CAPITULO I

LA ALDEA

Al norte de la ciudad de Bogotá, como a una legua de distancia, en el punto mismo donde la Sabana se deslinda con las lomas que sirven de base a los páramos de oriente, está situada la pequeña aldea de Chapinero.

Una capilla, rodeada de algunas casas de paja, es lo que constituye la población. Más lejos se encuentran algunas quintas o haciendas pequeñas sobre bellísimos prados que mantienen ganados de todas las especies. Allí la vista de un horizonte infinito, la grama, los arroyos, las flores y los arbustos convidan al bogotano a disfrutar de una dicha que las ciudades nunca ofrecen; y sobre todo, del aire libre, del cual nunca disfrutan las ciudades algún tanto populosas.

Al oriente se levanta una cordillera de escasa vegetación en su declive, y que en su cumbre, erizada de peñascos, muestra, como en relieve, figuras piramidales, con apariencia de mamposterías arruinadas. Las grietas, los arroyos y matorrales, y a veces las peñas de la hórrida y espantosa figura parece que poseen sus encantos, reservados para los hombres de negocios, para las matronas y los niños, para los naturalistas y para la romántica joven, que busca la melancolía en las situaciones especiales de su vida, pues que todos encuentran encantadora la posición de Chapinero.

El ancho camino, que fue trazado por los españoles desde Bogotá hasta Zipaquirá, pasa por la misma aldea, y el movimiento de los pasajeros le da una curiosa animación, cuando se quiere observar la diversidad de los viajeros de a pie y a caballo, haciéndose visible entre todos, la estanciera, que de vuelta del mercado del viernes, galopa entre la polvareda que levanta su caballo, sentada en la enjalma, y tan firme como si la fuera sosteniendo la horqueta y el estribo del mejor de los galápagos.

Ahora veinte o más años estaban tan en moda los paseos a Chapinero, como lo están siempre en el Asia las peregrinaciones de los musulmanes a la célebre ciudad de la Meca, que contiene los restos del falso profeta Mahoma.

Para el diciembre de 18... estaban pactadas unas tantas familias, entre ellas las de:

Doña Marcelina Montes, esposa de don Diego Sánchez;

Doña Salustiana Vera, esposa de don Toribio de la Paz;

Doña Jacinta Mora, viuda;

Doña Mauricia Campos, esposa de don Obdulio.

Los señores de edad, adjuntos a la expedición, eran:

Don Elías Franco, capitán de los tiempos de Colombia;

Don Fermín Perea y otros dos amigos.

Los jóvenes, parientes o pertenecientes a la familia, eran:

Ruperto, Teodoro, Sixto y Pablo.

Las señoritas Irene, Arcelia y Adelaida, campeaban entre sus familias como el estandarte de los batallones, por su elegancia y por sus admirables atractivos, y también como parejas, por ser las mejores bailarinas.

Justina, Margarita, Susana, Clelia, Matilde y Lucinda les siguen en hermosura, modales y gracia. Bailar era la primera cualidad en estos días de aguinaldos para que se estaban preparando las familias.

La señora Marcelina se había trasladado a la quinta de su esposo don Diego con un mes de anticipación, y las otras familias habían buscado casa, contando con la desventaja de una estrecha posada, por la cual había que pasar en el supuesto de que la gente lo que buscaba era la diversión. Las casas estaban construidas como por una misma medida: una sala con dos puertas fronterizas, un corredor con su cuartico, dos alcobas, uno o dos cuartos más y la cocina. Pero en desquite los patios y los campos adjuntos eran más que suficientes; la vista se podía extender a infinitas leguas, y la ventilación era libre, sana y pura; los paseos eran a cual mejor, o bien por las lomas o por los prados horizontales y bien ventilados; el baño exquisito, en especial el de la quebrada de la Vieja, cuyas aguas estaban muy recomendadas entonces por los médicos de Bogotá para indigestiones y reumatismos.

