309 MARCHA AL JUMENTO
Un asno de las sierras, bien sufrido,
un asno, de pobre muy solemne,
habría sido yo. Deseo aún
serlo. ¿Dónde el camino hacia él?
Cuánto gozo en cargar enflaquecido,
hueso no más, jardín de mataduras
vivas de Jesucristo, y además:
palo de hambre, sudor, noches difuntas.
-Venid, eternidad, que ya soy asno
(burro, aclaro), venid a conocerme
feliz de puro olvido, qué diferente
del hermano de ayer -pan y agua solo
del desamor-; ¡venid a conocerme!
Mario Florián
(1917- )
Peruano.
310 CONSOLACIÓN POR EL ASNO MUERTO
No era la leña, ni el carbón, ni una carga de rosas;
era la muerte sobre su espalda sola.
Venía por el camino bebiéndose la luna,
por sus ojos pasaba una alameda oscura,
¡era la carga última!
El burro se murió, me lo dijeron ellos:
los niños, los suspiros y los besos.
Trajeron el alcohol, corrieron por el médico;
el corazón soñaba, dijeron que había muerto.
Dormido en yerba seca, dejádmelo en la yerba
sin epitafio vano, ni entierro de primera.
Que los pájaros verdes que trepaban su cuello
lo miren tan dormido, que lo sigan durmiendo.
Que el sol seque su carne y que la azote el viento;
ramas tronchadas -los deshabitados huesos-
de un árbol blanco y viejo.
Y que nadie pregunte si murió de vejez o de pena,
ni reciban coronas, ni repartan esquelas.
Basta para morir una cruz y una estrella.
Por el burrito blanco de las Nueve Posadas,
por el burrito negro del Domingo de Palmas,
que los arrieros vayan a ensillar una estrella.
¡Dejádmelo que mueran
¡Ay, cómo nos pesa el misterio a las espaldas!
¡Somos leña de muerte y con la vida a carga!
Nos reclama la tierra.
¡Dejádmelo que muera!
Y atemos sólo un llanto pequeño a sus orejas:
del polvo muerto nacerá la primavera.
Joaquín Antonio Peñalosa
( ? )
Mejicano.
311 PAISAJE ARRIBA
El sol venia en un caballo;
la luna, en una burra lenta.
El caballo comía amapolas,
la burra bebía menta.
Donde pisaba el caballo
reventaba la flor del campo,
salía aceite de la tierra,
rocío virgen sobre el pasto.
Entre las patas de la burra
querían las aguas desnudarse,
porque la sombra de la luna
dibujaba lechos fragantes.
El caballo era un jardín
luciendo flores violentas,
a la manera de la tierra,
que le florece la corteza.
Desde la tusa de la burra
se abrían sábanas de luz,
cuando la luna galopaba,
le caía una leche azul.
Caballo de oro, aquí te espero.
Enfermo estoy, burra de plata.
Tengo una gota de agua pura
atravesada en la garganta.
Juvencio Valle (= Gilberto Concha
Riffo)
(1900- )
Chileno.
MULOS
312 HIMNO PARADISIACO
EL MULO
Pasa la castidad del Obediente!
el único que cumple la orden absoluta,
el Hijo Fiel, que no clavó su diente
en la Fruta!
Mulo: si tú cumpliste,
¿por qué eres el más pobre y el más triste? para el asno,
las asnas, para el corcel, las gestas, y tú,
que no eres padre,
tienes rostro de abuelo
y con Antonio y Palemón a cuestas
escalarás a palos la beatitud del cielo...
Andrés Eloy Blanco
(1897- 1955)
Venezolano
313 RAPSODIA PARA EL MULO
Con qué seguro paso el mulo en el abismo.
Lento es el mulo. Su misión no siente.
Su destino frente a la piedra,
piedra que sangra creando la abierta risa en las granadas.
Su piel rajada, pequeñísimo triunfo ya en lo oscuro,
pequeñísimo fango de alas ciegas.
La ceguera, el vidrio y el agua de tus ojos
tienen la fuerza de un tendón oculto,
y así los inmutables ojos recorriendo
lo oscuro progresivo y fugitivo.
El espacio de agua comprendido
entre sus ojos y el abierto túnel,
fija su centro que la faja
como la carga de plomo necesaria
que viene a caer como el sonido
del mulo cayendo en el abismo.
Las salvadas alas en el mulo inexistentes,
más apuntala su cuerpo en el abismo
la faja que le impide la dispersión
de la carga de plomo que en la entraña
del mulo pesa cayendo en la tierra húmeda
de piedras pisadas con un nombre.
