En la mañana del 22 de diciembre habíamos terminado todos los preparativos y nos aprestábamos ya a partir de Cartago, cuando creí oportuno dirigirme a mis criados para decirles que no debían pensar, remotamente siquiera, en hacerse cargar por los silleros a menos de llegar a enfermarse en el camino, orden que tuve la satisfacción de ver estrictamente acatada. Luego de despedirnos del juez político, de M. de la Roche y de otros tres caballeros allí presentes sin olvidar naturalmente, a las chicas silbadoras, siendo las nueve de la mañana emprendimos camino hacia las montañas del Quindío, montando nuestras mulas, pues era mi propósito cabalgar hasta donde fuera posible. Encontramos el camino en no muy malas condiciones por espacio de tres cuartos de legua; más adelante estaba tan cenagoso que me vi obligado a apearme para vadear los charcos, calzado como estaba de botas altas y grandes espuelas, con gran diversión para los peones, naturalmente, pero con no menor mengua de mis reservas de grasa. Después de llegar a un alto, la bajada a lomo de mula por las veredas resbaladizas y fangosas era empresa rayana en lo temerario. En estos casos era de ver cómo las mulas, conscientes del peligro, escudriñaban la vía con toda cautela y luego, juntando las patas delanteras, se dejaban resbalar sobre las corvas en forma tal, que hasta un testigo presencial hubiera vacilado en dar crédito a sus ojos. Lo único que el jinete puede hacer en estos momentos es conservarse a plomo en la silla confiando en que la Divina Providencia y después la mula lo guarden de estrellarse en el medroso abismo.

A las tres de la tarde llegamos a una casa solitaria sobre las márgenes del río La Vieja, donde debíamos pasar la noche. Ya puede imaginarse el cansancio que me agobiaba después de la tremenda jornada, tan mal equipado como iba para andar a píe por semejantes andurriales y con un calor achicharrante, pues apenas habíamos ascendido un poco sobre el nivel del Valle del Cauca. En cuanto a Mr. Cade, cuyo peso era mucho menor que el mío, había podido salir avante sin desmontarse de la mula. Durante la noche nos molestó mucho el zancudo por la circunstancia de hallarse la casa situada no lejos de las márgenes del río, como queda dicho. Por el estado en que se hallaban los caminos o más bien, veredas, practicadas por el paso de las mulas, pudimos darnos cuenta de que había llovido copiosamente en las montañas mientras en Cartago habíamos gozado de buen tiempo, observación que fue confirmada por los peones que habían hecho el viaje viniendo de Ibagué.

Madrugamos el 24 de diciembre para seguir camino aunque, a decir verdad, no era muy satisfactoria la condición en que me hallaba para caminar por la montaña. Decidí cambiar mis botas altas por unas alborgas que compré en Cartago, especie de sandalias que cubren la planta del pie y parte de los dedos y que se sujetan con dos cuerdas que, prendidas al talón, se atan sobre el empeine. Hube de prescindir de las medias, pues las hubiera dejado pegadas en el barro. Completaban mi atuendo holgados pantalones blancos, camisa y chaleco, sombrero pajizo de anchas alas y un grueso bordón de punta ferrada para apoyarme al trepar por las rocas o salvar los charcos.

También ese día encontramos los senderos en el mismo pavoroso estado de los que habíamos transitado el día anterior. Caí en dos o tres fangales de los cuales sólo pude salir con la denodada ayuda de los peones y comencé a temer que me flaquearan las fuerzas antes de dar cima a mi empresa; pero resolví perseverar tenazmente en mi determinación mientras pudiera conservar aliento siquiera para mover las piernas. Cuatro días de buen andar se emplean en la travesía de aquella parte del Quindío, conocida con el nombre de La Trucha, región anegadiza y cenagosa; mas dejada atrás ésta, se pisa ya terreno más firme y los senderos empiezan a hacerse transitables. El agua de los arroyos que corren por allí es muy pura y deliciosamente fría; el clima tiene reputación de ser salubre y estimulante. Pasamos la noche en un lugar llamado El Cuchillo, donde nos fue de gran utilidad la tienda que en Popayán nos regalara don J. Mosquera, la cual alcanzaba a servirnos de dormitorio a Mr. Cade y a mí. En

 

 

cuanto a los peones, construyeron con hojas de plátano traídas a tal efecto desde Cartago, una especie de cobertizos que llamaban ranchos y de cuyo abrigo hicieron partícipes también a nuestros criados.

Partimos de El Cuchillo el 24 de diciembre a las seis de la mañana y a las tres de la tarde llegamos a un lugar llamado el Portachilo. Por el camino ese día tuve dos resbalones que dieron con mi cuerpo en tierra, sufriendo gran maltrato, aunque con la práctica anterior había adquirido ya alguna destreza en saltar de uno a otro de los lomos de tierra sólida que sobresalían entre los barrizales; fuera de que en las alborgas hallé calzado más adecuado que las botas altas de antaño para el tránsito por estos resbaladeros. Causaba pasmo ver a los cargueros avanzando por los peligrosísimos senderos con tan pesados fardos a la espalda; sólo una larga práctica había podido avezar sus cuerpos a trabajo tan rudo y azaroso. Nos dijeron que desde pequeños se les entrena haciéndoles cargar livianos bultos cuyo peso se aumenta gradualmente a medida que avanza en edad. En algunos trechos habían caído grandes árboles a la orilla del camino, sobre cuyos troncos se deslizaban los peones con tanta seguridad y aplomo como si estuvieran actuando en un prado de juegos. Mis dos cargueros, con su talle esbelto y recio, parecían modelos escogidos por un gran artista.

Uno de ellos tenía semblante particularmente vivo e inteligente, junto con trato expresivo y jovial.

Me contó cómo había tenido el honor de cargar en el paso por estas montañas a la mujer del coronel Ortega, gobernador entonces de la provincia de Popayán y que en todo el trayecto no se había resbalado una vez siquiera. Tiempo después, conversando con el juez político de Ibagué, me dijo que los cargueros rara vez pasan de los cuarenta años, pues por lo general mueren prematuramente de alguna afección pulmonar o de la ruptura de un aneurisma y que además, como sucede en general, los que trabajan de manera intermitente pero con buena remuneración en cada caso, se daban a la disipación y a la bebida hasta consumir el último centavo de la paga anteriormente obtenida. Hay entre trescientos y cuatrocientos hombres en Ibagué que viven exclusivamente de cargar personas y fardos por las montañas del Quindío. Es de esperarse que el Gobierno realice el programa de mejorar los caminos que calzan estas montañas, pues es ciertamente deshonroso para la especie humana verse en el caso de imponer a sus semejantes un trabajo que sólo las bestias debieran realizar. Se me ha dicho que tanto españoles como naturales del país montan a espaldas de estos silleros con tanta sangre fría como si cabalgaran a lomo de mula y que muchos de estos infames no han vacilado en aguijar las carnes de los pobres hombres cuando le viene en gana pensar que no marchan con suficiente rapidez. Yendo de camino uno tras otro, el carguero que va adelante como guía de los demás suba cada cinco o diez minutos para indicarles la ruta que va siguiendo libre de tropiezo.

