir a causa de los desesperados ataques de las diferentes especies de mosquitos que infestan las orillas del Magdalena. A las tres de la mañana anclamos en la pequeña aldea de Ponto Corvo y nos sentimos muy complacidos de poder huir de nuestros perseguidores en la playa, los mosquitos, que ya cubrían todo el bongo. Aquí dormimos en el suelo durante tres o cuatro horas hasta la llegada del buque y nos dimos cuenta de que el coronel Campbell también había sufrido su penitencia como nosotros, durante la noche. Compré un bonito loro verde en este lugar por tres dólares, que hablaba algunas frases en español con bastante claridad y era un buen patriota, pues se le oía gritar "Bolívar" y muy a menudo decía "viva Colombia", "viva la patria y nada para los españoles". Este loro lo llevé después a Inglaterra y murió durante el invierno de 1825.
Hoy domingo, 11 de enero, a la una pasamos por Picua, pequeña aldea sobre la orilla derecha del río y Vimos una bandada de gallinazos, pequeño buitre negro que se alimenta de mortecinos y cadáveres de caimán; también vimos grandes árboles en forma de campana en la selva. Cerca de la aldea de Curé de San Antonio, observamos inmensas rocas y gran cantidad de pececitos que con frecuencia saltaban fuera del agua; nos imaginamos que estaban perseguidos por los caimanes. Se divisaban montañas orientadas hacia el S. O. Entonces nos dirigimos hacia el sur. El termómetro a la sombra marcó este día 86º. El coronel Campbell mató una garza de color de paloma, casi de la mitad del tamaño de las garzas del país, la cual tenía un redondel rojo alrededor de los ojos y patas amarillas.
En esta parte del río hay muchas isletas pobladas todas ellas de árboles gigantescos y hermosos arbustos, especialmente la mimosa. La tierra da el aspecto de ser extraordinariamente rica y fértil; en algunas partes hay hasta quince pies de profundidad de capa vegetal. El bejuco, una enredadera, crece en estas selvas, es tan fuerte y resistente que los nativos lo emplean para amarrar las vigas de sus casas y los bambúes para cubrir los champanes o lanchones en los que viajan por el Magdalena desde la ciudad de Mompox al interior de las provincias. Vimos varios monos colorados en los árboles y un par de guacamayos o macaguas grandes de color escarlata.
La noche la pasamos en la gran aldea de Barranca Nueva, situada en la orilla izquierda del Magdalena, en la casa de correos que era el mejor alojamiento que tuvimos desde que dejamos la casa del señor Faribank en Santa Marta. Barranca Nueva es una plaza floreciente debido a una considerable parte de productos que se transportan por el Magdalena, se descargan aquí y se llevan en mulas a Cartagena. Se emplea el mismo medio de transporte de Cartagena a Barranca para el despacho de artículos de lencería, vinos, etc., procedentes de Europa, Estados Unidos y Jamaica. Hay un canal natural entre Cartagena y Barranca por los lanchones durante la estación de lluvias que dura tres meses. Un ingeniero ha inspeccionado el terreno entre las dos ciudades y se espera que la comunicación fluvial se mantendrá abierta durante todo el año abajo costo. Los campos se han despejado a alguna distancia alrededor de la ciudad y como esta en lo alto, por esta circunstancia se goza de una bella vista del Magdalena hacia abajo y arriba de la ciudad.
En esta dudad, el cónsul general Henderson tuvo la desgracia de perder a su hijo, primoroso joven de diecisiete dios, tres semanas después de nuestra salida. El se estaba bailando y me imagino que nunca se supo bien si se ahogo file arrebatado por un caimán. En esa ocasión un 8IMente que estaba con el hizo una descripción muy confusa del accidente y entiendo se manejó de manera cobarde al abandonar al pobre joven. Frente a Barranca Nueva habla una isla, la cual parecía lugar predilecto para los monos colorados que hacían gran ruido durante toda la noche. Por la tarde el jefe de correos y unos veinte o treinta hombres y mujeres a caballo y en mulas repesaban de un baile que se celebraba en una aldea a unas dos millas de distancia. Las señoras cabalgaban a horcajadas con las enaguas arriba de las rodillas. La población de Barranca Nueva es de unas mil almas. Por la noche disfrutamos todos de un baño refrescante en una parte panda del río, con un sirviente en vela para los caimanes o cocodrilos. El correo de Cartagena va de Barranca Nueva a Honda, a una distancia de ochocientas millas en quince días. Se transporta en una canoa larga con cuatro hombres y se impulsa por medio de pértigas día y noche, un hombre manejando el reino, otro piloteando y así se reemplazan con los demás cada seis horas.
