CAPITULO XII

LA CASITA

-¿Me quieres acompañar a dar un largo paseo por las lomas? le preguntó Irene a la señorita Arcelia, luego que la vio leyendo en el corredor de su posada.

-¿En día de Pascua, cuando todos se juntan para la diversión? -Por eso mismo: ¡la soledad es mucho más apetecible cuando todo el mundo está de fiestas, y que yo sufro como no hay idea!... -Es verdad: los bosques de Chapinero tienen sus atractivos para la lectura y la meditación.

-¿Pero de veras me acompañas?

-Con la condición de que nadie lo sepa, para que ninguno pueda seguirnos.

-Corriente: vámonos ahora mismo.

Las señoritas llevaron consigo un anteojo, un tomo de la Matilde y una docena de cigarros, y comenzaron su jornada dirigiéndose hacia el oriente. Vencieron parte de la loma de más fácil acceso, y se sentaron a descansar, mirando con el anteojo los pueblos, las haciendas y los caminos de la sabana; divisaron los carros y pasajeros del camino de occidente y el ómnibus que marchaba para Facatativá; y después de un cuarto de hora de tan agradable descanso, continuaron su viaje hasta muy cerca de la desnuda peña, que se levanta como una muralla de defensa para la sabana. Allí encontraron una mata de uvas camaronas, y con la sustancia acuosa y agradable de esa fruta se refrigeraron de la sed causada por el viaje y los ardores del sol.

Continuaron su expedición nuestras viajeras, y conversando de los sucesos ocurridos en los aguinaldos, y deteniéndose a cada paso para contemplar la estupenda y elevada peña que se levantaba muy cerca de ellas, o para recoger las flores que más les llamaban la atención, fueron caminando hasta llegar a una altura que ellas no pensaban, y cuando ya trataron de volverse, se les presentó de repente una gran cañada.

Las encantó a primera vista una casita, situada en la orilla de una bellísima quebrada, cerca de la cual había piedras sumamente grandes, una pequeña sementera y unas piezas de ropa puestas al sol, que blanqueaban como la nieve. Ambas viajeras se propusieron bajar a la estancia, y después de algunos rodeos, caídas y resbalones, lograron sus deseos. No tuvieron indicio de que nadie las hubiese visto al llegar, porque allí no había gente ni perros; y el cansancio por una parte, y el aseo y la curiosa perspectiva de la casita, por otra, las animaron a acercarse al pequeño corredor que les brindaba su sombra, porque el fuerte calor del sol las tenía sumamente agobiadas.

Era muy pequeña la casita, y estaba cubierta con una paja de los pantanos, llamada carrizo: no tenia más ventana que un pequeño cuadro sin reja, la puerta era de tablas, con pequeñas hendeduras, y el suelo, aunque muy liso, no era sino de la misma tierra natural, un poco más compacta que el resto. A seis o siete pasos estaba la cocina, apegada como saledizo a una piedra grandísima, en cuyas hendeduras estaban colocados los platos y algunos vasos de vidrio. El fogón era de la más simple arquitectura que pueda darse, pues constaba de tres piedras, sobre las cuales hervía una olla de barro, tapada con un tiesto de la misma materia. Sobre una de las piedras había un terrón de sal, un poco más allá estaba una artesa con una papas pequeñas, algunos recortes de hojas de col y unas arvejas desgranadas. Un líquido blanco reposaba en un platón, y la piedra de moler manifestaba que acababa de estar en uso. Al ver las señoras este preparativo, dijo Arcelia:

-No están muy lejos las gentes, y tratan de la comida, según parece.

-¡Mazamorra! ¡nada más! exclamó Irene. ¡Infelices! mientras que en las casas de los ricos y nobles estarán hoy preparando los pavos y capones... Pero tal vez los pobres son más dichosos.

-Seguramente, Irene; porque si la igualdad es imposible, no lo es la ley de las compensaciones.

Al asomarse de nuevo las viajeras al corredor, vieron venir de la quebrada una mujer con enaguas de frisa, a la cual se apresuraron a saludar.

-Aquí fisgándole su casa, dijo Arcelia.

-Y mucho gusto que tengo de ver a las señoritas en mi humilde rancho... ¡Qué milagro!...

-Que andábamos paseando, y la belleza de su casita nos ha hecho venir hasta aquí.

-La tienen a su disposición, mis señoras, y la persona, aunque no vale nada... Entren ustedes a descansar.

-Mil gracias, dijeron ambas señoritas a la vez.

-Muéstrenos usted su huerta ante todas cosas, porque desde la loma nos ha parecido lindísima, le dijo Arcelia a la estanciera.