A la madrugada del 25 de diciembre la expedición estaba lista a partir de Portachilo. Habíamos mantenido encendidas grandes fogatas para ahuyentar a los tigres y proteger especialmente a las mulas, que muy a menudo son víctimas de los audaces ataques de estos felinos. A cada rato les oíamos rugir durante la noche, acompañados del desapacible aullido de los simios rojos; y al añadirse a tan medroso vocerío el áspero grasnar de las aves nocturnas, resultaba una infernal serenata no arrulladora en verdad, para el oído inglés de Mr. Cade y el mío Continuamos todo el día nuestra marcha por el camino cenagoso bordeado de selvas impenetrables, subiendo poco a poco hacia la cuna de este ramal de los Andes, y si, de cuando en vez se presentaba en la abrupta vía un paso que permitiera la vista del paisaje, se alcanzaban a divisar a uno y otro lado, montañas cuyos picos altísimos se alzaban hasta esconderse en un nimbo de nubes. Mr. Cade persistía en continuar a caballo, no obstante los repetidos porrazos que tuvo que afrontar, y los criados, aunque a trechos montaban sus mulas, hicieron a pie la mayor parte del recorrido. Poco a poco, con la práctica iban mejorando mis cualidades de andarín, aunque, no habituado a las sandalias, me dolían los pies, maltratados por golpes y rozaduras contra los pedruzcos y raíces de árbol que obstruían el camino. Vimos por allí pájaros muy raros que no conocíamos, de tamaño como un faisán, de brillante plumaje y largo pico; me decían los peones que estas selvas estaban pobladas de aves que no se encontraban en el Valle del Cauca ni en las provincias de Mariquita o Neiva. ¡Qué campo de investigación tan amplio y rico ofrecían estas montañas a ornitólogos y botánicos dotados de temple suficiente para arrostrar, eso sí, toda clase de privaciones y penalidades!

Esta mañana un peón mató con su bordón una culebra de piel verde brillante y de ocho pies de largo que yacía dormida a dos o tres yardas del camino. Comentaba después que tal clase de serpientes llegaba a tener gran tamaño y que muchas veces las había visto subidas en un árbol a caza de pájaros y animalillos de toda clase, pero que su mordedura no era venenosa. A las tres de la tarde llegamos a un altiplano que consideramos adecuado para pasar la noche y donde había buen pasto para las mulas.

Me había fatigado tanto con la caminata de aquel día, que me vi obligado a descansar varias veces a la orilla del camino. Al partir de Cartago Edler, mi cocinero tenía las piernas hinchadísimas y cubiertas de escoriaciones, pero a medida que con el ascenso encontrábamos clima más fresco (el termómetro aquí marcaba 64ºF) se fue reponiendo hasta desaparecer casi por completo la inflamación. Hasta el momento los peones se habían portado tan bien, que gustoso les prometí una paga adicional de veinte pesos si continuaban lo mismo hasta Ibagué y como los cuatro silleros iban escoteros, ayudaban de buen grado a los peones a cargar el equipaje. Algunos de ellos, como el astuto Esopo, habían tenido cuidado de llevar consigo buena cantidad de comestibles que vendían a buen precio durante el viaje a sus compañeros menos previsivos y andaban ahora ligeros y desembarazados, libres del lastre que al emprender camino les agobiara. Uno de los peones me mostró la palma de cera que por allí se daba.

En la Navidad, que nos sorprendió por el camino, Mr. Cade y yo brindamos unos extras de Punch por todos los amigos de nuestra patria lejana, sin dejar en olvido a nuestros criados, quienes fraternizando con los peones tomaron también parte en el regocijo. No eran en verdad las montañas del Quindío sitio propicio para pasar una alegre y festiva Nochebuena, pero por fortuna gozábamos de buena salud y nos alentaba la esperanza de llegar ya pronto a Bogotá, donde podríamos recibir noticias de los amigos de Inglaterra. Desde mayo anterior, es decir, justamente hacia ocho meses, no había recibido cartas de mi familia. Ya habíamos dejado atrás el Trucha y pisábamos un terreno más sólido, desde cuyas alturas se podían contemplar más amplios panoramas. Hasta donde alcanzaba la vista cubría las montañas selva impenetrable, a no ser por el sendero estrechísimo que seguíamos y que a duras penas se podía transitar. Ya por la tarde, al bajar acompañado por dos peones hasta un arroyuelo que corría por el pie de la montaña, uno de ellos me señaló un jaguar de gran tamaño que estaba bebiendo en la orilla a unas 200 yardas de distancia. El felino nos clavó la mirada por espacio de dos o tres segundos, pero luego, volviendo grupas, se internó a paso mesurado por la selva; actitud que recibió mi aprobación irrestricta, como que en el momento nos hallábamos desprovistos de lanzas o de cualquier arma de fuego. Por la tarde uno de mis silleros empezó a quejarse de que se sentía indispuesto y al ofrecerle yo alguna medicina que podría aliviarlo, se negó obstinadamente a tomarla. Al día siguiente, como lo encontrara ya bueno y sano y le preguntara qué remedio se había hecho, me contestó que había tomado simplemente agua de azúcar, que era la cura infalible para toda enfermedad. Quizás los doctores europeos encuentren algunos reparos que hacer a este sistema terapéutico.

Ese mismo día cruzamos el río Quindío que, corriendo en dirección sur, desemboca en el río de La Vieja. Las noches iban siendo cada vez más frías y las cobijas se hacían más deseables aún bajo el abrigo de nuestra tienda.

A las seis de la mañana del 26 de diciembre partimos del alto que nos sirvió de posada y comenzamos a ascender rápidamente. De camino vimos bandadas de pavos silvestres y a buen seguro que, de llevar con nosotros nuestras escopetas y cartuchos, nos hubiéramos procurado, por lo menos, dos o tres buenas comidas, pues la carne se conserva bien en un clima ya tan frío. Pero al fin y al cabo, el viajero que transita por tan abrupta e inhóspita región, sólo le obsesiona la idea de llegar cuanto antes al término de su jornada, más si se ha visto obligado a andar a pie. Uno de los silleros me señaló huellas de tigre y de oso negro, las primeras de las cuales, frescas aún, me indujeron a tener ojo avizor para evitar una sorpresa peligrosa al pasar por los desfiladeros.

Poco antes de las tres, hicimos alto para pasar la noche, cosa que siempre me caía como lluvia de mayo, porque si bien ya no teníamos que debatirnos en los profundos charcos, tropezábamos en cambio con peñascos y rocas por las cuales teníamos que trepar a gatas, respirando con dificultad un aire enrarecido. Los peones portadores del equipaje que no era indispensable desempacar, al colocarlo en el suelo lo cubrían con hojas de plátano para ponerlo al abrigo de la lluvia. Hasta aquí habíamos disfrutado por fortuna de tan buen tiempo que apenas si cayeron lloviznas pasajeras, en contraste con la semana anterior durante la cual, según decían los peones, en su viaje de Ibagué a Cartago no dejó de llover un solo día. Desde la altura donde nos encontrábamos se divisaba, distante algunas leguas a la izquierda, el nevado del Tolima en forma de cono truncado y de cima cubierta perpetuamente de nieve; el mismo que según tuve ocasión de mencionar arriba, se hace visible desde Bogotá a hora temprana cuando el cielo está bien despejado. Ignoro si se ha medido su altura, pero debe ser ésta muy grande, cuando alcanza a columbrarse a tan enorme distancia.

