CAPÍTULO V
 

 

Navegación peligrosa por el Dagua - Buenaventura - Descripción de la provincia del Chocó - Salida de Buenaventura en una goleta peruana - Llegada a Panamá - Observaciones acerca del Gran Océano.

 

Al día siguiente de nuestra llegada a Las Juntas me dispuse a embarcarme en el Dagua, a pesar de que durante la noche estalló una tormenta que aumentó considerablemente su caudal, pero quería llegar cuanto antes a Buenaventura; además no conocía los peligros que me habían descrito, y pensé que con ello sólo querían asustarme con objeto de hacerme renunciar a mi proyecto y a prolongar mi estancia aquí.

Me proporcionaron dos negros reputados como marineros excelentes y una piragua larga y estrecha. Mis bártulos, para no comprometer el equilibrio, se cargaron por pesos iguales en cada uno de los extremos de la embarcación; se me reservó un espacio de tres pies en el centro para que acomodase mi persona, que habría de ir casi doblada en dos; los negros, uno empuñando un remo y el otro una pértiga, se colocaron a proa y popa de la piragua: cuando todo estuvo listo se soltó la amarra que nos retenía a la orilla, y en el acto nos arrastró la corriente con la velocidad de una flecha y nos llevó ante un verdadero muro de rocas que las aguas franqueaban con un ruido espantoso. ¿Por dónde se podría pasar? -esto fue lo que pregunté a la vista de un escollo tan temible-; más rápida aún que el pensamiento, la piragua, dirigida con pasmosa habilidad, se embocó por una abertura estrechísima y se deslizó en aguas ya más tranquilas. Salimos de este peligro para caer en otro; teníamos que descender desde las altas montañas de Las Juntas al nivel de la llanura que baña el Gran Océano, y cuando creía que el Dagua había llegado a su nivel, me di cuenta de que sus aguas agitadas corrían algunos pies debajo del lugar donde nos hallábamos.

Piloto experto, el negro que empuñaba la pértiga evitaba con gran destreza la corriente demasiado rápida; atrevido, se aventuraba por entre las revueltas que formaban las rocas, y sin miedo a estrellar la piragua, la hacía que se deslizase por esos pasos angostos; pero a veces una piedra nos detenía en la bajada, y el agua que borbotaba contra ese nuevo obstáculo amenazaba sumergirnos; eran los momentos críticos. Entonces los dos hombres se arrojaban al agua y, aligerando de ese modo la piragua, la retenían con fuerza, impidiendo así que se precipitase en el remolino en que iba a abismarse.

Estos peligros de tan nueva especie impresionan al viajero que, aprisionado en el centro de la piragua y sin atreverse siquiera a parpadear para no ocasionar un naufragio, maquinalmente suspira de satisfacción cada vez que se ha evitado un escollo o que se ha franqueado un raudal; esto me sucedía también a mí, y los negros, tomando mis suspiros de alegría por lamentos me preguntaban con irónica tranquilidad:

- ¿Se ha mojado el señor?

Y efectivamente estaba empapado. La lluvia caía a torrentes, y el marinero, atento siempre a evitar las rocas, no hacía sino golpear con los pies con el objeto de disminuir el agua que llenaba la piragua.

Tardamos sólo una hora en llegar a un sitio que llaman El Salto; el raudal es aquí tan fuerte que las piraguas se pasan por tierra y se trasborda en la Bodega (almacén o depósito público) donde el Gobierno tiene un agente para ejercer la policía en el río. Los dos negros, después de haber desembarcado mí equipaje bajo una lluvia torrencial, quisieron abandonarme so pretexto de que no se les había contratado sino hasta aquí. No sabía materialmente qué hacer; solo, en medio de estas espesuras me hubiera muerto de hambre o de enfermedad en espera de otra embarcación; el encargado de la bodega se apiadó de mí, y uniéndose a mis ruegos instó a los negros a que siguiesen conmigo. Claro es que empleé otros argumentos para decidirles. Les había dado cuatro piastras por esta primera etapa, aunque generalmente no se pagan más que dos, y les ofrecí tres por la segunda: esto significa pagar el doble de lo que pagaba la generalidad de los viajeros, de modo que aceptaron mi propuesta con alegría y al momento echaron al agua otra piragua.

