CAPÍTULO
XII
Salida de Panamá - Cruces - El río Chagres - La Gorgona - Chagres.
Salí de Panamá el día 18 de noviembre a la seis de la mañana, acompañado de un arriero que llevaba dos mulas de carga, en una de las cuales monté; estaban herradas, presagio de que los caminos habrían de encontrarse en pésimo estado. Estos presentimientos no resultaron fallidos.
La altura de la cordillera es por aquí, en comparación con la que tiene en las otras regiones que visité, muy escasa, ya que su elevación es a lo sumo análoga a la de los Vosgos. El terreno, constantemente inundado por las lluvias, que las tormentas, formadas en ambos mares descargan todos los días, se convierte en fangal profundo y peligroso del que es casi imposible salir, a pesar de las piedras que se han echado en él para afirmar el piso. A cada instante se resbala úno y cae; durante todo el camino se marcha dentro del agua. Al llegar a la mitad de éste aproximadamente, se empieza a descender la vertiente de las montañas, descenso que es mucho más rápido por el lado que mira al mar de las Antillas que por el del Pacífico. La lluvia y el mal estado de los caminos no me permitieron llegar antes de las siete de la noche a Cruces, aldea poblada exclusivamente por gente de color. Si el camino hubiera estado mejor, en tres horas se hubiera recorrido. Es inconcebible el estado de abandono en que se encuentra el camino, teniendo en cuenta que es el más importante, ya que es la ruta que siguen las tropas que el Gobierno manda al Perú.
En Cruces sólo me detuve un día; al siguiente me embarqué en uno de esos bongos que navegan por el Chagres. La borda de esas piraguas es tan alta, que los negros tienen que remar poniéndose de pie en los bancos. Fue mi compañero de viaje un oficial que llevaba unos pliegos del intendente de Panamá; imaginé que su presencia a bordo haría la travesía más rápida y que por la noche estaríamos en Chagres, pero sólo sirvió para alargarla. Este joven nos hizo detener a las once en la aldea de Gorgona, poblada de negros y constituida por unas cuantas chozas más sucias aún que las de Cruces. La lluvia, como sucede hasta fines de diciembre, empezó a caer. El oficial temió mojarse; la Gorgona le brindaba sin duda encantos tan seductores, que decidió pasar allí todo el día. Como la piragua estaba a las órdenes de éste, no hubo más remedio que quedarnos allí. Los negros estuvieron encantados de encontrar un blanco tan indolente como ellos. Emprendimos el viaje a las cuatro de la madrugada. Hacía frío, y los esclavos se abrigaron como pudieron, uno con el gorrillo y el otro con el capote del complaciente oficial.
Todo el día navegamos por entre las montañas, cuyas cimas, a pesar de su escasa elevación, parecían muy altas comparadas con las márgenes fangosas del Chagres. Este río es poco ancho, pero su cauce apacible y profundo ofrece una navegación sin dificultades. Por lo general, las márgenes se cubren de bosques espesos. De vez en cuando se ve alguna choza solitaria en la que viven algunos negros en medio de pantanos y de una humedad tal, que el techo de la choza está cubierto de musgo como en los países fríos. A las dos de la tarde dimos vista a Chagres. Cuatro naves extranjeras estaban fondeadas en la bahía. La vista de Chagres es bastante pintoresca. Una roca enorme sobre la cual se ha construido un castillo, defiende la entrada de las embestidas del mar de las Antillas, cuyas aguas se mezclan con las del Chagres sin producir gran oleaje; su embocadura se abre al Norte. El pueblo, protegido contra los embates del mar y de los ataques de los enemigos del exterior, se extiende por los declives de una pendiente poco acentuada. El agua en las inmediaciones de la costa es tan poco profunda, que sólo las piraguas pueden aproximarse a tierra.