El día 12 salimos de Barranca Nueva a las seis y media de la mañana. El jefe de correos había recibido esa mañana una carta en donde se le anunciaba que dos miembros del congreso, procedentes de Panamá, estarían en Barranca Nueva dentro de seis días y se deseaba que se enviaran a Cartagena veinte caballos y mulas para el transporte de ellos, de su comitiva y equipajes. Cuando estábamos subiendo a bordo conocimos al coronel Johnstone y a otro oficial irlandés; el primero había estado cinco años al servicio de Colombia y había luchado en casi todos los combates contra el general español Morillo, habiendo estado gravemente herido. Como era oficial de campo en el batallón de Albions, compuesto de soldados ingleses, el coronel estaba en uso de retiro a media paga y se preparaba para ir a Inglaterra. Los oficiales en uso de retiro del servicio colombiano que no hayan sido heridos, reciben solamente una tercera parte del sueldo. El coronel Todd, anteriormente encargado de negocios de los Estados Unidos ante la república de Colombia se hallaba aquí, en viaje para Norte América pero no le vimos.
En cuanto navegamos río arriba con una brisa agradable, cerca de la costa maté una iguana de cuatro pies y medio de largo de cabeza a cola del género saurio. El patrón nos dijo que era un manjar delicado, por lo tanto se lo entregamos a Edle, el cocinero, para que hiciera un fricasé para la comida con salsa blanca; nosotros lo encontramos excelente, pues era gordo y blanco como una gallina. El coronel Campbell y yo salimos en la canoa con nuestros fusiles cuando había menos agua y matamos tres papagayos rojos de gran tamaño. Desembarcamos y nos dirigimos hacia un laguito donde los indios nos indicaron que era un lugar de caza de aves. En nuestro camino vimos una diversidad de pavos negros silvestres en los árboles; yo le disparé a uno y lo herí pero logró escapar. El coronel Campbell en el lago, donde vimos gran variedad de gallinas silvestres, mató un chorlito pardo que tenía el pico encorvado de unas cinco pulgadas de longitud. En un palo, a orillas del río estaba colocada una cabeza de tigre que parecía haber sido muerto últimamente, los colmillos eran largos y gruesos y tenía una mueca espantosa. Nos dirigimos a un corral de ganado que estaba protegido fuertemente con una cerca formada por guaduas grandes para evitar que las fieras se apoderaran del ganado. En un rancho cercano encontramos una negra muy ocupada haciendo quesos de leche sin descremar; tomamos con mucho agrado un trago de suero que nos pareció muy caliente, después anduvimos por lugares poco ventilados a causa del espeso follaje de árboles y arbustos. En este rancho vimos una pica o lanza larga con que se guían los toros, que son muy bravos. Nosotros estábamos allí muy precavidos durante nuestro paseo, a causa de las numerosas serpientes venenosas que invaden los bosques y lugares pantanosos, especialmente las culebras cascabel y las equis, cuya mordedura pronto es mortal, si no se aplica el específico empleado por los nativos del país. En algunos árboles observamos que se habían hecho grandes agujeros por los lados, los que, según se nos dijo se hacían con el fin de preparar colmenas, pues había abejas silvestres cuyo producto es muy provechoso aquí, donde hay tantos altares y retablos constantemente iluminados con cirios en ciudades y aldeas, en homenaje a la Virgen y a todo el calendario de santos.