Partimos de nuestro campamento el 27 de diciembre a las seis de la mañana y a las once dejando atrás en el remate de la cordillera el páramo que alcanza una altura de 13.000 pies sobre el nivel del mar comenzamos a descender rápidamente. En las dos últimas leguas el camino había sido muy pendiente, y con todo, acompañado de mis dos silleros había ganado tal ventaja sobre el resto de la expedición, que llegué al lugar escogido para acampar al otro lado del páramo, tres cuartos de hora antes que Mr. Cade y sus compañeros. Los silleros me felicitaron con entusiasmo por mi proeza como andarín, no rivalizada por ninguno de los señores que durante toda su carrera les había tocado conducir por las montañas. Mas este enorme y quizás imprudente esfuerzo estuvo a punto de producirme un colapso que, afortunadamente pude conjurar tomando un vaso de ron con galletas y reposando un rato. Con todo, al llegar finalmente, a eso de las tres de la tarde al lugar escogido para pasar la noche, me sentía ya casi deshecho. Llegando ya a la cumbre de los Andes, descubrimos a lo largo del camino huellas de danta (asno salvaje) de pezuña hendida en dos, como la del cerdo.

Este animal sólo habita las alturas de los Andes y es muy raro que los indios logren acercársele lo suficiente para hacer presa en él. Según la descripción de los peones, tiene piel de color leonado oscuro, es muy veloz en la carrera y su tamaño es mayor que el de un asno bien desarrollado. Uno de los silleros me trajo un pedazo de incienso que había arrancado de un árbol llamado patilla, resina de colorido ambarino y olor muy agradable. En las montañas cercanas a Ibagué se han encontrado depósitos de mercurio. A partir de la cumbre de la cordillera, las distancias en leguas van señaladas con postes en los cuales se talla el número correspondiente.

Nada tan grandioso y sublime como el panorama que se extendía a nuestra vista al llegar a la cumbre del páramo, y que pudimos seguir contemplando por largo tiempo durante el descenso. A la derecha, distante no menos de setenta u ochenta millas se alcanzaba a divisar la cordillera próxima al Chocó. De un golpe abarca la mirada estas empinadísimas montañas, y al observar sus flancos como cortados a pico junto con las impenetrables selvas que las cubren, nadie hubiera imaginado que fuera posible cruzarlas por el estrechísimo sendero que las bordea en espiral; es el trabajo tenaz del hombre que consigue allanar todos los obstáculos. Con todo la naturaleza comienza a enseñorearse nuevamente de los caminos del Quindío y, de no poner el Gobierno pronto remedio, dentro de poco sólo darán paso a las fieras de la selva.

A las seis y media de la mañana del 28 de diciembre, la expedición se aprontaba ya a continuar el viaje. Estaba tan fría el agua que, al tomarla, hacia doler los dientes. Mr. Cade persistía tercamente en continuar la marcha sin apearse de su mula, no obstante haber sufrido peligrosas caídas o de haber sido lanzado de su montura más de seis o siete veces por las ramas de los árboles que interceptaban el camino; porque sucede que, cayendo estos a menudo sobre la angosta senda en los desfiladeros, dejan apenas espacio suficiente para el paso de las bestias, a menos que el jinete se agache hasta formar un mismo plano con el lomo de la mula. Tuvo el tenacísimo caballero la suerte de escapar a todos estos peligros con un rasguño apenas en la cabeza. En cambio, a pocos días de su llegada a Bogotá, se le fracturó una pierna por dos partes al volcarse el coche del cónsul general que transitaba por una estrecha vía. En algunos trayectos que, en ocasiones alcanzaban hasta dos leguas continuas, el camino se convertía en verdadero túnel oscurísimo, a lo sumo de tres o cuatro pies de anchura, con vegetación tupida y exhuberante a lado y lado. En consecuencia, quien se aventura a pasar por tan estrechos y oscuros pasadizos, debe estar continuamente sobre aviso, para evitar herirse contra los picos de roca que se proyectan sobre la senda, para esquivar las lancetas espinosas de las guaduas que bien pudieran sacarle un ojo, o para ponerse al abrigo de un golpe violento que lo lance lejos de su cabalgadura al chocar con la ramazón de un árbol caído. Es claro que en tales circunstancias resulta mucho más cuerdo andar a pie. En ocasiones, tales desfiladeros se convierten en campo de disputa para los peones de partidas que allí se encuentran viajando en sentido contrario para decidir cuál de las dos debe retroceder dejando paso a la otra, especialmente cuando van con bueyes o recuas de mulas.

Aquel día precisamente un pelotón de peones conducía a Cartago una partida de bueyes cargados de sal, y observé que los fardos que lleva cada animal son más bien pequeños y colocados al lado de las ancas, de manera que no encuentren obstáculo al pasar por los pasadizos que quedan descritos. El buey alcanza a cargar de ocho a diez arrobas de sal y, debido a su mayor fuerza y resistencia, puede salir avante al atravesar lodazales donde una mula quedaría anegada sin remedio.

A las dos de la tarde, más o menos, llegamos a un tambo (ramada o cobertizo) construido especialmente para dar alojamiento a los viajantes, lo que nos causó gran contento, pues esa construcción, con ser humilde, era un mensaje de la civilización. Habíamos comenzado ya el descenso hacia las llanuras de Ibagué, y el ambiente se sentía más tibio y agradable.

Al partir del tambo en la madrugada del 29 me fue mucho más fácil continuar a pie el camino, desde luego que éste era ya en bajada y se hallaba en mejor estado que los que habíamos recorrido al lado occidental de la cordillera. Durante la jornada vi gran variedad de mariposas, algunas de gran tamaño, con alas de color carmelita oscuro con brillantes manchas rojas, y bandadas de micos descolgándose de los árboles y asomándose al camino para mirarnos con curiosidad, haciendo muecas y visajes.

Aquel día cruzamos el río San Juan cuyo curso, torciendo hacia el sureste, desemboca mas allá en el Magdalena, antes de salir de los límites de la provincia de Neiva. No lejos del camino nos mostraron dos fuentes ferruginosas, la una de agua hirviendo, tibia apenas la de la otra. Al decir de los peones, se encontraba azufre en abundancia esparcido al rededor. Marchábamos ahora de muy buen humor y contentos con la perspectiva de llegar pronto a Ibagué a descansar de nuestro penoso tránsito por las montañas.

Siendo ya casi las doce oí gritar a uno de los peones que ya alcanzaba a divisar un rancho; oyendo lo cual, todas las miradas se dirigieron a escudriñar el horizonte para lograr vislumbrarlo, con la misma ansiedad que los pasajeros aprisionados en un buque durante interminable travesía, buscan con ojos ávidos la silueta oscura de tierra en lontananza. A poco atravesábamos por una extensa plantación de maíz y, a la una, llegábamos a un lugar llamado Morales, ocupado por la cabaña solitaria que a distancia columbrara el arriero. Habíamos caminado ocho leguas españolas y me apremiaba llegar a Ibagué, pues mis alborgas empezaban a gastarse y tenía ya los talones medio desollados con el roce de los ataderos. Tan pronto como tomamos posesión de nuestra posada, Edle le compró dos gallinas a la mujer que en ella vivía y, aderezando además algunas papas que guardara como preciada reserva, nos preparó un suculento almuerzo. Esa misma mañana realizó también Edler la hazaña de matar una serpiente coral. Ya por la noche, los pobres peones, más alegres que alondras a la aurora, armaron fiesta, bailando al son de las guitarras y de la estruendosa carrasca, con dos chicas mulatas que vivían también en la posada.