Carentes de autoridad o más bien temerosos de hacer uso de la de que están investidos, los agentes del gobierno colombiano pocas veces hacen respetar al viajero, en particular cuando éste es extranjero. Es sólo a fuerza de ruegos o de dinero como éste puede hacerse obedecer, pues tanto los marineros como los arrieros son los únicos guías que se permiten sortear los peligros de la navegación o de los caminos. Los agentes del Gobierno les respetan porque, como todos éstos son también traficantes, temen indisponerse con ellos si les hacen observar las leyes. Cuando los caminos están en mejor estado, cuando se tenga mayor experiencia de la navegación, estos asalariados tendrán menos exigencias y úno podrá hacerse obedecer.

Una vez que los negros, que desde Las Juntas me habían traído hasta aquí, se decidieron a seguir conmigo, me embarqué en otra piragua y me lancé de nuevo a correr otros peligros tan terribles como los que acabábamos de sortear. Sin embargo, tranquilizado al ver la destreza de los negros, tántas veces puesta a prueba, el viajero empieza a familiarizarse con los incidentes de una navegación tan espeluznante; acaba por distinguir los escollos realmente peligrosos de aquellos que sólo tienen de temible el estruendo que producen las aguas al estrellarse contra ellos; de todos modos dudo mucho que su tranquilidad llegue al punto de permitirle dormir en la piragua como muchas personas me han asegurado que son capaces de hacerlo, pues sin querer está úno intranquilo, y aunque sólo fuese por la dificultad para respirar debido a la velocidad con que la corriente arrastra la piragua, el hecho es que no se pueden cerrar los ojos ni un momento.

No tardamos en llegar al Saltico. En las inmediaciones de este paso peligroso se ven algunas chozas; perdí varías horas en convencer a mis negros que siguiesen conmigo; estuvieron mucho tiempo vacilantes y acabaron por decidirse a llevarme hasta Buenaventura con la promesa por mi parte de pagarles cinco piastras y después de haber cambiado otra vez de piragua, reanudamos la navegación. Fui a pie hasta pasar la catarata lo mismo que lo había ya hecho en El Salto, y allí encontré los negros que me esperaban con la piragua. El lector podrá darse cuenta de lo que es esta clase de navegación al saber que desde la orilla por donde caminaba se veían los largos surcos que dejan las piraguas, pues al navegar tienen que arrimarse lo más posible a la orilla.

Después del Saltico, el Dagua tiene un curso más sosegado, sus aguas ya no se precipitan en forma de torrente impetuoso; no es mas que un río de corriente muy rápida pero que sigue siendo muy peligroso, porque no ha llegado todavía ni mucho menos a su nivel: el desnivel no era ya más que de un pie por cien toesas en vez de dos o tres como antes.

El negro que manejaba la pértiga no daba ahora las indicaciones a su compañero con aquel silencio sobrecogedor con que lo hacia antes silencio muy conveniente además para no perder un tiempo precioso en vanas palabras; ya no era sólo con el gesto con el que guiaba al timonel y su voz dominaba el bramido de las aguas; a poco ya pudimos hablar acerca de los peligros que habíamos corrido y de nuestra satisfacción por llegar en breve al puerto; antes de llegar a él tuvimos que detenernos en Santa Cruz, aldehuela donde pasamos la noche.

Al día siguiente, un cielo despejado, fenómeno raro en esta región donde siempre llueve, nos prometía un tiempo bueno, y además el río que por aquí se ensancha contribuyó a hacer esta última parte de la navegación muy agradable. Aunque los troncos de los árboles a medio sumergir ofrecen aún algún peligro, el cauce del Dagua, ancho y profundo, permite sortearlos; en fin, después de haber sido arrastrada durante algún tiempo con bastante velocidad por la corriente, la piragua, para avanzar, necesitó la ayuda de los remos.