Hoy pasamos el día en las aldeas de Barranca Vieja y de Yuel, situadas ambas a la orilla izquierda del río. Las aves gorjeaban y el panorama de la selva era grandioso. El termómetro a la sombra a la una de la tarde marcaba 87º F y a las tres de la tarde 89º. Un indio brincó al agua en busca de su sombrero de paja, el cual obtuvo sin peligro alguno; estos hombres nadan admirablemente. Una balsa inmensa, cargada de caballos y mulas, que iba bajando el río pasó junto a nosotros; estaba ésta protegida por una cerca de guaduas. Vimos una bandada de guacamayos rojos, que viajan siempre en parejas y algunas veces sus cabezas escarlatas se ven asomar por entre el follaje de los árboles en donde, según se nos dijo, hacen los nidos.
Pasamos la noche en la aldea de Yubertín y al anochecer fuimos de paseo a la plaza, donde encontramos grupos de personas de diferentes tonalidades de color moreno, jugando cartas en mesitas al rayo de la luna, apostando dulces. Los negros, indios, mulatos, zambos y criollos parecían estar tan interesados en esos juegos como los jugadores profesionales apostando miles en una casa de juego de Londres. Nos sorprendió, o tal vez nos mortificó bastante notar que estos jugadores no hacían ningún caso de nosotros. Los hombres de esta aldea eran todos pescadores, y observamos mucha cantidad de pesca de forma y color semejante al escarcho de dos a tres libras de peso colgada en cuerdas secándose al sol. Como habíamos colocado nuestros mosquiteros antes de la puesta del sol, lanzamos un desafío a estos insaciables chupadores de sangre, que podían oírse afuera zumbando, volando en todas direcciones y tratando por todos los medios de encontrar un agujero en las cortinas. Un criado debe estar preparado para cerrar el mosquitero inmediata mente que uno se mete a la cama, pues de otro modo se cuelan estos atormentadores y pican y dan serenata toda la noche. No conozco nada más atormentador que las picadas de mosquito en un clima tropical. Es casi imposible abstenerse de rascar la picadura, la cual se irrita inmediatamente y algunas veces es sumamente dolorosa. Los nativos aplican sobre la irritación tabaco empapado en ron y yo comprobé que alivia mucho la inflamación.
Salimos de Yubertín al despuntar el día y vimos una serpiente verde y negra de unos siete pies de longitud deslizándose entre los arbustos de la orilla del río. Antes de tener tiempo para coger las escopetas ya había desaparecido. A las doce y media del día pasarnos la ciudad de Tenerife. Esta plaza ha sufrido mucho a causa de la lucha de los colombianos por la causa de la libertad. La iglesia y las mejores casas fueron quemadas por los patriotas en 1812, pues los habitantes eran godos, vocablo que se aplicaba a los españoles por ser descendientes de los godos. En una canoa grande vimos un enorme pescado llamado bagre, de unos tres y medio pies de longitud con manchas negras a los lados, una cabeza grande aplanada y boca ancha, ojos pequeños y barba fuerte. El bagre es un magnífico alimento y su carne es muy nutritiva. Uno de los indios pescó una tortuguita de agua. Otro caimán de gran tamaño apareció muerto a orillas del río y una nube de gallinazos estaba devorándolo. Entre éstos, observarnos dos de la especie denominada rey de los gallinazos. Se dice que el gallinazo corriente se retira de su presa como un súbdito obediente y observa cuando el rey de los gallinazos aparece. Esto en general puede ser cierto, pero en esta ocasión, supongo, el espíritu de republicanismo se había extendido a esta tribu plumosa y ya no se trataba al rey con el mismo respeto, pues dos reyes estaban con todos sus súbditos comiendo sin ceremonia y con tanta jovialidad corno el rey Arturo en medio de sus caballeros. Hoy por primera vez vimos el ave cabecinegra; se trata de un pájaro de gran tamaño, que en pie mide cuatro pies de altura, el cuerpo es blanco, la cabeza negra y el cuello rojo brillante. Era tan arisco que nunca pudimos tenerlo a tiro de fusil. También vimos bandadas de loros verdes, periquitos, que hacían mucho ruido al volar. Había tal cantidad de peces en la parte parida del río que parecía como si la canoa fuera a cortarlos. Esto ocurría cerca de la aldea de Plato; aquí contamos treinta caimanes nadando a unas doscientas o trescientas yardas de nuestra barca; en general sólo las cabezas aparecen sobre la superficie del agua. Plato es una aldea notablemente limpia y bonita, por lo tanto resolvimos pasar la noche allí.