A doña Salustiana se le había olvidado alquilar la posada para pasar los aguinaldos en Chapinero, y no fue sino hasta la antevíspera cuando mandó a su hijo Pablo a solicitarla. Este era un joven excelente, de costumbres inmejorables, aunque un poco distraído, lo que hacía recaer sobre él las críticas de algunos que no lo conocían a fondo. Había dos cosas de que huía Pablo como por antipatía, que eran el juego y la política, para lo cual tampoco habría tenido tiempo, porque se había entregado al estudio de algunos ramos de la historia natural en todos los momentos que le dejaba libre su empleo. El caballero Pablo fue, pues, el encargado para ir a solicitar la casa en Chapinero.

Partió al galope en el hermoso caballo de don Toribio, y al galope llegó, en menos de media hora, a la aldea en donde debía cumplir su importante comisión. Preguntó en la primera casa del pueblo:

-¿Hay una casa para alquilar?

-¡No!, le contestaron.

Pasó a otra, y a otra, y en unas partes le decían que la casa estaba alquilada, y en otras le contestaban categóricamente que no había, y él entonces arrimaba las espuelas al caballo, y cruzaba, y repasaba, siempre al galope, causando mucha novedad en los pocos habitantes, como también en los muchos perros de las casitas, que le latían, unos por sacarlo y otros por encontrarlo en sus visitas, de suerte que todos los perros de la aldea se hallaban en campaña contra el forastero, unos tratando de atajarlo y otros picándole la retaguardia, y todos ladrando a la vez, de lo que don Pablo no se daba por entendido, según parecía, hasta que el gozque más gordo de todo el ejército unido, uno de color de león y de brillante piel, le anduvo por el jarrete al castaño, y éste se frunció, como era muy natural, de lo cual resultó que el distraído viajero perdiese los estribos y acudiese a las crines, para ponerse en seguridad, porque en los casos extremos de peligro, ninguno hay tan distraído que no eche mano de donde se pueda. A ese tiempo sonó una voz por el lado de una casita, diciendo con aparente rabia:

-¡Tomate! ¿No lo dejas?...

-¿Usted sabe quién arrienda una casa para la familia del señor de la Paz? le dijo don Pablo a la mujer.

-Todas las tienen pedidas las familias bogotanas, para venir a pasar los aguinaldos, y el señor de la Paz se ha descuidado, sabiendo lo solicitadas que son las casas de Chapinero en tiempo de Nochebuena y de aguinaldos.

-¿Conque no hay ninguna desocupada para mi padre y la poca familia?

-Ni para un remedio. Y que según parece van a estar los aguinaldos de patente.

-Lo sentiré mucho, porque los campos son deliciosos, y creo que el reino vegetal se presta en todas aquellas lomas...

-Y que van a venir las mejores señoritas de Bogotá; pero el hijo del señor de la Paz parece que es un poco descuidado, y... ya es imposible.

-Si usted hiciera todo empeño en solicitarme una casa, aunque no tuviese sino una sala con su recámara, dos alcobas para que puedan quedar separadas las señoras y los caballeros, una despensa, aunque sea chica, un cuarto para las criadas v otro para los criados, y fuera de eso un cuartico como para el estudio, y otro...

-Qué estudio ni que separaciones ahora, contestó la mujer, riéndose a carcajada suelta; cuando a Chapinero no se viene sino a bailar, y cantar, y corretear, y las familias se acomodan como se puede, porque aquí no es Bogotá para que el señor de la Paz venga a solicitar cuartos por separado,

-¿Qué hago? niña. ¿Qué consuelo me da usted?

La mujer se quedó pensativa, sobándole el pescuezo a su perro, y don Pablo peinándole suavemente las crines a su caballo; y antes de la resolución de uno y otro, diremos quién era la mujer.

Se llamaba Teresa: no pasaba de los diez y nueve años; el color de su rostro era blanco chapeado, y el de su pelo muy negro y brillante; la expresión y el brillo de sus ojos, y la sonrisa, aunque burlona, de su boca no tan pequeña, no habrían dejado de llamar la atención a otro cualquiera menos distraído que don Pablo, que lejos de estudiar fisonomías lo que deseaba era salir con lucimiento del encargo de la casa para los aguinaldos, y después de algunos minutos se interrumpió el silencio con estas palabras:

-Yo daría dos onzas de oro por una casa cualquiera para los quince días que han de permanecer aquí las familias de Bogotá.