Era, pues, a fuerza de remo como ahora descendíamos el curso de este río que el día anterior nos arrastraba a pesar de todos nuestros esfuerzos. Al aproximarse a su desembocadura es cuando alcanza su nivel. Sus aguas turbias y profundas están bordeadas por orillas bajas y fangosas, permanentemente inundadas y en las que crecen árboles imponentes. En ellas es donde el mangle y otros grandes árboles que se desarrollan perfectamente en las aguas salobres, extienden lejos de sí sus numerosas raíces. El Dagua, que aguas arriba, aprisionado entre los murallones altos y estrechos de la cordillera, corría saltando de cascada en cascada, se desliza ahora con una corriente casi imperceptible y su curso es tan apacible como el mar en que desemboca. Las aguas del mar y del río se unen sin que la vista se percate, pues no hay barrera alguna que las detenga y el navegante no se da cuenta de que está en él sino por el sabor de las aguas. Por un fenómeno que contradice todas las observaciones, los cocodrilos no se ven en todo el curso del río; es sólo al llegar a las aguas del océano y en sus playas arenosas cuando y donde se suele ver, a veces, este temible mudo.

Por fin, sin peligro pero no sin trabajo, llegamos a ese puerto de Buenaventura en que tantas ganas tenía de verme.

Por la importancia y por la belleza de su situación, Buenaventura debería ser una dudad considerable; un comercio activo debería dar animación a mi puerto; una población rica e industrial debería llenar sus calles, y numerosos barcos deberían entrar y salir sin cesar, pero sin embargo no hay nada de eso. Una docena de chozas habitadas por negros y mulatos, un cuartel con una guardia de once soldados, tres piezas puestas en batería; la casa del gobernador, lo mismo que la de la Aduana, es de paja y de bambúes, situada en la islita de Cascaja, cubierta de hierbas, espinos, fango, serpientes y sapos: eso es Buenaventura.

Y sin embargo el comercio que se hace por este puerto no deja de tener cierta importancia, a pesar de que son sólo productos de los más ordinarios los que por él entran y salen, tales como sal¹, cebollas y ajos. Esto es lo que por lo general traen las goletas de Paita, a lo que hay que añadir los sombreros de jipjiapa y las hamacas; extrañas importaciones para una provincia tan rica en oro. Las exportaciones consisten en tafia, azocar y tabico. La penuria de víveres aflige constantemente este lugar malsano; con gran dificultad se consiguen plátanos verdes, pan de maíz y queso. Una gallina cuesta una piastra; el pescado escasea y parece que es nocivo.

Buenaventura, hoy por hoy, no es nada. Este villorrio puede, con el tiempo, adquirir un incremento prodigioso sí, de acuerdo con un proyecto planeado hace algún tiempo, se traslada su emplazamiento al Nor-noroeste del sitio en que hoy está. El terreno en que se proyecta crear el nuevo puerto está un poco más elevado y por lo tanto es menos húmedo, y como está emplazado en el continente se podrá extender y será más fácil construirle con materiales más resistentes que el bambú. Las casas que en él hayan de edificarse cerrarán mejor que las de ahora, que cierran sólo con unas correas, ofreciendo mayor seguridad para el comercio, y finalmente no habrá esa humedad excesiva y constante tan funesta para los extranjeros que residen en Cascajal. De ese modo el puerto de Buenaventura figurará un día entre los primeros del Pacífico. En lugar de esas piraguas que hoy constituyen toda su marina, se verán en él buques de alto bordo, y sus chozas repugnantes se trocarán en magníficos almacenes para depósito de los productos de la India y de Europa.

En el Pacífico se suele decir que cualquier ensenada constituye un buen puerto; en efecto, ese mar es tan tranquilo en los trópicos a lo largo de la costa de América, que cualquier sitio, por poco abrigado que esté, constituye un refugio. A esta ventaja, común a todas las anconadas de esta costa, la bahía de Buenaventura añade la de su gran extensión y la de su profundidad. El fondo es excelente y permite que los buques de guerra entren y permanezcan en ella sin peligro. La entrada de la bahía se abre al Oeste-suroeste de Cascajal, mientras que la desembocadura del Dagua se encuentra al Sur-este de aquella isla. A esta bahía van a desembocar otros ríos además del Dagua.