Les dio gusto la mujer, y las introdujo a una huertecita que estaba cercada con una ceja de piedras y barrancos, por uno de sus costados, y por el otro con una débil cerca de ramas de tuno y uvo. La sementera se componía de papas y arvejas, todo esto sembrado con una primorosa simetría. El verdor de los surcos de papas era prodigioso, y no estando todavía en flor, sus hojas eran tiernas y verdes como esmeraldas. En una orilla había manzanilla, quinua, borraja, mano de león, pimpinela, toronjil y algunas flores antiguas de las huertas de los pobres de la sabana, como alelíes, claveles rosados de cinco pétalos, trinitaria, que ahora lleva el nombre de pensamientos, unas florecitas muy pequeñas, llamadas flores de indios, y unas matas de rosa.

Quedaron encantadas las señoras con la huerta de la estanciera, y luego que estuvieron sentadas en el corredor, después de dar un vistazo la mujer en la triste cocina, vino a sentarse junto a ellas.

-¿Y cómo se llama usted? le preguntó Irene.

-Me llamaba Tulia en otro tiempo, dijo la estanciera, pero ahora me llaman Julia o Juliana. Soy lavandera de la quinta de don Diego y de algunas casas de Bogotá. Tengo un hijo que es mi consuelo en esta soledad, y me acompaña una muchacha de doce años, que me ayuda en el trabajo de la huerta, y cuida de aquellas cinco ovejitas que ustedes ven allí en la loma de enfrente, y en llevar la ropa a las casas grandes.

-¿Y siempre ha vivido usted en esta casita?

-Hace más de veinte años, mi señora, los cuales se han pasado sin que nadie haya sabido de mí, a tiempo que otras personas han causado mucho ruido en el mundo. Dos revoluciones ha habido en la capital; muchas personas notables descansan ya en el cementerio; muchas señoritas de las que han venido a los aguinaldos de Chapinero han terminado ya su carrera, pasando antes por esos combates del corazón, que a veces son tan terribles, para llegar a un fin único: el casamiento; he visto levantar esa capilla de la aldea con las limosnas de los fieles, pero tan despacio como crece el alcaparro de mi huerta; lo que no he visto, ni he oído decir que otros hayan visto, es mejora ninguna para el bien de los pobres, ni buenas leyes que nos libren de la tiranía de las malas gentes, ni un justo y rígido código para que los perturbadores de la paz no se salgan con cuanto quieren, como una tal persona que ustedes habrán conocido, la cual tiene en candela a toda la aldea; y del poco o ningún gobierno que hay en las parroquias, vienen las revoluciones, que aniquilan a los pobres: digo esto, porque las dos revueltas que acabaron de pasar me costaron muchas lágrimas: figúrense ustedes, mis señoras, que a mi hijo me lo arrebataron de mis brazos para conducirlo al cuartel.

-¿Con qué a las chozas también alcanzan los estragos de la revolución?

-Más que a las casas de los ricos, mi señora; porque el reclutamiento de un hijo vale por un capital de los más grandes, y la expropiación dedos ovejitas es de mucha más consideración que la de cien reses, comparando los posibles de cada uno.

-Yo le creía a usted muy feliz desde que vi el tren de su vida retirada.

-Fuera de las dos revoluciones de que les he hablado a ustedes, he pasado la vida más sosegada que se puedan imaginar, conformándome con mi suerte de lavandera, a que vine yo a dar después de otra clase de vida, de que no quisiera acordarme; pero, gracias a Dios, que siquiera tengo fuerzas y salud para trabajar y una choza que me pertenece.

-Esa sí que es una dicha completa la de tener casa propia.

-Pero la tierra es ajena, mi señora, y los arrendatarios estamos sujetos a los dueños de tierras como el esclavo a su señor.

-¿Luego no les sucede a ustedes lo que a las demás gentes, que no teniendo en qué vivir pagan su arrendamiento y acabadas son cuentas?

-No, mi señora; fuera de la plata (que no es por cierto mucho lo que yo pago), todo arrendatario de tierras está sujeto a cuanto le quiera exigir el amo para que no tenga un pretexto directo o indirecto de despojarlo de la estancia o de aumentarle el arriendo; por otra parte, cuando hay un gamonal en la parroquia, que sea de malas entrañas, se acaba de componer el cuento. En estas elecciones que pasaron me vi en las delgaditas; porque el gamonal quería el voto de mi hijo para un presidente y el dueño de tierras para otro.