Partimos de Morales a las siete de la mañana ansiosos de alcanzar a ver ya la ciudad de Ibagué y los llanos de Mariquita, que se extienden hasta el Magdalena, los cuales se ofrecieron al fin a nuestra vista en toda su belleza, llegando a un lugar distante una legua de la población nombrada. A lo lejos se divisaban las serranías que corren en dirección a Bogotá, paralelas al río del mismo nombre. El camino de bajada hasta Ibagué es sumamente pendiente y su tránsito, en uno u otro sentido, debe ser poco menos que imposible para las mulas durante la estación lluviosa.

Corrimos con singular fortuna durante el paso de las montañas del Quindío, pues durante los nueve días que en ello empleamos, no cayó una sola gota de agua. Poco antes de llegar a Ibagué, Mr. Cade tuvo la ocurrencia de sentarse en la silla que uno de los silleros llevaba a la espalda, para probar por propia experiencia cómo podría sentirse en ellas un pasajero y no acababa de hacerlo, cuando el carguero partió corriendo con él a cuestas con tal agilidad y presteza como si se tratara de simple mariposa posada sobre el hombro: Mr. Cade me participó luego que había encontrado especialmente cómodo tal sistema de transporte. Por mi parte, me fue satisfactorio haber conseguido que durante el viaje, ninguno de los que componían la expedición se hubiera visto obligado a valerse de los silleros. Recibimos cordial recepción del juez político de Ibagué, señor Ortega hermano del coronel Ortega, gobernador de la provincia de Popayán y fuimos luego a alojarnos a un convento, entonces desocupado, y que antiguamente había sido propiedad de los padres Franciscanos. Huelga decir que nos pareció un soberbio palacio, después de la vida errabunda que lleváramos durante tantos días al escampado. Nos manifestó el señor Ortega que corría de su cuenta proveer a todo lo que nos fuera necesario durante nuestra estada en la ciudad, y nos anunció, al propio tiempo, que volverla a las cuatro a darse el placer de comer en nuestra compañía, como sincero y buen amigo.

Una vez solos y en posesión tranquila de nuestras habitaciones, nos ocupamos en aseamos y hacernos presentables. Llevábamos sin afeitamos más de nueve días y, terminada ya mi carrera de andarín, debía cambiar mi ligero ropaje por otro más consistente. Nos mandaron al convento una excelente comida y, según lo había prometido, vino a participar en ella el señor Ortega, acompañado de un amigo suyo, médico europeo, cuyo nombre no recuerdo ahora, el cual según nos dijo, tenía el propósito de ir al Chocó para catear las minas de oro, especialmente aquellas mezcladas con platino. En 1815, don Ignacio Hurtado había hecho obsequio al general Morillo residente entonces en Bogotá, de la pepa de platino más grande hallada hasta entonces, con un peso de diecinueve onzas y de forma semejante a la de tina fresa. Provenía el precioso espécimen de una de las minas de oro de la provincia del Chocó y el general Morillo, a su vez, la envió como presente, al rey de España.

Al día siguiente liquidé la cuenta a los peones añadiéndoles la propina de veinte pesos que les había ofrecido en caso de comportamiento inobjetable, con lo cual nos separamos como los mejores amigos. Tuve también cuidado de elogiar su conducta ante el señor juez político.

La segunda noche que dormíamos en el convento me desperté de súbito al sentir que la cama se movía de un lado a otro como una zaranda, al propio tiempo que se estremecían con ruido extraño todos los muebles y objetos dispuestos en el cuarto. Al llamar a Mr Cade, quien dormía en la estancia vecina, y preguntarle si había sentido el remesón que me despertara, me contestó que estaba seguro de haber sido un terremoto mas, volviendo a quedar todo en calma, pasados algunos momentos volví a sumirme en profundo sueño. Al día siguiente, Mr.Cade me dijo que no había podido pegar los ojos el resto de la noche, temiendo a cada momento que el convento se desplomara sobre nosotros. Al preguntar al juez político la causa de la alarma ocurrida, nos confirmó que había sido un violento temblor de tierra y que muchos de los habitantes, sobrecogidos de pánico, se habían echado fuera de sus casas y pasado toda la noche en la calle. Añadió que durante los últimos dos meses se habían sentido con frecuencia ligeros temblores y que temían sobreviniera de un momento a otro algún tremendo cataclismo, pues el tiempo había estado inusitadamente bochornoso durante los últimos tres meses sin que en todo este lapso hubiera llovido una sola gota en toda la provincia, lo que habla acarreado miseria y males sin cuento a los campesinos, quienes hablan visto sus sementeras arrasadas por completo. En Honda las clases acomodadas habían salido de sus casas en la población para albergarse en chozas improvisadas en las montañas circunvecinas, tal era el temor de que se repitiera el terremoto. En cuanto a Mr. Cade y a mí, hubimos de felicitarnos de no haber quedado sepultados bajo las ruinas del convento. Tiempo atrás, había sentido un temblor de tierra en Messina, Sicilia, pero nunca tan violento como el que nos alarmó en Ibagué.

Poco después conversando con el señor Rivero, director del Museo Nacional, del terremoto que nos había sorprendido en el convento de Ibagué, nos refutó que por ese tiempo había recibido una carta del párroco, hombre ignorante y además tacaño, en la cual le pedía que le indicara qué medios había adoptado él para conjurar los terremotos, ¡porque lo tenían sobrecogido de miedo los frecuentísimos temblores! El clima de Ibagué es muy agradable, con una temperatura media de 74º F a medio día. En la cordillera, no muy lejos de la ciudad, se encuentran las bocas de monte o cráteres que los habitantes cuidan de tener siempre destapados como medida preventiva contra los terremotos.

El convento de franciscanos en que nos alojábamos, junto con los terremotos que le pertenecían había sido destinado para escuela pública, y se esperaba con impaciencia que el director nombrado para dirigirla, tomara las medidas conducentes a la pronta iniciación de tareas. Debía seguirse en este plantel el mismo plan de estudios adoptado para los de su índole en Bogotá y recibir, como alumnos, jóvenes provenientes del Valle del Cauca, de las provincias de Mariquita y de algunas de las del Chocó y de Antioquia. El Gobierno había decidido fundar este colegio en Ibagué, por las ventajas que dicho colegio ofrecía debido a su situación central, la salubridad de su clima y abundancia de víveres y de toda clase de recursos.

El vicepresidente de la República, general Santander, y su ministro del Interior, doctor Restrepo, se han hecho acreedores a inmortal encomio por el infatigable esfuerzo que han consagrado a extender la enseñanza a todas las clases sociales, por medio de la fundación de colegios, escuelas y seminarios situados en los lugares más adecuados en cada uno de los departamentos que integran la República.

