CAPÍTULO VII
 

 

La revuelta del Socorro - Movimiento de 1794 - Virreyes españoles - Insurrección de Caracas en 1810 - Insurrección de Nueva Granada - El virrey Amar - Miranda – Bolívar – Monteverde - Conquista de Caracas - Bolívar pasa a Curaçao Sale de allí - Vuelve a Caracas por Cartagena - Es denotado - Escala la cordillera - Se apodera de Santafé - Ataca a Castillo en Cartagena - Es derrotado - Pasa a Jamaica - Ambición general - Morillo somete el país.

 

Los españoles conquistaron sin mayores dificultades las tribus diseminadas de los indios; la reunión de éstos en un cuerpo de naciones, obra del Consejo de Indias, habría de conducir a su emancipación.

En 1780 Túpac Amaru incitó a la venganza a un gran número de indios del Perú. Este movimiento, dirigido contra los blancos, no tenía ningún parecido con los movimientos revolucionarios que estallaron después en otros puntos de América: era simplemente una guerra de color. Si Túpac Amaru hubiese vencido, todos los que gobiernan hoy el Nuevo Mundo hubieran corrido la misma suerte que los españoles; todos hubieran sido sacrificados a los manes de los incas inmolados por sus antepasados.

La revuelta del Socorro tuvo un carácter muy diferente; fue un movimiento político dirigido por mestizos, el primer eslabón de los grandes acontecimientos que tuvieron lugar en América, en 1810.

En 1781 el Socorro se levantó con motivo de la alcabala. Por vez primera la población de América corrió a las armas; se marchó contra los rebeldes que estaban a las puertas de Bogotá. El arzobispo, hombre tenido en grande estima, se adelantó hacia ellos y logró por la persuasión apaciguar el movimiento. El socorro se pacificó. El arzobispo fue nombrado virrey en premio a tan gran servicio. España, inquieta, diezmó la población numerosa y levantisca de Socorro, enviando una gran parte de ella a que pereciera en los llanos malsanos de la costa.

España pensó que su imperio volvía a quedar como antes; pero los cimientos se habían conmovido. Cada sacudida que sufría la metrópoli repercutía hasta en el último pueblecillo de América.

En 1794 la fermentación se agudizó en Nueva Granada. Se conocía el estado de Francia, los principios que predominaban se habían infiltrado en América del Sur y hasta se había logrado imprimir en Santafé los Derechos del Hombre. Este movimiento fue pronto reducido; los ejemplares de la obra fueron quemados, y los traductores, entre quienes estaba Nariño, muy jóvenes aún, fueron llevados a España con grillos en los pies.

Todas estas medidas no podían detener el peligro que amenazaba a la metrópoli; no hacían más que retrasarlo.

Se adoptó el sistema contrario. España renunció de momento a sus principios trasnochados; se dio acceso a los americanos a los cargos civiles y militares; se les autorizó para comerciar con los países de Europa, y se toleró la introducción de algunas obras francesas, antes prohibidas por la Inquisición; el Virreinato de Nueva Granada tuvo dos periódicos literarios, en los que se trataban los temas más graves de economía política. La capital vio edificarse varias escuelas y un observatorio; finalmente se mandaron algunas expediciones botánicas para recorrer los Andes y obtener todos los informes necesarios para mejorar la condición del país.

Tampoco tuvo suerte España con sus innovaciones, y sus enemigos se aprovecharon de sus concesiones sin perdonarle sus pasados rigores. La hora de su caída se avecinaba, la venganza iba a realizar su obra.

La noticia de la prisión del rey de España, en 1808, fue como un incendio que inflamó todos los cerebros. Agentes franceses vinieron en nombre del rey José a exigir de Caracas el juramento de fidelidad. A sus órdenes y a sus propuestas se contestó con gritos de ¡Viva Fernando VII! y con la destitución de los funcionarios sospechosos de ser afrancesados. Ese primer acto fue la señal de la independencia, pues la loca expedición de Miranda, financiada por Inglaterra en 1806, no consiguió más que la toma de algunas plazas; y expulsado de sus efímeras conquistas, ese general tuvo en seguida que huir a Trinidad.