Por la noche dimos nuestro paseo acostumbrado por la aldea, fuimos a dar a una casa donde había dos muchachos negros tocando violín, una muchacha tocando tambor y un mulato el triángulo. Nos causó gran sorpresa oír a estos músicos morenos tocar algunos valses con gran gusto y expresando el deseo de que salieran a bailar; pronto se formó un círculo y empezó el baile. Mi joven secretario bailó un vals con dos o tres bonitas mulatas y algunos aldeanos bailaron durante una hora o dos. Era muy agradable el ver la manera graciosa de esas niñas de ocho o diez años cómo bailaban, colocando los brazos en forma variada de actitudes elegantes. Los criollos indios y negros tienen un oído excelente para la música. Con frecuencia he recordado esta noche con placer; la noche era fresca y agradable, la luna esparcía sus rayos sobre nosotros, todos parecían estar embriagados de alegría y contento. Grupos de niñitos desnudos reían sentados con las piernas cruzadas a nuestro alrededor, lo mismo que los bailarines parecían disfrutar de la novedad de la escena. Tal vez sería dudoso si la brillante asamblea de Almacks sintiera la alegría de estos hijos de la naturaleza tan puros. Se servían tandas de ron y pasteles entre los bailes. El termómetro marca hoy 93º F a las tres de la tarde. Al salir de Plato por la mañana temprano una muchachita mulata le trajo al coronel Campbell de regalo una taza de leche fresca y algunas frutas. El coronel había estado charlando con ella la noche anterior y le había regalado una chuchería; y para ella demostrarle su gratitud le hizo este regalo.
Le regalamos el pasaje a una muchacha zamba desde este lugar hasta Mompox. La canoa o piragua en donde ella iba río abajo se volcó durante la noche al chocar con un gran tronco que flotaba sobre el río; todo se perdió; la muchacha y la tripulación se salvaron nadando hacia la playa. Esta joven damita parecía sufrir su infortunio con mucha filosofía, pues yo la oí con frecuencia cantando. Durante el viaje maté una garza que medía cinco pies de punta a punta de las alas. Vimos gran cantidad de patos y gansos silvestres y lagartos de color verde brillante a las orillas del río; estos reptiles son muy rápidos y ágiles en sus movimientos. A los nativos les gustan mucho los perros y los tienen por cantidades en todas las aldeas; sus ladridos durante la noche mantienen alejado al jaguar o tigre de manchas negras, al leopardo rojo y a otras fieras carnívoras. Oí decir que la rabia canina no se conocía en Sur América. El agua del río Magdalena está siempre muy turbia. Pasamos la aldea de Sombrone a la orilla izquierda del río y dormimos en San Pedro, a siete millas de distancia de Plato. El termómetro a las tres de la tarde indicaba en la sombra 92º y en el sol 112º F. Disparamos cuatro veces hoy a los caimanes muy cerca del bongo con perdigones y posiblemente les dimos, pues inmediatamente se sumergieron y no los volvimos a ver más; yo me imagino que uno de los rifles del señor Staudenmeyer a una distancia moderada hubiera podido atravesar las escamas. Dormimos esa noche en el Sitio del Demonio, a causa de la nube constante de diablillos que en forma de mosquitos invade este lugar. Partimos de aquí a la salida del sol del día 15 de enero.