-¿Con qué no es la choza asilo seguro de la quietud, de la independencia y de la libertad?

-¡De independencia y libertad!... ¡Oh, mi señora! de esto se habla mucho; pero cuando la libertad es solo para los malos, entonces los buenos viven tiranizados; por otra parte, mientras haya revoluciones en que yo tenga que ver a mi hijo con el fusil al hombro, o escondido en alguna cueva, no creo yo que exista tal libertad ni tal independencia, mis amadas señoritas; y disimulen ustedes mis quejas, porque soy madre, y de mis brazos me han arrancado a mi hijo para llevarlo a la guerra.

La lavandera se retiró de las señoras, y con la cuidandera de las ovejas, llamada Gervasia, se entregó a ciertos preparativos, entrando a la huerta y a la cocina, andando de aquí para allí con algunos trastos, y mientras eso las señoras repararon entre un poco de paja muy menuda, parecida al esparto de las esteras, en una trenza de esta misma paja, que estaba sin terminar, y se puso Irene a ejecutar la misma maniobra, a tiempo que Arcelia abrió su libro para ponerse a leer. La dueña de casa vino con unos platos y los puso sobre una pequeñísima mesa, y viendo a Irene tan ocupada, le dijo:

-¡Avemaría!... ¿haciendo cuan con esas manos tan preciosas, que solo estarán acostumbradas a labrar trenzas de pelo? ¿No ve usted que esa paja es muy áspera?

-Hay que aprender de todo, dijo Irene, porque no sabemos los contratiempos.

-Vengan, mis señoras, a tomar unas onces muy pobres, parte de mi Nochebuena.

Consistían las onces en unos pepinos de la huerta, fresas y frutas de Chile, unos dos dulces secos, una empanada pequeña y una tajada de empanada muy grande, que no podía menos de llamar la atención. Irene se conmovió, y al reconocer la empanada hecha por sus manos, por un fragmento de la S en relieve, que no dejaba duda, preguntó con los ojos llenos de lágrimas:

-¿De dónde hubo usted este pedazo de empanada, señora Tulia?

-¿Por qué, mi señora?

-Porque es hecha por mis manos.

-¿Sí?... ¡Qué dicha la mía!

-¿Pero cómo vino a dar aquí?

-Regalo de mi hijo Germán...

-¿Germán?... ¿Germán es hijo de usted?

-Sí, mis señoras; y buen hijo: respetuoso y cuidadoso como pocos; lo que tiene es que se me quiere casar, según lo entiendo, y la novia poco me gusta; pero qué se va a hacer; lo que más siento es que voy a tener un mico por nieto.

Fue el que estuvo ayudándonos con mucho empeño. ¡Pobre Germán!... Y me alegro que usted tenga parte en la empanada. Este regalo de Germán a su buena madre es el mejor y el más digno de todos los regalos de aguinaldos y Nochebuena que se hayan hecho.

Irene no aceptó sino las frutas de Chile y un dulce para tomar de esa agua tan cristalina que se coge en Chapinero, y de que no se disfruta en muchas de las poblaciones de la Nueva Granada.

Arcelia había-puesto sus guantes y su libro sobre la mesita, para tomar el dulce y unas fresas; y la lavandera, que servía con sumo placer a sus huéspedes, abrió el libro y tradujo del francés, con gran sorpresa de las señoritas, dos o tres párrafos de la novela.

-¡Con que usted sabe francés! exclamó Irene, poniéndose como una grana, tal fue la admiración que le causó.

-¿En Chapinero enseñan francés? dijo Arcelia.

-Les hablo con franqueza, dijo entonces la lavandera: esto proviene de que hubo un tiempo en que yo fui señora.

-¿Señora?... le preguntó Irene con viveza; ¡con razón que no haya perdido usted los modales!... ¿Y nos puede usted referir la historia de sus desgracias?

-Yo he ascendido y he descendido en menos de dos años, mi señora, y es muy larga y triste la relación de mi vida; tal vez hasta inoportuna y odiosa para las dos señoritas.

-No, no, doña Julia, cuéntenos todo, si usted nos quiere favorecer relatándonos la historia de su vida.