Los campesinos de la provincia de Mariquita son magníficos jinetes y puede ella suministrar, en emergencia extraordinaria, una brigada hasta de dos mil hombres bien montados y armados de lanzas, algunos de ellos con carabinas y todos con machete al cinto, arma que en la lucha cuerpo a cuerpo es formidable. Los habitantes de Ibagué son habilísimos en la caza de cóndores, águilas y buitres, valiéndose de bodoqueras o cerbatanas que lanzan dardos envenenados. La campaña para acabar con estas aves de rapiña se inicia construyendo un cobertizo de poca altura con agujeros en las paredes laterales. Luego, afuera y a distancia conveniente, se deja cualquier carroña o mortecino y cuando los vultúridos se acercan a picotearlo se les dispara un dardo enherbolado con la bodoquera que apenas se asoma por las troneras. Tal estratagema tiene la ventaja de que los pajarracos no se asusten ni ahuyenten con el ruido, como sería el caso si se emplearan armas de fuego. Les peones aseguran que, al ser heridas por el dardo, las aves apenas alcanzan a volar unas pocas yardas antes de desplomarse muertas. También me dijeron que en la cordillera que se extiende desde Popayán hasta la provincia de Antioquia se encuentran ocho variedades de tigres, más leopardos, panteras y gatos monteses, algunos de ellos de piel casi negra, otros rojos, y algunos de color leonado con manchas blancas. Con mis propios ojos pude ver las pieles pertenecientes a cuatro clases diversas de felinos. Después de dos días de descanso en Ibagué, durante los cuales el señor Ortega nos prodigó toda clase de atenciones, partimos temprano de la ciudad el dos de enero de 1825. Me di entonces el van placer de montar un buen caballo, pues el camino que debíamos recorrer ahora, avanzaba por vastísimas llanuras. Jamás colegiales, volviendo a su casa en vacaciones, pudieron gozar tanto al montar por primera vez sus vacas favoritas, como Mr. Cade y yo en aquella ocasión. Nos lanzamos a paso largo, sin acortarlo durante todo el recorrido, por una región cubierta de altos pastos y bien provista de ganado aunque escasa de aguas, debido probablemente, a la prolongada sequía. De camino, pudimos ver dos o tres grandes haciendas, una de las cuales había comprado recientemente el coronel Ruiz, senador, residente a la sazón en Bogotá.

Nos detuvimos a pasar la noche en casa de una viuda, quien nos describió la penuria que agobiaba a las gentes que tenían sus cultivos cerca de las márgenes del Magdalena, por haber perdido sus conchas a causa de la escasez de lluvias en la época que suele ser de invierno. En cambio, en la región abarcada por veinte millas a la redonda del Quindío había habido humedad suficiente para beneficiar los sembrados de maíz y de plátano. Esa tarde compramos a nuestra huésped un cabrito que nos proporcionó carne casi tan sabrosa como la de un buen cordero.

Partimos de la posada el 3 de enero a las seis de la mañana y, a las tres de la tarde, llegamos a la pequeña población de Valtequi, en la margen derecha del río Magdalena, pocas leguas abajo del lugar por donde lo habíamos cruzado a principios de septiembre en nuestro viaje a Popayán. Sentimos tanto placer en contemplar ahora el Magdalena corno antes lo experimentamos en alejamos de su curso. En fin, nos producía tal contento el pensar que ya tocábamos al final de nuestros trabajos y penalidades y que todo se nos presentaba de color de rosa.

A poco de llegar a Valtequi, nos dimos cuenta de que faltaba una de las mulas que cargaban el equipaje y, al revisar la recua, pudimos verificar que la extraviada era, precisamente aquella que llevaba los bultos en que habíamos empacado las antigüedades y objetos de arte que con tanto esmero habíamos coleccionado. Quedé consternado con el malhadado incidente y ordené al punto a los peones y a dos de mis criados que pasaran a buscarla al otro lado del río. Afortunadamente, dos o tres horas después volvía la mula sana y salva con el roto del equipaje, con lo cual me volvió el alma al cuerpo. Había sucedido que durante la marcha, la mula habla desviado por un atajo, hasta llegar al río, donde tuvo que detenerse, siendo hallada por los peones destacados en su búsqueda, poco después. Fue descuido imperdonable de mis criados y peones no haber echado de menos la mula antes de vadear el río, pues si por mala suene, le hubiera alcanzado a poner el ojo alguno de los honradísimos bogas que surcan la corriente en los champanes, en mi vida hubiera vuelto a ver mi colección de antigüedades.

Cayendo ya la tarde, sentamos nuestros cuarteles en la casa del fraile franciscano que actuaba como párroco, el cual nos brindó benévola acogida, invitándonos a participar de lo poco que por el momento tenía a su disposición. Nos refirió cómo sus feligreses habían perdido casi por completo las cosechas de mal: y que, pan procurarse víveres y alimentos, habían tenido que recurrir a Ibagué, distante diez leguas, por lo menos. Hacia un calor sofocante, marcando el termómetro 85º F a la sombra a las tres de la tarde, y, para refrescarnos, tomamos por primera vez chicha en abundancia, la cual nos cayó tan bien, que no dudamos en catalogarla entre las bebidas más saludables. Pertenecía nuestro huésped al convento de franciscanos en Bogotá y era gran amigo del superior, padre Candia, que tan buen trato nos había dispensado en nuestro paseo al salto de Tequendama, y a quien habla enviado, hacía poco, como regalo, un marrano cebado.

Emprendimos camino a Tocaima partiendo de Valtequi en la mañana del 4 de enero, e hicimos un agradable recorrido, siguiendo el curso de un riachuelo sombreado por doble hilera de frondosos árboles. Un gamo cruzó veloz el camino, pasándonos muy cerca. Antes de dejar a Valtequi, el padre nos advirtió que nos abstuviéramos de probar las aguas que encontráramos por el camino, pues gozaban fama de insalubres. Aunque transmití la advertencia a los criados, Edle, sin hacer caso de ella, tomó en algún sitio el agua infectada, echándose a descansar luego, expuesto al sol; con el resultado de que al levantarse, se sentía seriamente indispuesto. En este viaje de regreso nos tocó parar de nuevo en casa del fraile viejo y avariento donde podrimos a la ida, el cual, aunque simuló alegría de vernos, tuvo buen cuidado de esconder sus provisiones. Edle se vio aquejado por una fiebre maligna durante un mes después de nuestra llegada a Bogotá, y hasta temí que sobreviniera un desenlace fatal. Nuestro viejo amigo, el comandante, quien vino a felicitarnos por nuestro arribo sanos y salvos a Tocaima, nos trajo el hueso de mamut que había prometido reservarnos. Nos refirió cómo ciertos caballeros le habían instado mucho para que se lo vendiera, con el objeto de exhibirlo en el Museo Nacional de Bogotá, pero que, pues me lo había ofrecido antes a mí, no pudo acceder a sus deseos, por cuya gentileza le manifesté mi agradecimiento muy sincero. A todas estas el fraile se había eclipsado a lo que se me ocurre, para comer solo en su cuarto deleitándose en la contemplación de su tesoro. Ese día pudimos bañarnos deliciosamente en el río Bogotá. Nos sentíamos sobrecogidos de tristeza al oírle el relato de los sufrimientos y miserias a que estaban sometidas las clases humildes en todo aquel distrito, y de los cuales se desprendía que muchas personas habían perecido de inanición.