Por una elección incomprensible, España designó siempre para el mando de sus provincias a viejos ineptos y carentes de valor. Las tropas que las defendían, enervadas por una larga paz, seducidas por el dinero, por el afecto familiar, pues muchos de sus componentes eran americanos, estaban deseando traicionar la causa de España. Ya costó trabajo reducir a la obediencia a Quito cuando se insurreccionó en 1807, y fue la primera ciudad en sublevarse en 1810. Este movimiento no ejerció influencia alguna en el resto del país. Pero no sucedió lo mismo con el de Caracas; estalló éste el 19 de abril de 1810, siendo seguido de un manifiesto. La finalidad que se perseguía, según decía, era ponerse a cubierto de las pretensiones de Europa, de las intrigas del gabinete francés y de las miras que sobre este país pudiera tener la Junta Central; de mantener el carácter político; de sostener, en cuanto fuera posible, la dinastía legítima de España; de ayudar a Fernando VII en cuanto saliera de la cautividad en que se le tenía, y de conservar la gloria del nombre de España, ofreciendo un asilo a los refugiados de esa generosa nación. Fácil era descubrir las intenciones ocultas de los conspiradores en las expresiones ambiguas pretensiones de Europa y carácter político¹.

La revolución no tardó en estallar en Santafé; cuando se supo que toda España estaba bajo el yugo francés, ya no fue posible conocer el movimiento; los habitantes tomaron las armas bajo pretexto de que las tropas de Bonaparte iban a entrar en Nueva Granada. El 23 de julio de 1810 se constituyó una Junta; ésta declaró que se reconocía a Fernando VII como rey de Cundinamarca, antigua denominación que se volvió a dar al Virreinato; al mismo tiempo se enviaba un correo a Caracas comunicando las resoluciones que se acababan de adoptar, y pidiendo la adhesión. Caracas ya no ocultó sus proyectos y contestó que nunca reconocería a los reyes y que adoptaría la forma de gobierno que estableciesen sus representantes.

Los bogotanos, por su parte, sin conocer la contestación de los caraqueños, no se atuvieron tampoco a su primera decisión.

El virrey Amar, débil por temperamento, no supo adoptar las medidas que requerían las circunstancias. La querella entre un español y un criollo discusión que se tuvo buen cuidado de envenenar, soliviantó al pueblo; el virrey fue llevado a la cárcel, y luégo, a los pocos días, por una de esas extrañas mudanzas de la opinión fue repuesto en su gobierno. Finalmente, el 15 de agosto fue definitivamente echado del palacio y enviado a Cartagena, con el pretexto de que había resuelto vender a América a Bonaparte, a razón de dos reales por hombre y de un real por mujer: éstas en su arrebato llegaron a zarandear a la virreina.

La nueva de esta revolución se propagó en seguida por todas las provincias, y cada una de éstas, al declararse independiente, tuvo su congreso, sus representantes, sus ministros y sus presidentes. Y, novedad singular, se vieron ministros de veintiún años y presidentes de veinticuatro: la juventud emprendedora y decidida se adueñó de la cosa pública.

Lo que llama la atención y llena de admiración en la revolución de América es la excepcional lealtad de los virreyes. Todos se fueron; ninguno aceptó el cetro que sin duda talvez les ofrecieron: al igual de Cortés, prefirieron desempeñar el papel de súbditos leales.

No es fácil comprender cómo unos soldados que se habían armado al grito de "¡Viva Fernando VII!", pudieron de buenas a primeras volverse contra él. Los hombres que en todas partes se pusieron a la cabeza del movimiento eran todos oficiales americanos admitidos al servicio del rey y que, debido a sus talentos militares, gozaban de bastante popularidad en su país. Del mismo modo que los romanos debieron la caída de su imperio a los generales francos y godos a quienes habían conferido el mando de sus legiones, igualmente los disturbios de Santo Domingo se debieron a los negros que España empleó en el sitio de Savannah.

Por otra parte, los principales personajes de Caracas y de Bogotá, con títulos todos ellos, descontentos por las distinciones que se habían concedido más a su fortuna que a sus méritos, creyeron ser ellos los llamados a pasar del rango de primeros ciudadanos de América al de soberanos; y, partidarios de la independencia más que de la libertad, excitaron a sus compatriotas contra la metrópoli.

Si la monarquia española en América no se ha convertido, como la de Carlomagno en su decadencia, en un gobierno feudal, ello se debe a que no había en América ninguno de esos castillos en los que la nobleza se encerraba para desafiar a los reyes. En América, si se exceptúan algunos puertos, todas las ciudades están abiertas.