-Pues si es el gusto del hijo del señor de la Paz, y lo tiene a bien, y no ha de haber inconveniente, puede disponer de esta casa, que no será de las mejores, pero aquí han posado algunas de las más notables familias de Bogotá, como usted lo puede ver por algunos letreros y versos que han dejado por ahí.

Don Pablo subió a caballo a una grada del corredorcito, y miró la sala, y luego se fijó en unos letreros escritos con lápiz, que estaban a un lado de la puerta, y leyó:

Corazones tiranizados por el aburrimiento, volad a Chapinero.

Día 23 de diciembre de 1845. N. (le .N.

Dorila-Agamenon.

Dios, Libertad y, la Naturaleza.

-Negocio concluido, exclamó don Pablo; la casa está magnífica... Dos onzas por quince días, y pasado mañana tendrá usted aquí toda la familia.

-Pero tengo que advertirle a usted, dijo Teresa, apoyándose en la última d más tiempo del necesario, que yo me reservo un cuartico junto a la despensa, porque mi madre está muy achacosa, y yo no puedo permitir que su merced vaya a rodar por las vecindades.

-No hay inconveniente, respondió don Pablo, y recogió las riendas para poner el castaño en disposición de regresar para Bogotá.

-Pero hay otra cosa, y es que a mí me gusta criar pollos finos, y...

-Bien pudieran ser bastos; la familia de las gallináceas es toda muy apreciable. Lo que no me gusta es que los galleros eduquen los gallos para matarse unos con otros, como los malos gobiernos hacen con sus súbditos.

-Y también tengo que advertirle que poseo un mico de lo más gracioso, y lo quiero como a las niñas de mis ojos.

-Muy libre es usted para ponerle su amor al animal que mejor le acomode. ¡Y esta familia de los mamíferos que es tan simpática!... Me parece que nada de eso puede ser un inconveniente, y queda cerrado nuestro negocio: las dos onzas así como le digo.

-Es que todo se ha de advertir con tiempo.

-No tenga usted cuidado. Y me voy porque esperan en casa la razón. ¡Adiós!... ¡Hasta pasado mañana!...

La profesión de Teresa era la de lavandera, a esto se agregaban los ingresos del alquiler de su casa dos veces en el año, que eran para ella una fortuna extraordinaria; así como su regular fisonomía, y su genio sumamente vivo y decidor le daban una elevada posición, porque se había dado a conocer de todas las familias de Bogotá por el hecho de ser lavandera y de ser la muchacha más lúcida de la aldea, y adicta a servir en lo que podía, por todo lo cual estaba adquiriendo mucho predominio, aún en el ramo judicial, porque en las demandas en que se veía comprometida por algunas peleas de mero capricho, o por evadirse de los acuerdos y reglamentos de la aldea, ella salía con bien por su práctica en la elocuencia del foro, o cuando no por alguna carta de empeños de Bogotá. Sucedía también que de esta ciudad le mandaban boletas de elecciones los señores que la conocían, para que las repartiese entre los canteros, tejeros, estancieros y carboneros, y esto la tenía también comprometida en la parte principal de la política.

De manera que Teresa era un verdadero gamonal, que tenía reasumida en sí más parte de la soberanía que cualquiera de los ciudadanos varones de la aldea, sin embargo de ser una muchacha descalza y de enaguas.

Según lo convenido, el día 15 de diciembre, después de otros viajes, emprendió el único ómnibus que entonces había, el de la conducción de la familia de don Toribio. A las nueve de la mañana se abrió la portezuela al frente de la casa de Teresa, y no parecía sino que una caja de vidrios se había abierto para mostrar la rica joyería de diamantes de una princesa del antiguo reino de los persas. Tales eran los esplendores con que la familia de doña Salustiana brillaba ante la claridad del día.