Partimos de Tocaima el 5 de enero, bien temprano, y por el camino a La Mesa nos detuvimos para visitar al sacerdote, buen amigo nuestro y párroco de Anapoima. Fue para nosotros motivo de honda pena llegar a darnos cuenta de que el buen sacerdote no estaba en uso cabal de sus sentidos, lo que confirmó el ama de llaves al decirnos que, desde hacía un mes, lo había notado ya casi demente. Estrechamos la mano al pobre párroco, quien no pudo reconocernos, tomamos algún refrigerio y seguimos camino hasta La Mesa, donde dormimos en casa del alcalde, capitán retirado, quien nos convidó a comer. Fui luego a visitar a nuestro amigo el señor Olaya, coronel del ejército, a quien no pude ver por encontrarse pasando una temporada en su casa de campo.

Partimos de La Mesa el 6 de enero, pasamos la noche en la hospedería de las Cuatro Bocas, y el siete a las cuatro de la tarde llegábamos a Bogotá, después de cuatro meses de ausencia. Al día siguiente recibirnos numerosas visitas de nuestros amigos bogotanos, todos los cuales nos felicitaron efusivamente por haber llegado sin contratiempo después de tan largo y peligroso viaje. Supimos que durante nuestra ausencia casi no había llovido en Bogotá y, al finalizar enero, vimos desfilar la gran procesión de Santa Bárbara, pidiendo su intercesión para conseguir la lluvia que tanta falta hacía. Mas, al parecer, la santa era dura de corazón e inconmovible a las súplicas, pues durante todo este tiempo no cayó una sola gota de agua. Santa Bárbara es la santa que imploran los colombianos para alejar terremotos, pestes, hambres, etc., y me imagino que el obispo diocesano hubiera infligido al párroco de Ibagué severa reprimenda por dirigiré al señor Rivero, en vez de rogar a Santa Bárbara que pusiera fin a los terremotos.

El 3 de marzo se recibió en Bogotá la trascendental noticia de la victoria obtenida en Ayacucho sobre el ejército del virrey La Carna por las fuerzas colombianas y peruanas al mando del general Sucre. Con este triunfo quedó decidida la suene del Perú y, puesto que poco antes había caído también la fortaleza del Callao, largo tiempo defendida con valor por el general español Rodil, puede considerarse este país perdido para siempre para la corona española.

El día 12 se celebró una gran parada militar para festejar la victoria de Ayacucho. En el centro de la gran plaza, frente a mi casa, se erigió un bello templete rematado por una estatua de la Fama embocando la trompa épica. Todas las tropas de la guarnición se congregaron allí, la iluminación se hizo con una gran fogata, y luego se les repartió ración extra con aguardiente. Me pareció admirable una de las maniobras militares organizadas en esta ocasión. La alineación dada a los soldados figuraba las letras que componen la palabra Ayacucho y todos tenían el kepis lleno de pétalos de rosa; al dar una señal, se descubrían, dejando dibujad3s en el suelo las mismas letras con huella florecida. Luego se retiraban prorrumpiendo en vítores y aclamaciones.

Una mañana de febrero fui al museo donde el señor Rivera me mostró un grueso anillo de platino, usado por los indios como adorno, antes de La Conquista. Es éste la única joya de tan duro metal que se haya encontrado en Colombia, pero demuestra palpablemente que es un error la extendida creencia de que los indios no lo conocían antes de llegar los españoles. El señor Rivera opinaba que originariamente había sido una pepa de platino forjada después en forma de anillo, pues los indios desconocían los medios de fundir metales de tal dureza. El anillo había sido hallado en el cauce de un arroyuelo. A lo que se me alcanza las del Chocó son las únicas minas de platino en el mundo entero.

Cuando llegamos a Bogotá ya habían terminado las fiestas nacionales. En los días festivos, los bogotanos sin distinción de clases sociales se entregan al juego en unos tabladillos o kioscos levantados en la plaza mayor. Se ven damas de elevada alcurnia sentadas a la mesa de juego codeándose con sus criadas y esclavos, embebidos todos en la pasión egoísta de ganar y llenar el bolsillo. No creo difícil que el congreso y el ejecutivo puedan adoptar las providencias necesarias para eliminar paulatinamente la exhibición de un vicio que lleva a la ruina tantos hombres, al principio intachables, y a tantas mujeres, antes adornadas de todas las virtudes. Es muy sencillo idear gran variedad de diversiones inofensivas para distracción de un pueblo que, por regla general es de índole complaciente y dócil, fácil de gobernar y fácil también de conducir al extravío. Con ocasión de la fiesta nacional que se celebra todos los años, se cierra el tránsito ordinario en la plaza grande para levantar los kioscos de juego cuya ganancia va a enriquecer las arcas municipales.

El 3 de marzo llegó a Bogotá, haciendo palpitar de alegría todos los corazones, la grata nueva de que el gobierno británico había reconocido la independencia de Colombia; noticia doblemente grata para los colombianos al saber que tal reconocimiento se había efectuado aún antes de haber llegado a la Inglaterra noticia de la gesta victoriosa. Las gentes, como enloquecidas, corrían desaladas por las calles, a caballo los unos, a pie los más, dando voces de júbilo, entre la cuales pude oír las siguientes: "ya somos nación independiente; viva el rey de Inglaterra, viva el señor Canning". En todas partes resonaba el estallido de ruegos artificiales en medio de los aires marciales de las bandas de música a la cabeza de una de las cuales iba el Vicepresidente con todos sus altos dignatarios, seguido de apretada muchedumbre. Una de las bandas fue destacada para que, frente a mi casa, diera una retreta en mi honor.

El 17 de marzo, día de San Patricio, todos los europeos de clase media que se hallaban en la ciudad se dieron por irlandeses e iniciaron el homenaje al santo patrono emborrachándose hasta caer desde temprano; yo mismo pude ver dos de los devotos hijos de la verde Erín sosteniéndose contra el portón de mi casa, ya en completo estado de embriaguez, a las seis de la mañana. Al verme salir, con ademanes de exagerada cortesía, me ofrecieron el clásico ramillete de trébol para adorno del sombrero.

Mr. Henderson dio un lujoso baile para festejar el reconocimiento de la independencia de la nación hecho por Inglaterra, al cual fueron invitados el Vicepresidente y todas las personas de prestancia en la ciudad y que resultó la fiesta social más animada y alegre que había visto en Bogotá. El jardín se hallaba iluminado con lámparas de diversos colores combinados con exquisito gusto y en el salón del baile, podían contemplarse los retratos de Bolívar y de Canning.

Poco tiempo después la atención de todos los bogotanos se polarizaba hacia el proceso seguido contra el coronel Infante, de raza negra, por el asesinato del capitán Perdomo, crimen que había quedado impune debido a la obstinación del doctor Miguel Peña, presidente de la Corte Suprema de Justicia, quien había rehusado firmar la sentencia de muerte contra aquél, confirmatoria, en apelación, de la dictada en primera instancia por el tribunal militar competente. La trascendental colisión fue sometida a la consideración del Congreso, el cual declaró que la rama ejecutiva del poder estaba obligada a dar ejecución a la sentencia, sin que para ello fuera óbice la renuencia del doctor Peña a firmarla. Tal delcaración fue recibida con aprobación unánime, pues las pruebas aducidas al proceso no dejaban duda alguna de la contabilidad del coronel. El doctor Peña, quien era reputado por hombre de aguda inteligencia, por simple capricho o por el deseo, quizás, de hacer gala de ingenio en la defensa de una causa indefensable, se había obstinado irreductiblemente en diferir de la opinión de sus colegas. El coronel Infante como atrás tuve oportunidad de expresar, era hombre de tan feroces sentimientos, que se había convenido en terror de toda la ciudadanía.