El puerto de Buenaventura depende de una provincia de Nueva Granada tan interesante como poco conocida: el Chocó. Esa región empieza en la costa del mar de las Antillas, confina al Noroeste con el territorio de las hordas bárbaras que están a tres días de marcha de Panamá, comprende una parte de la Cordillera Oriental, limita al Oeste con el Océano Pacífico y termina al Sur en Iscuandé, situado al Sur-sureste de la Gorgona, a dos jornadas de Buenaventura².

Si sólo a fuerza de obras de ingeniería Holanda logró poner en comunicación por agua todas sus provincias entre sí, el Chocó en cambio está cuajado de canales naturales que establecen medios de comunicación cómodos desde el mar de las Antillas hasta el Gran Océano. Para hacerlas más fáciles bastaría perforar el istmo de San Pablo; entonces de Buenaventura se iría a la quebrada de San Joaquín, que se puede remontar en seis horas; dos horas bastarían para atravesar por tierra el espacio que separa a San Joaquín del Guineo, afluente del Calima. Se desciende este río hasta su desembocadura en el San Juan; desde aquí se tarda un día para llegar a Monguidó; del Monguidó a Panamá, otro día; de Panamá a Noanamón, un día; se Noanamón a la boca de Dispurdu del Guasimón, un día; de Dispurdu a la boca de Tamaná, un día; de la boca a Nóvita, seis horas; de Nóvita a la boca de San Pablito, un día: se atraviesa al istmo de San Pablo en cuatro horas; del otro lado a San Pablo se va por el río Quibdo; se llega en un día a la Boca Certiga, y en otro día se va de la Boca Certiga a Citará, en el Atrato; de Citará a la embocadura del río hay ciento treinta y cuatro leguas. De modo que en quince días se puede ir por agua, de un extremo de esta provincia al otro, es decir, de Iscuandé a la embocadura del Atrato³.

Esta cantidad de agua, tan ventajosa para las relaciones comerciales, produce en todo el país un exceso de humedad que la naturaleza del suelo contribuye a mantener. En efecto, de las orillas del mar hasta la cordillera, el Chocó no es más que una llanura, que en su parte más ancha puede medir treinta leguas, muy baja y cubierta de bosques impenetrables: el viento del Oeste-noroeste, que sopla todos los días en esos parajes, empuja las nubes contra las montañas donde se concentran y se resuelven en torrentes de lluvia que alimentan ese número infinito de ríos que surcan la región en todas direcciones. Sería, pues, muy difícil, a menos de hacer gastos enormes, tener caminos regulares por tierra; a este respecto la configuración física del país fue favorable a la política española, que temía en extremo que las provincias del interior pudieran tener relaciones con el Gran Océano; y hoy mismo cuesta Dios y ayuda conseguirlo.

La humedad constante hace que la temperatura en el Chocó sea muy soportable, pero a la vez convierte su clima en uno de los más insalubres; el calor es moderado en esas tierras pantanosas, pero como por otra parte no hay defensa contra la humedad, la salud más robusta se resiente; todos los europeos enferman. Pocas veces se ve el sol, que casi siempre está velado por las nubes; algunas veces, sin embargo, cuando va declinando hacia el horizonte brilla con un resplandor muy vivo y parece como si, con los reflejos de púrpura y oro con que baña el cielo, quisiera consolar a esa tierra tan rica en tesoros, de las pocas veces que la alegra un día claro.

El suelo del Chocó no ofrece gran variedad; sólo se ven rocas en los lechos de los ríos; las tierras que hay en las inmediaciones de las montañas son feraces, pero se ven pocas que están cultivadas, a pesar de que las que de trecho en trecho lo están, debieran, por las cosechas abundantes que producen, estimular el cultivo de las demás. El terreno, de color rojo vivo por lo general, es ondulado y forma valles en los que hay magníficos pastos; las montañas que les dominan están cubiertas de bosques que el hombre no ha hollado todavía y de los que salen una infinidad de arroyos. Cuando se desciende hacia la costa úno se encuentra con un terreno llano que, como las partes altas de la región, está cubierto de bosques. El suelo está formado por capas de cascajo, arena, piedras y arcilla, superpuestas con regularidad y paralelas al horizonte. Esta disposición geológica empieza a los 260 pies sobre el nivel del mar y termina al llegar a los 2.072. Es en ella donde se encuentra oro, siempre mezclado con platino; pasado el límite máximo antes indicado, ya no se encuentran metales. De modo que no sólo la superficie del Chocó posee los bosques más ricos, sino que su seno atesora las riquezas más estimadas, en gran abundancia; por cualquier parte que se cave, dentro de lo límites indicados, se encuentra oro.