Esta mañana el segundo patrón o capitán de la canoa se cayó al agua y tomó más de la necesaria para aplacar la sed; inmediatamente vimos un enorme caimán o cocodrilo que se dirigía hacia él; golpeando las pértigas contra el agua y los indios y negros haciendo un ruido enorme, logramos mantenerlo alejado mientras le arrojamos un cabo al patrón y lo sacamos sano y salvo a cubierta; el caimán y el remojón le volvieron la serenidad al caballero completamente. El coronel Campbell encontró varios huevos de caimán a punto de empollar. La navegación por el río se volvió ahora muy monótona debido a gran número de troncos de árbol que flotaban en el agua, los cuales estrechaban el curso de la navegación formando corrientes y remolinos, y como no soplaba ninguna brisa la tripulación se vio obligada a remolcar encima de esos palos, debido a que el agua era bastante profunda en las demás panes del río. Mientras impelían el buque con las pértigas con abundante transpiración, bebían grandes cantidades de agua sin experimentar malos efectos; esto puede atribuirse quizás al calor del agua. En el curso del día observamos varias bandadas de palomas silvestres y gran cantidad de milanos blancos. El termómetro a las tres de la tarde, a la sombra, marcaba 93º F. Al medio día tuvimos una agradable brisa del S. O. y unas cuantas gotas de lluvia, las primeras que recibimos desde que desembarcamos en el continente de Sur América. Acampamos por la noche en Pinto, pequeña aldea de 300 habitantes. Los agricultores aquí son ganaderos, algunos tienen hasta 100 cabezas de ganado. Por la noche fuimos a visitar al segundo alcalde o magistrado, y compramos tres pieles de tigre por seis duros españoles. Una de estas pieles perteneció a un tigre que se había llevado una pica del alcalde hacía algún tiempo y en el ataque con este feroz animal murieron tres de sus mejores perros. Los cazadores de jaguares los matan a veces a bala, pero generalmente prefieren emplear para tal fin una lanza de siete pies de largo con un hierro ancho en la punta, muy afilado en los bordes. El alcalde manifestó que nuestro gran tigre había atravesado el río a nado tres meses antes y al amanecer llegó al centro de la aldea; los perros dieron la alarma con incesantes ladridos; cuando el alcalde regresó con sus esclavos, atacó al intruso y lo mató. Los jaguares y caimanes son enemigos mortales, los primeros les hacen la guerra perpetua a los últimos. Siempre que el tigre sorprende dormido a un caimán sobre la arena caliente, él lo ataca por debajo de la cola, que es una parte blanda y gorda y la más vulnerable y tal es su sobresalto que difícilmente se mueve o resiste; pero sí el caimán agarra a su enemigo en el agua, su elemento más propio, entonces los papeles se cambian y por lo general el tigre se ahoga y perece devorado; conocedor de esta inferioridad, cuando tiene que atravesar un río lanza un tremendo rugido en la orilla del río antes de entrar al agua con la esperanza de asustar al caimán y alejarlo. En este paraje había gran cantidad de tigres gallineros que se llevaban los cerditos, las cabras y las aves; sus pieles tienen manchas negras, son suaves y muy hermosas y constituyen un artículo comercial en Europa. Una vaca gorda vale aquí unos veinte duros españoles; se sacan con frecuencia dos arrobas (3) de cebo para hacer velas.
Salimos de Pinto a las seis de la mañana, a esa hora había 78º F de temperatura; en la noche hubo mucho rocío y una niebla espesa por la mañana. Antes de salir se entonaban siempre Oraciones por uno de los indios o negros y en la última parte de la plegaria se unía toda la tripulación y rezaban en coro. Como el día era nublado, salí con el coronel Campbell en la piragua de cacería y desembarcamos en un bonito paraje donde había una choza indígena rodeada por gran variedad de árboles frutales de mucha belleza, cubiertos de capullos de flor, botones y frutas maduras. Los señores en Inglaterra habrían considerado estos árboles de valor incalculable como ornamento para sus parques, pero aquí les echan hacha sin piedad, sin mandato alguno ni peligro de denuncia por daño. Vimos aquí diversas especies del mono llamado mono mochino, de cola muy larga, la cual emplean para saltar de árbol en árbol con sorprendente actividad. Los perseguimos durante algún tiempo, deseosos de dispararles. Permanecimos cuatro horas en estos bosques y aun cuando están cubiertos de espeso follaje, y de vez en cuando encontrábamos un sendero indígena claro, sin embargo el calor era tan intenso que nos ocasionó gran fatiga la caminada. Metimos en nuestros talegos a un mono colorado, de barba larga e hirsuta como la de un fraile capuchino; dos grandes guacamayos, uno escarlata y el otro azul brillante y amarillo; dos periquitos verdes, un hermoso halcón culebrero, llamado así porque mata las serpientes, con un anillo negro en el cuello; una oropéndola, una mirla del tamaño de un tordo, con plumas anaranjadas en el pecho y parte de la cola; una enorme garza; un pato real silvestre; un halcón amarillo con la cabeza de color castaño. Consideramos esta excursión como un magnífico día deportivo. Sentimos algún remordimiento por haber matado el mico macho; él parecía mirarnos con mirada piadosa y de reproche, como si quisiera decir "¿Qué hice yo para merecer la muerte?" y al morir, su larga barba le daba el aspecto de un anciano. Vimos una espátula de color escarlata, pero se mantuvo fuera de nuestro alcance. Llegamos a las seis de la tarde a Rinconada, una casa abandonada, ambos estábamos rendidos, después de tanto ejercicio y sin haber comido nada desde las seis de la mañana. Aquí dormimos. El amo de la casa era un criollo, hombre muy industrioso; hace tres años logró que le concedieran mil yardas a lo largo de la orilla del río y todo cuanto pudiera cultivar en la parte posterior, pagando pequeños diezmos a un sacerdote de Mompox. Durante este tiempo él había construido un trapiche; bonito edificio y muy ordenado; sus plantaciones de caña de azúcar, cacao y plátano se hallaban cultivadas en la forma más ventajosa.