Acostumbrado a considerar a los favoritos del monarca como si fuesen sus amos -si es que ya no lo eran de hecho-, el pueblo obedecía todos los impulsos que se le daban. En cuanto le metieron en filas y no bien se vio constreñido a la disciplina, se acostumbró a mirar a sus tenientes, a sus capitanes y a sus coroneles, creados por una docena de personas, como si su nombramiento fuese legítimo. Durante varios años no conoció otra clase de jefes; sus nombres fueron gratos a la multitud porque hablaban el lenguaje del entusiasmo, porque alternativamente hablaban del prestigio de la autoridad y de la gloria americana, que ya empezaba a distinguirse de la española. No costó pues mucho trabajo persuadir al pueblo de que había que adoptar una bandera distinta de la de la metrópoli. Después del restablecimiento de la paz en Europa, los españoles, contando sobre su fuerza no se preocuparon de captarse la buena voluntad de algunos facciosos, considerándolos como cosa baladí y, en vez de intimarles a rendirse la emprendieron con ellos a tiros. Entonces les fue fácil a los cabecillas americanos convencer a sus soldados de que la Península estaba decidida a exterminarlos a todos, y éstos respondieron al ataque con la defensa. De esta suerte hubo de un lado rebeldes y de otro enemigos, y la causa de Fernando VII fue abandonada casi por completo.

Miranda volvió a Caracas en 1811; consiguió sin grandes dificultades que le dieran el mando de las tropas. No tuvo suerte en esta nueva expedición, y hubo de huir a La Guaira para embarcarse en una corbeta inglesa que le esperaba en el puerto. Como el gobernador era uno de sus partidarios, Miranda se creyó seguro: se equivocaba; los oficiales de la guarnición resolvieron entregarle al general español, para así conseguir su perdón. Fue, pues, Miranda entregado al jefe de las fuerzas españolas quien, con esta condición perdonó a toda la guarnición de La Guaira. Miranda, llevado de una cárcel a otra, acabó muriendo en la de Cádiz.

En 1533 la erupción del Cotopaxi, que coincidió con la llegada de los españoles, sobrecogió de espanto a los indios, y la conquista de Quito fue el fruto que esos extranjeros recogieron de esa convulsión de la Naturaleza. Doscientos setenta y nueve años después, en 1812 otro terremoto espantoso pareció que debía darles la victoria. El pueblo vio en el cataclismo pavoroso que destruyó a Caracas el 26 de marzo de aquel año, la mano de Dios que castigaba de ese modo la rebelión. Por todas partes se clamaba por los antiguos amos, se abjuraban los errores, y Monteverde, sin esfuerzo pudo reconquistar a Venezuela.

Por todo el país la gente se felicitaba de la reincorporación a la metrópoli, cuando, Monteverde, abandonando los principios de clemencia que le habían dado la victoria, encarceló a los hijos de las mejores familias, y entendiendo de este modo la desolación por todo el país, dio nuevos pretextos para la insurrección.

Los ingleses, que desde hacía mucho tiempo veían con envidia el poderío español y su preponderancia en América, que no llevaban con resignación, ocupaban por entonces a Curaçao, que habían convertido en el foco del movimiento revolucionario del continente, aun cuando no lo subvencionaran más que con parquedad y lo hubiesen abandonado casi por completo al acaso de los acontecimientos. Bolívar estaba en Curaçao bajo su protección. Las torpezas de Monteverde sirvieron de estímulo a su ambición. Mentado por los ingleses y utilizando su gran fortuna, creyó que le sería posible conquistar las Provincias que Monteverde había exasperado con su tiranía, y que podría desempeñar en América del Sur el papel de Washington.

Se embarcó, pues, para Cartagena; cincuenta hombres le siguieron. Se dirigió a Mompós, Ocaña y Cúcuta, derrotó al general español Correa, que le salió al encuentro; y con su tropa, que a medida que penetraba en el país iba engrosando, se presentó delante de Valencia. Allí estaba Monteverde; se trabó un combate en el que la fortuna se decidió en favor de la audacia: Monteverde derrotado se retiró a Puerto Cabello donde se hizo fuerte con el resto de sus tropas. Valencia abrió sus puertas al vencedor, que no se detuvo allí, entrando en Caracas en el mes de agosto, para volver en seguida a Valencia.

Boves, que mandaba unos mil hombres de caballería, al saber la derrota de Monteverde, marcha contra Bolívar y le derrota a su vez. Caracas vuelve a ser española. Este revés no amilana a Bolívar, que no se retira en demanda de un asilo a los bosques del Orinoco sino que escalando la cordillera llega a Tunja, se dirige a esta ciudad como fugitivo y allí le espera la victoria.