Arcelia, hermana menor de Pablo, saltó a la alfombra verde y delicada de que está tapizada toda la plaza de Chapinero, y lo que faltó fue concurrencia para aquel acto solemne, grandioso y al mismo tiempo seductor, porque no hubo más espectadores, fuera de Teresa, que don Pablo y don Diego, que ambos eran de casa; y luego saltaron Enriquito y Carlitos, los ángeles más preciosos que han pisado la tierra, bajando el primero montado sobre el robusto cuadril de Pascuala, una de esas criadas buenas mozas, que tienen las casas grandes, como conventos de asilo contra las tentaciones mundanales de la calle. Era gorda, blanca, de ojos fulminantes contra todo el espíritu de la servidumbre, y tan cariñosa con los chiquillos como sería con los grandes que tenía que lidiar en la casa.

Carlitos puso también sus plantas en el suelo, después de un beso que espantó a los pájaros de la vecina huerta, porque sonó como un pistón de escopeta. Marcela, la cocinera, bajó la última de todas, _y la familia procedió a tomar posesión de la casa, mientras que Arcelia contemplaba con entusiasmo gran parte de la sabana, recostada en la baranda de la casa.

-¡Qué día tan hermoso! exclamó la señorita.

-Los meses de julio, diciembre y enero son los privilegiados en esta sabana, le contestó su hermano.

-Toda la vegetación que he visto desde que salimos de Bogotá me ha parecido encantadora: los sauces de la alameda, los arbolocos piramidales, los rosales y esos árboles de flores blancas, en forma de campana, que despiden su aroma penetrante hasta la distancia de un cuarto de legua.

-Datura arborea, la flor más grande de nuestra sabana.

-Lástima que los llamen borracheros. ¡Oh! las flores me encantan: ¡todas las que he visto hoy son de lo más primoroso!

-Es su tiempo, porque acaba de pasar el invierno de octubre y noviembre. Las flores rosadas de que estaba matizado un cerezo muy coposo, ¿no te parecieron muy bellas?

-A ese árbol le sucede lo que a las provincias pobladas de nuevos colonos, que florecen con adornos que no son de ellas ni para ellas. Yo estimo mucho las flores, querido hermano.

-Y con mucha razón, porque es la parte más delicada que tienen las plantas: color, dulzura y aromas; lo más exquisito para nuestros sentidos. La flor es el órgano de las simpatías amorosas en todo el reino vegetal.

A este tiempo llegó el carro con todos los trastos, tirado por dos hermosos bueyes colorados. Iban allí todos los enseres de la cocina, dos taburetes pequeños, unas esteras, dos almofrejes, dos o tres catres y algunos baúles y cajones, uno de estos encerraba una docena de libros y tres mil cigarros de Ambalema, y otro iba repleto de bocadillos; algunos carros más fueron llegando cargados de iguales o semejantes cosas.

Por la tarde se reunieron todas las familias en casa de la señorita Arcelia, para formar el pacto federal que debía unirlas y obligarlas en algunos compromisos, y de allí salió el programa general de los aguinaldos. Cada familia quedó comprometida a costear un día de los aguinaldos: esto es, una misa, una comida, el rosario cantado y un baile; algunos señores se obligaron a dar un paseo en el segundo día de Pascua. Por la tarde cada familia trató de acomodarse en su respectiva casa, lo que no es obra de tan pocos minutos.

La posada de doña Salustiana, aunque la más chica de todas, era sin embargo la que tenía mejor sala, y la misma Teresa se mostró muy oficiosa en los acomodos. El piso de la mencionada sala estaba solado de adobe, y con unas tarimas y ladrillos, cubiertos con tapetes y esteras, se suplieron los sofás; los baúles quedaron sirviendo de taburetes, y sobre una mesa muy bronca, de la casa, cubierta con un pañolón de lana, se acomodó un tocador en medio de una docena de copas de cristal, de los candeleros y unos tantos objetos de adorno, como guantes, sombrillas, sortijas y aderezos. Una cuerda o cabuya que se puso en la alcoba, fue destinada a servir de ropero; las estacas de la pared quedaron dedicadas para los sombreros, los látigos, los paños y petaquitas; los hombres se situaron en la alcoba opuesta a la de las señoras, y allí tuvieron que soportar todos los trastos que no cupieron en las otras piezas. Los libros y papeles de don Pablo, y su termómetro y un anteojo de larga vista, quedaron alternando con las mejores piezas de la vajilla. A las criadas se les destinó la despensa para dormitorio, menos a Pascuala, que recibió la orden secreta de situarse en la alcoba de las señoras.