El sábado 26 de marzo por la mañana, los 2.000 soldados de la guarnición formaban cuadro abierto en la gran plaza, y a las once era conducido Infante, en uniforme de coronel, precedido de un crucifijo y acompañado de dos sacerdotes que, a su lado, con él rezaban en voz baja. Avanzó luego un pelotón de guardia dividida en dos alas, y con otro piquete a retaguardia. Al pasar el coronel por frente de mi casa, observé que miraba alrededor con ojos extraviados y marchaba con paso ligeramente claudicante, debido a la herida que recibiera en una pierna en un encuentro con los pastusos. Al llegar al costado sur de la plaza, permaneció algunos momentos orando con los sacerdotes, al retirarse los cuales se dirigió a las tropas en breves frases que no pude oír. Avanzó entonces un oficial para vendarle los ojos, pero él no lo permitió, apostrofando a las tropas, con voz estentórea, diciéndoles que después de haber desafiado a la muerte tantas veces en el campo de batalla, no iba a amedrentarse en ocasión como esta. En seguida, se sentó en el banquillo y, con ademán resuelto dio la señal de friego a los soldados, dejando caer el pañuelo que llevaba en la diestra. Permaneció rígido, sin caer por algunos instantes, aunque varias balas lo habían atravesado. Al ver esto, avanzó inmediatamente el pelotón de relevo y le dio el golpe de gracia.

Terminada la lúgubre escena, el vicepresidente salió de palacio a caballo y en uniforme militar, rodeado de sus ministros. Ya en la plaza, se dirigió a las tropas en brillante discurso; les dijo que con la muerte del coronel Infante acababan de contemplar un ejemplo tremebundo de vindicta justiciera por la violación de las leyes, egida de la nación, aplicadas con imparcialidad estricta como lo ponía de manifiesto el hecho de que el ajusticiado tenía grado de coronel en el ejército y había hecho gala en muchas ocasiones, del valor a toda prueba en lucha con los enemigos de su patria. Y, para terminar, el general Santander exclamó: "Y si yo me hubiera hecho culpable del crimen cometido por Infante, estoy seguro de que mi cuerpo exánime yacería ahora en el mismo suelo que cubre con su cadáver el coronel Infante". Las tropas manifestaron su aprobación con los gritos de "viva la República de Colombia, viva el vicepresidente".

Antes de estallar la guerra civil, el coronel Infante había sido esclavo en Venezuela y, aunque tenía fama de valiente guerrillero, era, por lo demás, sanguinario y sin principios, y a ser cierta la mitad siquiera de lo que llegó a mis oídos, debía habérsele ejecutado mucho tiempo antes.

Corrido algún tiempo, el doctor Peña fue acusado ante el Congreso por haber rehusado firmar la sentencia contra Infante. Ante el cuerpo legislativo el doctor se defendió con sutil habilidad e ingenio, durante las sesiones de dos o tres días, a parte de las cuales pude yo asistir. Con todo, se le declaró culpable de no haber cumplido con los deberes que le imponía su investidura y se le suspendió en el ejercicio de sus funciones como magistrado de la Corte Suprema de Justicia, por doce meses, reconociéndole tan sólo dos terceras partes del sueldo. Poco tiempo después, el doctor Peña partía de Bogotá para radicarse en Venezuela, su tierra natal.

Al prolongarse inclemente la sequía, reses y ovejas morían por falta de aguas y de pastos y gran número de los campesinos que habitan la Sabana de Bogotá, se veían obligados a abandonar sus aldeas, para llevar sus ganados a las tierras bajas cercanas a los grandes ríos. Para implorar remedio a tal calamidad se acudió al expediente de bajar a la ciudad un santo, abogado de los labradores, que se conservaba en un nicho de la iglesia de Monserrate, el cual fue llevado varias veces en procesión por las calles seguido de gran copia de frailes, sacerdotes y nutrida muchedumbre; pero todo fue en vano, y tuvimos que seguir soportando un sol achicharrante sin pisca de lluvia si se exceptúa, en alguna ocasión, un ligero cernidillo.

Por este tiempo llegó a Bogotá el coronel Campbell, acreditado como ministro plenipotenciario, con el principal propósito de negociar un tratado de amistad y comercio entre la Gran Bretaña y Colombia.

Los ministros designados para adelantar las negociaciones en representación del Gobierno de Colombia, fueron mi amigo muy estimado el honorable Pedro Gual, ministro de relaciones exteriores, y el general Briceño Méndez exministro de guerra, también cumplido caballero. El tratado fue ratificado por el congreso colombiano el 27 de abril y, al día siguiente, partí de Bogotá acompañado de numerosos amigos, quienes tuvieron la gentileza de obsequiarme con un espléndido almuerzo en una hospedería situada a tres leguas de Bogotá. Este agasajo me proporcionó al propio tiempo que una inmensa satisfacción, una gran pena: la primera por el cariño que me manifestaban los viejos amigos, la segunda por tener que separarme de ellos.

Hacia las cuatro de la tarde seguimos camino hasta Facatativá. Por orden de Su Excelencia el señor Vicepresidente, debía acompañarme hasta el puerto del Magdalena mi buen amigo el coronel Wilthew, para alistar prontamente un champán en qué embarcarme sin demora, pues me urgía llegar a Inglaterra para presentar el tratado de comercio al parlamento antes de que éste entrara en receso. También viajaban conmigo Mr. C. Krause, mensajero real, y tres criados.

Pasamos la noche del 28 en Facatativá y continuamos el día siguiente hasta Villeta. El sábado treinta paramos en la casa de mi amigo el coronel Acosta, quien manifestó gran placer en recibirnos. La jornada luego hasta Guaduas, me fue muy penosa, pues habiéndosele reventado la grupera a mi galápago, tuve que montar en enjalma, lo que me resulta a tal punto incómodo, que al subir las empinadas cuestas, ya por las montañas, me era casi imposible mantenerme sobre la cabalgadura.

El coronel Acosta tuvo la gentileza de regalarme un loro negro que vino a juntarse con el que afortunadamente había podido traer incólume de Popayán a través de las montañas del Quindío, y cuya pérdida hube de lamentar algo más tarde. Con dificultad logra uno llevar vivos a su tierra animales provenientes de tierras lejanísimas, donde tiene que afrontar climas tan diversos y debatirse por caminos casi intransitables.

En la mañana del primero de mayo dije adiós al coronel Acosta y, por la tarde fui a la bodega o edificio de aduana. En mis viajes por Suramérica nunca me sentí tan agobiado de calor como ese día: ardía un sol calcinante sin un soplo de brisa que refrescara el aire.