El sábado 17 de enero llegamos a la ciudad de Mompox a las cuatro de la tarde. Teníamos cartas de presentación para un respetable comerciante colombiano de esa ciudad, llamado Pino. Esperábamos que se nos hubiera ofrecido alojamiento, pero por desgracia el señor Pino en esa ocasión estaba muy enfermo y no nos pudo recibir. Visitamos después al señor Lynch, inglés que había sido oficial en el ejército colombiano y actualmente se hallaba establecido como comerciante en Mompox. Muy amablemente nos ofreció parte de su casa, la cual aceptamos gustosos. En esta ciudad, es necesario hacer otra descripción de las balsas planas, denominadas champanes para navegar en el Magdalena cuando el río está muy pando y se procede a remontarlo. Es un caso singular pero bien conocido, que estos champanes tienen la misma forma y construcción de los buques hechos por los indios o aborígenes del país para la navegación del río antes de haber sido conquistado por los españoles. Todas las mejoras y medios de transporte fueron revisados por los antiguos españoles; puesto que evidentemente la política y el gran objetivo de la Corte de Madrid era que las diferentes provincias de estas extensas colonias del Nuevo Mundo tuviesen entre sí la menor comunicación posible, con el fin de mantenerlas en la ignorancia de su poderío y recursos. Por consiguiente el viajero encuentra numerosos obstáculos y dificultades en la navegación de los ríos, el cruce de las llanuras y la subida a las montañas de este inmenso país. Confío en que la edad del barbarismo haya terminado al fin y que antes de algunos años, el viajero y el comerciante puedan atravesar este vasto continente desde el Atlántico hasta el Pacífico con facilidad. La naturaleza ha contribuido con su parte hacia la realización de este fin, pues ningún país posee tan buenos ríos navegables como los de Sur América. La construcción de champanes cuesta una suma considerable de dinero; por uno espacioso se pagan tres mil dólares. Se construyen muchos en Mompox. Nuestros bogas estaban borrachos y pendencieros; mientras estábamos aquí, hubo una pelea entre ellos a machete o sea cuchillos largos, en la cual hubo un muerto y cinco heridos; no hubo demanda ni investigación ni diligencia activada por el poder civil. En verdad estos bogas contumaces de Mompox deben únicamente mantenerse en orden por el poder militar, que castiga la delincuencia sin demora. La negrita no nos demostró mucho su gratitud; a ella le habíamos dado pasaje desde Barranca Nueva, pues la picarona trató de engañar a mi cocinero en la venta de unos doscientos huevos de tortuga, que él había deseado comprar. Las tortugas principalmente ponen sus huevos en este mes.