Doña Mauricia quedó mejor acomodada, porque aun cuando la casa era igual a la de doña Salustiana, ella siquiera la ocupó toda, sin exclusión de cuarto ninguno, y sin las consecuencias de un clavo, que poco faltó para que la hiciese volver a Bogotá, renunciando a la mitad del arriendo, como adelante lo veremos.

Doña Jacinta, madre de la señorita Irene, quedó situada en la loma. Esta era la más hermosa de todas las posadas, y aun tenemos noticia existe hasta el presente. Tenía una sala regular, con sus dos alcobas, dos cuartos en el corredor, despensa, comedor y una cocina bastante capaz. Desde el corredor se veía toda la sabana, y al pie quedaban la capilla y un tejar, perteneciente a la estancia. A veinte varas corría precipitado un abundante chorro de agua cristalina, exquisita y suave, como la de toda la cordillera que deslinda el páramo de oriente, y de éste se formaba un pequeño pozo, sombreado por algunas matas de amargoso y aliso, en donde estaba el lavadero de la casa.

¡Sitio apacible, deudor de muchas horas a la cuenta de la vida, gastadas sin advertirlo! ¿Pero cuántas no se malbaratan en distracciones opuestas a la misma vida, como las que se oyen sonar hasta la madrugada, mirando pasar de unas manos a otras el dinero en una mesa de juego?

La bella y graciosa Irene pasaba ratos muy entretenidos, después de comer y de almorzar, en este pozo, que ella llamaba el Pozo de los alisos. Encarnación, la criada, puso en él un molinito de juncos en obsequio de Enriquito, Carlitos y Milciaditos, y doña Jacinta era allí donde se fumaba su tabaco de sobremesa. Allí recibió varias veces Irene la visita de Arcelia, y allí se formaron agradables tertulias, a que asistieron varias veces Ruperto, Sixto y el mismo Santiago Núñez, que era el que se complacía en hallarse más favorecido por las miradas poco fijas de la señorita; y hacía la peregrinación todos los días, por no dejar cerrada la puerta de su tienda.

Desde el campamento de Irene se veían los de las demás familias; se entendían las señas, y aún se oían los gritos, quedando también a la vista la quinta de don Diego, cuyas paredes y tejados le daban una perspectiva solemne por los muchos árboles de sus jardines y patios, y se oía desde allí el bronco y temible latido del corpulento mastín que servía de centinela, dando el "¡quién vive!" con ladridos que retumbaban entre los cerros y en las estancias lejanas, especialmente los viernes en la noche, que había más ruido de gentes.

Don Leopoldo, don Fermín y el capitán don Elías, habían adquirido un cuarto para dormir, distante una cuadra de la posada de don Toribio, pero comían en el campamento que a cada uno le pertenecía, y lo mismo el capellán, que era un clérigo que participaba de la mayor confianza de las familias por amistad con todas, por parentesco con una y por ser padre espiritual de tres de las señoras y de dos de las señoritas; siendo Irene una de ellas y Susana la otra.

Doña Pacha y doña Tecla, viuda la. una y solterona la otra, quedaron posadas en casa de doña Mauricia, cerca de la casa de doña Salustiana, siendo inseparables estas dos señoras, a pesar de tener genios enteramente distintos; porque la una era intolerante hasta el fanatismo y la otra era sumamente dócil, y no la molestaba nada de lo que pasaba, porque en sus tiempos había gozado de la opinión de liberal de la escuela central de Bogotá; era ésta la señora Tecla y la otra doña Pacha. A pesar de su divergencia en opiniones políticas había entre las dos señoras un núcleo que las asimilaba: eran murmuronas, y se pasaban las horas enteras criticando las modas y los modales de las muchachas, y cogiendo güiros, como decían ellas, que no era otra cosa que acechar las miradas, las palabras y los pasos de los que veían que se trataban con más cariño.