En medio de tántas riquezas, el hombre, sin embargo, es pobre y desgraciado, no se ven viviendas sino sobre los oteros que de trecho en trecho hay a lo largo de los ríos; allí es donde el hombre ha tenido que construir su casa levantándola sobre pilotes; las vigas y el bahareque con que está hecha, lo mismo que el techo que la cubre, todo, todo es de bambúes. Las hortalizas no se pueden cultivar directamente en la tierra porque la humedad las podriría, de modo que los habitantes de esa región levantan a algunos pies del suelo una barbacoa de bambúes que cubren con una espesa capa de tierra, y así es como gracias a esas extremadas precauciones las legumbres que se siembran en esos verdaderos campos artificiales prosperan y se dan a maravilla. Para el maíz, la caña y el plátano no hay que recurrir a esos procedimientos; esas plantas se dan perfectamente en esas tierras pantanosas, y se darían en mucho mayor abundancia si no fuese porque la humedad constante impide quemar los bosques y limpiar grandes extensiones de terreno para dedicarlas a esos cultivos. Por esta misma razón no abundan los pastos, de modo que se ve poco ganado; mientras que en la vertiente oriental de la cordillera no hay por qué preocuparse de la ganadería, en cambio en el Chocó se esfuerzan en vano en multiplicar los animales domésticos.

En estas condiciones los habitantes del Chocó no disfrutan como los del Magdalena de un solo día bueno para consuelo de sus males; todos los días la lluvia inunda sus hogares, convierte en un fangal el terreno en que se alzan; la piragua es talvez el lugar más sano para vivir, aunque no este mas seco que todo lo demás, por lo cual pasan metidos en ella la mayor parte de los días. Sus chozas no son más que cloacas inmundas, y cuando por un palo cortado en forma de escalera se sube al cuarto donde duermen, el techo entreabierto deja pasar por todas partes la lluvia. Los habitantes del Chocó son, pues, en extremo desgraciados, y será muy difícil que la población pueda aumentar en esa región.

El número de habitantes no pasa de 20.000 almas4, aun cuando la provincia tiene cerca de cien leguas de extensión. El número de aldeas, si puede darse ese nombre a unas dos o tres chozas agrupadas en un mismo sitio, es escasísimo. Están casi exclusivamente habitadas por hombres de color y por algunos indios. Estos, aunque pacíficos por naturaleza están casi en estado salvaje. Van completamente desnudos; las mujeres no llevan sino sólo un delantal. Se tiñen el pelo de varios colores: a eso lo llaman vestirse. Es de advertir que los hombres emplean de preferencia el rojo y las mujeres el negro. Se hacen en las orejas grandes agujeros por los cuales pasan huesos, cañas o plumas. Se embadurnan de negro los dientes. Esas tribus no son valientes; en cuanto ven llegar un extranjero al poblado huyen a los bosques. Las mujeres se echan a llorar en cuanto se les dirige la palabra y se tapan la cara con las manos. Los indios sienten una antipatía marcadísima por los negros, aunque, por temor, les dan como a los blancos el titulo de amo. Por lo general los hombres tienen facciones más correctas que las mujeres y se conservan mejor en la vejez. Las industrias de estos indios se limitan a la confección de canastos o a fabricar sombreros con hojas de palmera. Como todos los de su raza detestan a los blancos, les temen y no tratan de mezclarse con ellos.

El idioma de los indios del Chocó llama la atención por lo duro y lo áspero de la pronunciación. Si se interroga a estas gentes se puede averiguar qué objetos conocían antes de la llegada de los españoles, pues si emplean las palabras castellanas para designar el caballo, la vaca, el trigo, etc., se valen de los nombres indígenas para indicar la patata y el maíz5.