Cuando desembarcamos, me puse a buscar una choza para alojarme; no tardé en encontrar una bastante cómoda, dadas las condiciones del pueblo. Para que el lector tenga una idea de Chagres, describiré la que me sirvió de albergue: Estaba hecha de bambúes y tenía dos habitaciones: una servía de cocina y la otra de alcoba. Una hamaca colgada en el centro de la primera habitación, era a modo de canapé, donde todo el mundo se sentaba. Por la noche se tendían en el suelo pieles de toro y se acomodaban sacos de harina para que la familia se acostase. Para que el desorden fuera mayor, se guisaba en el mismo cuarto; el hogar lo constituían tres piedras. Unas cuerdas que iban de una pared a otra estaban repletas de salchichas, morcillas y de carne puesta a ahumar. Finalmente, encima de una mesa había una colección de cacharros, que según las necesidades se utilizaban en la cocina o en el cuarto de dormir; en la alcoba vivía, sola, la madre. Era ésta una mulata muy vieja que estaba orgullosísima de ver que su nieta, por el color de la piel, podía formar parte de la casta de los blancos.
Estas casas, llenas de humo, levantadas en medio de pantanos pestilentes, guardan a veces fortunas prodigiosas, que sólo están protegidas por puertas de cuero sujetas con cuerdas; a pesar de esta aparente inseguridad, el negociante deposita en ellas, sin inquietud y sin peligro, su fortuna: nunca se abrió un fardo, jamás se forzó un cofre. Este Chagres pavoroso da la sensación de opulencia, y en ningún otro lugar de la República vi mayor cantidad de dinero en circulación. Pocos negros hay que no ganen de 60 a 80 piastras por semana, ganancias prodigiosas que van a parar a las tienducas donde se venden toda clase de vinos y de licores.
El clima de Chagres, a pesar de ser caluroso y húmedo en extremo, no es mortífero; los europeos enferman, pero no suelen morirse.
En este lugar de espanto la vida es sumamente cara; una gallina cuesta una piastra y a veces hasta dos. En medio de esos bosques inundados, aunque parezca mentira, no es fácil encontrar leña ni agua porque los negros desdeñan ocuparse en esos trabajos que consideran poco remuneradores y muy duros: estos individuos, en cuanto se han transformado en hombres libres, no quieren trabajar sino cuando están seguros de ganar mucho dinero.
El transporte de las mercancías inglesas que abarrotan las chozas de Chagres, convertidas en almacenes, y cuyo alquiler es muy elevado, se hace en piraguas, de las que hay un número considerable; por ejemplo al llegar las mercancías, el alquiler de una choza suele ser de 400 francos mensuales: un bongo tarda cuatro días en subir hasta Cruces. Cada fardo (de 150 a 200 libras) paga de flete de Chagres a Cruces 2 piastras, y otras 2 de Cruces a Panamá. El flete de Jamaica a Chagres es también de 2 piastras.
Los habitantes de Chagres constituyen en realidad una población independiente, donde los intendentes no suelen atreverse a cobrar las contribuciones ni a proceder al reclutamiento de los mozos. El régimen de desconfianza instaurado por los españoles en el Istmo, subsiste bajo el actual Gobierno, y la policía encargada de la verificación de los pasaportes es muy severa. Los extranjeros no pueden penetrar en el castillo, que por lo demás, apenas está medianamente defendido.
No ha habido sino un bergantín inglés, único barco de algún tonelaje que haya fondeado en Chagres, porque el paso es tan estrecho, que las goletas de tonelaje reducido son las únicas naves que pueden fondear en él. Los barcos de los ingleses traen telas y se llevan el oro del Perú y de Colombia y la plata de Méjico. El cargamento de los buques de Norte América, que aquí como en todas partes abastecen a las gentes, se compone de carnes saladas, bacalao, cebollas y de algunas otras mercaderías que compran en Jamaica. Introducen mucho tabaco de contrabando con el nombre de tabaco de La Habana.
Me he extendido un poco sobre los diversos lugares del Istmo de Panamá que he visitado, porque me ha parecido que la descripción de esos sitios podría presentar algún interés. En efecto, si la política de los hispanoamericanos o su apatía no dejase los caminos en estado tal de abandono, habría todas las comodidades posibles, principalmente en la ruta de Portobelo, cuya rada es muy segura. Los ingleses, a quienes no escapa ninguna ventaja de orden comercial, se han encargado, según me han dicho, de abrir un camino desde esta ciudad hasta Cruces, a condición de ser ellos los únicos autorizados para transportar mercancías, privilegio por el cual ofrecen pagar al Gobierno la décima parte de los beneficios.