Mompox era y es un gran emporio de comercio, pero al igual que la mayor parte de las ciudades de la república de Colombia había sufrido mucho durante la última guerra. Su situación céntrica y ventajosa a orillas del Magdalena, entre Cartagena, Santa Marta y las provincias de Antioquia, Mariquita y Bogotá, debe en toda época asegurar un mercado considerable en el tránsito de mercancías, y los productos del interior de las provincias, tales como cacao, maderas tintóreas, azúcar, café, oro en polvo, pita (una clase de lino fuerte), etc. Un cargamento de madera tintórea de doscientas sesenta libras vale en Mompox ocho dólares y el precio de un buen caballo es de doscientos dólares. Mompox tiene una población de unas ochocientas almas, de todos colores, pero la mayoría son negros y zambos. Los bogas, o la tripulación de los champanes que los impulsan río arriba, son un conjunto de individuos tan borrachos y disipados como los puede haber en el mundo; la mayor parte reside en esta ciudad. Hay un juez civil, dos alcaldes, un gobernador militar con el rango de coronel y una pequeña guarnición de sesenta hombres, cuya principal ocupación es tratar de mantener el orden dentro de los mismos bogas. Aquí hay una fábrica de cadenas de oro, el cual procede de la provincia de Antioquia; estas cadenas son finas y bonitas y no hay la menor mezcla de aleación en el metal. Mompox tiene bonitas iglesias y muchos conventos; estos últimos han sido cerrados por el gobierno actual, y los miembros de la comunidad se hallan en libertad, algunos de ellos están en los conventos de Bogotá, que conservan su propiedad y prodigan asilo a los viejos frailes de los conventos provinciales que han sido suprimidos. Las casas de la calle principal son buenas, de un piso de altura y tienen aspecto limpio y pulcro por haber sido blanqueadas ocasionalmente. Las calles por la noche estaban iluminadas con grandes faroles de papel: recientemente se había impartido esta orden por el gobierno debido a la tentativa hecha para asesinar al señor Pino. Hay un muelle extenso a la orilla del río y una muralla de milla y media de longitud, veinte pies de altura y tres pies de espesor, para proteger el muelle y la ciudad de las inundaciones del río en la época lluviosa. El mercado en Mompox es bueno; se puede conseguir carne abundante y fresca, gran variedad de pescado, frutas y legumbres; las toronjas y piñas son muy buenas. La gente tiene pájaros enjaulados que se llaman turpiales, de color negro y amarillo, son como los ruiseñores de este país; son muy costosos cuando cantan bien. Yo pagué dieciséis dólares por uno, pero su gorgeo era hermoso. El pájaro murió después en Bogotá, debido a que el clima era muy frío para él. El calor es muy fuerte en Mompox, debido a su baja situación: el termómetro el día 22 de enero a las dos de la tarde marcaba 88º F con algo de brisa.
El coronel Ramos y sus oficiales comieron con nosotros el día 20; este es un gran caballero que ha estado durante mucho tiempo al servicio de Colombia; había sido condecorado con la insignia de tres órdenes, entre ellas la del Libertador de Venezuela. Los buenos patriotas de Mompox ofrecieron considerable resistencia a Morales, general español que, como de costumbre, cuando lograba dominar la plaza, mataba gran número de sus habitantes. La fiesta de San Sebastián es aquí un día muy alegre; la negras y mulatas se divierten entre sí arrojando harina sobre las cabezas de los negros. Tomamos una bebida fresca muy agradable llamada guarapo, hecha de zumo de caña de azúcar hervido con agua.
El día 23 salí a caballo con mi secretario para ir a una pequeña aldea cuatro millas distante de Mompox. Aquí observamos la manera curiosa de cultivar repollo, cebolla, etc. Se hace una cerca fuerte de guadua de cinco pies de altura; dentro de ella se deposita una capa fina de tierra y una pequeña cantidad de estiércol de ganado, en esta forma se siembra la semilla de repollo y cebolla. Las plantas que vimos eran grandes y hermosas y el cultivo de legumbres en esta forma tiene estas ventajas: que ni los cerdos ni las gallinas pueden llegar hasta ellas; las eras se riegan por la mañana y por la noche. El coronel Campbell se encontró aquí con el señor Manning, antiguo amigo suyo, a quien había conocido en Barcelona, España. El señor Manning venía de Bogotá con destino a Cartagena, después de haber efectuado una operación mercantil.