Los negros predominan en el Chocó. Casi todos ellos son esclavos y trabajan en las minas. El número de mulatos es escaso; constituyen aquí lo que pudiéramos llamar la clase de los patricios. Casi todos son dueños de minas.

Además del oro y del platino (el platino se vende a 15 o 20 francos la libra), se podrían exportar cantidades considerables de maderas preciosas, de resinas, de gomas, de concha y de perlas de la Gorgona. La carestía de los víveres, la dificultad de reunir los productos en determinado lugar, el abandono en que están las ciudades y los puertos, la insalubridad del clima, que ha obligado al Gobierno a pagar a los funcionarios un tercio del sueldo como prima, apartarán al comercio todavía durante mucho tiempo de esta región. Lo que se necesitaría más que nada es un buen camino que del mar fuera al Valle del Cauca; todos lo que hay son malísimos. Los puertos más frecuentados hasta hoy son, en el Gran Océano: Iscuandé, El Varo, Buenaventura, Chirambirá y Cupica; en el mar de las Antillas todo el comercio se hace por el Atrato. Los buques de mayor tonelaje se quedan en la embocadura del río, donde se puede úno entender con el capitán que guarda la entrada. Con él se negocia la compra de la concha; los ingleses prefieren entenderse con los cunacunas, a quienes engañan fácilmente. De modo que en Citará, que es el puerto del Atrato y la ciudad más importante de la parte septentrional de la provincia, no se suelen ver más barcos que los champanes de Cartagena. Citará no tiene más de unos mil habitantes.

En Cascajal había tres franceses. El lector se imaginará la sorpresa y la alegría que experimentamos unos y otros al encontrarnos tan lejos de la patria. Mis compatriotas no habían hecho buenos negocios, y se embarcaron rumbo a Guayaquil, quedándome otra vez solo. El placer que experimenté al encontrar unos compatriotas en un rincón del mundo donde jamás pensé que pudiera haber alguno, avivó en mi el deseo de volver a la patria. La suerte no empezó por favorecerme. En el puerto sólo había un buque y una goleta de Paita, que debía hacerse a la vela rumbo a Panamá; aunque había oído hablar muchas veces de las incomodidades que se sufren a bordo de esos barcos no dudé ni un momento en tomar pasaje a bordo el cual fue estipulado en 45 piastras.

El cargamento que trajo el barco era de cebollas y de sal. El retraso que sufrió la venta de esas mercaderías repercutió en el de la salida. La contrariedad que esa demora me originó, las privaciones que sufrí y la deficiente alimentación a que, desde Cali, estuve sometido, me produjeron una fiebre alta; hubo momentos en que pensé que no saldría nunca de Cascajal, pero mí constitución pudo más que la enfermedad; mejoré rápidamente y el 4 de noviembre estuve en condiciones de subir a bordo. Los víveres que llevábamos consistían únicamente en unos cuantos trozos de carne seca.

A bordo me alojaron en el pañol; esa era la cámara. Como por la noche empezara a llover, la tripulación se refugió allí y cerró todos los resquicios; me ahogaba el calor las fétidas emanaciones que exhalaban los ajos, las cebolletas, el tocino y las ropas mojadas de los marineros me impidieron cerrar los ojos; pero la esperanza de hacernos a la mar aquella misma noche me hizo soportar con paciencia estas incomodidades.

Esta esperanza mía resultó fallida, pues el capitán no subió al barco hasta el amanecer; entonces fue cuando el buque se dispuso a hacerse a la vela. Salí de aquel tugurio donde había pasado una noche tan desagradable; en cubierta me encontré con que a bordo iban siete tripulantes, ocho pasajeros y los tres negros con quienes había hecho el camino hasta Las Juntas. El capitán cogió el altavoz y dirigió la maniobra con la sangre fría y la suficiencia que dan la experiencia y el conocimiento del oficio. Todo el mundo puso manos a la obra, pero con tan poca habilidad, que se tardó mucho tiempo en izar las velas, a pesar de que entre los marineros había dos genoveses; no pude menos de extrañar que dos compatriotas de Cristóbal Colón estuviesen a las órdenes de un capitán indio. Éste, a pesar de los humos que se daba de ser español, no presentaba ningún rasgo que a ese respecto pudiera engañar a un europeo; era regordete, muy bajo, tenía la cara cuadrada, el color muy oscuro, los ojos pequeños y oblicuos, el pelo largo y trenzado como los chinos, justificando así el nombre de chinos que se da a los habitantes de Paita6. ¿Sería exagerado suponer que después de la destrucción de esa ciudad por Anson, los españoles la hubieran repoblado con chinos de Manila?

