266     LA COSECHA DE LA PERA


 

En un vidrial arcaico el sol emploma
hombro con hombro a la diversa gente,
y atraviesa la pesadez turgente
de la pera con buche de paloma.

La fruta anual, pirámide caliente,
pintada el treinta de diciembre, asoma.
Ya perderá hasta el signo de su aroma,
que eterno es lo que cambia eternamente.

Hacia el verde benévolo y sombrío
se levantaron muchas manos, y era.
como si levantaran el rocío.

La miel pasaba en zumbos y aguijones,
y al verse entre las peras, cada pera
se quejaba de las imitaciones.

Horacio Rega Molina
(1899 - 1957)
Argentino.  

 

ESPIGAS

 

267 LA EDAD DE LAS ÁUREAS ESPIGAS


 

Tierra madre: tus ojos miraron 
perderse las huellas de pueblos remotos..., 
y los pueblos remotos pasaron, 
dejando en el polvo sus ídolos rotos..., 
¡en el polvo que pueblos más viejos araron!

Dulce bestia de claras pupilas, 
en que hay simples dolores sin queja:  
ha siglos que el mismo paisaje refleja 
en ellas sus altas montañas tranquilas; 
tu alma es más pura por triste y por vieja,
bestia humilde de claras pupilas.

Rebaño que paces la tierna verdura, 
que broté con la lluvia primera 
y cuajé en matutina frescura:  
¡tú no sabes qué inmensa amargura 
acendran las heces de la primavera!

Labriego paciente, que a filo de arado 
abres de la tierra la cálida entraña, 
el feudo en que un día se alzó la cabaña 
y el lar primitivo de tu antepasado:
¿conoces los siglos de esfuerzos oscuros 
que agitan latentes la mísera gleba 
cada vez que su seno fecundo renueva 
la dádiva simple de los dones puros?

¿Sabes las enormes, calladas fatigas 
que ocultan los surcos dormidos? ¿Conoces 
la edad de las áureas espigas, 
que siegan a un golpe tus bárbaras hoces?

¡El dolor de tus tierras mendigas,  
labriego vetusto, tú no lo conoces!

Carlos Wyld Ospina
(1891 -   )
Guatemalteco.

 

 

268       ODA EN HONOR DE LA ESPIGA


 

Como quien se tiende en la parte más verde del océano,
en el trigo del sur estoy tendido,
con mi oído pegado a la tierra, escuchando,
exactamente como un antiguo indio;
sintiendo su tenue palpitar, su secreta música,
pareciéndome, sin duda, estoy oyendo,
un susurro de luciérnagas en la alta noche.

Como quien se tiende a cuidar una mina de esmeraldas,
en el trigo del sur estoy tendido.
El viento travesía, huyó del horizonte, espantado,
como el quinto jinete del Apocalipsis.
¿Estaría ardiendo el bosque de laureles sumergido en el mar?
Su relincho se extiende de colina a colina,
asustando a los pálidos manzanos,
delicados como novias.

Como quien se arranca la arteria del corazón,
arranco una profunda espiga,
bañada en sangre verde, transpirando rocío.
Mi boca de sal pego a su fina mejilla:
Te beso madre espiga,
madre del trigo y de la harina,
del minúsculo trigo, dorado como el sol
y duro como el oro,
y de la suave harina, paciente como un cisne,
y como la luna, tan llena de silencio.
Te beso, madre espiga,
y en ti beso al pan nuestro de cada día.
Cuando tus flechas verdes hacen blanco en el cielo,
cae la lluvia íntegra de heridas transparentes:
a quien vigila el sueño se le moja hasta el alma,
a quien cuida tu cuerpo tú no le perteneces.  

Porque estás vertical, como en una alcancía
a tu espalda penetran los crepúsculos hondos;
de tocar tus raíces, sus manos volverán a la tierra en que vives
de sentir tu murmullo, en sus oídos finos como los caracoles
apenas cabe el trueno,
y de tanto mirarte, ya no le quedan ojos.

A tu silueta esbelta, le ceñirá el verano
su traje crepitante,
y con el trigo brillando en la garganta
como a una niña pura te llevarán en brazos.

Y el labriego morado y callado como el cielo
se quedará muy solo liando un cigarro.