Nariño, más joven, que se había distinguido por sus principios demagógicos, estaba de regreso en el país. Su nombre bastó para colocarle a la cabeza del movimiento que había hábilmente dirigido. Todos los miembros del Congreso establecido en Santafé se retiraron, dejando en sus manos una dictadura que tánto deseaba.

En cada provincia se estableció un congreso, de modo que Nariño sólo estaba reconocido por el de Santafé. Este escenario no satisfacía a su ambición; en consecuencia envió un ejército al mando de Baraya para reducir a su autoridad las provincias de Tunja y del Socorro, partidarias del federalismo. Pero había confiado sus fuerzas a traidores. Sus soldados y su jefe se pasaron al Congreso de Tunja, desacataron sus órdenes y marcharon contra él. En número superior a 5.000 hombres acamparon en las inmediaciones de Monserrate, montaña a cuyo pie se encuentra Santafé; Nariño no disponía más que de 2.000 soldados. Ofreció a sus enemigos capitular, pidiendo permiso para retirarse. Se le negó. La rabia y la desesperación se apoderaron del escaso número de partidarios del dictador de Santafé al conocer la respuesta de Baraya. Nariño aprovechó su excitación y les llevó contra los rebeldes, los derrotó por completo, y volvió victorioso a la capital.

Esta ciudad, capital desde hacía varios siglos de un vasto reino, se resistía a formar parte de la confederación que querían establecer las otras provincias, confederación que hubiera terminado con la supremacía que nunca había dejado de ejercer. En vano se alegaba su situación y sus riquezas y los servicios que había prestado a la causa de la independencia; las otras provincias se negaban a reconocerla como centro del Gobierno.

El Congreso de Tunja compartía el espanto que la victoria obtenida sobre Baraya había esparcido por todo el país. Nariño no supo aprovechar esta feliz circunstancia. El turbulento Congreso de Tunja, por el contrario, no dejó escapar esta ocasión que se le presentaba de desembarazarse del objeto de sus temores: Quito, sublevada un año antes de la revolución del Reino, había vuelto a caer en manos de los españoles; Pasto iba a correr la misma suerte. Se ofreció a Nariño el 9 de enero de 1813 el mando del ejército. Recordando que no se obtiene el imperio más que uniendo a su persona, un ejército, por los lazos de la victoria, Nariño aceptó, se puso en campaña, derrotó a las tropas españolas en dos encuentros y fue a su vez derrotado en un tercero.

Antes de salir para la guerra adoptó medidas prudentes. Puso a la cabeza del gobierno a su tío Álvarez, que compartía su aversión por el Congreso y la confederación.

Pronto se supo en Santafé la derrota del ejército de Nariño y la caída de éste en poder de sus enemigos. Los demagogos volvieron a agitarse. Álvarez supo contenerlos; pero una guerra mucho más terrible paralizó sus esfuerzos.

En 1814 Bolívar había escrito a Nariño y a Álvarez, al otorgarles la cruz de los Libertadores²:

Deseoso de dar una muestra de distinción a los militares que con sus esfuerzos y valor han contribuido a la liberación de Venezuela, triunfo capaz de dar lustre a los más grandes héroes de la tierra, he creado la orden de los Libertadores.

Como Vuestras Excelencias son, sin duda de ningún género, los amigos más fieles de nuestra Patria, y como han contribuido más que nadie a liberarla del yugo español, mi agradecimiento y la justicia exigen que Vuestras Excelencias sean los primeros miembros de la Orden que he fundado. Al presentar a vuestras Excelencias ante todas las provincias de la República y ante toda América como los libertadores de Venezuela, no hago más que rodear de un nuevo brillo a tan útil institución.

Fue a poco de haber escrito esa carta cuando Bolívar, derrotado por Boves en Venezuela, llegó a Tunja seguido de un escaso contingente de soldados de los Llanos. Bolívar ofreció al Congreso, inquieto con las medidas de Álvarez; marchar contra él. Su propuesta fue acogida con entusiasmo; algunos soldados se incorporaron a los que él trajo consigo. Álvarez, cuando supo la invasión de ese nuevo enemigo, envió tropas para combatirle. Éstas fueron batidas. Bolívar sin perder un momento, explotó su triunfo con actividad y se encontró en las calles de Santafé cuando se creía que estaba con su ejército todavía en las montañas.