Después de acomodado lo mejor que se pudo todo el tren de posada, se fue Pascuala sin que lo advirtiesen las señoras, a la venta de don Chepe, con la niña Teresa, para ver si había buen carbón, y saber dónde era la tienda para lo que pudiera ofrecerse. De pasada convidaron a las dos criadas de doña Mauricia, llamadas Vicenta la una y Dominga la otra, y luego que llegaron fueron recibidas con aplauso por Mateo Roque y Nazario Orozco, oficiales de chircal, vecinos de Chapinero, y obsequiadas con un trago de mistela, porque Teresa era la que dominaba en lo corporal y en lo espiritual, esto es, en razón del buen gusto, porque todos anhelan aunque sea una sola mirada de la mejor moza del pueblo, y en razón de la política, porque era cosa sabida que Teresa era el gamonal de la aldea. Ahora, por lo que hace a Pascuala y las otras dos compañeras, eran monedas de talla mayor, pasaderas no digo en la venta de Chapinero, sino en las mismas de la capital; y muy pronto, detrás de los obsequios de Baco se siguieron los de Flora, pues aquellos maestros, mudados como se hallaban esa noche, y luego mozos, obsequiosos v músicos de tiple, no eran de los que se quedaban atrás en las flores que cada cual tributa a su modo a lo que cree digno de su devoción. El rato no fue malo, pero tuvo malos resultados, porque Atanasia, Fructuosa y Sebastiana, pertenecientes al gremio del chircal, se aparecieron en mala hora, y con espíritu de notable intolerancia mostraron la desaprobación al acto de fraternidad que animaba la pequeña tertulia, y con bastante imprudencia dijo Fructuosa, (suponiendo que ella no hablaba sino con sus dos compañeras):

-¡Válganos Dios con las señoras!...

-Y la Teresa de guía, porque no es más de venir las bogotanas, y ya se les está prendiendo como la pegapega de los cerros, añadió la voraz Atanasia.

-Y las mofletudas criadas que poco han menester, dijo Sebastiana, haciendo un gesto de muy poca fraternidad, aunque parecía la más tolerante de todas tres.

Teresa lo oyó todo, y fue cosa admirable que hubiese soportado, con el genio dominante que la caracterizaba, y sólo pudiera interpretarse su moderación, por no dar motivos a una pelea terrible, para la cual ella tenía sus antecedentes, por ciertos celillos, fundados o infundados, por un tal maestro Germán, excelente oficial de cantería, que le decía sus lisonjas y bailaba con ella en todos los bailecitos; y no podía interpretarse tanta abnegación y tolerancia sino en favor de Pascuala y las otras dos de la orden, que se habían salido sin licencia de sus campamentos respectivos, y un combate general les habría sido muy perjudicial en aquellos momentos. Así fue que Teresa, haciendo de la paciencia una virtud, que ella no conocía sino cuando no podía más, les hizo seña a sus compañeras del toque de retirada, pero no sin decirles algo a la despedida; así fue que a pretexto de entenderse únicamente con sus compañeras, salió diciendo:

-¡Quién les hace caso, y más a estas horas!

-¡Que zumbe la Teresa a lavar los platos de las bogotanas! dijo una de las chircaleñas.

-¡Y las otras a limpiar niños, que será todo su oficio! agregó la segunda, quedando victoriosa, como lo quedaron las otras dos.

Dicen los autores, que ejecutar una retirada a tiempo y con todo el orden debido, es un rasgo de la ciencia militar, que tiene más mérito que atacar con ímpetu las trincheras del enemigo. Teresa sacó con bien a sus compañeras, y redobló en su interior sus planes de venganza, los cuales, con los rechazos y la resistencia de las alfareras, dieron margen a muchos de los acontecimientos entre las señoras, y de consiguiente los materiales para varios de los capítulos de esta historia de los aguinaldos en Chapinero.

Esa noche no hubo entre familias federadas sino mucha conversación y mucho humo de tabaco, pues los corredores y las salas amanecieron plagados de la ceniza y los tizones, como queda una rosa en tierra caliente después de la quema. ¡Gracias a Ambalema, que da los combustibles para tanto incendio! y también ¡gracias a la libertad de alfombras y de consideraciones!

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