Como un pastor que cuida sus ovejas más verdes,
en el trigo del sur estoy tendido,
el viento travesía te roba de mi mano.
¡Adiós, pluma perdida del ave del paraíso!

Hernán Cañas
(1910-   )
Chileno.

 

 

269    DEJA QUE YO TE SIEGUE, ESPIGA...


 

El pan que ahora muerdo es la alegría.
Está de fiesta amor, el molinero.

Trigo en la luz dormido, y oro tibio,
miel de mieles, sabor, profundas rosas.
El pan que ahora muerdo es la alegría.
Alza mi corazón cargas de oro
del sol en que reposas.

Dame a beber ese licor que arde
en el rubio cristal en que te ofreces.
Está de fiesta amor el molinero.
Deja que yo te siegue, espiga, espiga,
como en el claro tiempo de las mieses.

Isaac Felipe Azofeifa
(1909-  )
Costarricense.

 

270  SERÉ UN MAZO FUERTE DE
 ESPIGAS MORENAS


 

Esta Primavera correrá en mis venas 
una nueva savia, y he de retoñar 
en un mazo fuerte de espigas morenas 
que en grano armonioso consiga estallar.

Al beso fecundo de las lunas llenas 
la nueva simiente ha de germinar 
en un mazo fuerte de espigas morenas 
para el pan moreno que has de elaborar.

Al viento mis brazos, como dos banderas, 
con los pies hundidos en las sementeras  
seré muchos soles que me bastarán;

y caerá la espiga al peso del grano  
que ha de hacerse polvo, si crispas la mano, 
y silo acaricias, ha de hacerse pan.

Esther Parodi Uriarte de Prunell
(     ?     )
Uruguaya.

 

271       LA ESPIGA Y TÚ


 

Espiga de mi campo castellano; 
áurea sorpresa de celeste trama; 
campanilla gentil que al viento llama 
cuando te alza en sus brazos el verano.

Para soñarte, el arte con su mano 
te hizo torre ojival que el aire inflama; 
y luego, acaso, trascendida en dama, 
fuiste Beatriz del corazón humano.

Toda tú eres amor: amor y brisa,  
¡oh espiga y oh mujer!: doble misterio  
que das en flor y fruto la sonrisa.

Quema en ascua de luz la breve hoguera... 
La alondra ya vendrá con su salterio  
para hacer inmortal tu primavera.

Lope Mateo
(1898- )
Español.

 

 

272          LA ESPIGA


 

Granado el oro, está la espiga, al día claro,
encendiendo en la luz su apretado tesoro; 
pero se pone triste, y, en un orgullo avaro,
derrama por la tierra, descontenta, su oro.

De nuevo se abre el grano rico en la sombra amiga 
-cuna y tumba, almo trueque- de la tierra mojada,
para surgir de nuevo, en otra bella espiga
más redonda, más firme, más alta y más dorada.

Y... ¡otra vez a la tierra! ¡Anhelo inextinguible,
ante la norma única de la espiga perfecta,
de una suprema forma, que eleve a lo imposible
el alma, ¡oh poesía!, infinita, áurea, recta!

Juan Ramón Jiménez
(1881 - 1958)
Español.

 

 

273      LA ESPIGA TRONCHADA


 

Cuando la espiga quedó truncada
los pájaros no se acercaban.
Ya lo sabían desde lejos...
Los pájaros no se acercaban.

El viento nunca le hizo daño.
El sol apenas pudo herirla.
La lluvia solo la mojaba,
en un afán de nueva vida.

La primavera nuevamente
apareció. Fresca y dorada,
la espiga hinchaba su aislamiento.
Los pájaros no se acercaban.

Pero un día pasó la hoz
y cercenó la nueva vida.
¡Los pájaros estaban muertos
junto al cadáver de la espiga!

Agustín Acosta
(1886 -  )
Cubano.

 

TRILLA

 

274 CANTO DE LA ERA


 

A la luna, amor;
al amor, cantar;
al arroyo, flores...
Nada más, nada mas.

El que vive pobre,
vive de esperar.
Una estrella brilla...
Nada más, nada mas.

Pase la fortuna
con su grande afán.
La vida es lo mismo...
Nada más, nada más.