El jefe de la bodega me informó que el champán estaba listo en Honda desde hacía días; mas como estaba ya bien escarmentado de las dificultades y demoras con que se tropieza en los viajes por este país, había tomado la precaución de enviar anticipadamente a Honda uno de mis criados que hablaba muy bien el español, con el encargo de tener el champán y todo lo demás que fuere necesario, a la disposición, para embarcarnos inmediatamente. Nos embarcamos al fin el dos de mayo, no sin haber antes estrechado cordialmente la mano del coronel Wilthew y manifestándole mis agradecimientos por todas las atenciones que nos había prodigado.

Estaba decidido a viajar río abajo día y noche, pero como el patrón del champán me advirtiera que la navegación ofrecía gran peligro durante las primeras tres o cuatro noches a causa de los bajíos y remolinos, hube de resignarme a pasarlas en la playa. Al cabo de unos días, dejado atrás el trayecto peligroso, pudimos seguir bajando con rapidez, abandonados a la corriente en la mitad del río, con lo cual, entre otras cosas, nos pusimos al abrigo de los zancudos que tanto nos molestaban cuando navegábamos lentamente ceñidos a la orilla. Para los bogas la navegación, ya en esta etapa, es apenas un agradable pasatiempo. Arrastrada la embarcación por la corriente, les basta con hundir el canalete al compás de alegres cantos de acelerado ritmo a veces, de lenta cadencia en ocasiones.

En un pueblito ribereño donde hicimos alto para abastecer nuestra despensa, vimos un cerdo grande y gordo en el momento en que, acercándose a la orilla para abrevarse, fue derribado por el certero coletazo de un caimán, que agarrándolo con la rapidez del rayo por una de las patas delanteras, desapareció inmediatamente con su presa bajo las aguas. Más adelante me di a observar el método que emplean los nativos para pescar con arpón corto. Uno de los hombres, a golpe de canalete, conduce la canoa mientras el otro escudriña el agua para localizar el pez, listo en la diestra el arpón para dar el golpe en el momento preciso. Mientras contemplábamos la maniobra, un salmonete de gran tamaño pasó a poca distancia de la canoa y al instante el arponero, con agilísima destreza, le clavó el venablo en los lomos dándole largas con la cuerda al arrancar veloz, corriente abajo. Perdimos de vista la canoa durante más de media hora, al cabo de la cual reapareció trayendo el salmonete que pesaba alrededor de sesenta libras y por el cual le pagué un peso, que fue el precio que quiso fijarle. Por dos días, tanto nosotros como los bogas del champán, tuvimos carne de salmonete a la mesa, si bien, a mi gusto, la carne de este pez es inferior tanto a la del bagre como a la de muchos otros pescados del Magdalena. Tiene el salmonete la forma de un salmón de mar, con escamas plateadas muy brillantes.

Pasando a la altura de Mompox, prendimos fogatas e izamos el tricolor colombiano para significar a su ciudadanía que eramos portadores de buenas nuevas. Algunos de los tripulantes del champán querían desembarcar a todo trance para visitar sus familias, pero me opuse terminantemente a ello, pues estaba seguro de que, una vez que pusieran pie en la playa, no los volvería a ver en toda la semana. Así pues, me sentí ya más tranquilo cuando estuvimos ya a prudente distancia de la población, y entonces les prometí un premio en dinero por haber acatado sin discusión mis órdenes.

Al cabo de doce días, contados desde nuestra partida de la aduana de Honda, llegamos a Barranca Nueva. Subiendo el río, habíamos empleado seis semanas en el mismo viaje. Al llegar a este sitio, Mr. Krause se ocupó inmediatamente en conseguir mulas de alquiler y continuar sin dilación el viaje con la carga. Yo seguí a la zaga, acompañado por un oficial colombiano perteneciente a la guarnición de Cartagena, a quien, de camino había ofrecido pasaje en el champán y, aunque hicimos una jornada de once leguas españolas no pudimos dar alcance al equipaje.

Después de pasar la noche en un villorrio, continuamos el viaje a la mañana siguiente y a las dos de la tarde, nos apeábamos en casa de Mr. Watts, cónsul británico en Cartagena, en cuya bahía nos esperaba el bergantín de guerra comandado por el capitán Furber. Mas, como por falta de anuncio inmediato, vine a caerle de sorpresa, el capitán me pidió le concediera un día para completar su provisión de agua y de comestibles frescos solicitud a la cual no me fue difícil acceder, pues por mi parte, deseaba un breve descanso después de mi ininterrumpida navegación por el Magdalena.

Poco diré aquí de Cartagena, ciudad sobre la cual han escrito a espacio muchos distinguidos viajeros que la han visitado.

Hacía un calor insoportable, más sofocante aún que el que se siente en Kingston. La plaza cuenta con fuertes defensas por el lado del mar, pero a mi juicio, debieran los colombianos fortificar el cerro de la Popa desde donde se domina la ciudad y todo el campo amurallado, y en cuya cumbre se encuentra hoy sólo un convento antiguo. Me dirigí a casa del general Montilla, gobernador de la provincia, quien me recibió con exquisita cortesía y me invitó a comer en su casa al día siguiente, invitación que no me fue dado aceptar, pues me era indispensable un completo reposo siquiera por un día. Durante mi permanencia en la ciudad, Mr. Watts me rodeó de toda clase de atenciones en unión de su esposa y de sus hijos; su casa esta siempre abierta para todo inglés o extranjero respetable.

El sábado 22 de mayo, fecha de buen augurio para los marineros, subía a bordo del bergantín y después de una feliz travesía desembarqué en Portsmouth el 27 de junio por la noche.

Al día siguiente llegaba a Downing Street, dos meses exactos después de salir de Bogotá. Creo que antes nadie había hecho este viaje en tan corto tiempo.

No carece de interés referir aquí que, poco antes de mi partida de Bogotá, se fundó allí una sociedad bíblica, la primera en establecerse en América del Sur según tengo noticia. Se celebraron varias reuniones con numerosa asistencia. Entre las personas de alta posición que le prestaron decidido apoyo figuraba don Pedro Gual, ministro de relaciones exteriores, y el doctor Castillo, ministro de hacienda. Tropezó tan sólo con la oposición de dos frailes fanáticos quienes sostenían que no debía publicarse la Biblia en español y, al ser derrotados en este campo, arguyeron que, ya que se la publicara en este idioma, debía al menos, llevar anotaciones de acuerdo con lo ordenado por el Concilio de Trento. En magistrales exposiciones, con gala de erudición en estos asuntos, Gual y Castillo refutaron todos los argumentos de los frailes. Fue motivo de gran satisfacción para nosotros ver a un venerable sacerdote ponerse en pie para dar severa reprimenda a tino de los frailes por la forma irrespetuosa en que se había expresado durante la reunión.

El Deán del Capítulo Metropolitano se expresó con dignidad y energía. Es curioso que nuestras reuniones tuvieran lugar en el convento de Santo Domingo, antigua sede de la Inquisición y que secretario de la sociedad, fuera precisamente un monje de esa comunidad. Por cierto, joven de brillante inteligencia.

Se recibieron donativos y se suscribieron generosas contribuciones anuales. Abrigo la seguridad de que la lectura de la Biblia, prohibida antes de manera absoluta, contribuirá a elevar la moral del pueblo colombiano.

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