Se habían alquilado dos champanes y una piragua o una pequeña canoa, al señor Pino. El señor Lynch había advertido a nuestra churrusca tripulación de bogas que nos proponíamos salir de Mompox el viernes 23. Pero los esfuerzos del señor Lynch y los nuestros fueron infructuosos para enganchar la tripulación, pues la mayor parte de ellos estaban borrachos y dispersos por la ciudad. Es una mala costumbre la que tienen aquí de anticiparles todo el jornal a los bogas antes de la embarcación, pues como nuestros marineros ingleses, estos hombres rara vez abandonan la playa hasta cuando hayan gastado el último real en aguardiente (licores) y chicha (una clase de sidra fuerte). Las provisiones para la gente del champán las consigue el empleado que suministra la tripulación y se las distribuye el patrón o capitán del champán cada día. La ración consta de ternera salada, plátanos y algunas veces arroz. Estas se cocinan en la popa del buque y se les da en grandes vasijas de metal; ellos lavan los remos y los colocan en el fondo del buque para formar una mesa; cuando ésta se halla servida, ellos comen con los dedos: a la mayor parte les dan un terrón de panela como postre. El mayor de los champanes tenía sesenta pies de longitud por siete de ancho y dos pies sobre el borde del agua; el centro de convexidad es de seis píes, seis pulgadas; está hecho de guadua fuerte y flexible y está techado con hojas de palma y sujetas entre sí con bejucos fuertes. El conjunto de hombres para un champán de este tamaño es así: el patrón, el piloto que dirige con un largo remo en la popa y veintidós hombres que emplean pértigas de veinte pies de longitud; parte de ellos se halla en la cubierta y el resto en la proa del champán: la pértiga se ajusta contra la espalda que, debido a ello, se vuelve dura y callosa. Los bogas llevan una vida o muy indolente o muy laboriosa, pudiendo impeler el champán contra la corriente desde las seis de la mañana hasta las seis de la tarde bajo un sol tropical y con sólo hora y media para el almuerzo y la comida. En la operación de impulsar el buque, sus movimientos son algo lentos, algunas veces rápidos y regularizados por la voz de uno o más hombres. Este ruido al principio es desagradable pero pronto se acostumbra uno a él y no se acuerda de ello como el molinero de su molino. Lo que no se pasa fácilmente desapercibido es la sacudida cuando los bogas cambian la monotonía de sus movimientos por una clase de brinco corto o baile que impide completamente la lectura o escritura: con frecuencia echan agua sobre la embarcación para refrescarla. A los bogas, a causa de sus esfuerzos y constante caminar sobre las cubiertas calientes, se les hinchan las piernas y con frecuencia vimos en las aldeas a jóvenes inválidos por esta clase de trabajo y por falta de atención médica adecuada, constituyendo así una carga para sus familias. Creo que la navegación para remontar el río, estando encerrado todo el día en un champán con los bogas, el intenso calor del clima, las nubes de mosquitos de diferentes clases y tamaños, de las cuales hay cinco, y el dormir en las orillas calientes de los ríos, es una peregrinación mala e incómoda que tiene que sufrir el ser humano. Como este es el caso, al viajero no le queda otra alternativa que acortar la penitencia lo más rápidamente posible; para tal fin, recomiendo encarecidamente llevar consigo dos o tres barrilitos de ron y dos o trescientos cigarros y darles a los bogas, siempre que trabajen bien, dos o tres cigarros y un vaso de ron por la mañana y otro por la noche. Estos pobres infelices verdaderamente lo merecen, porque impeler durante tantas horas bajo un sol abrasador es un trabajo extraordinariamente pesado y sin duda mataría a cualquier europeo en pocos días.
Le regalé el pasaje de Mompox a Honda al capitán Hughes, primo del caballero dueño de las minas de cobre, quien estaba a media paga en un regimiento de Lanceros, y que había sido educado en Irlanda por el general Devereux para el servicio colombiano. El pobre Hughes, que se había quedado sordo en sus campañas, difícilmente hablaba español y estaba, según creo, falto de aquello que es nuestro mejor amigo en todo el mundo.
(1) | Véase "Las Andazas por Sur América" de Waterton. |
(2) | La arroba tiene veinticinco libras. |
(3) | Unas cincuenta libras. |
