107     LAS NUBES

Largo y penoso es el camino, como esta dura soledad por donde pasa.
Pero sus piedras hieren menos si en el cielo, cielo compasivo, hay nubes
                                                                                  [blancas.
Basta la gracia de una sola para que se haga llevadera la jornada.
Entonces huye, le fatiga, y el desaliento se convierte en esperanza.
Mi corazón busca en sus islas el continente misterioso que le falta.
Y aunque no encuentra lo que busca, presiente el aire de las costas
                                                                                  [suspiradas.
Entre sus formas fugitivas, mi frente sueña con las formas que no alcanza.
Y al confundirse con el viento tiene una gloria de un segundo en sus
                                                                                  [estatuas.
Cuando la tierra es más difícil, contemplo el cielo con el alma en la mirada.
Y me parece que las nubes que lo acarician son las mismas de la infancia.
Las de aquel tiempo eran muy leves, pero dejaron hondo rastro en
                                                                                  [mi recuerdo.
Un viento puro las traía con alegría desde el fondo de los cuentos.
Yo las veía levantarse del horizonte, como el humo de un incendio.
Y aproximarse dulcemente, como un rebaño silencioso de corderos.
Ya sobre el techo de mi casa, se convertían en caballos gigantescos.
Y el más veloz me arrebataba, y en un segundo me llevaba por el cielo.
De esta manera yo viajaba rumbo a paises donde todo era perfecto.
Y donde todo iba tomando la forma, el peso y el color de mi deseo.
Rumbo a ciudades que ofrecían un despertar proporcionado a cada sueno.
Rumbo a palacios que se abrían con una flor y se cerraban con un beso.

  Luego vinieron otras nubes que me borraron lentamente el horizonte.
Y me llenaron todo el cielo con el estruendo de sus armas en desorden.
Un huracán desconocido se despertaba entre lejanos resplandores.
Y entre las sombras avanzaba, con la ceguera de un ejército de bronce.
Su voluntad irresistible se apoderaba de mi cuerpo y de la noche.
Y resonaba en mi cabeza y en mi pequeño corazón como en un bosque.
En el fragor de la tormenta, la carne infiel dejaba oir su voz enorme.
Y se perdía la del ángel que, desde lejos, me llamaba por mi nombre.
La polvareda del combate se confundía con los negros nubarrones.
Y el cielo inmenso de los niños era vencido por la tierra de los hombres.
Poco después de aquel espanto, la luz volvió de lo más hondo
                                                                           [de mi mismo.
Y aparecieron otras nubes en lo más alto del espacio serenísimo.
Su gran sosiego de plegaria se difundía por el aire cristalino.
Y su blancura inmaculada resplandecía en un azul casi divino.
El cielo aquel era tan puro como una estrella recordada por un niño.
Y como el sol de la mañana visto en el fondo de una gota de rocío.
Su inmensa calma era un reflejo de aquella paz que me ordenaba los
                                                                                  [sentidos.
Y al ordenarlos me aclaraba formas, imágenes, perfumes y sonidos.
El alma limpia levantaba sus ojos mudos hacia el cielo pensativo.
Y se miraba en cada nube, como la luna silenciosa en cada lirio.
Todo pasó, pero en mi frente queda el recuerdo de sus vagas
                                                                            [esculturas.  
Y este recuerdo es como el viento que anima el sueño de cristal de una
                                                                            [laguna.

Cuando este viento se levanta,
todas las nubes que viví regresan juntas.
Las del amor, las del hastío,
las de la fe, las del temor,
las de la duda.
Las que tuvieron mi alegría;
las que sintieron la mitad de ml amargura.
Las que se fueron con mis sueños;
las que trajeron la primera desventura.
Todas las nubes de otro tiempo van invadiendo el corazón y las alturas.
Y algo,
que no es una tormenta ni una emoción,
en el espacio se insinúa.
Después, el viento se detiene,
y en el abismo del silencio el alma escucha.
Y cielo y tierra se reúnen en este bien que no es el llanto ni la lluvia.  

Francisco Luis Bernárdez
(1900- )
Argentino

 

108      OVER GUIANA, CLOUDS (*)

Little curled feathers on the back of the sky-
White, chicken-downy on the soft sweet blue-
In slow reluctant patterns for the world to see.
Then frisky lambs that gambol and bowl along
Shepherded by the brave Trade Wind.
And glittering in the sun come great grave battleships
Ploughing an even keel across the sky.
In their own time, their bowels full of rain
The angry clouds that rage with lightning
Emitting sullen bulldog growls
And then they spirit themselves away in mist and rain.

Over Guiana, clouds.

And they go rushing on across the country.
Staining the land with shadow as they pass.
Closer than raiment to the naked skin, that shadow,
Bringing a pause of sun, over and across
Black noiseless rivers running out to sea,
Fields, pieced and plotted, and ankle deep in rice.
Or waving their multitudinous hair of cane.

