PREFACIO
 

 

El solo hecho de que el barón de Humboldt hubiera recorrido, en los primeros años de este siglo, la mayor parte de las provincias de Colombia que yo visité en 1823, constituirla de por sí una razón poderosa para no publicar la descripción de esas regiones. Pero por otra parte, teniendo en cuenta que aquel ilustre sabio viaje por ellas en una época en que el carácter político del pueblo no podía todavía manifestarse con la energía propia de una nación libre por estar aún bajo la dominación española, no se puede negar que la revolución llevada a cabo en el lapso que media entre ambos viajes merece por sí sola que se informe acerca de ella con algún detalle. El estado material del país y los usos y costumbres de sus habitantes habían hecho pensar, durante mucho tiempo, que una revolución política nunca podría llevarse a cabo en esas regiones. Era, pues, de sumo interés saber en qué modo y hasta qué punto un pueblo que en gran parte habita en medio de sociedades tan espantosas como las de África había proclamado y hecho suyos unos principios políticos que parecían sede del todo extraños.

Éstos fueron los motivos que me determinaron a ordenar las notas que recogí en mi viaje.

¡Lejos de mí la pretensión de ofrecer un cuadro completo de Colombia! Antes bien, me doy cuenta exacta de lo imperfecto del boceto que he bosquejado de esa nueva República, a pesar de que en él no he omitido, me parece, ninguno de los rasgos esenciales para su conocimiento; lo que me ha faltado es el talento para pintarla con colores vivos y brillantes, razón por la cual decidí dar a este libro la forma de un mero relato.

No estuvo en mi ánimo, al consignar con meticulosidad todas las circunstancias de mi viaje y los acontecimientos que le hicieron tan penoso, el deseo de excitar el interés hacia mi persona, describiendo las situaciones difíciles en que me encontré; sólo quise, dando a mi viaje la forma de un diario, señalar a aquellos que se propongan recorrer esas mismas regiones, los peligros y las fatigas que en ellas les esperan; pero además estimo que la mejor manera de describir un país es la de consignar las impresiones que uno ha experimentado, día a día, al recorrerlo.

Convencido de que la imparcialidad es el primer deber de un viajero, y teniendo que juzgar a la vez a los independientes y a los españoles, alabo en mi obra, sinceramente, el valor de los unos y algunas instituciones de los otros. De acuerdo con la historia, he dividido en este libro la dominación española en dos éras que no se suelen discriminar: la Conquista, la época de los crímenes y de las matanzas, y aquella otra en que España, con un mayor sentido humanitario, se ocupó en civilizar a sus súbditos de América. Sin disimular la lentitud de los progresos de la civilización española, no he podido por menos de poner de manifiesto que ésta nunca fue retrógrada, aserto que se patentiza fácilmente si se observa que la revolución estalló en América nada más que 20 años después de la nuestra y que tuvo el mismo carácter político.

Ahora bien: un francés, al viajar por América, no debe circunscribir su tarea a la descripción escrupulosa e imparcial de la posición respectiva de los españoles y de los independientes; su labor va más allá; tiene que exponer su opinión acerca del comercio de su patria y sobre los intereses de la humanidad maltrechos desde hace tánto tiempo en el Nuevo Mundo. Por eso he tenido que hablar con frecuencia unas veces del ascendiente que va adquiriendo allí una nación rival y otras del estado de envilecimiento en que todavía yacen los indígenas y los negros; los primeros, únicos dueños legítimos del país; los segundos, víctimas inocentes deportadas para desmontar regiones en las que no disfrutan ni siquiera de la libertad. Pero, al lado de esas tristes reflexiones que este espectáculo aflictivo inspira, me he apresurado a hacer constar la esperanza que abrigo de que la resolución que en todas partes han tomado los mulatos y los mestizos españoles de suavizar la suerte de esas razas, que son en definitiva sus progenitoras, termine con él. Y no es esta resolución generosa la única que he consignado, sino que he citado, como una de las principales, la que también han adoptado unánimemente de admitir a todas las naciones del planeta al disfrute de un mundo de una extensión casi igual a la de Asia, que no podía seguir siendo el patrimonio exclusivo de diez y siete millones de hombres.

Cualquiera que sea el fundamento que tengan esas esperanzas de mejoramiento, especialmente en Colombia, no he ocultado, sin embargo, que están supeditadas a la apatía natural de los pueblos que habitan las regiones equinocciales, a la codicia de algunos extranjeros privilegiados y, sobre todo, a la cuestión de las razas de color la última y desde luego la más terrible que queda por resolver ¹.

Bolívar lo mismo que Guillermo de Nassau en los Países Bajos, después de inauditos esfuerzos, parece que ha logrado poner la independencia de su patria al abrigo de todo peligro. Pero seria un poco aventurado decir otro tanto por lo que se refiere a algunas de las instituciones con que la ha dotado; y más bien se inclina el ánimo a creer que éstas correrán más de un serio peligro cuando el legislador que las defiende haya desaparecido del escenario político.

Estos presentimientos los sugiere el recuerdo de lo que pasó en Francia en Méjico y en Santo Domingo, países donde los gobiernos se han derrumbado con los mismos que los fundaron. Claro es que a esto podrá objetarse la estabilidad de la Constitución de los Estados Unidos. Pero ¿qué tiene de común la América inglesa con la América española? ¿Es que puede compararse la una con la otra? Tanto equivaldría establecer un paralelismo entre sus metrópolis respectivas. ¡Qué abismo insondable abre entre una y otra, sobre todo la diferencia de sus creencias religiosas!

Por eso, a pesar de las revoluciones prodigiosas que han caracterizado nuestra época, no hay quien considere como muy estable esa conformidad de principios políticos que existe a la hora presente entre los protestantes ingleses y los católicos españoles de América. En efecto nuestra religión tiene tan pocas simpatías por la democracia, que es de temer, a cada instante, que la paz y la tranquilidad se alteren en una vasta República en la que el clero, corporación rica, influyente y dirigida por un jefe extranjero, se constituya en un poder monárquico naturalmente opuesto a los gobiernos populares.

Por lo demás, un cambio en la forma de la Constitución de Colombia influiría poco en la cuestión de su independencia, que a juicio de muchos quedó definitivamente sellada desde el momento en que una gran nación europea la reconoció y la tomó a su riesgo y ventura.

 

 

1
Es la opinión de la minoría (los criollos blancos) que ha sustituido en el poder a los españoles. Sus temores a este respecto son tales, que se les ha visto, sin motivo real, ejercer la vigilancia más estrecha sobre los hombres de las Antillas y aun a riesgo de verse acusados de ingratitud, rechazar con altanería su alianza.
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