Por fin nos hicimos a la vela doblamos el banco de arena que está a la izquierda de la bahía y las dos rocas aisladas que le limitan por la derecha. Los peruanos me hicieron formar una pobre idea de sus conocimientos marítimos, y mucho temí que su imprudencia me costara caro; pero pronto rectifiqué mi primera opinión al verles lanzarse, atrevidos, mar adentro, y a pesar de las velas de algodón, de los cordajes recalentados, del aparejo de su goleta, pesado y difícil de manejar, alejarse de las costas y sin más que una brújula y unos cuantos puntos de referencia que les eran perfectamente conocidos, sin sextante y sin corredera, pasar cerca de las islas de Las Perlas y arribar a Panamá sin contratiempo.

Hé de confesar, sin embargo, que no siempre estuve libre de preocupación en cuanto a su experiencia náutica, aunque en parte me tranquilizara el estado del mar. Los marinos del Gran Océano son tan pusilánimes que los que tripulaban la goleta, en cuanto el mar se agitaba lo más mínimo, entonaban cánticos que parecían presagiar grandes peligros; a tarde y a mañana se reunía la tripulación para impetrar la ayuda de los santos cuya existencia, con impío descaro, negó más tarde el capitán en cuanto los vientos se clamaron y cuando ya estábamos próximos a Panamá.

Fondeamos en la rada de esta ciudad el 12 de noviembre después de ocho días de navegación. Aunque era de noche y a pesar de que ocho días de dieta y de fiebre me habían debilitado, bajé a tierra. Encontré una habitación, una mal comida y una hamaca; pero durante los instantes de reflexión que precedieron al sueño saboreé el placer inexpresable de sentirme en tierra firme, de verme lejos de aquellos miasmas pestíferos del barco de Paita, de los marineros groseros que lo tripulaban y de todas las contrariedades inherentes a la travesía de Buenaventura a Panamá.

La región intertropical del Gran Océano goza, lo mismo que la cordillera, de una temperatura casi siempre uniforme. La atmósfera está en constante calma, que pocas veces alteran esas espantosas tempestades que asolan las playas del mar de las Antillas7. Lo mismo que en la cordillera, el aire se refresca con los vientos que forman los monzones. Por esta razón las esperanzas de los navegantes, lo mismo que las del cultivador en los Andes, pocas veces se ven defraudas; no tienen que temer el verse detenidos por la ausencia total del viento en las calmas chichas. Entre el Trópico de Cáncer y el ecuador, el viento del Norte sopla desde noviembre hasta abril y trae lluvia; durante los otros seis meses sopla del Sur y reina tiempo seco. Este orden a veces se altera con vientos del Oeste o con brisas del Este, que, en ciertas ocasiones, en el istmo de Panamá, suelen convertirse en viento fresco. Estas excepciones no modifican la influencia que la cordillera ejerce sobre el Gran Océano, influencia que se advierte, según dicen, hasta doscientas leguas de tierra. En el Pacífico se han observado dos grandes corrientes, que al igual de las mareas, son muy fuertes.