La toma de Santafé costó mucha sangre, pues los soldados de Álvarez adoraban a Nariño; pero al cabo de tres días la resistencia cesó, y Álvarez, no pudiendo ya resistir, entregó en manos del vencedor la dictadura que su sobrino había perdido con la libertad en las montañas de Pasto.

De esta forma se renovaron en el siglo XIX las luchas que en los primeros tiempos de la Conquista se hicieron unos a otros los capitanes españoles. Esta primera incursión de los pueblos salvajes de los Llanos en las tierras de la cordillera desoló a sus pacíficos pobladores haciéndoles presagiar los males y los combates que algún día debían enfrentar.

Por lo demás, si se consulta la mitología indígena, veremos cómo los habitantes de los Andes han tenido en todo tiempo que temer las invasiones de los habitantes de los Llanos, ya que Bochica, el legislador o el conquistador de los muiscas, vino del Oriente.

En Caracas los conciudadanos de Bolívar le odiaban porque le envidiaban su fortuna, y el pueblo que acababa de someter no le quería porque siempre consideraba al caraqueño como si fuese un extranjero. Así fue como cuando en 1815 pidió a Santafé una suma considerable para atacar a Castillo, su enemigo personal que estaba atrincherado en Cartagena, en seguida se la dieron. La guerra civil se desarrolló bajo las murallas de esa ciudad, y la fortuna tornadiza abandonó a Bolívar; sus tropas se desbandaron. Bolívar, por su parte, tuvo la suerte de que le autorizaran a expatriarse, se embarcó para Jamaica pasando luégo a Santo Domingo. Un holandés, Brion, le ofreció su fortuna. Bolívar se embarcó de nuevo para el continente, tomó tierra en Margarita, pasó a la Guayana, hostigando en aquellos cimientos a los generales que Caracas mandaba para combatirle.

Todos estos combates con fortuna varia, lo mismo que las Asambleas Legislativas que se habían creado en todas las provincias, desataron ambiciones de toda clase. Todos y cada uno querían obtener la dictadura, y todos se aprestaban a arrebatarla con las armas en la mano a sus rivales, en el momento en que Morillo, llegado de España con un ejército bien disciplinado, se presentó delante de Cartagena: esta plaza se defendió con valor, pero la táctica europea pudo más; los colombianos fueron vencidos y las puertas de Cartagena se abrieron al vencedor, ante la negativa de los ingleses a ocuparla. Las proposiciones que los patriotas les hicieron de entregarles las llaves de esta importante plaza no fueron entonces incentivo suficiente para tentar su ambición.

El respeto de que todavía entonces gozaba España favoreció la marcha del general español, y la inflexibilidad de su carácter hizo doble por todo ante ella. Ya no había más que un partido: el de la metrópoli. Morillo marchó sobre la capital, y ésta, sin defensa, acogió con transportes de alegría al vencedor.

Pronto los días de alegría trocáronse en días de duelo. España pensó sin duda que Francia en 1793 no había conseguido sus éxitos prodigiosos sino por el terror; y este ejemplo tan funesto se puso en práctica en América. Para sobrecoger de espanto a los insurrectos se pusieron en práctica los medios más bárbaros.

Los europeos, con su orgullo, habían persuadido a los soldados venidos de España de que los americanos eran gente de valor y sin energía; y les trataban con el mismo desprecio que Quesada, Pizarro y Cortés sintieron por los indígenas.

Pero los tiempos habían cambiado; a las tribus mal armadas que la sola vista de los españoles espantaba, se había sustituido una raza pacifica pero valiente, que sabía que valía tanto como los hombres del otro hemisferio. Cuantos más americanos fusilaba Morillo, más aumentaba el descontento. Los americanos se habían imaginado que España volvería al sistema suave y paternal que había practicado durante tres siglos, y no encontraron en los españoles más que verdugos; habían esperado que los españoles considerarían como hermanos a aquellos hombres recomendables por su ciencia, y en seguida les demostraron que el saber constituía precisamente un titulo de proscripción y de muerte. Los generales españoles, después de haber satisfecho su furor y su orgullo exterminando a aquellos hombres del Nuevo Mundo que habían osado parangonarse con ellos, se creyeron para siempre seguros de la obediencia del resto de los habitantes, y, tomando el silencio nacido del terror por una sumisión total, se creyeron seguros.

 

1
El Español, periódico impreso en Londres 1812
2
En las nuevas Repúblicas de América existen también otras órdenes: la del Sol, del Perú la del Mérito, de Chile, y la de Guadalupe, de Méjico.
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