Seguro, fajado por Dios,
entra el poderoso mulo en el abismo.
Las sucesivas coronas del desfiladero
-van creciendo corona tras corona-
y allí en lo alto la carroña
de las ancianas aves que en el cuello
muestran corona tras corona.
Seguir con su paso en el abismo.
El no puede, no crea ni persigue,
ni brincan sus ojos
ni sus ojos buscan el secuestrado asilo
al borde preñado de la tierra.
No crea, eso es tal vez decir:
¿No siente, no ama ni pregunta?
El amor traído a la traición de alas sonrosadas,
infantil en su oscura caracola.
Su amor a los cuatro signos
del desfiladero, a las sucesivas coronas
en que asciende vidrioso, cegato,
como un oscuro cuerpo hinchado
por el agua de los orígenes,
no la de la redención y los perfumes.
Paso es el paso del mulo en el abismo.
Su don ya no es estéril: su creación
la segura marcha en el abismo.
Amigo del desfiladero, la profunda
hinchazón del plomo dilata sus carrillos.
Sus ojos soportan calas de agua
y el jugo de sus ojos
-sus sucias lágrimas-
son en la redención ofrenda altiva.
Entontado el ojo del mulo en el abismo
y sigue en lo oscuro con sus cuatro signos.
Peldaños de agua soportan sus ojos,
pero ya frente al mar
la ola retrocede como el cuerpo volteado
en el instante de la muerte súbita.
Hinchado está el mulo, valerosa hinchazón
que le lleva a caer hinchado en el abismo.
Sentado en el ojo del mulo,
vidrioso, cegato, el abismo
lentamente repasa su invisible.
En el sentado abismo,
paso a paso, sólo se oyen
las preguntas que el mulo
va dejando caer sobre la piedra al fuego,
Son ya los cuatro signos
con que se asienta su fajado cuerpo
sobre el serpentín de calcinadas piedras.
Cuando se adentra más en el abismo
la piel le tiembla cual si fuesen clavos
las rápidas preguntas que rebotan.
En el abismo sólo el paso del mulo.
Sus cuatro ojos de húmeda yesca
sobre la piedra envuelven rápidas miradas.
Los cuatro pies, los cuatro signos
maniatados revierten en las piedras.
El remolino de chispas sólo impide
seguir la misma aventura en la costumbre.
Ya se acostumbra, colcha del mulo,
a estar clavado en lo oscuro sucesivo;
a caer sobre la tierra hinchado
de aguas nocturnas y pacientes lunas.
En los ojos del mulo, cajas de agua.
Aprieta Dios la faja del mulo
y lo hincha de plomo como premio.
Cuando el gamo bailarín pellizca el fuego
en el desfiladero prosigue el mulo
avanzando como las aguas impulsadas
por los ojos de los maniatados.
Paso es el paso del mulo en el abismo.
El sudor manando sobre el casco
ablanda la piedra entresacada
del fuego no en las vasijas educado,
sino al centro del tragaluz, oscuro miente.
Su paso en la piedra nueva carne
formada de un despertar brillante
en la cerrada sierra que oscurece.
Ya despertado, mágica soga
cierra el desfiladero comenzado
por hundir sus rodillas vaporosas.
Ese seguro paso del mulo en el abismo
suele confundirse con los pintados guantes de lo estéril.
Suele confundirse con los comienzos
de la oscura cabeza negadora.
Por ti suele confundirse, descastado vidrioso.
Por ti, cadera con lazos charolados
que parece decirnos yo no soy y yo no soy,
ero que penetra también en las casonas
donde la araña hogareña ya no alumbra
y la portátil lámpara traslada
de un horror a otro horror.
Por ti suele confundirse, tú, vidrio descastado,
que paso es el paso del mulo en el abismo.
La faja de Dios sigue sirviendo.
Así cuando sólo no es chispas la caída
sino una piedra que volteando
arroja el sentido como pelado fuego
que en la piedra deja sus mordidas intocables.
Así contraída la faja, Dios lo quiere,-
la entraña no revierte sobre el cuerpo,
aprieta el gesto posterior a toda muerte.
Cuerpo pesado, tu plomada entraña
inencontrada ha sido en el abismo,
ya que cayendo, terrible vertical
trenzada de luminosos puntos ciegos,
aspa volteando incesante oscuro,
has puesto en cruz los dos abismos.
Tu final no siempre es la vertical de dos abismos.