Los esteros corren
camino del mar.
Benditas las aguas.
Nada más, nada más.

¡ Ay de la fortuna
que ha de tropezar!
Benditos los pájaros...
Nada más, nada más.

A la era el viento llega
a trabajar.
Trabaja cantando...
Nada más, nada más.

Tendremos harina
y tendremos pan.
Bendita la tierra...
Nada más, nada más.

Alegre la era
como nunca está.
Hubo un viento bueno...
Nada más, nada más.

A la luna, amor;
al amor, cantar;
a las flores, besos...
Nada más, nada más.
 

Jorge González Bastías
(1879 - 1950)
Chileno.

 

275      LA TRILLA


 

En ronda por los peñascos
que el agua tallé en cantares,
el viento robó la flauta
de las torcazas del valle,
y perpetuó la promesa
del Pan, en blondos oleajes.

Madura de sol y trinos
la planta dobló su talle
y el  oro de los crepúsculos
se derramé en los trigales.

Canción de espigas y estrellas
la noche sembré en el aire,
y destrenzando de sombras
su cabellera ondulante,
cubrió los campos dormidos
bajo los signos astrales.

Amaneció el rancherío
soleado de palomares,
y los labriegos partieron
para segar madrigales,
aprisionando en sus ponchos
la urdimbre de los celajes
y el vellocino de oro
de las majadas solares.

Humedecida de auroras
cayó la mies palpitante,
sobre la tierra olorosa
que la nutrió con su sangre,
y enloquecidas las hoces
por el temblor de su carne,
desmelenaron rastrojos
y agavillaron romances.

Bruñendo de oro la espalda
de los vallunos jadeantes,
rodó en cascada de gemas
el áureo penacho de haces;
y apilonada la torre
de espigas crepusculares,
se enroscó el sol en las eras
estrangulando la tarde.

Por las callejas del pueblo
gimió el charango galante,
y un remolino de coplas
revoloteé en espirales
 

sobre los túrgidos senos
de las zagalas errantes,
que enfloran de primavera
su estampa de líneas gráciles.

¡ Qué olor de huerto llovido
tienen los muslos fugaces,
cuando se rinde la moza
como una flor de romance,
y la era guarda el secreto
lunado de los amantes!

Otoño cuajé en el cielo
la sangre de los rosales,
y salpicando rocío
de trinos sobre el paisaje,
una alborada de pájaros
se desgajó de los sauces.

Gemía el viento en el bronco
pututo (1) de los menguantes;
izaba el sol en las cumbres
su luminoso estandarte,
y atropellando la pampa
como un tropel de huracanes,
pasé entre nubes de tierra
la caballada piafante.

Ebrios de sol y guarapo
gritaban los caporales,
y hundiendo las roncadoras (2)
en los nerviosos ijares,
alborotaron los jacos
con el rebenque chasqueante.

Salpicó polvo de estrellas
de los lucientes herrajes,
y en una tromba de espuma
giraron los animales,
desmenuzando las parvas
en rutilar de collares.

Rasgó un relámpago de oro
la Pajcha (3) de agua espumante,
y las imillas del ayllu
en danza con los gañanes,
ciñeron la era en sortija
de brazos primaverales.

Trillada la última curva
del ruedo de gavillares,
desnudé el viento la paja
con las horquetas punzantes,
y relumbré entre sus manos
el seno de los trigales.

Tizona en alto y en ristre
su lanza de oro y diamante
pasó el apóstol Santiago
capitaneando los aires,
y desfilaron los indios
bajo los arcos fragantes,
challando la Pachamama
con misteriosos rituales.

Bebió la tierra en el cuenco
de la encañada radiante,
y el jilakata más viejo
clavé una cruz de pallares
sobre la cúpula de oro
cuajada de trinos de ave.  

Y al rudo trueno del bombo
preñado de tempestades,
sangró en las quenas nativas
el corazón de los Andes.

 

Xavier del Granado
(1913- )
Boliviano.

 

 

(1)
Pututo = Botuto, trompeta, principalmente hecha de un caracol gigante. (regresar 1)
(2)
Roncadoras = Espuelas. (regresar 2)
(3)
Pajeha = Quebrada por donde baja (regresar 3)

 

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