-No hay lugar, mis señoras: la hora de la comida para mi compañera y para mí se nos está pasando, y hay que proveer a las primeras necesidades del sustento, que por lo que hace a las penas morales, esas se sobrellevan o se vencen con el bálsamo de la conformidad cristiana, que es el estoicismo que a mí me ha sostenido en todo el tiempo de mis mayores desgracias!... ¡Oh! ¡cuántas veces me ha servido la religión para no avanzar en la carrera precipitada de mis errores!... Perdón, mis señoritas, si los recuerdos casi extinguidos por la soledad y por la santa resignación, y por la oscuridad absoluta de mi vida de ermitaña, hacen, aunque al cabo de los tiempos, surgir la emoción del mismo sentimiento de ahora muchos años; perdón, mis queridas señoritas. Y no es posible que entremos en esta materia, no tanto porque yo me avergüence de la causa de mis desgracias, que ya ustedes se habrán figurado provienen del amor, como porque no hay el tiempo necesario.

-¿Otro día?...

-Pero ustedes parece que se van, y yo a Bogotá no voy sino por una casualidad.

-Vendremos mañana, dijo Arcelia.

-Vendremos, contestó Irene; yo prometo estar aquí antes de las nueve del día.

Eran las dos de la tarde, y las dos viajeras se apresuraron a llegar lo más pronto a la aldea. Tulia las acompañó unos pasos por el camino verdadero, mucho más cómodo y corto, el cual tenía como media vara de ancho, terreno muy limpio y que iba serpenteando por entre la grama y los matorrales; camino únicamente transitado por la gente de a pie, porque nadie subía a caballo hasta la casita de Tulia.

Aunque demasiado solitario el paseo de los cerros, habría dejado sin embargo muy gustosas por la tarde a las célebres viajeras, si no hubiesen llegado a la aldea a tiempo de una tragedia de las más aflictivas, con huellas de sangre, de furor y de venganza; tragedia sumamente aflictiva, por los personajes, por el teatro y por las escenas que hubieran desgarrado el alma de todo espectador de sentimientos vulgares, tanto más el corazón de una hija sensible como la señorita Arcelia, la cual presintió la novedad por la gente que a la carrera se acercaba hacia su casa; y cuando estuvo en el patio, vio a Teresa energúmena, alegando y manoteando, con un peine cogido en la mano, y sacudiendo las madejas de su pelo, que flotaba suelto por el aire: era una imagen de las furias, que llenan de espanto las mansiones del infierno; vio también a su padre sin peluca y en cuerpo de camisa, con media cara afeitada y blanqueando la otra media con la espuma del jabón, y amenazando, con un látigo en la mano, parado sobre un pozo de sangre.

-¿Qué es esto?... gritó la desdichada señorita.

-¿Qué ha de ser? contestó Teresa; que don Toribio me amenaza a mi oficial con el lapo, después que por causa de él mismo se ha tirado a degollar con las navajas.

-¿Y he de ver, sin irritarme, mis navajas abolladas contra las piedras por ese mico salido de los infiernos?

-Pues hagan la gracia... por gusto... y verá que primero me los pega usted a mí que a mi animal, que vale más que sus navajas viejas...

-Y muy nuevas y muy superiores, fabricadas en la China por Oggin, el barbero de su majestad.

-¿Y no se lo advertí yo a don Pablo, que tenía un mico, un perro y una gallina? Y sobre todo: cada gallo en su gallinero es rey. -¡Poco a poco, señora entonada!...

-De esa clase de sustos como que yo no moriré nunca... ¡Miren qué juicios!... ¡Ir a dejar las navajas sobre el taburete para que el mico las fuera a coger! y él que siempre quiere hacer todo-lo que ve que hacen los demás, trató de afeitarse y se cortó las narices. ¡Y ahora con hacerse el gato bravo quiere componerlo todo don Toribio; pero si yo me dejara!...

-Quita allá, entonada, que yo no soy de los que te florean.

-Ni es menester... dijo Teresa sin acabar la frase, porque Petronila y el maestro Germán la metieron a su cuarto, mientras que don Fermín se ocupaba en calmar la rabia de su amigo, a tiempo que entró don Pablo de la Paz, todo afligido y consternado; se ocupó en cimentar la buena armonía, y lavándole la cara al mico, en asocio de su hermana Arcelia, le acabó de estancar la sangre y le puso un parche de esparadrapo inglés, que de lejos le lucía como pedrada en ojo tuerto.

Las alfareras se habían hallado en toda la función, y para ellas fue un verdadero motivo de risa presenciar las amenazas y la sangre del mico, pues como no lo ignora el lector, eran las únicas que le hacían la oposición a Teresa, y las enemigas más acérrimas del mico.

La gente se fue retirando, y a poco rato ya nadie hablaba de tal cosa. La tarde se pasó en las diversiones más animadas, tanto de músicas como de paseos, y se convino en un gran paseo a la cascada, que debía efectuarse para la conclusión de la fiesta general de los aguinaldos.

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