Los ojos del mulo parecen entregar
a la entraña del abismo, húmedo árbol.
Árbol que no se extiende en acanalados verdes
sino cerrado como la única voz de los comienzos.
Entontado, Dios lo quiere,
el mulo sigue transportando en sus ojos
árboles visibles y en sus músculos
los árboles que la música han rehusado.
Árbol de sombra y árbol de figura
han llegado también a la última corona desfilada. La soga hinchada
transporta la marea
y en el cuello del mulo nadan voces necesarias al pasar del vacío
al haz del abismo.
Paso es el paso, cajas de agua, fajado por Dios
el poderoso mulo duerme temblando.
Con sus ojos sentados y acuosos,
al fin el mulo árboles encaja en todo abismo.
José Lezama Lima
(1912- 1976)
Cubano.
314 CANTO DEL MACHO ANCIANO
Fallan las glándulas
y el varón genital intimidado por el yo rabioso,
se recoge a la medida del abatimiento o atardeciendo
araña la perdida felicidad en los escombros;
el amor nos agarró y nos estrujó como a limones
desesperados;
yo ando lamiendo su ternura,
pero ella se diluye en la eternidad, se confunde en la eternidad,
se destruye
en la eternidad y aunque existe porque batallo y "mi poesía es mi
militancia",
todo lo eterno me rodea amenazándome y gritando desde la otra
orilla.
Busco los musgos,
las cosas usadas y estupefactas,
lo pospretérito y difícil,
arado de pasado e infinitamente de olvido, polvoso
y mohoso como las panoplias de antaño,
como las familias de antaño,
como las monedas de antaño,
con el resplandor de los ataúdes enfurecidos,
el gigante relincho de los sombreros muertos,
o aquello únicamente aquello
que se está cayendo en las formas,
el yo público, la figura atronadora del ser
que se ahoga contradiciéndose.
Ahora la hembra domina, envenenada,
y el vino se burla de nosotros como un cómplice de nosotros,
emborrachándonos,
cuando nos llevamos la copa a la boca dolorosa,
acorralándonos y aculatándonos contra nosotros mismos,
como mitos.
Estamos muy cansados de escribir universos sobre universos
y lanmortalidad que otrora tanto amaba el corazón
adolescente,
se arrastra como una pobre puta envejeciendo;
sabemos que podemos escalar todas las montañas de la literatura
como en
la juventud heroica, que nos aguanta el ánimo
el coraje suicida de los temerarios, y sin embargo, yo,
definitivamente viudo, definitivamente solo, definitivamente viejo
y
apuñalado de padecimientos,
ejecutando la hazaña desesperada de sobrepujarme,
el autorretrato de todo lo heroico de la sociedad y la naturaleza
me abruma; ¿qué les sucede a los ancianos con su propia ex
combatiente sombra?
se confunden con ella ardiendo y son fuego rugiendo sueño de
sombra
hecho de sombra,
lo sombrío definitivo y un ataúd que anda llorando sombra sobre
sombra.
Viviendo del recuerdo, amamantándome
del recuerdo, el recuerdo me envuelve y al retornar a la gran
soledad de
la adolescencia,
padre y abuelo, padre de innumerables familias,
rasguño los rescoldos, y la ceniza helada agranda la
desesperación
en la que todos están muertos entre muertos,
y la más amada de las mujeres,
retumba en la tumba de truenos y héroes
labrada con palancas universales o como bramando.
¿En qué bosques de fusiles nos esconderemos de aquestos
pellejos ardiendo?
porque es terrible el seguirse a si mismo cuando lo hicimos todo,
lo quisimos
todo, lo pudimos todo y se nos quebraron las manos,
las manos y
los dientes mordiendo hierro con fuego;
y ahora como se desciende terriblemente de cotidiano a lo
infinito, ataúd
por ataúd,
desbarrancándonos como peñascos o como caballos mundo abajo,
vamos con extraños, paso a paso y tranco a tranco midiendo el
derrumbamiento general,
calculándolo, a la sordina,
y de ahí entonces la prudencia que es la derrota de la
ancianidad;
vacías restan las botellas,
gastados los zapatos y desaparecidos los amigos más queridos,
nuestro
viejo tiempo, la época
y tú, Winett, colosal e inexorable.
Todas las cosas van siguiendo mis pisadas, ladrando
desesperadamente,
como un acompañamiento fúnebre,
mordiendo el siniestro funeral del mundo,
como el entierro nacional
de las edades, y yo voy muerto andando.
Pablo de Rokha
(1894- 1968)
Chileno.