It scales the sides of mountains
Lifting effortlessly to their summits,
And fleets across savannahs in its race,
But there are times that shadow falters
And hesitates upon a lake.

To fix that eye of water in a stare,
Or use its burnished shield to search the sun,
Or yet as maids do,
To let the cloud compose her hurried beauty
And then upon its way to Venezuela
Across vast stretches where trees huddle close
And throw Liana arms around their neighbors.

Over Guiana, clouds.

A.J. Seymour
( ? )
Guyanés

 

LA LLUVIA

109       LA LLUVIA

Bien venida ¡oh lluvia! seas
a refrescar nuestros valles,
y a traernos la abundancia
con tu rocío agradable.

Bien vengas a dar la vida 
a las flores, que fragantes, 
para mejor recibirte, 
rompen ya su tierno cáliz;

do a sus galanos colores,
en primoroso contraste,
tus perlas, del sol heridas,
brillan cual ricos diamantes.

Bien vengáis, alegres aguas,
fausto alivio del cobarde labrador,
que ya temía malogrados sus afanes.

Bajad, bajad; que la tierra
su agostado seno os abre,
do os aguardan mil semillas
para al punto fecundarse.

Bajad, y del mustio prado
vuestro humor la sed apague,
y su lánguida verdura
reanimada se levante;

tejiendo un muelle tapete,
cuyo hermoso verde manchen
los más vistosos matices
como en agraciado esmalte.

Bajad, bajad en las alas
del vago viento; empapadle
en frescura deleitosa,
y el pecho lo aspire fácil.

Bajad; ¡oh, cómo al oído
encanta el ruido suave
que entre las trémulas hojas,
cayendo, las gotas hacen!

Las que al río undosas corren,
agitando sus cristales
en sueltos círculos, turban
de los árboles la imagen;

que en su raudal retratados
más lozano su follaje,
y erguidos ven sus cogollos,
y su verde más brillante.

Saltando de rama en rama,
regocijadas las aves,
del líquido humor se burlan
con su pomposo plumaje;

y a las desmayadas vegas
en bulliciosos cantares
su salud faustas anuncian,
y alegres las alas baten.

El pastor el vellón mira
del corderillo escarcharse
de aljófares, que al moverse,
invisibles se deshacen,

mientras él se goza y salta,
y con balidos amables
bendice al cielo, y ansioso
la mojada yerba pace.

El viento plácido aspira.
Y viendo cuán manso cae
en sus campos el rocío,
el labrador se complace,

gozando ya de las mieses
su corazón anhelante,
que colmarán sus graneros,
cuando el Can al mundo abrase.

El bosque empapado humea,
de aromas se inunda el aire,
y aparecen las espigas,
floreciendo los frutales.

En medio el sol de las nubes,
su frente alzando radiante,
de oro y de púrpura al iris
pinta entre gayos celajes;

él, tendiéndose vistoso,
sus inmensos brazos abre,
y en arco lumbroso al cielo
da un magnífico realce.

La naturaleza toda
se agita, anima, renace
más gallarda, ¡oh vital lluvia!
con tus ondas saludables.

Ven pues, ¡oh! ven, y contigo
la fausta abundancia trae,
que de frutos coronada,
regocije a los mortales.

Juan Meléndez Valdés
(1756-1817)
Español.

 

(*)
NUBES SOBRE GUYANA // Nubes sobre Guyana: // Pequeñas plumas crespas en la espalda del cielo- / blancas, felpudas en el suave, dulce azul- / en lentas reluctantes maneras, para ver el mundo. // Luego más crespas en la espalda del cielo- / blancas, felpudas en el suave, del Viento Alisio. // Y resplandeciendo al sol vienen pesados barcos de guerra / su quilla arando pareja a través del cielo. / A su hora, con sus entrañas llenas de lluvia, / las irritadas nubes estallan en relámpagos / emitiendo súbitos gruñidos de dogo / y entonces se disuelven ellas mismas en neblina y lluvia. // Nubes sobre Guyana. // Y se apresuran a través del campo / manchando la tierra con sombras a medida que pasan. / Más pegadas que la ropa a la piel desnuda, aquellas sombras / trayendo una pausa de sol, sobre y al través / de negros ríos silenciosos que corren al mar, / campos retaceados y parcelados, y arrozales de tobillos hundidos, / o cañaverales ondulando su multitudinaria cabellera. // Escalan los flancos de las montañas, / trepando sin esfuerzo a las cúspides, / y vuelan a través de sabanas en su carrera, / aunque a veces aquella sombra titubea / y paira sobre un lago // para fijar aquel ojo de agua en una mirada, / o usar su bruñido escudo para otear el sol, / o como hacen las muchachas- / dejar la nube que retoque apresuradamente su belleza, / para luego tomar la vía de Venezuela / a través de vastas extensiones donde los árboles se aglomeran en cerrada formación / enlazando a sus vecinos con brazos de bejucos. // Nubes sobre Guyana.(regresar *)
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