El cielo de estos mares no es ni azul como el de las Canarias, ni blanco ceniza como el de la costa del Sahara; se parece más bien al de nuestras provincias marítimas del Oeste de Francia. A medida que la cordillera se aproxima a la costa, el cielo va siendo menos sombrío; cerca ya de Panamá sólo está cubierto de nubes: desde Paita hasta Lima tiene el color del bronce; las nieblas sustituyen a las lluvias que periódicamente caen en la región comprendida entre Guayaquil y el Veragua. Entre Lima y México el Pacífico está casi desierto; pocos son los navíos que se encuentran. El comercio está circunscrito a seis puertos principales: Valparaíso en Chile, El Callao en el Perú, Guayaquil y Panamá en Colombia, San Blas y Acapulco en Méjico. No hay más que unos pocos ingleses, franceses, genoveses y americanos del Norte que vayan más allá de Guayaquil. Los ingleses de la Jamaica, que tienen monopolizado el istmo de Panamá, envían, según dicen, mercancías por valor de dos millones de piastras. Los barcos de poco tonelaje que hacen ese tráfico van escoltados por un buque de guerra; ponen gran cuidado en que esos cargamentos no lleguen sino en determinadas épocas, con el objeto de evitar que el abarrotamiento de las mercancías perjudique los precios en el mercado de Panamá; las mercancías que de Méjico se exportan por esta vía consisten en plata; las de Guayaquil, en oro y en cocos.

Los barcos de Paita son los únicos que hacen el cabotaje. Ese puerto peruano, incendiado por dos corsarios ingleses, Anson en 1741 y Cochrane en 18..., tiene una población mestiza muy activa. Son los bretones del Pacífico; se les encuentra en todas partes. Los cargamentos que exportan y que bastan para mantener las relaciones con Panamá, Guayaquil y el Perú, consisten en vino de Lambayeque (ciudad del Perú), sal, cebollas, ajos y cebolletas. La cotización de esos productos, juntamente con la de la lantana de Cuba y de Cartagena, concentra la atención de los comerciantes mucho más que la que puedan alcanzar el oro y las perlas. No hay que olvidar que la base de la prosperidad de Holanda fueron los arenques; pero Paita dista mucho de eso.

Hoy el puerto más importante del Pacífico es Guayaquil; la abundancia y variedad de productos que allí se concentran atrae una gran cantidad de buques; en efecto allí se encuentra cacao, café, maderas de diversas especies, y cocos. Aunque el precio de esta fruta es bajo, tiene mucha demanda; por lo general la prosperidad de los países tuvo su origen en la venta de las cosas más vulgares y ordinarias. Pocas veces se toca en Buenaventura o en Panamá; en el primero no hay nada, y en el segundo sólo hay un comercio de tránsito monopolizado por los ingleses; se prefiere, por lo tanto, cuando de Guayaquil no se hace rumbo a Europa, emplear dos meses en subir hasta San Blas para vender allá mercurio u otros productos y cargar a cambio lingotes. Aunque en el Pacífico el número de buques armados no sea muy considerable, el comercio de hierro de brea y de cordajes no carece de importancia; el hierro se paga a cincuenta francos los cordajes a ochenta la brea a ciento cuarenta o a ciento cincuenta francos el quintal.

En todos los puertos los víveres escasean y son caros; en ellos ya no hay que contar con la hospitalidad obsequiosa de la gente de la cordillera; aquí todo se vende a exorbitantes precios; los favores, las atenciones, todo está sometido a tarifa, y teniendo en cuenta las relaciones progresivas de estos países con Europa, no se sabe hasta dónde podrá llegar el alza de los precios. La gente que habita la costa del Gran Océano desde Lima hasta Panamá tiene rasgos y costumbres asiáticas; es codiciosa e interesada; ha conservado el carácter físico y moral de sus antiguos conciudadanos de las Filipinas.

 

 

1
La sal Paita cuesta 5 francos el quintal. También proviene de los buques que traen de Costa Rica carne salada; se paga a 8 piastras el quintal; origina la disentería.
2
Fue en la isla de Gorgona donde Pizarro permaneció varios meses con trece de sus compañeros, cuando fue a la conquista del Perú.
3
Véase sección Notas y aclaraciones, al final de la obra.
4
Véase sección Notas y aclaraciones, al final de la obra.
5
Véase sección Notas y aclaraciones, al final de la obra.
6
San Martín, hace algunos años hizo cortar el pelo a los soldados de Paita, medida que provocó una fuerte oposición.
7
Para la navegación por el Pacífico, los buques de vapor serían muy útiles y su implantación costaría poco: dentro de unos años los ingleses tendrán un servicio entre Lima y Panamá.
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